Cómo acabar con la escritura de las mujeres

He empezado varios borradores desde la última vez que escribí. Desde entonces, de hecho, me han cambiado el procesador de wordpress y ahora no sé cómo justificar el texto. Y hoy, antes de ponerme a escribir he tenido que hacer varias cosas urgentes. Urgentes de una urgencia con un tremendo parecido a excusa. La última de ellas ha sido comprarme unos auriculares. La compra ha sido rápida, no creas, desde el mismo lugar desde donde estoy escribiendo ahora, sin mojarme ni ponerme el abrigo. Me he entretenido un poco más con el asunto de la elección. ¿De los pequeños, de los grandes, con cable, con bluetooth? He sopesado bastante las opciones, no se puede decidir algo así a la ligera. Finalmente he decidido los pequeños y con cable. Mis criterios han sido prácticos. Para algunas cosas soy práctica. Para otras no. Casi nunca sigo un patrón en todo. Será por lo de tender al caos. Pero con el asunto de los auriculares he sido práctica. Desde que voy en metro a trabajar he dejado de escuchar música a diario. Al principio no me daba cuenta. Pero después de tres meses empiezo a echarlo de menos. Creo que de la misma forma que alguien a quien le han amputado un brazo o una pierna, que en situación de reposo no sienten la pérdida, les parece que lo siguen teniendo. Pero no. Yo he estado como el recién amputado en esa situación de reposo. Sin embargo, poco a poco, comienzo a notar esa ausencia. Creo que en la sensibilidad. Y eso que cuando la escuchaba conduciendo la música solo hacía efecto a medias, con atención incompleta, escuchar música y conducir es multitarea. Por eso cuando vamos en el coche y conduces tú, y yo puedo dedicarme en exclusiva a escuchar, como si me hubiera metido en una bañera de música, pero con ventanas y paisaje en movimiento, me abandono al trance. 

Es bonito abandonarse al trance. Y recuperar la sensibilidad perdida. Como volver a dar instrucciones por inercia a una mano que creías perdida, y darte cuenta con asombro de que esa mano existe, y que responde. Por eso he decidido comprarme unos auriculares para poder escuchar música en el metro, o cuando voy andando por la calle.

Es cierto que ahora en el metro leo. Cuando conducía no podía leer por motivos evidentes, y ahora sí. Y que no puedo escuchar música y leer al mismo tiempo. Para mí son dos actividades incompatibles. Tampoco puedo escuchar música y estudiar. O escuchar música y trabajar, o escuchar música y realizar cualquier tarea que exija una mínima concentración. La música lo acapara todo. Ahora estoy leyendo “Cómo acabar con la escritura de las mujeres”, de Joana Russ. Es pedagógico. Quizás demasiado. Quiero decir, que pone nombre a todos esos factores que hacen que la literatura femenina haya sido y siga siendo silenciada. (Negación de la autoría, contaminación de la autoría, doble rasero del contenido, falsa categorización, exclusión, el mito del logro aislado… ahora mismo estoy en la falta de modelos a seguir). Y está bien transformar la intuición en una serie de causas con un  nombre y una explicación concretas, y que vengan sustentadas con ejemplos. Pero me pasa que tengo poca paciencia. Y cuando entiendo lo que me han querido explicar no necesito un segundo ejemplo, ni un tercero, ni un cuarto. Que quizás sean expuestos para fundamentar las tesis de la autora, para que resulten más rigurosas, para evitar la tentación de pensar que aquello que expone es anecdótico. Pero yo no tengo paciencia. Y me desespero y voy pensando, venga, ya, esto me quedó claro hace veinte páginas, sigue contándome algo que no sepa, dame una revelación. Me encanta esa sensación de haber descubierto algo realmente importante, algo que de pronto va a hacer que tu vida cambie. No ocurre tanto. Ocurre con más frecuencia esa sensación de que ya no hay nada que pueda sacudirme con esa fuerza, que me vaya a dejar agotada del descubrimiento, de la emoción, de la sorpresa. Por suerte es solo una sensación. La vida se las arregla para demostrarme lo falso de la misma. Para mantenerme atenta. 

Con la música a veces me pasa también, me refiero a esa terrible sensación de que ya he escuchado todas las canciones que me iban a sacudir. Pero no. Sigo descubriendo música emocionante. La emoción es una droga. La ausencia de emoción me desespera, me cansa, me aburre, me desespera, me languidece. Prefiero estar triste que no estar nada. Estar nada es como no estar. Mientras escribo esto me doy cuenta de que el ensayo me interesa pero no me emociona. Y que el interés es moderado. El interés moderado es insuficiente. Mientras escribo esto también me acuerdo de la recomendación de Paloma y con el teclado me compro Apegos feroces de Vivian Gornick. Mientras escribo esto me pregunto si cuando tenga en mi mano auriculares y libro elegiré lo primero o lo segundo. O si quizás opte por no renunciar, que ya sabes que nunca me ha gustado, y a ratos lea y a ratos escuche. 

Y por ese motivo, porque quiero tenerlos siempre a mano, junto a mi libro, mis carpetas, mi bolso, sin añadir más peso ni bulto, y que en cualquier momento pueda usarlos sin tener que estar pendiente de cargar una batería, por todo esto, y por todo lo que he escrito antes, he decidido ser práctica y comprar unos auriculares pequeños de cable. 

Una vez resuelto este punto, puedo empezar a escribir. 

Anuncios

En la playa no hay móvil (II)

Pablo quiso que nadáramos hasta la boya. No sé a qué distancia está de la orilla. A mí me resultaba lejos. Después leí que la distancia máxima a la que pueden estar las boyas que delimitan la zona de baño es de 200 metros. Por mucho que digan acerca de la utilidad de las unidades de medida, doscientos metros no es la misma distancia en tierra firme que en el mar.  Me parecía escuchar la voz de mi padre advirtiéndome sobre los múltiples peligros de nadar tan lejos y de la insensatez de hacerlo. No solo la desoí adentrándome con él sino que traté de convencer a Miguel de que nos acompañara. Al fin y al cabo es el deportista de la familia y el que mejor forma tiene. Yo la que peor. Pensé en algún posible problema con alguna corriente allá lejos, y en cómo me las iba a apañar para ayudar a dos. Mal. Venga, Miguel, que no pasa nada, tú nadas muy bien, te he visto nadar un largo tras otro durante más de una hora. Tras pensárselo mucho terminó decidiendo que no, visiblemente irritado por no atreverse, y también por quedarse fuera. Pablo, como buen hermano mayor, aprovechó para burlarse. Pablo, respétalo. No lo hizo. Miguel le dio la réplica, ojalá te mueras y te coma un pez. Me hizo mucha gracia y decidí emplearla cuando tuve ocasión en los días siguientes.

Nadar en el mar, lejos de la orilla, cuando cubre y el agua es negra, y no se ve nada debajo, y van desapareciendo los ruidos de la playa hasta que se instala un silencio que solo rompe el agua golpeando contra sí misma, siempre me ha parecido inquietante, pero al mismo tiempo me atrae. Llegamos a la boya con menos esfuerzo del que imaginaba, y volvimos a la playa igual, sin corrientes marinas, ni medusas, ni algas, ni seres temibles.

 

 

En la playa no hay móvil (I)

Estábamos sentados los dos solos en la arena cuando Miguel me sorprendió con una reflexión existencial. La primera desde que lo conozco. Mamá, morirse es una mierda. Si nos morimos y ya, ¿qué sentido tiene la vida?

No sé si estaba buscando algún tipo de consuelo paranormal. No lo creo. En casa somos  bastante descreídos. Uno de los mejores amigos de Pablo es testigo de Jehová. Una noche estuvimos hablando sobre el tema, y documentándonos acerca del por qué de la importancia de la pureza de la sangre para ellos y la consecuente negativa a una transfusión. Terminamos encontrando el motivo, que, como ocurre con frecuencia en dogmas de fe, desde fuera resulta tan absurdo que la tentación de reírnos de él es grande y terminamos cayendo en ella. Leímos que solo se salvarán 144.000 humanos,  y deben conservar la sangre pura. Por eso, qué sentido tiene que un familiar sobreviva a un problema médico gracias a una transfusión si con ella le estás arrebatando la posibilidad de una plaza en ventanilla en la nave salvadora?

Vuelvo a la conversación playera, y al sentido de la vida. El sentido que yo creo que tiene la vida, Miguel, es vivir. Las experiencias, lo que ames y lo que te amen. Con un poco más de tiempo podría haber estudiado alguna respuesta más sesuda o adecuada. Pero así de sopetón, y sabiendo como sé que dispongo de poco tiempo para mi respuesta (Miguel exige sencillez, concisión y brevedad), fue lo que acerté a decir.

Entonces, él,  con ese espíritu un tanto épico que yo creo que les otorga a partes iguales la edad así como la práctica de un deporte reglado, con su míster, sus normas, un espíritu de equipo y de esfuerzo, superación y toda esa parafernalia, me dice que en la vida hay que arriesgarse, hay que darlo todo. Le digo que estoy de acuerdo, si bien prefiero matizar el sentido de arriesgar, porque sé que tiene una forma un tanto literal de interpretar. Aunque por otro lado también sé que su naturaleza es prudente. A continuación dice que a partir de los sesenta años hay que ir a muerte. El caso es que se queda bastante convencido hasta que al cabo de un rato añade que, aún así, le gustaría que esto fuera un poco más largo, unos doscientos años, pero manteniendo un buen estado de conservación. Lo pienso y concluyo que las cosas están bien como están.

Unos días más tarde leo en Tierra de campos de David Trueba “todos tenemos que morir, es una obligación. Si no muriéramos sería horrible, tendríamos que matarnos unos a otros. Morir es nuestra esperanza. Morir es el sentido de la vida”. Me hizo bastante gracia el enfoque. Si a primera vista puede parecer antagónico al que había ofrecido yo hacía poco, me resultó en realidad complementario. Decidí no compartirlo con Miguel, a pesar de que creo que lo entendería mejor que una solución paranormal con dioses, espíritus o naves extraterrestres.

Me gusta hablar de la muerte, frivolizar y especialmente hacer humor. La normaliza.

 

Gijón. 18 de agosto. La ciudad más bonita.

Cuando bajamos del Elogio del Horizonte estaba cansada y me dolía la espalda. Noté que se me estaba torciendo el humor y creí que era porque no encontrábamos un lugar donde sentarnos. Aquí no creo que pongan café. Aquí hay mucho ruido. Aquí da el sol. Aquí hay mucho viento. Pensé que acabábamos de estar en un prado con unas vistas increíbles donde no había querido correr ladera abajo pero sí podría habérseme ocurrido tumbarme a descansar y a respirar. Y no será porque otros no hubieran tenido esa grandiosa idea primero y que bien podrían haberme servido de inspiración. De hecho ese día me había dado por la fotografía documental. Estaba muy contenta con la captura de la señora mayor despatarrada en la playa con pinta de éxtasis y un gorrito de tela como el que se ponía mi abuela, con el banco lleno de viejecillos reunidos todos ellos con sombreros de colores, con los chavales de la pista de skate que me habían hecho pensar en Pablo, con la señora tumbada de lado en bikini, leyendo en el prado, y que fuera del contexto playa a mí me parece una musa a la que le falta el pintor con caballete, el pintor sería posiblemente de principios del siglo XX, justo antes de las vanguardias, pero eso que le falta es lo prescindible, lo importante, la musa, ella, sí está, y con el otro señor también tumbado en ese mismo parque con aspecto más placentero si cabe, aunque vestido. Debía estar tan ocupada en mirar cómo vivía la gente que no se me ocurrió vivir yo. Seguro que yo no le habría inspirado a nadie una foto documental. Darme cuenta tarde de eso me irritó. Qué quieres hacer, me dices, quieres que vayamos a sentarnos a la plaza mayor? Quiero que se me hubiera ocurrido tumbarme allí arriba cuando estábamos allí arriba. No querrás volver a subir otra vez, no? No. Al final nos tomamos un café. Después pienso que nos hemos perdido tumbarnos allí arriba, pero aún nos quedan lugares, tratando de reconducirme. Podemos buscar un banco frente al mar. Hace viento y un poco de frío. La playa está casi vacía y empieza a atardecer. Entonces pienso que no me puedo quedar allí mirando de lejos. Te apetece pisar la playa? Nos descalzamos, meto los zapatos en el bolso para mantener las manos libres.  Al pisar la arena dices que la arena es finísima. Lo ensalzas todo. Te emociona todo. Hasta las gaitas. Me hace gracia verte folclórico. Te digo que sí, y que de hecho es la arena más fina que he pisado en mi vida. El agua está helada, la luz es preciosa, la arena mojada se ha convertido en un espejo y el reflejo es precioso. Tú eres precioso.

No, en serio, qué te parece Gijón? En serio, me parece una ciudad muy bonita. ¿Muy bonita?¿Solo eso? Entonces es que te la he enseñado fatal. Me la has enseñado muy bien, pero nunca va a ser lo mismo para ti que para mí: para mí Gijón es una ciudad bonita, pero toda mi experiencia con ella es la de haber paseado dos días. Para ti es una ciudad bonita, pero también son todos los veranos de tu infancia y el lugar donde fuiste feliz.

Pensé después, aunque ya no te lo dije, que existía otro componente que intensificaba la emoción además de la belleza y de la experiencia de felicidad. El de la pérdida. Si no hubieras dejado de ir cada verano, si tus abuelos y tu tío estuvieran vivos, si pudieras seguir yendo a una casa que ahora es ajena, la emoción sería menos intensa, más calma. Seguirías sin poder volver a tu infancia, pero una cierta continuidad del presente te conectaría de una forma más firme con ese niño feliz. Ahora, el lazo palpable y físico que te vincula a él es la propia ciudad.

Anduvimos mucho rato por la orilla, casi solos.

 

Gijón, 18 de agosto.

El otro día, cuando paseábamos por Gijón, pensé dos cosas. Las dos te las dije, pero no es lo mismo. No es lo mismo porque si las escribo las puedo pensar, y tengo todo el tiempo que necesite hasta que lo que escriba exprese con cierto parecido mi pensamiento. Sin ese tiempo, y sin poder rectificar, posiblemente lo que dijera se pareciera menos a lo que pensaba.

Tampoco es lo mismo porque esas dos cosas que pensé y te conté en el paseo de esa tarde lo más probable es que se nos olviden a ambos, mientras que si las escribo también las olvidaremos -no te crees grandes expectativas, son pensamientos intrascendentes- pero sin embargo, si dentro de un tiempo volviéramos aquí, al cuaderno, las recuperaríamos. Y esto tiene relación directa con el primer pensamiento de aquel paseo, cuando de pronto recordé una escena del pasado que había olvidado. Me vino a la cabeza de pronto, y con una cierta sensación de irrealidad. Te lo tuve que preguntar. ¿Hemos estado alguna vez en una playa, que tenía pinta de virgen? Es que me acaba de venir a la cabeza una imagen. En ella estamos tú y yo en una playa extraña. Es extraña porque en la arena hay también vegetación y barro. Hay gente alrededor que se está untando el cuerpo con el barro. No se ve el mar desde donde estamos, pero me veo andando entre esa vegetación y ese barro y el mar aparece. ¿Eso lo hemos vivido?

Tú me contestas que sí, que fue la playa de Poo, que estuvimos la otra vez que estuvimos en Asturias. ¿No te acuerdas? Aparcamos en un parking por ahí cerca, habíamos comido en Llanes, creo que elegimos un sitio horrible como nos suele pasar. Repaso mentalmente. De Llanes no recuerdo nada, de la comida tampoco. Recuerdo una foto que hice en el parking. Es un cartel de madera que pone playa. Recuerdo otra foto con un chico en un tractor. que estuvimos en una playa. Comienzo a casar lo que sé a raíz del recuerdo de esas dos fotos con esa imagen que me acaba de venir a la memoria. Pero soy yo la que hago esa conexión. Es como si hubiera recuperado un pedacito de mí que se había perdido. No una historia de mí sino un momento concreto de mi existencia. Me asusta pensar la cantidad de esos momentos que habré perdido. Me doy cuenta de cómo las fotos ayudan a sujetar los momentos. También este cuaderno. Sin embargo se pierde casi todo. Salvamos la punta del iceberg. Por un lado siento pena por todo lo perdido. No sé lo que he perdido, pero sé que lo he perdido. Por otro lado, me queda la fascinación por la sorpresa de esa imagen que ha vuelto y he recuperado. Se había ido tan lejos que ni siquiera estaba segura de que fuera mía de verdad, que no se tratara de un sueño o de algo inventado. He buscado en google fotos de la playa de Poo. Ya sí estoy segura de su realidad. También he recordado, junto con esa imagen, la sensación que me acompañaba en esos primeros viajes en los que ya no nos sentíamos clandestinos, esa nueva sorpresa de estar juntos de otra forma.

Creo que fue ayer cuando leí un comentario de Santiago Pérez Malvido en el blog de un amigo. Decía “la memoria -esa forma intangible y un poco tramposa de la fotografía- tiene también algo de territorio ganado, de conquista de lo que somos”.

La segunda cosa que pensé en ese paseo llegó después de varias observaciones. Vimos una pareja con dos niños pequeños. Los padres iban en un patinete y los niños en bicis pequeñitas. El padre decía ahora vamos a ir a un sitio que es chulísimo, ya lo veréis. Es lo que nosotros llamamos la zanahoria. Viajar con niños no es sencillo porque a ellos pasear o ver lo que los adultos quieren les aburre. Hace falta una estrategia de marketing que les convenza de que lo que hacen forma parte un juego, que tienen que andar, pedalear, o lo que sea, no como un fin en sí mismo, sino como medio para alcanzar algo que para ellos es excitante de alguna forma. Si son lo suficientemente pequeños, se les puede convencer con argumentos un tanto mágicos. Como ese “algo” chulísimo de ese padre. Después tendrán que ser sabios a la hora de manejar las expectativas y la imaginación de esos niños. Posiblemente esos niños en su cabeza habrán convertido ese “algo chulísimo” en una cosa completamente diferente a lo que después se encuentren. Quizás ellos han pensado en un parque con unos columpios enormes, un helado gigante, una nave extraterrestre o un bosque con tigres. Cuando se encuentren, como se encontrarán poco tiempo después, con una escultura de Chillida, necesitarán que los padres redoblen sus esfuerzos para que sus pequeñas cabezas consigan reconvertirla en un nuevo objeto dentro de su catálogo de “algos chulísimos”.

Efectivamente, al cabo de un rato encontramos a la familia subiendo el camino empinado que conduce al impresionante monte donde está el Elogio del Horizonte de Chillida, con la ciudad a sus pies. Y allí pude ver otra escena de un padre tratando de transformar esa visita en algo de interés para su hijo, ajeno al paisaje y a la escultura. El padre, con los brazos en cruz, le convencía para realizar equilibrios saltando a la pata coja. Con mucho entusiasmo le decía mira, mira, y ahora vamos a hacer ésto!, como si en lugar de estar saltando a la pata coja en la cima de un monte estuvieran sobre una cuerda floja a dos mil metros de altura sin red de seguridad y hubiera una muchedumbre jaleando la hazaña desde abajo. El niño entraba en el juego sin tanto interés como el padre. Probablemente porque era el único juego que tenía.

Entonces vi a otros niños. Estos estaban jugando solos. Se estaban lanzando ladera abajo corriendo a toda velocidad, con chillidos nerviosos. Tú dijiste: mira esos niños, se van a matar. Esa es la verdadera diversión, te dije, la que entraña un riesgo tangible. Esos niños se divierten corriendo ladera abajo aunque con cualquier fallo de un pie podrían despeñarse, quizás y precisamente porque saben que, en cualquier momento, con cualquier fallo de un pie, podrían despeñarse.

¿Y por qué hace falta el riesgo? Si fuera solo correr y sentir el viento en la cara bastaría con correr en horizontal. Pero no. Si bastara imaginarlo sería suficiente con el ejercicio del niño a la pata coja, pero no. Quizás sea necesario saber que la vida va en serio, que han salido de esa burbuja de protección que crean los padres, esa que ofrece un entorno seguro pero inauténtico. Quizás sea esa forma de salir de esos algos chulísimos imaginarios para experimentar por un momento lo que es la vida real, con sus peligros asociados. No es una selva con tigres pero sí una caída libre por un prado vertical. Ni tan mal. Esa necesidad me resultó familiar. Yo estuve allí.

Entonces me preguntaste si me apetecía lanzarme ladera abajo. No, ahora mismo no necesito divertirme. Con observar me basta.

Óscar tiene un don

Reconozco que llevaba una temporada sin coincidir demasiado con él. Puede que incluso lo evitara. Creo que desde que murió su hijo. De eso me enteré de la forma más mundana. Estaba en mi trabajo y me llamó por teléfono un mensajero, que estaba tratando de entregarme un paquete -se acercaban las navidades- y no había nadie en casa. Yo le dije que se lo dejara al conserje. Es que Óscar no está, me contesta. Recuerdo que me sorprendió que lo llamara por su nombre, de pronto me pareció que el mensajero y yo pasábamos a estrechar nuestra relación por el nexo común de conocer el nombre de Óscar. Y yo le dije pues si puedes espera un momento, quizás esté en la puerta fumando. Y él me dice, no, que es que se ha muerto su hijo, ¿su hijo? pero eso no puede ser, querrás decir su padre. No podía ser porque el piso donde vivo es de los antiguos, en los que el conserje vive en el bajo, junto a la portería, y yo conozco a su mujer, y a su hija mayor, y a su hijo pequeño, y son de carne y hueso, y están vivos. Está conmigo el presidente, te lo paso. Y me lo pasó, y el presidente, que vive en el piso contiguo al mío me dijo que habían ingresado al niño la noche anterior porque tenía fiebre y no le bajaba y que se había muerto de madrugada. Me quedé tan conmocionada que cuando colgué el teléfono se lo conté a mis compañeros de trabajo, como si a ellos les importara lo más mínimo el hijo de mi conserje, y también llamé a Manu, que se quedó más conmocionado que yo, porque los niños no se mueren, eso es imposible. Y cuando llegué a casa me fui a ver al presidente y a su mujer, y me contaron lo que sabían visiblemente afectados, y cuando llegó Manu nos fuimos al tanatorio, y nos encontramos a un Óscar hecho pedazos, y a su mujer con una entereza que parecía salida de una furia que no estaba dispuesta a permitir que nadie más muriera, ni siquiera de pena.

Volvieron después de navidades y yo apenas pasaba por la portería cuando estaba Óscar, y cuando coincidía pasaba deprisa, saludaba sin detenerme. Recuerdo que les dije a mis hijos que cuando vieran a Óscar le dijeran algo. Y Pablo me preguntó qué debía decir. No lo sé, dale un abrazo. Creo que tampoco le resultó fácil. Yo creo que necesitamos decir palabras que consideramos útiles, que sirven para algo, como “alcánzame una servilleta”, y te la alcanzan, pero en una situación así las percibimos insignificantes, inservibles, porque no han inventado una palabra de consuelo que ofrezca consuelo cuando has pedido a un hijo pequeño, de repente, sin saber por qué. Quizás no es necesario decir, solo escuchar. Pero escuchar situaciones como esas tampoco es fácil. Yo escucho y suelo ponerme en situación, hacerla propia, para tratar de comprender a quien me habla. E imaginarme sin Pablo o sin Miguel no me resulta concebible ni siquiera como ejercicio de empatía. Al cabo del tiempo Manu me dijo que por lo visto el niño sufría una lesión cardíaca congénita de la que solo fueron conscientes tras la autopsia.

Un día me crucé con Óscar y me dijo que hacía mucho que no me veía. Ya, es que pedí reducción de jornada, así que llego cuando estás comiendo, y por las tardes estoy encerrada en casa estudiando, porque estoy preparando una oposición. Y entonces me miró muy serio, concentrado, y acto seguido me dijo sonriendo y señalandome con el dedo: Te la vas a sacar. ¿Y cómo lo sabes? le contesté. Hazme caso. Tengo un sexto sentido, y siempre que algún amigo está preparando una oposición sé si se la va a sacar o no, y siempre acierto. Y tú la vas a sacar, y si no, al tiempo. Yo me sonrío. Soy atea y escéptica, pero sin embargo me hace gracia creer en supersticiones absurdas, especialmente si me son favorables. Y además Óscar estaba sonriente, parecido a como era el Óscar de antes. Entonces me envalentoné y le pregunté cómo le contaba a los que su sexto sentido le decía que iban a suspender, que van a suspender. Eso tiene que ser jodido, le digo. Y entonces me contesta que hasta ahora no le ha pasado nunca. Tengo que reconocer que esa afirmación le restó algo de crédito a su vaticinio. Pero quise conformarme ofreciéndome una explicación racional, como que quizás tuviera un don positivo que solo se manifiesta cuando el resultado es favorable. No me extraña que Óscar le caiga bien a todo el mundo.

Óscar y su familia se fueron de vacaciones el 1 de julio, antes de que yo supiera la nota de mi primer examen, ni del segundo, ni de todo lo que ahora sé. Vuelve el 1 de agosto. Mañana. Estoy deseando verlo para darle la razón, decirle que sí tiene un don, uno positivo, y que funciona.

Memorizar literatura

De los 72 temas hay 40 de lengua y 32 de literatura. Estos días me toca segunda vuelta de literatura. La primera fue amena, porque solo leía, investigaba, y me pareció un alivio en relación a la lengua. En esta segunda vuelta yo tenía ya mis expectativas creadas, bien, por fin vuelvo a la parte que más me gusta. Pero esta segunda vuelta es la de memorizar. Ayer, después de pasarme casi cuatro horas con la lírica ascética y mística y la novela del siglo XVI, llegué a la conclusión de que estudiar literatura es una de las mejores actividades a las que dedicarse para odiarla. Estoy deseando volver a la lengua. Y tener tiempo para leer La lozana andaluza y el Criticón. Mientras tanto voy a seguir torturándome con un empapuzamiento de autores, ediciones, fechas y obras que no he leído. Yo esto no se lo voy a hacer a mis chavales, sería enseñarles a odiar esto, y entiendo mi misión como la contraria.