Memorizar literatura

De los 72 temas hay 40 de lengua y 32 de literatura. Estos días me toca segunda vuelta de literatura. La primera fue amena, porque solo leía, investigaba, y me pareció un alivio en relación a la lengua. En esta segunda vuelta yo tenía ya mis expectativas creadas, bien, por fin vuelvo a la parte que más me gusta. Pero esta segunda vuelta es la de memorizar. Ayer, después de pasarme casi cuatro horas con la lírica ascética y mística y la novela del siglo XVI, llegué a la conclusión de que estudiar literatura es una de las mejores actividades a las que dedicarse para odiarla. Estoy deseando volver a la lengua. Y tener tiempo para leer La lozana andaluza y el Criticón. Mientras tanto voy a seguir torturándome con un empapuzamiento de autores, ediciones, fechas y obras que no he leído. Yo esto no se lo voy a hacer a mis chavales, sería enseñarles a odiar esto, y entiendo mi misión como la contraria.

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Alicante y los unicornios.

Llegaste a casa por la tarde. Entraste en la habitación de estudio y allí estaba yo sentada, rodeada de papeles, con veinte mil ventanas abiertas en el navegador, escribiendo encorvada, con el cenicero lleno de colillas, un vaso de agua, un aire irrespirable. Toses y agitas los brazos como haciendo que llegas a mí apartando el humo. Me preguntas qué tal lo llevo. Yo me doy la vuelta para darte un beso, te digo que muy bien e inmediatamente después sigo con lo que estaba. Tú sigues intentándolo, me empiezas a contar algo y yo hago como que te escucho. Me gustaría poder escucharte, pero como cada tarde no he cumplido con lo que me he propuesto estudiar, me falta mucho, tengo la cabeza embotada, ya me está costando concentrarme, estoy de mal humor porque soy incapaz de memorizar los datos de detalle, pero estoy bien y trato de mantenerme al margen de pensamientos de ese tipo, intento no pensar en lo que no puedo, intento no pensar que me quedan dos meses para el examen, intento no pensar en lo que me falta y solo trato de continuar, y te quiero escuchar, pero no puedo. Siento que tengo la columna desmadejada, y que se me ha empezado a caer la cara. Me das unos besos y me dices que soy muy bonita. Pues no sé, yo desde dentro me noto con una cabeza enorme, la cara caída y la espalda arrugada, y disto mucho de cualquier cosa que se acerque a la belleza. Pero te sonrío. Te voy a ofrecer un plan estupendo, me dices, ir al supermercado, porque yo mañana no puedo y así nos lo quitamos de encima. Miro la hora en el ordenador, son las siete y media. ¿Puede ser dentro de una hora? Es que aún no he terminado. Puede ser cuando quieras. Y luego nos podríamos tomar una caña. Lo que quieras.

Esta mañana mi jefe nos dice que ha conseguido que esperen a final de mes para decidir si cierran la empresa. Nos dice que aunque nos había dicho que no hacía falta que trabajáramos el fin de semana, que nos jugamos mucho y que por favor vayamos en algún momento. Está muy angustiado, porque está convencido de que puede sacar la empresa adelante, y porque si la empresa cierra se queda sin nada. Él no está preparando ninguna oposición.  No sé si sabéis lo que nos jugamos, nos dice. A mí me da la sensación de que me lo estoy jugando todo constantemente. Se le ocurren cosas  a cada rato, y me he pasado la tarde contestando emails. No perdáis la fe, dice. Yo no sé qué creer. No haberle contado que estoy estudiando me hace sentir mal. No es tanto culpabilidad como sensación de deslealtad. En realidad creo que no es tanto por no habérselo contado sino por saber que yo, cierre o no cierre la empresa tengo un plan B que me gusta más que en lo que estamos. Y que cierre o no la empresa, el pensar en no conseguirlo me genera igual vértigo. Aunque sin trabajo más.

Antes de irme al supermercado paso por la habitación de Pablo para supervisar el trabajo que le he puesto ahora que me he vuelto a convertir en su tutora. Hoy era el primer día de análisis musical. Parece contento. Con esta asignatura no le he pedido que me haga una exposición, así que voy a terminar un poco antes. Con mis hijos me muevo por equilibrios inestables. Algunas veces tengo la ingenua sensación de que la situación está controlada. Incluso en esta época adolescente. Ahora no. Ahora es una de esas en la que creo que se me ha ido de las manos, que en realidad se me debió haber ido hace mucho pero que solo ahora soy consciente, y que no tengo ni la menor idea de cómo poder llevarla a cauce yo sola porque no está en mi mano, o no solo. El descontrol es académico. Hasta ahora habían tenido algún tropiezo ocasional, pero más o menos, la cosa iba. Este año ha sido una debacle. A Pablo le han quedado seis en la primera evaluación y cinco en la segunda. Y a Miguel una en la primera y cuatro en la segunda. Conservo la calma. Hablo con Pablo y le pido que piense qué quiere hacer. Llega a la conclusión de que se ha equivocado de Bachillerato, que no quiere seguir con ciencias y que quiere repetir y hacer el de artes. Perfecto, creo que te pega mucho más. Pero mientras tanto estudias cada día asignaturas del año que viene para ir cogiendo el aire. Le reestructuro academia, le busco temarios de Arte y de análisis musical, le programo trabajo, le vigilo cada día, le quito Internet de su cuarto y le restrinjo el móvil. Hablo con Miguel pero no me da muchas pistas. Le quito la consola, le restrinjo el móvil, le apunto a academia. Miguel me preocupa especialmente. Si en primero de secundaria ya estamos así me temo que el resto de su vida académica va a ser un infierno. Acaba de volver de la academia, quejándose, me han tenido dos horas copiando cosas, dice, estoy agotado, mamá, déjame la consola. No. No tengo ni la menor idea de si esto va a servir para algo o no, y además me cuesta mantener la firmeza. Me aburre la firmeza. Me agota la firmeza.

Por fin nos vamos al supermercado. Voy contenta porque después de una mañana de tratar de salvar la empresa y una tarde de estudio de oposiciones y de control de estudios de hijos, llenar la nevera es un recreo. Además después nos vamos a tomar una caña, y prepárate porque te tengo que contar un huevo de cosas del temario que le he sacado a Pablo para la tarde de hoy, y también del que me he estado metiendo yo misma entre pecho y espalda cuando has entrado y estaba ahí con la cabeza grande, el culo desparramado y la espalda encorvada. Me sonrío sola mientras pienso que es mejor que te pidas una doble. Todo iba tan bien. Leche, zumo, fruta… hasta que paso por la zona de las comidas. Empiezo a pensar qué hacer para comer al día siguiente, y para cenar, y después para comer y cenar otra vez, y para comer y cenar después, y empiezo a ver destellos brillantes, siento que me va a explotar la cabeza, y que me voy a poner a gritar. De hecho creo que ya he gritado porque me coges por los hombros y me dices vale, cogemos lo que pesa y no es de comer y lo demás ya lo compramos en otro momento, vale? Tus palabras funcionan como un bálsamo, como si me hubieras apartado un cáliz. Poco a poco me confío, y hablo de nuevo y te cuento que esto mismo me ha pasado un poco cuando he ido a comprar la comida a mediodía. Me he bloqueado y solo he sido capaz de comprar precocinados. De comida pizza y de cena canelones.  Y me río contenta, pensando que por hoy lo he conseguido y ya se ha pasado el trago. Y al verme contenta te confías también, y como ves que se me ha pasado el bloqueo, cuando acabamos con todo lo demás me instas a entrar de nuevo al infierno de la carne. Creo que para arreglarlo intentas hacer tú las propuestas, pero esto ya no hay quien lo arregle. “Mira, lo pienso yo, lo hacemos rapidito y acabamos, vale?, para empezar un redondo de ternera” Noooooooooo, otra vez no, ¡dios! hemos comido carne en salsa dos veces ya esta semana, es insoportable, comer es insoportable!!!. Salgo como una furia, cojo dos o tres cosas,  vuelven los fogonazos, me empiezan a dar pinchazos en la cabeza y siento que me crece mucho, se me caen los ojos, y la cara, y las ganas de matar a alguien dan paso a las ganas de llorar. No vuelvo a decir ni una palabra hasta que estamos fuera de ese sitio.

¿Nos tomamos una caña? Te has enfadado. Piensas que se va a tomar una caña conmigo mi madre, o algo así, pero solo dices que no, que ya es muy tarde y que los canelones tardan mucho en hacerse. Los canelones se me queman. Pienso que ya es el colmo de la torpeza, que no soy capaz de ni de comprar ni de calentar precocinados, que he llegado a un estado supremo de incapacidad. Pablo me mira y me pregunta qué me pasa, debe ser que la cara se me ha caído de verdad. Nada, estoy bien. Después dice que los canelones están muy buenos.

Al día siguiente por la tarde a mitad de un tema abro otra ventana nueva en el navegador. Pienso que a veces el cansancio se parece bastante a la tristeza, y yo no tengo buen talante para eso.  Decido que necesito levantar los pies del suelo y que nos vamos a ir a buscar unicornios. Compro unas entradas, reservo un hotel. Por primera vez en muchos días me sonrío. Después sigo estudiando.

Un día

Ayer salí de casa un poco tarde. Dejé antes la cena preparada y la lavadora tendida. Como si se tratara de una compensación. También fui a pagar el garaje, pero el cajero no me quiso dar dinero, así que solo pude ir a pagar la academia, donde sí pagan impuestos y aceptan tarjetas. En el metro estuve jugando con el teléfono. Me había llevado un libro de los que tengo a medias, el ensayo sobre novela, pero estoy demasiado dispersa. Me dedico a buscar la ruta para saber en qué estación me viene mejor bajarme, si en Lavapiés o en Embajadores. Aunque hay poca cobertura consigo enterarme de que es mejor en la segunda.

Al salir del metro tengo esa conocida sensación de encontrarme en aquel lugar por primera vez, aunque el supermercado que hace esquina me resulta familiar, y entonces me acuerdo del concierto, y que habíamos estado allí hacía escasas dos semanas.

Como llego con algo de tiempo vuelvo a intentar sacar dinero. En tres cajeros. No lo consigo en ninguno. Pienso en pagar con tarjeta. Entro en la Casa Encendida intentando no ver nada, así que me dirijo a la cafetería mirando al suelo. Al llegar me doy cuenta de que lo más probable es que allí no pueda pagar con tarjeta, y menos un solo café, así que afronto el hecho de que el mismo día que conozco a mi profesor tendré que confesarle que solo tengo un euro y medio -en monedas de cincuenta céntimos- en el bolsillo. Como dudo que con eso pueda llegar a pagar nada, me siento en una  mesa sin consumir y vuelvo a jugar con el teléfono. Leo una conversación del grupo del equipo de fútbol de mi hijo en la que los padres discuten acerca del hotel en el que se alojarán en el torneo de semana santa. Se debate entre que lo hagan en unos bungalows de cinco personas, que es la opción batallera y barata, o hacerlo en un hotel en habitaciones de dos, en régimen de pensión completa. Algunos padres dicen que prefieren la opción en la que los niños estén más controlados, otros padres dicen que a los niños les hace ilusión el bungalow. El entrenador claramente prefiere el hotel. Como suele ser habitual en ese grupo, yo solo leo pero no digo nada. En otro grupo que se llama “familia”, el padre de mi hijo le pregunta a mi hijo por los deberes que yo le he mandado. Posiblemente esa conversación telefónica la estén manteniendo estando ambos en la misma casa, puede que incluso en la misma habitación.

Enseguida llega mi profesor. Parece más joven en persona. Yo creo que parezco más vieja. Como presentación le digo que no tengo dinero para pagar el café, así que me invita él. Charlamos sobre las trayectorias profesionales. Charlamos sobre edición. Pasamos de puntillas sobre el libro porque me da bastante vergüenza, y porque además ya lo considero un capítulo cerrado y terminado, pero sí que me extiendo sobre los dos proyectos que tenemos ahora, que me hacen más ilusión. Hablamos un poco de enseñanza. Me cuenta que a veces tiene crisis y le dice a su mujer que qué demonios está haciendo preparando a personas para ser docentes, una profesión con tan pocos momentos gratificantes. Me dice que a pesar de todo lo mejor son los alumnos, y lo peor los compañeros, peor incluso que los padres. Charlamos de literatura y me apunto un par de sugerencias. Al despedirnos se ofrece para ayudar si en algún momento necesitamos algo, que todo lo que sea leer y corregir le gusta. Le amenazo con tomarle la palabra.

A la vuelta casi me paso de estación porque me dedico a explicarle a mi hijo con un mensaje qué es la diglosia. Pienso que desde que existen los teléfonos el mundo es un lugar peor. Me vuelvo a acordar del momento de la comida, con mi hijo mayor. Le obligo a no mirar el móvil y él me echa en cara que de todos modos le obligo a ver el telediario, y que qué diferencia hay. Le digo que por mí apagamos la tele, y me dice que no -peor que el telediario es el silencio y tener que combatirlo charlando-. Yo tampoco tengo ganas de hablar. Ni de discutir. No le gusta la comida. En cuanto bajo la guardia vuelve a coger el teléfono. Yo entonces cojo el mío. A tomar por culo, pues comemos los dos solos. En cuanto acabo me levanto y me voy a estudiar. En realidad el teléfono es como la tele, un recurso más para poder estar solos, o para poder estar en un lugar diferente o con otras personas distintas.

Antes de volver a casa entro al supermercado, para comprar zumo y detergente. Creo que también es un acto compensatorio. Hay una cola de diez millones de personas, pero considero que no puedo volver a casa sin la compra dado que me he largado a tomar un café. Al llegar a casa están con el cuento de antes de ir a la cama, así que voy corriendo al ordenador para terminar un tema del trabajo que había dejado pendiente antes de irme. Termino y me pongo a preparar la cena. A pesar del ruido de las sartenes, de los cubiertos, de la campana extractora y de la tele de fondo, hay silencio. Me pregunto si también es compensatorio. De todos modos tampoco soy capaz de romperlo.  Después de cenar termino un relato de Susan Sontag, uno en el que su protagonista se construye un doble para que vaya a trabajar por él y atienda a su mujer y a sus hijas. Empiezo el siguiente, que va de una especie de secta o de organización, y que tiene pinta de tener un fondo bastante distópico, al igual que el anterior. Me quedo dormida. Al irme a la cama me fijo en que la persiana está bajada.

 

Episodios. Nadas y tormentas.

Estábamos comiendo los tres, y le pregunté por Vaquero. ¿Has vuelto a saber algo de él, qué es de su vida? No, nada. Expresé en voz alta mi extrañeza ante ese fenómeno de las amistades superficiales, y que durante tantos años y durante tantas horas, el juego hubiera sido su único nexo de unión. En alto también le pregunté acerca sus conversaciones. Dijo que él lo contaba todo, pero que había mucha gente que no decía nada sobre su vida. Le pregunte que a qué se refería con todo. Todo puede ser todo lo que uno hace, o todo lo que a uno le pasa, o todo lo que uno desea, o todo lo que uno piensa sobre alguna cosa, o sobre todas, o todo lo que uno siente…. Todo puede ser muy variado. Todo, en la mayoría de las ocasiones, es imposible.

Entonces tú contaste la historia sobre tu amigo García, que debido a la regla del orden alfabético había ido a tu clase y se había sentado a tu lado durante todos los años de secundaria y bachiller. Después, ambos elegisteis la misma carrera, en la misma universidad, de nuevo en la misma clase. Erais vecinos, ibais y volvíais juntos a clase. Estudiabais en la misma biblioteca. Compartisteis al menos ocho horas diarias durante más de diez años. Hablabais de música.  Cuando terminó la carrera y con ella las coincidencias que os habían unido, jamás volvisteis a saber el uno del otro. Bueno, a excepción de un día en que os encontrasteis por la calle -de nuevo la coincidencia- y os tomasteis un café, y tuvisteis que terminarlo enseguida porque no teníais nada que contaros.

Entonces me acordé de Víctor. Estuvimos más de cuatro años tocando con él una vez cada quince días, y era un completo desconocido. Apenas hablaba de si mismo. Apenas hablábamos. Un día comenzamos a distanciar los ensayos hasta que dejamos de llamarnos. Y se acabó. Sin una despedida, sin una palabra, sin nada. ¿Qué será de Víctor? ¿Quién será Víctor?

No sé por qué, pero las historias de amistades superficiales me producen cierta tristeza. Como si quedara un vacío del propio vacío. Una reduplicación del vacío. Dos veces nada.

Por la noche nos fuimos a cenar, también los tres. Pablo mantuvo sus auriculares por la calle. Cuando está acompañado recurre a la técnica de mantener uno sobre su oreja y el otro retirado, de tal forma que es capaz de poder escuchar lo que decimos, incluso de contestar y mantener conversaciones sin renunciar a la música. A nadie le gusta renunciar, pero el lema de Pablo parece ser el no tener que hacerlo. En el restaurante le pido que se los quite. Continúa con el móvil, pero esta vez es para enseñarnos fotos de Magui. Tú la ves por primera vez. Vuelves a insistir, ellas lo saben, dices. Ellas lo sospechan, digo yo. ¿Alguna novedad? Le pregunto. No. Me contesta. Tú dices que el camino es complicado. Que podría tener novio, o podrían gustarle las chicas, o podría estar enamorada de otro. ¿Sabes si está enamorada de alguien? Que yo sepa no. Bueno, dentro de las opciones posibles, tampoco es tan mala. Y si no, siempre te queda la amistad que os une. Eso lo digo yo. Pienso que quizás le parece una absurdez, y un consuelo absurdo. Pero aunque no recuerdo qué dijo él, sí me dio la impresión de que, por su respuesta, a pesar de que él sienta algo más, la amistad que mantiene ahora mismo, por sí sola, le resulta valiosa y lejos del vacío que deja el vacío.

No sé por qué en algún momento surgió el tema de la resistencia física.  En general yo soy poco enfermiza, aguanto bastante bien el dolor, y soy capaz de soportar temperaturas altas sin quemarme. Muy altas. A veces cojo con las manos la bandeja del horno. Yo lo llamo superpoder. Pablo lo ha heredado, también es fuerte. Se lo digo. Contesta que físicamente sí, pero que fuera de lo físico sí que siente dolor, y que las cosas le afectan mucho.  Vale, pues eso también lo ha heredado. Entonces me alegra que haya vuelto a retomar la música, que haya empezado a cantar, que esté tocando la guitarra. Yo la música no la entiendo como un placer estético, o no solo. Yo necesito la música para salvarme. La música es un salvavidas. Y escribir.

Unos días más tarde me llama para enseñarme cómo lleva un tema. Enchufa la guitarra y toca y canta She’s thunderstorms. Apenas le había oído cantar, al menos desde que era un niño, desde antes de que le cambiara la voz. Bueno, quizás algún tema de Logic, pero no sé si el rap puede considerarse canto.  Los cambios de acorde los acomete con cierta torpeza, le falta fluidez, y aun así lo que escucho me lleva a donde está. Noto que me emociono.

 

El bombo de eric

Cuando empieza a sonar el bombo me late el corazón derecho. Al mismo ritmo. Una vez yo fui un embrión mínimo y mi corazón izquierdo latió por primera vez. Incluso si no lo recuerdo. El bombo de Eric me devuelve los recuerdos esenciales perdidos. Noto latir mi corazón derecho y lloro. Noto latir mi corazón derecho y miro al suelo con pudor. A mi alrededor nadie parece haberse dado cuenta del milagro y de que estamos vivos. Salvo cuando al abrir los ojos te miro y veo tu rostro arrasado.

Piezas Azules

Recuerdo que estaba en casa de Raquel cuando me habló de Carlos Edmundo de Ory. Me había regalado su libro Metoeritos -Raquel casi siempre me regala un libro cada vez que me ve, y siempre es un libro con historia-. Me contó la red de conexiones que le habían llevado a descubrir a Ory, y como Raquel es obsesiva, llevaba un tiempo buscando todas sus obras, pero muchas estaban descatalogadas. Entonces me dijo que le gustaría montar una editorial para poder editar esas obras de Ory, y otras muchas descatalogadas de autores interesantes pero poco conocidos, de públicos minoritarios que ahora mismo eran imposibles de encontrar. Era invierno, debía ser enero o febrero porque yo aún estaba sin trabajo. Recuerdo que volví a casa entusiasmada con la idea.

En ese momento se quedó en ese territorio inconcreto por donde campan los deseos. Ambas estábamos en situaciones demasiado precarias como para poder invertir tiempo, dinero y energías en un proyecto no lucrativo que no resolviera la propia supervivencia.

Durante los meses que estuve sin trabajo estuve escribiendo Trastornos, Beatriz Punne, Vudú y Las Brújulas y el tiempo. Me había propuesto tratar de escribir relatos un poco más largos que los que acostumbraba a escribir para el blog, relatos un poco más desarrollados, relatos para leer en papel. Encontré trabajo en marzo en una empresa que estaba empezando. Los primeros meses fueron muy exigentes y me quedé sin tiempo. Se acabó escribir relatos, y casi se acabó escribir aquí. Tanto se acabó que casi se me ha olvidado. El caso es que en verano, junté la colección nueva más algunos que tenía  antiguos, como el San Juanito, que había escrito hacía ya tiempo, cuando mi abuela se puso enferma y al final murió en febrero, y pensé que quizás estaría bien ponerlos en papel, como un homenaje, ya que, a fin de cuentas, era el formato para el cual los había escrito, y publicar una pequeña tirada, y compartirlo con los míos.

El panorama que encontré para publicar era terrible. Muchas editoriales ofrecían servicios de autoedición encubiertos. Había que pagar muchísimo dinero, los formatos no eran muy bonitos, los diseños de portada y maquetación bastante dudosos. Y entonces apareció ese punto mío que no sé si definir como vanidad o como el atrevimiento de la ignorante, pero el caso es que pensé que yo sola podría hacerlo mejor. O al menos a mi manera. Así que me puse a buscar qué me hacía falta: una imprenta, un ISBN (quién sabe, ya que me ponía, tampoco me quería cerrar la posibilidad de llevarlo a alguna librería….), etc. Pero entonces seguí pensando. Igual, si ya aprendía todos esos trámites para mí, quizás podría utilizar ese conocimiento y esa estructura para otras personas con las mismas inquietudes que se hubieran enfrentado al panorama. Así que decidí montar una editorial, vender mis ejemplares, y utilizar lo obtenido de las ventas para editar a otra persona y que ya no tuviera que gastarse dinero, y con lo de esa persona, a otra, y así sucesivamente en una estructura colaborativa, e igual en algún momento igual también podríamos reeditar a Ory y a otros descatalogados!!!

Se lo conté a Manu, y le pareció bonito. Me dijo que era una pieza azul, que es como llamamos en nuestro lenguaje a los proyectos un poco locos que se nos ocurren porque nos hace felices hacerlos, como los experimentos constructivos, o la música.

Volví a quedar con Raquel y se lo conté entusiasmada. Automáticamente hizo suyo el proyecto y se convirtió en la tercera pata.

Mucha más gente nos ha ayudado en el camino, especialmente Eme y Paloma, que me ayudaron con las correcciones, alentaron las ilusiones, y han estado apoyándome todo el tiempo. Paloma y yo incluso nos estuvimos recorriendo librerías, y soñando despiertas. Tengo tantas ganas de que lo vean.

En septiembre pedí una reducción de jornada, y me puse a estudiar para poder ser algún día profe de lengua y literatura. También nos constituimos como asociación cultural sin ánimo de lucro, nos dimos de alta como editorial, hicimos un millón de gestiones tediosas en mil sitios, compramos los diez primeros ISBN, y encontramos imprenta… He aprendido a usar In Design para maquetar, Raquel, Manu y yo hemos pasado unas cuantas tardes trabajando con la portada y revisando y corrigiendo la maquetación, hemos dibujado, hecho logos, visitado papelerías técnicas, comprado un numerador, hablado con Correos para hacer los envíos más baratos posibles, montado una web… Y todo este tiempo que estamos pasando juntos está siendo un premio en sí mismo.

La semana que viene llega por fin el primer ejemplar de relatos de la editorial Piezas Azules: Ropa tendida (ocho coladas). Son ocho relatos, ilustrados con fotografías. Una edición limitada y única de doscientos ejemplares numerados, nuestro conejillo de indias para empezar esta aventura y poder continuar con más ediciones que ya están esperando. Reconozco que me da un poco de pudor enseñarlo.  Me pregunto si les gustará a mis padres.

Esta es la historia de lo que empieza ahora.

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Magandang umaga

Antes de ir a trabajar voy a echar gasolina. Ha amanecido, pero poco, a las ocho de la mañana está todo a medio poner. La gasolinera, al funcionar veinticuatro horas, no se ve afectada por ello y está en servicio.

Uso un guante, lleno el depósito, y entro a pagar. En la tienda hay tanta luz por dentro que la sensación de que parece de noche aunque ya haya amanecido es mayor.

Mientras me está cobrando, la cajera saluda efusiva a alguien que no soy yo. Me doy la vuelta y veo a una señora mayor bajita, con ojos rasgados y pinta de esquimal. La cajera le pide que espere un momento, busca algo que resulta ser una hoja de papel y entonces lee en voz alta “magandang umaga”, y le pregunta que si le ha dado bien los buenos días.

Le digo a la cajera que si saluda en su idioma a todo el mundo. Me contesta que no, que esa señora toma café a diario en la gasolinera, que es una buena mujer  y le ha tomado cariño, así que había buscado cómo se dice “buenos días” en tagalo para darle una sorpresa.

La señora que parece un esquimal, pero que probablemente sea una filipina que trabaje limpiando las inmundicias de algún vecino de la zona, no da señales de emoción alguna. Igual por el frío. Tampoco yo me quedo a contemplar el final de la escena. No descarto que en el momento en que yo salgo por la puerta la esquimal filipina esbozara una enorme sonrisa.

Cuando salgo a la calle me da la sensación de que el amanecer es más consistente. Aparco el coche sobre un montón de hojas caídas y voy a trabajar.