Crónica del aislamiento. Día 2

Ayer, uno de los hechos más remarcables fue salir a comprar con mascarilla de carpintero, como ya anticipé en el día uno. Propuse ir a una panadería artesana que hay muy cerca de casa y que han abierto hace poco, y así evitar el supermercado. El panadero había cambiado la barra de sitio para evitar las aglomeraciones. Dijo que todavía podía ponerla más cerca de la puerta y atender directamente a la gente en la calle. Lo que hiciera falta con tal de que no le hicieran cerrar. Él nos recibió a pelo, sin máscara ni guantes. Y yo me sentí ridícula y con necesidad de justificar mi atrezzo especial apocalipsis, imprescindible para comprar pan artesano con masa madre y harina ecológica a tres euros la hogaza. Tras escuchar la aventura con el señor del colmado de ayer, se justificó él también, diciendo que no llevaba mascarilla pero que se lavaba las manos muchísimo. De un panadero no esperaba otra cosa incluso en épocas no pandémicas. Estuvimos allí también un rato hablando. Nos contó que para evitar engordar durante el encierro -pero si él estaba trabajando fuera de casa- había tirado toda la comida basura que había en casa, que se les había roto el TPV, y que querían seguir haciendo pan. Pensé que permitiendo que abran los estancos la lógica me dice que permitirían la apertura de panaderías. Pero hace ya tiempo que trato de poner en cuestión mi lógica.

Uno de mis momentos preferidos es cuando después de comer me voy al dormitorio a leer. Llevaba tiempo sin hacerlo pero el aislamiento me lo va a permitir. Me dices que me puedo quedar a leer en el salón, que si quiero quitas la tele. Pero cambiar de espacio es como cambiar de mundo. En el dormitorio la luz es preciosa a esa hora, blanca tamizada, me desnudo, me cubro con las sábanas suaves, descanso en las almohadas y me sumerjo en Lectura fácil y las argumentaciones de Nati. Me asombra, me sorprende, me hace reír, me hace pensar. Luego llegaste tú y te metiste también en la cama. Al cabo de un rato me llegó un meme. Es la foto de un test que dice “Tú de la cuarentena qué crees que vas a sacar? a) kilos b) un bombo c) alcoholismo d) un divorcio e) todas las respuestas anteriores son correctas.” Tal cual.

Más tarde me puse a hacer un bizcocho. De plátano y cacao. De plátano para usar unos plátanos pochos que hay en la nevera. De cacao porque me apeteció. Me quedé sin harina especial para bizcochos con levadura incorporada y añadí harina de espelta integral. Me pregunté si con la levadura que había en la parte de harina especial para bizcochos que había puesto habría suficiente o si debería añadir algo más. En esa grave disquisición me hallaba cuando comencé a escuchar aplausos desde el salón. Los aplausos no paraban, y además retumbaban. Desconcertada me acerqué al salón y os en la ventana, aplaudiendo, y me asomé también y los vecinos aplaudían. Multitud de gente asomada a las ventanas. Y no paraban los aplausos. Me dijiste que se habían convocado para homenajear al personal sanitario. Por un lado me pareció emocionante ver a la gente asomada, no sé si con ganas de rendir homenaje, o de buscar compañía, o de participar en algo colectivo, o de todo eso junto. Por otro lado, me sentí un poco ridícula. Me dio la sensación de que nos estaban programando un entretenimiento diario. Pobre gente, démosles una excusa para salir a la ventana y liberar endorfinas. Y encima con cobertura en tele y en redes sociales. Lo siento, siempre me tiene que salir ese lado cáustico con reticencias para participar en colectividades. Yo soy más de quedarme de lado observando los comportamientos. En cualquier caso, aplaudiendo todo el mundo se pone contento. Mal no puede hacer.

Después de cenar hubo partida de monopoli con copas de vino. Volví a ganar. Otra vez. En mi historia reciente creo que no recuerdo haber jugado al monopoli y haber perdido. Con lo mala que soy para los negocios en la vida real y mi falta de ambición, que incluso ganar en el juego me resulta incómodo. Me gusta cuando voy consiguiendo barrios y maquinando la estrategia. Sin embargo, cuando ya sé que he ganado, cuando empezáis a caer en mis casillas llenas de casas y os descapitalizo, y no podéis pagar, y, además de todo vuestro dinero tenéis que malvender las pocas casas que tenéis e hipotecar vuestras calles, el juego pasa a ser una agonía con la que no disfruta nadie. Pero no se puede jugar a un juego sin intención de ganar. Sería fascista. Es tan legendaria mi fama de ganadora que Pablo ya no quiso jugar, se metió en su cuarto -de donde no había salido más que para comer y cenar- y pidió permiso para hacerse una copa. Se pone un Seagrams con limón. Miguel no juega desde que una vez jugó y perdió. El segundo vino que compramos, el Ribera, estuvo mejor.

Crónica del aislamiento. Día 1.

Me he propuesto en estos días de semiconfinamiento escribir a diario. No he llegado a tiempo. Hoy no es el primer día sino el segundo. Esto para empezar. Para seguir, he salido de casa por la mañana. A comprar el pan. No sé si estos antecedentes son los mejores.

Ha sido el primer día en el que me he disfrazado. Me he colocado unos guantes de látex y una mascarilla de bricolaje, que es todo lo que había en casa. En las farmacias hace ya muchos días que están agotadas. Esto tiene un motivo. Ayer por la noche, previendo que hoy el confinamiento sería oficial, y sin conocer las dimensiones del mismo, salimos por la tarde a terminar de comprar imprescindibles que nos faltaban para poder afrontar estos días. Mientras la gente llenaba los carros con lo poco que quedaba de carne, pollo y papel higiénico nosotros metíamos refrescos, vino y cervezas. Estuve un buen rato buscando un ribera afrutado. Te pedía ayuda pero ni me escuchabas ni me oías. Mirabas cada cosa que tocaba, cada botella que cogía, cada etiqueta que leía como un posible foco infeccioso que yo estaba tocando con mis manos, que ya dejaban de ser manos para convertirse en amenazas posiblemente infectas con forma de manos, con las que después tocaba mi cara, con las que te tomaba del brazo.

Después de dejar todo eso en casa, salimos a dar lo que bien podría ser nuestro último paseo en dos semanas. Ya era de noche y escogimos calles poco transitadas. Las terrazas ya las habían quitado. En los bares aún quedaba gente que tomaba cerveza, al margen del miedo. Esquivamos a cuantos peatones nos cruzamos, que fueron pocos. Justo antes de entrar en casa me di cuenta de que no habíamos podido comprar huevos en el supermercado, porque no quedaba ni uno, y pasamos junto a un pequeño colmado de barrio que aún estaba abierto. ¿Se puede? Sí, pasad, qué queréis. Huevos. Él nos los dio. Nos mantuvimos a bastante distancia. Le preguntamos al señor si iba a abrir estos días. Nos dijo que no lo sabía. Que dependía de la concreción del estado de alarma -bueno, no usó exactamente esas palabras-. Si cerraban Madrid no podría. Se daba la circunstancia de que vivía en una urbanización que linda con Toledo, y su casa, concretamente, había caído del otro lado de la frontera, en la zona manchega. Y fíjense, si me voy por la mañana a Mercamadrid, y lleno la furgoneta de fruta y verdura, y resulta que luego me para la policía y me dice los papeles, y me hace dar media vuelta, a ver qué hago yo con todo el género. Pensé que si había conseguido atravesar la frontera toledana y llegado a Mercamadrid, qué le iba a impedir llegar hasta su tienda. Y entonces llegamos al meollo del asunto y por fin el tipo dice que además lo más importante es la salud y quedarse en casa. Que él llevaba ya varios días atendiendo con guantes y con mascarillas. Que se ponía cuatro mascarillas, una encima de otra, y que los guantes le daban alergia, pero a ver qué iba a hacer, porque si le llegaban clientes que entraban en su tienda a pelo, como nosotros, pues qué iba a hacer, tendría que protegerse. Después ya comenzó con la soflama política en la que desvelaba abiertamente su apoyo a las medidas del gobierno autónomo y municipal, y su crítica a las del gobierno central, y después también nos contó el caso de la señora de ochenta y muchos años que tiene que estar haciendo la compra para la comida familiar de todos los fines de semana para todos los hijos y nietos, que se juntaban más de treinta personas y que si la iba a contagiar con lo delicada que estaba ya la señora. Y que dónde íbamos a parar. Para comprar una docena de huevos estuvimos en la tienda con el hombre arengando durante más de 15 minutos mientras nosotros nos resignábamos a escucharlo con docilidad, sin osar rebatir nada.

Antes de salir había llamado a mi tía. Tenía una llamada perdida suya desde hacía días. Mi tía me llama un par de veces al año para preguntarme por todos. Es la hermana mayor de mi padre. Me contó que cuando llamé acababa de llegar de la peluquería, y yo le dije, claro que sí tía, que el apocalipsis te pille peinada. Y me dijo pues sí, hija, me he hecho un moldeado, que ya que voy a tener que estar en casa, si me veo en un espejo al menos verme bien. También he estado en el mercao, y estaba desabastecido, hija, que me han puesto las dos últimas pechugas de pollo, pa hacerlas así rebozás, que están muy ricas. Y digo yo que lo primero que tenían que hacer era averiguar quién ha puesto el virus ese en el cielo, porque alguien ha tenío que ser. Yo creo que el Trump ese, que como veía que los chinos se le estaban subiendo a la chepa, pues les ha echao el virus ese y se le ha ido la mano. Pero seguro seguro que alguien ha tenío que ser, que no va a salir eso de la nada, o no? También la escuché sin rebatir absolutamente nada, a todo que sí.

Después fuimos a la tienda de vinos que hay debajo de casa, a mantener el último contacto del día. Nos llevamos uno de Navarra y un Ribera. El de Navarra era atípico pero tenía una etiqueta preciosa, y prometía reminiscencias a cereza madura y frutos azulados. Me pareció tan poético que tuve que cogerla. Está el dependiente joven y dice que cómo es que hemos elegido ese vino. Le contesto que por la etiqueta. Y me dice que a él le encanta, que nos iba a sorprender, que los vinos navarros no tienen ninguna fama pero que este era fantástico. Yo me enorgullecí del buen criterio que tenía mi instinto. Por la noche, al probarlo, me daría cuenta, una vez más, de que me había equivocado.

Y, volviendo al lugar donde comenzó todo esto, a la mañana de hoy, cuando hemos salido a por el pan, he pensado en el señor del colmado, y en entrar a pelo en una tienda, y que el dependiente se pueda sentir como si un desconocido lo estuviera follando sin condón, y me he puesto los guantes y la mascarilla de carpintero, convencida de estar siendo más considerada. Sin embargo, pocos minutos después, delante del panadero, me sentiría obligada a justificarme.

El agujero de gusano y la tilde en las esdrújulas

Voy en el metro y leo Lena y Karl. No miro si hay una persona que pueda necesitar sentarse. Casi siempre hay sitios libres en esta línea a esta hora, y no, que se jodan. No lo pienso así de manera explícita, pero el mero hecho de que me parezca mucho más relevante continuar con la lectura que mi civismo dice algo de mi pensamiento implícito.

Me gusta Lena y Karl de la misma manera que me gustó Deseo de ser punk. Al menos es mi percepción ahora. Creo que también fue esa la manera en que me atrajo cuando leí su argumento y lo elegí. No se trata de maneras literarias. Se trata de otras.

Hace mucho que no subrayo ninguna línea en ningún libro. El otro día pensé en ello y me entristeció. Estos días me han sorprendido las ganas de volver a hacerlo. He buscado en el estuche de profesora dentro de la bolsa de cartera de correos. He abierto el estuche, y había varios bolis azules, una pluma, un boli rojo, un pilot negro, una regla verde, un portaminas sin minas y ni un solo lápiz. Me pregunto si debería volver a leer desde el principio una vez que consiga un lápiz. O si da igual, porque lo que no se subrayó en el momento de subrayar, en la primera lectura, en el momento de la sorpresa inicial, incluso corriendo el riesgo del arrepentimiento del subrayado, ya se pierde en el limbo de las palabras que quisieron ser subrayadas pero quedaron desnudas. Sí, da igual.

Me pregunto si pudiera viajar en el tiempo y elegir un concierto, ¿cuál querría ver? No lo sé. Y además ese tipo de preguntas me atoran. Como cuando me preguntan por mis películas preferidas o por la música que me gusta, o por mis libros. Y me atoran también porque en realidad tendría que estudiarlo. No podría jamás hacer una elección así tan a la ligera, siendo tan consciente de cuántos conciertos de música míticos existen y de los que no soy consciente, o ni siquiera conozco, y si los desconozco no podría contemplarlos como posibilidad, y me los perdería. No sé, una decisión así probablemente me supondría muchas horas de estudio y muchos dolores de cabeza hasta tomar la decisión. Así que dejo de preguntármelo y continúo leyendo.

Leo tan concentrada que no pienso en cerrar las piernas a pesar de llevar falda y medias y zapatitos de señorita. Habitualmente llevo pantalones vaqueros y me siento como un tío, con las piernas abiertas. Quizás no tanto, además soy pequeña y estoy delgada, de modo que, aunque abra las piernas creo que la gente que se sienta a mi izquierda y a mi derecha no se sienten invadidos. Y si lo hacen, que se jodan. Y hoy voy igual, solo que con falda. Y me da igual también lo que pueda o no ver quien esté enfrente.

Hoy he explicado la acentuación de las palabras llanas y esdrújulas. Son chicos mayorcitos, deberían saberlo, pero a juzgar por cómo escriben no conocen la norma general. Creo que ni siquiera entienden el concepto de sílaba tónica. De modo que el otro día volví al origen. Les expliqué lo que significa que una sílaba esté acentuada, di golpecitos en la mesa, hice percusión, silabeé como si fuera retrasada, se ríeron mucho y les animé a que silabearan conmigo, como si fueran retrasados, todos juntos. Y empezamos con las agudas. Hoy tocaban las llanas y las esdrújulas. Y les he dicho que mis preferidas -sin necesidad de quebraderos de cabeza- eran las esdrújulas. Y es que las esdrújulas llevan tilde siempre. Y que cuando digo siempre quiero decir siempre. Y les he dicho que existen muy pocos siempres ahí fuera en la vida. Y que por eso, les aconsejaba fuertemente que cuando se encontraran por ahí un siempre, que lo cogieran y lo abrazaran, y se aferraran a él. Como al de la tilde de las esdrújulas. Pánico, música, gótico, siempre. Siempre. Y les he dicho que les dedicaran tildes grandes, llamativas y poderosas. Y que no las olvidaran.

En el metro he vuelto con mi libro. No he mirado si había alguien que necesitara asiento, ni he cerrado las piernas, ni nadie me ha visto el color de las bragas porque llevo vaqueros. Solo he levantado los ojos del papel cuando alguien ha tropezado con mis pies atravesando el vagón. Me pasa algunas veces. Me he preguntado durante unos segundos cómo es posible que la longitud de mis piernas, midiendo un metro y medio, pueda hacer tropezar a nadie. Pero he vuelto a la lectura rápidamente. Sobresdrújula. Y a perder todo el alrededor que no fuera Lena y Karl.

El porte de cada individuo, y su modo de habitar la calle.

La primera parte de la exposición de Eamonn Doyle se llama i. Me pregunto si Eamann se pronunciará Éiman o Íman. Me pregunto por qué el nombre i. El comisario dice sobre ella “Las figuras solitarias y silenciosas de i realizan tareas cotidianas desconocidas a lo largo de O’Connell street de Dublín. Aisladas casi por completo en medio del paisaje geométrico de las calles, parecen ajenas al mundo que las rodea.” El comisario no menciona que son fotografías de ancianos, de viejos, de personas mayores. Tampoco habla sobre los planos picados, muchas veces diagonales, tan abrumadoramente cerca de las solitarias figuras: los viejos. Son solitarias porque son viejos, son silenciosas porque son viejos. No solo están solos y silenciosos los viejos. Pero especialmente.

Ayer en la tele, en ese programa, hablaban de un nuevo grupo social pujante, los viejennials. Se referían a los septuagenarios que no son mayores y tienen una gran calidad de vida, y viajan, y realizan actividades intelectualmente estimulantes, y tienen una vitalidad desbordante. Pero solo hablaron de los viejennials después de hablar del éxito que habían tenido unas focas en residencias de ancianos para enfermos de alzheimer en los primeros estadios de la enfermedad. Las focas eran unos robots, de peluche por fuera y con “tamagochi” por dentro. Es decir, los viejos que empezaban a perder la cabeza se tenían que hacer responsables de su foca, y tenían que acordarse de alimentarla, acariciarla, arroparla por las noches… y tener una foca robot de la que ocuparse les hacía ralentizar su deterioro. Y en el programa aparecían dos viejecillas acariciando y besando a su foca, con esos besos sonoros, lentos y técnicos que dan los abuelos, y diciéndoles qué bonita es mi niña, y los gerontólogos aparecían muy orgullosos de los progresos y de la calidad de vida que las focas estaban procurando a las abuelas. Creo que en ese momento dije que si en algún momento llego a esa situación y queda aún alguien que me quiera, ojalá tenga la bondad de echarme veneno en la sopa. Creo que en ese momento dijiste ya sabía yo que ibas a llevarte la conversación a ese lugar. A ti no te gusta pensar en la muerte. A mí no me gusta aceptar que tendré que resignarme a cualquier forma de vida. Y sin ir más lejos, esta mañana, nada más despertarme, mientras preparabas el desayuno pensando que yo apuraba los últimos minutos de sueño, me he dedicado a hacer búsquedas de venenos en google.

De i el comisario también dice “Las fotografías se fijan en detalles de la tela y la textura, en el porte de cada individuo y en su modo de habitar la calle.” Los “detalles de la tela” desvelan pobreza, desamparo y fragilidad en esos “individuos”. Y su “modo de habitar la calle” habla de lo mismo. Las chepas, la espera en un banco, las manos con artrosis que sujetan una bolsa, el bastón, la chaqueta rota, el mirar al suelo. El comisario es aséptico y eufemístico y sus palabras se estrellan contra las fotografías de formato inmenso. Esas fotografías me hacen pensar que quizás no sea fácil que cuando yo sea vieja quede alguien que me quiera. No siempre pasa. O al menos no alguien que, aun queriéndote, pertenezca a tu día a día. O a un día a día lo bastante frecuente. La vida puede ser maravillosa, pero también muy cabrona. Lo bastante frecuente como para poder decir, en susurros, estoy bien jodida, y que te abracen y te dejen decirlo. A nadie le gusta escuchar penas. Normalmente la réplica es la negación. No, en realidad no estás mal. Tú no lo sabes pero estás bien. Solo le puedes contar penas a gente que te quiere, pero no a toda. A poca. Como a ti, que ayer te dije que querré veneno en la sopa en el momento en que el sentido de la vida sea acariciar un peluche.

El mismo pánico que le tengo yo a la longevidad se lo tienes tú a la muerte prematura. Entre los dos supongo que formaríamos un tandem equilibrado de miedos mortales. Y también tiene sentido, porque la muerte prematura es devastadora para quien no muere. En el momento de llegar a k solo me doy cuenta de que la historia que tiene detrás es poderosa pero no del cierre del círculo. k llega para Eamonn al morir su madre. El hermano de Eamonn había muerto con treinta y tres años de forma repentina y su madre nunca se había repuesto. Los hijos no deben morir antes que los padres. Ese es un miedo que yo no tengo porque no tengo recursos para poder afrontarlo. El recurso de la madre de Eamonn fue escribirle cartas a su hijo muerto. Al morir la madre, Eamann crea k, una serie de fotografías en las que una figura espectral cubierta por un manto es azotada por el viento, la luz, el agua. Dice el comisario “Entretejidos en esta meditación sobre el dolor y las fuerzas que nos atan están los fantasmas de los irlandeses atlantes”. Hoy es el cumpleaños de mi abuela. Se lo digo a mi madre que sé que lo sabe y sé que se acuerda, pero más como una forma de decirle que yo también me acuerdo. Habría cumplido 93 años, me contesta. Eso sin embargo no lo sé. Ni siquiera sé si murió hace tres años, cuatro o cuántos. Entre mis miedos también está el que mi madre se haga mayor. Mi padre también, pero si pienso en ello aparece primero mi madre, me debe preocupar más. Y tampoco debo tener demasiados recursos para lidiar con esa pena, porque me siento más cómoda afrontando mi propia degradación, hasta divertida en cuanto llega el pensamiento del veneno en la sopa.

Salimos de la exposición. Sigue haciendo un día espléndido. En la calle una señora está sentada en un poyete y le cuelgan las piernas. Habla por teléfono. Parece una niña. Me dan ganas de darle un abrazo. Brilla el sol. Hoy puedo brincar y brinco. Puedo bailar y bailo. Puedo reír y río. Todo está en pie. Y tú. Soy feliz.

Por fin los ciervos

Un día, cerca de un fin del mundo, mantuvimos una conversación absurda. Pregunté en voz alta, y desde luego sin pensar, desde cuándo Europa se nombraba Europa. No se trata de una pregunta que formulara desde la nada. Mientras tomábamos café, en un rato de aparente silencio, me había detenido a pensar en otro nombre que había leído varias veces esos días. Los picos de Europa. Y entonces me había dado por pensar por qué los habían llamado así. Llamar Los picos de Europa a Los picos de Europa, cuando en el continente hay cordilleras mucho más elevadas e imponentes, como los Alpes, Pirineos, Urales o la cordillera del Cáucaso… me había parecido tan pretencioso que ese nombre, Los Picos de Europa, solo podía provenir o bien de la ignorancia, o bien del chovinismo. Salvo, claro, que Europa, cuando fuera nombrada Europa, no comprendiera la misma extensión que es ahora. Unos Picos de Europa -en cualquier caso- habría resultado más acertado. O salvo claro, también, que no se estuvieran refiriendo a Europa continente sino a Europa diosa, y se tratara de algún tipo de ofrenda o tributo. Hacía mucho tiempo que no manteníamos conversaciones inútiles. Y solo después de mantenerla me di cuenta de que las echaba de menos.

Por la mañana habíamos estado postergando una conversación útil acerca de adónde ir. Las conversaciones útiles me asfixiaban. Creo que sencillamente se trataba de una falta de aire. Así que con el objeto de no vararme en una de ellas, tomé la decisión de que por la mañana seguiríamos el plan previsto inicialmente. Y después de comer jugamos a un juego. Yo señalaba un punto en el navegador, sin que tú supieras cuál es. Y tú conducías sin saber hacia dónde siguiendo las indicaciones. Habría carreteras secundarias, habría bosques, habría luces y sombras, habría montañas y precipicios, habría tanta belleza en el camino que daría igual dónde estuviéramos cuando el navegador pronunciara su “ha llegado a su destino”. Y nada más.

Cuando llegamos al destino supimos que sí había un propósito en él. Un acantilado quedaba a nuestra izquierda, y, según avanzábamos, la certeza de que no habría un lugar para dejar el coche iba siendo mayor. Además, cada vez eran más los coches que veíamos aparcados en el arcén. Te obligué a dejarlo allí, en un lugar no establecido, no señalizado con líneas blancas pintadas en el suelo, y poco convencido accediste, y continuamos a pie. No había mucha gente y la que había estaba tomando el camino de vuelta. El camino a pie continuaba bordeando el acantilado. Se veía una playa allá abajo, en vertical, abierta entre dos grandes peñones. Yo sabía cuál era su nombre puesto que había pulsado ese punto en el mapa. La playa del silencio, y, al margen de su nombre, al verlo supe que se trataba del fin del mundo. Pero, para no pecar de ignorancia ni de presunción, lo dejaría en un fin del mundo. Allí se terminaba todo, y ante ese espectáculo lo menos que podía uno hacer era callarse, y admirar.

Llegar hasta allí abajo era sencillo: había que tomar un camino empinado rodeado de vegetación y flores, y después unas escaleras. Subir sería otra cosa. Ya he contado que las gentes ya volvían cuando nosotros llegamos. Y al cruzarnos con unos iban diciendo joder, con esta subidita tengo el chorizo y los garbanzos de la comida…. mientras, otro preguntaba y cuándo cenamos. Me di cuenta de lo acertado del nombre. Las palabras pueden hacer mucho daño. Las palabras son capaces de banalizar un fin del mundo imponente y sagrado. Y no hay castigo para eso. O quizás sí. Me habría gustado que fuera tan sencillo cerrar los oídos como cerrar los ojos, para mantenerme a salvo, para mantener a un fin del mundo a salvo de la degradación. Hasta qué punto todo es frágil. Ni siquiera un fin del mundo, que ha tenido a bien terminarse con bosques, y flores y acantilados, y una playa, y un sendero, y una luz que colorea de plata el mar que concluye lo demás hasta el horizonte, ni siquiera él está a salvo de la degradación, de convertirse -palabras mediante- en un vulgar destino turístico donde hacer tiempo y fotografías entre comida y comida.

El suelo de la playa no era de arena sino de piedras de cantos rodados. Allí solo hay dos niños pequeños. Juegan con las piedras. Una playa así les ofrece diversión durante horas. Nos sentamos algo alejados, y solo escuchábamos el ruido de las piedras al chocar contra el mar, y al propio mar. Nos tumbamos en unas rocas suaves, con formas anatómicas que nos acogían. Fumamos. Contemplamos un fin del mundo que desde entonces y en adelante ya sería nuestro. Me besaste. Y por supuesto no mantuvimos ninguna conversación acerca de la cena, ni pensamos dónde iríamos después, al salir de allí, ni ninguna otra conversación útil con la que romper ese lugar sagrado. Que lo era por su propia belleza, pero también y sobre todo, porque, conscientes, le estábamos otorgando ese valor.

Al salir de allí continuamos con el juego. Pulsé un lugar en el mapa. Resultó ser un pueblo de pescadores. Las casas eran de colores y en muchas había un cartel de Se vende. La entrada al pueblo era la única zona en llano, el resto del pueblo se iba alzando en vertical. Tomamos café, caminamos un poco, vimos un ciervo. Quizás en esta ocasión sí podría decir que no era un ciervo, sino el ciervo, nuestro ciervo. Ese que está representado en nuestras espaldas, y tuvo a bien hacerse símbolo de carne y hueso aquella tarde. Para nosotros. Y según iban pasando las horas me daba la sensación de que yo era cada vez más yo y que tú eras cada vez más tú. Y que por eso podíamos volver a vernos otra vez, del todo.

Me pregunto si siempre hace falta alejarse para encontrarse, para estar cerca. A diario hay mucho ruido. Hay ruido por todas partes. Todo el tiempo. Me pregunto cómo hace el resto del mundo para sobrevivir al diario. Incluso a un diario que ama. A un diario que amo, y al que estoy deseando volver después de un par de días alejada de él tanto como antes de irme necesitaba dejar lejos. Leo en un artículo que contiene una entrevista a Rafael Argullol, y que se llama “La memoria es nuestro mito” -el título ya por sí mismo justifica la lectura- que “el hecho de viajar supone para la persona que realiza tal acción el despojarse de cualquier rol de su vida diaria; digamos que viajar nos ayuda a ser más nosotros mismos, libres de cualquier atadura. Argullol se mostró totalmente de acuerdo con esta afirmación, y añadió que esto es así «porque desplaza al hombre de sí mismo y le hace mirar desde otro lado, otro territorio».

Quizás el problema sea identitario. Yo soy tan yo libre y desplazada desde ese otro territorio, como yo llena de las obligaciones que yo misma he elegido, y de las inercias y el ruido que me imponen. Y no existe la una sin la otra, y si una de las dos se diluye la otra sufre, y aquí estamos siempre tratando de conservar un equilibrio inestable, imposible, el propio, el nuestro. Olvidando y recordando de nuevo cómo se juega.