Gijón, 18 de agosto.

El otro día, cuando paseábamos por Gijón, pensé dos cosas. Las dos te las dije, pero no es lo mismo. No es lo mismo porque si las escribo las puedo pensar, y tengo todo el tiempo que necesite hasta que lo que escriba exprese con cierto parecido mi pensamiento. Sin ese tiempo, y sin poder rectificar, posiblemente lo que dijera se pareciera menos a lo que pensaba.

Tampoco es lo mismo porque esas dos cosas que pensé y te conté en el paseo de esa tarde lo más probable es que se nos olviden a ambos, mientras que si las escribo también las olvidaremos -no te crees grandes expectativas, son pensamientos intrascendentes- pero sin embargo, si dentro de un tiempo volviéramos aquí, al cuaderno, las recuperaríamos. Y esto tiene relación directa con el primer pensamiento de aquel paseo, cuando de pronto recordé una escena del pasado que había olvidado. Me vino a la cabeza de pronto, y con una cierta sensación de irrealidad. Te lo tuve que preguntar. ¿Hemos estado alguna vez en una playa, que tenía pinta de virgen? Es que me acaba de venir a la cabeza una imagen. En ella estamos tú y yo en una playa extraña. Es extraña porque en la arena hay también vegetación y barro. Hay gente alrededor que se está untando el cuerpo con el barro. No se ve el mar desde donde estamos, pero me veo andando entre esa vegetación y ese barro y el mar aparece. ¿Eso lo hemos vivido?

Tú me contestas que sí, que fue la playa de Poo, que estuvimos la otra vez que estuvimos en Asturias. ¿No te acuerdas? Aparcamos en un parking por ahí cerca, habíamos comido en Llanes, creo que elegimos un sitio horrible como nos suele pasar. Repaso mentalmente. De Llanes no recuerdo nada, de la comida tampoco. Recuerdo una foto que hice en el parking. Es un cartel de madera que pone playa. Recuerdo otra foto con un chico en un tractor. que estuvimos en una playa. Comienzo a casar lo que sé a raíz del recuerdo de esas dos fotos con esa imagen que me acaba de venir a la memoria. Pero soy yo la que hago esa conexión. Es como si hubiera recuperado un pedacito de mí que se había perdido. No una historia de mí sino un momento concreto de mi existencia. Me asusta pensar la cantidad de esos momentos que habré perdido. Me doy cuenta de cómo las fotos ayudan a sujetar los momentos. También este cuaderno. Sin embargo se pierde casi todo. Salvamos la punta del iceberg. Por un lado siento pena por todo lo perdido. No sé lo que he perdido, pero sé que lo he perdido. Por otro lado, me queda la fascinación por la sorpresa de esa imagen que ha vuelto y he recuperado. Se había ido tan lejos que ni siquiera estaba segura de que fuera mía de verdad, que no se tratara de un sueño o de algo inventado. He buscado en google fotos de la playa de Poo. Ya sí estoy segura de su realidad. También he recordado, junto con esa imagen, la sensación que me acompañaba en esos primeros viajes en los que ya no nos sentíamos clandestinos, esa nueva sorpresa de estar juntos de otra forma.

Creo que fue ayer cuando leí un comentario de Santiago Pérez Malvido en el blog de un amigo. Decía “la memoria -esa forma intangible y un poco tramposa de la fotografía- tiene también algo de territorio ganado, de conquista de lo que somos”.

La segunda cosa que pensé en ese paseo llegó después de varias observaciones. Vimos una pareja con dos niños pequeños. Los padres iban en un patinete y los niños en bicis pequeñitas. El padre decía ahora vamos a ir a un sitio que es chulísimo, ya lo veréis. Es lo que nosotros llamamos la zanahoria. Viajar con niños no es sencillo porque a ellos pasear o ver lo que los adultos quieren les aburre. Hace falta una estrategia de marketing que les convenza de que lo que hacen forma parte un juego, que tienen que andar, pedalear, o lo que sea, no como un fin en sí mismo, sino como medio para alcanzar algo que para ellos es excitante de alguna forma. Si son lo suficientemente pequeños, se les puede convencer con argumentos un tanto mágicos. Como ese “algo” chulísimo de ese padre. Después tendrán que ser sabios a la hora de manejar las expectativas y la imaginación de esos niños. Posiblemente esos niños en su cabeza habrán convertido ese “algo chulísimo” en una cosa completamente diferente a lo que después se encuentren. Quizás ellos han pensado en un parque con unos columpios enormes, un helado gigante, una nave extraterrestre o un bosque con tigres. Cuando se encuentren, como se encontrarán poco tiempo después, con una escultura de Chillida, necesitarán que los padres redoblen sus esfuerzos para que sus pequeñas cabezas consigan reconvertirla en un nuevo objeto dentro de su catálogo de “algos chulísimos”.

Efectivamente, al cabo de un rato encontramos a la familia subiendo el camino empinado que conduce al impresionante monte donde está el Elogio del Horizonte de Chillida, con la ciudad a sus pies. Y allí pude ver otra escena de un padre tratando de transformar esa visita en algo de interés para su hijo, ajeno al paisaje y a la escultura. El padre, con los brazos en cruz, le convencía para realizar equilibrios saltando a la pata coja. Con mucho entusiasmo le decía mira, mira, y ahora vamos a hacer ésto!, como si en lugar de estar saltando a la pata coja en la cima de un monte estuvieran sobre una cuerda floja a dos mil metros de altura sin red de seguridad y hubiera una muchedumbre jaleando la hazaña desde abajo. El niño entraba en el juego sin tanto interés como el padre. Probablemente porque era el único juego que tenía.

Entonces vi a otros niños. Estos estaban jugando solos. Se estaban lanzando ladera abajo corriendo a toda velocidad, con chillidos nerviosos. Tú dijiste: mira esos niños, se van a matar. Esa es la verdadera diversión, te dije, la que entraña un riesgo tangible. Esos niños se divierten corriendo ladera abajo aunque con cualquier fallo de un pie podrían despeñarse, quizás y precisamente porque saben que, en cualquier momento, con cualquier fallo de un pie, podrían despeñarse.

¿Y por qué hace falta el riesgo? Si fuera solo correr y sentir el viento en la cara bastaría con correr en horizontal. Pero no. Si bastara imaginarlo sería suficiente con el ejercicio del niño a la pata coja, pero no. Quizás sea necesario saber que la vida va en serio, que han salido de esa burbuja de protección que crean los padres, esa que ofrece un entorno seguro pero inauténtico. Quizás sea esa forma de salir de esos algos chulísimos imaginarios para experimentar por un momento lo que es la vida real, con sus peligros asociados. No es una selva con tigres pero sí una caída libre por un prado vertical. Ni tan mal. Esa necesidad me resultó familiar. Yo estuve allí.

Entonces me preguntaste si me apetecía lanzarme ladera abajo. No, ahora mismo no necesito divertirme. Con observar me basta.

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Óscar tiene un don

Reconozco que llevaba una temporada sin coincidir demasiado con él. Puede que incluso lo evitara. Creo que desde que murió su hijo. De eso me enteré de la forma más mundana. Estaba en mi trabajo y me llamó por teléfono un mensajero, que estaba tratando de entregarme un paquete -se acercaban las navidades- y no había nadie en casa. Yo le dije que se lo dejara al conserje. Es que Óscar no está, me contesta. Recuerdo que me sorprendió que lo llamara por su nombre, de pronto me pareció que el mensajero y yo pasábamos a estrechar nuestra relación por el nexo común de conocer el nombre de Óscar. Y yo le dije pues si puedes espera un momento, quizás esté en la puerta fumando. Y él me dice, no, que es que se ha muerto su hijo, ¿su hijo? pero eso no puede ser, querrás decir su padre. No podía ser porque el piso donde vivo es de los antiguos, en los que el conserje vive en el bajo, junto a la portería, y yo conozco a su mujer, y a su hija mayor, y a su hijo pequeño, y son de carne y hueso, y están vivos. Está conmigo el presidente, te lo paso. Y me lo pasó, y el presidente, que vive en el piso contiguo al mío me dijo que habían ingresado al niño la noche anterior porque tenía fiebre y no le bajaba y que se había muerto de madrugada. Me quedé tan conmocionada que cuando colgué el teléfono se lo conté a mis compañeros de trabajo, como si a ellos les importara lo más mínimo el hijo de mi conserje, y también llamé a Manu, que se quedó más conmocionado que yo, porque los niños no se mueren, eso es imposible. Y cuando llegué a casa me fui a ver al presidente y a su mujer, y me contaron lo que sabían visiblemente afectados, y cuando llegó Manu nos fuimos al tanatorio, y nos encontramos a un Óscar hecho pedazos, y a su mujer con una entereza que parecía salida de una furia que no estaba dispuesta a permitir que nadie más muriera, ni siquiera de pena.

Volvieron después de navidades y yo apenas pasaba por la portería cuando estaba Óscar, y cuando coincidía pasaba deprisa, saludaba sin detenerme. Recuerdo que les dije a mis hijos que cuando vieran a Óscar le dijeran algo. Y Pablo me preguntó qué debía decir. No lo sé, dale un abrazo. Creo que tampoco le resultó fácil. Yo creo que necesitamos decir palabras que consideramos útiles, que sirven para algo, como “alcánzame una servilleta”, y te la alcanzan, pero en una situación así las percibimos insignificantes, inservibles, porque no han inventado una palabra de consuelo que ofrezca consuelo cuando has pedido a un hijo pequeño, de repente, sin saber por qué. Quizás no es necesario decir, solo escuchar. Pero escuchar situaciones como esas tampoco es fácil. Yo escucho y suelo ponerme en situación, hacerla propia, para tratar de comprender a quien me habla. E imaginarme sin Pablo o sin Miguel no me resulta concebible ni siquiera como ejercicio de empatía. Al cabo del tiempo Manu me dijo que por lo visto el niño sufría una lesión cardíaca congénita de la que solo fueron conscientes tras la autopsia.

Un día me crucé con Óscar y me dijo que hacía mucho que no me veía. Ya, es que pedí reducción de jornada, así que llego cuando estás comiendo, y por las tardes estoy encerrada en casa estudiando, porque estoy preparando una oposición. Y entonces me miró muy serio, concentrado, y acto seguido me dijo sonriendo y señalandome con el dedo: Te la vas a sacar. ¿Y cómo lo sabes? le contesté. Hazme caso. Tengo un sexto sentido, y siempre que algún amigo está preparando una oposición sé si se la va a sacar o no, y siempre acierto. Y tú la vas a sacar, y si no, al tiempo. Yo me sonrío. Soy atea y escéptica, pero sin embargo me hace gracia creer en supersticiones absurdas, especialmente si me son favorables. Y además Óscar estaba sonriente, parecido a como era el Óscar de antes. Entonces me envalentoné y le pregunté cómo le contaba a los que su sexto sentido le decía que iban a suspender, que van a suspender. Eso tiene que ser jodido, le digo. Y entonces me contesta que hasta ahora no le ha pasado nunca. Tengo que reconocer que esa afirmación le restó algo de crédito a su vaticinio. Pero quise conformarme ofreciéndome una explicación racional, como que quizás tuviera un don positivo que solo se manifiesta cuando el resultado es favorable. No me extraña que Óscar le caiga bien a todo el mundo.

Óscar y su familia se fueron de vacaciones el 1 de julio, antes de que yo supiera la nota de mi primer examen, ni del segundo, ni de todo lo que ahora sé. Vuelve el 1 de agosto. Mañana. Estoy deseando verlo para darle la razón, decirle que sí tiene un don, uno positivo, y que funciona.

Un día

Ayer salí de casa un poco tarde. Dejé antes la cena preparada y la lavadora tendida. Como si se tratara de una compensación. También fui a pagar el garaje, pero el cajero no me quiso dar dinero, así que solo pude ir a pagar la academia, donde sí pagan impuestos y aceptan tarjetas. En el metro estuve jugando con el teléfono. Me había llevado un libro de los que tengo a medias, el ensayo sobre novela, pero estoy demasiado dispersa. Me dedico a buscar la ruta para saber en qué estación me viene mejor bajarme, si en Lavapiés o en Embajadores. Aunque hay poca cobertura consigo enterarme de que es mejor en la segunda.

Al salir del metro tengo esa conocida sensación de encontrarme en aquel lugar por primera vez, aunque el supermercado que hace esquina me resulta familiar, y entonces me acuerdo del concierto, y que habíamos estado allí hacía escasas dos semanas.

Como llego con algo de tiempo vuelvo a intentar sacar dinero. En tres cajeros. No lo consigo en ninguno. Pienso en pagar con tarjeta. Entro en la Casa Encendida intentando no ver nada, así que me dirijo a la cafetería mirando al suelo. Al llegar me doy cuenta de que lo más probable es que allí no pueda pagar con tarjeta, y menos un solo café, así que afronto el hecho de que el mismo día que conozco a mi profesor tendré que confesarle que solo tengo un euro y medio -en monedas de cincuenta céntimos- en el bolsillo. Como dudo que con eso pueda llegar a pagar nada, me siento en una  mesa sin consumir y vuelvo a jugar con el teléfono. Leo una conversación del grupo del equipo de fútbol de mi hijo en la que los padres discuten acerca del hotel en el que se alojarán en el torneo de semana santa. Se debate entre que lo hagan en unos bungalows de cinco personas, que es la opción batallera y barata, o hacerlo en un hotel en habitaciones de dos, en régimen de pensión completa. Algunos padres dicen que prefieren la opción en la que los niños estén más controlados, otros padres dicen que a los niños les hace ilusión el bungalow. El entrenador claramente prefiere el hotel. Como suele ser habitual en ese grupo, yo solo leo pero no digo nada. En otro grupo que se llama “familia”, el padre de mi hijo le pregunta a mi hijo por los deberes que yo le he mandado. Posiblemente esa conversación telefónica la estén manteniendo estando ambos en la misma casa, puede que incluso en la misma habitación.

Enseguida llega mi profesor. Parece más joven en persona. Yo creo que parezco más vieja. Como presentación le digo que no tengo dinero para pagar el café, así que me invita él. Charlamos sobre las trayectorias profesionales. Charlamos sobre edición. Pasamos de puntillas sobre el libro porque me da bastante vergüenza, y porque además ya lo considero un capítulo cerrado y terminado, pero sí que me extiendo sobre los dos proyectos que tenemos ahora, que me hacen más ilusión. Hablamos un poco de enseñanza. Me cuenta que a veces tiene crisis y le dice a su mujer que qué demonios está haciendo preparando a personas para ser docentes, una profesión con tan pocos momentos gratificantes. Me dice que a pesar de todo lo mejor son los alumnos, y lo peor los compañeros, peor incluso que los padres. Charlamos de literatura y me apunto un par de sugerencias. Al despedirnos se ofrece para ayudar si en algún momento necesitamos algo, que todo lo que sea leer y corregir le gusta. Le amenazo con tomarle la palabra.

A la vuelta casi me paso de estación porque me dedico a explicarle a mi hijo con un mensaje qué es la diglosia. Pienso que desde que existen los teléfonos el mundo es un lugar peor. Me vuelvo a acordar del momento de la comida, con mi hijo mayor. Le obligo a no mirar el móvil y él me echa en cara que de todos modos le obligo a ver el telediario, y que qué diferencia hay. Le digo que por mí apagamos la tele, y me dice que no -peor que el telediario es el silencio y tener que combatirlo charlando-. Yo tampoco tengo ganas de hablar. Ni de discutir. No le gusta la comida. En cuanto bajo la guardia vuelve a coger el teléfono. Yo entonces cojo el mío. A tomar por culo, pues comemos los dos solos. En cuanto acabo me levanto y me voy a estudiar. En realidad el teléfono es como la tele, un recurso más para poder estar solos, o para poder estar en un lugar diferente o con otras personas distintas.

Antes de volver a casa entro al supermercado, para comprar zumo y detergente. Creo que también es un acto compensatorio. Hay una cola de diez millones de personas, pero considero que no puedo volver a casa sin la compra dado que me he largado a tomar un café. Al llegar a casa están con el cuento de antes de ir a la cama, así que voy corriendo al ordenador para terminar un tema del trabajo que había dejado pendiente antes de irme. Termino y me pongo a preparar la cena. A pesar del ruido de las sartenes, de los cubiertos, de la campana extractora y de la tele de fondo, hay silencio. Me pregunto si también es compensatorio. De todos modos tampoco soy capaz de romperlo.  Después de cenar termino un relato de Susan Sontag, uno en el que su protagonista se construye un doble para que vaya a trabajar por él y atienda a su mujer y a sus hijas. Empiezo el siguiente, que va de una especie de secta o de organización, y que tiene pinta de tener un fondo bastante distópico, al igual que el anterior. Me quedo dormida. Al irme a la cama me fijo en que la persiana está bajada.

 

Episodios. Nadas y tormentas.

Estábamos comiendo los tres, y le pregunté por Vaquero. ¿Has vuelto a saber algo de él, qué es de su vida? No, nada. Expresé en voz alta mi extrañeza ante ese fenómeno de las amistades superficiales, y que durante tantos años y durante tantas horas, el juego hubiera sido su único nexo de unión. En alto también le pregunté acerca sus conversaciones. Dijo que él lo contaba todo, pero que había mucha gente que no decía nada sobre su vida. Le pregunte que a qué se refería con todo. Todo puede ser todo lo que uno hace, o todo lo que a uno le pasa, o todo lo que uno desea, o todo lo que uno piensa sobre alguna cosa, o sobre todas, o todo lo que uno siente…. Todo puede ser muy variado. Todo, en la mayoría de las ocasiones, es imposible.

Entonces tú contaste la historia sobre tu amigo García, que debido a la regla del orden alfabético había ido a tu clase y se había sentado a tu lado durante todos los años de secundaria y bachiller. Después, ambos elegisteis la misma carrera, en la misma universidad, de nuevo en la misma clase. Erais vecinos, ibais y volvíais juntos a clase. Estudiabais en la misma biblioteca. Compartisteis al menos ocho horas diarias durante más de diez años. Hablabais de música.  Cuando terminó la carrera y con ella las coincidencias que os habían unido, jamás volvisteis a saber el uno del otro. Bueno, a excepción de un día en que os encontrasteis por la calle -de nuevo la coincidencia- y os tomasteis un café, y tuvisteis que terminarlo enseguida porque no teníais nada que contaros.

Entonces me acordé de Víctor. Estuvimos más de cuatro años tocando con él una vez cada quince días, y era un completo desconocido. Apenas hablaba de si mismo. Apenas hablábamos. Un día comenzamos a distanciar los ensayos hasta que dejamos de llamarnos. Y se acabó. Sin una despedida, sin una palabra, sin nada. ¿Qué será de Víctor? ¿Quién será Víctor?

No sé por qué, pero las historias de amistades superficiales me producen cierta tristeza. Como si quedara un vacío del propio vacío. Una reduplicación del vacío. Dos veces nada.

Por la noche nos fuimos a cenar, también los tres. Pablo mantuvo sus auriculares por la calle. Cuando está acompañado recurre a la técnica de mantener uno sobre su oreja y el otro retirado, de tal forma que es capaz de poder escuchar lo que decimos, incluso de contestar y mantener conversaciones sin renunciar a la música. A nadie le gusta renunciar, pero el lema de Pablo parece ser el no tener que hacerlo. En el restaurante le pido que se los quite. Continúa con el móvil, pero esta vez es para enseñarnos fotos de Magui. Tú la ves por primera vez. Vuelves a insistir, ellas lo saben, dices. Ellas lo sospechan, digo yo. ¿Alguna novedad? Le pregunto. No. Me contesta. Tú dices que el camino es complicado. Que podría tener novio, o podrían gustarle las chicas, o podría estar enamorada de otro. ¿Sabes si está enamorada de alguien? Que yo sepa no. Bueno, dentro de las opciones posibles, tampoco es tan mala. Y si no, siempre te queda la amistad que os une. Eso lo digo yo. Pienso que quizás le parece una absurdez, y un consuelo absurdo. Pero aunque no recuerdo qué dijo él, sí me dio la impresión de que, por su respuesta, a pesar de que él sienta algo más, la amistad que mantiene ahora mismo, por sí sola, le resulta valiosa y lejos del vacío que deja el vacío.

No sé por qué en algún momento surgió el tema de la resistencia física.  En general yo soy poco enfermiza, aguanto bastante bien el dolor, y soy capaz de soportar temperaturas altas sin quemarme. Muy altas. A veces cojo con las manos la bandeja del horno. Yo lo llamo superpoder. Pablo lo ha heredado, también es fuerte. Se lo digo. Contesta que físicamente sí, pero que fuera de lo físico sí que siente dolor, y que las cosas le afectan mucho.  Vale, pues eso también lo ha heredado. Entonces me alegra que haya vuelto a retomar la música, que haya empezado a cantar, que esté tocando la guitarra. Yo la música no la entiendo como un placer estético, o no solo. Yo necesito la música para salvarme. La música es un salvavidas. Y escribir.

Unos días más tarde me llama para enseñarme cómo lleva un tema. Enchufa la guitarra y toca y canta She’s thunderstorms. Apenas le había oído cantar, al menos desde que era un niño, desde antes de que le cambiara la voz. Bueno, quizás algún tema de Logic, pero no sé si el rap puede considerarse canto.  Los cambios de acorde los acomete con cierta torpeza, le falta fluidez, y aun así lo que escucho me lleva a donde está. Noto que me emociono.

 

El bombo de eric

Cuando empieza a sonar el bombo me late el corazón derecho. Al mismo ritmo. Una vez yo fui un embrión mínimo y mi corazón izquierdo latió por primera vez. Incluso si no lo recuerdo. El bombo de Eric me devuelve los recuerdos esenciales perdidos. Noto latir mi corazón derecho y lloro. Noto latir mi corazón derecho y miro al suelo con pudor. A mi alrededor nadie parece haberse dado cuenta del milagro y de que estamos vivos. Salvo cuando al abrir los ojos te miro y veo tu rostro arrasado.

Piezas Azules

Recuerdo que estaba en casa de Raquel cuando me habló de Carlos Edmundo de Ory. Me había regalado su libro Metoeritos -Raquel casi siempre me regala un libro cada vez que me ve, y siempre es un libro con historia-. Me contó la red de conexiones que le habían llevado a descubrir a Ory, y como Raquel es obsesiva, llevaba un tiempo buscando todas sus obras, pero muchas estaban descatalogadas. Entonces me dijo que le gustaría montar una editorial para poder editar esas obras de Ory, y otras muchas descatalogadas de autores interesantes pero poco conocidos, de públicos minoritarios que ahora mismo eran imposibles de encontrar. Era invierno, debía ser enero o febrero porque yo aún estaba sin trabajo. Recuerdo que volví a casa entusiasmada con la idea.

En ese momento se quedó en ese territorio inconcreto por donde campan los deseos. Ambas estábamos en situaciones demasiado precarias como para poder invertir tiempo, dinero y energías en un proyecto no lucrativo que no resolviera la propia supervivencia.

Durante los meses que estuve sin trabajo estuve escribiendo Trastornos, Beatriz Punne, Vudú y Las Brújulas y el tiempo. Me había propuesto tratar de escribir relatos un poco más largos que los que acostumbraba a escribir para el blog, relatos un poco más desarrollados, relatos para leer en papel. Encontré trabajo en marzo en una empresa que estaba empezando. Los primeros meses fueron muy exigentes y me quedé sin tiempo. Se acabó escribir relatos, y casi se acabó escribir aquí. Tanto se acabó que casi se me ha olvidado. El caso es que en verano, junté la colección nueva más algunos que tenía  antiguos, como el San Juanito, que había escrito hacía ya tiempo, cuando mi abuela se puso enferma y al final murió en febrero, y pensé que quizás estaría bien ponerlos en papel, como un homenaje, ya que, a fin de cuentas, era el formato para el cual los había escrito, y publicar una pequeña tirada, y compartirlo con los míos.

El panorama que encontré para publicar era terrible. Muchas editoriales ofrecían servicios de autoedición encubiertos. Había que pagar muchísimo dinero, los formatos no eran muy bonitos, los diseños de portada y maquetación bastante dudosos. Y entonces apareció ese punto mío que no sé si definir como vanidad o como el atrevimiento de la ignorante, pero el caso es que pensé que yo sola podría hacerlo mejor. O al menos a mi manera. Así que me puse a buscar qué me hacía falta: una imprenta, un ISBN (quién sabe, ya que me ponía, tampoco me quería cerrar la posibilidad de llevarlo a alguna librería….), etc. Pero entonces seguí pensando. Igual, si ya aprendía todos esos trámites para mí, quizás podría utilizar ese conocimiento y esa estructura para otras personas con las mismas inquietudes que se hubieran enfrentado al panorama. Así que decidí montar una editorial, vender mis ejemplares, y utilizar lo obtenido de las ventas para editar a otra persona y que ya no tuviera que gastarse dinero, y con lo de esa persona, a otra, y así sucesivamente en una estructura colaborativa, e igual en algún momento igual también podríamos reeditar a Ory y a otros descatalogados!!!

Se lo conté a Manu, y le pareció bonito. Me dijo que era una pieza azul, que es como llamamos en nuestro lenguaje a los proyectos un poco locos que se nos ocurren porque nos hace felices hacerlos, como los experimentos constructivos, o la música.

Volví a quedar con Raquel y se lo conté entusiasmada. Automáticamente hizo suyo el proyecto y se convirtió en la tercera pata.

Mucha más gente nos ha ayudado en el camino, especialmente Eme y Paloma, que me ayudaron con las correcciones, alentaron las ilusiones, y han estado apoyándome todo el tiempo. Paloma y yo incluso nos estuvimos recorriendo librerías, y soñando despiertas. Tengo tantas ganas de que lo vean.

En septiembre pedí una reducción de jornada, y me puse a estudiar para poder ser algún día profe de lengua y literatura. También nos constituimos como asociación cultural sin ánimo de lucro, nos dimos de alta como editorial, hicimos un millón de gestiones tediosas en mil sitios, compramos los diez primeros ISBN, y encontramos imprenta… He aprendido a usar In Design para maquetar, Raquel, Manu y yo hemos pasado unas cuantas tardes trabajando con la portada y revisando y corrigiendo la maquetación, hemos dibujado, hecho logos, visitado papelerías técnicas, comprado un numerador, hablado con Correos para hacer los envíos más baratos posibles, montado una web… Y todo este tiempo que estamos pasando juntos está siendo un premio en sí mismo.

La semana que viene llega por fin el primer ejemplar de relatos de la editorial Piezas Azules: Ropa tendida (ocho coladas). Son ocho relatos, ilustrados con fotografías. Una edición limitada y única de doscientos ejemplares numerados, nuestro conejillo de indias para empezar esta aventura y poder continuar con más ediciones que ya están esperando. Reconozco que me da un poco de pudor enseñarlo.  Me pregunto si les gustará a mis padres.

Esta es la historia de lo que empieza ahora.

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Magandang umaga

Antes de ir a trabajar voy a echar gasolina. Ha amanecido, pero poco, a las ocho de la mañana está todo a medio poner. La gasolinera, al funcionar veinticuatro horas, no se ve afectada por ello y está en servicio.

Uso un guante, lleno el depósito, y entro a pagar. En la tienda hay tanta luz por dentro que la sensación de que parece de noche aunque ya haya amanecido es mayor.

Mientras me está cobrando, la cajera saluda efusiva a alguien que no soy yo. Me doy la vuelta y veo a una señora mayor bajita, con ojos rasgados y pinta de esquimal. La cajera le pide que espere un momento, busca algo que resulta ser una hoja de papel y entonces lee en voz alta “magandang umaga”, y le pregunta que si le ha dado bien los buenos días.

Le digo a la cajera que si saluda en su idioma a todo el mundo. Me contesta que no, que esa señora toma café a diario en la gasolinera, que es una buena mujer  y le ha tomado cariño, así que había buscado cómo se dice “buenos días” en tagalo para darle una sorpresa.

La señora que parece un esquimal, pero que probablemente sea una filipina que trabaje limpiando las inmundicias de algún vecino de la zona, no da señales de emoción alguna. Igual por el frío. Tampoco yo me quedo a contemplar el final de la escena. No descarto que en el momento en que yo salgo por la puerta la esquimal filipina esbozara una enorme sonrisa.

Cuando salgo a la calle me da la sensación de que el amanecer es más consistente. Aparco el coche sobre un montón de hojas caídas y voy a trabajar.