Pesadillas

Ayer soñé que, sin querer, paría un hijo en medio de una total indiferencia. Salía del baño, con cierta angustia, sujetando a esa criatura resbaladiza unida todavía a mí por el cordón. En la casa había mucha gente, casi toda desconocida. Creo que tú sí estabas, y creo que eras tú a quien le pedía ayuda para cortar el cordón, pero no estoy segura. Estabas en la cocina recogiendo el lavaplatos. Interrumpías la tarea para mirarme allí de pie, desnuda de cintura para abajo, con las piernas ensangrentada, sujetando a una criatura que aún no había llorado. Y me decías con voz dulce y tranquila “yo con eso no puedo”. Después te volvías a dar la vuelta, cogías el cestillo de los cubiertos y los colocabas con diligencia en su cajón. El pasillo estaba oscuro y se escuchaba el sonido del televisor. En una de las habitaciones alguien cantaba. En otra se oían ecos de conversaciones multitudinarias, voces desconocidas, risas.

De alguna forma que no se mostró en el sueño se solucionaba el escabroso asunto de la separación del hijo. Mi desasosiego contrastaba con el ambiente en la casa. Entonces se me metió en la cabeza la incómoda idea de acudir a un hospital. A los niños cuando nacen los revisan, para comprobar su estado de salud. Alguien debería hacerle el test de Apgar, tal vez. Pero no era capaz de articularlo con palabras. Esperaba que a alguien se le ocurriera tomar esa iniciativa.

En el siguiente plano, la criatura está guardada en una bolsa de tela respetuosa con el medio ambiente. Antes de ir a un hospital debemos comprar el pan y hacer algunos otros recados. Procuro dominar mi ansiedad: por fin estamos de camino. La barra de pan está en la misma bolsa que el niño. Entonces me percato de que aún no ha llorado. Agito un poco la bolsa. Me da miedo mirar dentro. Me da miedo que pueda hallar un ser inerte, enfermo, no apto para la vida. Quizás por eso no lo he tomado en brazos en ningún momento. Agito las asas de la bolsa de tela. Entonces el niño llora.

La cámara del sueño a veces enfoca a través de mis ojos, y estoy en el asiento del copiloto de un coche. Otras veces enfoca dentro de la bolsa y yo puedo ver lo que hay dentro. Un bebé muy pequeño, anormalmente pequeño, amoratado, sucio, desnudo, está abrazado a la barra de pan, y tiene la boca pegada a ella. Entonces siento en mi propia lengua el tacto de la corteza áspera por primera vez. Aún hay que hacer alguna otra compra. Hay ofertas. Entre medias liquido un impuesto, y aparece una mujer que traiciona tu confianza. Vuelvo a agitar la bolsa. Escucho un llanto débil.

Sigo sin decir nada. Trato de ir disolviendo la ansiedad y resignarme, porque por fin he comprendido que este es uno de esos sueños en los que jamás voy a llegar a mi destino. Nadie me va a decir si esa criatura está bien o no, si es capaz de vivir, si puedo quererla, si existe. Quizás nunca la sostenga en brazos. Alrededor todo continúa en equilibrio, como si intentara hacerme entender lo absurdo de mi deseo contumaz. Nadie excepto yo la ve, y nadie excepto yo la oye. Nunca vamos a llegar a ningún hospital ni esa criatura va a salir de la bolsa. Y me da igual. No lo necesito. Ni eso ni corroborar su existencia. Ya la quiero. Con resignación trato de destensar los músculos de mi espalda y de acomodarme en el asiento de ese coche. Me conformo con agitar de nuevo la bolsa. Y escuchar el llanto.

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Por fin los ciervos

Un día, cerca de un fin del mundo, mantuvimos una conversación absurda. Pregunté en voz alta, y desde luego sin pensar, desde cuándo Europa se nombraba Europa. No se trata de una pregunta que formulara desde la nada. Mientras tomábamos café, en un rato de aparente silencio, me había detenido a pensar en otro nombre que había leído varias veces esos días. Los picos de Europa. Y entonces me había dado por pensar por qué los habían llamado así. Llamar Los picos de Europa a Los picos de Europa, cuando en el continente hay cordilleras mucho más elevadas e imponentes, como los Alpes, Pirineos, Urales o la cordillera del Cáucaso… me había parecido tan pretencioso que ese nombre, Los Picos de Europa, solo podía provenir o bien de la ignorancia, o bien del chovinismo. Salvo, claro, que Europa, cuando fuera nombrada Europa, no comprendiera la misma extensión que es ahora. Unos Picos de Europa -en cualquier caso- habría resultado más acertado. O salvo claro, también, que no se estuvieran refiriendo a Europa continente sino a Europa diosa, y se tratara de algún tipo de ofrenda o tributo. Hacía mucho tiempo que no manteníamos conversaciones inútiles. Y solo después de mantenerla me di cuenta de que las echaba de menos.

Por la mañana habíamos estado postergando una conversación útil acerca de adónde ir. Las conversaciones útiles me asfixiaban. Creo que sencillamente se trataba de una falta de aire. Así que con el objeto de no vararme en una de ellas, tomé la decisión de que por la mañana seguiríamos el plan previsto inicialmente. Y después de comer jugamos a un juego. Yo señalaba un punto en el navegador, sin que tú supieras cuál es. Y tú conducías sin saber hacia dónde siguiendo las indicaciones. Habría carreteras secundarias, habría bosques, habría luces y sombras, habría montañas y precipicios, habría tanta belleza en el camino que daría igual dónde estuviéramos cuando el navegador pronunciara su “ha llegado a su destino”. Y nada más.

Cuando llegamos al destino supimos que sí había un propósito en él. Un acantilado quedaba a nuestra izquierda, y, según avanzábamos, la certeza de que no habría un lugar para dejar el coche iba siendo mayor. Además, cada vez eran más los coches que veíamos aparcados en el arcén. Te obligué a dejarlo allí, en un lugar no establecido, no señalizado con líneas blancas pintadas en el suelo, y poco convencido accediste, y continuamos a pie. No había mucha gente y la que había estaba tomando el camino de vuelta. El camino a pie continuaba bordeando el acantilado. Se veía una playa allá abajo, en vertical, abierta entre dos grandes peñones. Yo sabía cuál era su nombre puesto que había pulsado ese punto en el mapa. La playa del silencio, y, al margen de su nombre, al verlo supe que se trataba del fin del mundo. Pero, para no pecar de ignorancia ni de presunción, lo dejaría en un fin del mundo. Allí se terminaba todo, y ante ese espectáculo lo menos que podía uno hacer era callarse, y admirar.

Llegar hasta allí abajo era sencillo: había que tomar un camino empinado rodeado de vegetación y flores, y después unas escaleras. Subir sería otra cosa. Ya he contado que las gentes ya volvían cuando nosotros llegamos. Y al cruzarnos con unos iban diciendo joder, con esta subidita tengo el chorizo y los garbanzos de la comida…. mientras, otro preguntaba y cuándo cenamos. Me di cuenta de lo acertado del nombre. Las palabras pueden hacer mucho daño. Las palabras son capaces de banalizar un fin del mundo imponente y sagrado. Y no hay castigo para eso. O quizás sí. Me habría gustado que fuera tan sencillo cerrar los oídos como cerrar los ojos, para mantenerme a salvo, para mantener a un fin del mundo a salvo de la degradación. Hasta qué punto todo es frágil. Ni siquiera un fin del mundo, que ha tenido a bien terminarse con bosques, y flores y acantilados, y una playa, y un sendero, y una luz que colorea de plata el mar que concluye lo demás hasta el horizonte, ni siquiera él está a salvo de la degradación, de convertirse -palabras mediante- en un vulgar destino turístico donde hacer tiempo y fotografías entre comida y comida.

El suelo de la playa no era de arena sino de piedras de cantos rodados. Allí solo hay dos niños pequeños. Juegan con las piedras. Una playa así les ofrece diversión durante horas. Nos sentamos algo alejados, y solo escuchábamos el ruido de las piedras al chocar contra el mar, y al propio mar. Nos tumbamos en unas rocas suaves, con formas anatómicas que nos acogían. Fumamos. Contemplamos un fin del mundo que desde entonces y en adelante ya sería nuestro. Me besaste. Y por supuesto no mantuvimos ninguna conversación acerca de la cena, ni pensamos dónde iríamos después, al salir de allí, ni ninguna otra conversación útil con la que romper ese lugar sagrado. Que lo era por su propia belleza, pero también y sobre todo, porque, conscientes, le estábamos otorgando ese valor.

Al salir de allí continuamos con el juego. Pulsé un lugar en el mapa. Resultó ser un pueblo de pescadores. Las casas eran de colores y en muchas había un cartel de Se vende. La entrada al pueblo era la única zona en llano, el resto del pueblo se iba alzando en vertical. Tomamos café, caminamos un poco, vimos un ciervo. Quizás en esta ocasión sí podría decir que no era un ciervo, sino el ciervo, nuestro ciervo. Ese que está representado en nuestras espaldas, y tuvo a bien hacerse símbolo de carne y hueso aquella tarde. Para nosotros. Y según iban pasando las horas me daba la sensación de que yo era cada vez más yo y que tú eras cada vez más tú. Y que por eso podíamos volver a vernos otra vez, del todo.

Me pregunto si siempre hace falta alejarse para encontrarse, para estar cerca. A diario hay mucho ruido. Hay ruido por todas partes. Todo el tiempo. Me pregunto cómo hace el resto del mundo para sobrevivir al diario. Incluso a un diario que ama. A un diario que amo, y al que estoy deseando volver después de un par de días alejada de él tanto como antes de irme necesitaba dejar lejos. Leo en un artículo que contiene una entrevista a Rafael Argullol, y que se llama “La memoria es nuestro mito” -el título ya por sí mismo justifica la lectura- que “el hecho de viajar supone para la persona que realiza tal acción el despojarse de cualquier rol de su vida diaria; digamos que viajar nos ayuda a ser más nosotros mismos, libres de cualquier atadura. Argullol se mostró totalmente de acuerdo con esta afirmación, y añadió que esto es así «porque desplaza al hombre de sí mismo y le hace mirar desde otro lado, otro territorio».

Quizás el problema sea identitario. Yo soy tan yo libre y desplazada desde ese otro territorio, como yo llena de las obligaciones que yo misma he elegido, y de las inercias y el ruido que me imponen. Y no existe la una sin la otra, y si una de las dos se diluye la otra sufre, y aquí estamos siempre tratando de conservar un equilibrio inestable, imposible, el propio, el nuestro. Olvidando y recordando de nuevo cómo se juega.

El banco

El otro día me senté a esperar en un banco en la calle. Encontrar un banco en la calle es casi una excentricidad. Lo hablábamos el otro día, mientras paseábamos cansados, y recordábamos Londres, lleno de parques en los que londinenses de cepa o de prestado nos sentábamos. Aquí hay grandes aceras llenas de terrazas para poder consumir. Aquí hay dos opciones, caminar o sentarse en una terraza y pagar tres euros por un café. Y ese día encontramos un banco, frente al escaparate de una óptica. Y allí estuvimos un rato, mirando el escaparate y la gente pasar. Y de tanto mirar al final casi terminé creyendo que necesito unas gafas de sol, y agradecí enormemente que no nos hubiéramos sentado en un banco frente a una inmobiliaria, pues eso habría complicado mucho las cosas, y ante esa nueva perspectiva, tres euros por un café resultaba un daño inofensivo.

El banco se ocupó enseguida por una pareja. Ella era camarera de una cafetería que tenía terraza -claro- justo enfrente de mi banco. Lo sé porque llevaba el mismo uniforme que los camareros que llevaban bandejas con cafés y cervezas mientras ella a mi lado charlaba con un joven y fumaba de forma compulsiva: una camisa blanca con un logotipo bordado en el brazo y un delantal blanco. Es posible que fuera su momento de descanso. Ella le estaba relatando una ruptura reciente. Para ser más precisa te diré que ella le estaba leyendo la conversación que mantuvo por whatsapp. Era algo así:

Me encanta estar contigo, me divierto cuando charlamos y cuando follamos más todavía. Pero ya sabes que en estos momentos no estoy bien y creo que no puedo mantener una relación.

-¿Quieres decir que quieres que me vaya y que no quieres volver a verme?

No, nunca. Quiero verte, y hablar contigo, y tomar café, eres mi mejor amiga y te quiero. Pero a pesar de que te quiero no quiero mantener una relación de otro tipo. ¿Eso puedes entenderlo?

Bueno, cuenta conmigo, si un día me necesitas yo siempre voy a estar ahí para apoyarte.

Y después de leerlo hablaban ambos. Yo los escuchaba con la sensación de que según ella le iba leyendo sus mensajes estaba transformando su dolor único en una simple ruptura más. El mundo partido por la mitad, el suelo resquebrajado y movedizo reducido al clásico te quiero como un amigo. ¿No crees que eso ocurre? Te enamoras y te parece que el tuyo es el primer amor del mundo. Y entonces vas y lo cuentas. Lo cuentas una y otra vez. Y entregas los detalles, y entregas las palabras, y entregas las escenas, y lo que queda después de todo eso es una mierda, es un gesto cotidiano más, un enamoramiento más, un polvo más, un desayuno más, un amanecer más. Es una mierda si lo comparas con lo que fue. Me imagino a esa chica antes de que llegara el amigo. Llevando bandejas con cafés y cervezas, sonriendo de lado a los clientes, tratando de mantenerse en pie sobre un suelo vulnerado e incierto para no verter la cerveza. Con todo eso dentro. Como una cerveza llena de gas contenido con una chapa. Y me pareció una imagen mucho más hermosa. Durante esa conversación de banco, al ponerle nombre a todo aquello lo había banalizado. Y allí seguía, a mi lado perdiendo el gas. Una mujer más, una camarera más, una conversación privada compartida más, una excusa manida más, una ruptura más. Tan absurdo, tan previsible.

El amigo le dice lo que ella necesita oír, creo que él sí te quiere de verdad, pero tiene pinta de estar hecho un lío, ella se pregunta si ella podrá ser su amiga, él le dice yo en tu lugar le diría esto (alguna cosa manida que ya no recuerdo, seguro que se te ocurren unas cuantas), ella se pone a escribir. Él mientras se va al estanco. Vuelve del estanco indignado porque no tienen Chester, ni Lucky, ni Marlboro, así que se lo comprará en su barrio.

Y de pronto llegó otro tipo. El tipo indignado se despide y el tipo nuevo ocupa su lugar en el banco. Ya sabe lo que ha ocurrido; a este no le enseñó la conversación del móvil. Este le dice que él no va a opinar, que los conoce a los dos, que es una putada, pero que son cosas de ellos. Ella insiste. Tú me conoces, sabes cómo soy, ¿cómo crees que me afectaría mantener una amistad? El contesta que le parece la opción más madura, pero que es ella la que tiene que ver sobre la marcha cómo le afecta, si le sienta bien o mal. ¿Pero tú cómo crees que me va afectar? ¿Me va a hacer daño? En un momento dado te juro que pensé que iba a estallar con tanto cliché. Él no tiene respuestas. Nadie tiene respuestas.

El segundo amigo se despide. No hagas tonterías, le dice. No te preocupes, pensé, ahora es más vulgar, pero está más segura.

Ella no miró a su amigo alejarse. Apuró la última calada del cuarto cigarro que se había fumado, se dirigió con paso rápido a la cafetería y desapareció por la puerta negra. Yo solo tuve que esperar unos pocos minutos más. Los camareros continuaron sirviendo cervezas y cafés. Y en los bancos continuarían sentándose y levantándose personas a esperar, a descansar, a mirar el móvil, a mirar alrededor, a ahorrarse los tres euros de un café, a hacer un dibujo, a banalizar, a sacralizar. Eso ya no lo vi, y no te lo puedo contar. Pero lo intuyo con certeza.

El pensar desordenado.

Podría decir que escribo por torpeza. Durante mucho tiempo pensé que se trataba de torpeza en mi expresión oral. En realidad, durante mucho tiempo no necesité la expresión oral más que para mantener conversaciones o debates informales, para comunicarme con las personas que me rodeaban. Y, normalmente, después de una conversación, me quedaba con la impresión de no haber capaz de expresar aquello que realmente pensaba. Sin embargo, cuando me detenía en escribir y ordenar ideas y razones, con tiempo para pensar, rectificar, investigar y ordenar, sí me he sentido muchas veces conforme, y releyendo me he dicho a mí misma, sí, esto era.

De hecho, muchas veces he necesitado acudir a la escritura no solo para comunicarme con los demás, sino para comprenderme a mí misma. Especialmente ante el desconcierto que me provocan el enfado, la rabia o la tristeza. Porque, especialmente en esos casos, las voces de mi pensamiento se multiplican, hablan todas a la vez, sincronizan argumentaciones, me sitúan simultáneamente en diferentes recuerdos, y no se callan, no se callan en ningún momento, y soy incapaz de relacionar sus voces, de encontrar la conexión entre los recuerdos, de alejarme de mí misma y entenderme.

Pero al escribir me pasa lo mismo que al hablar. Y tras la lectura de un primer borrador pienso qué desordenado escribo. Pero no. El problema no es que hable desordenado, ni que escriba desordenado. El problema, mi torpeza, es que pienso desordenado.

Por eso, las ventajas de escribir frente al hablar, en mi caso, son evidentes. Tengo más tiempo para ir desentrañando mis voces, para encontrar la relación que existe entre ellas, y, además, la posibilidad de rectificar su orden y estructura. La escritura es una aliada para combatir mi torpeza.

Campaña electoral

Soy un chaval clásico, de esos a los que cuando les preguntan qué quieres ser de mayor te contestan que futbolista. Ya voy teniendo una edad para esas respuestas, supongo, pero si me preguntan qué quiero pues que se atengan. Y si no, que reformulen la pregunta. Qué crees que vas a ser de mayor, por ejemplo. El otro día me mandaron un proyecto de inglés. Tengo que preparar unas diapositivas y hacer una exposición de dos minutos. ¿Tema? Sí, mi profesor se rompió las pelotas: qué quiero ser de mayor. What I wanna be when I grow up. Al menos así lo he traducido. Mi madre me ha ayudado con el aspecto técnico. Yo ya soy de la era tablet, y tocar con los dedos una pantallita bien, pero me pones un teclado delante y estoy jodido. Total, que yo estaba con ella, y entonces ella me iba preguntando. Bueno, qué? A ver, es mi madre, me conoce, supongo que no esperaría que le fuera a contestar que ingeniero industrial. Pero sospecho que mantenía un cierto margen de duda. Algo así como no pensará decir delante de toda su clase con la edad que tiene que quiere ser futbolista. Insiste. ¿Qué? Football player. Creo que aunque hubiera cambiado de opinión habría contestado eso. Solo para ver su cara. Y entonces empieza con su rollo de las opciones. Por rellenar diapositivas. Porque con lo de futbolista no sé yo si te va a dar para hablar dos minutos. Porque aparte de la posición en la que te gustaría jugar y el equipo, no creo que haya mucho más que contar al respecto, no? Efectivamente, mi afición no la he heredado de ella. Le di mi opción b, mi opción c y mi opción d: atleta, fisioterapeuta deportivo y profesor de educación física. Y he de reconocer que las dos últimas las tengo en mente porque mi madre me las ha sugerido y a mí se me han quedado ahí grabadas. Pero no dejan de ser opciones prestadas.

La otra tarde quedé con mis amigos. No tengo mucho tiempo libre porque ya entreno tres días a la semana más los días de competición. No quedé con mis compañeros de equipo, sino con los de mi instituto. Éramos tres. Quedamos para jugar al fútbol. Nosotros tampoco nos rompemos mucho las pelotas, la originalidad está sobrevalorada. Es difícil jugar al fútbol en la ciudad. A quince minutos de mi casa hay unas canchas. Están enrejadas. Y están siempre llenas de gente. No conozco otras en el barrio. Así que nos vamos turnando. Nosotros tres nos juntamos con otros chavales que no conocíamos. Es lo bueno del fútbol, no hace falta conocer a nadie. Llegas allí, te unes a quien sea y juegas. Hay unas reglas en las canchas. Se juegan partidos a dos goles y se cambian los equipos. Estuve allí tres horas y jugué tres partidos. Y eso que como estaban los amigos de mi hermano, cuando se fueron los míos me reenganché al último con ellos. Mientras comíamos pipas, charlábamos, mirábamos el móvil.

Ya he dicho que estuve allí mucho tiempo esperando. Quizás si hubiera estado jugando al fútbol habría podido desviar mi atención, pero de pronto aquello empezó a llenarse de gente. Debía haber mil o cinco mil personas. Con muchas banderas. Y un tío con barba y un micro empezó a dar gritos, y toda esa gente gritaba y aplaudía. Y entonces el tío de barba empezó a gritar ¡viva España! y la gente contestaba a gritos ¡viva! ¡viva España! ¡viva! ¡viva España! ¡viva! Y otra vez, tú, ¡viva España! ¡viva! Joder, era ensordecedor. No sé, yo veo todas las competiciones que pongan por la tele, la liga, la champions, la europa league, los mundiales, la eurocopa, las olimpiadas, y todo lo que sea, y escucho el himno, y he ido al campo, y he escuchado y cantado a gritos lo lo los y todo eso, y voy con España y tengo una camiseta de la selección. Pero eso era distinto. No sé, no sé qué era.

Cuando llegué a casa mi madre me preguntó que dónde había estado todo ese rato. Jugando al fútbol. Sí que recuerdo que durante la cena, en el telediario, por una vez presté atención a las noticias antes de que llegaran los deportes. Por lo visto va a haber elecciones. Pusieron imágenes de varios partidos. Identifiqué rápido a los que habían estado junto a las canchas. Y sin tener ni idea de nada me volvió de nuevo la sensación de hacía un rato en las canchas. Sí, ya sé qué era. Miedo.

Equilibrio inestable

Parece que he llegado a un equilibrio con mis alumnos de primero. Soy consciente de que es un equilibrio inestable. No gano guerras, solo batallas. Que un día una clase funcione, o que durante unos días la clase funcione, es una situación efímera. Se aburrirán, se desbaratarán y tendré que inventarme algo nuevo. Sé que son más eficaces los premios que los castigos.

Cronológicamente, los premios por trabajar han sido ver un corto al final de la clase, los concursos y el juego del ahorcado. Ahora estamos con las canciones. Los últimos cinco minutos, si nos ha dado tiempo a hacer todo lo que teníamos previsto, les dejo pinchar música. Este último premio no está exento de desbarajuste. Genera conflictos. A quién le toca elegir canción, moderar los volúmenes, confiar en que no entre nadie en el aula justo en ese momento.

Es un grupo reducido. Cuando normalmente en un aula hay treinta alumnos y entras en un grupo de trece enciende las alarmas. La terapia ocupacional adquiere su máxima expresión. En las horas bajas he llegado a pensar que si durante todas las horas en las que les he explicado lengua hubieran estado coloreando mandalas, el resultado habría sido el mismo.

Rafa sigue trayendo anillos. Rafa, cuidadito con ellos, le digo. Aún se acuerda de aquel día. Del dedo hinchado. De su miedo. Llamamos a su madre y nos dice que le han retirado la custodia, que vive con un familiar. Llamamos al familiar y nos dice que está trabajando y que no va a salir del trabajo para eso. Cogemos un taxi con él una compañera y yo y lo llevamos al centro de salud y después al hospital. Hay que sacar el anillo urgentemente.

Rafa habla todo el tiempo, rara vez participa en las actividades de clase, se niega a sentarse en su sitio, y aunque sea la décima vez que le pides que se calle un poco hay que hacerlo con un tono de voz suave y utilizando las palabras mágicas. Por favor. Las amenazas de castigo y el tono de voz agrio le vuelven insolente. Los castigos también. Se los toma como algo personal. Creo que ahora vuelve a vivir con su madre.

He aprendido a tener paciencia. La mayor parte de ellos no conseguirá el graduado escolar. La mayor parte de ellos se marchará del instituto antes de terminar segundo. Y yo tengo que intentar que distingan entre un morfema flexivo y otro derivativo, o entre un complemento directo e indirecto. Pintar mandalas tiene muchas ventajas. Al menos creo que acabarán el curso sabiendo qué es estar desconcertado, ser astuto, reprochar o un galimatías, y, con un poco de suerte, distinguir entre objetividad y subjetividad.

Leímos Abdel en clase. Les gustó. Narra en primera persona, desde un centro tutelado de menores, las dificultades que sufrió un chico marroquí al emigrar a España en patera con su padre. Sofía lleva unos días también en un centro tutelado. Aún no sé si va a volver a clase o si la van a trasladar de forma definitiva y cambiará de instituto. Por lo visto tuvo un problema este fin de semana. Un problema. Los problemas no son los mismos en todas partes.

El primer libro que leímos en clase fue un fracaso. Los días en que llegaba cargada con ellos protestaban. De entrada siempre protestan. Manolo se dormía y roncaba como un oso. A mí esos ronquidos me quitaban el mal humor. Interrumpía la lectura y les decía: escuchad. Y se quedaban en silencio absoluto. Y retumbaban los ronquidos. (Aquí los ronquidos). Y estallaba la risa. Después de dejar que la risa estalle es difícil reconducir la clase, que se vuelvan a tranquilizar y continuar leyendo. Debería saberlo. Pero también sé que si no nos riéramos, a pesar de los riesgos que conlleva, no podríamos soportarlo.

Con Abdel sin embargo me pedían seguir. Es corto y es sentimental. Les gustan las historias sentimentales de personas con problemas. En la época de los cortos me pedían cortos tristes de maltrato y acoso y racismo y cosas así. Ahora me pedían continuar la lectura. Mañana también leemos, vale?, decían.

Manolo me pidió que leyera yo los dos últimos capítulos: es que tú lees bien. No hubo ronquidos. Cuando terminó les pregunté qué les había parecido a pesar de que lo supiera. Nos ha encantado.

Ese día salí contenta. Al cruzar paso junto a un corrillo con algunos de mis alumnos. Rafa me grita, adiós, profe! Se separa de sus amigos y me abraza. Después continúo caminando hasta el autobús que me lleva de vuelta al otro mundo. Feliz.

Terapia ocupacional

Desi vino el martes a clase después de varios días de ausencia. Justo a tiempo para hacer el examen. Cuando le entregué la hoja esperaba el comportamiento que venía siendo habitual los últimos meses. Pondría su nombre, me lo entregaría, y yo, acto seguido lo enviaría al fondo de la clase para que no molestara a sus compañeros buscando conversación para combatir el aburrimiento. Él se dormiría o bien sacaría de su mochila uno de los libros que le gusta leer, best sellers de contenido erótico.

Sin embargo, esta vez, Desi varió el guión. Al entregarle la hoja me miró y me dijo, este no voy a poder hacerlo porque ni he estudiado ni he prestado atención, pero el próximo lo voy a hacer bien. Yo también varío el mío. Desi, inténtalo. La pregunta tres es un regalo. Léela y contesta, es de puro sentido común, cualquier de vosotros debería ser capaz de hacerla sin haber estudiado. En la pregunta cuatro solo tienes que pintar una pirámide de población, si no sabes te enseño. ¿Con eso voy a poder aprobar? No, pero siempre es mejor que un cero, y además, y no menos importante, por lo menos te entretienes. Ese es el argumento al que yo llamo de terapia ocupacional. No sé si servirá de algo, pero al menos te entretienes. Mi madre lo usa mucho. A mí planchar no me importa, es entretenido. Montar muebles me gusta, es muy entretenido. Por qué no usarlo con una pirámide de población…

En clase de lengua mantuvo su cambio de actitud. Cuando lo separé de su mejor amiga no tuve que volver a explicarle, como cada uno de los días que los separo, que son todos los que vienen a clase, el por qué; Desi lo hizo por mí. De esta forma me pude dar la vuelta y empezar a copiar en la pizarra unos deberes improvisados. Me inventé sobre la marcha la oración para que analizaran sintácticamente. “Ayer le dije cosas horribles a mi madre”. Escuché a Desi comentar en voz alta: como yo. Suelen comentar en voz alta todo aquello que se les pasa por la cabeza, como si no hubiera nadie ahí dentro controlando. Es algo que unos días me parece maravilloso, otros es un tormento. Al girarme compruebo que los está copiando. Su pirámide de población es la mejor de toda la clase. Y por la tarde haría los ejercicios.

Me pregunté por el cambio ¿habría hablado con su madre?

Al final de la hora me pregunta si podrá asistir a la reunión que tendremos la semana que viene su madre, el orientador y yo. ¿Quieres estar? Si se va a hablar de mi FP sí. Bueno, déjame que pregunte.

Su nota en el examen de geografía es un tres y medio. Mejor que cero, no? Sí, mejor que cero.