Cuaderno de Murúa Niño

los recuerdos son realidad, son ficción, son un invento, son yo

Beatriz Punne

Estuvimos trabajando juntos algo más de dos años. Yo había empezado a limpiar jardines por casualidad. Antes de eso había trabajado en una editorial pequeña que no supo sobrevivir a la tecnología, y después estuve en el paro varios meses. Al principio mis búsquedas se ciñeron a mi profesión,  y ofrecí mis servicios a varios medios de prensa escrita y editoriales.  Después de rellenar el formulario que aparecía tras pinchar el enlace de “trabaje con nosotros”, con mis datos personales, académicos, profesionales, y una carta de motivación, algunas veces llegaba un correo electrónico automático en el que agradecían mi interés y me aseguraban que iban a estudiar mi solicitud. Otras veces no llegaba nada. Sospecho que, en todas ellas, mis datos personales, académicos, profesionales y mi carta de motivación terminaban en el buzón de spam de los respectivos responsables de recursos humanos. También postulé como profesor en colegios, academias, on-line, clases particulares, pero los resultados fueron prácticamente idénticos. Recuerdo que una tarde estuve hablando con mi amigo Daniel Estero. Él era arquitecto pero se ganaba la vida maquetando las servilletas de bares y restaurantes que querían aprovechar ese espacio para comunicar algo más que un gracias por su visita. Daniel estuvo disertando un buen rato acerca de los caminos para solucionar los problemas laborales desde su propia experiencia, e insistió mucho en que resultaba imprescindible la reinvención. Lo llamó así, de eso estoy seguro. Reinvención. Dijo que yo necesitaba reinventarme dado el contexto económico y social que estábamos viviendo. Dijo que yo no podía restringir mis posibilidades a ningún campo, que debía flexibilizar mi mente, estar dispuesto a ser otra persona distinta a la que creía que era. Dijo que lo que me había ocurrido ya lo había vivido él, que por eso podía darme el consejo desde la perspectiva de la oportunidad. Dijo que yo no estaba en paro, que en realidad yo estaba viviendo la oportunidad de hacer algo que de otra forma jamás habría hecho, y que ese algo descubriría de mí aspectos que yo ignoraba y que permanecían ocultos. Y que, por tanto, después sería un ser más completo. Yo le escuché y no quise pronunciar en voz alta las dudas que me ofrecía su discurso, ni tampoco preguntarle qué había aprendido de sí mismo perdiendo un trabajo de arquitecto satisfactorio, vocacional y bien pagado a cambio de poder descubrir su yo maquetador de servilletas de bar durante cuarenta horas a la semana a cambio del salario mínimo. No le manifesté tampoco lo mucho que me había irritado aquello de que yo necesitara reinventarme, porque yo no quería reinventarme, yo estaba bien siendo quien era, me gustaba, me gustaba mi profesión, era bueno en ella, me gustaba mi familia, me gustaba mi vida, y yo mismo no estaba mal, si no fuera porque no conseguía encontrar un trabajo para poder continuarme y pagar el alquiler y la luz, y algo de cena cada noche. No le dije nada. Tan solo escuché y le di las gracias porque, a pesar de la torpeza en la exposición, y de esa ingenuidad exasperante en una persona de la que esperaba algo más de inteligencia, o al menos de honestidad, sí acerté a comprender la intención del discurso. A partir de ese momento, aunque por razones muy diferentes a las expuestas por Daniel Estero, presenté mi candidatura a toda oferta de trabajo que apareciera, fuera de lo que fuera, y no vacilé a la hora de inventar mis datos académicos, mi experiencia profesional o mi motivación en función del trabajo que estuviera solicitando. Y un día me llamaron para limpiar jardines.

Nunca utilicé el nombre de Punne. Sé que era Beatriz, pero lo supe mucho tiempo después de haberla conocido, de haberla llamado Punne, de haber pensado en ella como Punne. El primer día de trabajo me dieron un mono verde, un chaleco reflectante para ponerme sobre el mono, una escoba grande y un cogedor. Me asignaron el Retiro. En el Retiro trabajaba una brigada de seis limpiadores. Teníamos que limpiar los caminos de hojas e inmundicias. El más antiguo se llamaba Azcona y tenía la responsabilidad de organizar el trabajo, y lo había hecho dividiendo el parque en tres zonas asignando cada una de ellas a  un grupo de dos. A mí me tocó con ella.

Punne y yo trabajábamos en silencio, solo hablábamos en el descanso del almuerzo. Yo era nuevo y ella no. Los primeros días permanecimos en silencio. Yo no estaba con mucho humor, no tenía ganas de hacer esfuerzos. La primera conversación la empezó ella. No me preguntó mi nombre, ni si vivía lejos, ni qué me parecía el trabajo. No me preguntó nada. Dijo que por la mañana había visto un coche Mini muy grande. Como si hubieran creado una versión maxi pero que también se llamaba Mini, y que tenía un maletero inmenso, o que a lo mejor eran siete plazas. Y me preguntó qué opinaba. No supe muy bien qué responder. Creo que en realidad ni siquiera le importaba mi opinión, y era una forma cortés para exponer la suya, cosa que no tardó en hacer. Dijo algo así como que no entendía por qué alguien podría querer un coche Mini, cuyo nombre no era azaroso, pero en una versión gigante, cuando ya había muchos modelos de coches enormes. Me dijo, te imaginas un cuatro por cuatro de dos plazas? A ninguno de los dos nos interesaban los coches lo más mínimo, de hecho, ninguno de los dos tenía coche, pero sin embargo estuvimos disertando un buen rato acerca del por qué de las elecciones de las personas en esa materia, e imaginando modelos absurdos, como una moto limusina o un smart cuatro por cuatro, con la absoluta convicción de que algún día los veríamos rodando por la ciudad. Eso ocurrió el primer día. El segundo empezó ella también, y el tercero. Y así se generó la dinámica. Ella comenzaba a disertar sobre algún tema, y nos dedicábamos a analizar,  a filosofar. Hablamos de física cuántica, de secretos que no quieren ser revelados, hablamos de señales, hablamos de vocaciones, hablamos de la teoría del caos, discutimos la conveniencia o no de la teletransportación… hablamos de arte, de política, de espacios urbanos, hablamos de sueños. Algunos días Punne no pronunciaba una sola palabra. Sacaba su almuerzo de la bolsa, un termo con café y una manzana, y lo tomaba tranquila y ceremoniosa, sin mirarme siquiera, como si junto a ella no hubiera nadie más, y yo estuviera allí pero no estuviera allí, como si estuviera escondido, o detrás de un falso espejo y ella no pudiera verme pero yo a ella sí. Da igual, si ella no hablaba guardábamos silencio y permanecíamos solos el uno junto al otro. Alguna vez, pocas, hablamos de la niñez. Punne al menos sí lo hizo. Me dijo que cuando era niña quería ser la virgen maría, pero que no había resultado porque todo el mundo le había dicho que eso no era posible, que como mucho podría ser monja, pero ella monja no quería ser, porque el sexo le gustaba, y si era virgen maría solo tendría que esperar para practicarlo hasta haber concebido de una forma pura, pero la incertidumbre de no saber en qué momento un espíritu tendría a bien fecundarla, cosa que podría suceder teniendo ella dieciséis, espera que sí le resultaba asequible, o treinta y nueve, posibilidad inaceptable, la hizo perder su vocación. Lo que quiero decir es que jamás hablábamos de nuestra vida presente fuera del trabajo, de lo que íbamos a hacer por la tarde, el fin de semana, con quién vivíamos o dónde… era como si la única vida que tuviéramos fuera la que transcurría en ese parque limpiando hojas, y sobre todo la de la hora del almuerzo. Y más allá de eso no hubiera nada más, salvo una infancia remota.  En cierto modo terminó siendo así.

Yo me preguntaba muchas cosas de Punne. De hecho, no tardó en ocupar todos mis pensamientos fuera de la hora del almuerzo (almorzando estaba obligado a concentrarme y pensar únicamente en los análisis filosóficos). Pero después, y antes, me preguntaba cuál sería su profesión, que habría estudiado, a qué se habría dedicado antes de haberse reinventado en limpiadora de jardines con un chaleco reflectante, estaba convencido de que esa mujer no había pasado toda su vida recogiendo hojas. O sí, y quizás esa actividad le permitiera libertad de reflexión. Seguramente leería mucho. Me preguntaba cómo serían los almuerzos con su anterior compañero o compañera de almuerzos, y me negaba a pensar que fueran iguales que los nuestros.  Me preguntaba cómo sería la casa en la que vivía. Yo me la imaginaba en una buhardilla pequeña y bohemia, llena de objetos insólitos y una cama grande con dosel. No sé por qué lo del dosel, pero así la imaginaba. Me preguntaba si tendría pareja, y apostaba a que no, o quizás lo que ocurría es que yo quería pensar que no, pero seguro que alguien la follaría por las noches, al menos algunas, y yo me preguntaba cómo lo haría, cómo le gustaría a ella.  Me preguntaba también si ella se preguntaría por mí, pero aunque yo quería pensar que sí, no podía evitar pensar que no. De haberlo hecho podría habérmelo preguntado ya que Punne tenía la iniciativa de las conversaciones. Pero jamás me preguntó nada. Ni siquiera cuando empezamos a follar.

También ella tomó la iniciativa. Fueron polvos rápidos e intensos, en el mismo parque, detrás de algún seto. Ella se sentaba encima de mí, silenciosa, y me miraba todo el tiempo, como si también estuviera pensando algo mientras tanto, pero como si lo estuviera pensando dentro de mi cabeza, como si ella misma estuviera dentro de mi cabeza, joder, ¡estaba dentro de mi cabeza!, y con esos ojos clavados me lo hacía saber, como si no lo supiera yo, todo el tiempo. Cuando se corría, Punne cerraba los ojos, fruncía un poco el ceño, y temblaba un poco. No me besaba. Ni antes, ni durante ni mucho menos después. Volvía a sentarse donde estuviera, sacaba el termo, y generalmente se quedaba en silencio. Serían diez o doce veces durante los últimos meses.

La última vez me dijo que quería ir a una habitación por horas. Me negué a pensar por qué no me invitaba a su casa. Me negué. Tampoco yo iba a invitarla a la mía. Fue la única vez que la vi desnuda. Ese día asumí la iniciativa, y la besé, y me dejó, la follé, y me dejó, varias veces, y marqué el ritmo, y me dejó, y la abracé, y la sujeté de tal forma que no pudiera irse. En las ocho horas que estuvimos juntos cerró los ojos muchas veces. Antes de irnos, me dijo que estaba casada y que tenía hijos. Yo le dije que también estaba casado, pero que la quería. Ella no dijo nada más.

Al día siguiente no fue a trabajar. Ni al otro. Al tercero me presentaron al que iba a ser mi nuevo compañero. Nunca más volví a verla. Yo dejé de limpiar jardines poco tiempo después.

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La otra tarde Raquel y yo fuimos primero al Vips porque ella no había comido, y quería comer, y yo odio el Vips, pero me dio igual porque al fin y al cabo era ella la que tenía hambre, y pidió un salteado oriental, que es lo que pedías tú cuando ibas a comer allí, cuando tenías una tarjeta y todo, es posible incluso que yo en algún momento de mi vida haya tenido una tarjeta del Vips. Fíjate que hasta tuve una de El Corte Inglés. Qué tiempos  extraños.

Cuando acabó, buscamos un lugar un poco más bonito para tomar un café, y fuimos al Ocho y Medio, que no sé por qué yo lo llamo el Café de las Estrellas, igual porque además de café es una librería de cine, y aunque lo vea a menudo y cada vez que lo vea piense “si se llama Ocho y Medio”,  cuando vuelvo a ir otra vez, o a pensar en ese sitio, mi cerebro le asigna de nuevo el nombre Café de las Estrellas, y es que él ha decidido llamarlo así.

Y estábamos allí sentadas las dos, y te aclaro que allí eran las mesas de la terraza, y esto es significativo para lo que voy a contarte ahora, cuando de pronto Raquel dejó de mirarme para mirar a la calle fijamente, porque allí en la calle estaba apareciendo una persona conocida. Y esto lo sé porque siempre cuando quedo con Raquel, siempre, encuentra al menos a una persona conocida. Quedemos donde quedemos. Quedemos en Ópera, quedemos en Quevedo, quedemos en Plaza de España, quedemos donde quedemos, siempre encuentra a alguien. No es extraño que unos momentos antes me hubiera contado que a veces Madrid se le hacía pequeño, a veces casi aldea.

Poco a poco se fue acercando la persona conocida a nuestra mesa. Era un chico joven paseando a su bebé. El chico se llamaba David, y nos pidió por favor que no nos levantáramos. Por lo menos dos veces. Y el chico era tan amable y tan cariñoso que yo no me atreví a llevarle la contraria, y además me parecía lo prudente quedarme un poco al margen para que ellos, que son los que se conocían y se habían encontrado, pudieran saludarse con un poco más de intimidad.

Supongo que por las licencias que da la confianza a Raquel no le supuso ningún reparo llevarle la contraria a David, y sí se levantó, y se pusieron a hablar de pie, pero no entre ellos, sino incluyéndome, porque Raquel no tardó en presentarme de esa forma en que me presenta siempre y que a mí me da un poco de vergüenza, como su amiga más antigua, y es que en general las presentaciones me dan un poco de vergüenza, y me sentí bastante estúpida  ahí sentada para no llevarle la contraria a David, mientras ellos hablaban ahí de pie de mí y conmigo. El caso es que mientras estaba yo ahí sentada como una completa imbécil, Raquel también me presentó a David, y también dijo cosas bonitas de él, en concreto que dibujaba genial. Y entonces David nos dijo que le acababan de contratar para hacer unos dibujos, y también contó otra cosa, y aquí es donde está todo el meollo del asunto y lo que en verdad ha sido la causa de que haya comenzado a escribir todo esto.

Contó que había estado leyendo unas cartas de Van Gogh, y que en una de ellas le contaba a un amigo que con treinta y cinco años aún no sabía qué se le daba bien hacer, y que se sentía perdido en el mundo. Y un tiempo después descubrió que le gustaba dibujar, y entonces empezó a dibujar, y se dio cuenta de que además de gustarle se le daba bien. Y que entonces se sintió mejor en el mundo, porque por fin había encontrado aquello para lo que valía. Imagina!!!! El puto Van Gogh, con treinta y cinco años, aún no se había descubierto! David lo contaba como si él llevara dibujando poco, como si antes hubiera estado haciendo otras cosas, buscando y buscando, y él también ahora se hubiera descubierto, y además le habían hecho un contrato para hacer dibujos.

El caso es que me pareció una historia esperanzadora. Y terminaba David con sus conclusiones, diciendo que para él eso significaba que lo que tenemos que hacer cuando aún estamos confusos y perdidos, es buscar, seguir buscando siempre, al margen de nuestra edad, de nuestra profesión, seguir buscando.

Y a veces cuando pasan cosas que te llaman la atención parece que el mundo se confabula para que allá donde mires todo te venga a decir lo mismo, que aunque el Dr.Puig lo explique como un fenómeno que crea nuestro propio cerebro, que lo leí ayer en un artículo que titulaban “Lo que el corazón quiere la mente se lo muestra“, y que me pareció muy interesante y muy sorprendente y lo compartí en Facebook, pero no lo pudiste leer, me gusta más pensar que el mundo se pone a emitir señales, a vibrar para que pasen cosas, y para que tú te des cuenta y no las dejes pasar, y estés atento, y por eso me encontré también con la carta de Bukowski  contra el trabajo que sí leíste conmigo, y que también compartí. Y es que él también se descubrió tarde, y lo explica aunque de una forma beligerante y rabiosa. Y casualmente ayer recibo una propuesta de Raquel para participar de una forma o de otra en su proyecto, y digo sí, aunque no sé muy bien qué cosas podría hacer bien para él, o de dónde voy a sacar el tiempo, pero es un sí.

Y esta mañana iba pensando todo esto. Y mientras lo iba pensando así, de la misma forma en que escribo ahora, dirigiéndome a ti, como si fueran pensamientos carta, que después convierto en carta, pensé también que hacía mucho que no pensaba de esa forma, y por eso hacía mucho tiempo que no escribía de esta forma. Y cuando me he dado cuenta, lo que más me ha gustado, más que Van Gogh, más que su carta, más que la esperanza y que Bukowski, más que las señales, que el café, que buscar o encontrar, es haberme encontrado pensado de esta forma.

 

Óscar y el presidente

Mi casa antigua tenía conserje, pero la nueva tiene portero. Siempre me he preguntado la diferencia entre un conserje y un portero, aunque tampoco me lo he preguntado tanto como para informarme acerca del tema, quizás la diferencia esté solo en el nombre y que portero sea el término del milenio precedente.

El portero se llama Óscar, y cada vez que me lo encuentro me cuenta cosas. Por eso sé que  solo lleva trabajando seis meses en esta portería, que está casado, que tiene una hija de tres años y un hijo de un mes, y que a partir de agosto van a vivir en la portería, como pasaba antes, en el milenio anterior, cuando yo fui una niña y mientras mi madre trabajaba me cuidaba la mujer del portero de mi casa, que se llamaba Rosa. Y en cuanto mi madre se iba Rosa me llevaba a su casa, que estaba en la portería, y allí estaban Mariano, el portero, y su hijo mayor, que tocaba la guitarra española. Los tres fumaban mucho. Y recuerdo el ambiente espeso y alegre, y a mí misma dibujando en el salón de su casa con un boli bic naranja en los márgenes del periódico.

Óscar también me ha contado que su mujer es conserje y su suegro portero (diferenció con precisión ambos términos), y que todos ellos trabajan en portales de esa misma calle. Debería haber aprovechado para preguntarle por la diferencia entre conserje y portero,  pero el darme cuenta de que estoy frente a uno de los miembros de la dinastía dueña del mayor emporio de la portería de mi barrio me deja sin reflejos, y también intimidada,  así que me abstengo de hacer ese tipo de preguntas de ignorante.  Quizás después acuda a Google.

Lo cierto es que Óscar habla mucho, pero solo de él, y en contra de la leyenda acerca de la falta de discreción de los porteros, hasta la fecha no ha hecho alusión a ninguno de mis vecinos, con la única excepción del presidente, a quien ha nombrado en dos ocasiones, y solo a través de ellas conozco su inquietante existencia.

La primera fue el día en que unos operarios de una compañía de telefonía vinieron a instalarme mis conexiones a internet, y a raíz de sus trabajos en el patio. Aún no se habían marchado del domicilio cuando llamaron a la puerta. Era Óscar y traía el rostro empapado en ira. Hay unos operarios en tu casa? Sí. ¿Puedo hablar con ellos? Claro, qué pasa? Han estado trabajando en el patio y lo han dejado sucio, y ya saben que lo tienen que limpiar. Y ha tenido que venir el presidente a decirme que los técnicos que habían venido a instalarte el teléfono habían dejado el patio sucio. Pues habla con ellos, si se lo dices con esa cara seguro que te hacen caso. ¿Y dices que lo ha visto el presidente? Sí, vive también en un primero y los ha debido oír. Vaya, ¿y qué tal es el presidente? Es un señor mayor, muy amable…. No sé por qué pero no me terminó de resultar creíble. 

La segunda vez fue unos días más tarde, cuando al volver del trabajo, Óscar me llamó y me pidió que me acercara a su garita. Perdona, ¿es posible que se te cayera ayer un calcetín al patio? Pues sí, al quitar la ropa del tendedero, pero pasó de noche y no me había dado tiempo a decírtelo. Es que me lo ha dicho el presidente, que había un calcetín en el patio y que era de tu colada. ¿Óscar, el presidente lo ve todo? Sí, es como Dios.

De entrada me incomodó un poco saber que un señor mira desde su ventana todo lo que hago, la ropa que tiendo, y sepa cuáles son mis calcetines, mis tangas, y mi ropa en general. Pero solo fue durante unos segundos. Que los vea. Que me vea. Ni tengo cortinas ni me importa lo más mínimo. Y a veces, si me paseo desnuda por mi casa y paso por delante de las ventanas que dan al patio, pienso en el presidente, y me sonrío mientras continúo caminando con total libertad. Y después pienso también en el pobre Óscar, y en cómo a él sí le cambia la voz y el talante cuando la figura del presidente se cierne sobre él, como una lúgubre amenaza para el recién estrenado emporio de porterías del barrio.

 

Rumbo a Chamberí

Hacía quince años que vivía en el mismo barrio y cuando pensaba en dejarlo sentía ciertas resistencias. Incluso si el nuevo me gustaba. Pero desde el mismo instante en que salí de allí a lomos del camión de mudanzas no he vuelto a pensar en ello hasta ahora, y solo a efectos narrativos. Iba sentada delante, junto a los dos rumanos que llevaron nuestras cosas.  Los rumanos que contraté para hacer la mudanza eran capaces de levantar a pulso cajas llenas de libros de doscientos kilos de peso, a veces levantaban dos al mismo tiempo. Era como si Hércules y algún amigo se hubieran encarnado en esos dos tipos que por fuera parecían dos simples mortales de constitución delgada. Los dioses de verdad no necesitan llamar la atención. Por qué no usáis la carretilla? Porque es más lento, contestaban. Por el camino, en el camión, iban mirando a las mujeres que hacían running por la calle. Con éstas no me importaba a mí hacer ejercicio un rato, decían, como si yo fuera uno más. Noté que el levantamiento de peso no tenía efectos sobre la libido, podría incluso funcionar como un estimulante. Mientras tanto recogí la mirada de complicidad y me puse a mirar por la ventana como un rumano más. Desde luego no se me ocurrió echar la vista atrás y mirar aquello que dejaba, estaba ocupada con las mujeres en pantalón corto. Pensaba que quince años tendrían más peso, pero aún no he conseguido encontrar rastros de nostalgia. Siento como mía mi nueva casa, mi nueva calle y mi nuevo barrio desde el instante en que llegué. Deduzco que debo tener una poderosa facilidad natural para enraizarme que no tiene nada que envidiarle a mi también poderosa facilidad natural para desenraizarme. O a lo mejor es que sólo es posible enraizarse si previamente está uno desenraizado, o a lo mejor es que ese paso es sencillo cuando uno se desplaza con las raíces puestas, junto a las personas que son su sujeción en el mundo. Y no me refiero a los rumanos.

En cualquier caso no soy tan ingenua, sé que una cosa es sentirse en casa y creerte del barrio, y otra cosa es que realmente formes parte.  Así que sé que aunque ya me sienta en mi sitio me queda trabajo por hacer, más allá del de vaciar las cajas. Porque para pertenecer hace falta no sólo que yo considere mío el lugar, sino que el lugar me considere mía a mí también. Nos tenemos que ganar mutuamente. Uno de los hitos para mí sintomático de pertenecer a un barrio es sentarme en un café y que el camarero me conozca, me salude, y sepa que el café lo tomo con la leche muy caliente. Si me pone también un vaso de agua soy capaz de abrazarlo. Sé que conseguir eso requiere un tiempo mayor que el que necesito para llamar a mi nueva casa casa. Tengo que caminar, tomar café en varios sitios, repetir en aquellos con mejores sensaciones hasta que solo queden uno o dos finalistas, y entonces seguir repitiendo, una y otra vez, hasta que se desarrollen los vínculos.

El primer día me senté en un café cercano, en mi misma calle y en mi misma acera. Tenía prisa porque me iban a traer un armario, así que no me entretuve mucho en explorar. Sólo había otro más cercano, justo en mi portal, con una dosis cañí bastante elevada, y esta me parece una cualidad favorecedora de vínculos, pero no tenía terraza para poder fumar ni sillas para poder sentarse. Solo una barra. Como ya dije, era cañí. En la terraza que elegí me atendió un camarero mayor, de esos que no llevan nada para anotar y son capaces de recordar lo que han pedido todos y cada uno de sus clientes, y le pedí un café y él me preguntó que si quería comer algo. Pues sí, algo dulce, ¿qué tiene? tengo de todo, le puedo traer un tortel… No creo que el camarero se hiciera una idea del regocijo que sentí al escuchar aquello del tortel, y eso que no me gustan demasiado, pero hacía tanto que no veía ni oía nombrar los torteles, quizás la última vez fuera a mi abuela siendo yo niña, que pensaba que debían ser ya especie protegida, y definitivamente cañí. Y le dije que sí. Me acordé de mi abuela. No tanto como cuando veo bartolillos, pero también. Cuando vaya a verla se lo contaré: abuela, ¿sabes que en mi barrio hay un café en que ponen torteles para desayunar? Y mi abuela no me hará mucho caso y me contestará con otra pregunta del tipo ¿Y tú sabes hija que esta mañana he estado hablando con mi padre? ¿Y qué te ha dicho? le diré yo, porque ella prefiere mantener su conversación, y porque además me parece mucho más interesante lo que tiene ella que contar. Me parece asombroso que con esa pila de años su cerebro se haya convertido en un prodigio para la ficción, habla y habla y todo es fantástico, y es capaz de inventárselo sobre la marcha, con el solo matiz de que para ella es verdad. Si yo tuviera ese don probablemente sería capaz de escribir una novela.

La nostalgia no traza líneas rectas. No aparece al dejar el barrio en el que he vivido durante quince años, pero sin embargo escucho la palabra tortel y me alboroza el saber que todavía existe, y lo pido para que siga existiendo. Que en realidad es lo que más me importa, el hecho mismo de la permanencia. Como con mi barrio. Hay lugares, sabores o personas donde no me hace falta estar o vivir, siempre que alguien me asegure su permanencia. Sí, sigue como siempre, y está bien. Y entonces yo puedo deshacer cajas, estrechar vínculos, tomar cafés, y enarbolar la reivindicación del tortel, o del bartolillo.

He soñado con Maleni. Primero venía sola, pero poco después llegaba Emilio. Ella hacía algún comentario acerca de su aspecto -un comentario fúnebre- sin que él se diera cuenta. A mí, sin embargo, me pareció que estaba muy bien. Desde luego no parecía que estuviera muerto. Nos encontrábamos en un lugar que me resulta irreconocible, sentados alrededor de una mesa muy larga, de madera. Tal como lo recuerdo ahora, diría que podría ser un castillo. Maleni contó en el sueño una anécdota sobre ellos, de una vez que Emilio había estado pintándole pulseras en su propio brazo. De todo tipo de pulseras. Una maravilla. Con todos los detalles. Ahora me surge la duda de si borraría una para después pintar la siguiente, o bien si las pintaría una junto a otra hasta ocupar la superficie del brazo. También me pregunto qué pinturas utilizaría. Pero esto lo pienso ahora, cuando transcribo el sueño una vez despierta, y empiezo a ser consciente de que es absurdo entender lo soñado con la misma lógica de la vigilia. Lo bonito era que me resultaba en el sueño absolutamente verosímil imaginarlos juntos, jugando a pintar pulseras.

Después de haber pintado las pulseras, Maleni contó que Emilio dijo que ya estaba bien de juegos infantiles, y entonces había sacado una pulsera de verdad y se la había regalado. También era una maravilla. Sin embargo a mí me pareció lo más irreal del relato, aunque Emilio, que yo sepa, nunca hubiera pintado.También fue un poco raro que Emilio apenas abriera la boca. Porque Emilio hablaba mucho. Tenía siempre una historia que contar. Una en cada foto, en cada libro. Y además utilizaba palabras bonitas. De esas que apenas se usan y casi se han olvidado, hasta que llega gente como Emilio y las pronuncia, y causan sorpresa, y disfrute, porque de verdad que son bonitas. Y precisas.

La historia, aunque fuera fruto de una invención onírica y probablemente no sucediera nunca, estaba contada por ella con la misma contundencia, entusiasmo, admiración y respeto hacia Emilio como todas las que le he oído contar de ellos despierta, cuando aún estaba Emilio. Porque ahora casi no cuenta ninguna. Supongo que aún no puede.

Supongo que he soñado con ella porque la vi el domingo. Me resulta inconcebible la ausencia de Emilio.  El domingo Maleni llegó sola, y yo sabía que llegaría sola, porque sé que Emilio no está, y sin embargo me resulta inconcebible que no esté. Puedo asumir que Maleni el domingo llegaría sola, pero me parece inconcebible que ya, siempre, vaya a llegar sola. Sé que va a ser así, pero no siento que vaya a ser así.

Las ausencias para siempre son inconcebibles, porque aunque racionalmente se sabe que la persona que se ha ido ya no está y no va a estar, lo que se siente es su permanencia. Muy a pesar del no ser. A lo mejor por eso he soñado con ellos, para traer a Emilio donde aún sigue estando. Para que ella pueda volver a hablar de ellos. Para poder preguntarle.

Caber en una bolsa

Estoy en la cola del supermercado. Llevo una cesta medio llena. Tengo que pedir dos bolsas. De pronto me da por acordarme de la época en la que las bolsas de plástico eran gratis y uno no tenía que calcular, y de la primera vez que pasé la compra teniendo que pedir por anticipado el número de bolsas que iba a necesitar y me quedé perpleja, como si me estuvieran pidiendo algo imposible, creo que le dije a la cajera ¿y cómo voy yo a saber cuántas bolsas voy a necesitar? Sin embargo ahora miro mi cesta y sé con certeza que son dos bolsas. Detrás de mí hay una pareja de señores mayores. Él va con bastón. Ella no. Ambos están encogidos. Los años los han empequeñecido hasta volver a una talla infantil, solo que la espalda está hacia delante, encorvada. Están discutiendo. Él piensa que la fila de al lado va más deprisa. Ella no, y además le dice que da lo mismo. Miro lo que llevan. Ella lleva un paquete de café y él unas galletas. Pienso que debería dejarles pasar. Pero no me apetece. No me apetece hablar, punto número uno. Además, si al dejarles pasar me encuentro en la situación de que el siguiente también lleva menos cosas que yo también debería dejarle pasar. Y así hasta cuándo. Al fin y al cabo mi compra cabe en dos bolsas, no llevo un carro lleno, voy a tardar poco. Pero cuando llega mi turno les digo que pasen. Mientras colocan su exigua compra en la cinta veo que el señor tiene bastón y unas gafas con patillas rojas, muy juveniles, en un contrapunto perfecto con las arrugas, la gran nariz y los ojillos diminutos. Me dice que muchas gracias, que casi nadie hace ya estas cosas. Me da un poco de vergüenza la vehemencia del agradecimiento. Por desmedido. Y por la duda de instantes atrás. La señora me da las gracias también. Me dice que me desea que pueda continuar cediendo el sitio durante muchos años. Tantos como los que tienen ellos. Yo tengo 93 y mi marido 94. Cualquiera lo diría, le digo, qué suerte tienen. Y juntos! me dice ella. Hoy hace cincuenta y tres años que nos casamos. Me da la impresión de que le brillan los ojos, y también de que probablemente ha errado en la cuenta. Le doy la enhorabuena. Recogen su compra. También piden dos bolsas. Cogen una cada uno y se marchan caminando despacio, inclinados hacia delante, uno con bastón y la otra con esfuerzo. Cuando termino de pagar y salgo los observo caminando despacio, aún a escasos pasos del supermercado. Ahora están en su casa. También aquí, pero eso ellos no lo saben.

 

Alicante (I)

Cristian sin h nos ofrece zumo de naranja, café, cruasán y tostada. El desayuno está incluido en el precio de la habitación, y empiezo el día en este punto porque antes del café no hay prácticamente nada. Cristian sin h es el regente del hostal. La contraseña del wifi es cristian-audrey, de modo que imagino que su pareja debe llamarse así, o que él la llama así, o bien no hay ninguna pareja y él es un mitómano nostálgico, pero prefiero pensar que existe una audrey de carne y hueso que lo está esperando con cara de niña y mirada pícara fumando un cigarro largo y fino en alguna de las habitaciones.

Pablo dice que solo quiere cruasán, yo solo quiero tostada. Cristian le pregunta que si ha estirado y está preparado para su convención de capoeira. Y que si la capoeira es deporte o danza. Cristian sin h pregunta mucho y habla mucho. Pablo contesta con monosílabos. Parece incómodo con el interrogatorio. En general no le gusta hablar de él, así que contesto yo. No es capoeira, es batucada, y es música. Percusión.

Cristian pregunta que cuántos son en el grupo, en qué hotel se alojan, y si no habríamos preferido alojarnos con ellos.

Terminamos de desayunar y tengo que llamar al teletaxi porque el que había pedido el día anterior no llega. Cinco minutos después aparece nuestro coche. El taxista nos cuenta que su hijo vive en Inglaterra. Que se fue allí a aprender inglés y se enamoró, y que ahora tiene una mujer y un hijo ingleses. Y también que es veterinario y gana un buen dinero, y que no cree que vuelva a España. Nos cuenta que tiene otro hijo que ha estudiado alta cocina, y que ha estado con los mejores. Cita varios nombres pero a mí solo me suena Martín Berasategui. Cuenta que ahora está en Madrid haciendo una sustitución en un instituto porque, su hijo que ha estudiado alta cocina, lo que quiere es ser funcionario. Nos cuenta que su tercer hijo es el más listo de todos y el menos afortunado, porque había decidido llevar un taxi, como él, pero era diabético, que al principio no fue un problema, pero después también fue epiléptico, y entonces tuvo que dejar de conducir. El último de los cuatro trabaja en Valencia pero hemos llegado a destino y no da tiempo a que nos cuente de qué.

Nos pregunta entre medias que qué tal está el hostal, que es muy nuevo, y que ahora había mucha gente que prefería los hostales pequeños de trato personal en lugar de los hoteles, que son muy fríos. Pablo dice que él prefiere los hostales, y que el tipo que lo lleva es muy atento. Yo pensaba que a él le había resultado incómodo y que habría preferido la impersonalidad de un hotel.

Al llegar encontramos a los compañeros de Pablo descargando los instrumentos del camión. Pregunto a qué hora tocan por la tarde, le doy dinero, y le digo que me voy y que si me necesita que me llame. Me pregunta cómo me voy a ir de allí. En tranvía.

Me voy con la sensación de que quizás habría preferido que me quedara. Sin embargo, cuando me quedo con él tengo la sensación de que le estorbo. A veces no sé qué quiere, porque no dice las cosas claras, y tengo que  interpretar. No sé si siempre acierto en mis interpretaciones. En realidad, casi nadie dice las cosas claras. Es difícil. Porque, entre otras cosas, no es fácil tener las cosas claras. A lo mejor por un lado preferiría que me quedara con él, porque le da seguridad . Y por otro prefiere que me vaya para no tener que estar pendiente de mí, y poder comportarse más libremente con sus compañeros. Así que es posible que cuando me despido, veo su lado que habría preferido que me quedara. Y que ahora que ya no estoy sus compañeros estén viendo su lado contento porque me he ido.

Mientras espero el tranvía decido volver al hotel para dejar peso y coger el plano de la ciudad, y después salir a descubrirla. Pero a pesar de haber decidido eso, cuando el tranvía para en una estación llamada Mercado, me levanto movida por un impulso, y abandono el tren. Al salir veo el mercado a la derecha, pero en lugar de ir a verlo me pongo a caminar por una calle que me llama la atención, sin saber en qué parte de la ciudad estoy, ni hacia dónde me dirijo, y juego a guiarme con el método de seguir los caminos que me llaman la atención.

En el trayecto veo la catedral de San Nicolás, casas de belleza decadente e incluso a veces ruinosa, bares de copas cerrados, el ayuntamiento, una iglesia al final de unas escaleras que suben, y subo, y hay un coro cantando en la puerta, y al final un museo de arte contemporáneo. Entro. La entrada es gratuita, pero me obligan a dejar la mochila en consigna. No trato siquiera de explicar que no voy a meter dentro de ella ningún lienzo ni escultura, ni ninguna otra instalación, y que si lo hiciera, llamaría enormemente la atención y no les resultaría difícil detenerme e impedírmelo. La dejo sin más. También me prohíben tajantemente sacar fotografías. Como me parece absurdo tener que dejar la mochila y no poder hacer fotos sin flash, y consciente de estar comportándome de una forma pueril, me dedico a la fotografía furtiva.

El museo es pequeño, pero tienen un chillida, un tápies, un par de mirós, un juan gris… me parece que tiene un cierto interés. Pequeño pero escogido. Sin embargo, a lo que más tiempo le dedico es a un mural lleno de dibujos de niños, cuyo tema es “El miedo es” y cada niño, en un folio, ha dibujado o escrito su propio concepto. Y voy leyendo uno a uno. Miedo es la soledad, miedo es soñar con zombies, miedo es las arañas y los elefantes, miedo es la muerte, miedo es estar solo, miedo es el fin del mundo, miedo es yo no le tengo miedo a nada, miedo es la intensidad del atleti. Saco una foto y se la mando a Miguel.

 

 

 

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