Por qué es real lo real.

(Por Pablo C., que no tiene cuaderno, y es joven, y no piensa en guardar ni en conservar, solo en vivir. Pero igual que hace poco le dio una obsesión con sus fotos del pasado, y me pedía y yo se las suministraba a miles -cosas del formato digital-, y me siguió pidiendo hasta agotar los 15 gigas del drive, y le gustaba verse y descubrirse, quizás, dentro de unos años también le guste leer esto. Es una redacción que preparó a principio de curso, en una de sus primeras clases de filosofía. )

“Nosotros, las personas, la especie humana, tiene un concepto muy definido sobre lo que es real y lo que, físicamente, no lo es. Nos basamos en nuestra vida para explicar la gran mayoría de sucesos. Mirando a nuestro alrededor podemos observar las mesas de madera con sus no muy altas patas de metal, o las sillas, o las pizarras, o incluso al resto de nosotros. ¿Cómo podemos saber que los demás seres que vemos todos los días son reales? Los vemos, los podemos tocar, oír, oler, y, a algunos, saborear. Sin embargo, pensemos en el aire: ¿se puede tocar el aire? No, pero es la fuerza que te frena al correr. ¿Se puede oír el aire? No, pero lo sentimos cuando sacudimos en él un palo rápidamente. Podemos escuchar el contacto que estos hacen al chocar sabiendo que no es vacío lo que está frente a nosotros.

Y por último, pensemos en los átomos y en sus electrones, en la física cuántica. ¿Nunca habéis oído hablar del experimento de los electrones y las rendijas? Este experimento consiste en dos pistolas de electrones apuntando hacia dos rendijas, por donde, según la lógica, deberían pasar ya que no hay nada que los haga cambiar de dirección. Sin embargo, lo curioso es que cuando se observa de cerca, todos los electrones pasan por una única rendija a pesar de que cada pistola apunta a cada rendija. Y lo más curioso todavía es que, cuando no se observaban las rendijas, los electrones se estrellaban en todas las zonas posibles, como si atravesaran el metal con el que las rendijas estaban hechas, mágicamente.

Entonces, si los electrones, parte de nuestra composición corporal, se comportan así, ¿por qué no todo lo demás? ¿Cómo sabemos que, mientras no miramos, todo lo demás desaparece, y es solo cuando miramos que vuelve a aparecer?

Igual que la luz. Si bajamos todas las persianas de casa y apagamos todas las luces, no veríamos absolutamente nada, ya que es la luz la encargada de entrar en nuestra retina y dar color a lo que vemos.

Imaginaos ser todos daltónicos y , de repente, poder ver los colores perfectamente, ¿cómo os sentiríais? Probablemente raros, como si todo aquello hubiera estado ocultado a vosotros, o incluso, como si os estuvieran engañando ya que ese es el modo en que habíais visto el mundo hasta ahora.

¿Y si el mundo no es realmente como lo vemos?

¿Y si nada es como creemos que es?

¿Por qué es real lo real?”

 

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Poética de la plaza doble.

Ayer por la noche cambiaste el coche de sitio. Ya sabías que por la mañana te ibas a quedar en casa.

Esta mañana, en lugar de bajar al garaje por las escaleras he ido directamente por la rampa. Delante de mí bajaba una chica joven y guapa. Habíamos cruzado juntas, pero pronto me adelantó porque caminaba dando zancadas. Yo esta mañana iba dando pasos, así sin más. Vestía unos vaqueros estrechos y un jersey azul marino. Llevaba unos zapatos de charol planos de aire británico, y un bolso naranja. Caminaba derecha y un poco masculina. Me ha parecido guapa.

Al bajar he visto el coche preparado. He mirado el tuyo detrás y estaba vacío. Eso era algo evidente, porque me acababa de despedir de ti en casa. Sin embargo, a pesar de la evidencia, al verlo, antes que el color, o la forma, lo primero que he visto de tu coche ha sido el vacío. Me he acordado de alguna vez que te he encontrado allí por sorpresa porque tú te has quedado dentro del coche esperando a que yo llegara. A lo mejor primero me he acordado de eso.  Y por eso primero he visto el vacío y después tu coche. Quizás si no lo hubiera recordado, habría visto tu coche primero, su blanco por fuera y negro por dentro y los retrovisores cerrados. Y nada más.

No, creo que no podría ver tu coche primero, con su blanco por fuera, su negro por dentro y sus retrovisores abiertos o cerrados, y nada más. Por un montón de motivos.  Eso me gusta.

 

Las cuatro piernas entrelazadas.

La hija de mi prima está en casa desde el fin de semana, y ayer fuimos a conocerla. Mi prima me llama Pati. Desde que mi abuela se murió solo ella me llama Pati. Las diferentes formas que adopta el propio nombre produce efectos diferentes en el nombrado. Ya ves, solo cambian unos pocos fonemas que aluden un mismo significado. A diferencia de los vientos o las mareas, los efectos del propio nombre no son predecibles. A nosotros, los humanos, todo nos cambia, todo nos influye, hasta nuestro propio nombre. Qué otro significado es sensible a su significante. No se me ocurre.

Hablamos del hospital, hablamos de las vacaciones. Ellos a lo mejor no se van a ningún sitio. Nos preguntan a nosotros. Nosotros vamos a Cádiz, como todos los años. Ellos empiezan a recordar cuando estuvieron en la boda de mi hermana. Que perdieron el autobús que mi hermana había contratado para llevar a los invitados desde el hotel hasta el ayuntamiento. Yo no me enteré de nada, porque me encargaron las fotos así que fui con los novios. Pero mi tía, mi prima, y mis hijos, -que se habían quedado a su cargo-, perdieron el autobús. Tuvieron que irse en coche y llegaron por los pelos. Mi prima me dijo que se acordaba de eso, y también de lo que había leído yo en la ceremonia civil. Que le había gustado mucho. Sí, ese texto de que se miraban y se veían. Álex, que estaba sentado al lado mío, me dijo “pues no lo he entendido”. Me sorprendió que mi prima se acordara habiéndolo oído una sola vez hace años.

Mi hermana me había pedido que escribiera algo para leer en la ceremonia. En esa época aún vivíamos una frente a la otra, yo me había separado hacía no mucho, y me sentía la persona menos indicada. De eso me he acordado esta mañana, cuando he buscado y leído el texto en el correo electrónico para dejarlo en el cuaderno. Aquí va

Algunas noches me asomo al mirador y veo enfrente una ventana con luz, y cuatro piernas entrelazadas. Y me gusta.

Hay gente que dice que  el amor siempre no existe. Que la rutina es inevitable, que después del tiempo y su erosión lo que  queda  es el apego, el cariño, la seguridad,  la costumbre… y nada más,  que hay que conformarse. Y que, al fin y al cabo, tampoco está tan mal. Lo dice mucha gente, unas veces con palabras, otras con su propio ejemplo, y según van hablando oscurece.

Yo sé que la gente que dice eso está equivocada –no sé si en el fondo ellos también lo saben-. Yo sé que eso existe, lo sé porque lo he visto. Con una sola vez que lo viera me bastaría para saber que existe. Y existe.

A veces no sé cómo llamarlo, a eso, porque amor es una palabra manoseada, que se usa incluso para hablar de esa otra cosa que termina siendo apego, cariño y costumbre.  Pero no hay transcurso de tiempo suficiente, ni pasta de dientes apretada por la mitad, ni malos humores en lunes por la mañana que puedan con eso de lo que hablo. Eso está por encima, es más grande, más sagrado. Existe, y se eleva por encima de todo, de las arrugas que se abren paso, y de quién fue el último en vaciar el lavaplatos. Existe y  emociona. A quien lo siente y a quien lo ve. E ilumina, como esa luz que veo a veces por la ventana y me gusta.

Mientras miro por la ventana esas cuatro piernas entrelazadas, pienso en mis padres. Mis padres se miran. Aún se miran. Siempre se miran y al mirarse se ven. Cuando mis padres se miran se ven, desde fuera se nota que se ven,  se ven ellos, lo mejor que son, cómplices en un espacio que es sólo suyo, que conocen, que han creado, que comparten con quienes estamos alrededor, pero que es sólo suyo. Mis padres se miran.

Miro las cuatro piernas entrelazadas y pienso en el día que conocí a la madre de Juan, que cuando hablaba de Emilio, se escuchaba con tanta intensidad  la admiración y el respeto con las que hablaba que casi no se oían las palabras. También distraía de lo que decía el brillo de sus ojos. Y pensé que ni siquiera  me había hecho falta verlos juntos para percibir que también tienen eso, eso que existe, que es sólo de ellos, que conocen,  que han creado. Maleni y Emilio se miran.

Las piernas entrelazadas que veo  están aquí. Están escondidas bajo un vestido blanco, y un chaqué, disfrazadas de dos personas que han querido decirse delante de los suyos un quiero quererte siempre, como si fueran una declaración de intenciones bonitas, pero son cuatro piernas entrelazadas que han venido a decir que lo son.

Algunas noches me asomo al mirador y veo enfrente una ventana con luz, y cuatro piernas entrelazadas. Y me gusta.”

Después hablamos de la boda de mi prima, les dije que Miguel la recuerda con mucho cariño porque no paró de comer jamón.

Ahora, cuando me asomo a la ventana ya no veo sus piernas, porque ninguna de las dos vivimos donde vivíamos, y no sé si siguen siendo cuatro piernas entrelazadas. Pero se miran.

Ahora tengo dos sobrinos, y Emilio está muerto.

La semana que viene coincidiremos en Cádiz. Cinco años después.

 

Lavapiés no es Ushuaia

Al África subsahariana llegamos en metro. Hacemos cola en el cajero, y al lado hay un par de mesas atendidas por mujeres que, por cómo se hablan y se tratan, deben estar allí cada día, o cada sábado, o cada fin de semana. Intento leer los carteles de la mesa y no llego a identificar quiénes son, pero dicen algo de vivienda digna, quizá sean de la pah, pero no me lo parecen las siglas. Visten de verde. Ellas no son del África subsahariana, por el blanco de su piel lo digo. Nosotros tampoco. Pero caminamos por la calle del Sombrerete como Pedro por su casa, y a nuestro lado los africanos se saludan, como lo hacían antiguamente los vecinos, pero a la manera africana. Algunos son del norte, y aprovechando el buen tiempo están haciendo tertulia sentados en la acera fumando una shisha y bebiendo té. En Mesón de Paredes me fijo en las corralas, y en la ropa tendida que siempre me inspira tanta ternura, y pienso que una de esas camisetas puede ser la camiseta de la suerte de alguien que habita justo detrás de ese trozo de fachada, y que antes de lavarla se la puso para jugar un partido, o para decirle a esa chica que si quería acompañarle a tomar una cerveza o a ver la forma de las nubes, y como es su camiseta de la suerte y la llevaba puesta metió dos goles, y además la chica le dijo que sí, y las nubes se disfrazaron de perro verde, y de trébol de cuatro hojas. Quizás. Una de esas camisetas. Las corralas son castizas con senegaleses asomados a las ventanas, son castizas siempre. Igual que una camiseta de la suerte es camiseta de la suerte siempre. Hay cosas que son lo que son muy al margen de la nacionalidad de quien la habite. Hombres y mujeres visten túnicas de color rojo, blanco, amarillo, verde, solo nosotros vamos de negro, de camino al Baobab. El Baobab no es un restaurante, es un símbolo. Es un símbolo de momentos felices. Siempre nos hemos sentado allí felices, menos una vez que he olvidado, y ya se ha convertido en algo indisoluble. Jamás se nos ocurriría ir al Baobab en un día triste. Jamás. Los momentos felices hay que sellarlos. Porque al sellar se les reviste de valor y de permanencia. Los momentos felices son demasiado valioso como para tratarlos de cualquier manera.

“confía, me digo, confía. esta última semana me lo he dicho un millón de veces, y cuando me lo digo no lo escucho con mi voz, sino con la tuya”

Cuando llegamos la terraza del Baobab está llena. Hay tanta gente que tenemos que asumir que no vamos a poder sellar nuestra felicidad allí, con la fuente de Cabestros de testigo a nuestra espalda, con su inscripción: República de España. ¿O era república española? Reconoce que por un momento pensaste que corría peligro. La felicidad. Porque los dos sabemos que somos frágiles. Pero nos obstinamos en no echar a perder lo conseguido esa mañana, la audacia de las palabras que derriban muros, que arriesgamos, expuestos, y ganamos quedarnos tan cerca. Y tan felices. Decidimos no continuar subiendo hacia la India, y desandamos lo andado, nos aferramos al plan, vamos en busca del otro restaurante senegalés de Lavapiés, porque a lo mejor no se trata tanto del restaurante Baobab en concreto, sino del Thiebou de pescado. Todas las mesas de las terrazas por las que vamos pasando están llenas. Porque Madrid está radiante, y todos quieren sellar su felicidad: subsaharianos, indios, marroquís, madrileños. Y muy en el fondo, aunque ninguno diga nada, los dos albergamos la sombría duda de que quizás tampoco podamos sellar nada en el restaurante senegalés de urgencia, que aún no es un símbolo pero podría llegar a serlo, y que nuestra felicidad se podría quedar huérfana de símbolo en un día tan maravilloso como este. Pero justo se levantan unas señoras justo de una mesa del senegalés de urgencia. Nos sentamos, ente aliviados y triunfantes.  El mismo camarero atiende las mesas de la terraza del restaurante senegalés de urgencia y de uno cubano.

“no tengas miedo, deja de tener miedo. es el miedo el que lo destruye todo”

Las terrazas comparten camarero y también música. Mientras estamos nosotros suena la cubana. Llega el camarero y le saludo, “hola, ¿qué tal?” y el camarero me contesta “estoy bien, gracias”. Y como no dice nada más continúo con la iniciativa y le pido dos cervezas y un thiebou djenne. El balcón que hay justo encima de nosotros se abre y una señora sale y se sienta en un taburete. Ella nos mira desde arriba y nosotros la miramos desde abajo. Se nos acerca un señor con barba y un hatillo de libros y nos pregunta que si nos gusta leer. No me apetece ser amable ni tener que empezar a comprar cosas y y le digo que no, pero el señor te ha mirado a ti, menos mal, y te dice “la has mirado a ella, por algo será”. Aún ninguno sabe que en ese tiro a tres bandas hemos ganado todos. Nos cuenta que escribe poesía, y que acaba de publicar un libro que está vendiendo por diez euros. Y nos pone un ejemplar en cada mano. “Yo no sé si lo hago bien, pero a mí me gusta y mis amigos me dicen que continúe, así que sigo escribiendo.” Por supuesto nos quedamos con un libro, y lo pagas tú con un billete de veinte, porque eres quien hizo la cola en el cajero. Y él se va dentro a buscar cambio. Mientras está dentro abro el libro por una página cualquiera y te leo:

“Yo hago jazz, yo teatro, yo
esgrima, yo escribo, si multicultura
en un barrio madrileño.
Yo soy de Senegal, yo de Italia,
yo de Grecia, yo de Alemania y
todo va unido a lo dicho.
Plaza y calle de Lavapiés, calle
Argumosa, Ave María, calle valencia,
típico y castizo barrio madrileño
donde la universidad hace alarde.
Bankia, La Boca del Lobo, BBVA,
Bar la Perdiz, la plaza de Lavapiés
y muchas cosas para vivir y conocer
gentes, turismo,
el gran museo llamado Reina Sofía y el
arte de amar y sentir la vida.
Yo de Portugal, yo de Lavapiés,
donde vivo.”

El sábado, cuando la leí, me pareció más emocionante que ahora, me pareció tan emocionante leerlo en ese momento, en voz alta, en aquel lugar y para ti, que casi se me escapa una lágrima, y eso que yo nunca lloro. Y entonces llegó otra mujer y nos preguntó de nuevo que si nos gustaba leer, también para vendernos otra cosa. Y le dijimos que sí, pero que acabábamos de comprar un libro y que ya no íbamos a comprar nada más. Nos estuvo contando que hacía encuadernaciones artesanales, también restauraciones. Y nos dejó una tarjeta, escrita a mano. Así sé que la mujer tiene el nombre de Fuensanta. ¿De quién es el libro? ¿Del poeta? Sí. Cuánto me alegro, es que yo lo conozco, ¿dónde está? dentro buscando cambio. Y el poeta, Carlos Martínez Torres salió del bar cubano con el cambio, y Fuensanta se le acercó, y lo abrazó, y le dijo “ay, Carlos, bonito, cuánto me alegra que lo estés vendiendo, te lo mereces” y le dio besos sonoros en el carrillo. Y por la calle pasaban dos tíos, uno de ellos parecía italiano, el otro le iba haciendo de guía turístico. “No, no vamos a seguir por allí porque si no nos salimos del barrio. Para que sepas donde estás, aquí la gente es moderna y casi toda de izquierdas.” Pasó un chico con una guitarra, y otro y otro, una chica con un contrabajo, y otra con un violín.

El senegalés nos trajo el Thiebou a ritmo de merengue, y, mientras, yo pensaba cuánto me gustaba Lavapiés. A pesar de no pertenecer. Veo que el poeta está en la mesa del bar de al lado. Se ha encontrado con alguien y quizás está celebrando la venta de un ejemplar. Él sí pertenece. Yo no, yo solo me pierdo por allí, sello mi felicidad y observo, pero me parece un gran lugar al que pertenecer.

Volvemos por la India, y paso por delante de la librería Burma. Está abierta. Permanece. No entro porque entrar en una librería y no salir con dos o tres libros me resulta imposible, y no es el día. Pero permanece. Y terminamos de alejarnos, y llegamos hasta la plaza del Ángel y nos tomamos un café en el Central, aunque sea medio día, y no haya concierto.

Amo Lavapiés, pero no pertenezco. En realidad tengo esa sensación prácticamente en todas partes, en el barrio en el que me crié, en el que vivo, en casi todos, y me pasa también con muchas personas, con casi todas. Lavapiés está lleno de gente que sí pertenece. Amo Lavapiés porque es un lugar al que me parecería bien pertenecer. Y por eso vuelvo. A mezclarme, a fundirme, a observar. A sellar una mañana feliz. A sujetarla en la memoria con palabras. Ahora que lo pienso, la frontera del lugar al que pertenezco eres tú.

 

 

Fear the walking dead (y la historia)

Vuelvo a casa ilusionada porque Miguel quiere ver otro episodio de The Walking Dead. Quizás desde fuera parezca extraño que me alegre que se haya enganchado a una serie de zombis, pero es que Miguel habitualmente solo se interesa por los deportes en general y el fútbol en particular. En común tenemos el sentido del humor, el gusto por la música, y ahora estar enganchados a The Walking Dead. La serie en cuestión defiende una escala de valores de lo más paleta, y, como casi todas las apuestas acerca del comportamiento humano en un contexto apocalíptico, esta es también desoladora, los zombis me elevan los niveles de adrenalina y me voy a la cama al borde del infarto, pero aún así  me he enganchado. Son las drogas orgánicas. en mi caso la adrenalina. En el caso de Miguel, el hilo argumental no le interesa y no lo sigue, como le ocurre con el de cualquier historia, ya sea cinematográfica, televisiva, literaria o académica. Pero las escenas macabras, las cabezas saltando por los aires, los descuartizamientos, las desfiguraciones y sobre todo verme dar respingos en el sillón le hace reír a carcajadas. Si algo le gusta a Miguel es reír. Así que posiblemente también sean las drogas orgánicas las responsables de su adicción, en su caso endorfinas. Parece que yo gano en comicidad a los caminantes; ganar me gusta y alimenta mi ego. Y ver reír a Miguel. Cuarenta y cinco minutos de metraje le merecen la pena por un solo brinco mío. Incluso por la sola posibilidad.

Antes de ver la serie tengo que ayudarle a estudiar un examen de historia. Llevo todo el mes explicándole poco a poco el tema. A Miguel las historias no le gustan, no le interesan, no sigue los hilos argumentales, la Historia con mayúscula no es ninguna excepción. El tema abarca desde la prehistoria hasta la economía y sociedad española en el siglo XIX, explicado todo en 12 carillas repletas de fechas, nombres y términos como feudalismo, absolutismo, cortes, liberalismo, regencias, analfabetismo, ideas ilustradas, burguesía, proletario, sociedad de clases. Miguel no entiende siquiera esos términos. Tenemos una hora de tiempo. A pesar de que ya hubiéramos estado viéndolo poco a poco y de mi optimismo, el resultado es un completo desastre. Mis expectativas eran muy diferentes, así que al hacerme consciente de que era imposible hiciéramos lo que hiciéramos que tuviera la más mínima posibilidad de aprobar el examen, pierdo la paciencia y le grito. Mucho. Hasta hacerle llorar. Esa misma tarde había subrayado en un libro que no tener paciencia es falta de imaginación. Yo añadiría que también es una mala gestión de expectativas.

Después de pensar unos minutos en lo ocurrido fui a pedirle disculpas. Lo siento, Miguel. No debería haberte gritado, no debería haberte tratado así. He perdido la paciencia y lo siento. Se lo vuelvo a explicar una vez más. Me dice que lo ha entendido, aunque sé que no es así. Esta vez sabía que no iba a ser así antes de intentarlo. Supongo que lo hago para ponerme a mí a prueba, para redimirme, para saber que puedo tolerar la frustración y la impotencia sin convertirme en un polvorín. Impotencia por no ser capaz de ayudarlo. Por no poder hacer nada por remediar la mierda de sistema de estudios. De eso además debería saber, ya que asesoro con frecuencia a Pablo cuando se queja. Pablo, ahora mismo es lo que hay, si quieres mejorarlo, de mayor sé ministro de educación. Aguanto mi impotencia y ya no me convierto en ogro. Aprobar un examen no es tan importante, hoy lo importante son los zombis. De todas formas le digo a Miguel que puede conseguirlo tirando de la épica del deporte, tratando de hablarle como les habla su míster, o como yo imagino que lo hace.

Cenamos y vemos por fin un capítulo de The Walking Dead. Esta vez no doy respingo ni Miguel se ríe tanto. En el capítulo muere en el parto la mujer del protagonista, y su hijo mayor la remata de un tiro en la cabeza para que no se convierta. La mujer era una pesada insoportable, como a su manera casi todos los personajes de la serie, ella en concreto una pasivo agresiva de manual, que antes de morir no para de repetir como un mantra para despedirse de su hijo mayor “haz lo correcto, haz lo correcto”, lo correcto según la moral paleta que rige la serie, claro, aunque esto Miguel no lo sabe porque es su segundo episodio y además no sigue líneas argumentales. Pero es de corazón sensible, y empatiza con el chaval. Y dice en voz alta ¿y era su madre? Sí. ¿Y le tiene que disparar? Sí, para que no se convierta en zombi. ¿A su madre? Sí. (silencio) Joé. Y se queda cabizbajo. Cero endorfinas. Es el principio del fin de la serie para Miguel, él aún no lo sabe. Se acabaron las endorfinas y a él no le hace segregar adrenalina. La verdad, no me extraña que no le inquiete. El verdadero miedo no es un apocalipsis zombi, sino un examen de historia.

lunes 7 de noviembre, on the road again.

Lo bonito que tienen las etapas vitales en las que eso que ahora se ha dado en llamar zonas de confort se resquebrajan, es que te permiten ser un llanero, y que, además, te permiten escribir la palabra llanero. Y te empujan a caminar por la calle con botas y blue jeans un lunes por la mañana, y unas buenas gafas de sol. Y a fumar picadura sin filtro, y para encenderlos usar una cerilla, y con un escorzo decidido la prendo mediante el rozamiento con la suela.

Puedo hacer cualquier cosa ahora que camino sobre arenas movedizas, puedo hacer cualquier cosa ahora que de fondo suena un blues del delta del mississipi, puedo hacer cualquier cosa mientras un slide se vaya deslizando al límite, sin llegar a caer nunca al abismo y sin llegar a pisar jamás tierra firme.

Saberme en peligro me hace osada, a veces me empuja incluso a la temeridad. Y se da la contradictoria circunstancia de que justo cuando todo puede saltar en mil pedazos, o precisamente porque todo puede saltar en mil pedazos, mi cuerpo se mueve y avanza sabiéndose invencible.

La escala de los mapas

En mi cuarto día en casa he decidido huir hasta que la casa volviera a estar vacía. Fuera llueve. En esta casa se oye cuando llueve. Se oye golpear la lluvia en las baldosas del patio, la lluvia en los adoquines de la acera, la lluvia en el techo de los coches, se oye sobre los paraguas de los transeúntes. Antes de salir voy a buscar algo impermeable en el armario de mi hijo. Tiene un chubasquero que le regalaron y no le gusta, así que lo cojo. Me queda bien, así que decido que no volverá al armario de mi hijo, y salgo.

En la cafetería me termino La Escala de los mapas, de Belén Gopegui. No había leído nada de ella desde Deseo de ser punk. Me daba miedo. La misma clase de miedo que te confesé cuando te pusiste tan contento ante la posibilidad de volver a Aveiro. Me da miedo esperar lo mismo y que no sea lo mismo, y no va a ser lo mismo, porque es imposible, y sé que eso no significa necesariamente que vaya a ser peor, pero tengo miedo de que sea peor. Podríamos convertirlo en un refugio. Dijiste. Sergio Prim es el protagonista de La Escala de los mapas, y los llama huecos. A los refugios.

“no hay nada malo en frecuentar unos cuantos huecos de vez en cuando” “Busqué un hueco. Lo encontré en la tela del abrigo de mi compañero de asiento. Y durante el resto del viaje moré allí.”

El libro recoge las reflexiones que deja escritas Sergio Prim cuando se enamora de Brezo, su miedo, sus dudas. Todo en clave de pensamiento interno, de exhortación, lleno de lirismo. Este es el primer pensamiento que tiene para Brezo. Esto resume muy bien el fondo y la forma.

“Mi primer movimiento sería una retirada en toda regla, y diría así: “Óyeme, loca, muchacha que acaricias las tazas como si fueran gatos y a un hombre como si fuera una banda de música, óyeme: yo ya no tengo ímpetu. Han pasado los años y me he instalado en el retraimiento. Vivo como ese pequeño país autárquico que ponían de ejemplo en los colegios, soy Albania. (…) Vivo en mi casa breve de lecho breve y breves vistas al exterior. Y no puedo ilusionarme, porque soy un escéptico“.

El lenguaje es bellísimo. Las metáforas son bellísimas. La historia es pequeña. La historia es el pensamiento de ese hombre con respecto a prácticamente un único tema, Brezo, durante un periodo de tiempo. El pensamiento a veces es algo denso, porque el pensamiento es denso. Creo que te gustaría. Si lo coges, sabe que de la página 96 pasa a la 121, y que la 97 está después de la 144, y creo que hay algún otro baile, pero que están todas las páginas, solo hay que bailar.

Cuando he terminado me ha parecido un poco raro encontrarme en una cafetería, rodeada de gente, en ese momento de vacío que se me queda cuando termino un libro. He necesitado escribir, pero me había dejado mi cuaderno en casa, porque como tengo apuntada mi lista de cosas que quiero hacer, llevo la libreta de un lado para otro, porque cada vez que se me ocurre una nueva cosa que quiero hacer estoy un sitio distinto, las ideas no son ordenadas, no tienen su sitio, ni su hora, y después olvido volver a guardar el cuaderno. No me he dado por vencida, y he cogido servilletas, y lo he intentado, pero el boli no pintaba encima. Entonces pago el café y y vuelvo a la calle. Aún faltan dos horas para poder volver a casa. Al pasar delante de un escaparate veo mi reflejo, y me fijo en el chubasquero que llevo puesto. Me sonrío. Tú ahora sabes por qué.