Fecha de caducidad

Estaba junto a mí frente al lineal de mermeladas. Al principio me costó un poco reparar en ese señor de cierta edad, que en otra época se habría considerado anciano pero que ahora es muy joven todavía. Debe ser que cuando apareció yo estaba abstraída en pleno proceso selectivo, mirando la cantidad de azúcar que tiene cada una de las marcas, tratando de determinar desde el otro lado del cristal si la mermelada es líquida, si tiene trozos, y si los tiene cómo de grandes, cómo es de bonito cada uno de los frascos de cristal y ese tipo de cosas en las que analizo cuidadosamente antes de decidirme por una marca de mermelada, lo que hace que a pesar de ser una decisión de las que se consideran sencillas, o que debería serlo, a mí me lleva un buen rato. Solo me di cuenta de la presencia de ese hombre cuando al tratar de tomar un frasco su presencia se interpuso en mi camino. Entonces detuve mi proceso de análisis, y me dediqué a observarlo. Tenía un bote en la mano y leía con atención la tapa. Creo que fue empezar a observarlo y comenzar él a leer en voz alta, aunque puede que ya estuviera leyendo en voz alta antes, y a mí se me activara el oído al verlo, porque los sentidos a veces funcionan así, en bloque. El señor intentaba averiguar la fecha de caducidad, pero no lo conseguía. Esperé a que me pidiera ayuda (ofrecérsela antes de que me lo pidiera me pareció grosero).

-¿Me puede decir la fecha de caducidad?

-Sí, claro, diciembre de 2018.

-Uy! qué pronto, -contestó él. Si fuera a caducar un poco más tarde me llevaría dos, pero caducando en diciembre de 2018 solo me llevo uno… aunque igual hay alguno que caduque más tarde…  Joven, ¿me ayuda a buscar un tarro que caduque en diciembre de 2019?

Entonces yo miro el lineal lleno de frascos. Debe haber unos doscientos. O unos dos mil. No jodas.

– Pero señor, si hasta diciembre de 2018 queda más de un año! Ahora estamos en noviembre de 2017, después diciembre de 2017, y después un año entero!

– Bueno, no sé, quizás tiene razón. Me voy a arriesgar, y llevo dos, que así tengo para más tiempo.

El señor se fue con sus dos tarros de mermelada convencido solo a medias, y yo proseguí analizando marcas, diseño de frascos, texturas y cantidades de azúcar. Pensé que ese señor ya no iba a comprar más mermelada hasta diciembre de 2018, y lo que es más, que ese señor habría querido no comprar más mermelada hasta diciembre de 2019. Me pareció maravilloso.

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Poética de la plaza doble.

Ayer por la noche cambiaste el coche de sitio. Ya sabías que por la mañana te ibas a quedar en casa.

Esta mañana, en lugar de bajar al garaje por las escaleras he ido directamente por la rampa. Delante de mí bajaba una chica joven y guapa. Habíamos cruzado juntas, pero pronto me adelantó porque caminaba dando zancadas. Yo esta mañana iba dando pasos, así sin más. Vestía unos vaqueros estrechos y un jersey azul marino. Llevaba unos zapatos de charol planos de aire británico, y un bolso naranja. Caminaba derecha y un poco masculina. Me ha parecido guapa.

Al bajar he visto el coche preparado. He mirado el tuyo detrás y estaba vacío. Eso era algo evidente, porque me acababa de despedir de ti en casa. Sin embargo, a pesar de la evidencia, al verlo, antes que el color, o la forma, lo primero que he visto de tu coche ha sido el vacío. Me he acordado de alguna vez que te he encontrado allí por sorpresa porque tú te has quedado dentro del coche esperando a que yo llegara. A lo mejor primero me he acordado de eso.  Y por eso primero he visto el vacío y después tu coche. Quizás si no lo hubiera recordado, habría visto tu coche primero, su blanco por fuera y negro por dentro y los retrovisores cerrados. Y nada más.

No, creo que no podría ver tu coche primero, con su blanco por fuera, su negro por dentro y sus retrovisores abiertos o cerrados, y nada más. Por un montón de motivos.  Eso me gusta.

 

Domingo por la noche

Como me estaba aburriendo con el partido, me empezó a hacer preguntas del tipo a que no sabes cómo se llama ese jugador. Yo no sé cómo se llama ninguno, ni siquiera los de mi equipo. Y, en el hipotético caso de que lo supiera, jamás podría distinguirlos en el campo. Intentaba que yo leyera los nombres en los dorsales, sin lupa ni material de aumento alguno, y entonces tuve que explicarle que con los jugadores me ocurría un extraño fenómeno, y es que para mí, cuando salen al campo, pierden su condición de seres individuales y únicos, y se transforman en un ser único, un ser colectivo -equipo- pero dividido en once cuerpos iguales, once vestidos de un color y otros once de otro. Y salvo el color, a mis ojos, nada hace que se diferencien unos de otros, porque son seres exactamente iguales. Como las figuras de un futbolín en versión autómata. Sólo cuando salen del campo y abandonan su condición de futbolistas vuelven a cobrar rasgos y personalidad propios, y a resultarme seres completos. O casi. A él le hizo mucha gracia. Pensaba quizás que estaba bromeando.

Agotado el tema, y creo que para evitar que volviera a aburrirme -tengo la sensación de que para él aburrirse es de las peores cosas que le puede suceder a nadie-, me propuso hacer un juego de preguntas y respuestas. Estuve concentrándome bastante mientras duró el juego para poder memorizar las cuestiones que me iba planteando y así citar ahora algunas de ellas:

  • Qué prefieres, ¿ser millonario pero que todo el mundo pueda entrar en tu casa o ser pobre pero amigo del presidente?
  • Qué prefieres, ¿tener una trompa de elefante o un cuello de jirafa?
  • Qué prefieres, ¿tener sexo una vez a la semana pero no poder masturbarte o tener sexo una vez cada dos años pero poder masturbarte cuando quieras?
  • Qué prefieres, ¿vivir sin electricidad o vivir sin tu pareja?
  • Qué prefieres, ¿llevar a Cenicienta al baile o una alfombra voladora?
  • Qué prefieres, ¿tener una vagina en la frente o una hilera de pollas en la espalda?
  • Qué prefieres, ¿beber un vaso de vómito un día o tener las manos manchadas de riskettos para siempre?
  • Qué prefieres, ¿saber cuándo van a morir todos tus seres queridos y no poder decírselo o que todos tus seres queridos sepan cuándo vas a morir tú y que no te lo puedan decir?
  • Qué prefieres, ¿morir la semana que viene o ser inmortal?
  • Qué prefieres, ¿que todo el mundo pueda leer tus pensamientos o tener que estar desnud@ el resto de tu vida?

Algunas cuestiones eran realmente sencillas de contestar. Por ejemplo, entre la Cenicienta y la alfombra voladora la ganadora absoluta es la alfombra. En esta ocasión ambos estuvimos de acuerdo. Si la elección hubiera estado entre la alfombra y un genio, no lo sé, posiblemente la alfombra igualmente. También para mí fue claro preferir un cuello de jirafa a una trompa. Él, sin embargo, prefirió la trompa.

Otras cuestiones nos dejaron pensando largo rato. Yo no terminé de tener claro si preferiría saber la fecha de la muerte de mis familiares y amigos o que ellos supieran la mía. Normalmente entre ignorancia y conocimiento me suelo quedar con lo segundo, pero también creo que he subestimado a lo largo de mi vida las bondades que una buena ignorancia a tiempo puede llegar a ofrecer. En cualquier caso, creo que, aún consciente de eso,  insistiría en el error de querer saber.

En cuanto al tema de morir la semana que viene o ser inmortal ambos lo tuvimos claro. Él pidió la inmortalidad, yo la mortalidad. Tuve que explicarle mi postura. Fácil. Si yo soy inmortal pero todos los que me rodean no, y me paso mi existencia viendo morir a los míos, prefiero no vivir. Se quedó pensando un rato corto, y se reafirmó en su decisión. Me gustó saberlo.

Entre una vagina en la frente o la hilera de pollas en la espalda me costó tanto decidir que me terminó ofreciendo consejo. Que mejor la vagina en la frente. Acepté su sugerencia sin demasiado convencimiento.

Después de un rato también nos cansamos del test. Vimos el final de Kill Bill Vol.1. Se quedó dormido en el sillón antes de que terminara.

 

No vuelvas a atormentarme así (que mira qué cosas se me ocurren)

La mujer daba vueltas en la cama. Quería dormirse pero no podía. Se había jurado dormir pero no podía. Estaba casi segura de que iba a perder los nervios. Entonces empezarían los picores, tendría que levantarse y podía dar la noche definitivamente por perdida.

Estaba casi convencida de que había hecho bien dando permiso al hijo. No te preocupes, Jesús no va a beber. Casi.

De todas formas en algún momento tenía que haber una primera vez para correr el riesgo de volver a casa de madrugada en un coche. Se preguntaba si hacía falta haber empezado a correrlo esa misma noche.

Es que quiero ir a un concierto de Mägo de Oz. No me jodas, pensó la mujer. ¿Mägo de Oz?Pensó. ¿Pero es que esa gente no lo va a dejar nunca? Pensó. Pero había dicho sí, y ya no tenía remedio. Empezó a picarle la cadera. Se rascó y miró la hora en el teléfono. Las doce y media y un mensaje. “Han terminado los teloneros. Sigo vivo.” Le picó el hombro. Se rascó. Pensó que necesitaba dormirse para dejar de ser consciente de la espera y del riesgo. Le picó la pantorrilla derecha. Pensó que necesitaba que amaneciera, y saber si el hijo estaba vivo o muerto.

Al final, de eso se trataba, de ser capaz de manejar la incertidumbre. O de respetar los motivos que para cada quién tiene el poner la vida en riesgo. La mujer lo estaba intentando, pero no terminaba de conseguirlo. ¡¡¡Mägo de Oz!!!!. Es que no me jodas.

Mientras la mujer se rascaba el cuello decidió enfrentarse palabra por palabra a eso que le estaba recorriendo informe el pensamiento, y palabra por palabra pronunció para sí misma:

“Lo peor que puede ocurrir es que mi hijo muera esta noche en un accidente de tráfico por haber ido a un concierto de Mägo de Oz.”

Una vez hubo pronunciado esas palabras, una detrás de otra, vocalizando bien despacio, el siguiente paso era evaluar sus alternativas para continuar viviendo si se daba el peor desenlace de los que planteaba la noche. La mujer, como asistiendo a una revelación, pensó que si su hijo había muerto por poder ver a Mägo de Oz, quizás Mägo de Oz sí debía ser un grupo merecedor de culto. Y que, una vez muerto el hijo, ella solo podría dar sentido a su existencia ofreciéndola a ese culto.

Definitivamente la idea comenzó a cobrar sentido, y decidió que si esa noche sonaba el teléfono y algún amable policía le comunicaba con consternación el fallecimiento de su hijo, a ella no le quedaría más remedio que entregarse a la mitomanía y consagrar lo que le quedara de vida al culto a Mägo de Oz. Pensó que tendría que renovar su vestuario, comprarse ropa gótica, comenzar a darle al cuero sintético, a las botas con metales y cadenas, a las levitas, al negro riguroso. Decidió también que optaría por algún tinte verde o azul para el cabello. Por último se puso a buscar en su memoria algún rastro de canción que no hubiese conseguido olvidar, y se encontró de pronto canturreando “Ponte en pie alza el puño y ven a la fiesta pagana”, y “En Satania estás, es el fin del camino”.

Todas estas decisiones le fueron otorgando a la mujer la paz que necesitaba para poder conciliar el sueño. Aunque antes de dormirse aún pensó alguna que otra vez “más te vale volver a salvo dentro de un rato. Mägo de Oz…. Es que no me jodas.”

 

El argumento de la normalidad reinante

En las últimas dos semanas he tenido dos pesadillas. En la primera soñé que nuestra casera decidía rescindir unilateralmente el contrato de arrendamiento y nos forzaba a dejar la casa. No era la propia casera quien venía a comunicarlo, sino que había enviado como emisaria a una vecina. Esta vecina era un personaje ficticio fruto de la imaginación onírica. La vecina inventada era una señora mayor, con ese aspecto inconfundible que tienen las monjas que no llevan hábito, pero que de alguna forma consiguen -aún sin él-que se las distinga. Según argumentaba la vecina monja, en las juntas de vecinos se había denunciado el rechazo generalizado hacia nosotros, porque fumamos dentro de la casa y porque a veces nos paseamos desnudos delante de las ventanas sin cortinas. En suma, el tribunal de vecinos nos había declarado culpables, y de manera irrevocable teníamos que buscarnos otra casa.

En la segunda llegaba a mi trabajo, pero no era el que tengo, o al menos el lugar y mis compañeros eran diferentes, haciendo gala de nuevo de una desbordante creatividad onírica, que inventa argumentos, escenarios, decorados y personajes de la nada, pero que sin embargo en el sueño admito como verdad. En esa oficina y junto a esos compañeros, llegaba de pronto un jefe -también inventado- y nos decía que otros jefes aún más elevados habían decidido cambiar nuestras funciones, y que a partir de ahora íbamos a manufacturar y envasar cremas faciales en cadena. El resto de mis compañeros lo asumía como normal, y tomaban con naturalidad una especie de kit que iban repartiendo, en el que se nos proporcionaba todo lo necesario para la fabricación. Otros hombres comenzaron a retirar los ordenadores y pantallas (nos permitieron conservar las sillas de despacho), y mientras mis compañeros abrían las cajitas y comenzaban a trabajar entregados, el jefe hablaba de las nuestras nuevas condiciones laborales: el horario sería de mañana y tarde, y nos pagarían seis euros. Yo me preguntaba, ¿seis euros por tarro de facial? imposible, con ese coste de manufactura -sin contar envase y producto-, la crema tendría un precio disparatado. La pregunta debí hacerla en voz alta, porque el señor de las órdenes me aclaró se refería a 6 euros al día. Yo protestaba argumentando que no se podían modificar de esa forma las funciones ni los salarios, y que además yo no sabía hacer cremas faciales, ni tampoco envasarlas (en el sueño me preocupaba más este aspecto que el hecho de ir a cobrar 6 euros al día).

La dos pesadillas son completamente distintas. De hecho, a excepción de alguna pesadilla recurrente que me asedió en mi infancia, todas mis pesadillas lo han sido. Sin embargo, lo que tienen en común es que parecen tan reales que cuando despierto me atenaza la angustia de tener que buscar una nueva casa, o dedicarme a fabricar y envasar cremas faciales a cambio de seis euros diarios en medio de entregados compañeros. Lo más curioso de todo es que el argumento que invariablemente empleo para convencerme de que nada de eso es real, que es fruto de una pesadilla, no son los trucos imaginativos e inverosímiles de mi cabeza. No pienso en que jamás he visto a esa vecina-monja, o que mi oficina no se parece en nada al lugar donde llegó el negrero. Lo que me sujeta a la realidad, hace que respire aliviada, y sea consciente de que todo es fruto de un mal sueño, es precisamente la realidad. No es posible que algo tan terrible haya ocurrido cuando por la ventana entra la luz, y que huela a pan recién tostado, que en la calle el cielo esté azul,  el quiosquero esté colocando la prensa, y el semáforo pite en verde para los ciegos. Todo a mi alrededor está tan igual que ayer, que es imposible que todos esos sucesos nebulosos y extraños hayan ocurrido. Vale, es cierto que a veces no me fío del todo del argumento de la normalidad reinante y entonces te digo ¿sabes? hoy he soñado que nos echaban del piso y teníamos que buscar otra casa. Y te lo digo para contártelo, pero también y de una forma poco confesable aunque lo esté confesando ahora, para que me confirmes que no es verdad, para escuchar de tu boca algo así como ¿y por qué nos echaban? y poder contestarte -ya con total tranquilidad- que por fumar en casa y andar desnudos.

El problema del argumento de la normalidad reinante, es que a veces sí que ocurren cosas terribles. Cosas tan terribles e inesperadas, tan inconcebibles o tan injustas, que no termino de creérmelas, y me atenaza la angustia de lo horrible que ha ocurrido, pero sin embargo entra la luz por la ventana cuando suena el despertador, y huele a pan tostado, y el quiosquero está colocando la prensa, y el semáforo hace piú piú cuando cambia a verde, el cielo está completamente azul, y el sistema aleatorio de música en el coche decide ponerme la versión de Fly Me to the Moon de June Cristy, y después A lo Cubano de los Orishas. Me atenaza la angustia de lo horrible pero me aferro al argumento de la normalidad reinante, me aferro tanto que hasta canto, y entro contenta a la oficina, que, joder, es como todos los días, y no tengo que elaborar ni envasar cremas faciales, entro y está todo igual, como si no pasara nada. Y es que en un día tan normal no es posible que haya pasado nada, y menos eso que es de verdad horrible, más que tener que dejar mi casa, más incluso que el hecho de que te paguen seis putos euros por una jornada de cuarenta horas semanales. En medio del argumento de la normalidad reinante, cada vez que se me cruza por la cabeza la angustia tengo sensación de irrealidad. Ha tenido que ser una pesadilla, no es posible que haya pasado. Pero sí.

Lo que sé gracias a Mendel

Le pregunté que si quería un huevo o dos, y sin dejar de mirar la pantalla, con los auriculares puestos, me dijo que dos.

Cuando entro en su cuarto siempre está frente al ordenador, mirando a la pantalla con los auriculares puestos, incluso si no está escuchando nada. Supongo que los lleva porque escucha cosas con frecuencia y debe ser bastante tedioso tener que estar poniéndose y quitándose los auriculares constantemente. Así que como cuando entro en su cuarto está con auriculares mirando a la pantalla y no sé si me escucha, pruebo a hablarle. Si me oye me contesta -casi siempre-. Si no me contesta me acerco a él y le muevo un solo auricular de forma que le dejo libre una de sus orejas, pero la otra puede continuar con lo que estaba. Y entonces le repito lo que sea que le hubiera preguntado, y ya sí contesta. Pero esa noche no hizo falta. No solo me dijo que quería dos huevos, también que veía mal, que veía unas lucecitas por algunos sitios en la pantalla y que no conseguía enfocar.

Después de haber preguntado al resto me fui a freír los huevos. No tardé demasiado. Es una cena rápida, aunque no me gusta porque casi siempre se me rompe algún huevo y tengo que decidir a quién darle el roto. Mi madre y mi abuela se quedaban siempre con los huevos que se rompían.  En general se quedaban con lo que menos nos gustaba al resto. Se lo servían y reservaban con tanta naturalidad, con tanto gusto, que yo de verdad pensaba que ellas preferían los huevos con la yema rota, las cabezas del pescado, y los empieces del redondo de ternera. Yo alguna vez sí que me he comido los empieces del redondo de ternera, pero las cabezas de pescado las tiro, no fastidies. Alguna vez también me he puesto un huevo que se me ha roto, pero pocas, porque no me gusta mucho el huevo frito, y casi nunca lo como. En cualquier caso, creo que cuando yo me quedo con la comida fea, con la que no quiere nadie, no me sale tan natural como les salía a ellas, a mi madre y a mi abuela.

Otra razón por la que no me gusta hacer huevos fritos, a pesar de que sea tan rápido, es que, además de que no me gustan y a veces se me rompen, es que el aceite salta. Siempre me salta en la cara. Me están empezando a salir manchas marrones en la cara. Yo no me lo noto tanto, creo que porque me las veo a diario y tengo costumbre. Pero deben empezar a ser evidentes porque tanto mi madre como mi hermana me regalaron protección 50 para el rostro. Así que me pongo protección 50 a diario, incluso en invierno cuando el cielo está gris y en los partes meteorológicos no dicen nada acerca de los niveles de radiación, como si no existiesen,  para evitar el sol y las manchas que me están empezando a salir. De modo que se puede comprender que tras tanto esmero y cuidado me irrite profundamente ir a freír un huevo y quemarme la cara con el aceite.  El aceite es democrático al saltar y no solo lo hace en mi cara, también por toda la cocina. Pero eso a mí me irrita bastante menos. Esa es la parte de freír huevos que le disgusta a mi compañero, que es quien recoge.   A mi compañero no le gusta que le llame compañero, porque le parece un término demasiado tibio para la relación que nos une. Un compañero, como uno de trabajo, como uno de piso, como uno de facultad… Reconozco que puede ofrecer connotaciones insuficientemente vinculantes hoy en día, pero me hace gracia la acepción nostálgica de la época republicana que por otra parte ni siquiera viví. Supongo que será nostalgia de la literatura y la cinematografía. En cualquier caso, cualquier término quedaría impreciso, y nosotros sabemos lo que somos.

Tardé mucho menos en hacer la cena esa noche que en relatarlo. Pablo no se presentó en la cocina para ayudar a poner la mesa. Normalmente doy la señal a modo de grito desde la cocina. “Chicos, la mesa”. Pero en el caso de Pablo no siempre funciona (y eso que grito bastante alto cuando me lo propongo), por el asunto de los auriculares. Antes de ir a buscarlo yo misma vino su hermano a decirme que se había acostado. Fui a verlo y estaba en la cama, con los brazos protegiéndose la cara, gimiendo. Me dijo que le dolía mucho la cabeza. Me dijo que se había tomado un ibuprofeno. Pensé en los destellos. Yo he padecido migrañas toda mi vida. Tenía pinta de ser la primera de las suyas. Bajé las persianas, apagué su ordenador, sus auriculares, su teclado y su ratón, y le llevé una bolsa fría para su cabeza.

Los demás estuvimos cenando mientras el Madrid ganaba la liga. La mitad de los comensales daba gritos y saltos de alegría, la otra mitad no. El plato de Pablo se quedó entero con las yemas intactas.

Fui a su habitación esperando encontrarlo dormido, pero seguía gimiendo. No se podía dormir y el dolor era muy fuerte. Le temblaban las piernas. Era una migraña de libro. Necesitaba poder dormirse.

Esperé una hora más. Pablo estaba perdiendo los nervios. Seguía temblando. Tenía náuseas. Quería ir al médico. Por un lado pensé en lo innecesario. Por otro se me pasó por la cabeza el pensamiento trágico. El pensamiento trágico es ese que de vez en cuando asoma para hacerme vislumbrar posibilidades remotas pero terroríficas. Pensé en la historia del hermano de mi abuela, ese que con diecisiete años se encontraron muerto una mañana en su cama después de una embolia cerebral. Fue después de carnavales, mi abuela contaba que la tarde anterior había salido disfrazado de pierrot. Me hacía gracia que utilizara la palabra pierrot y no payaso. Pero ella siempre que contaba la historia la contaba empleando las mismas palabras.

El caso es que le dije que se vistiera y me fui a buscar el coche. Mi compañero lo acompañó hasta el portal, caminaba regular, estaba blanco como la cera. En el habitáculo de mi coche había botellas de agua a medio llenar, algún carmín, un par de mecheros sin gas, El siglo de las luces de Alejo Carpentier, y una bolsa de papel. Le di la bolsa por si quería vomitar. Pablo fue con ella todo el camino. Y consiguió dormirse. Llegamos a urgencias y no había nadie más enfermo. La mitad de Madrid debía estar en Cibeles. La otra mitad en su casa. Le atendieron enseguida. Tras exponer los hechos la doctora me miró y me preguntó que si era su madre. Sí. ¿Tiene usted migrañas? Sí. Esto es una migraña. Lo imaginaba. La doctora volvió a interpelar a Pablo. ¿Te cojo una vía y te pongo un medicamento en vena para aliviarte? Pablo suplicó que sí.

Nos dejaron en un box a oscuras. Pablo en la camilla tumbado con una vía de la que pendía un medicamento que iba cayendo gota a gota. Le estuve dando la mano toda la noche, hasta ese momento, para dejarle dormir. Lo consiguió poco antes de que vinieran a preguntarle si estaba mejor. Un poco.  Antes de prepararnos para volver a casa me acerqué a él, le di un beso, y aprovechando que estaba sin auriculares le acaricié la cara y le dije que vaya herencia le había dejado, refiriéndome a las migrañas, en clave de humor. Entonces él me dijo mamá, te quiero. Yo lo interpreté como sarcasmo, así que repliqué, bueno hombre, alguna cosa buena también te habré legado. Y él me miró fijo, y me dijo muy serio, no es sarcasmo, me da igual lo de las migrañas, que te quiero, te quiero mucho.

En el camino de vuelta estuvo mejor. No podía echar la cabeza hacia atrás porque la tenía dolorida, pero estuvo pinchando su música, así que di por hecho que no podía dolerle tanto. Volví a dejarlo en la puerta, y cuando llegué a casa después de aparcar dormía profundamente. Estuvo durmiendo hasta casi la hora de comer del día siguiente. Entonces, ya como nuevo, se levantó y se puso sus auriculares para celebrarlo.

Unos días más tarde me llamó mi madre. Hablo con mi madre una vez a la semana. No es mucho, pero el día que hablamos la conversación se alarga un buen rato. Casi siempre le cuento cosas que pasan con mis hijos. Esa tarde me llamó mientras conducía, y estuve hablando con ella con el manos libres, casi no me oía, pero yo seguía hablando. Le estuve contando las novedades en el proceso de admisión del instituto de Miguel, y que no le habían puesto los puntos por tener un hermano estudiando en el centro, así que había tenido que poner una reclamación. Y le conté la primera migraña de Pablo. Mi madre se quedó muy disgustada, porque ella también las tiene, y siempre se ha sentido responsable de mis migrañas, y ahora de las de su nieto.  Se había podido comer las yemas rotas y los empieces del redondo de ternera, pero no había sido capaz de controlar su genética. Entonces me hubiera gustado cortarla en su discurso, y decirle te quiero, mucho, a pesar de las migrañas, a pesar de cualquier cosa. Pero no lo hice. Tanto escribir y tanto hablar, y mi hijo, con sus auriculares puestos, sabe decir las cosas a tiempo bastante mejor que yo.

 

Zonas grises

Cuando entré en su habitación ya conocía toda la historia. Primero porque me lo había contado mi madre, y, segundo, porque me lo había contado ella misma por teléfono. Aún así, hablamos de ello una vez más aunque ya estuviera hablado, de qué si no.

Me dijo que cuando se dio cuenta de que había roto la bolsa, de vacaciones en aquel pueblecito de costa, y fue al hospital, y entró diciendo que era un embarazo monocorial biamniótico con posible síndrome de transfusión feto-fetal y rotura de bolsa de veintidós semanas de gestación, la atendieron con suma urgencia, como cabría esperar que atendieran a un tráfico, o a un accidente vascular.

En el hospital del pueblecito de costa eran especialistas en picaduras de medusa, traumatismos y golpes de calor, pero en embarazos monocoriales biamnióticos no, y la residente que atendió el caso puso cara de angustia y dijo que ella no podía hacer nada. La bolsa de una de las gemelas se había fisurado y había perdido líquido, aunque no todo, y las niñas estaban bien, por el momento. Pero existía el riesgo de que se desencadenara el parto y entonces necesitaría asistencia médica para dar a luz a dos niñas que nacerían muertas.

Ella llamó a su ginecólogo, el que sí era especialista, y le confirmó que tras una rotura en la bolsa tenía que esperar cuarenta y ocho horas en el hospital por si se desencadenaba el parto. Pero que si tras ese tiempo seguía estable, que pidiera el alta voluntaria y volviera cuanto antes a su ciudad directa a su hospital de referencia. Allí sí sabían qué hacer.

Aguantó esa cuarenta y ocho horas estable y pidió el alta voluntaria. Me contó que en el viaje de vuelta llevaban anotados los hospitales que había en el camino, la ruta y la distancia a cada uno de ellos, por si acaso ocurría algo, pero que no obstante su marido condujo tan deprisa llevado por el pánico (en ese momento imagino que él no conducía un coche aunque pareciera un coche, sino una ambulancia no medicalizada), que ella me contaba que por un momento pensó que si no moría desangrada por complicaciones durante el camino, lo haría en un accidente de tráfico.

Sin embargo llegaron a salvo al gran hospital de referencia, y volvió a entrar presentándose como embarazo monocorial biamniótico con fisura en una bolsa de veintidós semanas de gestación, volvieron a darle prioridad frente al resto de los pacientes que esperaban en urgencias, y la ingresaron. Ella se quedó allí y su marido se fue a casa con la otra hija de ambos, de dos años.

Entonces empezó a llegar la información. Las niñas estaban bien, ella no tenía ninguna señal de ir a ponerse de parto y le estaban suministrando antibióticos de forma preventiva para evitar una posible infección de los fetos a través de la fisura. Pero que, no obstante, no se podía descartar la posibilidad de que ese parto prematuro se desencadenara en cualquier momento. Pero que ese cualquier momento ocurriera tendría unas consecuencias muy distintas según el estado de gestación. En ese hospital, dados sus sofisticados medios, eran capaces de poder intentar sacar adelante fetos nacidos a partir de la semana veintitrés. Pero las estadísticas en cuanto a supervivencia eran poco alentadoras, y, en caso de sobrevivir, el riesgo de que las niñas quedaran con secuelas se elevaba al 70%. ¿Qué tipo de secuelas? Preguntaron. Secuelas que pueden ir desde una sordera hasta una parálisis cerebral. Y todas ellas, las leves y las graves, entraban dentro del mismo porcentaje.

Los médicos les informaron de que entre la semana veintitrés y la semana veinticinco era la llamada zona gris. Eso quiere decir que sin ayuda médica las niñas morirían al nacer, pero si las reanimaban podrían intentar sacarlas adelante con esas perspectivas que les habían contado. Y que eran los padres quienes debían decidir, y dejar por escrito qué querían que hicieran los médicos si el parto se producía en ese cualquier momento, en el de la zona gris. Intentar salvarlas o dejarlas morir. Después, entre la semana veinticinco hasta la veintiocho o la veintinueve, ya no había elección para los padres. Los porcentajes de supervivencia aumentaban y los riesgos de secuelas disminuían hasta un 50%. Y si conseguía aguantar y que nacieran después de la semana veintinueve, ya no serían grandes prematuros sino prematuros de engorde, y el pronóstico sería muy bueno.

Ella me estuvo hablando del sufrimiento que les había supuesto esa decisión, y del conflicto moral al que se habían enfrentado. Y que decidieron que si el parto se producía en esa llamada zona gris, negarse a la intervención médica. Me dijo que, en general, sus familiares y amigos habían sido comprensivos con la decisión que habían tomado, aunque sí que habían recibido algún reproche por parte de alguna persona puntual.

Entonces intervine, y le planteé la cuestión que a mí me surgió ante todo aquello que me estaba contando. ¿Y por qué le habéis contado a todo el mundo este dilema y la decisión que habéis tomado? ¿Qué necesidad tenéis de someteros a un juicio público?

Entonces ella me contestó que por dos motivos. El primero de ellos era que necesitaban desahogarse y compartir esa situación que estaban viviendo. Y que el segundo, que aunque estas disyuntivas morales no se daban muy a menudo, ocurrían, pero que nadie lo cuenta, así que nadie lo sabe, así que entonces es como si no existieran. Pero existen. Y entonces un día te ocurre a ti, y te parece que estás solo. Que eres la única persona en el mundo que tiene que tomar una decisión así de terrible, y les parecía importante que ciertas cosas también se supieran, que se supiera que ocurren, que se creara sensibilidad, y que se generara respeto. Y que, además, aunque sonara horrible, la zona gris, aquella zona en la que habían podido elegir, aunque esta decisión hubiera sido tan difícil, les había dado una cierta tranquilidad. En esos momentos, cuando yo estaba con ella, ya había salido de esa zona. En esos momentos ya no podía decidir, si se ponía de parto los médicos intentarían sacar a sus hijas adelante, con un riesgo de secuela de un 50%. Me decía que los médicos le hablaban de que ya se encontraban ante un riesgo bajo y asumible. Pero supongo que ella pensaba en la posibilidad del 50% de tener dos hijas con parálisis cerebral, y, desde su perspectiva, el porcentaje no era ni tan bajo ni tan asumible. Así que por delante le esperaban tres semanas de gestación críticas, sin moverse apenas en aquella cama de hospital, separada de su marido y su hija, para intentar que sus hijas se desarrollaran lo suficiente como para tener casi las mismas oportunidades de cualquier bebé nacido a término, de nacer sanas, y poder llevar una vida normal.

Después, creo que hablamos de personal sanitario, de educación, de adolescentes, de un peligroso juego suicida en redes, y de lo mucho que hablamos las mujeres de mi familia. La llevé una botella de agua, dejé puesta la televisión tal y como me pidió, para estar un poco distraída, dijo, y salí. Los pasillos del pabellón de maternidad ya estaban oscuros. Solo se oía el llanto de algún recién nacido.