Cuaderno de Murúa Niño

los recuerdos son realidad, son ficción, son un invento, son yo

Trastornos

Mi psiquiatra dice que mi trastorno estaba ahí antes de aquello, latente, y tendrá razón, seguro, pero hasta entonces llevaba una vida aparentemente normal, o no muy diferente al menos a la del resto de la gente, que viene a ser lo mismo. Lo digo en el sentido de que, por ejemplo, a mí no me parece normal dormir con un revólver bajo la almohada, quiero decir, que si salgo una noche con un tipo, tomamos una copa, nos parecemos bien, decidiéramos tener sexo y decidiéramos que fuera en su casa, -yo suelo preferirlo porque así me puedo ir cuando quiero, me siento más libre, sabe?- y si ya en su casa, aprovechando el momento en que él está en el baño, quizás después de haber practicado sexo, yo sintiera curiosidad, porque soy una persona curiosa y creo que eso no es necesariamente consecuencia de mi trastorno, y me pusiera a mirar un poco, superficialmente, como si fuera normal, y levantara la almohada, solo para ver qué tipo de pijama usa para dormir, o abriera un cajón de su mesilla de noche, y encontrara un arma de fuego, saldría de allí pitando. Intentaría vestirme a toda velocidad, puede que incluso saliera de la casa con la ropa en la mano, y me fuera poniendo las bragas en el descansillo, y abrochándome la camisa en el ascensor, confiando en que a esas horas los vecinos duermen, pensando sin duda antes en ponerme a salvo de un tipo que tiene una puta pistola en su casa antes que de miradas ajenas, porque al final mi cuerpo es muy parecido a otros cuerpos, no tiene nada de especial, a pesar de que puestos a hablar de anormalidades, encontrar a una mujer poniéndose el sujetador en el descansillo lo es, y puede que el vecino en cuestión también saliera de allí pitando, pero más por un miedo a la anormalidad, que es un miedo que existe, que por miedo a perder la vida. Pero si en lugar de haber nacido en Madrid me hubiera criado en Texas, si al ponerme a curiosear inocentemente bajo la almohada o en el primer cajón de la mesilla de mi amante hubiera encontrado un arma de fuego, me habría parecido normal, no habría temido por mi vida ni me habría arrojado desnuda a un descansillo, porque además, si me hubiera criado en Texas sabría que mi desnudez resultaría mucho más agresiva que un arma, y me habría quedado tranquilamente en la cama esperando a que mi amante saliera del baño, tranquilamente, con la paz que da el tener un revólver al lado. De hecho, probablemente, si  yo me hubiera criado en Texas también tendría un arma. O dos. Seguro. Lo sé porque me conozco, y más allá del trastorno las tendría.

Me he excedido con la relatividad de lo que es normal y me he desviado de mi trastorno, que es el gran protagonista, y que, como decía, debía padecer ya antes de que se manifestara. La ubicación del momento donde empezó todo fue un supermercado. Habría preferido que hubiera sido otro, pero fue el que fue.  La culpa fue de esas cajas de autocobro que instalaron. De que despidieran a tres cajeras y yo me enfureciera porque el supermercado redujera servicio al cliente, puestos de trabajo, y no bajaran los precios. Una tomadura de pelo en toda regla. Al principio las miraba recelosa, ni siquiera sabía muy bien qué era eso.  Después me indigné, me entró la vena sindical, esto lo único que consigue es destruir empleo, y continuaba poniéndome a la cola de las cajas tradicionales para pagar, que cada vez eran menos, y las colas más largas, y miraba con odio a quienes se colocaban en las nuevas, y esperaba mi turno para pagar sintiendo una gran gloria, pensándome salvadora y adalid de la conservación de los puestos de trabajo, y nadie se daba cuenta, pero yo  en mi cabeza tenía en alto el puño izquierdo y cantaba la internacional, y se me ponían los pelos de punta.

Pero unos días más tarde, o unas semanas más tarde, o un tiempo más tarde, el que fuera, qué más da, me acerqué a una de esas cajas nuevas que parecían decirme “prueba, sé cajera por un día”. Me prometí a mí misma que solo sería una vez. Y probé. Quizás por conocer al enemigo. Por ahorrar tiempo. Y sobre todo por aquello de imaginarme siendo cajera, y más aún en esta época de las experiencias. Regala una experiencia. Parece que vivir ha dejado de ser experiencial, y tenemos que rellenar ese vacío a golpe de visa, como hacemos con todo. O es que como ya no sabemos en qué chorrada gastarnos el dinero, pagamos por una aventura simulada por un día, por tirarnos de un puente con una cuerda, por una batalla de pistolas láser, por dormir una noche en una casa rural, por ordeñar un día a una vaca, por protagonizar una sesión fotográfica de estudio. Así que yo lo enfoqué así, tenía la oportunidad de ser cajera por un día, y además gratis. De modo que me di los buenos días, pasé mis artículos por el lector, me informé del importe de mi compra, y me pregunté si iba a pagarlo en efectivo o con tarjeta. Con tarjeta, contesté. Así que verifiqué mi identidad enseñándome mi DNI y pagué. Pero una vez hecho todo esto, me di cuenta de que no había tenido en cuenta las bolsas: tenía un montón de artículos pagados y no podía recogerlos. Había bolsas, pero tendría que haberlas escaneado previamente y pagado junto con el resto. En esa encrucijada tuve que ser fuerte y tomar una decisión que marcaría un antes y un después en mi vida, aunque en ese momento no fui consciente de su trascendencia, y finalmente robé dos bolsas.

Metí los artículos en ellas, y salí de allí. No sonó ninguna alarma, nadie me denunció, no me interceptaron los guardias de seguridad en la puerta, nada. Salí de allí como si fuera cualquier otro día, crucé la calle como si fuera cualquier otro día, y es posible que si no hubiera sido por la adrenalina que segregué con mi pequeño hurto, todo habría seguido igual. Pero aunque todo parecía igual nada lo era. Si no hubiera sido porque me había esforzado en aparentar naturalidad -por aquello de no llamar la atención- habría salido corriendo, habría cruzado la calle a brincos… eso sí, en cuanto traspasé el umbral de mi casa, di un grito, y después se me escapó una carcajada nerviosa y  estuve riendo durante un buen rato. Nada pudo detener lo que ocurrió a continuación en mi cabeza, que ya estaba preparando el siguiente golpe. Después del éxito de las bolsas en el supermercado necesitaba dar un paso más. Un paquete de chicles. Después quizás algo de ropa en un gran almacén, y con un poco de tesón, inteligencia y estudio, podría llegar a perpetrar algo memorable, un golpe de los que después se hacen guiones de películas, que posiblemente interpretaría algún actor con perfil de tipo duro estilo no sé, Clint Eastwood, o alguna buenorra de cuerpo atlético, como Anjelina Jolie, para hacerlo más verosímil.

Creo que en esos momentos me alivió el no haber probado ser sicaria por un día, y no por disquisiciones morales, sino porque entonces supe que matar también podría gustarme. Joder, por eso se hacen las normas. Por eso se crean esos límites infranqueables. Porque quizás por matar a alguien, a una sola persona, una sola vez,  en un momento determinado, no con malicia sino por curiosidad, como un hecho experiencial, como un oye, es que yo no me quiero morir sin haberlo probado, pues entiendo que tampoco habría tanto problema. Es posible que incluso, en casos determinados, resultara un gran bien común. Pero claro, lo jodido de todo es que una vez traspasado ese límite se le puede coger gusto. Al menos en mi caso, aunque en mi caso quizás sea por el trastorno. Y un asesinato es una cosa muy seria, y muy distinto es practicarlo una vez de manera excepcional, que tener que andar matando a diario, por vicio. Así que en cierto modo, a pesar de haberme iniciado en la disciplina del robo, me tranquilizó tener la lucidez suficiente como para tener tan claro que el asesinato mejor ni probarlo. Y eso que por aquellos entonces aún no visitaba al psiquiatra.

Hablar con un psiquiatra me resulta bastante reconfortante. Hablar con alguien me resulta reconfortante. También por entonces. Vivía sola. Trabajaba de asistente en unos laboratorios de control de calidad de la industria cárnica. Allí se trabajaba hasta las cinco de la tarde. Un poco antes del cierre llegaba yo, y me quedaba en los laboratorios para vigilar que la maquinaria se mantuviera con los parámetros necesarios de humedad y temperatura, encargarme de los experimentos que terminaran por la tarde, dejar el instrumental limpio y preparado para el día siguiente, y quizás redactar algún informe. No era madame Curie, pero me ganaba la vida y nadie se metía con mi trabajo. A media noche llegaba mi relevo. Y nada más. También sola toda la tarde. Por eso, con frecuencia, cuando terminaba, a media noche, entraba al café Lunar a tomarme una copa y a hablar un poco. A veces, en la barra había alguna persona receptiva con la que entablar una conversación y pasaba un buen rato. Incluso algunas veces hasta podía encontrar buen sexo. Pero la mayor parte de los días terminaba hablando con el malagueño que ponía las copas. Sin embargo desde que empecé con los robos, dejó de ser lo mismo.

Esa nueva faceta mía no podía compartirla. No creo que nadie fuera a denunciarme, en realidad es posible que nadie me creyera, o que al menos no me tomaran muy en serio, porque ningún delincuente va por ahí contando sus delitos en la barra de un bar. Pero pensarían que estoy chiflada. Y so la delincuencia espanta, la locura todavía más. Joder, yo me pasaba el día sola, y no acudía a un bar a las doce de la noche para continuar sola y espantar a la gente. Eso sí, ya que no podía sincerarme, aprovechaba para cometer algún pequeño hurto. Algo que no me pudieran achacar a mí, que era cliente habitual. Especialmente las noches en que terminaba en casa de algún desconocido. Les quitaba alguna cosa pequeña. La cartera no, habría sido una torpeza, pero las examinaba. Cuántas tarjetas tenían, el carnet de identidad, el de conducir, los resguardos de las compras, alguno aún llevaba fotografías… casi ninguno mentía nunca acerca de su edad, pero sí acerca de sus trabajos y de sus cargos, era sencillo comprobarlo con solo mirar las tarjetas de visita. En casa, de vuelta, me entretenía a veces fisgando los movimientos de sus cuentas bancarias. Fotografiaba las tarjetas de coordenadas de sus bancos, y las contraseñas solían ser las fechas de nacimiento de los hijos. Casi siempre tenían hijos.

Yo accedía a todo aquello, pero después me quedaba de recuerdo con la tarjeta de un restaurante, con una nota escrita a mano, con una foto que hubiera en la casa. Por aquellos entonces con eso me bastaba. Comprobar hasta dónde podía llegar, pero quedarme después solo con un símbolo de lo que pude hacer y no hice. Era una vida bastante solitaria. Emocionante, pero solitaria hasta el extremo de doler. Hay personas que son capaces de mantenerse siempre ocultas bajo la identidad que proyectan, y sentirse bien. Yo no. Sin embargo casi me había resignado. Hasta que apareció esa mujer una noche en el Lunar. Debía tener unos sesenta años, y llevaba uno de esos trajes de chaqueta un poco antiguos, de cuadros pequeños, la falda por debajo de las rodillas, medias de compresión, y zapato de horma ancha. Debajo del traje un jersey fino, y un pañuelo pequeño en el cuello. Una señora con pinta de ama de casa de las de antes, de las que se han encargado de llevar a los hijos al colegio, de que hicieran la tarea, de lavar y de planchar. De las que hacen croquetas con las sobras del cocido, y albóndigas y ensaladilla rusa, y que jamás han servido alimentos precocinados. De las que en casa se ponen una batita de flores, pero para salir a la calle se viste. De las que planchan los calcetines, los calzoncillos y las toallas. De las que van a la peluquería una vez cada quince días, y a misa los domingos, y que una vez al mes quedan con amigas para tomar chocolate con churros en una cafetería. Una señora que no desentonaría entrando en una mercería, pero definitivamente sí haciéndolo en el bar Lunar a media noche, trastabillando. Sí, definitivamente, sentada en esa mesita con las piernas juntas y el bolso viejo de piel marrón en su regazo. Sí, definitivamente, pidiendo una copa de jerez tratando de no perder una compostura que después de haber mantenido toda una vida amenazaba resquebrajarse tras beber un par de copas.

Me senté en su mesa, y me dijo que se llamaba Carmen. Para mí doña Carmen, le dije. Le pregunté qué hacía allí. Y doña Carmen no trató de inventar ninguna historia, ni justificar su actitud ni revestirse de respetabilidad. Sencillamente me contestó que un día había empezado a beber, y le había hecho sentir bien, así que había tomado la decisión de hacerlo más a menudo. Sin más. No me habló de una vida insatisfactoria, o de una viudedad, de deudas o problemas económicos. Lo resumió en que había tomado la decisión de beber. Y me pareció una respuesta tan sencilla y tan franca, tan sublime, que yo le conté a ella que robaba. Me dio un poco de miedo, pero no pareció recelar de mí, ni aferrarse más fuerte a su bolso, ni siquiera modificó su semblante. Dio otro sorbo de jerez, pero no por lo que acababa de escuchar, sino porque le tocaba -parecía beber a intervalos regulares, como si le marcara el ritmo algún tipo de mecanismo interno-, y simplemente dijo “qué cosas se te ocurren, hija”. A lo que le contesté “pues anda que a usted, doña Carmen” “pues tienes razón.” Y de esa forma tácita nos aceptamos con nuestras decisiones absurdas, o trastornos, o lo que fueran. Así empezamos a sentarnos cada noche juntas, y a charlar. Doña Carmen solo había tenido una hija, que se había colocado muy bien, y trabajaba en el extranjero, en Alemania. Me contó que ella había ido tres o cuatro veces, pero que le daba miedo el avión, y que Berlín no le gustaba mucho. Que para turismo estaba bien, pero no entendía cómo su hija podía vivir allí y parecer tan acostumbrada, porque a ella, por más que iba, se pasaba la estancia en un continuo desconcierto. Por la ciudad, por el frío, por las costumbres, y sobre todo por su yerno, que era muy extraño, cosa que achacó a su nacionalidad germana. Me contó que tenía dos nietos, y me enseñó fotos, y me decía que su marido solo había conocido al mayor. También me enseñó alguna foto del marido.

Doña Carmen hablaba primero, cuando llegaba, antes de que el jerez empezara a hacerle efecto. Solo se tomaba un par de copas, pero el alcohol, aunque lo consumiera regularmente, le sentaba regular, y cuando empezaba a trabársele la lengua se le terminaba la conversación. Se supone que debería ser al contrario, que el alcohol suelta. Yo creo que le daba vergüenza. Es comprensible, yo le había contado que robaba. De hecho, cuando me llegaba el turno de palabra, le contaba mis golpes del día, y doña Carmen los apreciaba. Casi siempre se reía bastante, no les daba demasiada importancia, decía cosas como “por dios, qué chiquilla”. Sin embargo, jamás hubiera consentido que ella me viera robando. Una cosa es la franqueza y otra diferente perder el pudor.

Me di cuenta de que le había tomado verdadero afecto a aquella señora. Hasta dejé de ligar, porque no sentarme con ella para ir a charlar con algún tío me hacía sentir mal, como si la estuviera abandonando. Pero no me sentaba con ella para hacerle un favor, esperaba el momento contenta. Por las mañanas solía robar algo para ella. Un día la llevé una laca de uñas perlado, que era el color que solía usar. A mí me parecía espantoso, y tuve que hacer todo un ejercicio de respeto para no robarle también uno rojo o marrón, que llevaban nombres absurdos como glad passion, o nude dark, o gilipolleces así. Otro día le llevé una gargantilla de oro y brillantes, le dije que era mala para no hacerle sentir mal. Creo que fue la única vez que la mentí. Se la puso solo un par de días, me dijo que le daba miedo que le diera reacción porque tenía la piel delicada. No la saqué de su error. No sé cuánto tiempo duró aquello, porque los síntomas de su enfermedad empezaron poco después. Ni siquiera me lo contó ella. Tuve que enterarme directamente en el hospital. Un par de días se ausentaba, he estado enferma, decía. Tenía una forma de hablar tranquila y serena, e igual contaba que por la mañana había comprado rabillo de ternera para hacer un guiso que simplemente un día tomó la decisión de beber. Hablaba de todo como si no tuviera excesiva importancia. Casi ninguna, en realidad. Me preguntaba si ese era un poder que llegaba con la edad. Y a raíz de hacerme esa pregunta me he dado cuenta de que, en los últimos tiempos, yo también he dejado de preocuparme por casi todo. Continúo robando, pero ya es porque he adquirido esa costumbre, casi como un compromiso conmigo misma, pero no me importa demasiado la perspectiva de ser descubierta. Ni siquiera en aquellos robos cuyas cuantías me habrían encausado por vía penal, quizás hasta con riesgo de penas de cárcel. En realidad, qué pasaba si iba a la cárcel? Nada. ¿Y si perdía mi trabajo? Nada, ya habría otro. ¿Y si llovía y había salido sin paraguas? ¿Y si en mi destino para las vacaciones había estallado una guerra civil? ¿Y si el ébola se extendía de forma incontrolada y moríamos todos? ¿Y si las elecciones las volvía a ganar el PP? Nada. Nada es tan importante, en realidad. A veces le he hablado de esto a mi psiquiatra pero creo que no le termina de quedar claro el concepto. Aún no tiene el poder. No pasa nada. Hay quien lo adquiere y hay quien no. Hay quien no consigue adquirirlo nunca, y sufre por todo hasta el final. Y sigue sin pasar nada.

Pero cuando doña Carmen, después de ausencias intermitentes, estuvo más de una semana sin aparecer por allí, me preocupé. No podía soportar no saber dónde estaba, ni qué le pasaba, ni cuánto tiempo iba a estar fuera. Juro que a doña Carmen la había respetado casi del todo, pero lo mío es un trastorno, y a veces la voluntad por sí sola no basta para mantenerlo a raya. Así que un día también le había fisgado la cartera, y sabía dónde vivía. Así que fui una mañana, y llamé al timbre media docena de veces. No contestó nadie. Busqué una cafetería para desayunar, para hacer un poco de tiempo antes de volver a intentarlo. Entré a una, pedí café con leche y churros, y me quedé mirando la puerta. Me entretuve imaginando que doña Carmen entraba al bar, la cara que se le pondría al verme, que se tomaría un desayuno conmigo en lugar de un jerez, y que después me invitaba a subir a su casa. Y me daría croquetas, y me enseñaría un millón de álbumes de fotos. Evidentemente no entró, así que pagué el desayuno, volví al portal y seguí insistiendo, pero nada. Entonces llamé a las puertas contiguas, hasta que alguien me contestó, y le pregunté por doña Carmen, porque en los barrios los vecinos, y más los mayores, aún se conocen, y así fue, y entonces me dijo que estaba ingresada. Me fui al hospital, y pregunté por ella. Porque como la había fisgado la cartera conocía sus apellidos, Carmen Alegría Hernán. Me dijeron que estaba en la habitación 362, y cuando me acerqué al directorio, porque los grandes hospitales son laberintos con complejos sistemas de señales, vi que la habitación estaba en la unidad de cuidados paliativos. Doña Camen, pero ¿por qué está aquí? porque estoy enferma. ¿Y por qué está sola? porque no se lo quiero decir a nadie. ¿quiere usted que me vaya? no, ya que estás aquí…

Dejé mi trabajo y me quedé con ella el tiempo que estuvo ingresada. Creo que le senté muy bien, porque doña Carmen estaba hecha un desastre, sin arreglar, con esas batas horribles del hospital con las que se enseña el culo de espalda y un desastre de pelo. Yo robé para ella tal colección de camisones que terminó siendo la envidia de la planta, y le arreglaba el pelo y las uñas, aunque no me dejaban pintárselas. Me decía que le iban a dar el título de miss cuidados paliativos. Seguía haciendo como que tampoco le importaba demasiado, pero bien que se pasaba un buen rato pensando qué camisón ponerse cada mañana después del aseo, antes de que me la llevara a dar un paseo en su silla de ruedas. También le llevé una botella de jerez, y por la noche se tomaba dos copas. Solo me pidió una vez una cosa, que fuera a su casa y le regara las plantas. Cuando me fue a dar las llaves le dije que no era necesario. Una vez dentro no lo pude evitar y fisgué. Miré los álbumes, y me dio por llorar, y me los llevé. En el hospital me los estuvo enseñando doña Carmen, que como tenía esa forma tan serena de contar las cosas no me puso triste. También le llevé morfina extra, que conseguí en la farmacia, y que nos vino muy bien para el final. Yo me quedé con unas dosis extra para mí, porque me gustan los trofeos y nunca había robado en una farmacia de hospital, y porque nunca se sabe. Los últimos días ella dejó de estar consciente. Como ya no podía enfadarse conmigo por hacerlo, le mandé un telegrama a su hija, y cuando llegó ella desaparecí. Me enteré de la muerte de doña Carmen pocos días después. Tuve que entrar una última vez en su casa.

A partir de entonces intensifiqué mi actividad. Como había dejado mi trabajo tenía que vivir de mis robos. Pero las cosas no se transforman bien en dinero. Al final me denunció un amante resentido, que se tomó que le robara el dinero de su cuenta  como algo personal. No sé muy bien cómo dieron con mi rastro, putos delitos informáticos. Siempre me sentí mucho más cómoda en el mundo analógico. Habían sido seis mil ochocientos euros, y como no tenía antecedentes y por algo que debí decir al declarar, me condenaron a una rehabilitación psiquiátrica. Escuché la sentencia con la gargantilla de brillantes de doña Carmen. Pensé que le habría gustado.

Hablar con mi psiquiatra es reconfortante. A él le puedo contar muchas cosas de las que siento, y también del bar Lunar y el malagueño, de mis prácticas sexuales -que él denomina promiscuas y las relaciona con mi trastorno, aunque yo pienso que mi terapeuta tiene prejuicios religiosos. En realidad me da igual. No le puedo hablar de mis robos actuales, que han vuelto a ser vocacionales porque he conseguido un trabajo, solo puedo hablarle de los antiguos. Si acabara en la cárcel no pasaría nada, pero prefiero no ir. Tampoco puedo hablarle de doña Carmen. Ahora no puedo hablar con nadie de eso. Así que es posible que de vez en cuando hable sola. Es posible que me lo cuente todo a mí misma, como para darle realidad, porque si no podría parecerme que es solo algo que me invento, y salvo porque conservo mis trofeos y la gargantilla, y algunas fotos, podría pensar que estoy volviéndome loca, que es peor que padecer un trastorno. Aunque si fuera cierto tampoco pasaría nada.

Fear the walking dead (y la historia)

Vuelvo a casa ilusionada porque Miguel quiere ver otro episodio de The Walking Dead. Quizás desde fuera parezca extraño que me alegre que se haya enganchado a una serie de zombis, pero es que Miguel habitualmente solo se interesa por los deportes en general y el fútbol en particular. En común tenemos el sentido del humor, el gusto por la música, y ahora estar enganchados a The Walking Dead. La serie en cuestión defiende una escala de valores de lo más paleta, y, como casi todas las apuestas acerca del comportamiento humano en un contexto apocalíptico, esta es también desoladora, los zombis me elevan los niveles de adrenalina y me voy a la cama al borde del infarto, pero aún así  me he enganchado. Son las drogas orgánicas. en mi caso la adrenalina. En el caso de Miguel, el hilo argumental no le interesa y no lo sigue, como le ocurre con el de cualquier historia, ya sea cinematográfica, televisiva, literaria o académica. Pero las escenas macabras, las cabezas saltando por los aires, los descuartizamientos, las desfiguraciones y sobre todo verme dar respingos en el sillón le hace reír a carcajadas. Si algo le gusta a Miguel es reír. Así que posiblemente también sean las drogas orgánicas las responsables de su adicción, en su caso endorfinas. Parece que yo gano en comicidad a los caminantes; ganar me gusta y alimenta mi ego. Y ver reír a Miguel. Cuarenta y cinco minutos de metraje le merecen la pena por un solo brinco mío. Incluso por la sola posibilidad.

Antes de ver la serie tengo que ayudarle a estudiar un examen de historia. Llevo todo el mes explicándole poco a poco el tema. A Miguel las historias no le gustan, no le interesan, no sigue los hilos argumentales, la Historia con mayúscula no es ninguna excepción. El tema abarca desde la prehistoria hasta la economía y sociedad española en el siglo XIX, explicado todo en 12 carillas repletas de fechas, nombres y términos como feudalismo, absolutismo, cortes, liberalismo, regencias, analfabetismo, ideas ilustradas, burguesía, proletario, sociedad de clases. Miguel no entiende siquiera esos términos. Tenemos una hora de tiempo. A pesar de que ya hubiéramos estado viéndolo poco a poco y de mi optimismo, el resultado es un completo desastre. Mis expectativas eran muy diferentes, así que al hacerme consciente de que era imposible hiciéramos lo que hiciéramos que tuviera la más mínima posibilidad de aprobar el examen, pierdo la paciencia y le grito. Mucho. Hasta hacerle llorar. Esa misma tarde había subrayado en un libro que no tener paciencia es falta de imaginación. Yo añadiría que también es una mala gestión de expectativas.

Después de pensar unos minutos en lo ocurrido fui a pedirle disculpas. Lo siento, Miguel. No debería haberte gritado, no debería haberte tratado así. He perdido la paciencia y lo siento. Se lo vuelvo a explicar una vez más. Me dice que lo ha entendido, aunque sé que no es así. Esta vez sabía que no iba a ser así antes de intentarlo. Supongo que lo hago para ponerme a mí a prueba, para redimirme, para saber que puedo tolerar la frustración y la impotencia sin convertirme en un polvorín. Impotencia por no ser capaz de ayudarlo. Por no poder hacer nada por remediar la mierda de sistema de estudios. De eso además debería saber, ya que asesoro con frecuencia a Pablo cuando se queja. Pablo, ahora mismo es lo que hay, si quieres mejorarlo, de mayor sé ministro de educación. Aguanto mi impotencia y ya no me convierto en ogro. Aprobar un examen no es tan importante, hoy lo importante son los zombis. De todas formas le digo a Miguel que puede conseguirlo tirando de la épica del deporte, tratando de hablarle como les habla su míster, o como yo imagino que lo hace.

Cenamos y vemos por fin un capítulo de The Walking Dead. Esta vez no doy respingo ni Miguel se ríe tanto. En el capítulo muere en el parto la mujer del protagonista, y su hijo mayor la remata de un tiro en la cabeza para que no se convierta. La mujer era una pesada insoportable, como a su manera casi todos los personajes de la serie, ella en concreto una pasivo agresiva de manual, que antes de morir no para de repetir como un mantra para despedirse de su hijo mayor “haz lo correcto, haz lo correcto”, lo correcto según la moral paleta que rige la serie, claro, aunque esto Miguel no lo sabe porque es su segundo episodio y además no sigue líneas argumentales. Pero es de corazón sensible, y empatiza con el chaval. Y dice en voz alta ¿y era su madre? Sí. ¿Y le tiene que disparar? Sí, para que no se convierta en zombi. ¿A su madre? Sí. (silencio) Joé. Y se queda cabizbajo. Cero endorfinas. Es el principio del fin de la serie para Miguel, él aún no lo sabe. Se acabaron las endorfinas y a él no le hace segregar adrenalina. La verdad, no me extraña que no le inquiete. El verdadero miedo no es un apocalipsis zombi, sino un examen de historia.

El San Juanito.

La casa de mis abuelos estaba en la calle de San Marcos y tenía un pasillo tenebroso. El salón y el gabinete, sin embargo, eran exteriores y tenían balcones a la calle. Cuando íbamos a visitarles, mi abuelo nos solía esperar asomado, y nos decía hola con la mano. Mi abuelo tenía un bigote como el de Clark Gable, y unos ojos pequeños que se iluminaban cuando se le ocurría un comentario mordaz.

Para ir desde el salón hasta la cocina había que atravesar el pasillo tenebroso. Recuerdo que lo hacía corriendo, especialmente en el tramo que daba al hueco del recibidor, de un oscuro absoluto, ideal para esconder una sombra, un monstruo, un espectro, un asesino en serie, o cualquier otro ente de los que articulan los miedos infantiles.

A un extremo del pasillo estaba la cocina, y desde allí se escuchaba el transistor con música, y al otro extremo estaban el salón y el gabinete, desde donde se oía la tele. En medio el pasillo. En el salón estaba mi abuelo viendo concursos o haciendo crucigramas. En la cocina mi abuela nos hacía zumo de naranja y cuando nos levantábamos ya había ido a comprar churros, y nos dejaba mojarlos directamente en el azucarero. Y nos llevaba a la Plaza del Rey a dar de comer a las palomas. También nos llevaba a la Iglesia de San José, y recorríamos las capillas para ver  las tallas de los santos, todas ellas de un realismo terrible, y le encendía velas al Cristo de la buena muerte. Las tallas forman parte de los recuerdos asociados al pasillo. Las palomas y los crucigramas a los del salón y la cocina. Para ir desde el salón a la cocina había que atravesar el pasillo tenebroso, y el hueco del recibidor.

Cuando murió la tía Juana mi abuela ya era viuda, y la casa de la calle San Marcos iba camino de la ruina. Mi abuela no recibió un duro en herencia, pero sus sobrinos le regalaron como recuerdo un San Juanito (bautista) que había pertenecido a la difunta, y le aseguraron que se trataba de una talla singular de excepcional valor. El santo, de unos tres palmos, colocado sobre un pedestal de madera y protegido por una urna,  parecía haber sido disecado en su más tierna infancia y ungido después con pintura y barniz,  y descansaba con cara doliente y terrorífica. Como si ya supiera desde niño que un día perdería la cabeza, o que sería disecado y encerrado tras un cristal.

Mi abuela, que no había tenido un objeto valioso en su vida, colocó el San Juanito en el hueco del recibidor. Desde que había muerto mi abuelo, cuando yo iba a su casa tenía que enfrentarme a la persistente extrañeza de no encontrarlo ni asomado al balcón ni en ningún otro sitio, y a partir de entonces y además, hube de enfrentarme de nuevo al hueco del recibidor, que había pasado de albergar asesinos en serie imaginarios a Sanjuanitos disecados y corpóreos; el buen criterio de mi abuela al elegir su lugar fue incuestionable. Volví a correr por el pasillo.

            Cuando apuntalaron su casa, poco antes de que fuera declarada en ruinas para regocijo de su casera,  vi que el San Juanito había desaparecido del recibidor y se había acomodado en el dormitorio de mi abuela, uno de los pocos lugares de la casa donde no había vigas manteniendo los techos. Ése fue el precisamente el lugar que escogió el santo para comenzar a hablar. No puedo imaginar el susto que se llevaría mi abuela el primer día que San Juanito se dirigió a ella, aunque quizás, acostumbrada como estaba a dirigirse a los santos de las iglesias, no debió encontrarlo tan perturbador, incluso puede que llegara a parecerle razonable. “Fíjate, a mi edad, y viuda, y me voy a ver en la calle”. Y el San Juanito le decía que aunque fuera sólo un niño estaría a su lado, que ya encontrarían la manera de salir adelante, y también eso de que Dios aprieta pero no ahoga, está visto que también los santos recurren a los tópicos. El caso es que no sé cómo se las apañó, tan inerte como parecía, para hacer que le tocara una vivienda de protección oficial.

Estaba en el Puente de Vallecas, lejos del centro y de la iglesia de San José, y era luminosa y sin pasillos. Tenía balcones, pero allí ya no esperé jamás ver a mi abuelo, y aprendí que un cambio de contexto es mucho más rápido que el paso del tiempo para aceptar ausencias definitivas como la que implica morir.

Mi abuela, agradecida, colocó al San Juanito en su nuevo dormitorio junto a la foto de mi abuelo, esa en la que se parece a Clark Gable. Y se decidió a disfrutar en la vejez lo que no había podido de joven. San Juanito estuvo de acuerdo. Mi abuela organizó una fiesta de inauguración para toda la familia, y San Juanito la bautizó, aunque mi abuela no le consintió que lo hiciera como le hacía ilusión a él, rompiendo una botella al modo de los barcos.

Al poco tiempo, mi abuela había desplegado su encanto por el barrio, y ya conocía a los vecinos, al panadero, al pescadero, al cartero, a la enfermera. En el hogar del jubilado se apuntó a macramé, yoga, pintura, y se rodeó de un nutrido grupo de amigas con las que iba a misa los domingos y después a escuchar conciertos al Retiro y a tomar el aperitivo. La iglesia del barrio no tenía tallas significativas, y mi abuela se lo decía a San Juanito, en esta iglesia no hay ninguno como tú. Y San Juanito, con el pecho henchido, gozaba sus palabras, y se deleitaba con su obra viendo a mi abuela tan querida y tan feliz.

Yo creo que los problemas comenzaron a raíz del baile. El día en que mi abuela se animó a salir a bailar, a San Juanito se le notaba el disgusto en el semblante. No hizo reproches, pero estuvo parco en palabras. La segunda vez que salió ya fue incapaz de morderse la lengua. “¡Tú te crees que éstas son horas de llegar para una mujer decente!”, pero si pensaba que mi abuela se iba a quedar sin réplica es que esos años no le habían enseñado nada: “Ya soy mayorcita para llegar a casa y no tener que dar cuentas a nadie acerca de las horas a las que salgo y a las que entro, faltaría más.”

Don Carlos tampoco le gustó. Don Carlos era un caballero de los de antes, que vestía americana de lino y usaba sombrero, y cortejaba a mi abuela como se hacía antes: la llamaba por teléfono, le enviaba cartas, la invitaba a pasar unas vacaciones en su masía de Tarragona. A mí me gustaba que mi abuela hubiera ligado, y que se sonrojara cuando le preguntaba que por qué no aceptaba ninguna de sus invitaciones. Ella contestaba que nadie iba a ocupar el puesto de mi abuelo, que como él ninguno. Para San Juanito no debía ser suficiente, y cada vez que sonaba el teléfono y resultaba ser don Carlos tiraba de sermón: que si por qué siempre tenía que ir tan arreglada, que si se pasaba los días fuera de casa, algo acerca de la mujer y el pecado, y la sempiterna historia de Eva y la serpiente.

Don Carlos terminó cansándose de negativas y se acabaron las llamadas, pero la relación entre mi abuela y San Juanito daba muestras de cansancio, y al pequeño santo le irritaba todo: que la niña de la vecina estuviera en casa mientras la madre hacía recados, que mi abuela le dejara mojar los churros en el azucarero, que jugara a las cartas con sus amigas, su hora de llegada, que el panadero le reservara el pan, que la farmacéutica le llevara las medicinas a casa, el curso de macramé, hasta el aperitivo de los domingos. Las discusiones entre ambos pasaron a ser diarias.

Todo estalló cuando mi abuela volvió de aquel viaje al que se había llevado una cámara de fotos digital, y corrió emocionada a ver a San Juanito, sin rencores, a enseñarle sus fotos del viaje. Sin embargo no le contestó. Ni ese día ni al siguiente, ni al otro. Se comportaba como si fuera una simple talla, inerme. Mi abuela sabía sin embargo que no era así, que era un castigo, una demostración de su enfado por el viaje y sus días de ausencia, una consecuencia directa de sus celos y sus resentimientos enquistados. Mi abuela lo intentó todo, pero fue en vano, y al final terminó perdiendo los nervios, y le espetó que la cabeza la perdió mucho antes de que terminara sobre la bandeja de Salomé; ella misma reconoce que a veces le pierde el genio. La siguiente vez que fui a su casa el santo había salido del dormitorio, y estaba en el recibidor.

San Juanito no volvió a hablar. Nunca. Sus motivos son un misterio, al igual que la enfermedad de mi abuela. Sus huesos comenzaron a deformarse, una anemia inexplicable la dejó sin fuerzas, y los dolores le impedían dormir. Al cabo de un año había cambiado sus tacones por un andador. Los médicos la sometieron a todo tipo de pruebas, pero no encontraban diagnóstico claro. “A su edad, qué quiere”, decían. “Estar bien”, contestaba ella.

Cuando fui a conocer su residencia me fijé que en su cuarto estaba la foto de mi abuelo, ésa en la que se parece a Clark Gable, pero no vi por ningún sitio al San Juanito. Me contó que la habitación era muy pequeña y que no había espacio. La miré y vi lo poco que ocupaba ella. No obstante, sólo hacía dos días que había entrado y las doscientas personas que compartían espacio entre personal médico y residentes ya la conocían por su nombre.

El deterioro continuó implacable. Del andador pasó a la silla de ruedas. Cada vez hablaba menos, se quedaba dormida con frecuencia. La última vez que la vi estaba seria. Me dijo, consumida y con la mirada perdida, que quería regalar el San Juanito, que se trataba de una talla singular y de excepcional valor. Yo no lo quiero, abuela. Bueno, contestó. Y continuó mirando a lo lejos, como si no hubiera nada, sólo un oscuro absoluto.  Me aferré a su mano pero continuó ausente. Yo creo que ella en realidad ya no estaba allí, en esa silla, sino que había empezado a recorrer un pasillo tenebroso, hacia el salón. Y aunque al fondo escuchaba el ruido de la tele, con los concursos de mi abuelo, y llegaba desde allí la luz que entraba de los balcones,  ella avanzaba asustada, corriendo.

Éramos unos niños

Raquel me regaló el libro de Patti Smith. Fue a mediados de diciembre. El libro me gustó, mucho. Pero sobre todo me gustó Patti. En ese libro habla de la época en la que conoció y vivió con Robert Mapplethorpe, y de la relación que hubo entre ambos. Lo extraordinario de ella no es que se enamoraran o su enamoramiento en sí, sino su amor al margen del amor, y la lealtad de ambos. El enamoramiento, y el amar a alguien con quien mantienes una relación es un hecho ordinario, en el sentido de que aunque cada vez que ocurre, cada vez que presenciamos una historia de amor parece única y maravillosa, es algo que ocurre cada día. Pero preservar el amor por una persona incluso cuando la relación de pareja se ha terminado, porque aquello que te une está por encima de una relación de pareja, ser capaz de transformar ese amor romántico en un sentimiento incondicional y sagrado hacia una persona, no lo es tanto. A mí esa lealtad mutua me resultó conmovedora.  Y las personas que tienen la capacidad de amar de esa forma me parecen también extraordinarias.

Cuando terminé el libro, busqué más acerca de Patti Smith. Su incondicionalidad por Robert Mappelthorpe no fue aislada. Después del fotógrafo se volvió a enamorar y decidió casarse con su marido, y este fue su pareja hasta que murió. El pianista que conoció en una audición y que comenzaría a tocar con ella desde sus inicios, sería su teclista el resto de su vida, y lo mismo ocurrió con sus guitarristas, y con el batería. Y eso teniendo en cuenta que ella era quien componía y quien daba nombre a la formación, y que su carrera musical cuenta con más de cuatro décadas. Y a pesar del tiempo, de lo que cambian las personas, de las dificultades añadidas en las disciplinas artísticas con el tema de los egos, la fama, éxitos y fracasos,  ella ha sido fiel a sus músicos originarios, y al revés. Todo eso es muy significativo. Como también el hecho de que no se trate solo de un rasgo de carácter o de una patología de dependencia emocional, porque también hubo gente que no se quedó.

Lo increíble de Éramos unos niños es Patti Smith. Su forma de interpretar el mundo y de afrontarlo, pero sobre todo su forma de entregarse y de amar a las personas de las que se ha rodeado, y de preservar todo lo valioso y excepcional que supo ver en ellas. Y supongo que todo está relacionado. Ella es capaz de poner todo eso a salvo de la rutina, de las decepciones o contratiempos, de llevar la valía de quienes la rodean al terreno de lo sagrado, y mantenerlo ahí. Y yo tengo debilidad por esas personas, quizás por el contraste con la cultura de la banalidad y el usar y tirar. Y ese don que tienen y que yo admiro tanto, está más allá del talento o la expresión artística.

La feminización de la política, una aproximación.

Esta reflexión viene a cuenta del barullo que se montó con las palabras de Pablo Iglesias, que decía el otro día que, en materia de igualdad, no se trataba solo de que aumentara el número de mujeres que ostentaran cargos en el gobierno, sino que además era necesaria una feminización en el estilo de hacer política.

¿A qué se refería con la feminización? ¿Qué estilo es ese y por qué está asociado a la mujer? ¿Qué estilo es el asociado al hombre y por qué? Realmente, ¿es una cuestión de sexo?Históricamente, los grandes  (y los pequeños) líderes lo han sido gracias a un método de imposición y fuerza. El líder concentra todo el poder y nadie desafía sus decisiones. El liderazgo clásico es un liderazgo unidireccional, lo único que tienen que hacer los subordinados es obedecer las directrices que marca el líder. Los líderes ejercen un control férreo sobre equipos y además lo hacen mediante la afirmación del poder (esto se hace así porque lo digo yo), tienen un estilo autoritario. A esto se le llama estilo autocrático o autoritario. Si repasamos a los grandes líderes históricos, identificaremos rápidamente este estilo. No me imagino a Napoleón Bonaparte consensuando con sus tropas, ni a Alejandro Magno, ni a Julio César, ni prácticamente a nadie. Este estilo autocrático también ha sido el imperante en el ámbito económico. Los señores feudales administraban y legislaban con autoritarismo, con la revolución industrial también autoritarios fueron los capataces de fábricas y latifundios, y después los empresarios, y los miembros de los consejos de administración, y los CEOS, y los general directors, y los jefes de departamento, y puede que a la mayoría de los que lean esto y hayan trabajo en el mundo de la empresa o en otros muchos, no les suene a chino el haber tenido un jefe autoritario y controlador. Pero el estilo autoritario también se extendía a nivel doméstico. Es decir, el estilo autoritario también era el estilo educativo dominante. Los hijos eran educados en la obediencia absoluta a los padres, que se sometían si cuestionar a las decisiones paternas. Si un hijo tenía que ser cura y otro seguir con el negocio del padre un hijo se hacía cura y el otro continuaba con el negocio del padre. Si un hijo se tenía que casar con fulanita el hijo se casaba con fulanita. Si un hijo tenía que estudiar medicina el hijo estudiaba medicina. Si un hijo tenía que ponerse de aprendiz en una fábrica el hijo se ponía de aprendiz. Y esto puede que suene un poco lejano, pero si sigo con el “he dicho que en casa a las diez y en casa a las diez”, “a mí no me contestes”, o con el “esto se hace así porque lo digo yo”, igual ya nos va sonando más. Y sí, es estilo autoritario.

Imagino que este es el estilo que Pablo Iglesias el otro día quería sustituir por otro diferente, al que denominó feminizado, así que, por deducción entiendo que este estilo autoritario se asocia con el hombre. ¿Por qué? Pues porque durante dos mil años de historia (por no abundar también con la prehistoria), los personajes visibles, es decir, líderes políticos y económicos, han sido hombres. Y han ejercido sus liderazgos haciendo gala de un autoritarismo y una autocracia más o menos cruel, pero autocracia al fin y al cabo. Sin embargo, si nos acercamos a los entornos en los que podemos observar a las mujeres y sus estilos, que son los meramente domésticos, vemos que aquellas que lideraban en los ámbitos en los que estaban confinadas (al servicio doméstico, o a sus hijos), lo hacían también, en su mayoría, con ese estilo. Y si nos acercamos a un pasado más reciente, o incluso a la actualidad, cuando la mujer comienza a ostentar poder político y económico, nos encontramos con figuras como Margaret Thatcher, Angela Merkell, Marie le Pen, o empresarias y directivas, que son mujeres, y siéndolo, ejercen su poder con ese mismo autoritarismo.

Pero existen otros estilos. Estilos llamados abiertos, democráticos, colaboradores o participativos, con muy distintos matices, pero que tienen en común que, de una forma o de otra, se escuchan las opiniones del resto de la organización, y se tienen en cuenta a la hora de tomar decisiones. Este estilo es flexible, y existe comunicación entre líder y subordinados. Las directrices son debatidas por el grupo y decididas por éste con el estímulo y apoyo del líder. Se basa en la colaboración y participación de todos los miembros del grupo. El líder y los subordinados actúan como una unidad. Este es un estilo que también se amplía al ámbito doméstico: al de la educación, y se ha implantado con fuerza en muchas familias a lo largo de las últimas décadas. Ahora es más frecuente que, en las familias, la opinión de los hijos sea tenida en cuenta, y sean ellos los que tomen ciertas decisiones, como elegir sus actividades extraescolares, elegir su ropa o su peinado, elegir su profesión. Incluso muchas veces, a la hora de establecer las normas y las tareas de cada uno, se tiene en cuenta también la opinión de los hijos, y se busca que las normas resulten aceptadas por todos. Asimismo, cuando hay conflictos, se escuchan los argumentos de los hijos y se les permite e invita a dar su punto de vista. Y los padres a su vez también tienden a explicar los motivos de sus decisiones. ¿Por qué se asocia este estilo más cuidadoso con el grupo, más respetuoso y comunicativo con las mujeres? ¿Por qué se habla de esta forma de liderar como femenina? Pues imagino que, dado que el ámbito donde esta forma de dirigir está más extendida es en los hogares y quizás en escuelas, y todavía, por seguir siendo mayoritario, seguimos asociando los roles de crianza y educación con la mujer, asociamos el liderazgo abierto, democrático y participativo con lo femenino. Pero hay muchos hombres que educan con ese estilo. En algunas empresas se empieza a adoptar este tipo de liderazgo al margen de que el líder o el directivo sea un hombre o una mujer, y líderes como Gandhi, Mandela, o Martin Luther King, son exponentes de este tipo de liderazgo, y son hombres.

Lo que quiero decir con esto es que el autoritarismo ha sido el estilo de liderazgo que culturalmente ha predominado en dos mil años de Historia, y que la democracia, entendida como estilo de liderar, está introduciéndose desde antes de ayer. Y que el hombre ha sido quien ha ostentado el liderazgo durante dos mil años de Historia y la mujer comienza tímidamente a liderar desde antes de ayer. Que el autoritarismo no es un estilo exclusivamente masculino, ni la comunicación, la escucha y el tener en cuenta a otras personas está reservado en exclusiva a las mujeres. Y que se asocie este estilo con las mujeres no me molesta, porque sin duda es un estilo con el que me identifico, y que me gustaría que culturalmente se implantara y desarrollara en todos los ámbitos, pero creo que no es justo atribuírnoslo como un rasgo que esté ligado a nuestro sexo, como algo biológico. Si está asociado a la mujer pienso que se trata en una buena parte a que es un estilo más extendido en el ámbito doméstico, y aún somos una mayoría de mujeres con este ámbito doméstico a las espaldas. Los roles de género terminan influyendo en las personalidades o cualidades de género, y es muy difícil desligar educación y cultura de los rasgos o condicionantes que biológicamente están ligados al sexo.

Cuando durante una buena temporada, y me refiero con esto a varias generaciones, la crianza se lleve a cabo de forma conjunta y equilibrada entre hombres y mujeres, y haya una proporción similar de hombres y mujeres con cargos mandatarios y directivos, en definitiva, cuando no exista una diferenciación significativa de roles en función del sexo, probablemente podamos realizar unas asociaciones más acertadas entre cualidades y rasgos conductuales diferenciales en función de que una persona sea hombre o mujer. Y apuesto a que serán muchos menos de los que se realizan ahora.

En cualquier caso, creo que el estilo al que aludía Pablo Iglesias es el estilo democrático, participativo o incluso transformacional. Claro que quizás, si lo llamamos democrático, muchos piensen, si ya tenemos un estilo democrático, ¿pues no se vota cada cuatro años? y no, se puede tener un sistema democrático y gobernar de forma autoritaria. Y si lo llamamos estilo participativo, supongo que será tachado de perroflauta o populista (que es un adjetivo que ahora se usa para todo aquello que se quiere deslegitimar y ridiculizar, y, con tanta frecuencia que ya no sabe ni qué es), y ya por transformacional se podría llegar a pensar en un insulto, transformacional? eso lo será tu madre. Lo cierto es que es un estilo de liderazgo incipiente, poco conocido -e incomprendido por tanto-, susceptible al fin y al cabo de no ser tomado en serio le ponga uno el nombre que le ponga. Demasiado moderno para el lastre histórico de autocracia, machismo y demás pesos que arrastramos.

(La línea de Euler)

Ático en Doña Urraca

Que le gustaría tener más información… creo que se lo he contado todo. Se refiere a… nadie pregunta jamás por eso… yo… no suelo dar este tipo de detalles. Para hacerlo tendría que hablarle de ella, le aviso que es una historia larga. Hacía tiempo que … La he buscado algunas veces. No sé, solo por saludar. Solo por saber cómo le iba la vida, si era feliz, por saber que está bien. Puede que incluso por oír su voz. A otras personas saber esas cosas les retuerce el estómago, pero a mí sin embargo me tranquiliza.

En esa época ya era agente inmobiliario. Usted pensará que no hay mucho que saber acerca del oficio. Enseñar pisos, ya sabe, para venderlos, para alquilarlos. Eso. Antes de enseñar los pisos hay que visitarlos primero, para estudiar sus virtudes, y tratar de encontrar remedio a sus defectos. Hasta aquí nada diferente de lo que usted concibe de un profesional de este ramo, imagino. Pero un piso, una casa, un lugar donde alguien ha vivido, no es solo un escenario. Es parte de esas vivencias. Quedan rastros. Nadie que no esté atento a ellos podría darse cuenta. Especialmente con una mano de pintura, un barniz, cortinas nuevas, o unos muebles. Pero para mí, ciertos detalles no pasan desapercibidos. Me refiero a detalles que no se pueden apreciar a través de los sentidos, pero que de alguna forma yo sentía. Imagino que su pregunta va por ahí… Quiere que continúe?

Bien, estos detalles que se referían a vivencias anteriores no eran algo que yo después contara a mis clientes. Por varios motivos. El primero de ellos es que normalmente nadie más siente esas cosas, y el ser humano es escéptico. Y no solo escéptico, sino que tendemos a pensar que quien es diferente o ve cosas diferentes, o percibe cosas diferentes, lo hace como consecuencia de algún tipo de trastorno mental. Y una vez que un cliente me hubiera catalogado como loco, cualquier otra cosa que yo pudiera decirle con respecto al piso habría sido puesta en cuestión. Nadie le alquila el piso a un loco. Nadie firma un contrato con un loco. Nadie habla con un loco. Nadie se relaciona con un loco. Nadie excepto ella.

La conocí enseñándole el ático. Por aquel entonces el edificio estaba recién rehabilitado. Pintura nueva, ascensor nuevo, parquet recién barnizado, y lo demás igual, el dormitorio y el salón con la cocina integrada, las vigas de madera en el techo abuhardillado, las mismas vistas a la catedral. Orientación este. Muy luminoso. Una pequeña joya para alguien con pocas necesidades de espacio.

No pasaron inadvertidos para mí dos detalles desde la primera vez que visité ese apartamento. El primero de ellos fue el fragmento de poema de Alberti en forma de vinilo cuando salía de la estación de metro. Decía así:

“Gira más deprisa el aire.
El mundo, con ser el mundo,
en la mano de una niña
cabe.
¡Campanas!
Una carta del cielo bajó un ángel.”

Normalmente tengo problemas para memorizar, pero de estos me acuerdo. Claro que como después enseñé muchos pisos por esta zona, y los leo cada vez que paso, tampoco es de extrañar. Creerá que me estoy desviando, pero, de alguna forma, determinaron mi primera impresión sobre aquel apartamento.

Sin embargo el segundo de ellos, el que sí era una huella del apartamento, fue aquel olor. Apenas era perceptible por el de barniz y pintura. Pero además había otra cosa. Tardé un par de visitas en identificarlo. Me di cuenta la tarde que vino ella, mientras le explicaba que desde el balcón se veía amanecer. Entonces por fin lo supe. Era olor a tristeza, a opresión, a cárcel. Era un olor que aunque resultara imperceptible se metía hacia dentro hasta calar. Y lo dije en voz alta. Estaba tan entusiasmado por haberle puesto nombre a aquello que lo dije en voz alta. Lo sé porque ella me miró con extrañeza, y me sinceré, pero a medias. Le dije que en aquel apartamento me olía a tristeza y a opresión, sí, le dije que tenía esa habilidad, que lo sentía, o que me parecía sentirlo. Pero para aliviar, para hacerlo más llevadero, me inventé que mi instinto me decía que se trataba de una tristeza animal, como si en esa casa hubiera estado un pajarillo en una jaula, o un ratón. Un ratón de esos que se llaman de campo, pero que nacen en cautiverio y mueren en cautiverio, que nunca sufren ni hambre ni sed, y cuya vida transcurre plácida corriendo en una rueda. Entonces la miré y estaba llorando. Era la tristeza que había allí dentro, que cuanto más tiempo permanecíamos más nos invadía, nos oprimía. Eso solo podía significar una cosa. Que yo no estaba loco, que mis percepciones eran reales porque no eran solo mías. Tuve el impulso de abrazarla. Ya no solo por un tema de consuelo, sino porque imagínese lo que fue para mí que una persona sintiera esas cosas que pensé que solo yo sentía. Imagínese, en ese momento me di cuenta de que no estaba loco, y sobre todo, que no estaba solo. Estábamos allí invadidos por una tristeza que no era nuestra, pero que de alguna forma compartíamos. Y yo creo que nos habríamos abrazado. Pero no lo hicimos.  Entonces dije una estupidez. Algo parecido a Con usted habría sido feliz. ¿Qué? El ratón, digo, que con usted habría sido feliz. Estoy seguro.

No creo que alquilara el piso por ese motivo, ya le he contado los otros muchos que había, de mayor envergadura, sin duda, que esa absurda idea compensatoria mía. Pero lo cierto es que lo alquiló. A partir de entonces empezamos a vernos.

Cuando estaba por la zona la llamaba. La primera vez lo hice por preocupación, sabe, no sabía cómo le estaría afectando la tristeza. Pero ella parecía bien, se alegró de verme. Me contó que estaba a gusto, que las vistas eran de una belleza conmovedora. Pero que por las noches hacía mucho frío y había tenido que comprar una estufa. Le pregunté por la tristeza, en voz baja, casi sin vocalizar. Ella me dijo que todavía tenía que trabajar en ella. Que tenía sus días.

La siguiente vez que tuve que volver por la zona volví a llamarla. Con esa llamada senté definitivamente un precedente.

Ella solía estar en casa porque trabajaba allí. Era traductora de francés. A veces traducía novelas. Mientras iba traduciendo subrayaba en lápiz algunos párrafos que después me leía. Otras veces traducía tesis doctorales, o manuales de instrucciones. Entonces me contaba sus descubrimientos, como el de la lavadora que tenía un programa de autolimpieza, o como que en nuestro código genético existía un polimorfismo que tenía que ver con la longevidad. Le gustaba hablar, pero a veces, después de leerme un texto, o de explicarme algo que le hubiera sorprendido, se quedaba un rato callada, sin mirarme, como si estuviera concentrada en alguna reflexión de calado, o como si quisiera darme unos momentos para reflexionar a mí. Esta segunda posibilidad me ponía bastante nervioso, porque en ese caso se me tendría que ocurrir algo que decir. Algo a la altura. Algo con un mínimo de inteligencia o de interés. Y eso hacía que de forma inmediata se detuviera mi cerebro. Yo soy un agente inmobiliario sensible, y una discusión acerca del determinismo genético no era mi fuerte. De todos modos no solía durar demasiado, porque a ella le gustaba hablar, como le he dicho. Y cuando estaba contenta en seguida retomaba el tema, o buscaba otro. Los días en los que trabajaba contra la tristeza hablaba poco y se mostraba taciturna.

También le gustaban las historias de mis pisos, me las pedía, háblame de tus casas,  y le contaba las historias de las que estaba enseñando en ese momento, pero no las que contaba a quienes lo visitaban. A ella no le importaba lo más mínimo si la orientación era norte o sur, o el número de baños, ella quería escuchar lo otro, lo que yo no le contaba a nadie más. Y le gustaban. Sé que le gustaban porque, como le he dicho, me las pedía. A veces también le contaba mis maldades. Normalmente, trataba de convencer para el alquiler o la venta a las personas que me parecían más adecuadas para la casa, o quizás fuera más exacto al revés. Aún lo sigo haciendo. Le gustó mucho la historia de esa casa que tenía un indio pintado en una pared. Era un indio imponente, de los americanos, sabe? Con plumas y con una mirada de dignidad que no se corresponde con aquello que ocurrió, sino con lo que debería haber ocurrido, la victoria de un pueblo que no creía que la tierra, el aire, el calor o el cielo pudieran comprarse, y consideraba sagrado aquello que era conforme a su propia esencia. Esa casa estaba llena de esa dignidad y de valor para intentar esa búsqueda, ese camino difícil. El piso lo visitó mucha gente, y mucha gente lo quería, pero ponían como condición pintar esa pared para cubrir el mural. Entonces yo les hablaba de la orientación norte, de la escasa luz en invierno y del frío, para disuadir. Hasta que llegó aquella pareja de investigadores, que no tenían coche y se desplazaban en bici y en metro, que les gustaba la vida de barrio y compraban en pequeño comercio, que eran humildes y honestos, que tenían un bebé al que no atiborraban de juguetes y que sonreía constantemente. Ellos querían el piso, y lo querían con el indio. Y a ellos se lo alquilé.

Por contra, otras veces la justicia la empleaba de forma inversa. Como aquel otro piso, tan bonito y luminoso, repleto de muebles de diseño, baños de mármol, mirador, conserje veinticuatro horas, e infidelidad. Pero esto último solo lo notaba yo, sabe? Vino a verlo mucha gente, aunque era caro. Un hombre de negocios trasladado, una pareja encantadora que tenía un hijo con dificultades respiratorias, una pareja joven perfecta. Me decidí por estos últimos. A pesar de su juventud, tenían dos coches, el de él debía costar casi tanto como el piso. Parecían felices. Parecían quererse. Con un amor de esos que se sustentan sobre el éxito, no sé si me explico. Uno de esos amores que se sustenta en frecuentar restaurantes de moda,  en viajes exóticos, en renovar vestuario cada temporada, en la  juventud y la belleza, en desear para el futuro unos hijos, el mayor niño y la pequeña niña, él sería ingeniero, ella médico. Ambos tocarán el piano, él además practica tenis y ella ballet, y hablan tres idiomas. Esa clase de amor que se tambalea cuando ocurre algo que se sale del idilio previsto, y que deja de poder corregirse con dinero. Sí, se lo quedaron ellos. Usted ahora aprovechará para dudar de mi buena fe, pero yo creo que en ese piso tendrán la oportunidad de descubrir que existe otro tipo de amor. Ella lo entendió así cuando se lo conté, y estuvo muy de acuerdo con mi criterio.

Y, por si se lo pregunta ahora, si le alquilé este apartamento a ella fue porque estaba convencido de que ella podría cambiarlo. Además, ella lo supo. Fue la primera persona a la que le conté con total sinceridad qué tristeza había en ese piso. Y la lloramos juntos.

No hubo nada más. No hubo sexo, no hubo pasión, no hubo nada más que una amistad. Pero nunca había tenido otra igual. Para mí redefinió el término. Como si hablando con ella yo fuera más… yo, me entiende? Le ha pasado alguna vez? Imagino que ella tendría a alguien. Imagino que por eso nunca me invitó a subir a su casa. No lo imagino, porque de hecho una vez la vi entrar en el portal con un hombre que llevaba unas camisas en la mano y una pequeña maleta. Ese día, aunque estaba por la zona no me atreví a llamar.

Y un día se fue. Sin más. Sin avisar. Sin dar el preaviso de un mes, sin reclamar el importe de la fianza. Solo se fue. Debe de ser su forma habitual de actuar. Sabes, quien no está acostumbrado a hacer algo, quien tiene problemas para cambiar de casa, o no lo hace con frecuencia, por hablar del caso que nos ocupa, se pasa el día hablando de ello. No sé qué decisión tomar, no sé qué hacer, inconvenientes por aquí, ventajas por allá…. desde que comienza en su cabeza la idea de una mudanza hasta que por fin la lleva a cabo ha dado tiempo a que toda su red de amigos y conocidos tenga conocimiento y opinión acerca de ello. Solo quien está acostumbrado a actuar sin más sin dar explicaciones, sin preguntar, sin pedir opinión o sin contarlo siquiera, puede hacerlo. Claro, que tal vez sí lo contara a sus amigos y conocidos, pero hubiera querido contármelo a mí, a pesar de ser agente inmobiliario. Al fin y al cabo tampoco me contaba otras cosas. Nosotros hablábamos de lo que hablábamos.

Cuando ella se fue me lo volvieron a asignar para su alquiler. No había vuelto a subir al ático desde que ella había empezado a vivir allí. Cuando entré un año después, reparé enseguida en los cambios. Había algo distinto. Estuve rastreando por toda la casa. No, definitivamente nada de aquello de la primera vez. En el piso no había asomo de tristeza. Yo sí, yo sí estaba triste, pero esa tristeza había entrado conmigo, y se debía a echar de menos, a haber perdido a una amiga en su acepción más hermosa. Pero en la casa no. Ni tampoco opresión. Ni tan siquiera un poco de angustia. Había macetas por todas partes que había dejado allí, y marcas de chinchetas en las paredes. Solo dejó una chincheta puesta, sujetaba una poesía de Bolaño, que no formaba parte de sus traducciones, y que no leyó nunca para mí, pero sin embargo, si la dejó allí colgada creo que es porque quería que la leyera, que dejó aquello a modo de regalo, de carta o despedida.

Los perros románticos

 En aquel tiempo yo tenía veinte años 

y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el espacio de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
Y aquí me voy a quedar.

 

Quizás lo hizo porque no confiaba del todo en mi talento para percibir lo que ha quedado en una casa. En esta casa ahora está ella, sus sueños, su amor. Ya no queda nada de aquello que hubo y hacía daño. Han pasado ya mucho años, pero ella sigue aquí en este pequeño ático. Y… creo que esto es todo lo que le puedo contar sobre ella. Disculpe que me haya extendido, ya le digo que normalmente no suelo hablar de estas cosas. Solo añadir que en esta casa será usted muy feliz, estoy seguro. No… no puedo contarle nada más.

Señales los martes

Los martes ya no soy llanero. Hoy martes no hay música puesta y me acuerdo de lo que iba a escribir ayer, que también venía a cuento de lo mismo, pero con otro enfoque, por no encasillarme en un disfraz. No creo en los horóscopos, no creo en dios, no creo en el más allá, pero reconozco que las señales me hacen gracia.

La otra tarde iba a entrar en el metro. Creo que me dirigía a mi casa para enseñarla, y llovía. A esas alturas ya me había cansado de tener que hacerlo. Enseñar mi casa. Tampoco lo había hecho hasta la fecha muchas veces, pero sí las suficientes como para sentir que no la enseñaba sino que la justificaba. Siempre he odiado justificarme. Cuando hago cosas que odio me duele la cabeza. Así que allá iba, en plan llanero con jaqueca, contra lluvia y viento moviéndome por metro de madrid, anticipando las gilipolleces de la gente que tenía que ver esa tarde, y cuando se fueron a abrir las puertas del vagón me dio por pensar las últimas dificultades como señales del universo. No sé, llámalo karma, llámalo alineación de los astros para vengarse por algún tipo de mal que yo haya infligido.

Me hice un juicio crítico. ¿Qué estoy haciendo mal? ¿En qué momentos siento más sucio mi estado de ánimo? Y entonces me puse a hablar con la voz imaginaria,  esa con la que hablaba cuando era niña y creía en seres sobrenaturales, la voz que soy yo misma haciendo de otro, solo que parece que el hablar conmigo enfrente hace compañía. Parece. En casa aún no lo hago, pero esa tarde en el vagón sí. Le decía a mi yo que hacía de otro: no me puedo creer que todo esto sea por mis enfados, porque tengo una forma diferente de entender las cosas. Pues anda y que te jodan, ya puedes seguir poniendo piedras.

Hoy martes he vuelto a salir de casa. Me había puesto un vestido, esta vez sin las botas militares y sin las de llanero, con el disfraz de señorita y los labios pintados. Salí a la calle con la mirada limpia y sonriendo, procuro no enfadar a la voz, estoy bien, estoy en paz, todo va a ir bien. Llueve. Me encuentro con el tipo de la farola, y me saluda como cada día. Le pregunto que cómo está, que hace mucho frío. Me dice que bien, y me dice que estoy muy guapa. Le doy las gracias y me dice que si voy a pasear con ese tiempo. No, voy a buscar un trabajo. Y me dice que seguro que lo voy a conseguir, y que voy muy guapa otra vez. Nos despedimos y yo sigo un poco más segura porque he vuelto a caer en la trampa de las señales, y si el señor de la farola me ha dicho que lo voy a conseguir es porque lo voy a conseguir, y convierto nuestra conversación en amuleto.

Llego a mi antigua oficina. La chica que hay en recepción es nueva, entró poco tiempo antes de que venciera mi contrato, yo la entrevisté, pero no me recuerda. Lo sé porque me pregunta mi nombre y el motivo de mi visita. Se lo digo. Me dice que le suena, que de hecho, aún sigo en la lista de empleados. Y me la enseña. Ya, le digo. Entro y espero en la sala de espera. Pienso que van a venir a buscarme, pero no, y al poco tiempo la recepcionista me dice que puedo pasar a la sala de reuniones, que si quiero que me acompañe. No, sé llegar.

Allí me están esperando cuatro antiguos compañeros. Me dan dos besos y me piden que me siente. Pienso que me van a preguntar cómo estoy, qué tal este último mes. Pero me preguntan que si quiero que me cuenten cuál es la actividad del centro. Me quedo un poco confundida. No hace falta, ya sé lo que se hace. Me piden que les cuente un poco sobre mí. Qué queréis que os cuente. Pues un poco lo que haces. He trabajado con ellos los últimos cuatro años, tomado café a diario, comido, sé los nombres de sus hijos, a qué se dedica su departamento, los últimos contratos que han firmado porque los he hecho yo, así que no entiendo nada. Pero me limito a contestar a lo que se me pregunta, continúo con el juego de hacer que no nos conocemos. Contesto sus preguntas. Desde que me licencié hace quince años hasta ahora. Me escucho hablar y me oigo la voz temblorosa. Me explican el contenido del puesto al que aspiro. Coincide exactamente con aquello que he estado desarrollando hasta ahora. Me preguntan que si me veo capacitada. Me da la sensación de que están llevando el juego demasiado lejos, el juego ralla la crueldad, quiero llorar porque me gustaría mandarles a tomar por culo, pero no lo hago, y además ya me he hecho demasiado pequeña. La jaqueca está en camino. Intento tocar el amuleto pero ya no está.

Salgo de allí sin ganas de hablar con nadie, especialmente no quiero encontrarme con mi voz. Hija de puta, seguro que se siente muy contenta. Hija de puta, seguro que piensa en lo sencillo que ha resultado ponerme dócil. En el tren continúo con Las intermitencias de la muerte. Después de comer me quedo sola. Durante un rato me pongo a buscar alternativas en Internet. Cuando me doy por vencida me he quedado sola en casa, me tumbo en la cama y bajo la persiana. Estoy tiritando pero al final me quedo dormida. Me despierto sin ganas y tengo que hacer un esfuerzo importante para levantarme. Me abrazas y lloro. No puedo dejar de llorar. Y sigo llorando mientras hago café, y sigo llorando mientras me lo tomo, y sigo llorando hasta que enciendo la tele. Me veo los cuatro primeros episodios de breaking bad. Hija de puta, hoy ha ganado. Pero escucha esto, hasta los martes se acaban.

 

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