Cafés esporádicos con Cristina

Encontré a Cristina una tarde, de forma casual. Quizás debería decir que ella me encontró a mí, porque cuando la reconocí sentada en aquella terraza de mi barrio ella ya se estaba levantando y se acercaba con una sonrisa enorme. Fue apresurado. Ella estaba con alguien, yo acompañaba a mi hijo al médico e íbamos con la hora justa, acordamos concertar una cita y vernos un día. Si ella no me hubiera visto y no se hubiera levantado a saludarme, ¿me habría acercado yo? Quizá no. Mi amigo Rafa decía que cuando llevaba más de dos años sin ver a alguien dejaba de saludarlo si se lo encontraba por la calle. Todo tiene un tiempo, pero no a todo se lo preestablecemos. Yo lo he hecho con la ropa, considero innecesaria y prescindible toda prenda que no me haya puesto en toda una temporada, pero con los amigos no. Sin embargo me alegró sinceramente que Cristina no fuera Rafa, quien no me saludará si nos encontramos, y saltara de la silla. Y también que pocas horas después me escribiera un mensaje, y que nuestros propósitos no hubieran resultado meros formalismos sociales.

Nos vimos unas semanas más tarde, coincidir no es tan sencillo. De nuevo ella me lo vuelve a poner fácil y la cita es en mi barrio, un lunes, los lunes ella está en mi barrio. Me concentro en recordarla mientras la veo. Sí, es ella, es su mismo pelo, es su misma cara (no ha envejecido), sus ojos me parecen un poco más claros, es su voz, y definitivamente es su forma de hablar. Habla suave y despacio. Me pregunto si habrá gritado alguna vez. Me resulta imposible imaginarla gritando, y me gustaría saber hablar así, suave, y me gustaría haber sabido siempre hablar así, suave, y eliminar de mi memoria todos los gritos que he gritado, todos los tonos elevados, cada vez que he resultado agresiva. A veces tiembla un poco. Cuando la miro recuerdo ese temblor suyo, pero ahora que intento recordarla sin mirarla al mismo tiempo dudo si el temblor es en su boca, en su ojo o un poco en la mano que mueve mientras habla. Me cuenta que no ha vuelto a tocar la flauta travesera y que ha dejado el teatro. Me cuenta que ha estado escribiendo relatos y que se ha apuntado a un coro. Me dice contenta que no es buena en nada pero que desarrolla su creatividad, y que eso le hace sentir bien. Me dice que había pasado muchos años pensando que era de ciencias y que no era creativa, y que ahora se da cuenta de que sí, que sí lo es. Yo le cuento que he dejado de escribir, que sigo con la editorial aunque tengo con ella una relación de amor-odio, que sigo tocando la batería y que ahora ando pensando en la posibilidad de aprender a tocar el piano. Según lo digo en voz alta siento vergüenza. También se lo conté al coach en prácticas con el que mantuve tres sesiones que forman parte de sus prácticas y con las que aún no he entendido muy bien en qué consiste esa cosa que se llama coaching, pero yo hablaba con el señor, y cuando veía que a él le parecía bien por dónde iba el discurso incidía, porque me gustaba que se sintiera contento. En la tercera sesión lo hice muy bien porque a mi coach se le notaba exultante, y pensé, pues bueno, yo creo que lo he hecho bien. Y recuerdo que le hablé mucho del piano, y cuanto más le hablaba más contento se ponía. Cuando terminó la sesión tuve la misma sensación de vergüenza. Como si estuviera haciendo planes que nunca fuera a llevar a cabo realmente, y no solo haciéndolos, sino contándolos en voz alta, con apariencia de verdad. El caso es que a Cristina le conté lo del piano. No sé si para engañarla a ella, para presionarme a mí, por pura incontinencia verbal. Además de mi tono de voz me gustaría quitarme esta costumbre de contar cosas que en realidad no tengo por qué contar, y menos si no existen. Prefiero hablar de lo que sí existe. Los proyectos me comprometen. Casi siempre me arrepiento de todo lo que cuento cuando hablo con otras personas. Casi siempre me propongo escuchar mucho y hablar poco. Casi nunca cumplo.

En un momento dado sale el tema de la empresa en la que trabajamos juntas, donde nos conocimos. Es curioso, allí nos llevábamos bien, pero si hubiera tenido que apostar con cuál de las personas con quienes me relacionaba mantendría el contacto una vez fuera, creo que no habría apostado por ella. Cristina me dice que a ella ya se le ha pasado el enfado, aunque cuando me vuelve a explicar que nunca entendió el por qué todo terminó como terminó aparece el temblor. Creo que es en la boca y en la mano. Dice que piensa en todas las cosas positivas que ha supuesto para ella, y que son más numerosas que las negativas. Yo no pienso demasiado en ello, lo primero que siento al pensar en esa época es amargura, sin embargo, eso no significa que tenga un trauma. Hubo experiencias buenas pero no terminó bien, y eso queda, como otras malas experiencias. Supongo que es inevitable explorar las raíces de nuestra amistad, pero me gusta más la Cristina que no supe ver en esa empresa y descubrí después, tomando cafés esporádicos. También me gusta más quien soy yo ahora, incluso hablando alto y de más.

Unos días más tarde me dices que me vas a regalar un piano. Miro los precios y me asusto, y falta afinador y transporte, miro lo que ocuparía en casa, los libros que hay que reubicar, la pérdida de espacio en un lugar común como el salón. Pienso en los engaños. Consulto en la web de una escuela. Dicen que hacen falta veinte minutos diarios. Dicen que no hay que comprar a lo loco. Dicen que en todo caso hay que comprar. Me imagino contando una y otra vez que quiero aprender a tocar. Imagino el salón con un piano convertido en mueble, con plantas encima y libros y hasta un cenicero, y a mí de nuevo una y otra vez, prometiendo. Me enseñas por la noche unas cuantas fotos de pianos de ocasión en Wallapop. Te contesto irritada, con ese tono de voz que me gustaría no tener. Te digo que me hacía ilusión un piano, pero que no es sensato comprar un piano. ¿Cómo lo habría dicho Cristina?

A veces me pregunto si Cristina y yo nos volveremos a ver. Ahora diría que sí, pero sé que cada vez puede ser la última. Le pedí que me enviara alguno de sus relatos, no lo ha hecho. Eso tampoco tiene por qué ser preludio de nada. A lo mejor le da miedo que no me gusten, como a mí me da miedo no tener la voluntad de aprender a tocar. ¿Nos volveremos a encontrar? Y si no es así, ¿tomaré yo la iniciativa? ¿Lo hará ella? En cualquier caso los lunes ya no podrá ser. He reservado una clase.

Tú y yo somos iguales… pero yo un poco mejor.

En otra vida yo trabajé en un banco. Me tocó una oficina en la calle José Ortega y Gasset, en pleno barrio de Salamanca de Madrid y antes de dejarme sola en mi mesa, me pusieron junto a la mujer que más vendía en aquella oficina, para que me formase. Una de las primeras lecciones de esa mujer, Inmaculada, fue la siguiente: según se siente alguien en tu mesa le pides su DNI y miras sus posiciones. Si no tiene dinero te lo quitas de encima cuanto antes. La segunda lección fue la siguiente: si es un sudaca (término literal que ella empleaba) o su DNI empieza por X te lo quitas de encima cuanto antes. Inmaculada me enseñó de una forma muy gráfica el concepto de clasismo y xenofobia. Cuando pude ir a mi mesa me empeñé en dedicarle mi tiempo a todo aquel que se sentara allí, tuviera el dinero que tuviera, procediera de donde procediera. Pero por mucho que yo me empeñara, Inmaculada tenía razón: cuando una persona con DNI extranjero que comenzaba por X solicitaba un préstamo era denegado automáticamente por el sistema y había que enviarlo a un departamento llamado “riesgos” para que fuera analizado. “Riesgos” me hacía solicitar más información y después más garantías y, al final, “riesgos” lo rechazaba. Y eso que hablamos de la época en la que los bancos financiaban el 110% de las viviendas y alimentaron una burbuja inmobiliaria que estallaría diez años más tarde. Pero esa burbuja no fue a costa de los “sudacas”, porque bien se aseguró el sistema bancario de dejarlos fuera. 

En este ejemplo, la xenofobia aparece en rótulos con destellos tan brillantes que hacen daño. Pero uno de los peligros es el pensar que nosotros no sentimos eso por nadie y que no nos afecta, sin embargo, cuando menos lo esperamos, como ese gen silencioso que nos predispone a la hiperglucemia y que sin avisar va un día y comienza a destrozarte las analíticas, la xenofobia asoma, y nos sorprendemos mirando con reticencia al médico que nos va a atender porque entre la pinta que tiene y el nombre de su placa parece marroquí, o a la compañera de trabajo que tiene acento caribeño, o nos encontramos investigando el porcentaje de inmigrantes que hay en los coles del barrio antes de mandar a los hijos allí. Es importante esa detección, porque si ni siquiera somos conscientes de nuestra propia xenofobia es muy difícil quitárnosla de encima. Y entender el por qué pueden aparecer estos sentimientos de rechazo, o prejuicio, o reticencia, o de “yo no tengo nada en contra pero prefiero si es español” nos puede ayudar mucho. 

Pienso que una de las principales razones por las que podemos sentir xenofobia tiene que ver con una cierta sensación de superioridad que proviene del hecho de haber nacido y vivido en un país con mayores medios frente a quien ha nacido y vivido en un país con menos. Es decir, yo, europeo, que me he criado en una familia estructurada, que he sido bien educado con orden y principios morales, he ido a colegios que me han dotado de un buen nivel académico y cultural, me he beneficiado de un buen sistema sanitario, tengo mis vacunas al día, la ortodoncia me ha dejado unos dientes perfectos, me han corregido las dioptrías, los pies planos, la escoliosis y la ansiedad… corro un poquito el riesgo de pensar que soy una persona igual que tú, sudamericano, africano, asiático, procedente de país pobre (perdón, en vías de desarrollo), mal formado, educado a saber cómo, poco leído, sin cultura, con esos dientes torcidos y esas marcas de acné… igual que tú, sí, pero… un poquito mejor. Así que tú, sudamericano, africano, asiático, eres igual que yo, y tienes derechos como todo ser humano, así que estás bien para servirme la cerveza, o para limpiar la escalera, pero no para ser mi jefa o no como marido de mi hija. Y esto es algo que tiene que ver con el clasismo. Es decir, mi dinero y el estatus social relacionado con él me hacen sentir superior. ¿Es en realidad la nacionalidad lo que nos pone en guardia? ¿Vemos con los mismos ojos a una niña si es hija del embajador de Colombia que si es hija de la cajera colombiana del supermercado? Yo creo que influye más el dinero y el estatus social que el país de origen, la pobreza da bastante grima. El dinero y la pobreza son argumentos que nos empujan a la discriminación y a un prejuicio de clase. Clasismo y xenofobia se dan la mano.

Otro factor que alimenta la xenofobia es la diferencia cultural. Cuanto más diferente sea la cultura del inmigrante de la de los locales más rechazo se genera. Y la cultura además está ligada a la religión, otro elemento distorsionador por excelencia. Normalmente, si esa cultura extraña se mantiene aislada, sin mezclarse ni perturbar la local, no genera mucho rechazo. Se tolera fácil. El problema viene cuando hay que aceptar ciertas modificaciones en lo propio, y cuanto más propio, más problema. Por ejemplo, que haya musulmanes en el barrio que no coman cerdo, recen mirando a la Meca tres veces al día o cumplan con el Ramadán, me  parece estupendo, que soy una persona muy respetuosa con costumbres y creencias ajenas. Pero igual cortan las calles de mi barrio para celebrar el año nuevo chino y se me hincha la vena, que si primero el Halloween y si ahora esto, y qué será lo siguiente ¿sacrificios humanos? Y ya, si  resulta que llega mi hija y dice que tiene un novio que se llama Mohamed, ¡pero cómo! ¡no habrá hombres españoles y se ha tenido que liar con Mohamed! ¿estará mi hija bien con Mohamed y sus musulmanadas?

Con todo ese estiércol que tenemos debajo de la alfombra y que procuramos no airear porque apesta (yo soy mejor que tú porque eres más pobre, mi cultura/religión/ tradiciones son mejores que las tuyas) llegamos ya al del instinto de supervivencia. Si hubiera trabajo y recursos ilimitados, tolerar la convivencia con personas de otras procedencias sería relativamente sencillo para una persona de bien. Pero en un planeta con recursos limitados, y en un país con recursos limitados, el resto de los seres humanos son una amenaza, y si yo estoy sin trabajo no quiero que se lo den al de al lado, y mucho menos si el de al lado viene de otro país. Aunque yo, español, viva en un país cuyo consumo de recursos naturales duplique o triplique los de países como Senegal, Colombia, Nicaragua o Marruecos. Y no pensamos que el motivo de que otras personas hayan dejado su país es ese mismo instinto de supervivencia. Cómo tendría que estar la cosita por sus países para que en muchos casos sus instintos de supervivencia los llevara a cruzar el estrecho en una balsa de noche o a probar suerte en los bajos de un camión. 

En mi barrio hay un mendigo en cuyo cartel se lee: “Soy pobre y soy español. Necesito ayuda.” Efectivamente, tiene el argumento definitivo que en el barrio lo coloca por delante del subsahariano que vende la farola delante de la panadería. Y es, ni más ni menos, el hecho de haber nacido en este país. 

Hay más instintos animales que en ciertas ocasiones resultan útiles pero en otras nos convierten en seres repugnantes. Pero con esto que hemos nombrado llegamos a un punto importante. Y es que esto que he pensado yo así en un chimpún sin necesidad de haber realizado un profundo estudio sociológico lo han pensado antes ya muchas otras personas que han entendido que esos bajos instintos se pueden explotar, intensificar y dirigir hasta convertirlos en votos. 

El otro día, corrigiendo unos artículos de opinión, un alumno escribía que el hecho de que los empresarios recibieran ayudas para contratar a inmigrantes había generado sentimientos de rechazo en la población. ¿Bonificaciones por país de procedencia? Me apresuré a buscar las bonificaciones a la contratación que existen, y no, efectivamente no existe ninguna bonificación por contratación de inmigrantes. Quizás, lo que el chico escuchó en casa o leyó en redes es que los empresarios contrataban a inmigrantes antes que a españoles porque les salía más barato. Pero esto no es porque el gobierno bonifique a nadie en función de su país de procedencia, sino porque los empresarios emplean a inmigrantes que no tienen papeles de forma ilegal, es decir, cometiendo un delito. Y como los emplean de tapadillo, sin contrato, no tienen por qué ajustarse a la ley que les obliga a pagar un salario mínimo o a respetar un un máximo de horas de trabajo al día, de modo que los emplean con salarios mucho más bajos y les obligan a trabajar más horas, y claro, les sale mucho más barato que hacer un contrato legal a cualquier otra persona, ya sea española o no. Pero esta práctica -delictiva, por cierto- ¿es culpa de los inmigrantes, tal y como vocean algunos? ¿o de esa clase de empresarios muy españoles mucho españoles que abusan de su posición para explotarlos, ahorrarse cotizaciones, mejorar márgenes y pagar menos impuestos, precarizando ese país al que tanto dicen amar? 

Pero ahí está el discurso: Españoles, la culpa es de los inmigrantes que vienen a delinquir y encima se les pone casa, sanidad y educación gratis, mientras nosotros sufrimos paro y no podemos adquirir vivienda. Españoles, la culpa es de los menas, que atemorizan a vuestras abuelas y degradan los barrios. Españoles, si no fuera por toda esa gente que nos quita el trabajo, en los que se despilfarran nuestros impuestos, y que como respuesta llenan nuestras calles de delincuencia, esta nación volvería a ser una grande y libre, que es lo que se merece por derecho propio. ¡Viva el Cid!

Y resulta que es posible tergiversar, mentir, y decir todas esas barbaridades en redes y medios de comunicación sin que nadie desmienta o intervenga.  Y es tan tentador creerlas a pies juntillas, además, sin comprobar ni investigar nada… 

Así que el discurso cala, y no es que yo lo diga, o yo lo vea, es que ya están ahí, tercera fuerza política. En Europa gobiernan en Polonia, Hungría, en Francia están en segunda vuelta, en Italia forman parte de la coalición de gobierno, por no hablar de su preeminencia en Suecia, Finlandia o Dinamarca. En Rusia lleva tiempo.  

La última vez que movimientos nacionalistas, con argumentos de supremacía racial/religiosa/patria, que justifican el recorte de libertades individuales, con aclamados líderes autoritarios que hicieron uso de la propaganda y el control de medios para convencer a la población comenzaron a hacerse grandes en Europa, fue en la década de los años 30 del siglo pasado. Lo que ocurrió después lo sabemos. 

Autoconcepto y redes sociales.

Cuando tenía catorce años vivía en Palma de Mallorca, iba a un colegio femenino de monjas, llevaba un uniforme gris, y me consideraba -de hecho, creo que lo era- una niña bastante pava y aburrida. Sin embargo, mi amiga Mónica era una mujer mayúscula: repetidora que fumaba cigarros, besaba con lengua, bebía alcohol y bailaba en discotecas.  Pero esa mujer de verdad con vida de verdad y un novio de verdad -Christian-, tenía complejo con su culo, y mientras caminábamos por el patio me preguntaba ¿cómo tengo yo el culo, como esa de ahí? ¿o como esa otra? ¿se me ve así o más gorda, ¿o menos? 

Creo que ese fue mi primer encuentro con la dificultad que presenta el autoconcepto. No se trata solo de aceptarse, sino de tener siquiera claro cómo es uno mismo, habida cuenta que la mayor parte del tiempo no tenemos delante nuestra imagen, sino la idea que nuestra cabeza se hace de ella. Y cuidado con la cabeza, que aunque a veces nos imagine mejores, otras muchas nos hace peores. ¿Cómo somos al margen de ella? ¿Es posible ser al margen de ella? Y si todo esto ocurre alrededor de lo meramente físico, de algo que tiene una forma y unos límites determinados y definidos, redondear nuestro autoconcepto con la idea de la persona que somos contenida en ese cuerpo del que ya nos cuesta saber qué pensar, puede llegar a ser incluso peligroso. 

El caso es que en esa época no existían las redes sociales y, sin embargo, también éramos vulnerables, inseguros e inestables. ¿Qué ha cambiado entonces con ellas? ¿Por qué nos planteamos algo más allá de la fragilidad propia de la edad? Creo que las redes sociales no han influido tanto en la fragilidad o la inseguridad (ambas vienen de serie) sino en el grado de exposición. Cuando las redes no existían, uno estaba expuesto ante uno mismo, ante su cabeza o ante comentarios de sus amigos, que se grababan en la memoria de cada uno pero en ningún otro lugar, y, el mayor escarnio público que alguien podía sufrir era una pintada ofensiva en un muro o un banco que tardaba pocos días en ser cubierta, y no eran escarnios muy frecuentes. Ahora necesitamos reforzar nuestro concepto de nosotros mismos de la misma forma que antes, pero esa pregunta de ¿cómo estoy? ¿estoy bien? ¿estoy igual o peor que ese o esa? se responde de manera indirecta vía likes, o vía número de seguidores. De hecho, el 92% de adolescentes entre 14 y 16 años tiene perfil en redes sociales y los usan para sentirse integrados, según un estudio de Google, Fad y BBVA. 

Se trata de un pulso en el que sometemos nuestra propia imagen a la aprobación de amigos, compañeros, conocidos y desconocidos que se asoman para refrendarnos o no. Y para conseguirlo, si la realidad no nos gusta del todo, la cambiamos con poses, filtros, perspectivas, ediciones. En la vida analógica también, para tratar de mejorar, recurrimos a capas de maquillaje, labiales, tintes, dietas, gimnasios, moda y peinados, pero en redes, además de todo lo anterior, tenemos la edición de imagen fotográfica. Es increíble comprobar cómo todo el mundo se ha convertido en fotógrafo. Vas a Ikea y te venden, junto con la estantería Billy, kits de fondos para tus sesiones y sets de iluminación. Y si no, siempre quedan los filtros. Tener ojos azules o una piel perfecta nunca fue tan fácil. El caso es que realidad y apariencia se difuminan cada vez más, y nuestro autoconcepto, confuso y escurridizo, corre el riesgo de difuminarse con ellas.  

La tecnología, la moda o la cosmética ponen a nuestra disposición medios para transformar nuestra imagen y las redes sociales multiplican nuestra exposición a la hora de solicitar la aprobación propia a través de la de los demás. Y, tratando de no dejarnos llevar por el autoengaño, tratando de sobrevivir a las preguntas ¿y cómo soy yo?, ¿como esa?, cargando con nuestra necesidad de ser aceptados, o incluso un poquito queridos, ahí seguimos: pequeños y frágiles humanos, aprendiendo a ser en estos tiempos de tintes, filtros y números de likes

Capítulo 2. Las ventajas de la autolisis.

El lado positivo de haberse intentado suicidar era que no lo había conseguido. El terapeuta le había pedido a Raquel que apuntara en una libreta un aspecto positivo de todo aquello que le sucediera en el día. Esa ventaja no la tenía tan clara, porque también gracias a no haberlo conseguido seguía cansada, y tenía que hacer muchos esfuerzos para permanecer viva todo el día. Vivir era una tarea muy pesada y muy larga. A veces era tan pesada que no conseguía aguantar hasta la noche, y a media tarde, o bien después de comer, se tomaba dos ansiolíticos en lugar de uno, se metía en la cama y se quedaba durmiendo hasta el día siguiente. Antes de su ingreso en el hospital también lo hacía, pero como todavía no tenía ansiolíticos propios, se tomaba una de esas pastillas que tenía su madre para dormir, o para las crisis de nervios. En su casa siempre había alprazolam o diazepam. A veces también se acercaba al mueble bar, cogía alguna de las botellas y bebía a morro directamente. No demasiado. No siempre de la misma. Mientras el alcohol iba quemando su esófago virgen, tomaba el camino de regreso a su dormitorio. Al principio le escribía un whatsapp a su madre. Mamá, me duele la cabeza, no me despiertes. Las migrañas son valiosas como pasaporte para abandonar la partida. Esa era una buena herencia. Todavía no sabía que tenía que buscar el lado positivo a todo, pero en un futuro podrá apuntar en el papel de las ventajas -en este caso concreto, a las ventajas de su herencia genética-: migrañas. Poco a poco, conforme sus estados de letargo vespertinos se fueron normalizando dejó de anunciarlos. Si su madre llegaba a casa y se encontraba su habitación a oscuras sabía que no iba a salir de allí para cenar, que estaría durmiendo hasta la mañana siguiente. A su madre solo le pareció extraño las primeras veces. En alguna ocasión lo comentó con alguna compañera. Lo normal es que los jóvenes vayan adquiriendo unos horarios anárquicos, no te preocupes. Dejan de dormir por las noches, comienzan a dormir por el día. Le recomendaron el visionado de un vídeo llamado «El cerebro adolescente». Quizás normalizar consistiera en en perder el extrañamiento. Su terapeuta le había permitido continuar apartándose por la tarde si algún era especialmente duro, pero le había puesto una norma. Como máximo una vez por semana. Así que ahora tenía que seleccionar bien la dureza de los días y apartarse en el correcto. Todavía no sabía muy bien por qué asumía como dogmáticas las normas de su terapeuta, pero el hecho es que lo hacía.

El otro lado positivo de haberse intentado suicidar es que en clase todo el mundo la trataba con mucho cuidado. A veces el cuidado le gustaba. Era un cuidado sensible, como se cuidaría un negativo de Robert Capa, una copa de cristal veneciano, un libro de portadas color crema. Casi siempre. Pero a veces era el cuidado que se pone al caminar en un campo de minas, lleno de miedo. Raquel trataba de obviar esas sensaciones. Las sensaciones no son más que sensaciones. El terapeuta a veces formulaba unas sentencias poco esmeradas. Raquel lo miraba en esas ocasiones con desconcierto y él entonces se disponía satisfecho a desarrollar y explicar. En aquella ocasión se refería a la conveniencia de separar los hechos de las interpretaciones que se le otorgan a cada hecho. Teóricamente nadie en el centro escolar sabía nada de lo que había ocurrido. Sin embargo todo el mundo había cambiado. ¿Qué sabían entonces? ¿Por qué esos cuidados extraordinarios? De pronto, Nathalie e Irene la acompañaban siempre. Antes ya eran amables con ella, pero desde la distancia. Ahora estaban pendientes todo el tiempo. Si iba al baño alguna de ellas la acompañaba, en el recreo también, o a la salida. Los profesores le preguntaban constantemente si se encontraba bien. A veces se aburría y decía que necesitaba ir al pasillo, y preguntaban estás bien? estás bien? dos veces, y accedían a su petición. Pero de una forma extraña, porque entonces iba detrás de ella Nathalie o Irene, que perdían clase también. Y eso comenzaba a resultar un tanto irritante. Y entraba de nuevo a clase y preguntaban estás bien? estás bien? y si no había hecho los deberes recibía una amplia sonrisa por respuesta, no te preocupes, poco a poco, estás bien? estás bien? y entonces Raquel se sentía rellena de napalm, e imaginaba a su profesor de matemáticas caminando por un campo, ella estaba en el medio, y él entonces llegaba a un punto en el que no seguía avanzando y eran Nathalie e Irene las que llegaban corriendo porque él las enviaba, y a un metro le pedían que las acompañara, y ya se quedaban ahí, y nadie la tocaba. Nadie podía tocarla, nadie podía atravesar esa carne que la rodeaba, esa cara, esa boca, ese pelo negro y liso, esas manos suaves y torpes, ni una vez atravesada podrían sortear su esófago maltrecho, ni su vientre ni su sangre, ni podría jamás fundirse en ella, encontrar a esa Raquel que estaba tan lejos de todos, que al sentir otro cuerpo tratando de entrar pondría en funcionamiento toda esa carga explosiva. Y adiós Nathalie. Adiós Irene. Adiós profesor de matemáticas. Adiós Raquel. Y entonces se daba cuenta de en eso consistía su interpretación de una sonrisa.

Capítulo 1. Estar triste es un tabú.

Raquel no quería disgustar a su madre. Ni siquiera era consciente de que no quería hacerlo, pero de alguna forma intuía que no debía estar triste, de la misma forma que nadie se lo había dicho pero sabía que no debía decir que se excitaba cuando se ponía el vaquero super skinny que le rozaba el coño al andar. También sabía que no podía hablar de la abuela.

Cuando estaba sola en casa, a Raquel le gustaba fisgar en los cajones y los armarios de su madre. A veces sacaba los álbumes de fotos. Otras veces jugaba con los pastilleros. Tenía uno de nácar con un cierre dorado que le costaba abrir porque tenía los dedos gordezuelos y se mordía las uñas. Le gustaba sacar la ropa que era bonita y que jamás le había visto puesta. Se la probaba, se ponía zapatos de tacón, subía las persianas y, como a pesar de ser de día no lograba más que una penumbra que venía del patio, encendía la luz eléctrica. Su madre nunca le dejaba encender hasta pasadas las siete. Esa mañana se había probado el vestido de fiesta. El verde. Su madre no estaba y dio la luz, porque no podía tener puesto esa prenda de gasa verde y cuerpo de lentejuelas, y unos zapatos con un tacón alto y fino, y no verse. Raquel caminaba vacilante. Podía caer en cualquier momento pero no lo hizo. Paseó varias veces a lo largo del pasillo, y se iba mirando en los reflejos de los cristales. Al andar se levantaba la falda para verse los zapatos. Y se ponía de perfil para ver el aspecto que tenía tal alta. Al final terminó equilibrando un poco los pasos. Quería ser ya mujer, poder ponerse ya ese vestido. Salir a la calle con él. Sospechaba que nunca sería tan guapa como entonces. Quería crecer bien. Tenía miedo de no saber hacerlo.

Cuando se cansó de caminar y se quitó el vestido se contempló desnuda frente al espejo, solo con las bragas y los zapatos de tacón puestos. Se acarició el pecho infantil, la tripa un poco prominente coronada con un ombligo cicatrizado en queloide. Lo tapó con la punta del dedo índice, y se le escapó un ring. Es un recuerdo inventado. Se imaginaba que tenía una abuela con el pelo blanco, la piel lisa y los ojos azules que ella no había heredado. Su abuela le contaba historias y le hacía cosquillas. Cuando terminaba, después de haberle hecho reír hasta llorar, para ayudarla a tranquilizarse, hacían un concurso de serio, y Raquel siempre perdía porque la abuela, cuando se ponía, podía ser muy seria. Y muy hija de puta. Por eso se marchó un día y dejo a su madre sola. Pero los nietos son otra cosa y a ella sí que la quería. A veces le echaba la culpa a su madre de no tener abuela porque había sido muy difícil. Ella misma lo decía. Raquel se preguntaba sombría qué habría heredado de sus mujeres, la una difícil y la otra hija de puta. Los ojos azules no. Su madre alguna vez la había llamado loca. Eso a Raquel le daba miedo. Y a su madre. Cuando la abuela ganaba el serio pulsaba el ombligo de Raquel con el dedo índice, y hacía ring ring, y se convertía en un timbre. A Raquel le daba un poco de vergüenza porque ya era un poco mayor para ombligos que se convierten en timbres, pero no le decía nada a su abuela, la sonreía, no quería que se enfadara, quería retenerla, la abuela no era fiable, ni siendo invisible.

Cuando era más pequeña su madre la escuchó un día reírse de cosquillas. Raquel se había salido del baño y estaba desnuda encima de la cama, aún con la piel húmeda. Se hacía cosquillas a sí misma y se reía a carcajadas. ¿Qué haces, Raquel? Juego a las cosquillas. Eso no está bien. ¿Qué no está bien? ¿Las cosquillas? ¿Jugar sola? Jugar sola no era recomendable. Cuando su madre la llevaba al parque siempre le decía que fuera a jugar con otros niños y que le dejara un rato en paz. A ella le daba vergüenza a veces hablar con otros niños y prefería sentarse en la arena. En la arena siempre había objetos interesantes con los que entretenerse. Piedrecitas principalmente. Cuando Raquel se quedaba sola en el arenero su madre se ponía nerviosa. Le parecía que ese no era un comportamiento apropiado de una niña normal. Quedarse sola era de niños raros, de niños con problemas sociales. Así que le pedía nerviosa que fuera a jugar con otros niños, y cuando Raquel no obedecía se acercaba hasta ella, le cogía de la muñeca y se la llevaba a empellones hasta el grupito de niños más cercano. La presentaba y obligaba a los demás niños a dejarla jugar. Raquel se sentía odiada de forma inmediata. A los niños no les gusta que se les impongan los afectos. Ni jugar con una niña callada que llegaba a rastras y que no quería jugar tampoco y que también los odiaba.

Así que Raquel, descubierta con el juego de las cosquillas entendió que el problema era jugar sola. Para tranquilizar a su madre le dijo que estaba jugando con la abuela invisible. No entendió que su madre se acercara tan deprisa, haciendo ruido con sus pisadas, ni que le sujetara las dos muñecas y le zarandeara, ni los gritos, nunca, nunca vuelvas a jugar así, como las locas, me has oído? A veces eso hacía Raquel. Se inventaba que tenía una abuela inventada y se inventaba también que su madre la descubría jugando aparentemente sola, y se inventaba que no lo entendía y que perdía los nervios. O eso no se lo inventaba. En cualquier caso, Raquel prefería no hacerlo, no disgustar a su madre. Colgó el vestido verde en la percha. Metió dentro de los zapatos la horma de cartón, los cubrió con la bolsa transparente y cerró la caja. Apagó la luz y se tumbó en el sillón a ver vídeos.