Cuaderno de Murúa Niño

los recuerdos son realidad, son ficción, son un invento, son yo

La feminización de la política, una aproximación.

Esta reflexión viene a cuenta del barullo que se montó con las palabras de Pablo Iglesias, que decía el otro día que, en materia de igualdad, no se trataba solo de que aumentara el número de mujeres que ostentaran cargos en el gobierno, sino que además era necesaria una feminización en el estilo de hacer política.

¿A qué se refería con la feminización? ¿Qué estilo es ese y por qué está asociado a la mujer? ¿Qué estilo es el asociado al hombre y por qué? Realmente, ¿es una cuestión de sexo?

Históricamente, los grandes  (y los pequeños) líderes lo han sido gracias a un método de imposición y fuerza. El líder concentra todo el poder y nadie desafía sus decisiones. El liderazgo clásico es un liderazgo unidireccional, lo único que tienen que hacer los subordinados es obedecer las directrices que marca el líder. Los líderes ejercen un control férreo sobre equipos y además lo hacen mediante la afirmación del poder (esto se hace así porque lo digo yo), tienen un estilo autoritario. A esto se le llama estilo autocrático o autoritario. Si repasamos a los grandes líderes históricos, identificaremos rápidamente este estilo. No me imagino a Napoleón Bonaparte consensuando con sus tropas, ni a Alejandro Magno, ni a Julio César, ni prácticamente a nadie. Este estilo autocrático también ha sido el imperante en el ámbito económico. Los señores feudales administraban y legislaban con autoritarismo, con la revolución industrial también autoritarios fueron los capataces de fábricas y latifundios, y después los empresarios, y los miembros de los consejos de administración, y los CEOS, y los general directors, y los jefes de departamento, y puede que a la mayoría de los que lean esto y hayan trabajo en el mundo de la empresa o en otros muchos, no les suene a chino el haber tenido un jefe autoritario y controlador. Pero el estilo autoritario también se extendía a nivel doméstico. Es decir, el estilo autoritario también era el estilo educativo dominante. Los hijos eran educados en la obediencia absoluta a los padres, que se sometían si cuestionar a las decisiones paternas. Si un hijo tenía que ser cura y otro seguir con el negocio del padre un hijo se hacía cura y el otro continuaba con el negocio del padre. Si un hijo se tenía que casar con fulanita el hijo se casaba con fulanita. Si un hijo tenía que estudiar medicina el hijo estudiaba medicina. Si un hijo tenía que ponerse de aprendiz en una fábrica el hijo se ponía de aprendiz. Y esto puede que suene un poco lejano, pero si sigo con el “he dicho que en casa a las diez y en casa a las diez”, “a mí no me contestes”, o con el “esto se hace así porque lo digo yo”, igual ya nos va sonando más. Y sí, es estilo autoritario.

Imagino que este es el estilo que Pablo Iglesias el otro día quería sustituir por otro diferente, al que denominó feminizado, así que, por deducción entiendo que este estilo autoritario se asocia con el hombre. ¿Por qué? Pues porque durante dos mil años de historia (por no abundar también con la prehistoria), los personajes visibles, es decir, líderes políticos y económicos, han sido hombres. Y han ejercido sus liderazgos haciendo gala de un autoritarismo y una autocracia más o menos cruel, pero autocracia al fin y al cabo. Sin embargo, si nos acercamos a los entornos en los que podemos observar a las mujeres y sus estilos, que son los meramente domésticos, vemos que aquellas que lideraban en los ámbitos en los que estaban confinadas (al servicio doméstico, o a sus hijos), lo hacían también, en su mayoría, con ese estilo. Y si nos acercamos a un pasado más reciente, o incluso a la actualidad, cuando la mujer comienza a ostentar poder político y económico, nos encontramos con figuras como Margaret Thatcher, Angela Merkell, Marie le Pen, o empresarias y directivas, que son mujeres, y siéndolo, ejercen su poder con ese mismo autoritarismo.

Pero existen otros estilos. Estilos llamados abiertos, democráticos, colaboradores o participativos, con muy distintos matices, pero que tienen en común que, de una forma o de otra, se escuchan las opiniones del resto de la organización, y se tienen en cuenta a la hora de tomar decisiones. Este estilo es flexible, y existe comunicación entre líder y subordinados. Las directrices son debatidas por el grupo y decididas por éste con el estímulo y apoyo del líder. Se basa en la colaboración y participación de todos los miembros del grupo. El líder y los subordinados actúan como una unidad. Este es un estilo que también se amplía al ámbito doméstico: al de la educación, y se ha implantado con fuerza en muchas familias a lo largo de las últimas décadas. Ahora es más frecuente que, en las familias, la opinión de los hijos sea tenida en cuenta, y sean ellos los que tomen ciertas decisiones, como elegir sus actividades extraescolares, elegir su ropa o su peinado, elegir su profesión. Incluso muchas veces, a la hora de establecer las normas y las tareas de cada uno, se tiene en cuenta también la opinión de los hijos, y se busca que las normas resulten aceptadas por todos. Asimismo, cuando hay conflictos, se escuchan los argumentos de los hijos y se les permite e invita a dar su punto de vista. Y los padres a su vez también tienden a explicar los motivos de sus decisiones. ¿Por qué se asocia este estilo más cuidadoso con el grupo, más respetuoso y comunicativo con las mujeres? ¿Por qué se habla de esta forma de liderar como femenina? Pues imagino que, dado que el ámbito donde esta forma de dirigir está más extendida es en los hogares y quizás en escuelas, y todavía, por seguir siendo mayoritario, seguimos asociando los roles de crianza y educación con la mujer, asociamos el liderazgo abierto, democrático y participativo con lo femenino. Pero hay muchos hombres que educan con ese estilo. En algunas empresas se empieza a adoptar este tipo de liderazgo al margen de que el líder o el directivo sea un hombre o una mujer, y líderes como Gandhi, Mandela, o Martin Luther King, son exponentes de este tipo de liderazgo, y son hombres.

Lo que quiero decir con esto es que el autoritarismo ha sido el estilo de liderazgo que culturalmente ha predominado en dos mil años de Historia, y que la democracia, entendida como estilo de liderar, está introduciéndose desde antes de ayer. Y que el hombre ha sido quien ha ostentado el liderazgo durante dos mil años de Historia y la mujer comienza tímidamente a liderar desde antes de ayer. Que el autoritarismo no es un estilo exclusivamente masculino, ni la comunicación, la escucha y el tener en cuenta a otras personas está reservado en exclusiva a las mujeres. Y que se asocie este estilo con las mujeres no me molesta, porque sin duda es un estilo con el que me identifico, y que me gustaría que culturalmente se implantara y desarrollara en todos los ámbitos, pero creo que no es justo atribuírnoslo como un rasgo que esté ligado a nuestro sexo, como algo biológico. Si está asociado a la mujer pienso que se trata en una buena parte a que es un estilo más extendido en el ámbito doméstico, y aún somos una mayoría de mujeres con este ámbito doméstico a las espaldas. Los roles de género terminan influyendo en las personalidades o cualidades de género, y es muy difícil desligar educación y cultura de los rasgos o condicionantes que biológicamente están ligados al sexo.

Cuando durante una buena temporada, y me refiero con esto a varias generaciones, la crianza se lleve a cabo de forma conjunta y equilibrada entre hombres y mujeres, y haya una proporción similar de hombres y mujeres con cargos mandatarios y directivos, en definitiva, cuando no exista una diferenciación significativa de roles en función del sexo, probablemente podamos realizar unas asociaciones más acertadas entre cualidades y rasgos conductuales diferenciales en función de que una persona sea hombre o mujer. Y apuesto a que serán muchos menos de los que se realizan ahora.

En cualquier caso, creo que el estilo al que aludía Pablo Iglesias es el estilo democrático, participativo o incluso transformacional. Claro que quizás, si lo llamamos democrático, muchos piensen, si ya tenemos un estilo democrático, ¿pues no se vota cada cuatro años? y no, se puede tener un sistema democrático y gobernar de forma autoritaria. Y si lo llamamos estilo participativo, supongo que será tachado de perroflauta o populista (que es un adjetivo que ahora se usa para todo aquello que se quiere deslegitimar y ridiculizar, y, con tanta frecuencia que ya no sabe ni qué es), y ya por transformacional se podría llegar a pensar en un insulto, transformacional? eso lo será tu madre. Lo cierto es que es un estilo de liderazgo incipiente, poco conocido -e incomprendido por tanto-, susceptible al fin y al cabo de no ser tomado en serio le ponga uno el nombre que le ponga. Demasiado moderno para el lastre histórico de autocracia, machismo y demás pesos que arrastramos.

(La línea de Euler)

Ático en Doña Urraca

Que le gustaría tener más información… creo que se lo he contado todo. Se refiere a… nadie pregunta jamás por eso… yo… no suelo dar este tipo de detalles. Para hacerlo tendría que hablarle de ella, le aviso que es una historia larga. Hacía tiempo que … La he buscado algunas veces. No sé, solo por saludar. Solo por saber cómo le iba la vida, si era feliz, por saber que está bien. Puede que incluso por oír su voz. A otras personas saber esas cosas les retuerce el estómago, pero a mí sin embargo me tranquiliza.

En esa época ya era agente inmobiliario. Usted pensará que no hay mucho que saber acerca del oficio. Enseñar pisos, ya sabe, para venderlos, para alquilarlos. Eso. Antes de enseñar los pisos hay que visitarlos primero, para estudiar sus virtudes, y tratar de encontrar remedio a sus defectos. Hasta aquí nada diferente de lo que usted concibe de un profesional de este ramo, imagino. Pero un piso, una casa, un lugar donde alguien ha vivido, no es solo un escenario. Es parte de esas vivencias. Quedan rastros. Nadie que no esté atento a ellos podría darse cuenta. Especialmente con una mano de pintura, un barniz, cortinas nuevas, o unos muebles. Pero para mí, ciertos detalles no pasan desapercibidos. Me refiero a detalles que no se pueden apreciar a través de los sentidos, pero que de alguna forma yo sentía. Imagino que su pregunta va por ahí… Quiere que continúe?

Bien, estos detalles que se referían a vivencias anteriores no eran algo que yo después contara a mis clientes. Por varios motivos. El primero de ellos es que normalmente nadie más siente esas cosas, y el ser humano es escéptico. Y no solo escéptico, sino que tendemos a pensar que quien es diferente o ve cosas diferentes, o percibe cosas diferentes, lo hace como consecuencia de algún tipo de trastorno mental. Y una vez que un cliente me hubiera catalogado como loco, cualquier otra cosa que yo pudiera decirle con respecto al piso habría sido puesta en cuestión. Nadie le alquila el piso a un loco. Nadie firma un contrato con un loco. Nadie habla con un loco. Nadie se relaciona con un loco. Nadie excepto ella.

La conocí enseñándole el ático. Por aquel entonces el edificio estaba recién rehabilitado. Pintura nueva, ascensor nuevo, parquet recién barnizado, y lo demás igual, el dormitorio y el salón con la cocina integrada, las vigas de madera en el techo abuhardillado, las mismas vistas a la catedral. Orientación este. Muy luminoso. Una pequeña joya para alguien con pocas necesidades de espacio.

No pasaron inadvertidos para mí dos detalles desde la primera vez que visité ese apartamento. El primero de ellos fue el fragmento de poema de Alberti en forma de vinilo cuando salía de la estación de metro. Decía así:

“Gira más deprisa el aire.
El mundo, con ser el mundo,
en la mano de una niña
cabe.
¡Campanas!
Una carta del cielo bajó un ángel.”

Normalmente tengo problemas para memorizar, pero de estos me acuerdo. Claro que como después enseñé muchos pisos por esta zona, y los leo cada vez que paso, tampoco es de extrañar. Creerá que me estoy desviando, pero, de alguna forma, determinaron mi primera impresión sobre aquel apartamento.

Sin embargo el segundo de ellos, el que sí era una huella del apartamento, fue aquel olor. Apenas era perceptible por el de barniz y pintura. Pero además había otra cosa. Tardé un par de visitas en identificarlo. Me di cuenta la tarde que vino ella, mientras le explicaba que desde el balcón se veía amanecer. Entonces por fin lo supe. Era olor a tristeza, a opresión, a cárcel. Era un olor que aunque resultara imperceptible se metía hacia dentro hasta calar. Y lo dije en voz alta. Estaba tan entusiasmado por haberle puesto nombre a aquello que lo dije en voz alta. Lo sé porque ella me miró con extrañeza, y me sinceré, pero a medias. Le dije que en aquel apartamento me olía a tristeza y a opresión, sí, le dije que tenía esa habilidad, que lo sentía, o que me parecía sentirlo. Pero para aliviar, para hacerlo más llevadero, me inventé que mi instinto me decía que se trataba de una tristeza animal, como si en esa casa hubiera estado un pajarillo en una jaula, o un ratón. Un ratón de esos que se llaman de campo, pero que nacen en cautiverio y mueren en cautiverio, que nunca sufren ni hambre ni sed, y cuya vida transcurre plácida corriendo en una rueda. Entonces la miré y estaba llorando. Era la tristeza que había allí dentro, que cuanto más tiempo permanecíamos más nos invadía, nos oprimía. Eso solo podía significar una cosa. Que yo no estaba loco, que mis percepciones eran reales porque no eran solo mías. Tuve el impulso de abrazarla. Ya no solo por un tema de consuelo, sino porque imagínese lo que fue para mí que una persona sintiera esas cosas que pensé que solo yo sentía. Imagínese, en ese momento me di cuenta de que no estaba loco, y sobre todo, que no estaba solo. Estábamos allí invadidos por una tristeza que no era nuestra, pero que de alguna forma compartíamos. Y yo creo que nos habríamos abrazado. Pero no lo hicimos.  Entonces dije una estupidez. Algo parecido a Con usted habría sido feliz. ¿Qué? El ratón, digo, que con usted habría sido feliz. Estoy seguro.

No creo que alquilara el piso por ese motivo, ya le he contado los otros muchos que había, de mayor envergadura, sin duda, que esa absurda idea compensatoria mía. Pero lo cierto es que lo alquiló. A partir de entonces empezamos a vernos.

Cuando estaba por la zona la llamaba. La primera vez lo hice por preocupación, sabe, no sabía cómo le estaría afectando la tristeza. Pero ella parecía bien, se alegró de verme. Me contó que estaba a gusto, que las vistas eran de una belleza conmovedora. Pero que por las noches hacía mucho frío y había tenido que comprar una estufa. Le pregunté por la tristeza, en voz baja, casi sin vocalizar. Ella me dijo que todavía tenía que trabajar en ella. Que tenía sus días.

La siguiente vez que tuve que volver por la zona volví a llamarla. Con esa llamada senté definitivamente un precedente.

Ella solía estar en casa porque trabajaba allí. Era traductora de francés. A veces traducía novelas. Mientras iba traduciendo subrayaba en lápiz algunos párrafos que después me leía. Otras veces traducía tesis doctorales, o manuales de instrucciones. Entonces me contaba sus descubrimientos, como el de la lavadora que tenía un programa de autolimpieza, o como que en nuestro código genético existía un polimorfismo que tenía que ver con la longevidad. Le gustaba hablar, pero a veces, después de leerme un texto, o de explicarme algo que le hubiera sorprendido, se quedaba un rato callada, sin mirarme, como si estuviera concentrada en alguna reflexión de calado, o como si quisiera darme unos momentos para reflexionar a mí. Esta segunda posibilidad me ponía bastante nervioso, porque en ese caso se me tendría que ocurrir algo que decir. Algo a la altura. Algo con un mínimo de inteligencia o de interés. Y eso hacía que de forma inmediata se detuviera mi cerebro. Yo soy un agente inmobiliario sensible, y una discusión acerca del determinismo genético no era mi fuerte. De todos modos no solía durar demasiado, porque a ella le gustaba hablar, como le he dicho. Y cuando estaba contenta en seguida retomaba el tema, o buscaba otro. Los días en los que trabajaba contra la tristeza hablaba poco y se mostraba taciturna.

También le gustaban las historias de mis pisos, me las pedía, háblame de tus casas,  y le contaba las historias de las que estaba enseñando en ese momento, pero no las que contaba a quienes lo visitaban. A ella no le importaba lo más mínimo si la orientación era norte o sur, o el número de baños, ella quería escuchar lo otro, lo que yo no le contaba a nadie más. Y le gustaban. Sé que le gustaban porque, como le he dicho, me las pedía. A veces también le contaba mis maldades. Normalmente, trataba de convencer para el alquiler o la venta a las personas que me parecían más adecuadas para la casa, o quizás fuera más exacto al revés. Aún lo sigo haciendo. Le gustó mucho la historia de esa casa que tenía un indio pintado en una pared. Era un indio imponente, de los americanos, sabe? Con plumas y con una mirada de dignidad que no se corresponde con aquello que ocurrió, sino con lo que debería haber ocurrido, la victoria de un pueblo que no creía que la tierra, el aire, el calor o el cielo pudieran comprarse, y consideraba sagrado aquello que era conforme a su propia esencia. Esa casa estaba llena de esa dignidad y de valor para intentar esa búsqueda, ese camino difícil. El piso lo visitó mucha gente, y mucha gente lo quería, pero ponían como condición pintar esa pared para cubrir el mural. Entonces yo les hablaba de la orientación norte, de la escasa luz en invierno y del frío, para disuadir. Hasta que llegó aquella pareja de investigadores, que no tenían coche y se desplazaban en bici y en metro, que les gustaba la vida de barrio y compraban en pequeño comercio, que eran humildes y honestos, que tenían un bebé al que no atiborraban de juguetes y que sonreía constantemente. Ellos querían el piso, y lo querían con el indio. Y a ellos se lo alquilé.

Por contra, otras veces la justicia la empleaba de forma inversa. Como aquel otro piso, tan bonito y luminoso, repleto de muebles de diseño, baños de mármol, mirador, conserje veinticuatro horas, e infidelidad. Pero esto último solo lo notaba yo, sabe? Vino a verlo mucha gente, aunque era caro. Un hombre de negocios trasladado, una pareja encantadora que tenía un hijo con dificultades respiratorias, una pareja joven perfecta. Me decidí por estos últimos. A pesar de su juventud, tenían dos coches, el de él debía costar casi tanto como el piso. Parecían felices. Parecían quererse. Con un amor de esos que se sustentan sobre el éxito, no sé si me explico. Uno de esos amores que se sustenta en frecuentar restaurantes de moda,  en viajes exóticos, en renovar vestuario cada temporada, en la  juventud y la belleza, en desear para el futuro unos hijos, el mayor niño y la pequeña niña, él sería ingeniero, ella médico. Ambos tocarán el piano, él además practica tenis y ella ballet, y hablan tres idiomas. Esa clase de amor que se tambalea cuando ocurre algo que se sale del idilio previsto, y que deja de poder corregirse con dinero. Sí, se lo quedaron ellos. Usted ahora aprovechará para dudar de mi buena fe, pero yo creo que en ese piso tendrán la oportunidad de descubrir que existe otro tipo de amor. Ella lo entendió así cuando se lo conté, y estuvo muy de acuerdo con mi criterio.

Y, por si se lo pregunta ahora, si le alquilé este apartamento a ella fue porque estaba convencido de que ella podría cambiarlo. Además, ella lo supo. Fue la primera persona a la que le conté con total sinceridad qué tristeza había en ese piso. Y la lloramos juntos.

No hubo nada más. No hubo sexo, no hubo pasión, no hubo nada más que una amistad. Pero nunca había tenido otra igual. Para mí redefinió el término. Como si hablando con ella yo fuera más… yo, me entiende? Le ha pasado alguna vez? Imagino que ella tendría a alguien. Imagino que por eso nunca me invitó a subir a su casa. No lo imagino, porque de hecho una vez la vi entrar en el portal con un hombre que llevaba unas camisas en la mano y una pequeña maleta. Ese día, aunque estaba por la zona no me atreví a llamar.

Y un día se fue. Sin más. Sin avisar. Sin dar el preaviso de un mes, sin reclamar el importe de la fianza. Solo se fue. Debe de ser su forma habitual de actuar. Sabes, quien no está acostumbrado a hacer algo, quien tiene problemas para cambiar de casa, o no lo hace con frecuencia, por hablar del caso que nos ocupa, se pasa el día hablando de ello. No sé qué decisión tomar, no sé qué hacer, inconvenientes por aquí, ventajas por allá…. desde que comienza en su cabeza la idea de una mudanza hasta que por fin la lleva a cabo ha dado tiempo a que toda su red de amigos y conocidos tenga conocimiento y opinión acerca de ello. Solo quien está acostumbrado a actuar sin más sin dar explicaciones, sin preguntar, sin pedir opinión o sin contarlo siquiera, puede hacerlo. Claro, que tal vez sí lo contara a sus amigos y conocidos, pero hubiera querido contármelo a mí, a pesar de ser agente inmobiliario. Al fin y al cabo tampoco me contaba otras cosas. Nosotros hablábamos de lo que hablábamos.

Cuando ella se fue me lo volvieron a asignar para su alquiler. No había vuelto a subir al ático desde que ella había empezado a vivir allí. Cuando entré un año después, reparé enseguida en los cambios. Había algo distinto. Estuve rastreando por toda la casa. No, definitivamente nada de aquello de la primera vez. En el piso no había asomo de tristeza. Yo sí, yo sí estaba triste, pero esa tristeza había entrado conmigo, y se debía a echar de menos, a haber perdido a una amiga en su acepción más hermosa. Pero en la casa no. Ni tampoco opresión. Ni tan siquiera un poco de angustia. Había macetas por todas partes que había dejado allí, y marcas de chinchetas en las paredes. Solo dejó una chincheta puesta, sujetaba una poesía de Bolaño, que no formaba parte de sus traducciones, y que no leyó nunca para mí, pero sin embargo, si la dejó allí colgada creo que es porque quería que la leyera, que dejó aquello a modo de regalo, de carta o despedida.

Los perros románticos

 En aquel tiempo yo tenía veinte años 

y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el espacio de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
Y aquí me voy a quedar.

 

Quizás lo hizo porque no confiaba del todo en mi talento para percibir lo que ha quedado en una casa. En esta casa ahora está ella, sus sueños, su amor. Ya no queda nada de aquello que hubo y hacía daño. Han pasado ya mucho años, pero ella sigue aquí en este pequeño ático. Y… creo que esto es todo lo que le puedo contar sobre ella. Disculpe que me haya extendido, ya le digo que normalmente no suelo hablar de estas cosas. Solo añadir que en esta casa será usted muy feliz, estoy seguro. No… no puedo contarle nada más.

Señales los martes

Los martes ya no soy llanero. Hoy martes no hay música puesta y me acuerdo de lo que iba a escribir ayer, que también venía a cuento de lo mismo, pero con otro enfoque, por no encasillarme en un disfraz. No creo en los horóscopos, no creo en dios, no creo en el más allá, pero reconozco que las señales me hacen gracia.

La otra tarde iba a entrar en el metro. Creo que me dirigía a mi casa para enseñarla, y llovía. A esas alturas ya me había cansado de tener que hacerlo. Enseñar mi casa. Tampoco lo había hecho hasta la fecha muchas veces, pero sí las suficientes como para sentir que no la enseñaba sino que la justificaba. Siempre he odiado justificarme. Cuando hago cosas que odio me duele la cabeza. Así que allá iba, en plan llanero con jaqueca, contra lluvia y viento moviéndome por metro de madrid, anticipando las gilipolleces de la gente que tenía que ver esa tarde, y cuando se fueron a abrir las puertas del vagón me dio por pensar las últimas dificultades como señales del universo. No sé, llámalo karma, llámalo alineación de los astros para vengarse por algún tipo de mal que yo haya infligido.

Me hice un juicio crítico. ¿Qué estoy haciendo mal? ¿En qué momentos siento más sucio mi estado de ánimo? Y entonces me puse a hablar con la voz imaginaria,  esa con la que hablaba cuando era niña y creía en seres sobrenaturales, la voz que soy yo misma haciendo de otro, solo que parece que el hablar conmigo enfrente hace compañía. Parece. En casa aún no lo hago, pero esa tarde en el vagón sí. Le decía a mi yo que hacía de otro: no me puedo creer que todo esto sea por mis enfados, porque tengo una forma diferente de entender las cosas. Pues anda y que te jodan, ya puedes seguir poniendo piedras.

Hoy martes he vuelto a salir de casa. Me había puesto un vestido, esta vez sin las botas militares y sin las de llanero, con el disfraz de señorita y los labios pintados. Salí a la calle con la mirada limpia y sonriendo, procuro no enfadar a la voz, estoy bien, estoy en paz, todo va a ir bien. Llueve. Me encuentro con el tipo de la farola, y me saluda como cada día. Le pregunto que cómo está, que hace mucho frío. Me dice que bien, y me dice que estoy muy guapa. Le doy las gracias y me dice que si voy a pasear con ese tiempo. No, voy a buscar un trabajo. Y me dice que seguro que lo voy a conseguir, y que voy muy guapa otra vez. Nos despedimos y yo sigo un poco más segura porque he vuelto a caer en la trampa de las señales, y si el señor de la farola me ha dicho que lo voy a conseguir es porque lo voy a conseguir, y convierto nuestra conversación en amuleto.

Llego a mi antigua oficina. La chica que hay en recepción es nueva, entró poco tiempo antes de que venciera mi contrato, yo la entrevisté, pero no me recuerda. Lo sé porque me pregunta mi nombre y el motivo de mi visita. Se lo digo. Me dice que le suena, que de hecho, aún sigo en la lista de empleados. Y me la enseña. Ya, le digo. Entro y espero en la sala de espera. Pienso que van a venir a buscarme, pero no, y al poco tiempo la recepcionista me dice que puedo pasar a la sala de reuniones, que si quiero que me acompañe. No, sé llegar.

Allí me están esperando cuatro antiguos compañeros. Me dan dos besos y me piden que me siente. Pienso que me van a preguntar cómo estoy, qué tal este último mes. Pero me preguntan que si quiero que me cuenten cuál es la actividad del centro. Me quedo un poco confundida. No hace falta, ya sé lo que se hace. Me piden que les cuente un poco sobre mí. Qué queréis que os cuente. Pues un poco lo que haces. He trabajado con ellos los últimos cuatro años, tomado café a diario, comido, sé los nombres de sus hijos, a qué se dedica su departamento, los últimos contratos que han firmado porque los he hecho yo, así que no entiendo nada. Pero me limito a contestar a lo que se me pregunta, continúo con el juego de hacer que no nos conocemos. Contesto sus preguntas. Desde que me licencié hace quince años hasta ahora. Me escucho hablar y me oigo la voz temblorosa. Me explican el contenido del puesto al que aspiro. Coincide exactamente con aquello que he estado desarrollando hasta ahora. Me preguntan que si me veo capacitada. Me da la sensación de que están llevando el juego demasiado lejos, el juego ralla la crueldad, quiero llorar porque me gustaría mandarles a tomar por culo, pero no lo hago, y además ya me he hecho demasiado pequeña. La jaqueca está en camino. Intento tocar el amuleto pero ya no está.

Salgo de allí sin ganas de hablar con nadie, especialmente no quiero encontrarme con mi voz. Hija de puta, seguro que se siente muy contenta. Hija de puta, seguro que piensa en lo sencillo que ha resultado ponerme dócil. En el tren continúo con Las intermitencias de la muerte. Después de comer me quedo sola. Durante un rato me pongo a buscar alternativas en Internet. Cuando me doy por vencida me he quedado sola en casa, me tumbo en la cama y bajo la persiana. Estoy tiritando pero al final me quedo dormida. Me despierto sin ganas y tengo que hacer un esfuerzo importante para levantarme. Me abrazas y lloro. No puedo dejar de llorar. Y sigo llorando mientras hago café, y sigo llorando mientras me lo tomo, y sigo llorando hasta que enciendo la tele. Me veo los cuatro primeros episodios de breaking bad. Hija de puta, hoy ha ganado. Pero escucha esto, hasta los martes se acaban.

 

Vudú

Lo pasé mal el primer día. Nada más. Después se me pasó. Es difícil no tomárselo como algo personal. En el sentido no me quieren. Es difícil separar lo que haces de lo que eres. Y te quedas sin trabajo y entonces lo que eres resulta dañado de una forma colateral. Supongo que si el malestar duró solo un día es porque yo por aquel entonces tenía un buen concepto de mí misma, y porque solía ser -y creo que aún soy-, una optimista irredenta. Decidí poner el enfoque en la cantidad de horas libres de soledad que iba a disfrutar. Algunas veces decido poner el enfoque en la parte positiva de un hecho, pero a pesar de haberlo decidido no consigo hacerlo. Aquella vez sí. Es cierto que hice uso de alguna sustancia ilegal, creo que era una marihuana creativa que me había regalado un amigo que la cultivaba, que también cultivaba grosellas, frambuesas y tomates cherry, pero como existe tanta censura con este asunto de las drogas, guardaré secreto con respecto a su nombre, y si la policía me preguntara alguna vez, quizás por haber encontrado este manuscrito, lo negaría todo alegando ficción literaria. La degradación, la ilicitud, la delincuencia y la perversión son mucho más atractivas para el lector, eso les diría. Lo cierto es que fumé algún canuto y que, en relación a lo positivo de mi actitud, este hecho tuvo una relación más accidental que causal.

Recuerdo que también decidí continuar con mis antiguas rutinas. Decidí mantener el despertador a las 6:50 de la mañana, hacer café, ver las noticias, ducharme, vestirme, y utilizar mi técnica de hacer listas para centrarme, para aprovechar ese tiempo y no dilapidarlo con mi tendencia a la indisciplina y la dispersión. Abrir una lista de cosas que quieres hacer es emocionante, es como un niño escribiendo a los Reyes Magos. Imagina, una hoja en blanco, un montón de horas por delante, y una sola pregunta: ¿qué quieres? Debería escribirla en negrita: ¿qué quieres? ¿Cuántas veces nos hacemos esa pregunta? ¿Cuántas veces sabemos contestarla? Muchas veces solo la contestamos cuando sabemos que aquello que queremos no es posible, la contestamos solo para generar sufrimiento. Como si soñar con aquello que podemos conseguir diera miedo. La responsabilidad, supongo. De hecho, recuerdo que al principio empecé a escribir en esa lista deseos pequeños. Quizás porque ese buen concepto de mí misma tenía fisuras. Quizás porque no sabía con cuánto tiempo contaba, como si eso pudiera saberse, pero ¿y si me embarcaba en un deseo extremadamente ambicioso y encontraba trabajo pronto y no podía terminarlo? O quizás porque me daba miedo fallar. Quizás necesitaba empezar por deseos pequeños, deseos sencillos, fácilmente concretables, deseos que se pudieran empezar y terminar en un corto periodo de tiempo, incluso en una misma mañana, incluso varios en una misma mañana, y que, cuando terminara el día, pudiera ver una larga lista de cosas que quería hacer y finalmente hice, deseos cumplidos.

Sí, empecé a escribir deseos en una lista y también a ponerme un plazo porque tiendo a la dispersión. Tenía que luchar contra la dispersión. Y es que podía escribir, por ejemplo, “llenar la casa de plantas”, y al ponerme con ese deseo, que aparentemente es lineal y sencillo: bastaría con hacerme con unos esquejes, comprar tierra y buscar recipientes por casa que convertir en macetas, me daría cuenta de que no, de que se revelaría curvo y laberíntico. Empezaría a hacer primero un trabajo de investigación acerca de las especies de interior que mejor se adaptan a las condiciones ambientales que hay en mi casa, porque no tendría ningún sentido dedicar mi tiempo y mi esfuerzo a darle vida a una planta que, de puro sufrimiento, va a terminar muriendo. Perderíamos las dos, aunque la planta un poco más. Así que sí,  primero investigaría hasta saber que lo que yo puedo ofrecer le va a parecer bien al potos, al ficus benjamina, a la cinta. Y entonces me pondría a investigar acerca de cada una de esas especies, qué cuidados requieren, características de sus hojas, enfermedades frecuentes, lugares de origen. En ese momento mi navegador ya tendría más de treinta ventanas abiertas. Y entonces quizás me acordaría de que al lugar de origen, por ejemplo Malasia,  va a ir de viaje un primo mío, y me sorprendería a mí misma absorta, rememorando mi infancia, recordando a mis abuelos, que ya no están, a mi primo que sí, se casa y se va a Malasia, de donde son originarios los potos,  y un impulso fuerte me haría correr a la estantería y buscar los álbumes, y constatar la cantidad de polvo que hay cubriendo el álbum, cubriendo los libros, la estantería. Nunca hay tiempo para limpiar una estantería. Pero entonces sí lo tenía, y aunque limpiar no formara parte de la lista al final lo haría. Y así podría seguir hasta la hora de irme a la cama. Y habría sido un día frenético de investigación, recuerdos y tareas de lo más variopintas, pero al coger la lista no habría nada tachado, porque a pesar de todo no habría llenado nada con plantas, y eso me haría sentir mal. En el sentido de que hay cosas que quería hacer, he tenido el tiempo y la intención, y no he hecho. A eso me refiero. Y es que hasta las cosas más inocentes y más sencillas, como plantar una maceta, pueden no ser lineales, y para mí casi nada lo es. Y puedo saber cómo comienzo algo, pero no cómo lo voy a terminar, ni mucho menos cómo, o cuál será el recorrido. Lo predigo lineal, lo predigo sencillo, lo predigo directo, predigo que plantar una maceta consistirá en hacerme con un esqueje, con tierra y un recipiente, poner el esqueje y la tierra en el recipiente, y regar con agua y fin, lo predigo lineal y directo,  predigo un tiempo estimado de media hora, pero al final, ni siquiera lo más sencillo suele ser así. Como el final de esta historia.

Además de la lista de deseos estaba la lista de cosas que no quería hacer pero que sin embargo tenía que hacer. Una de ellas era buscar trabajo. Lo peor de buscar trabajo era leer las ofertas. Me parecía que el espíritu que guiaba la confección de un currículo y el de una oferta de empleo eran antagónicos. Yo, como la mayoría, escribía en el currículo todo aquello que podía gustar. Mis títulos académicos, los idiomas que era capaz de hablar, mis experiencias profesionales positivas y mis méritos en ellas, mis cualidades y virtudes personales…. A veces incluso adornaba ciertos aspectos si la verdad no me parecía suficientemente atractiva, destacaba lo bueno, me callaba lo malo. Mi intención era, insisto,  gustar. Sin embargo, las ofertas parecían escritas para ser detestadas. Un listado inacabable de tareas y responsabilidades, de requisitos, de idiomas que dominar, de exigencias: disponibilidad para viajar, disponibilidad horaria, compromiso, capacidad de sacrificio, capacidad para soportar presión… las ofertas decían de una forma indirecta pero inequívoca que el trabajo era duro, el clima laboral terrible, tu superior un ser difícil. Y que para para hacer esa mierda, querían al mejor. Yo les habría agradecido que mintieran. Al menos al principio, que dijeran algo que resultara motivador, como mínimo el sueldo, y no ese “retribución según valía”. Lo peor de todo era leer lo terrible y lo duro que iba a resultar, lo mucho que se exigía a cambio de un ya veremos cuánto, y aún así, tener que decir: sí, quiero, sí, yo soy la mejor, y por eso estoy dispuesta a trabajar bajo presión, a que dispongáis de mi tiempo, estoy dispuesta a hacer los sacrificios necesarios por vosotros, sí, elegidme. ¿No era eso un síntoma inequívoco de que yo no podía ser tan buena? ¿No era una forma indirecta de aceptar que soy imbécil?

Buscar trabajo se estaba convirtiendo en hacer una recopilación de virtudes y suplicar con ellas (o gracias a ellas) un lugar en el infierno. En algunas ofertas se exigía narrar por qué querías ese puesto de trabajo. Creo que lo intenté, de veras, pero fui incapaz. De modo que terminé editando mi currículo, ensalzando mis exigencias y puntos débiles, como que mi nivel de inglés tiraba a mediocre, o que soy orgullosa y no me gusta que me lleven la contraria, que no soportaba acatar criterios menos inteligentes que los míos, mi tendencia a cuestionarlo todo, y también detallaba mi gusto por el portazo como método para aliviar el estrés. Por supuesto manifesté mi negativa a realizar horas extra, y a viajar salvo circunstancias a mi juicio justificadas y excepcionales. Y que mi motivación para querer trabajar era únicamente pagar facturas a fin de mes. Ese fue el currículo que empecé a enviar a partir de ese momento, y, de alguna forma, me sentí un poco menos imbécil.

Las primeras semanas estuve recluida en mi casa, con mi lista de deseos pequeños, sin ganas de salir a la calle, sin ganas de hablar por teléfono, sin ganas de tener contacto con otros seres humanos. Tampoco había tantas personas a las que ver. Ahora me parece increíble, pero por aquellos entonces era una persona bastante introvertida, no tenía pareja y me rodeaba de un círculo de amigos más bien pequeño. Sentía una enorme avidez por la soledad. Pero poco a poco, los deseos realizables se fueron agotando, que es lo mismo que decir que se fue agotando mi capacidad para desear. Hubiera deseado no desear nada. Poder sentirme en paz simplemente tumbada en un sillón con música y un libro, leyendo y fumando una hora detrás de otra. Y así cada día. Pero no podía. No era capaz. Ni con sustancias ilegales. Me empezaba a picar la impaciencia, me revolvía la musculatura, el pensamiento, no podía concentrarme en aquello que leía. Necesitaba una actividad física y mental constante y yo diría que hasta febril. Con eso tenía que convivir. Eso era yo. Al final, a falta de deseos realizables de los que poder apuntar en mi lista, empecé con los imposibles. Se me empezó a pasar por la cabeza montar mi propio negocio, algo que sí me gustara. Entonces veía un pequeño café, adornado con potos que brotaban de latas de conserva, tarros de cristal, botellas o bombillas, exposiciones fotográficas y pictóricas, veía conciertos, veía talleres y tertulias. Mi imaginación se disparaba, yo rodeada de gente, yo entusiasmada, yo haciendo posible que otras personas compartieran su obra, yo camarera psicóloga… yo haciendo algo imposible sin tener dinero. Yo soñando en el sofá de mi casa. Yo sin ganas de escribir nada en ninguna lista.

Hice entonces varias cosas para tratar de facilitarme toda esa gestión del tiempo. Por primera vez me planteé con urgencia conseguir un empleo, porque la inseguridad, el tiempo libre y los sueños imposibles estaban empezando a desquiciarme. Para conseguirlo me propuse mejorar mi nivel de inglés, quizás mi punto más débil. Ya había pasado por varias entrevistas personales en las que me habían puesto a prueba y no habían sido momentos gratos. Por otra parte no estaba en condiciones de invertir dinero en academias. En realidad solo necesitaba hablar y recuperar fluidez. No me podía creer que no hubiera en toda la ciudad algún nativo anglosajón con quien poder charlar en su idioma a cambio de algo que no fuera dinero. ¿Qué podría dar yo a cambio? Yo podría enseñarle español, a cocinar algo de aquí, o simplemente a cocinar algo que no fuera un sándwich, un reportaje fotográfico, o a plantar potos.

La última cosa que escribí en la lista de deseos fue “hacer fotografías”.Ese era un deseo que me permitía pasar una buena temporada sin pensar en más, y que además podía tachar a diario. Me obligaba también a salir de casa, porque a veces la soledad genera una cierta adicción. Cualquiera desde fuera habría temido por mi salud. Desde fuera yo era una mujer de mediana edad, sola, que había perdido su trabajo, que apenas salía de casa, que no contestaba el teléfono, que no quedaba con nadie. Desde fuera podría haber parecido deprimida, desesperada. Desde fuera nadie podía saber que yo estaba inmersa en hacer aquello que quería y que ese ostracismo se debía tan solo al entusiasmo con que me empleaba en hacerlo…. o al menos al principio.

Puedo recordar con exactitud que mi búsqueda de nativo anglosajón y el deseo de realizar fotografías coincidieron en el tiempo, porque el día en que conocí a Abebi llevaba mi cámara. Habíamos quedado en el Retiro, y a pesar de que ya era noviembre hacía sol. Abebi era alta, negra y caminaba erguida. Lo cierto es que no hablaba demasiado, no hablaba casi nada, y ese primer día me resultó un encuentro un tanto difícil. Yo ya me había acostumbrado a la soledad, y además, no me resultaban sencillos los monólogos, ni tampoco los interrogatorios. Le pregunté que de dónde era y me dijo que de Nigeria, de un pueblo cuyo nombre era impronunciable, en la región de Borno (del nombre de la región evidentemente sí me acuerdo). Le pregunté que cuánto tiempo llevaba en España y me dijo que seis meses. Le pregunté que si quería que yo le enseñara español y me dijo que no era necesario. La conversación no fluía, me resultaba forzada, con el agravante del inglés. De modo que me puse a hablar yo. Y de una forma un tanto nerviosa y compulsiva y atropellada, le conté que no tenía trabajo, le conté que me había propuesto mejorar mi inglés y que por eso había contestado su anuncio, le conté que me había propuesto sacar fotografías porque ya no se me ocurrían más deseos en mi lista de deseos. Le conté que no me gustaba buscar trabajo, que me resultaba humillante. Le conté un montón de cosas de las que después me arrepentí. Qué debió pensar ella de mi humillación y mis quejas, ella que venía de Nigeria, que a saber cómo había llegado hasta aquí y por qué, que quizás sabía de mafias, de países en guerra, de explotación sexual, de atravesar estrechos a bordo de una patera, ella que estaba en un país extraño, que había tenido que aprender el idioma, que quizás vivía como ilegal, que quizás habría tenido también que buscar trabajo, y qué clase de trabajo, y yo le había dicho que para mí era humillante, qué debió pensar. No me interrumpió en ningún momento, no me corrigió mis fallos con el idioma, no me miró, solo caminaba a mi lado mirando al frente, a un frente mucho más elevado que el mío, porque debía sacarme al menos una cabeza, ella caminaba con una espalda que no se doblegaba, que no perdía ni por un segundo una verticalidad arquitecta, que no perdía ni por un momento un ángulo de ciento ochenta grados grados exactos con su cuello, de noventa con sus hombros. Cuando nos despedimos, Abebi miró mi cámara, y me dijo en un castellano perfecto que le gustaría que yo le hiciera unas fotografías. Y que si podría hacérselas en mi casa.

Le dije que sí, qué otra cosa podía hacer después de que hubiera soportado con semejante estoicismo mi verborrea en un inglés deficiente. Creo recordar que después me entraron dudas. En realidad yo no sabía nada sobre esa mujer, y la iba a meter en mi casa, me podría atacar, hacerme daño, hacerse fuerte en una habitación y negarse a abandonarla. Ese tipo de dudas mezquinas y clasistas de las que después siento vergüenza, pero que aparecen sin pedir permiso. No obstante, no me eché para atrás, y Abebi vino a hacerse una sesión. Yo había hecho algunos reportajes, siempre a nivel amateur, nunca me había dedicado de manera profesional. Se me daba bien, tenía una buena cámara, pocos conocimientos, y unas pequeñas nociones de revelado digital. Lo suficiente para hacer un regalo a algún amigo o familiar que quisiera un recuerdo gráfico en confianza sin gastarse una fortuna, sin gastarse nada, en realidad. Pero no tenía un estudio, no tenía medios técnicos, no tenía iluminación. Abebi llegó silenciosa como la primera vez. No tenía ni idea de qué tipo de fotos iba a querer, ni para qué, no tenía ni idea de qué tipo de persona era Abebi, ni lo sabría nunca.

No me hizo falta tener ideas porque ella tenía claro lo que quería. Me dijo que iba a hacer un baile, y que quería fotografías bailando. Me sorprendió la propuesta, pero fue mayor el alivio que sentí por no tener que pensar. Igual era bailarina, igual las necesitaba para buscar trabajo ella también, para un portfolio, una presentación, un cartel… Qué más daba. Me concentré en preparar el espacio. Estuvimos haciendo sitio en el salón, procurando fondos neutros, retirando mis objetos personales de manera que no apareciesen. Abebi sacó un CD y unas muñecas de trapo bastante feas, colocó el CD en la cadena de música, las muñecas en el suelo formando un círculo. Quiso bajar la luz y encender velas. Abebi se visitó con un pañuelo, y se colocó en medio del círculo. Me hizo una señal para que pusiera la música. Entonces comenzó todo. Tras un par de minutos de silencio sepulcral comenzó un sonido de tambores y cantos. Primero muy lejanos, después, muy poco a poco, se fueron acercando. Abebi empezó a moverse poco a poco de una forma que a mí me resultaba desconocida, con una cadencia bella y extraña… visceral. Las muñecas le servían de límite, se mantenía siempre dentro del círculo que formaban. En el resto de la habitación no paraban de moverse al mismo ritmo todas las luces y todas las sombras que formaba Abebi, cada vez más salvaje. No eran los pasos de ningún baile, era una danza. No es lo mismo bailar que danzar. Abebi había dejado de ser una mujer para ser puro instinto, un cuerpo que la música guiaba y sacudía con total libertad, sin que mediara ningún acto consciente. Yo no podía dejar de disparar. Rezaba para que la escasa iluminación y los movimientos me permitieran lograr alguna imagen enfocada. Abebi entonces se deshizo el nudo del pañuelo que llevaba como vestido, que cayó por completo, y continuó su danza completamente desnuda, con las mismas contorsiones y saltos, a veces furiosos, a veces sensuales, a veces abstractos, pero ahora yo podía ver todo su cuerpo en movimiento, musculoso, largo, negro y brillante. Era un animal perfecto. En ese momento supe que estaba presenciando la escena de mayor belleza a la que hubiera asistido jamás, y también la escena de mayor belleza a la que asistiría nunca.

La danza duró unos diez minutos. Cuando terminaron los tambores ella cayó en su círculo exhausta, y se quedó un rato así, en silencio. Yo sabía que estaba viva porque veía su espalda moverse al ritmo de su respiración agitada. No fui capaz de articular palabra, ni tampoco de hacer una sola fotografía más. Era como si el silencio que se había creado al terminar fuera mucho más importante que ninguna otra cosa, y, sobre todo, como si yo no tuviera derecho a interrumpirlo, o como si el hacerlo resultara obsceno. Cuando Abebi recuperó el resuello se levantó sin mirarme, como si estuviera sola, creo que en cierto sentido lo estaba; se visitó con el pañuelo y volvió a su posición erguida. Me pidió que le grabara las fotos. Me quejé como pude, siempre en mi inglés maldito, le pedí unas horas para poder retocarlas, seleccionar las que hubieran quedado bien, ponerlas en blanco y negro, porque así me gusta trabajar a mí. Me dijo que era necesario que se las llevara todas en ese mismo momento. Dijo necesario, no dijo preferible, no dijo importante. Dijo necesario. Yo simplemente obedecí. Descargué todas las fotos, las pasé a un CD, y se lo dí. No me dejó quedarme con ninguna de ellas. Con ninguna. Me lamenté mucho, intenté aferrar en mi cabeza las imágenes aún recientes de la danza de Abebi desnuda en mi salón, pero aunque lo intenté no me quedé tranquila, no tenía demasiada fe en mi memoria. Era mucho más seguro conservar fotografías. Ni siquiera había podido ver cómo había quedado el trabajo que había hecho. Esa noche me llamaron de una empresa para una entrevista de trabajo.

La entrevista fue en inglés, y lo recuerdo porque jamás en mi vida había hablado de esa forma. Fue un momento extraño, como si me hubiera poseído una intérprete desde la Gran Bretaña, apenas comprendía los giros y expresiones que salían de mi boca, con mi mismo tono de voz. Y me contrataron. Respetando el horario que les impuse, respetando todas y cada una de mis condiciones, incluido el sueldo loco que yo jamás pensé que ganaría, más del triple del mejor que yo había recibido nunca, uno que se arrimaba a los cien mil euros anuales.

Como empecé a trabajar, dejé de tener tiempo y necesidad, y no volví a llamar a Abebi. Ella tampoco se puso en contacto conmigo. De vez en cuando, cuando me metía en la cama resonaban en mi cabeza los tambores y veía entre luces y sombras, en un perfecto tono sepia, el cuerpo de Abebi rugiendo. Abebi a veces se transformaba en una pantera, otras veces era un hada blanca, a veces la veía impresa imaginando una foto imposible, una foto de Pulitzer, una foto que yo jamás habría podido hacer, pero así la imaginaba. Y después imaginaba mi café, abarrotado de gente, de intelectuales fríos y analíticos. Y en mi café de pronto caía la luz y sonaba la música tribal, y en medio de un círculo estaba Abebi, y danzaba, y dejaba caer su pañuelo, y todos nos quedábamos conmovidos con su cuerpo salvaje, sus movimientos salvajes, y nos llenábamos de angustia porque no éramos capaces de contener en nosotros tal cantidad de belleza e instinto. Y teníamos la certeza de estar contemplando por primera vez algo real. No, real no, algo auténtico. Y nadie conseguía analizar aquello que estaba presenciando, nadie podía explicar por qué sentíamos tanto porque nadie podía pensar mientras estaba sintiendo. Todo eso imaginaba. En mi café yo era feliz, Abebi también, quienes estaban dentro también.

Cuatro años más tarde ya había ahorrado lo suficiente. Dejé mi trabajo y alquilé un local céntrico. Monté mi negocio más o menos como lo había imaginado. Me exigió mucho esfuerzo, y mucha dedicación. La noche antes de su inauguración soñé de nuevo con Abebi. La había estado llamando. Ahora ya tenía mi sueño grande, ahora cabía ella. Nadie contestó el teléfono. Lo intenté durante una temporada, la busqué casi hasta la obsesión. Incluso contraté un detective privado, pero fue imposible. Nunca más volví a saber nada de ella. Para conjurarla llamé al local Café Borno, y contraté a un camarero nigeriano, Soni, que no tenía ninguna experiencia y que hasta entonces vendía revistas en la calle y vivía de la solidaridad de asociaciones. Soni tenía una sonrisa sincera, una alegría contagiosa, una mujer y un hijo de dos años. Yo tampoco tenía experiencia y mi inglés continuaba siendo nefasto, así que Soni y yo aprendimos juntos. Soni atendía a los clientes extranjeros, me ayudaba con la música tribal, a buscar artistas, a llenar de ideas el local. Una vez a la semana hacíamos una noche negra. Yo investigaba acerca de cafés, tés, cócteles, investigaba el arte local, y trabajaba en la barra. A esa barra se acercó un día el guitarrista de un grupo que había estado tocando, y me enamoré. Nos enamoramos. Y desde entonces llevamos una vida un tanto loca pero hemos sido muy felices, en cualquier caso, esa es otra historia. Soni terminó siendo mi socio, y cuando ya estuve demasiado cansada para continuar trabajando, le entregué las riendas del Café. Ahora el Café Borno lo gestiona él. No ha servido para hacernos ricos, pero nos hemos divertido, sí, y nos ha permitido vivir a su familia, a la mía, y a la de otro camarero, y continúa siendo un referente cultural y artístico. De vez en cuando incluso hemos podido ser mecenas de algunas personas con un talento tan especial que nos resultaba inconcebible que no pudiera desarrollarlo. No ocurre tan frecuentemente. Soni tiene una gran sensibilidad para detectarlo.

Me habría encantado que conociera a Abebi. Creo que si la hubiera podido ver bailar habría vibrado tanto que se le habría desintegrado la piel, o las terminaciones nerviosas. Así que quizás haya sido mejor así. Algunas veces pienso que Abebi no existió nunca y que es fruto de mi imaginación. La he visto dos veces y la he soñado el resto de mi vida. Pero real o imaginaria, la danza de Abebi es lo más auténtico que he visto jamás. A mí me gusta creer que ella cambió mi vida. Estoy convencida de que hubo algo mágico en ese baile que hizo que, de alguna forma imposible, me llamaran de aquel trabajo, me contrataran, y pudiera abrir mi café. A Soni le he contado cien veces esta historia, no porque necesitara compartirla tanto, sino esperando que algún día él me diera alguna explicación que confirmara mi creencia, como si la hubiera….  Soni me escuchaba siempre, y a su vez me narraba la forma en que yo le encontré a él, y creo que con eso quería hacerme entender, de una manera retorcida, que a veces ocurren cosas sin ningún motivo, casualidades maravillosas que cambian nuestra vida y que no llegamos a entender. Que bajo mi punto de vista no deja de ser otra forma de magia. Pero a mí me sigue gustando más mi versión. De todos modos, eso es algo que no tiene demasiado trascendencia.

lunes 7 de noviembre, on the road again.

Lo bonito que tienen las etapas vitales en las que eso que ahora se ha dado en llamar zonas de confort se resquebrajan, es que te permiten ser un llanero, y que, además, te permiten escribir la palabra llanero. Y te empujan a caminar por la calle con botas y blue jeans un lunes por la mañana, y unas buenas gafas de sol. Y a fumar picadura sin filtro, y para encenderlos usar una cerilla, y con un escorzo decidido la prendo mediante el rozamiento con la suela.

Puedo hacer cualquier cosa ahora que camino sobre arenas movedizas, puedo hacer cualquier cosa ahora que de fondo suena un blues del delta del mississipi, puedo hacer cualquier cosa mientras un slide se vaya deslizando al límite, sin llegar a caer nunca al abismo y sin llegar a pisar jamás tierra firme.

Saberme en peligro me hace osada, a veces me empuja incluso a la temeridad. Y se da la contradictoria circunstancia de que justo cuando todo puede saltar en mil pedazos, o precisamente porque todo puede saltar en mil pedazos, mi cuerpo se mueve y avanza sabiéndose invencible.

Up against the wall

Hoy me volvieron a pedir la canción en el coche, mientras los llevaba al entrenamiento. Llevo a mi hijo Miguel y a su amigo Dani. Dani suele ser bastante crítico con la música que pongo. Últimamente suelo ir con clásicos. Rock clásico: Bo diddley, Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis… jazz clásico: Amstrong, Ella… ese tipo. A veces también me cogen en un día indie, del tipo atormentado que no va nada con su carácter, de modo que procuro que no coincida. Dani dice que vaya mierda de música, que ya no estamos en los noventa. Ni siquiera me molesto en rectificarle, porque para ellos el mundo antes de esa década no existía, antes de los noventa el mundo era un gran agujero negro, eran los hombres de las cavernas, era el big ben. Fuera del reggeaton que pinchan en la radio fórmula el mundo es extraño y ajeno. Miguel sí tiene cultura musical. Ahora ya existe la democracia en el coche y vamos pinchando por turnos unos y otros, pero antes de eso, primero existió el tiempo de la dictadura de Miliki, y después el tiempo en que escuchaban  lo que yo ponía. Y muchas cosas le gustaban. Me recuerda a los años en los que era yo la que iba en el asiento de atrás y escuchaba música country. Todo el tiempo. A mí no me entusiasmó nunca, pero le decía a mi padre que sí para no herir sus sentimientos. Y esto me da qué pensar.

Cuando Miguel empezó a pinchar nos enseñaba las canciones que escuchaba con sus amigos en el colegio, en el campamento, las que les molan a sus amigos, las que a él le recuerdan a sus buenos momentos… Pero no recibieron una buena acogida. A mí el reggaeton no me gusta, pero me indignaba un poco que le dijeran que sus gustos eran una mierda. A todos nos gusta que se respete lo que nos gusta, y además todos tenemos un pasado, pero el caso es que a Miguel le terminó pudiendo su deseo de ser aceptado, reservó el perreo para su intimidad, y en el coche fue probando otras cosas. Siempre está escuchando música, y ya he dicho que su gusto es amplio, de modo que tiene recursos. Una mañana, camino del cole, me sorprendió pinchando una lista que se llamaba The road to the punk rock. De esa lista le gustaban Surfin bird de The Trashmen, All day and all of the night de The kinks, y alguna que otra más, pero después de dejarlo seguí con ella puesta y entonces la escuché. Supe que con ella los iba a conquistar. Y lo hice. La prueba la he tenido hoy.

Al recogerlos esta tarde primero me han contado que el examen de naturales bien, pero que el de sociales, que ayer mantuvo, al menos a Miguel, recluido toda la tarde en la habitación, regular. Podría habérselo estudiado más dosificado, pero qué le voy a decir cuando yo siempre he sido de atracones la tarde de antes. Me acordé de mi padre, que tenía fe en la justicia, y me decía que cuando uno se ha esforzado los buenos resultados llegan. A mi a veces me gusta pensar que sí, pero al margen de las sociales, y de mi misma, sé que la justicia no es una ley exacta, y que no siempre llega cuando se la invoca con el esfuerzo. Después de eso, me han pedido la canción.

Lo tiene todo, una letra fácil de recordar porque solo consta de una línea, contenido explícito (como se dice ahora), y es insolente y provocadora. Hemos ido los tres a gritos cantando “up against the wall motherfuckers”. Y joder, cómo libera. No tanto como decir contra la pared, hijos de puta, pero libera. No sé en qué pensarían ellos, si en su examen de sociales, en su tutor, en el sistema central, o en los ríos de la vertiente atlántica. A mí se me pasaron por la cabeza muchos de los rostros que protagonizan las noticias en los telediarios. Me sonreí. No es muy didáctico, pero al final, dijéramos lo que dijéramos, no estábamos haciendo daño a nadie, ni siendo violentos. Solo cantábamos, cantábamos los tres en un coche, cantábamos up against the wall, motherfuckers, cantábamos llenándonos la boca, y cantando nos sentíamos un poco más ligeros, como si fuera escapando la rabia con cada una de las pocas notas de esa canción tan simple.

Cuando los dejé el parking estaba lleno, así que me quedé en doble fila, esperando que alguien se fuera para aparcar bien el coche y poder esperar leyendo. Esos son mis ratos consagrados de lectura. Dos horas lunes y miércoles encerrada en el coche, la contrapartida placentera a mi trabajo de chófer.

En general, las normas para aparcar cuando está lleno el parking son claras, están basadas en la justicia y no en la suerte. El que más tiempo lleva en doble fila esperando es el primero que aparca su coche cuando alguien sale. Un sistema de turnos clásico. El mismo sistema que impera cuando uno va a al cine un sábado por la tarde, a un supermercado, etc, creo que no merece más explicación. O sí. Porque cuando después de media hora esperando por fin se iba un coche y el hueco que dejaba ya me tocaba a mí, y mientras estaba yo haciendo las maniobras para aparcar, llegó una señora con un mercedes azul que acababa de llegar, y lo metió. Como acababa de llegar y quizás no se había percatado de la cola, me bajé de mi coche y me acerqué al suyo para explicarle que había cola, y gente esperando, y que era mi turno. La señora ya tenía una cierta edad. Tenía el pelo teñido de rubio muy claro, y lo llevaba bien peinado, con un recogido de peluquería, pendientes grandes, un pañuelo en el cuello, collar… una señora de bien que llevaba a su nieto a entrenar. Pero la señora no bajó la ventanilla, me miró por un momento como quien mira a un ser insignificante, prácticamente invisible, y se encogió de hombros. Ella sin duda creyó que las normas tenían que ver con la suerte. Le dije que no daba igual, que se trataba de una cuestión de respeto. Y que tenía el aspecto de haber sido bien educada, y que al menos se dignara a bajar la ventana para poder hablar a un volumen normal. Pero no lo hizo, así que intenté abrir la puerta de su mercedes, pero lo tenía cerrado. Así que me despedí diciéndole a un volumen que pudiera escuchar a pesar de no haber bajado su ventana, que aunque fuera disfrazada de señora, en realidad era una mujer chabacana y vulgar.

Volví a meterme en mi coche. Me temblaban las manos de rabia. Y me coloqué en doble fila con brusquedad justo detrás de ella. Entonces aún no me había dado cuenta de que la señora no había salido aún del coche, ni tampoco de que no lo había hecho porque tenía miedo. Pero cuando el destino quiso que la siguiente plaza que se quedara libre fuera justo la que había al lado de su bonito deportivo, aparqué mi coche, y la vi, y la miré, y ella me miró, lo supe. La señora seguí ahí metida porque me tenía miedo. A mi. Y volví a pensar en la justicia, incluso un poco en la suerte. La señora no podía saber que yo habitualmente soy de esas pocas personas que no sale del coche en dos horas, no va a ver el entrenamiento y permanece allí dentro leyendo. De modo que el hecho de que yo tampoco saliera de mi vehículo y le devolviera la mirada con cara de odiarla con gran intensidad, debió interpretarlo como un gesto amenazante, así que también permaneció dentro, jugando con el móvil. Y me sirvió en bandeja mi venganza. No se atrevía a salir del coche e ir a tomar un café, o a ver a su nieto, por no dejar su flamante coche solo conmigo allí al lado, con esa cara de loca furiosa, con esa cara de ir a escribirle puta con una llave en la puerta, con esa cara de ir a rajarle una rueda con la navaja que sin duda escondería en el fondo de mi bolso, con esa cara de ir a estallarle una piedra en su cristal. Porque yo no tenía pinta de señora de bien. Yo seguro que era capaz de cualquier cosa. Y lo era. Eso no obstante no quiere decir que lo hubiera hecho.

Me mantuve inmóvil con el libro en el regazo, con los pies sobre el asiento, fumando de vez en cuando, el codo por fuera de la ventanilla, mirándola con cara de psicópata de tanto en tanto. Estuve tentada de poner música a todo volumen, de buscarle una lista de punkarras o de screamers, me planteé incluso el reggaeton. Pero al fin y al cabo yo qué culpa tenía de su prepotencia y de su falta de respeto. Con música no puedo leer.

Su miedo la mantuvo encerrada dentro del coche alrededor de una hora. Hasta que salió el nieto. Poco antes, salió a buscarlo sin perder de vista el coche, y sin dejar de mirar hacia atrás, con cara de pánico.

Cuando salió Miguel, antes de llegar a casa me puso la canción. Oh sí, Miguel, gracias! Up against the wall motherfuckers. De nuevo una imagen concreta en mi cabeza. Esta vez tenía el pelo teñido de rubio y cara de agobio. Y me sonreí.

 

llegados a este punto

Qué suerte que nacieras, y que viviendo todos estos años de un lado para otro, ahora estés justo donde estás, que es precisamente donde estoy yo. ¿No te parece una casualidad asombrosa? No, tú dices muy seguro que  las vidas que empezaron las otras veces que naciste, y las que vendrán cuando vuelvas a nacer, tienen en común que siempre llegas a este punto preciso donde estás ahora. Que es donde estoy yo.

En este punto somos jóvenes y valientes, en este punto estamos un poco locos, y es imprescindible permanecer desnudos.  Entonces aparecen los significados para nosotros. Aparecen por todas partes. En Amuleto de Bolaño, en el Mundo de Millás, en una bicicleta apoyada en una pared, en un robot de cajas de cartón, en una gata que se va a llamar Carmen, en la luna de medio día que aparece en zaragoza y se mete por mi ventana, en ese señor que estaba sentado en la mesa, y celebraba él solo con vino blanco y berberechos, en el mensaje que hay escrito en la pared, en la fuente de la república de españa, y en ese paisaje que algún día será tuyo.

Ya es mío. Es todo nuestro, ese es nuestro patrimonio de belleza y magia.

 

 

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