Cuaderno de Murúa Niño

los recuerdos son realidad, son ficción, son un invento, son yo

Camino a la oficina

He decidido reencarnarme en surfera. No una surfera vacacional, sino una surfera ermitaña. Me refiero formar a parte de esa mínima tribu al margen de la cultura occidental. No necesitar más que una cabaña, una tabla, un neopreno, comer de lo que pesque o de lo que cultive (por ejemplo en la parte delantera de mi cabaña, con vistas al mar, donde dará la sombra por las mañanas). Tendría alguna gallina, un perro y un gato. Y no necesitar nada más. Sin tele, sin luz, sin gas, sin móvil, sin wifi. Sin coche, sin restaurantes, sin ropa. Sin seguro médico, sin universidad, sin contrato de trabajo ni recibos de nómina. Bueno, si no es mucho pedir, igual sí que me gustaría una guitarra y una máquina de escribir.

Hablaría con los turistas en verano, y posiblemente trataría de poder comprar mi guitarra y mi máquina de escribir vendiéndoles chorradas de esas que les encantan. Me asombraría al verlos tan llenos de cosas, tan preocupados por las mismas, con unos cuerpos tan estropeados y enfermos por su falta de uso, o con bellezas de artificio. Quizás, en el próximo salto evolutivo el ser humano deje de tener piernas. Su anatomía estará formada por un gran culo, una gran cabeza, unos largos dedos que salen directamente de los hombros, o de unos pequeños brazos en atrofia. Quizás. De ser así, yo me reencarnaré antes de que ocurra, porque en mi próxima vida quiero usar a diario todas estas extremidades de las que dispongo.

Estaré a diario en contacto con tierra, sol, mar y aire. Y no necesitaré mucho más. No mucho más que esa cabaña para los días de lluvia y frío, algo para comer tres veces al día, la tabla para los vuelos, y venga, sí, la guitarra y la máquina de escribir. Es importante nacer en el margen de esta gran cárcel (o sistema), aunque unos pocos sí consiguen fugarse. Yo no. Pero si a la próxima no nazco dentro sabré escapar. Definitivamente lo he decidido.

Te lo digo por si a la próxima me andas buscando. Estate atento porque no sé cuál será mi sexo, ni mi altura, ni mi aspecto. Búscame sana, búscame fuerte, búscame libre, búscame salvaje, búscame sin nada, búscame en la orilla.

Las cuatro piernas entrelazadas.

La hija de mi prima está en casa desde el fin de semana, y ayer fuimos a conocerla. Mi prima me llama Pati. Desde que mi abuela se murió solo ella me llama Pati. Las diferentes formas que adopta el propio nombre produce efectos diferentes en el nombrado. Ya ves, solo cambian unos pocos fonemas que aluden un mismo significado. A diferencia de los vientos o las mareas, los efectos del propio nombre no son predecibles. A nosotros, los humanos, todo nos cambia, todo nos influye, hasta nuestro propio nombre. Qué otro significado es sensible a su significante. No se me ocurre.

Hablamos del hospital, hablamos de las vacaciones. Ellos a lo mejor no se van a ningún sitio. Nos preguntan a nosotros. Nosotros vamos a Cádiz, como todos los años. Ellos empiezan a recordar cuando estuvieron en la boda de mi hermana. Que perdieron el autobús que mi hermana había contratado para llevar a los invitados desde el hotel hasta el ayuntamiento. Yo no me enteré de nada, porque me encargaron las fotos así que fui con los novios. Pero mi tía, mi prima, y mis hijos, -que se habían quedado a su cargo-, perdieron el autobús. Tuvieron que irse en coche y llegaron por los pelos. Mi prima me dijo que se acordaba de eso, y también de lo que había leído yo en la ceremonia civil. Que le había gustado mucho. Sí, ese texto de que se miraban y se veían. Álex, que estaba sentado al lado mío, me dijo “pues no lo he entendido”. Me sorprendió que mi prima se acordara habiéndolo oído una sola vez hace años.

Mi hermana me había pedido que escribiera algo para leer en la ceremonia. En esa época aún vivíamos una frente a la otra, yo me había separado hacía no mucho, y me sentía la persona menos indicada. De eso me he acordado esta mañana, cuando he buscado y leído el texto en el correo electrónico para dejarlo en el cuaderno. Aquí va

Algunas noches me asomo al mirador y veo enfrente una ventana con luz, y cuatro piernas entrelazadas. Y me gusta.

Hay gente que dice que  el amor siempre no existe. Que la rutina es inevitable, que después del tiempo y su erosión lo que  queda  es el apego, el cariño, la seguridad,  la costumbre… y nada más,  que hay que conformarse. Y que, al fin y al cabo, tampoco está tan mal. Lo dice mucha gente, unas veces con palabras, otras con su propio ejemplo, y según van hablando oscurece.

Yo sé que la gente que dice eso está equivocada –no sé si en el fondo ellos también lo saben-. Yo sé que eso existe, lo sé porque lo he visto. Con una sola vez que lo viera me bastaría para saber que existe. Y existe.

A veces no sé cómo llamarlo, a eso, porque amor es una palabra manoseada, que se usa incluso para hablar de esa otra cosa que termina siendo apego, cariño y costumbre.  Pero no hay transcurso de tiempo suficiente, ni pasta de dientes apretada por la mitad, ni malos humores en lunes por la mañana que puedan con eso de lo que hablo. Eso está por encima, es más grande, más sagrado. Existe, y se eleva por encima de todo, de las arrugas que se abren paso, y de quién fue el último en vaciar el lavaplatos. Existe y  emociona. A quien lo siente y a quien lo ve. E ilumina, como esa luz que veo a veces por la ventana y me gusta.

Mientras miro por la ventana esas cuatro piernas entrelazadas, pienso en mis padres. Mis padres se miran. Aún se miran. Siempre se miran y al mirarse se ven. Cuando mis padres se miran se ven, desde fuera se nota que se ven,  se ven ellos, lo mejor que son, cómplices en un espacio que es sólo suyo, que conocen, que han creado, que comparten con quienes estamos alrededor, pero que es sólo suyo. Mis padres se miran.

Miro las cuatro piernas entrelazadas y pienso en el día que conocí a la madre de Juan, que cuando hablaba de Emilio, se escuchaba con tanta intensidad  la admiración y el respeto con las que hablaba que casi no se oían las palabras. También distraía de lo que decía el brillo de sus ojos. Y pensé que ni siquiera  me había hecho falta verlos juntos para percibir que también tienen eso, eso que existe, que es sólo de ellos, que conocen,  que han creado. Maleni y Emilio se miran.

Las piernas entrelazadas que veo  están aquí. Están escondidas bajo un vestido blanco, y un chaqué, disfrazadas de dos personas que han querido decirse delante de los suyos un quiero quererte siempre, como si fueran una declaración de intenciones bonitas, pero son cuatro piernas entrelazadas que han venido a decir que lo son.

Algunas noches me asomo al mirador y veo enfrente una ventana con luz, y cuatro piernas entrelazadas. Y me gusta.”

Después hablamos de la boda de mi prima, les dije que Miguel la recuerda con mucho cariño porque no paró de comer jamón.

Ahora, cuando me asomo a la ventana ya no veo sus piernas, porque ninguna de las dos vivimos donde vivíamos, y no sé si siguen siendo cuatro piernas entrelazadas. Pero se miran.

Ahora tengo dos sobrinos, y Emilio está muerto.

La semana que viene coincidiremos en Cádiz. Cinco años después.

 

El argumento de la normalidad reinante

En las últimas dos semanas he tenido dos pesadillas. En la primera soñé que nuestra casera decidía rescindir unilateralmente el contrato de arrendamiento y nos forzaba a dejar la casa. No era la propia casera quien venía a comunicarlo, sino que había enviado como emisaria a una vecina. Esta vecina era un personaje ficticio fruto de la imaginación onírica. La vecina inventada era una señora mayor, con ese aspecto inconfundible que tienen las monjas que no llevan hábito, pero que de alguna forma consiguen -aún sin él-que se las distinga. Según argumentaba la vecina monja, en las juntas de vecinos se había denunciado el rechazo generalizado hacia nosotros, porque fumamos dentro de la casa y porque a veces nos paseamos desnudos delante de las ventanas sin cortinas. En suma, el tribunal de vecinos nos había declarado culpables, y de manera irrevocable teníamos que buscarnos otra casa.

En la segunda llegaba a mi trabajo, pero no era el que tengo, o al menos el lugar y mis compañeros eran diferentes, haciendo gala de nuevo de una desbordante creatividad onírica, que inventa argumentos, escenarios, decorados y personajes de la nada, pero que sin embargo en el sueño admito como verdad. En esa oficina y junto a esos compañeros, llegaba de pronto un jefe -también inventado- y nos decía que otros jefes aún más elevados habían decidido cambiar nuestras funciones, y que a partir de ahora íbamos a manufacturar y envasar cremas faciales en cadena. El resto de mis compañeros lo asumía como normal, y tomaban con naturalidad una especie de kit que iban repartiendo, en el que se nos proporcionaba todo lo necesario para la fabricación. Otros hombres comenzaron a retirar los ordenadores y pantallas (nos permitieron conservar las sillas de despacho), y mientras mis compañeros abrían las cajitas y comenzaban a trabajar entregados, el jefe hablaba de las nuestras nuevas condiciones laborales: el horario sería de mañana y tarde, y nos pagarían seis euros. Yo me preguntaba, ¿seis euros por tarro de facial? imposible, con ese coste de manufactura -sin contar envase y producto-, la crema tendría un precio disparatado. La pregunta debí hacerla en voz alta, porque el señor de las órdenes me aclaró se refería a 6 euros al día. Yo protestaba argumentando que no se podían modificar de esa forma las funciones ni los salarios, y que además yo no sabía hacer cremas faciales, ni tampoco envasarlas (en el sueño me preocupaba más este aspecto que el hecho de ir a cobrar 6 euros al día).

La dos pesadillas son completamente distintas. De hecho, a excepción de alguna pesadilla recurrente que me asedió en mi infancia, todas mis pesadillas lo han sido. Sin embargo, lo que tienen en común es que parecen tan reales que cuando despierto me atenaza la angustia de tener que buscar una nueva casa, o dedicarme a fabricar y envasar cremas faciales a cambio de seis euros diarios en medio de entregados compañeros. Lo más curioso de todo es que el argumento que invariablemente empleo para convencerme de que nada de eso es real, que es fruto de una pesadilla, no son los trucos imaginativos e inverosímiles de mi cabeza. No pienso en que jamás he visto a esa vecina-monja, o que mi oficina no se parece en nada al lugar donde llegó el negrero. Lo que me sujeta a la realidad, hace que respire aliviada, y sea consciente de que todo es fruto de un mal sueño, es precisamente la realidad. No es posible que algo tan terrible haya ocurrido cuando por la ventana entra la luz, y que huela a pan recién tostado, que en la calle el cielo esté azul,  el quiosquero esté colocando la prensa, y el semáforo pite en verde para los ciegos. Todo a mi alrededor está tan igual que ayer, que es imposible que todos esos sucesos nebulosos y extraños hayan ocurrido. Vale, es cierto que a veces no me fío del todo del argumento de la normalidad reinante y entonces te digo ¿sabes? hoy he soñado que nos echaban del piso y teníamos que buscar otra casa. Y te lo digo para contártelo, pero también y de una forma poco confesable aunque lo esté confesando ahora, para que me confirmes que no es verdad, para escuchar de tu boca algo así como ¿y por qué nos echaban? y poder contestarte -ya con total tranquilidad- que por fumar en casa y andar desnudos.

El problema del argumento de la normalidad reinante, es que a veces sí que ocurren cosas terribles. Cosas tan terribles e inesperadas, tan inconcebibles o tan injustas, que no termino de creérmelas, y me atenaza la angustia de lo horrible que ha ocurrido, pero sin embargo entra la luz por la ventana cuando suena el despertador, y huele a pan tostado, y el quiosquero está colocando la prensa, y el semáforo hace piú piú cuando cambia a verde, el cielo está completamente azul, y el sistema aleatorio de música en el coche decide ponerme la versión de Fly Me to the Moon de June Cristy, y después A lo Cubano de los Orishas. Me atenaza la angustia de lo horrible pero me aferro al argumento de la normalidad reinante, me aferro tanto que hasta canto, y entro contenta a la oficina, que, joder, es como todos los días, y no tengo que elaborar ni envasar cremas faciales, entro y está todo igual, como si no pasara nada. Y es que en un día tan normal no es posible que haya pasado nada, y menos eso que es de verdad horrible, más que tener que dejar mi casa, más incluso que el hecho de que te paguen seis putos euros por una jornada de cuarenta horas semanales. En medio del argumento de la normalidad reinante, cada vez que se me cruza por la cabeza la angustia tengo sensación de irrealidad. Ha tenido que ser una pesadilla, no es posible que haya pasado. Pero sí.

Lo que sé gracias a Mendel

Le pregunté que si quería un huevo o dos, y sin dejar de mirar la pantalla, con los auriculares puestos, me dijo que dos.

Cuando entro en su cuarto siempre está frente al ordenador, mirando a la pantalla con los auriculares puestos, incluso si no está escuchando nada. Supongo que los lleva porque escucha cosas con frecuencia y debe ser bastante tedioso tener que estar poniéndose y quitándose los auriculares constantemente. Así que como cuando entro en su cuarto está con auriculares mirando a la pantalla y no sé si me escucha, pruebo a hablarle. Si me oye me contesta -casi siempre-. Si no me contesta me acerco a él y le muevo un solo auricular de forma que le dejo libre una de sus orejas, pero la otra puede continuar con lo que estaba. Y entonces le repito lo que sea que le hubiera preguntado, y ya sí contesta. Pero esa noche no hizo falta. No solo me dijo que quería dos huevos, también que veía mal, que veía unas lucecitas por algunos sitios en la pantalla y que no conseguía enfocar.

Después de haber preguntado al resto me fui a freír los huevos. No tardé demasiado. Es una cena rápida, aunque no me gusta porque casi siempre se me rompe algún huevo y tengo que decidir a quién darle el roto. Mi madre y mi abuela se quedaban siempre con los huevos que se rompían.  En general se quedaban con lo que menos nos gustaba al resto. Se lo servían y reservaban con tanta naturalidad, con tanto gusto, que yo de verdad pensaba que ellas preferían los huevos con la yema rota, las cabezas del pescado, y los empieces del redondo de ternera. Yo alguna vez sí que me he comido los empieces del redondo de ternera, pero las cabezas de pescado las tiro, no fastidies. Alguna vez también me he puesto un huevo que se me ha roto, pero pocas, porque no me gusta mucho el huevo frito, y casi nunca lo como. En cualquier caso, creo que cuando yo me quedo con la comida fea, con la que no quiere nadie, no me sale tan natural como les salía a ellas, a mi madre y a mi abuela.

Otra razón por la que no me gusta hacer huevos fritos, a pesar de que sea tan rápido, es que, además de que no me gustan y a veces se me rompen, es que el aceite salta. Siempre me salta en la cara. Me están empezando a salir manchas marrones en la cara. Yo no me lo noto tanto, creo que porque me las veo a diario y tengo costumbre. Pero deben empezar a ser evidentes porque tanto mi madre como mi hermana me regalaron protección 50 para el rostro. Así que me pongo protección 50 a diario, incluso en invierno cuando el cielo está gris y en los partes meteorológicos no dicen nada acerca de los niveles de radiación, como si no existiesen,  para evitar el sol y las manchas que me están empezando a salir. De modo que se puede comprender que tras tanto esmero y cuidado me irrite profundamente ir a freír un huevo y quemarme la cara con el aceite.  El aceite es democrático al saltar y no solo lo hace en mi cara, también por toda la cocina. Pero eso a mí me irrita bastante menos. Esa es la parte de freír huevos que le disgusta a mi compañero, que es quien recoge.   A mi compañero no le gusta que le llame compañero, porque le parece un término demasiado tibio para la relación que nos une. Un compañero, como uno de trabajo, como uno de piso, como uno de facultad… Reconozco que puede ofrecer connotaciones insuficientemente vinculantes hoy en día, pero me hace gracia la acepción nostálgica de la época republicana que por otra parte ni siquiera viví. Supongo que será nostalgia de la literatura y la cinematografía. En cualquier caso, cualquier término quedaría impreciso, y nosotros sabemos lo que somos.

Tardé mucho menos en hacer la cena esa noche que en relatarlo. Pablo no se presentó en la cocina para ayudar a poner la mesa. Normalmente doy la señal a modo de grito desde la cocina. “Chicos, la mesa”. Pero en el caso de Pablo no siempre funciona (y eso que grito bastante alto cuando me lo propongo), por el asunto de los auriculares. Antes de ir a buscarlo yo misma vino su hermano a decirme que se había acostado. Fui a verlo y estaba en la cama, con los brazos protegiéndose la cara, gimiendo. Me dijo que le dolía mucho la cabeza. Me dijo que se había tomado un ibuprofeno. Pensé en los destellos. Yo he padecido migrañas toda mi vida. Tenía pinta de ser la primera de las suyas. Bajé las persianas, apagué su ordenador, sus auriculares, su teclado y su ratón, y le llevé una bolsa fría para su cabeza.

Los demás estuvimos cenando mientras el Madrid ganaba la liga. La mitad de los comensales daba gritos y saltos de alegría, la otra mitad no. El plato de Pablo se quedó entero con las yemas intactas.

Fui a su habitación esperando encontrarlo dormido, pero seguía gimiendo. No se podía dormir y el dolor era muy fuerte. Le temblaban las piernas. Era una migraña de libro. Necesitaba poder dormirse.

Esperé una hora más. Pablo estaba perdiendo los nervios. Seguía temblando. Tenía náuseas. Quería ir al médico. Por un lado pensé en lo innecesario. Por otro se me pasó por la cabeza el pensamiento trágico. El pensamiento trágico es ese que de vez en cuando asoma para hacerme vislumbrar posibilidades remotas pero terroríficas. Pensé en la historia del hermano de mi abuela, ese que con diecisiete años se encontraron muerto una mañana en su cama después de una embolia cerebral. Fue después de carnavales, mi abuela contaba que la tarde anterior había salido disfrazado de pierrot. Me hacía gracia que utilizara la palabra pierrot y no payaso. Pero ella siempre que contaba la historia la contaba empleando las mismas palabras.

El caso es que le dije que se vistiera y me fui a buscar el coche. Mi compañero lo acompañó hasta el portal, caminaba regular, estaba blanco como la cera. En el habitáculo de mi coche había botellas de agua a medio llenar, algún carmín, un par de mecheros sin gas, El siglo de las luces de Alejo Carpentier, y una bolsa de papel. Le di la bolsa por si quería vomitar. Pablo fue con ella todo el camino. Y consiguió dormirse. Llegamos a urgencias y no había nadie más enfermo. La mitad de Madrid debía estar en Cibeles. La otra mitad en su casa. Le atendieron enseguida. Tras exponer los hechos la doctora me miró y me preguntó que si era su madre. Sí. ¿Tiene usted migrañas? Sí. Esto es una migraña. Lo imaginaba. La doctora volvió a interpelar a Pablo. ¿Te cojo una vía y te pongo un medicamento en vena para aliviarte? Pablo suplicó que sí.

Nos dejaron en un box a oscuras. Pablo en la camilla tumbado con una vía de la que pendía un medicamento que iba cayendo gota a gota. Le estuve dando la mano toda la noche, hasta ese momento, para dejarle dormir. Lo consiguió poco antes de que vinieran a preguntarle si estaba mejor. Un poco.  Antes de prepararnos para volver a casa me acerqué a él, le di un beso, y aprovechando que estaba sin auriculares le acaricié la cara y le dije que vaya herencia le había dejado, refiriéndome a las migrañas, en clave de humor. Entonces él me dijo mamá, te quiero. Yo lo interpreté como sarcasmo, así que repliqué, bueno hombre, alguna cosa buena también te habré legado. Y él me miró fijo, y me dijo muy serio, no es sarcasmo, me da igual lo de las migrañas, que te quiero, te quiero mucho.

En el camino de vuelta estuvo mejor. No podía echar la cabeza hacia atrás porque la tenía dolorida, pero estuvo pinchando su música, así que di por hecho que no podía dolerle tanto. Volví a dejarlo en la puerta, y cuando llegué a casa después de aparcar dormía profundamente. Estuvo durmiendo hasta casi la hora de comer del día siguiente. Entonces, ya como nuevo, se levantó y se puso sus auriculares para celebrarlo.

Unos días más tarde me llamó mi madre. Hablo con mi madre una vez a la semana. No es mucho, pero el día que hablamos la conversación se alarga un buen rato. Casi siempre le cuento cosas que pasan con mis hijos. Esa tarde me llamó mientras conducía, y estuve hablando con ella con el manos libres, casi no me oía, pero yo seguía hablando. Le estuve contando las novedades en el proceso de admisión del instituto de Miguel, y que no le habían puesto los puntos por tener un hermano estudiando en el centro, así que había tenido que poner una reclamación. Y le conté la primera migraña de Pablo. Mi madre se quedó muy disgustada, porque ella también las tiene, y siempre se ha sentido responsable de mis migrañas, y ahora de las de su nieto.  Se había podido comer las yemas rotas y los empieces del redondo de ternera, pero no había sido capaz de controlar su genética. Entonces me hubiera gustado cortarla en su discurso, y decirle te quiero, mucho, a pesar de las migrañas, a pesar de cualquier cosa. Pero no lo hice. Tanto escribir y tanto hablar, y mi hijo, con sus auriculares puestos, sabe decir las cosas a tiempo bastante mejor que yo.

 

Zonas grises

Cuando entré en su habitación ya conocía toda la historia. Primero porque me lo había contado mi madre, y, segundo, porque me lo había contado ella misma por teléfono. Aún así, hablamos de ello una vez más aunque ya estuviera hablado, de qué si no.

Me dijo que cuando se dio cuenta de que había roto la bolsa, de vacaciones en aquel pueblecito de costa, y fue al hospital, y entró diciendo que era un embarazo monocorial biamniótico con posible síndrome de transfusión feto-fetal y rotura de bolsa de veintidós semanas de gestación, la atendieron con suma urgencia, como cabría esperar que atendieran a un tráfico, o a un accidente vascular.

En el hospital del pueblecito de costa eran especialistas en picaduras de medusa, traumatismos y golpes de calor, pero en embarazos monocoriales biamnióticos no, y la residente que atendió el caso puso cara de angustia y dijo que ella no podía hacer nada. La bolsa de una de las gemelas se había fisurado y había perdido líquido, aunque no todo, y las niñas estaban bien, por el momento. Pero existía el riesgo de que se desencadenara el parto y entonces necesitaría asistencia médica para dar a luz a dos niñas que nacerían muertas.

Ella llamó a su ginecólogo, el que sí era especialista, y le confirmó que tras una rotura en la bolsa tenía que esperar cuarenta y ocho horas en el hospital por si se desencadenaba el parto. Pero que si tras ese tiempo seguía estable, que pidiera el alta voluntaria y volviera cuanto antes a su ciudad directa a su hospital de referencia. Allí sí sabían qué hacer.

Aguantó esa cuarenta y ocho horas estable y pidió el alta voluntaria. Me contó que en el viaje de vuelta llevaban anotados los hospitales que había en el camino, la ruta y la distancia a cada uno de ellos, por si acaso ocurría algo, pero que no obstante su marido condujo tan deprisa llevado por el pánico (en ese momento imagino que él no conducía un coche aunque pareciera un coche, sino una ambulancia no medicalizada), que ella me contaba que por un momento pensó que si no moría desangrada por complicaciones durante el camino, lo haría en un accidente de tráfico.

Sin embargo llegaron a salvo al gran hospital de referencia, y volvió a entrar presentándose como embarazo monocorial biamniótico con fisura en una bolsa de veintidós semanas de gestación, volvieron a darle prioridad frente al resto de los pacientes que esperaban en urgencias, y la ingresaron. Ella se quedó allí y su marido se fue a casa con la otra hija de ambos, de dos años.

Entonces empezó a llegar la información. Las niñas estaban bien, ella no tenía ninguna señal de ir a ponerse de parto y le estaban suministrando antibióticos de forma preventiva para evitar una posible infección de los fetos a través de la fisura. Pero que, no obstante, no se podía descartar la posibilidad de que ese parto prematuro se desencadenara en cualquier momento. Pero que ese cualquier momento ocurriera tendría unas consecuencias muy distintas según el estado de gestación. En ese hospital, dados sus sofisticados medios, eran capaces de poder intentar sacar adelante fetos nacidos a partir de la semana veintitrés. Pero las estadísticas en cuanto a supervivencia eran poco alentadoras, y, en caso de sobrevivir, el riesgo de que las niñas quedaran con secuelas se elevaba al 70%. ¿Qué tipo de secuelas? Preguntaron. Secuelas que pueden ir desde una sordera hasta una parálisis cerebral. Y todas ellas, las leves y las graves, entraban dentro del mismo porcentaje.

Los médicos les informaron de que entre la semana veintitrés y la semana veinticinco era la llamada zona gris. Eso quiere decir que sin ayuda médica las niñas morirían al nacer, pero si las reanimaban podrían intentar sacarlas adelante con esas perspectivas que les habían contado. Y que eran los padres quienes debían decidir, y dejar por escrito qué querían que hicieran los médicos si el parto se producía en ese cualquier momento, en el de la zona gris. Intentar salvarlas o dejarlas morir. Después, entre la semana veinticinco hasta la veintiocho o la veintinueve, ya no había elección para los padres. Los porcentajes de supervivencia aumentaban y los riesgos de secuelas disminuían hasta un 50%. Y si conseguía aguantar y que nacieran después de la semana veintinueve, ya no serían grandes prematuros sino prematuros de engorde, y el pronóstico sería muy bueno.

Ella me estuvo hablando del sufrimiento que les había supuesto esa decisión, y del conflicto moral al que se habían enfrentado. Y que decidieron que si el parto se producía en esa llamada zona gris, negarse a la intervención médica. Me dijo que, en general, sus familiares y amigos habían sido comprensivos con la decisión que habían tomado, aunque sí que habían recibido algún reproche por parte de alguna persona puntual.

Entonces intervine, y le planteé la cuestión que a mí me surgió ante todo aquello que me estaba contando. ¿Y por qué le habéis contado a todo el mundo este dilema y la decisión que habéis tomado? ¿Qué necesidad tenéis de someteros a un juicio público?

Entonces ella me contestó que por dos motivos. El primero de ellos era que necesitaban desahogarse y compartir esa situación que estaban viviendo. Y que el segundo, que aunque estas disyuntivas morales no se daban muy a menudo, ocurrían, pero que nadie lo cuenta, así que nadie lo sabe, así que entonces es como si no existieran. Pero existen. Y entonces un día te ocurre a ti, y te parece que estás solo. Que eres la única persona en el mundo que tiene que tomar una decisión así de terrible, y les parecía importante que ciertas cosas también se supieran, que se supiera que ocurren, que se creara sensibilidad, y que se generara respeto. Y que, además, aunque sonara horrible, la zona gris, aquella zona en la que habían podido elegir, aunque esta decisión hubiera sido tan difícil, les había dado una cierta tranquilidad. En esos momentos, cuando yo estaba con ella, ya había salido de esa zona. En esos momentos ya no podía decidir, si se ponía de parto los médicos intentarían sacar a sus hijas adelante, con un riesgo de secuela de un 50%. Me decía que los médicos le hablaban de que ya se encontraban ante un riesgo bajo y asumible. Pero supongo que ella pensaba en la posibilidad del 50% de tener dos hijas con parálisis cerebral, y, desde su perspectiva, el porcentaje no era ni tan bajo ni tan asumible. Así que por delante le esperaban tres semanas de gestación críticas, sin moverse apenas en aquella cama de hospital, separada de su marido y su hija, para intentar que sus hijas se desarrollaran lo suficiente como para tener casi las mismas oportunidades de cualquier bebé nacido a término, de nacer sanas, y poder llevar una vida normal.

Después, creo que hablamos de personal sanitario, de educación, de adolescentes, de un peligroso juego suicida en redes, y de lo mucho que hablamos las mujeres de mi familia. La llevé una botella de agua, dejé puesta la televisión tal y como me pidió, para estar un poco distraída, dijo, y salí. Los pasillos del pabellón de maternidad ya estaban oscuros. Solo se oía el llanto de algún recién nacido.

 

Los amorosos

Hoy he cumplido 39 y se me ha olvidado escribir. Y no solo. Estamos poco imaginativos. Perder la imaginación es como quedarse ciego.  Hoy he cumplido 39 y he empezado de cero aunque no sea posible empezar de cero. Hoy he cumplido 39 y he escrito tres líneas. Casi cuatro. Que es casi como empezar de cero, o llámalo volver a empezar, o, si quieres, volver.

Los amorosos. Jaime Sabines.

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.

Lavapiés no es Ushuaia

Al África subsahariana llegamos en metro. Hacemos cola en el cajero, y al lado hay un par de mesas atendidas por mujeres que, por cómo se hablan y se tratan, deben estar allí cada día, o cada sábado, o cada fin de semana. Intento leer los carteles de la mesa y no llego a identificar quiénes son, pero dicen algo de vivienda digna, quizá sean de la pah, pero no me lo parecen las siglas. Visten de verde. Ellas no son del África subsahariana, por el blanco de su piel lo digo. Nosotros tampoco. Pero caminamos por la calle del Sombrerete como Pedro por su casa, y a nuestro lado los africanos se saludan, como lo hacían antiguamente los vecinos, pero a la manera africana. Algunos son del norte, y aprovechando el buen tiempo están haciendo tertulia sentados en la acera fumando una shisha y bebiendo té. En Mesón de Paredes me fijo en las corralas, y en la ropa tendida que siempre me inspira tanta ternura, y pienso que una de esas camisetas puede ser la camiseta de la suerte de alguien que habita justo detrás de ese trozo de fachada, y que antes de lavarla se la puso para jugar un partido, o para decirle a esa chica que si quería acompañarle a tomar una cerveza o a ver la forma de las nubes, y como es su camiseta de la suerte y la llevaba puesta metió dos goles, y además la chica le dijo que sí, y las nubes se disfrazaron de perro verde, y de trébol de cuatro hojas. Quizás. Una de esas camisetas. Las corralas son castizas con senegaleses asomados a las ventanas, son castizas siempre. Igual que una camiseta de la suerte es camiseta de la suerte siempre. Hay cosas que son lo que son muy al margen de la nacionalidad de quien la habite. Hombres y mujeres visten túnicas de color rojo, blanco, amarillo, verde, solo nosotros vamos de negro, de camino al Baobab. El Baobab no es un restaurante, es un símbolo. Es un símbolo de momentos felices. Siempre nos hemos sentado allí felices, menos una vez que he olvidado, y ya se ha convertido en algo indisoluble. Jamás se nos ocurriría ir al Baobab en un día triste. Jamás. Los momentos felices hay que sellarlos. Porque al sellar se les reviste de valor y de permanencia. Los momentos felices son demasiado valioso como para tratarlos de cualquier manera.

“confía, me digo, confía. esta última semana me lo he dicho un millón de veces, y cuando me lo digo no lo escucho con mi voz, sino con la tuya”

Cuando llegamos la terraza del Baobab está llena. Hay tanta gente que tenemos que asumir que no vamos a poder sellar nuestra felicidad allí, con la fuente de Cabestros de testigo a nuestra espalda, con su inscripción: República de España. ¿O era república española? Reconoce que por un momento pensaste que corría peligro. La felicidad. Porque los dos sabemos que somos frágiles. Pero nos obstinamos en no echar a perder lo conseguido esa mañana, la audacia de las palabras que derriban muros, que arriesgamos, expuestos, y ganamos quedarnos tan cerca. Y tan felices. Decidimos no continuar subiendo hacia la India, y desandamos lo andado, nos aferramos al plan, vamos en busca del otro restaurante senegalés de Lavapiés, porque a lo mejor no se trata tanto del restaurante Baobab en concreto, sino del Thiebou de pescado. Todas las mesas de las terrazas por las que vamos pasando están llenas. Porque Madrid está radiante, y todos quieren sellar su felicidad: subsaharianos, indios, marroquís, madrileños. Y muy en el fondo, aunque ninguno diga nada, los dos albergamos la sombría duda de que quizás tampoco podamos sellar nada en el restaurante senegalés de urgencia, que aún no es un símbolo pero podría llegar a serlo, y que nuestra felicidad se podría quedar huérfana de símbolo en un día tan maravilloso como este. Pero justo se levantan unas señoras justo de una mesa del senegalés de urgencia. Nos sentamos, ente aliviados y triunfantes.  El mismo camarero atiende las mesas de la terraza del restaurante senegalés de urgencia y de uno cubano.

“no tengas miedo, deja de tener miedo. es el miedo el que lo destruye todo”

Las terrazas comparten camarero y también música. Mientras estamos nosotros suena la cubana. Llega el camarero y le saludo, “hola, ¿qué tal?” y el camarero me contesta “estoy bien, gracias”. Y como no dice nada más continúo con la iniciativa y le pido dos cervezas y un thiebou djenne. El balcón que hay justo encima de nosotros se abre y una señora sale y se sienta en un taburete. Ella nos mira desde arriba y nosotros la miramos desde abajo. Se nos acerca un señor con barba y un hatillo de libros y nos pregunta que si nos gusta leer. No me apetece ser amable ni tener que empezar a comprar cosas y y le digo que no, pero el señor te ha mirado a ti, menos mal, y te dice “la has mirado a ella, por algo será”. Aún ninguno sabe que en ese tiro a tres bandas hemos ganado todos. Nos cuenta que escribe poesía, y que acaba de publicar un libro que está vendiendo por diez euros. Y nos pone un ejemplar en cada mano. “Yo no sé si lo hago bien, pero a mí me gusta y mis amigos me dicen que continúe, así que sigo escribiendo.” Por supuesto nos quedamos con un libro, y lo pagas tú con un billete de veinte, porque eres quien hizo la cola en el cajero. Y él se va dentro a buscar cambio. Mientras está dentro abro el libro por una página cualquiera y te leo:

“Yo hago jazz, yo teatro, yo
esgrima, yo escribo, si multicultura
en un barrio madrileño.
Yo soy de Senegal, yo de Italia,
yo de Grecia, yo de Alemania y
todo va unido a lo dicho.
Plaza y calle de Lavapiés, calle
Argumosa, Ave María, calle valencia,
típico y castizo barrio madrileño
donde la universidad hace alarde.
Bankia, La Boca del Lobo, BBVA,
Bar la Perdiz, la plaza de Lavapiés
y muchas cosas para vivir y conocer
gentes, turismo,
el gran museo llamado Reina Sofía y el
arte de amar y sentir la vida.
Yo de Portugal, yo de Lavapiés,
donde vivo.”

El sábado, cuando la leí, me pareció más emocionante que ahora, me pareció tan emocionante leerlo en ese momento, en voz alta, en aquel lugar y para ti, que casi se me escapa una lágrima, y eso que yo nunca lloro. Y entonces llegó otra mujer y nos preguntó de nuevo que si nos gustaba leer, también para vendernos otra cosa. Y le dijimos que sí, pero que acabábamos de comprar un libro y que ya no íbamos a comprar nada más. Nos estuvo contando que hacía encuadernaciones artesanales, también restauraciones. Y nos dejó una tarjeta, escrita a mano. Así sé que la mujer tiene el nombre de Fuensanta. ¿De quién es el libro? ¿Del poeta? Sí. Cuánto me alegro, es que yo lo conozco, ¿dónde está? dentro buscando cambio. Y el poeta, Carlos Martínez Torres salió del bar cubano con el cambio, y Fuensanta se le acercó, y lo abrazó, y le dijo “ay, Carlos, bonito, cuánto me alegra que lo estés vendiendo, te lo mereces” y le dio besos sonoros en el carrillo. Y por la calle pasaban dos tíos, uno de ellos parecía italiano, el otro le iba haciendo de guía turístico. “No, no vamos a seguir por allí porque si no nos salimos del barrio. Para que sepas donde estás, aquí la gente es moderna y casi toda de izquierdas.” Pasó un chico con una guitarra, y otro y otro, una chica con un contrabajo, y otra con un violín.

El senegalés nos trajo el Thiebou a ritmo de merengue, y, mientras, yo pensaba cuánto me gustaba Lavapiés. A pesar de no pertenecer. Veo que el poeta está en la mesa del bar de al lado. Se ha encontrado con alguien y quizás está celebrando la venta de un ejemplar. Él sí pertenece. Yo no, yo solo me pierdo por allí, sello mi felicidad y observo, pero me parece un gran lugar al que pertenecer.

Volvemos por la India, y paso por delante de la librería Burma. Está abierta. Permanece. No entro porque entrar en una librería y no salir con dos o tres libros me resulta imposible, y no es el día. Pero permanece. Y terminamos de alejarnos, y llegamos hasta la plaza del Ángel y nos tomamos un café en el Central, aunque sea medio día, y no haya concierto.

Amo Lavapiés, pero no pertenezco. En realidad tengo esa sensación prácticamente en todas partes, en el barrio en el que me crié, en el que vivo, en casi todos, y me pasa también con muchas personas, con casi todas. Lavapiés está lleno de gente que sí pertenece. Amo Lavapiés porque es un lugar al que me parecería bien pertenecer. Y por eso vuelvo. A mezclarme, a fundirme, a observar. A sellar una mañana feliz. A sujetarla en la memoria con palabras. Ahora que lo pienso, la frontera del lugar al que pertenezco eres tú.

 

 

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