Campaña electoral

Soy un chaval clásico, de esos a los que cuando les preguntan qué quieres ser de mayor te contestan que futbolista. Ya voy teniendo una edad para esas respuestas, supongo, pero si me preguntan qué quiero pues que se atengan. Y si no, que reformulen la pregunta. Qué crees que vas a ser de mayor, por ejemplo. El otro día me mandaron un proyecto de inglés. Tengo que preparar unas diapositivas y hacer una exposición de dos minutos. ¿Tema? Sí, mi profesor se rompió las pelotas: qué quiero ser de mayor. What I wanna be when I grow up. Al menos así lo he traducido. Mi madre me ha ayudado con el aspecto técnico. Yo ya soy de la era tablet, y tocar con los dedos una pantallita bien, pero me pones un teclado delante y estoy jodido. Total, que yo estaba con ella, y entonces ella me iba preguntando. Bueno, qué? A ver, es mi madre, me conoce, supongo que no esperaría que le fuera a contestar que ingeniero industrial. Pero sospecho que mantenía un cierto margen de duda. Algo así como no pensará decir delante de toda su clase con la edad que tiene que quiere ser futbolista. Insiste. ¿Qué? Football player. Creo que aunque hubiera cambiado de opinión habría contestado eso. Solo para ver su cara. Y entonces empieza con su rollo de las opciones. Por rellenar diapositivas. Porque con lo de futbolista no sé yo si te va a dar para hablar dos minutos. Porque aparte de la posición en la que te gustaría jugar y el equipo, no creo que haya mucho más que contar al respecto, no? Efectivamente, mi afición no la he heredado de ella. Le di mi opción b, mi opción c y mi opción d: atleta, fisioterapeuta deportivo y profesor de educación física. Y he de reconocer que las dos últimas las tengo en mente porque mi madre me las ha sugerido y a mí se me han quedado ahí grabadas. Pero no dejan de ser opciones prestadas.

La otra tarde quedé con mis amigos. No tengo mucho tiempo libre porque ya entreno tres días a la semana más los días de competición. No quedé con mis compañeros de equipo, sino con los de mi instituto. Éramos tres. Quedamos para jugar al fútbol. Nosotros tampoco nos rompemos mucho las pelotas, la originalidad está sobrevalorada. Es difícil jugar al fútbol en la ciudad. A quince minutos de mi casa hay unas canchas. Están enrejadas. Y están siempre llenas de gente. No conozco otras en el barrio. Así que nos vamos turnando. Nosotros tres nos juntamos con otros chavales que no conocíamos. Es lo bueno del fútbol, no hace falta conocer a nadie. Llegas allí, te unes a quien sea y juegas. Hay unas reglas en las canchas. Se juegan partidos a dos goles y se cambian los equipos. Estuve allí tres horas y jugué tres partidos. Y eso que como estaban los amigos de mi hermano, cuando se fueron los míos me reenganché al último con ellos. Mientras comíamos pipas, charlábamos, mirábamos el móvil.

Ya he dicho que estuve allí mucho tiempo esperando. Quizás si hubiera estado jugando al fútbol habría podido desviar mi atención, pero de pronto aquello empezó a llenarse de gente. Debía haber mil o cinco mil personas. Con muchas banderas. Y un tío con barba y un micro empezó a dar gritos, y toda esa gente gritaba y aplaudía. Y entonces el tío de barba empezó a gritar ¡viva España! y la gente contestaba a gritos ¡viva! ¡viva España! ¡viva! ¡viva España! ¡viva! Y otra vez, tú, ¡viva España! ¡viva! Joder, era ensordecedor. No sé, yo veo todas las competiciones que pongan por la tele, la liga, la champions, la europa league, los mundiales, la eurocopa, las olimpiadas, y todo lo que sea, y escucho el himno, y he ido al campo, y he escuchado y cantado a gritos lo lo los y todo eso, y voy con España y tengo una camiseta de la selección. Pero eso era distinto. No sé, no sé qué era.

Cuando llegué a casa mi madre me preguntó que dónde había estado todo ese rato. Jugando al fútbol. Sí que recuerdo que durante la cena, en el telediario, por una vez presté atención a las noticias antes de que llegaran los deportes. Por lo visto va a haber elecciones. Pusieron imágenes de varios partidos. Identifiqué rápido a los que habían estado junto a las canchas. Y sin tener ni idea de nada me volvió de nuevo la sensación de hacía un rato en las canchas. Sí, ya sé qué era. Miedo.

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Equilibrio inestable

Parece que he llegado a un equilibrio con mis alumnos de primero. Soy consciente de que es un equilibrio inestable. No gano guerras, solo batallas. Que un día una clase funcione, o que durante unos días la clase funcione, es una situación efímera. Se aburrirán, se desbaratarán y tendré que inventarme algo nuevo. Sé que son más eficaces los premios que los castigos.

Cronológicamente, los premios por trabajar han sido ver un corto al final de la clase, los concursos y el juego del ahorcado. Ahora estamos con las canciones. Los últimos cinco minutos, si nos ha dado tiempo a hacer todo lo que teníamos previsto, les dejo pinchar música. Este último premio no está exento de desbarajuste. Genera conflictos. A quién le toca elegir canción, moderar los volúmenes, confiar en que no entre nadie en el aula justo en ese momento.

Es un grupo reducido. Cuando normalmente en un aula hay treinta alumnos y entras en un grupo de trece enciende las alarmas. La terapia ocupacional adquiere su máxima expresión. En las horas bajas he llegado a pensar que si durante todas las horas en las que les he explicado lengua hubieran estado coloreando mandalas, el resultado habría sido el mismo.

Rafa sigue trayendo anillos. Rafa, cuidadito con ellos, le digo. Aún se acuerda de aquel día. Del dedo hinchado. De su miedo. Llamamos a su madre y nos dice que le han retirado la custodia, que vive con un familiar. Llamamos al familiar y nos dice que está trabajando y que no va a salir del trabajo para eso. Cogemos un taxi con él una compañera y yo y lo llevamos al centro de salud y después al hospital. Hay que sacar el anillo urgentemente.

Rafa habla todo el tiempo, rara vez participa en las actividades de clase, se niega a sentarse en su sitio, y aunque sea la décima vez que le pides que se calle un poco hay que hacerlo con un tono de voz suave y utilizando las palabras mágicas. Por favor. Las amenazas de castigo y el tono de voz agrio le vuelven insolente. Los castigos también. Se los toma como algo personal. Creo que ahora vuelve a vivir con su madre.

He aprendido a tener paciencia. La mayor parte de ellos no conseguirá el graduado escolar. La mayor parte de ellos se marchará del instituto antes de terminar segundo. Y yo tengo que intentar que distingan entre un morfema flexivo y otro derivativo, o entre un complemento directo e indirecto. Pintar mandalas tiene muchas ventajas. Al menos creo que acabarán el curso sabiendo qué es estar desconcertado, ser astuto, reprochar o un galimatías, y, con un poco de suerte, distinguir entre objetividad y subjetividad.

Leímos Abdel en clase. Les gustó. Narra en primera persona, desde un centro tutelado de menores, las dificultades que sufrió un chico marroquí al emigrar a España en patera con su padre. Sofía lleva unos días también en un centro tutelado. Aún no sé si va a volver a clase o si la van a trasladar de forma definitiva y cambiará de instituto. Por lo visto tuvo un problema este fin de semana. Un problema. Los problemas no son los mismos en todas partes.

El primer libro que leímos en clase fue un fracaso. Los días en que llegaba cargada con ellos protestaban. De entrada siempre protestan. Manolo se dormía y roncaba como un oso. A mí esos ronquidos me quitaban el mal humor. Interrumpía la lectura y les decía: escuchad. Y se quedaban en silencio absoluto. Y retumbaban los ronquidos. (Aquí los ronquidos). Y estallaba la risa. Después de dejar que la risa estalle es difícil reconducir la clase, que se vuelvan a tranquilizar y continuar leyendo. Debería saberlo. Pero también sé que si no nos riéramos, a pesar de los riesgos que conlleva, no podríamos soportarlo.

Con Abdel sin embargo me pedían seguir. Es corto y es sentimental. Les gustan las historias sentimentales de personas con problemas. En la época de los cortos me pedían cortos tristes de maltrato y acoso y racismo y cosas así. Ahora me pedían continuar la lectura. Mañana también leemos, vale?, decían.

Manolo me pidió que leyera yo los dos últimos capítulos: es que tú lees bien. No hubo ronquidos. Cuando terminó les pregunté qué les había parecido a pesar de que lo supiera. Nos ha encantado.

Ese día salí contenta. Al cruzar paso junto a un corrillo con algunos de mis alumnos. Rafa me grita, adiós, profe! Se separa de sus amigos y me abraza. Después continúo caminando hasta el autobús que me lleva de vuelta al otro mundo. Feliz.

Terapia ocupacional

Desi vino el martes a clase después de varios días de ausencia. Justo a tiempo para hacer el examen. Cuando le entregué la hoja esperaba el comportamiento que venía siendo habitual los últimos meses. Pondría su nombre, me lo entregaría, y yo, acto seguido lo enviaría al fondo de la clase para que no molestara a sus compañeros buscando conversación para combatir el aburrimiento. Él se dormiría o bien sacaría de su mochila uno de los libros que le gusta leer, best sellers de contenido erótico.

Sin embargo, esta vez, Desi varió el guión. Al entregarle la hoja me miró y me dijo, este no voy a poder hacerlo porque ni he estudiado ni he prestado atención, pero el próximo lo voy a hacer bien. Yo también varío el mío. Desi, inténtalo. La pregunta tres es un regalo. Léela y contesta, es de puro sentido común, cualquier de vosotros debería ser capaz de hacerla sin haber estudiado. En la pregunta cuatro solo tienes que pintar una pirámide de población, si no sabes te enseño. ¿Con eso voy a poder aprobar? No, pero siempre es mejor que un cero, y además, y no menos importante, por lo menos te entretienes. Ese es el argumento al que yo llamo de terapia ocupacional. No sé si servirá de algo, pero al menos te entretienes. Mi madre lo usa mucho. A mí planchar no me importa, es entretenido. Montar muebles me gusta, es muy entretenido. Por qué no usarlo con una pirámide de población…

En clase de lengua mantuvo su cambio de actitud. Cuando lo separé de su mejor amiga no tuve que volver a explicarle, como cada uno de los días que los separo, que son todos los que vienen a clase, el por qué; Desi lo hizo por mí. De esta forma me pude dar la vuelta y empezar a copiar en la pizarra unos deberes improvisados. Me inventé sobre la marcha la oración para que analizaran sintácticamente. “Ayer le dije cosas horribles a mi madre”. Escuché a Desi comentar en voz alta: como yo. Suelen comentar en voz alta todo aquello que se les pasa por la cabeza, como si no hubiera nadie ahí dentro controlando. Es algo que unos días me parece maravilloso, otros es un tormento. Al girarme compruebo que los está copiando. Su pirámide de población es la mejor de toda la clase. Y por la tarde haría los ejercicios.

Me pregunté por el cambio ¿habría hablado con su madre?

Al final de la hora me pregunta si podrá asistir a la reunión que tendremos la semana que viene su madre, el orientador y yo. ¿Quieres estar? Si se va a hablar de mi FP sí. Bueno, déjame que pregunte.

Su nota en el examen de geografía es un tres y medio. Mejor que cero, no? Sí, mejor que cero.

Desesperación e intimidad.

El orientador me pidió que como tutora, llamara primero a las familias para avisarlas. Yo tenía que decirles que la junta de evaluación había pensado que, dado el rendimiento y evolución de sus hijos, quizás sería beneficioso para ellos acceder a una formación profesional básica. Y que les llamaba para decirles esto y para avisarles de que en los siguientes días el orientador les llamaría para concertar una entrevista y explicarles todas las opciones. En otras palabras, se trataba de una putada de llamadas que tenían como objeto soltar a las familias una bomba y que la posterior llamada del orientador les cogiera sobre aviso, reconstruyendo sobre el socavón.

Primero llamé a la madre de Desi. Al fin y al cabo había hablado la semana anterior con ella. Me había llamado para contarme que Desi se había escapado de casa la noche anterior. Era la tercera vez que lo hacía en lo que llevábamos de curso. Lo encontraron vagando por ahí a las dos de la madrugada. Me dijo que estaba desesperada y que no sabían qué hacer con él. Me contó que había cambiado mucho a lo largo del año. Que no lo reconocía. Que había criado a cinco hijos y que con ninguno había tenido esos problemas. Que eran una familia estable. Que siempre habían cuidado y apoyado a Desi. Que lo querían tal y como era. Me contó que ella estaba enferma, que tenía cáncer y que en lugar de cuidarla y ser respetuoso la contestaba mal, pero que si era ella la que le hacía algún reproche entonces Desi se escapaba de casa. Para hacer daño, decía. Me contó y me contó. Lo que quería era desahogarse. Yo algo le conté también, que su hijo quería estudiar un grado de formación básica (en ese caso no había sido cosa de la junta), y que ya que la llamaría el orientador para mantener una entrevista, podríamos aprovechar para hablar de Desi y de la mejor forma de abordar su conducta. Eso había ocurrido hacía tan solo unos días. De modo que la llamada para concertar la entrevista sería sencilla. Y lo fue.

La segunda llamada fue para los padres de Rober. Hablé con su padre, siempre tan amable. Le dije que ya sabía que su hijo estaba yendo mal, y que, salvo que cambiara mucho la situación en la última evaluación iba a ser difícil que pudiera pasar de curso, y que por eso el orientador lo llamaría para concertar una entrevista y evaluar otras opciones como la formación profesional básica. El padre me contestó que ya lo había llamado y que tenían cita esa misma tarde para hablar tanto de Rober como de su hermano mayor, que también iba mal, y que estaban desesperados y no sabían qué hacer. Por dentro lamenté la desastrosa coordinación, y que el orientador no me hubiera avisado. Con el padre de Rober era la tercera vez que hablaba. Con la madre de Rober me había citado una tarde, y además manteníamos un seguimiento del desastre por correo electrónico. Padres preocupados y desconcertados, impotentes. Mientras le preguntaba por su hijo mayor me dio por acordarme de los varios días en los que Rober había insistido en compartir conmigo y con sus compañeros las veces en las que había descubierto a sus padres teniendo sexo. Era un tema del que a Rober le gustaba hablar. También lo compartió con una profesora en prácticas que estuvo enseñándoles técnicas de estudio. Contó que a veces no se podía concentrar con los estudios porque su dormitorio estaba junto al de sus padres y los escuchaba manteniendo sexo. Mientras hablaba con él lo imaginé follando con su mujer una tarde cualquiera. Una tarde de impotencia y desesperación. Qué otra cosa hacer. Y no me pareció mala opción.

La tercera llamada fue para el tutor legal de Silbina. A él también lo conocía. Parecía un hombre preocupado por ella, pendiente, amable. Otra vez la cantinela y a esperar el encaje. Que Silbina estaba yendo regular y salvo que cambiara mucho sería difícil que pasara de curso, de modo que la junta de evaluación había pensado en otras opciones, como una formación profesional básica. Y que el orientador lo llamaría próximamente para concertar una cita y explicarle bien todas las opciones. Esperé la reacción a mi gancho oblicuo. Sin embargo, el tutor de Silbina me replica que soy demasiado amable. Que la niña no va regular, va fatal, y no porque no pueda sino porque no quiere. Y que cómo iba a hacer una formación profesional si era una vaga y no sabía nada. Que mira que él lo había intentado, pero que ya no sabía qué hacer, que estaba desesperado. Y que bueno, no todo el mundo valía para estudiar, así que cuando cumpliera los dieciséis que se pusiera a trabajar. Pero que, de todas formas, agradecía una entrevista con el orientador, que al fin y al cabo sabría más de todo, y que así podría hablar mejor y más ampliamente sobre Silbina, porque estaba desesperado, y que la chica era muy lista pero no hacía nada.

Cuando colgué el teléfono decidí no continuar con las tres llamadas telefónicas que me faltaban. Iba descubriendo mis propios límites, al menos los límites de ese momento concreto. El de escuchar estoy desesperado era de tres.

Seis personajes en busca de

Al final terminamos en una mesa en la calle. Habíamos estado discutiendo si dentro o fuera, pero su amiga dijo que fuera, aunque estuviera enferma e hiciera frío, porque no estaba acostumbrada a soportar el ruido. Por lo visto llevaba muchos años viviendo en Hamburgo. Yo no he vivido nunca en Hamburgo, creo que ni sabría situar Hamburgo con exactitud en un mapa, pero recordé que hacía tan solo dos noches me había tomado una copa en unos quince minutos que se me hicieron largos, incomodada hasta la náusea por el ruido de un grupo enorme con el que compartía bar. Y por el silencio. Era uno de esos grupos de personas expansivas, exitosas, felices, que gritan al verse, que gritan al abrazarse, que gritan al hablar, que gritan al reírse, que presumen de dientes y voz a partes iguales, y que hacen imposible que nadie que no sea como ellos, pero con un tono algo más elevado, pueda decirse nada. Algo impensable en nosotros. Lo recordé y, a pesar del frío, no me pareció del todo mal la idea de permanecer a la intemperie.

Javier al principio no paraba de ir y venir. Nos quedamos solos por un momento con la amiga que vivía en Hamburgo y llevaba orejeras. Este puede parecer un dato banal, pero no lo era. Le pregunté qué hacía allí y no me contestó. Entiendo que fue porque las orejeras le restaban audición y no por descortesía. Yo me puse a hablar de mis clases, que es un tema al que recurro cuando no hay mucho que decir. Entre tanto, y con Javier yendo y viniendo, llegaron otros amigos, actores. Javier volvió a contar una vez más que me conoce desde que íbamos al colegio, y que su primer grupo de música lo formó conmigo, y saca a relucir muy orgulloso que teníamos unos grandes hits en los recreos. A mí ese momento siempre me produce bastante vergüenza, y agacho la cabeza. Los actores estuvieron hablando de sus perspectivas de futuro, y alabando el trabajo de Javier.

En el colegio él ya sabía que quería ser actor. Creo que todos lo escuchábamos como quien escucha al niño que dice que quiere ser futbolista. Con ternura y escepticismo. Desde que terminamos el colegio dejamos de tener contacto, pero cuando me entero de que ha estrenado alguna obra, o que aparece en alguna película me gusta ir a verlo. Y cada vez que ocurre me asombra. Su amiga actriz le decía que su trabajo había sido impecable. Javier contestaba que no había sido su mejor noche. Deja el látigo, decía ella, yo no te he visto actuando en ningún momento, desde el principio he visto al personaje.

Eso es algo que yo no le he podido decir nunca. Cuando digo que me asombra no quiero decir que al verlo actuar me asombre con la transformación. Me asombra porque lo veo una y otra vez como lo he visto siempre, como un chaval de dieciséis años ingenuo, optimista y entusiasta diciendo que de mayor va a ser actor. Es imposible que me crea que es un inspector de policía, un yonki, un asesino en serie, o un secretario. Yo veo a Javier. Siempre. Y me gusta ver a Javier, y asombrarme.

En los últimos veinte años no nos hemos visto mucho. En alguna actuación, alguna vez que nos hemos encontrado casualmente. Un día incluso quedamos. La última vez hace no tanto tiempo. Creo que somos un poco extraños ya. Cuando murió Dolores me envió un audio por teléfono cantando su canción y me puse a llorar.

La conversación es torpe y poco fluida. Yo nunca sé cómo comportarme en esas ocasiones y eso que mi hermana me dio hace poco la receta mágica: lo que tienes que hacer es no parar de preguntar. Siempre se me olvida ponerla en práctica. Pero no pasa nada porque Javier, que al fin y al cabo es el nexo común, se sabe esa receta y va haciendo ronda de preguntas. El actor habla de su videobook y de que tiene hambre, Javier habla de sus próximas películas, la hamburguesa de orejeras no habla de nada porque probablemente no oye nada, yo hablo de las clases. Creo que en el fondo a nadie le interesa mucho lo que los demás vamos diciendo para rellenar vacíos. Aunque posiblemente en eso se basen las conversaciones sociales entre personas que no se conocen mucho, e incluso aquellas en las que sí se conocen mucho. A nadie le importa demasiado lo que se diga mientras se diga algo. Incluso haciendo frío. La hamburguesa rompe su mutismo para ponerse a hablar con el camarero en árabe, creo que acerca de los dialectos del Magreb. El árabe sí parece atravesar las orejeras. Probablemente esa conversación fuera más interesante y no lo estoy diciendo con ningún tipo de ironía ni reproche.

No tengo mucha paciencia, a los veinte minutos me disculpo y me voy. Los demás también se levantan para ir dentro huyendo del frío.

No sé cuándo volveré a ver a Javier. En realidad ni siquiera estoy segura de que tengamos mucho que decirnos. Conservamos el recuerdo de tres o cuatro años de amistad que compartimos hace más de veinte años.

Parece que basta.

Cómo acabar con la escritura de las mujeres

He empezado varios borradores desde la última vez que escribí. Desde entonces, de hecho, me han cambiado el procesador de wordpress y ahora no sé cómo justificar el texto. Y hoy, antes de ponerme a escribir he tenido que hacer varias cosas urgentes. Urgentes de una urgencia con un tremendo parecido a excusa. La última de ellas ha sido comprarme unos auriculares. La compra ha sido rápida, no creas, desde el mismo lugar desde donde estoy escribiendo ahora, sin mojarme ni ponerme el abrigo. Me he entretenido un poco más con el asunto de la elección. ¿De los pequeños, de los grandes, con cable, con bluetooth? He sopesado bastante las opciones, no se puede decidir algo así a la ligera. Finalmente he decidido los pequeños y con cable. Mis criterios han sido prácticos. Para algunas cosas soy práctica. Para otras no. Casi nunca sigo un patrón en todo. Será por lo de tender al caos. Pero con el asunto de los auriculares he sido práctica. Desde que voy en metro a trabajar he dejado de escuchar música a diario. Al principio no me daba cuenta. Pero después de tres meses empiezo a echarlo de menos. Creo que de la misma forma que alguien a quien le han amputado un brazo o una pierna, que en situación de reposo no sienten la pérdida, les parece que lo siguen teniendo. Pero no. Yo he estado como el recién amputado en esa situación de reposo. Sin embargo, poco a poco, comienzo a notar esa ausencia. Creo que en la sensibilidad. Y eso que cuando la escuchaba conduciendo la música solo hacía efecto a medias, con atención incompleta, escuchar música y conducir es multitarea. Por eso cuando vamos en el coche y conduces tú, y yo puedo dedicarme en exclusiva a escuchar, como si me hubiera metido en una bañera de música, pero con ventanas y paisaje en movimiento, me abandono al trance. 

Es bonito abandonarse al trance. Y recuperar la sensibilidad perdida. Como volver a dar instrucciones por inercia a una mano que creías perdida, y darte cuenta con asombro de que esa mano existe, y que responde. Por eso he decidido comprarme unos auriculares para poder escuchar música en el metro, o cuando voy andando por la calle.

Es cierto que ahora en el metro leo. Cuando conducía no podía leer por motivos evidentes, y ahora sí. Y que no puedo escuchar música y leer al mismo tiempo. Para mí son dos actividades incompatibles. Tampoco puedo escuchar música y estudiar. O escuchar música y trabajar, o escuchar música y realizar cualquier tarea que exija una mínima concentración. La música lo acapara todo. Ahora estoy leyendo “Cómo acabar con la escritura de las mujeres”, de Joana Russ. Es pedagógico. Quizás demasiado. Quiero decir, que pone nombre a todos esos factores que hacen que la literatura femenina haya sido y siga siendo silenciada. (Negación de la autoría, contaminación de la autoría, doble rasero del contenido, falsa categorización, exclusión, el mito del logro aislado… ahora mismo estoy en la falta de modelos a seguir). Y está bien transformar la intuición en una serie de causas con un  nombre y una explicación concretas, y que vengan sustentadas con ejemplos. Pero me pasa que tengo poca paciencia. Y cuando entiendo lo que me han querido explicar no necesito un segundo ejemplo, ni un tercero, ni un cuarto. Que quizás sean expuestos para fundamentar las tesis de la autora, para que resulten más rigurosas, para evitar la tentación de pensar que aquello que expone es anecdótico. Pero yo no tengo paciencia. Y me desespero y voy pensando, venga, ya, esto me quedó claro hace veinte páginas, sigue contándome algo que no sepa, dame una revelación. Me encanta esa sensación de haber descubierto algo realmente importante, algo que de pronto va a hacer que tu vida cambie. No ocurre tanto. Ocurre con más frecuencia esa sensación de que ya no hay nada que pueda sacudirme con esa fuerza, que me vaya a dejar agotada del descubrimiento, de la emoción, de la sorpresa. Por suerte es solo una sensación. La vida se las arregla para demostrarme lo falso de la misma. Para mantenerme atenta. 

Con la música a veces me pasa también, me refiero a esa terrible sensación de que ya he escuchado todas las canciones que me iban a sacudir. Pero no. Sigo descubriendo música emocionante. La emoción es una droga. La ausencia de emoción me desespera, me cansa, me aburre, me desespera, me languidece. Prefiero estar triste que no estar nada. Estar nada es como no estar. Mientras escribo esto me doy cuenta de que el ensayo me interesa pero no me emociona. Y que el interés es moderado. El interés moderado es insuficiente. Mientras escribo esto también me acuerdo de la recomendación de Paloma y con el teclado me compro Apegos feroces de Vivian Gornick. Mientras escribo esto me pregunto si cuando tenga en mi mano auriculares y libro elegiré lo primero o lo segundo. O si quizás opte por no renunciar, que ya sabes que nunca me ha gustado, y a ratos lea y a ratos escuche. 

Y por ese motivo, porque quiero tenerlos siempre a mano, junto a mi libro, mis carpetas, mi bolso, sin añadir más peso ni bulto, y que en cualquier momento pueda usarlos sin tener que estar pendiente de cargar una batería, por todo esto, y por todo lo que he escrito antes, he decidido ser práctica y comprar unos auriculares pequeños de cable. 

Una vez resuelto este punto, puedo empezar a escribir. 

En la playa no hay móvil (II)

Pablo quiso que nadáramos hasta la boya. No sé a qué distancia está de la orilla. A mí me resultaba lejos. Después leí que la distancia máxima a la que pueden estar las boyas que delimitan la zona de baño es de 200 metros. Por mucho que digan acerca de la utilidad de las unidades de medida, doscientos metros no es la misma distancia en tierra firme que en el mar.  Me parecía escuchar la voz de mi padre advirtiéndome sobre los múltiples peligros de nadar tan lejos y de la insensatez de hacerlo. No solo la desoí adentrándome con él sino que traté de convencer a Miguel de que nos acompañara. Al fin y al cabo es el deportista de la familia y el que mejor forma tiene. Yo la que peor. Pensé en algún posible problema con alguna corriente allá lejos, y en cómo me las iba a apañar para ayudar a dos. Mal. Venga, Miguel, que no pasa nada, tú nadas muy bien, te he visto nadar un largo tras otro durante más de una hora. Tras pensárselo mucho terminó decidiendo que no, visiblemente irritado por no atreverse, y también por quedarse fuera. Pablo, como buen hermano mayor, aprovechó para burlarse. Pablo, respétalo. No lo hizo. Miguel le dio la réplica, ojalá te mueras y te coma un pez. Me hizo mucha gracia y decidí emplearla cuando tuve ocasión en los días siguientes.

Nadar en el mar, lejos de la orilla, cuando cubre y el agua es negra, y no se ve nada debajo, y van desapareciendo los ruidos de la playa hasta que se instala un silencio que solo rompe el agua golpeando contra sí misma, siempre me ha parecido inquietante, pero al mismo tiempo me atrae. Llegamos a la boya con menos esfuerzo del que imaginaba, y volvimos a la playa igual, sin corrientes marinas, ni medusas, ni algas, ni seres temibles.