Y yo sigo haciendo arte. Katja Perat.

Se dice que, en silencio, las personas

se esfuerzan por morir, porque todo lo orgánico

lucha por convertirse en inorgánico

y todo movimiento avanza y lucha

para dejar de serlo.

Las cosas se derrumban porque quieren

que se las deje en paz.

Los tristes se rinden;

un pueblo medieval se rinde

tras un asedio interminable, a duras penas,

bajo sus propias condiciones.

No pueden soportar la carga;

la culpa y la tristeza se comparten

entre todos los presentes.

El rechazo no ayuda,

ser insensible es útil,

aunque aseguren los psicoanalistas

que renunciar al deseo es una muerte anticipada.

Me resulta difícil plantarme ante el espejo. Me obliga

a enfrentarme a mi cara y a odiarla sin piedad.

Eso me aleja de las niñas de papá,

que pueden permitirse la maldad y la ira

sin nada que perder, pues se las ama y asegura por adelantado.

Existe gente honrada, gente que sabe gestionar la transparecia

sin recordarse a sí misma todo el tiempo

que jamás algo falso ha sido hermoso.

Gente que nunca esquiva su tristeza y que, al afrontar

sus errores, dice, con cierta calma:

«Soy consciente de que me has abandonado. Estás

fuera de mi alcance. Insistir

carece de sentido; nadie ama cuando está

obligado a hacerlo».

Esa gente ha aprendido cosas

que yo no soy capaz de aprender. Estamos separados

por la debilidad, que se disfraza de sentido del honor

y convierte en teoría todo lo que toca.

Cuando se vuelve insoportable de verdad,

solo puedo, con mi delicadeza exagerada,

esperar una lluvia que equipare el tiempo con mi humor.

Existe cierto encanto en emplear el arte

para liberarse. Encanto en lo que dices

cuando estás libre de las restricciones de un único punto de vista,

encanto que previene el habla y que evidencia la incapacidad,

encanto que no eludes nunca,

pues estás débil como para sobrevivir

al nivel de exposición que exige el ser humano.

El encanto y el afecto requieren esfuerzo,

y es verdad que, para mí, nada es sencillo.

«Es irrelevante»,

dijo alguien que conozco.

«Tus poemas son irrelevantes;

el arte necesita otras cosas».

El arte no necesita nada,

me gustaría añadirlo.

****

Katja Perat (Eslovenia, 1988) poeta y filósofa. Ha publicado sus poemas en España (en Mil novecientos violeta, de El Gaviero Ediciones), así como en revistas y antologías de Estados Unidos, Bélgica o Rumanía.

Este poema es una traducción de Juan Fernández Rivero

causa y consecuencia

Soy la cantante del sol naciente

Que metió nanas en botellas

y las tiró al mar impredecible

para llegarte a la isla en que te ahogabas.

Soy el pincel que pintó de amarillo los quinientos diez mil millones

de kilómetros cuadrados de superficie terrestre

y los usó para alear tu cuerpo con el mío.

Soy el poeta que atrapa

las palabras que nos decimos,

Incluso si no las pronunciamos,

ya sabes:

soy contigo,

la primera vez no es un ordinal sino un estado de ánimo,

que quizás seas mi propio origen,

y que antes de saber que te amaba ya te amaba.

Soy la narradora de Murúa Niño,

que unas veces es tú y otras yo,

a veces los dos incluso

y tiene un millón de dudas,

y una única certeza.

Y si decidí ser músico,

fue para hacer prácticas de salto al vacío

y para hacerte saltar detrás

porque no hay sueños para el cobarde.

-de eso sabes, porque en otros abismos ya habías estado

antes y primero.-

Aunque parezca confuso

en esa extravagante multiplicidad

está mi yo que más me gusta

y coincide preciso con el que más amas,

y conquista tu sorpresa.

Es que si lo piensas, la sorpresa es aire

¡Cómo el aire podría renunciar a ser aire!

¡a mantenerte con vida!

a salvar la mía…

Y tú…

tú estás detrás de todo,

de ese yo que me gusta,

de la inconstancia volátil…

Tú, que eres causa y consecuencia.

veintisiete años de espera o el por qué de la química

Desde los cinco u ocho años, el niño elabora mentalmente un mapa en el cual encajará en el futuro su ideal amoroso. Ese molde de circuitos cerebrales preestablecido es el que hará que cada quien se enamore de una persona y no de otra. Los niños desarrollan esos mapas entre los 5 y 8 años de edad como resultado de asociaciones con miembros de su familia, con amigos, con experiencias y hechos fortuitos. Así pues, antes de que el verdadero amor llame a la puerta, el sujeto ya ha elaborado los rasgos esenciales de la persona ideal a quien amar.

Teoría de la correspondencia.

feliz en tu día

Miguelito está triste, qué tendrá Miguelito.

El niño que no anda sino brinca, que ríe y le va la vida en ello y desborda alegría, que se divierte con un balón, jugando al escondite, comiendo chucherías, hablando en idiomas inventados, el niño que canta en la ducha, que convierte en juego el lavado de dientes, poner la mesa, leer un libro, todo lo que hace… menos el fútbol, que eso es cosa seria…. vaga serio, lánguido, cabizbajo, taciturno. No da muestras de entusiasmo, ni por las chuches, ni por los regalos, ni siquiera, ni siquiera por el fútbol. No quiere jugar a nada, ni se ríe a carcajadas, ni habla alto. Se cansa en los entrenamientos, no juega a la consola, ni quiere regalos. No hace los deberes, no quiere bromas, ni besos ni abrazos.

Miguelito está triste, qué tendrá Miguelito.

Miguelito deambula taciturno por casa, y escucha una y otra vez la misma canción. Una y otra vez. Mira el teléfono. Se encierra en su habitación a ratos. Miguel, qué te pasa. Y Miguel sólo contesta nada. Miguel escribe y escribe en el teclado, y deja el teléfono. Y lo vuelve a coger. Se oye una voz de niña. Miguel, cabizbajo, escucha la misma canción una y otra vez. ¿De dónde la has sacado Miguel? La cantan las niñas en el patio. Miguelito no se separa del teléfono. Y pasan las horas, y la canción termina y vuelve a empezar, pero el teléfono no suena.

Miguelito está triste, qué tendrá Miguelito.

Un día, Miguelito volverá a estar contento. Y a entusiasmarse con el partido del sábado. Y a querer jugar al escondite, y a convertir en juego el lavado de dientes, y la lectura del libro, porque acaba de cumplir diez años, y aún es un niño.

Pero ahora ya menos.

mecanismos para no olvidar la magia del juego

Los juegos surgen de las cosas más insólitas. No sé cuál es la clave, no creo que haya sólo una. Supongo que una de ellas es no esperarlos, no forzarlos, como con todo. Quizás sabría más si repaso mis juegos, cuándo llegan, podría saber algo más acerca del cómo. Aunque el saber más no me garantiza en absoluto que vaya a poder controlarlo, y jugar a mi antojo, porque jugar es divertido, jugar me pone alegre, y jugar se olvida demasiado deprisa.

Jugar, como el otro día que me obligué a hacer albóndigas aunque me daba una pereza terrible, porque sobrepasa el límite que he fijado, el límite de no hago nada que me obligue a estar más de veinte minutos en la cocina, pero como tengo tiempo me he obligado porque les gustan, y normalmente no las hago nunca porque nunca tengo tiempo, y porque además me da pereza, y me he obligado pero me lo he dejado, como hacía con los deberes, para el domingo por la noche. Y me llama mi madre, y la corto y le digo que tengo que hacer albóndigas, y mi madre me dice las cosas de madre, pues se te ha hecho muy tarde, te va a llevar por lo menos una hora. Y yo me desmoralizo porque sabía que iba a traspasar mi límite pero no pensaba que tanto, una hora!!!! una hora de un domingo por la noche en la cocina? de mis últimos momentos de fin de semana? y una mierda. Y entonces aparece, el juego, lo sé, porque empiezo a correr y porque noto su energía, contenta, con el reloj en la encimera, y no hay huevos pero me da igual, me invento la forma de sustituir, y como siempre, me invento media receta porque me encanta transgredir la norma escrita, hasta esa, y sigo corriendo, haciendo bolas a un ritmo trepidante, con las pulsaciones al máximo, y cuando por fin acabo compruebo mi marca: treinta y cinco minutos, y corro a por el teléfono y marco un número, y lo primero que digo cuando me descuelgan es ¡¡¡terminé!!!! y mi madre al cabo de un momento se acuerda de mis albóndigas y dice, Ah, las albóndigas, qué pronto, no? y me pregunta cuánta carne he usado, y se lo digo, pues como yo, me dice, y me pregunta que cuántas me han salido, para comprobar que no he hecho sólo una pelota gigante, y le digo que cuarenta, pues como a mí, y entonces me dice que ella tarda más porque las hace con calma, y yo le digo que tardo menos porque las hago compitiendo, pero no contra ella, sino contra el propio tiempo, contra el fin del domingo. Y al día siguiente le pregunto a pablo cómo estaban, y me dice que riquísimas, y yo me sonrío victoriosa por dentro, porque pablo es exigente y no regala mentiras piadosas.

O jugar, como cuando fui a yoga kundalini por primera vez, para probar, sin saber en realidad en que consiste, y voy a la clase, y hay que empezar cantando unos mantras, que no sé ni qué son, en un idioma que no sé ni cuál es, y yo pienso que me va a dar vergüenza, y le digo a la profe que yo no he hecho nunca y que mejor miro y aprendo y me dice que lo intente porque sana y me va a hacer bien, y pienso que si no lo intento qué sentido tiene el haber traspasado el umbral, y me siento en postura fácil, y miro el tercer ojo, y canto el mantra, y no puedo verlo porque estoy mirando el tercer ojo, pero sé que estoy sonriendo, y como si me hubiera criado abriendo chacras, me concentro con todas mis fuerzas en concentrarme, en respirar, en meditar, en pensar sat cuando inspiro y nam cuando espiro, sea lo que sea eso, y en ser consciente, y juego a ser una gran yogui, y a sentarme muy derecha y no como acostumbro, y me imagino que mi columna es la unión del cielo y la tierra, y que la he despejado y ahora es un camino fácil. Sentirme camino a recorrer me gusta. Y salgo de allí relajada y contenta, y estirada, y ligera, y muy divertida, y después os lo cuento en casa, porque sé que lo del tercer ojo os va a encantar, y nos reímos bastante. Pero decido que aunque me resulte una de las cosas más bizarras que he hecho en los últimos días, mientras salga de allí contenta, estirada, ligera y divertida, seguiré cruzando ese umbral.

Jugar, como el jueves pasado, cuando después de volver del trabajo y hacer recados varios por fin me senté en el sillón y te dije que aún había que tender. Y pienso en lo tedioso del día, de un trabajo de mierda, de recados aburridos, de sentarme a las ocho de la tarde, y aún con cosas por hacer. Y tú me contestaste que ya tendías tú, como sabía que harías, porque habías tenido más tiempo y me parecía que era lo justo, pero lo cortés, y más sabiendo que tenemos un sentido de la justicia similar, era esperar a que tú mismo lo propusieras. Todo normal para un jueves anodino y cansado. Tan cansado que después de escuchar lo que quería oír aproveché para quejarme de mi dolor de espalda. Y entonces tú: quieres que te dé un masaje? y yo sí, quiero, pero primero tienes que tender. Justo ahí, en ese instante, en una tarde de jueves bastante anodina, sé que ha empezado el juego. Lo siento porque de pronto me ha entrado la sonrisa y el cosquilleo de una diversión incipiente, y siento la energía. Me dejo llevar y sigo: Y  cuando termines tráeme una cerveza….  Y sólo cuando te levantas un tanto descolocado a tender, me escapo sin que me veas a la cama, y me desnudo, y te espero. Apareces con las manos llenas de ropa y te sorprende verme allí. Es por mi masaje, te digo, con mi sonrisa delatora de pensamientos malignos, políticamente incorrectos, o simplemente algo crueles que tan identificada tienes. Y sueltas toda esa ropa de cualquier manera, porque lo de tender o doblar la ropa en realidad nos da lo mismo, y y me das mi masaje, y te desnudas, y, espera, no hay prisa, ahora vamos a fumar, y voy a hacer yo los cigarros,  y hago dos cigarros, y te pongo un disco de Ella y Amstrong, y jugamos al juego de escribir el guión, y después jugamos al juego del cigarro simultáneo con reglas que me invento sobre la marcha. Y cuando ya nos hemos cansado de reír follamos contentos. Cuando nos queremos dar cuenta son las diez y veinte de la noche. Y preguntas qué vamos a cenar? Y yo contesto ¿y esa cerveza que me debes? Quieres salir fuera?  Sí! Y entonces nos duchamos y enciendes el transistor, y es el primer momento en varias horas en el que vuelvo a ser consciente de que hay un mundo ahí fuera, detrás de la puerta de nuestra habitación. La semifinal del eurobasket. Sé tan poco de basket que tengo que comprobar en google cómo demonios se escribe. Sólo faltan los últimos cinco minutos. Y te vistes sin dejar de prestar atención al partido pero yo no me muevo. No pretenderás irte ahora que falta lo más emocionante, te digo, además, estoy jugando a mandar, y ahora vamos a ver cómo acaba. Y entonces juego a ser la persona que más vibra con el basket (se escriba como se escriba) del mundo. Y me pongo muy nerviosa y muy tensa, y grito, aunque no tanto como tú, porque aunque no me interese el basket, voy a jugar a que me encanta durante ese rato, y tengo suerte, porque para que pueda perfeccionar mi técnica la cosa se alarga y hay una prórroga de infarto. Y ganamos. Y cuando se acaba la prórroga salimos, y bebemos una cerveza al aire libre, comemos algo al aire libre y volvemos a casa. Sabes, podría llegar a acostumbrarme a esto. Y yo.