Pesadillas

Ayer soñé que, sin querer, paría un hijo en medio de una total indiferencia. Salía del baño, con cierta angustia, sujetando a esa criatura resbaladiza unida todavía a mí por el cordón. En la casa había mucha gente, casi toda desconocida. Creo que tú sí estabas, y creo que eras tú a quien le pedía ayuda para cortar el cordón, pero no estoy segura. Estabas en la cocina recogiendo el lavaplatos. Interrumpías la tarea para mirarme allí de pie, desnuda de cintura para abajo, con las piernas ensangrentada, sujetando a una criatura que aún no había llorado. Y me decías con voz dulce y tranquila “yo con eso no puedo”. Después te volvías a dar la vuelta, cogías el cestillo de los cubiertos y los colocabas con diligencia en su cajón. El pasillo estaba oscuro y se escuchaba el sonido del televisor. En una de las habitaciones alguien cantaba. En otra se oían ecos de conversaciones multitudinarias, voces desconocidas, risas.

De alguna forma que no se mostró en el sueño se solucionaba el escabroso asunto de la separación del hijo. Mi desasosiego contrastaba con el ambiente en la casa. Entonces se me metió en la cabeza la incómoda idea de acudir a un hospital. A los niños cuando nacen los revisan, para comprobar su estado de salud. Alguien debería hacerle el test de Apgar, tal vez. Pero no era capaz de articularlo con palabras. Esperaba que a alguien se le ocurriera tomar esa iniciativa.

En el siguiente plano, la criatura está guardada en una bolsa de tela respetuosa con el medio ambiente. Antes de ir a un hospital debemos comprar el pan y hacer algunos otros recados. Procuro dominar mi ansiedad: por fin estamos de camino. La barra de pan está en la misma bolsa que el niño. Entonces me percato de que aún no ha llorado. Agito un poco la bolsa. Me da miedo mirar dentro. Me da miedo que pueda hallar un ser inerte, enfermo, no apto para la vida. Quizás por eso no lo he tomado en brazos en ningún momento. Agito las asas de la bolsa de tela. Entonces el niño llora.

La cámara del sueño a veces enfoca a través de mis ojos, y estoy en el asiento del copiloto de un coche. Otras veces enfoca dentro de la bolsa y yo puedo ver lo que hay dentro. Un bebé muy pequeño, anormalmente pequeño, amoratado, sucio, desnudo, está abrazado a la barra de pan, y tiene la boca pegada a ella. Entonces siento en mi propia lengua el tacto de la corteza áspera por primera vez. Aún hay que hacer alguna otra compra. Hay ofertas. Entre medias liquido un impuesto, y aparece una mujer que traiciona tu confianza. Vuelvo a agitar la bolsa. Escucho un llanto débil.

Sigo sin decir nada. Trato de ir disolviendo la ansiedad y resignarme, porque por fin he comprendido que este es uno de esos sueños en los que jamás voy a llegar a mi destino. Nadie me va a decir si esa criatura está bien o no, si es capaz de vivir, si puedo quererla, si existe. Quizás nunca la sostenga en brazos. Alrededor todo continúa en equilibrio, como si intentara hacerme entender lo absurdo de mi deseo contumaz. Nadie excepto yo la ve, y nadie excepto yo la oye. Nunca vamos a llegar a ningún hospital ni esa criatura va a salir de la bolsa. Y me da igual. No lo necesito. Ni eso ni corroborar su existencia. Ya la quiero. Con resignación trato de destensar los músculos de mi espalda y de acomodarme en el asiento de ese coche. Me conformo con agitar de nuevo la bolsa. Y escuchar el llanto.

El banco

El otro día me senté a esperar en un banco en la calle. Encontrar un banco en la calle es casi una excentricidad. Lo hablábamos el otro día, mientras paseábamos cansados, y recordábamos Londres, lleno de parques en los que londinenses de cepa o de prestado nos sentábamos. Aquí hay grandes aceras llenas de terrazas para poder consumir. Aquí hay dos opciones, caminar o sentarse en una terraza y pagar tres euros por un café. Y ese día encontramos un banco, frente al escaparate de una óptica. Y allí estuvimos un rato, mirando el escaparate y la gente pasar. Y de tanto mirar al final casi terminé creyendo que necesito unas gafas de sol, y agradecí enormemente que no nos hubiéramos sentado en un banco frente a una inmobiliaria, pues eso habría complicado mucho las cosas, y ante esa nueva perspectiva, tres euros por un café resultaba un daño inofensivo.

El banco se ocupó enseguida por una pareja. Ella era camarera de una cafetería que tenía terraza -claro- justo enfrente de mi banco. Lo sé porque llevaba el mismo uniforme que los camareros que llevaban bandejas con cafés y cervezas mientras ella a mi lado charlaba con un joven y fumaba de forma compulsiva: una camisa blanca con un logotipo bordado en el brazo y un delantal blanco. Es posible que fuera su momento de descanso. Ella le estaba relatando una ruptura reciente. Para ser más precisa te diré que ella le estaba leyendo la conversación que mantuvo por whatsapp. Era algo así:

Me encanta estar contigo, me divierto cuando charlamos y cuando follamos más todavía. Pero ya sabes que en estos momentos no estoy bien y creo que no puedo mantener una relación.

-¿Quieres decir que quieres que me vaya y que no quieres volver a verme?

No, nunca. Quiero verte, y hablar contigo, y tomar café, eres mi mejor amiga y te quiero. Pero a pesar de que te quiero no quiero mantener una relación de otro tipo. ¿Eso puedes entenderlo?

Bueno, cuenta conmigo, si un día me necesitas yo siempre voy a estar ahí para apoyarte.

Y después de leerlo hablaban ambos. Yo los escuchaba con la sensación de que según ella le iba leyendo sus mensajes estaba transformando su dolor único en una simple ruptura más. El mundo partido por la mitad, el suelo resquebrajado y movedizo reducido al clásico te quiero como un amigo. ¿No crees que eso ocurre? Te enamoras y te parece que el tuyo es el primer amor del mundo. Y entonces vas y lo cuentas. Lo cuentas una y otra vez. Y entregas los detalles, y entregas las palabras, y entregas las escenas, y lo que queda después de todo eso es una mierda, es un gesto cotidiano más, un enamoramiento más, un polvo más, un desayuno más, un amanecer más. Es una mierda si lo comparas con lo que fue. Me imagino a esa chica antes de que llegara el amigo. Llevando bandejas con cafés y cervezas, sonriendo de lado a los clientes, tratando de mantenerse en pie sobre un suelo vulnerado e incierto para no verter la cerveza. Con todo eso dentro. Como una cerveza llena de gas contenido con una chapa. Y me pareció una imagen mucho más hermosa. Durante esa conversación de banco, al ponerle nombre a todo aquello lo había banalizado. Y allí seguía, a mi lado perdiendo el gas. Una mujer más, una camarera más, una conversación privada compartida más, una excusa manida más, una ruptura más. Tan absurdo, tan previsible.

El amigo le dice lo que ella necesita oír, creo que él sí te quiere de verdad, pero tiene pinta de estar hecho un lío, ella se pregunta si ella podrá ser su amiga, él le dice yo en tu lugar le diría esto (alguna cosa manida que ya no recuerdo, seguro que se te ocurren unas cuantas), ella se pone a escribir. Él mientras se va al estanco. Vuelve del estanco indignado porque no tienen Chester, ni Lucky, ni Marlboro, así que se lo comprará en su barrio.

Y de pronto llegó otro tipo. El tipo indignado se despide y el tipo nuevo ocupa su lugar en el banco. Ya sabe lo que ha ocurrido; a este no le enseñó la conversación del móvil. Este le dice que él no va a opinar, que los conoce a los dos, que es una putada, pero que son cosas de ellos. Ella insiste. Tú me conoces, sabes cómo soy, ¿cómo crees que me afectaría mantener una amistad? El contesta que le parece la opción más madura, pero que es ella la que tiene que ver sobre la marcha cómo le afecta, si le sienta bien o mal. ¿Pero tú cómo crees que me va afectar? ¿Me va a hacer daño? En un momento dado te juro que pensé que iba a estallar con tanto cliché. Él no tiene respuestas. Nadie tiene respuestas.

El segundo amigo se despide. No hagas tonterías, le dice. No te preocupes, pensé, ahora es más vulgar, pero está más segura.

Ella no miró a su amigo alejarse. Apuró la última calada del cuarto cigarro que se había fumado, se dirigió con paso rápido a la cafetería y desapareció por la puerta negra. Yo solo tuve que esperar unos pocos minutos más. Los camareros continuaron sirviendo cervezas y cafés. Y en los bancos continuarían sentándose y levantándose personas a esperar, a descansar, a mirar el móvil, a mirar alrededor, a ahorrarse los tres euros de un café, a hacer un dibujo, a banalizar, a sacralizar. Eso ya no lo vi, y no te lo puedo contar. Pero lo intuyo con certeza.

Campaña electoral

Soy un chaval clásico, de esos a los que cuando les preguntan qué quieres ser de mayor te contestan que futbolista. Ya voy teniendo una edad para esas respuestas, supongo, pero si me preguntan qué quiero pues que se atengan. Y si no, que reformulen la pregunta. Qué crees que vas a ser de mayor, por ejemplo. El otro día me mandaron un proyecto de inglés. Tengo que preparar unas diapositivas y hacer una exposición de dos minutos. ¿Tema? Sí, mi profesor se rompió las pelotas: qué quiero ser de mayor. What I wanna be when I grow up. Al menos así lo he traducido. Mi madre me ha ayudado con el aspecto técnico. Yo ya soy de la era tablet, y tocar con los dedos una pantallita bien, pero me pones un teclado delante y estoy jodido. Total, que yo estaba con ella, y entonces ella me iba preguntando. Bueno, qué? A ver, es mi madre, me conoce, supongo que no esperaría que le fuera a contestar que ingeniero industrial. Pero sospecho que mantenía un cierto margen de duda. Algo así como no pensará decir delante de toda su clase con la edad que tiene que quiere ser futbolista. Insiste. ¿Qué? Football player. Creo que aunque hubiera cambiado de opinión habría contestado eso. Solo para ver su cara. Y entonces empieza con su rollo de las opciones. Por rellenar diapositivas. Porque con lo de futbolista no sé yo si te va a dar para hablar dos minutos. Porque aparte de la posición en la que te gustaría jugar y el equipo, no creo que haya mucho más que contar al respecto, no? Efectivamente, mi afición no la he heredado de ella. Le di mi opción b, mi opción c y mi opción d: atleta, fisioterapeuta deportivo y profesor de educación física. Y he de reconocer que las dos últimas las tengo en mente porque mi madre me las ha sugerido y a mí se me han quedado ahí grabadas. Pero no dejan de ser opciones prestadas.

La otra tarde quedé con mis amigos. No tengo mucho tiempo libre porque ya entreno tres días a la semana más los días de competición. No quedé con mis compañeros de equipo, sino con los de mi instituto. Éramos tres. Quedamos para jugar al fútbol. Nosotros tampoco nos rompemos mucho las pelotas, la originalidad está sobrevalorada. Es difícil jugar al fútbol en la ciudad. A quince minutos de mi casa hay unas canchas. Están enrejadas. Y están siempre llenas de gente. No conozco otras en el barrio. Así que nos vamos turnando. Nosotros tres nos juntamos con otros chavales que no conocíamos. Es lo bueno del fútbol, no hace falta conocer a nadie. Llegas allí, te unes a quien sea y juegas. Hay unas reglas en las canchas. Se juegan partidos a dos goles y se cambian los equipos. Estuve allí tres horas y jugué tres partidos. Y eso que como estaban los amigos de mi hermano, cuando se fueron los míos me reenganché al último con ellos. Mientras comíamos pipas, charlábamos, mirábamos el móvil.

Ya he dicho que estuve allí mucho tiempo esperando. Quizás si hubiera estado jugando al fútbol habría podido desviar mi atención, pero de pronto aquello empezó a llenarse de gente. Debía haber mil o cinco mil personas. Con muchas banderas. Y un tío con barba y un micro empezó a dar gritos, y toda esa gente gritaba y aplaudía. Y entonces el tío de barba empezó a gritar ¡viva España! y la gente contestaba a gritos ¡viva! ¡viva España! ¡viva! ¡viva España! ¡viva! Y otra vez, tú, ¡viva España! ¡viva! Joder, era ensordecedor. No sé, yo veo todas las competiciones que pongan por la tele, la liga, la champions, la europa league, los mundiales, la eurocopa, las olimpiadas, y todo lo que sea, y escucho el himno, y he ido al campo, y he escuchado y cantado a gritos lo lo los y todo eso, y voy con España y tengo una camiseta de la selección. Pero eso era distinto. No sé, no sé qué era.

Cuando llegué a casa mi madre me preguntó que dónde había estado todo ese rato. Jugando al fútbol. Sí que recuerdo que durante la cena, en el telediario, por una vez presté atención a las noticias antes de que llegaran los deportes. Por lo visto va a haber elecciones. Pusieron imágenes de varios partidos. Identifiqué rápido a los que habían estado junto a las canchas. Y sin tener ni idea de nada me volvió de nuevo la sensación de hacía un rato en las canchas. Sí, ya sé qué era. Miedo.

Equilibrio inestable

Parece que he llegado a un equilibrio con mis alumnos de primero. Soy consciente de que es un equilibrio inestable. No gano guerras, solo batallas. Que un día una clase funcione, o que durante unos días la clase funcione, es una situación efímera. Se aburrirán, se desbaratarán y tendré que inventarme algo nuevo. Sé que son más eficaces los premios que los castigos.

Cronológicamente, los premios por trabajar han sido ver un corto al final de la clase, los concursos y el juego del ahorcado. Ahora estamos con las canciones. Los últimos cinco minutos, si nos ha dado tiempo a hacer todo lo que teníamos previsto, les dejo pinchar música. Este último premio no está exento de desbarajuste. Genera conflictos. A quién le toca elegir canción, moderar los volúmenes, confiar en que no entre nadie en el aula justo en ese momento.

Es un grupo reducido. Cuando normalmente en un aula hay treinta alumnos y entras en un grupo de trece enciende las alarmas. La terapia ocupacional adquiere su máxima expresión. En las horas bajas he llegado a pensar que si durante todas las horas en las que les he explicado lengua hubieran estado coloreando mandalas, el resultado habría sido el mismo.

Rafa sigue trayendo anillos. Rafa, cuidadito con ellos, le digo. Aún se acuerda de aquel día. Del dedo hinchado. De su miedo. Llamamos a su madre y nos dice que le han retirado la custodia, que vive con un familiar. Llamamos al familiar y nos dice que está trabajando y que no va a salir del trabajo para eso. Cogemos un taxi con él una compañera y yo y lo llevamos al centro de salud y después al hospital. Hay que sacar el anillo urgentemente.

Rafa habla todo el tiempo, rara vez participa en las actividades de clase, se niega a sentarse en su sitio, y aunque sea la décima vez que le pides que se calle un poco hay que hacerlo con un tono de voz suave y utilizando las palabras mágicas. Por favor. Las amenazas de castigo y el tono de voz agrio le vuelven insolente. Los castigos también. Se los toma como algo personal. Creo que ahora vuelve a vivir con su madre.

He aprendido a tener paciencia. La mayor parte de ellos no conseguirá el graduado escolar. La mayor parte de ellos se marchará del instituto antes de terminar segundo. Y yo tengo que intentar que distingan entre un morfema flexivo y otro derivativo, o entre un complemento directo e indirecto. Pintar mandalas tiene muchas ventajas. Al menos creo que acabarán el curso sabiendo qué es estar desconcertado, ser astuto, reprochar o un galimatías, y, con un poco de suerte, distinguir entre objetividad y subjetividad.

Leímos Abdel en clase. Les gustó. Narra en primera persona, desde un centro tutelado de menores, las dificultades que sufrió un chico marroquí al emigrar a España en patera con su padre. Sofía lleva unos días también en un centro tutelado. Aún no sé si va a volver a clase o si la van a trasladar de forma definitiva y cambiará de instituto. Por lo visto tuvo un problema este fin de semana. Un problema. Los problemas no son los mismos en todas partes.

El primer libro que leímos en clase fue un fracaso. Los días en que llegaba cargada con ellos protestaban. De entrada siempre protestan. Manolo se dormía y roncaba como un oso. A mí esos ronquidos me quitaban el mal humor. Interrumpía la lectura y les decía: escuchad. Y se quedaban en silencio absoluto. Y retumbaban los ronquidos. (Aquí los ronquidos). Y estallaba la risa. Después de dejar que la risa estalle es difícil reconducir la clase, que se vuelvan a tranquilizar y continuar leyendo. Debería saberlo. Pero también sé que si no nos riéramos, a pesar de los riesgos que conlleva, no podríamos soportarlo.

Con Abdel sin embargo me pedían seguir. Es corto y es sentimental. Les gustan las historias sentimentales de personas con problemas. En la época de los cortos me pedían cortos tristes de maltrato y acoso y racismo y cosas así. Ahora me pedían continuar la lectura. Mañana también leemos, vale?, decían.

Manolo me pidió que leyera yo los dos últimos capítulos: es que tú lees bien. No hubo ronquidos. Cuando terminó les pregunté qué les había parecido a pesar de que lo supiera. Nos ha encantado.

Ese día salí contenta. Al cruzar paso junto a un corrillo con algunos de mis alumnos. Rafa me grita, adiós, profe! Se separa de sus amigos y me abraza. Después continúo caminando hasta el autobús que me lleva de vuelta al otro mundo. Feliz.

Terapia ocupacional

Desi vino el martes a clase después de varios días de ausencia. Justo a tiempo para hacer el examen. Cuando le entregué la hoja esperaba el comportamiento que venía siendo habitual los últimos meses. Pondría su nombre, me lo entregaría, y yo, acto seguido lo enviaría al fondo de la clase para que no molestara a sus compañeros buscando conversación para combatir el aburrimiento. Él se dormiría o bien sacaría de su mochila uno de los libros que le gusta leer, best sellers de contenido erótico.

Sin embargo, esta vez, Desi varió el guión. Al entregarle la hoja me miró y me dijo, este no voy a poder hacerlo porque ni he estudiado ni he prestado atención, pero el próximo lo voy a hacer bien. Yo también varío el mío. Desi, inténtalo. La pregunta tres es un regalo. Léela y contesta, es de puro sentido común, cualquier de vosotros debería ser capaz de hacerla sin haber estudiado. En la pregunta cuatro solo tienes que pintar una pirámide de población, si no sabes te enseño. ¿Con eso voy a poder aprobar? No, pero siempre es mejor que un cero, y además, y no menos importante, por lo menos te entretienes. Ese es el argumento al que yo llamo de terapia ocupacional. No sé si servirá de algo, pero al menos te entretienes. Mi madre lo usa mucho. A mí planchar no me importa, es entretenido. Montar muebles me gusta, es muy entretenido. Por qué no usarlo con una pirámide de población…

En clase de lengua mantuvo su cambio de actitud. Cuando lo separé de su mejor amiga no tuve que volver a explicarle, como cada uno de los días que los separo, que son todos los que vienen a clase, el por qué; Desi lo hizo por mí. De esta forma me pude dar la vuelta y empezar a copiar en la pizarra unos deberes improvisados. Me inventé sobre la marcha la oración para que analizaran sintácticamente. “Ayer le dije cosas horribles a mi madre”. Escuché a Desi comentar en voz alta: como yo. Suelen comentar en voz alta todo aquello que se les pasa por la cabeza, como si no hubiera nadie ahí dentro controlando. Es algo que unos días me parece maravilloso, otros es un tormento. Al girarme compruebo que los está copiando. Su pirámide de población es la mejor de toda la clase. Y por la tarde haría los ejercicios.

Me pregunté por el cambio ¿habría hablado con su madre?

Al final de la hora me pregunta si podrá asistir a la reunión que tendremos la semana que viene su madre, el orientador y yo. ¿Quieres estar? Si se va a hablar de mi FP sí. Bueno, déjame que pregunte.

Su nota en el examen de geografía es un tres y medio. Mejor que cero, no? Sí, mejor que cero.

Desesperación e intimidad.

El orientador me pidió que como tutora, llamara primero a las familias para avisarlas. Yo tenía que decirles que la junta de evaluación había pensado que, dado el rendimiento y evolución de sus hijos, quizás sería beneficioso para ellos acceder a una formación profesional básica. Y que les llamaba para decirles esto y para avisarles de que en los siguientes días el orientador les llamaría para concertar una entrevista y explicarles todas las opciones. En otras palabras, se trataba de una putada de llamadas que tenían como objeto soltar a las familias una bomba y que la posterior llamada del orientador les cogiera sobre aviso, reconstruyendo sobre el socavón.

Primero llamé a la madre de Desi. Al fin y al cabo había hablado la semana anterior con ella. Me había llamado para contarme que Desi se había escapado de casa la noche anterior. Era la tercera vez que lo hacía en lo que llevábamos de curso. Lo encontraron vagando por ahí a las dos de la madrugada. Me dijo que estaba desesperada y que no sabían qué hacer con él. Me contó que había cambiado mucho a lo largo del año. Que no lo reconocía. Que había criado a cinco hijos y que con ninguno había tenido esos problemas. Que eran una familia estable. Que siempre habían cuidado y apoyado a Desi. Que lo querían tal y como era. Me contó que ella estaba enferma, que tenía cáncer y que en lugar de cuidarla y ser respetuoso la contestaba mal, pero que si era ella la que le hacía algún reproche entonces Desi se escapaba de casa. Para hacer daño, decía. Me contó y me contó. Lo que quería era desahogarse. Yo algo le conté también, que su hijo quería estudiar un grado de formación básica (en ese caso no había sido cosa de la junta), y que ya que la llamaría el orientador para mantener una entrevista, podríamos aprovechar para hablar de Desi y de la mejor forma de abordar su conducta. Eso había ocurrido hacía tan solo unos días. De modo que la llamada para concertar la entrevista sería sencilla. Y lo fue.

La segunda llamada fue para los padres de Rober. Hablé con su padre, siempre tan amable. Le dije que ya sabía que su hijo estaba yendo mal, y que, salvo que cambiara mucho la situación en la última evaluación iba a ser difícil que pudiera pasar de curso, y que por eso el orientador lo llamaría para concertar una entrevista y evaluar otras opciones como la formación profesional básica. El padre me contestó que ya lo había llamado y que tenían cita esa misma tarde para hablar tanto de Rober como de su hermano mayor, que también iba mal, y que estaban desesperados y no sabían qué hacer. Por dentro lamenté la desastrosa coordinación, y que el orientador no me hubiera avisado. Con el padre de Rober era la tercera vez que hablaba. Con la madre de Rober me había citado una tarde, y además manteníamos un seguimiento del desastre por correo electrónico. Padres preocupados y desconcertados, impotentes. Mientras le preguntaba por su hijo mayor me dio por acordarme de los varios días en los que Rober había insistido en compartir conmigo y con sus compañeros las veces en las que había descubierto a sus padres teniendo sexo. Era un tema del que a Rober le gustaba hablar. También lo compartió con una profesora en prácticas que estuvo enseñándoles técnicas de estudio. Contó que a veces no se podía concentrar con los estudios porque su dormitorio estaba junto al de sus padres y los escuchaba manteniendo sexo. Mientras hablaba con él lo imaginé follando con su mujer una tarde cualquiera. Una tarde de impotencia y desesperación. Qué otra cosa hacer. Y no me pareció mala opción.

La tercera llamada fue para el tutor legal de Silbina. A él también lo conocía. Parecía un hombre preocupado por ella, pendiente, amable. Otra vez la cantinela y a esperar el encaje. Que Silbina estaba yendo regular y salvo que cambiara mucho sería difícil que pasara de curso, de modo que la junta de evaluación había pensado en otras opciones, como una formación profesional básica. Y que el orientador lo llamaría próximamente para concertar una cita y explicarle bien todas las opciones. Esperé la reacción a mi gancho oblicuo. Sin embargo, el tutor de Silbina me replica que soy demasiado amable. Que la niña no va regular, va fatal, y no porque no pueda sino porque no quiere. Y que cómo iba a hacer una formación profesional si era una vaga y no sabía nada. Que mira que él lo había intentado, pero que ya no sabía qué hacer, que estaba desesperado. Y que bueno, no todo el mundo valía para estudiar, así que cuando cumpliera los dieciséis que se pusiera a trabajar. Pero que, de todas formas, agradecía una entrevista con el orientador, que al fin y al cabo sabría más de todo, y que así podría hablar mejor y más ampliamente sobre Silbina, porque estaba desesperado, y que la chica era muy lista pero no hacía nada.

Cuando colgué el teléfono decidí no continuar con las tres llamadas telefónicas que me faltaban. Iba descubriendo mis propios límites, al menos los límites de ese momento concreto. El de escuchar estoy desesperado era de tres.

Seis personajes en busca de

Al final terminamos en una mesa en la calle. Habíamos estado discutiendo si dentro o fuera, pero su amiga dijo que fuera, aunque estuviera enferma e hiciera frío, porque no estaba acostumbrada a soportar el ruido. Por lo visto llevaba muchos años viviendo en Hamburgo. Yo no he vivido nunca en Hamburgo, creo que ni sabría situar Hamburgo con exactitud en un mapa, pero recordé que hacía tan solo dos noches me había tomado una copa en unos quince minutos que se me hicieron largos, incomodada hasta la náusea por el ruido de un grupo enorme con el que compartía bar. Y por el silencio. Era uno de esos grupos de personas expansivas, exitosas, felices, que gritan al verse, que gritan al abrazarse, que gritan al hablar, que gritan al reírse, que presumen de dientes y voz a partes iguales, y que hacen imposible que nadie que no sea como ellos, pero con un tono algo más elevado, pueda decirse nada. Algo impensable en nosotros. Lo recordé y, a pesar del frío, no me pareció del todo mal la idea de permanecer a la intemperie.

Javier al principio no paraba de ir y venir. Nos quedamos solos por un momento con la amiga que vivía en Hamburgo y llevaba orejeras. Este puede parecer un dato banal, pero no lo era. Le pregunté qué hacía allí y no me contestó. Entiendo que fue porque las orejeras le restaban audición y no por descortesía. Yo me puse a hablar de mis clases, que es un tema al que recurro cuando no hay mucho que decir. Entre tanto, y con Javier yendo y viniendo, llegaron otros amigos, actores. Javier volvió a contar una vez más que me conoce desde que íbamos al colegio, y que su primer grupo de música lo formó conmigo, y saca a relucir muy orgulloso que teníamos unos grandes hits en los recreos. A mí ese momento siempre me produce bastante vergüenza, y agacho la cabeza. Los actores estuvieron hablando de sus perspectivas de futuro, y alabando el trabajo de Javier.

En el colegio él ya sabía que quería ser actor. Creo que todos lo escuchábamos como quien escucha al niño que dice que quiere ser futbolista. Con ternura y escepticismo. Desde que terminamos el colegio dejamos de tener contacto, pero cuando me entero de que ha estrenado alguna obra, o que aparece en alguna película me gusta ir a verlo. Y cada vez que ocurre me asombra. Su amiga actriz le decía que su trabajo había sido impecable. Javier contestaba que no había sido su mejor noche. Deja el látigo, decía ella, yo no te he visto actuando en ningún momento, desde el principio he visto al personaje.

Eso es algo que yo no le he podido decir nunca. Cuando digo que me asombra no quiero decir que al verlo actuar me asombre con la transformación. Me asombra porque lo veo una y otra vez como lo he visto siempre, como un chaval de dieciséis años ingenuo, optimista y entusiasta diciendo que de mayor va a ser actor. Es imposible que me crea que es un inspector de policía, un yonki, un asesino en serie, o un secretario. Yo veo a Javier. Siempre. Y me gusta ver a Javier, y asombrarme.

En los últimos veinte años no nos hemos visto mucho. En alguna actuación, alguna vez que nos hemos encontrado casualmente. Un día incluso quedamos. La última vez hace no tanto tiempo. Creo que somos un poco extraños ya. Cuando murió Dolores me envió un audio por teléfono cantando su canción y me puse a llorar.

La conversación es torpe y poco fluida. Yo nunca sé cómo comportarme en esas ocasiones y eso que mi hermana me dio hace poco la receta mágica: lo que tienes que hacer es no parar de preguntar. Siempre se me olvida ponerla en práctica. Pero no pasa nada porque Javier, que al fin y al cabo es el nexo común, se sabe esa receta y va haciendo ronda de preguntas. El actor habla de su videobook y de que tiene hambre, Javier habla de sus próximas películas, la hamburguesa de orejeras no habla de nada porque probablemente no oye nada, yo hablo de las clases. Creo que en el fondo a nadie le interesa mucho lo que los demás vamos diciendo para rellenar vacíos. Aunque posiblemente en eso se basen las conversaciones sociales entre personas que no se conocen mucho, e incluso aquellas en las que sí se conocen mucho. A nadie le importa demasiado lo que se diga mientras se diga algo. Incluso haciendo frío. La hamburguesa rompe su mutismo para ponerse a hablar con el camarero en árabe, creo que acerca de los dialectos del Magreb. El árabe sí parece atravesar las orejeras. Probablemente esa conversación fuera más interesante y no lo estoy diciendo con ningún tipo de ironía ni reproche.

No tengo mucha paciencia, a los veinte minutos me disculpo y me voy. Los demás también se levantan para ir dentro huyendo del frío.

No sé cuándo volveré a ver a Javier. En realidad ni siquiera estoy segura de que tengamos mucho que decirnos. Conservamos el recuerdo de tres o cuatro años de amistad que compartimos hace más de veinte años.

Parece que basta.