Terapia ocupacional

Desi vino el martes a clase después de varios días de ausencia. Justo a tiempo para hacer el examen. Cuando le entregué la hoja esperaba el comportamiento que venía siendo habitual los últimos meses. Pondría su nombre, me lo entregaría, y yo, acto seguido lo enviaría al fondo de la clase para que no molestara a sus compañeros buscando conversación para combatir el aburrimiento. Él se dormiría o bien sacaría de su mochila uno de los libros que le gusta leer, best sellers de contenido erótico.

Sin embargo, esta vez, Desi varió el guión. Al entregarle la hoja me miró y me dijo, este no voy a poder hacerlo porque ni he estudiado ni he prestado atención, pero el próximo lo voy a hacer bien. Yo también varío el mío. Desi, inténtalo. La pregunta tres es un regalo. Léela y contesta, es de puro sentido común, cualquier de vosotros debería ser capaz de hacerla sin haber estudiado. En la pregunta cuatro solo tienes que pintar una pirámide de población, si no sabes te enseño. ¿Con eso voy a poder aprobar? No, pero siempre es mejor que un cero, y además, y no menos importante, por lo menos te entretienes. Ese es el argumento al que yo llamo de terapia ocupacional. No sé si servirá de algo, pero al menos te entretienes. Mi madre lo usa mucho. A mí planchar no me importa, es entretenido. Montar muebles me gusta, es muy entretenido. Por qué no usarlo con una pirámide de población…

En clase de lengua mantuvo su cambio de actitud. Cuando lo separé de su mejor amiga no tuve que volver a explicarle, como cada uno de los días que los separo, que son todos los que vienen a clase, el por qué; Desi lo hizo por mí. De esta forma me pude dar la vuelta y empezar a copiar en la pizarra unos deberes improvisados. Me inventé sobre la marcha la oración para que analizaran sintácticamente. “Ayer le dije cosas horribles a mi madre”. Escuché a Desi comentar en voz alta: como yo. Suelen comentar en voz alta todo aquello que se les pasa por la cabeza, como si no hubiera nadie ahí dentro controlando. Es algo que unos días me parece maravilloso, otros es un tormento. Al girarme compruebo que los está copiando. Su pirámide de población es la mejor de toda la clase. Y por la tarde haría los ejercicios.

Me pregunté por el cambio ¿habría hablado con su madre?

Al final de la hora me pregunta si podrá asistir a la reunión que tendremos la semana que viene su madre, el orientador y yo. ¿Quieres estar? Si se va a hablar de mi FP sí. Bueno, déjame que pregunte.

Su nota en el examen de geografía es un tres y medio. Mejor que cero, no? Sí, mejor que cero.

Desesperación e intimidad.

El orientador me pidió que como tutora, llamara primero a las familias para avisarlas. Yo tenía que decirles que la junta de evaluación había pensado que, dado el rendimiento y evolución de sus hijos, quizás sería beneficioso para ellos acceder a una formación profesional básica. Y que les llamaba para decirles esto y para avisarles de que en los siguientes días el orientador les llamaría para concertar una entrevista y explicarles todas las opciones. En otras palabras, se trataba de una putada de llamadas que tenían como objeto soltar a las familias una bomba y que la posterior llamada del orientador les cogiera sobre aviso, reconstruyendo sobre el socavón.

Primero llamé a la madre de Desi. Al fin y al cabo había hablado la semana anterior con ella. Me había llamado para contarme que Desi se había escapado de casa la noche anterior. Era la tercera vez que lo hacía en lo que llevábamos de curso. Lo encontraron vagando por ahí a las dos de la madrugada. Me dijo que estaba desesperada y que no sabían qué hacer con él. Me contó que había cambiado mucho a lo largo del año. Que no lo reconocía. Que había criado a cinco hijos y que con ninguno había tenido esos problemas. Que eran una familia estable. Que siempre habían cuidado y apoyado a Desi. Que lo querían tal y como era. Me contó que ella estaba enferma, que tenía cáncer y que en lugar de cuidarla y ser respetuoso la contestaba mal, pero que si era ella la que le hacía algún reproche entonces Desi se escapaba de casa. Para hacer daño, decía. Me contó y me contó. Lo que quería era desahogarse. Yo algo le conté también, que su hijo quería estudiar un grado de formación básica (en ese caso no había sido cosa de la junta), y que ya que la llamaría el orientador para mantener una entrevista, podríamos aprovechar para hablar de Desi y de la mejor forma de abordar su conducta. Eso había ocurrido hacía tan solo unos días. De modo que la llamada para concertar la entrevista sería sencilla. Y lo fue.

La segunda llamada fue para los padres de Rober. Hablé con su padre, siempre tan amable. Le dije que ya sabía que su hijo estaba yendo mal, y que, salvo que cambiara mucho la situación en la última evaluación iba a ser difícil que pudiera pasar de curso, y que por eso el orientador lo llamaría para concertar una entrevista y evaluar otras opciones como la formación profesional básica. El padre me contestó que ya lo había llamado y que tenían cita esa misma tarde para hablar tanto de Rober como de su hermano mayor, que también iba mal, y que estaban desesperados y no sabían qué hacer. Por dentro lamenté la desastrosa coordinación, y que el orientador no me hubiera avisado. Con el padre de Rober era la tercera vez que hablaba. Con la madre de Rober me había citado una tarde, y además manteníamos un seguimiento del desastre por correo electrónico. Padres preocupados y desconcertados, impotentes. Mientras le preguntaba por su hijo mayor me dio por acordarme de los varios días en los que Rober había insistido en compartir conmigo y con sus compañeros las veces en las que había descubierto a sus padres teniendo sexo. Era un tema del que a Rober le gustaba hablar. También lo compartió con una profesora en prácticas que estuvo enseñándoles técnicas de estudio. Contó que a veces no se podía concentrar con los estudios porque su dormitorio estaba junto al de sus padres y los escuchaba manteniendo sexo. Mientras hablaba con él lo imaginé follando con su mujer una tarde cualquiera. Una tarde de impotencia y desesperación. Qué otra cosa hacer. Y no me pareció mala opción.

La tercera llamada fue para el tutor legal de Silbina. A él también lo conocía. Parecía un hombre preocupado por ella, pendiente, amable. Otra vez la cantinela y a esperar el encaje. Que Silbina estaba yendo regular y salvo que cambiara mucho sería difícil que pasara de curso, de modo que la junta de evaluación había pensado en otras opciones, como una formación profesional básica. Y que el orientador lo llamaría próximamente para concertar una cita y explicarle bien todas las opciones. Esperé la reacción a mi gancho oblicuo. Sin embargo, el tutor de Silbina me replica que soy demasiado amable. Que la niña no va regular, va fatal, y no porque no pueda sino porque no quiere. Y que cómo iba a hacer una formación profesional si era una vaga y no sabía nada. Que mira que él lo había intentado, pero que ya no sabía qué hacer, que estaba desesperado. Y que bueno, no todo el mundo valía para estudiar, así que cuando cumpliera los dieciséis que se pusiera a trabajar. Pero que, de todas formas, agradecía una entrevista con el orientador, que al fin y al cabo sabría más de todo, y que así podría hablar mejor y más ampliamente sobre Silbina, porque estaba desesperado, y que la chica era muy lista pero no hacía nada.

Cuando colgué el teléfono decidí no continuar con las tres llamadas telefónicas que me faltaban. Iba descubriendo mis propios límites, al menos los límites de ese momento concreto. El de escuchar estoy desesperado era de tres.

Seis personajes en busca de

Al final terminamos en una mesa en la calle. Habíamos estado discutiendo si dentro o fuera, pero su amiga dijo que fuera, aunque estuviera enferma e hiciera frío, porque no estaba acostumbrada a soportar el ruido. Por lo visto llevaba muchos años viviendo en Hamburgo. Yo no he vivido nunca en Hamburgo, creo que ni sabría situar Hamburgo con exactitud en un mapa, pero recordé que hacía tan solo dos noches me había tomado una copa en unos quince minutos que se me hicieron largos, incomodada hasta la náusea por el ruido de un grupo enorme con el que compartía bar. Y por el silencio. Era uno de esos grupos de personas expansivas, exitosas, felices, que gritan al verse, que gritan al abrazarse, que gritan al hablar, que gritan al reírse, que presumen de dientes y voz a partes iguales, y que hacen imposible que nadie que no sea como ellos, pero con un tono algo más elevado, pueda decirse nada. Algo impensable en nosotros. Lo recordé y, a pesar del frío, no me pareció del todo mal la idea de permanecer a la intemperie.

Javier al principio no paraba de ir y venir. Nos quedamos solos por un momento con la amiga que vivía en Hamburgo y llevaba orejeras. Este puede parecer un dato banal, pero no lo era. Le pregunté qué hacía allí y no me contestó. Entiendo que fue porque las orejeras le restaban audición y no por descortesía. Yo me puse a hablar de mis clases, que es un tema al que recurro cuando no hay mucho que decir. Entre tanto, y con Javier yendo y viniendo, llegaron otros amigos, actores. Javier volvió a contar una vez más que me conoce desde que íbamos al colegio, y que su primer grupo de música lo formó conmigo, y saca a relucir muy orgulloso que teníamos unos grandes hits en los recreos. A mí ese momento siempre me produce bastante vergüenza, y agacho la cabeza. Los actores estuvieron hablando de sus perspectivas de futuro, y alabando el trabajo de Javier.

En el colegio él ya sabía que quería ser actor. Creo que todos lo escuchábamos como quien escucha al niño que dice que quiere ser futbolista. Con ternura y escepticismo. Desde que terminamos el colegio dejamos de tener contacto, pero cuando me entero de que ha estrenado alguna obra, o que aparece en alguna película me gusta ir a verlo. Y cada vez que ocurre me asombra. Su amiga actriz le decía que su trabajo había sido impecable. Javier contestaba que no había sido su mejor noche. Deja el látigo, decía ella, yo no te he visto actuando en ningún momento, desde el principio he visto al personaje.

Eso es algo que yo no le he podido decir nunca. Cuando digo que me asombra no quiero decir que al verlo actuar me asombre con la transformación. Me asombra porque lo veo una y otra vez como lo he visto siempre, como un chaval de dieciséis años ingenuo, optimista y entusiasta diciendo que de mayor va a ser actor. Es imposible que me crea que es un inspector de policía, un yonki, un asesino en serie, o un secretario. Yo veo a Javier. Siempre. Y me gusta ver a Javier, y asombrarme.

En los últimos veinte años no nos hemos visto mucho. En alguna actuación, alguna vez que nos hemos encontrado casualmente. Un día incluso quedamos. La última vez hace no tanto tiempo. Creo que somos un poco extraños ya. Cuando murió Dolores me envió un audio por teléfono cantando su canción y me puse a llorar.

La conversación es torpe y poco fluida. Yo nunca sé cómo comportarme en esas ocasiones y eso que mi hermana me dio hace poco la receta mágica: lo que tienes que hacer es no parar de preguntar. Siempre se me olvida ponerla en práctica. Pero no pasa nada porque Javier, que al fin y al cabo es el nexo común, se sabe esa receta y va haciendo ronda de preguntas. El actor habla de su videobook y de que tiene hambre, Javier habla de sus próximas películas, la hamburguesa de orejeras no habla de nada porque probablemente no oye nada, yo hablo de las clases. Creo que en el fondo a nadie le interesa mucho lo que los demás vamos diciendo para rellenar vacíos. Aunque posiblemente en eso se basen las conversaciones sociales entre personas que no se conocen mucho, e incluso aquellas en las que sí se conocen mucho. A nadie le importa demasiado lo que se diga mientras se diga algo. Incluso haciendo frío. La hamburguesa rompe su mutismo para ponerse a hablar con el camarero en árabe, creo que acerca de los dialectos del Magreb. El árabe sí parece atravesar las orejeras. Probablemente esa conversación fuera más interesante y no lo estoy diciendo con ningún tipo de ironía ni reproche.

No tengo mucha paciencia, a los veinte minutos me disculpo y me voy. Los demás también se levantan para ir dentro huyendo del frío.

No sé cuándo volveré a ver a Javier. En realidad ni siquiera estoy segura de que tengamos mucho que decirnos. Conservamos el recuerdo de tres o cuatro años de amistad que compartimos hace más de veinte años.

Parece que basta.

Óscar tiene un don

Reconozco que llevaba una temporada sin coincidir demasiado con él. Puede que incluso lo evitara. Creo que desde que murió su hijo. De eso me enteré de la forma más mundana. Estaba en mi trabajo y me llamó por teléfono un mensajero, que estaba tratando de entregarme un paquete -se acercaban las navidades- y no había nadie en casa. Yo le dije que se lo dejara al conserje. Es que Óscar no está, me contesta. Recuerdo que me sorprendió que lo llamara por su nombre, de pronto me pareció que el mensajero y yo pasábamos a estrechar nuestra relación por el nexo común de conocer el nombre de Óscar. Y yo le dije pues si puedes espera un momento, quizás esté en la puerta fumando. Y él me dice, no, que es que se ha muerto su hijo, ¿su hijo? pero eso no puede ser, querrás decir su padre. No podía ser porque el piso donde vivo es de los antiguos, en los que el conserje vive en el bajo, junto a la portería, y yo conozco a su mujer, y a su hija mayor, y a su hijo pequeño, y son de carne y hueso, y están vivos. Está conmigo el presidente, te lo paso. Y me lo pasó, y el presidente, que vive en el piso contiguo al mío me dijo que habían ingresado al niño la noche anterior porque tenía fiebre y no le bajaba y que se había muerto de madrugada. Me quedé tan conmocionada que cuando colgué el teléfono se lo conté a mis compañeros de trabajo, como si a ellos les importara lo más mínimo el hijo de mi conserje, y también llamé a Manu, que se quedó más conmocionado que yo, porque los niños no se mueren, eso es imposible. Y cuando llegué a casa me fui a ver al presidente y a su mujer, y me contaron lo que sabían visiblemente afectados, y cuando llegó Manu nos fuimos al tanatorio, y nos encontramos a un Óscar hecho pedazos, y a su mujer con una entereza que parecía salida de una furia que no estaba dispuesta a permitir que nadie más muriera, ni siquiera de pena.

Volvieron después de navidades y yo apenas pasaba por la portería cuando estaba Óscar, y cuando coincidía pasaba deprisa, saludaba sin detenerme. Recuerdo que les dije a mis hijos que cuando vieran a Óscar le dijeran algo. Y Pablo me preguntó qué debía decir. No lo sé, dale un abrazo. Creo que tampoco le resultó fácil. Yo creo que necesitamos decir palabras que consideramos útiles, que sirven para algo, como “alcánzame una servilleta”, y te la alcanzan, pero en una situación así las percibimos insignificantes, inservibles, porque no han inventado una palabra de consuelo que ofrezca consuelo cuando has pedido a un hijo pequeño, de repente, sin saber por qué. Quizás no es necesario decir, solo escuchar. Pero escuchar situaciones como esas tampoco es fácil. Yo escucho y suelo ponerme en situación, hacerla propia, para tratar de comprender a quien me habla. E imaginarme sin Pablo o sin Miguel no me resulta concebible ni siquiera como ejercicio de empatía. Al cabo del tiempo Manu me dijo que por lo visto el niño sufría una lesión cardíaca congénita de la que solo fueron conscientes tras la autopsia.

Un día me crucé con Óscar y me dijo que hacía mucho que no me veía. Ya, es que pedí reducción de jornada, así que llego cuando estás comiendo, y por las tardes estoy encerrada en casa estudiando, porque estoy preparando una oposición. Y entonces me miró muy serio, concentrado, y acto seguido me dijo sonriendo y señalandome con el dedo: Te la vas a sacar. ¿Y cómo lo sabes? le contesté. Hazme caso. Tengo un sexto sentido, y siempre que algún amigo está preparando una oposición sé si se la va a sacar o no, y siempre acierto. Y tú la vas a sacar, y si no, al tiempo. Yo me sonrío. Soy atea y escéptica, pero sin embargo me hace gracia creer en supersticiones absurdas, especialmente si me son favorables. Y además Óscar estaba sonriente, parecido a como era el Óscar de antes. Entonces me envalentoné y le pregunté cómo le contaba a los que su sexto sentido le decía que iban a suspender, que van a suspender. Eso tiene que ser jodido, le digo. Y entonces me contesta que hasta ahora no le ha pasado nunca. Tengo que reconocer que esa afirmación le restó algo de crédito a su vaticinio. Pero quise conformarme ofreciéndome una explicación racional, como que quizás tuviera un don positivo que solo se manifiesta cuando el resultado es favorable. No me extraña que Óscar le caiga bien a todo el mundo.

Óscar y su familia se fueron de vacaciones el 1 de julio, antes de que yo supiera la nota de mi primer examen, ni del segundo, ni de todo lo que ahora sé. Vuelve el 1 de agosto. Mañana. Estoy deseando verlo para darle la razón, decirle que sí tiene un don, uno positivo, y que funciona.

Un día

Ayer salí de casa un poco tarde. Dejé antes la cena preparada y la lavadora tendida. Como si se tratara de una compensación. También fui a pagar el garaje, pero el cajero no me quiso dar dinero, así que solo pude ir a pagar la academia, donde sí pagan impuestos y aceptan tarjetas. En el metro estuve jugando con el teléfono. Me había llevado un libro de los que tengo a medias, el ensayo sobre novela, pero estoy demasiado dispersa. Me dedico a buscar la ruta para saber en qué estación me viene mejor bajarme, si en Lavapiés o en Embajadores. Aunque hay poca cobertura consigo enterarme de que es mejor en la segunda.

Al salir del metro tengo esa conocida sensación de encontrarme en aquel lugar por primera vez, aunque el supermercado que hace esquina me resulta familiar, y entonces me acuerdo del concierto, y que habíamos estado allí hacía escasas dos semanas.

Como llego con algo de tiempo vuelvo a intentar sacar dinero. En tres cajeros. No lo consigo en ninguno. Pienso en pagar con tarjeta. Entro en la Casa Encendida intentando no ver nada, así que me dirijo a la cafetería mirando al suelo. Al llegar me doy cuenta de que lo más probable es que allí no pueda pagar con tarjeta, y menos un solo café, así que afronto el hecho de que el mismo día que conozco a mi profesor tendré que confesarle que solo tengo un euro y medio -en monedas de cincuenta céntimos- en el bolsillo. Como dudo que con eso pueda llegar a pagar nada, me siento en una  mesa sin consumir y vuelvo a jugar con el teléfono. Leo una conversación del grupo del equipo de fútbol de mi hijo en la que los padres discuten acerca del hotel en el que se alojarán en el torneo de semana santa. Se debate entre que lo hagan en unos bungalows de cinco personas, que es la opción batallera y barata, o hacerlo en un hotel en habitaciones de dos, en régimen de pensión completa. Algunos padres dicen que prefieren la opción en la que los niños estén más controlados, otros padres dicen que a los niños les hace ilusión el bungalow. El entrenador claramente prefiere el hotel. Como suele ser habitual en ese grupo, yo solo leo pero no digo nada. En otro grupo que se llama “familia”, el padre de mi hijo le pregunta a mi hijo por los deberes que yo le he mandado. Posiblemente esa conversación telefónica la estén manteniendo estando ambos en la misma casa, puede que incluso en la misma habitación.

Enseguida llega mi profesor. Parece más joven en persona. Yo creo que parezco más vieja. Como presentación le digo que no tengo dinero para pagar el café, así que me invita él. Charlamos sobre las trayectorias profesionales. Charlamos sobre edición. Pasamos de puntillas sobre el libro porque me da bastante vergüenza, y porque además ya lo considero un capítulo cerrado y terminado, pero sí que me extiendo sobre los dos proyectos que tenemos ahora, que me hacen más ilusión. Hablamos un poco de enseñanza. Me cuenta que a veces tiene crisis y le dice a su mujer que qué demonios está haciendo preparando a personas para ser docentes, una profesión con tan pocos momentos gratificantes. Me dice que a pesar de todo lo mejor son los alumnos, y lo peor los compañeros, peor incluso que los padres. Charlamos de literatura y me apunto un par de sugerencias. Al despedirnos se ofrece para ayudar si en algún momento necesitamos algo, que todo lo que sea leer y corregir le gusta. Le amenazo con tomarle la palabra.

A la vuelta casi me paso de estación porque me dedico a explicarle a mi hijo con un mensaje qué es la diglosia. Pienso que desde que existen los teléfonos el mundo es un lugar peor. Me vuelvo a acordar del momento de la comida, con mi hijo mayor. Le obligo a no mirar el móvil y él me echa en cara que de todos modos le obligo a ver el telediario, y que qué diferencia hay. Le digo que por mí apagamos la tele, y me dice que no -peor que el telediario es el silencio y tener que combatirlo charlando-. Yo tampoco tengo ganas de hablar. Ni de discutir. No le gusta la comida. En cuanto bajo la guardia vuelve a coger el teléfono. Yo entonces cojo el mío. A tomar por culo, pues comemos los dos solos. En cuanto acabo me levanto y me voy a estudiar. En realidad el teléfono es como la tele, un recurso más para poder estar solos, o para poder estar en un lugar diferente o con otras personas distintas.

Antes de volver a casa entro al supermercado, para comprar zumo y detergente. Creo que también es un acto compensatorio. Hay una cola de diez millones de personas, pero considero que no puedo volver a casa sin la compra dado que me he largado a tomar un café. Al llegar a casa están con el cuento de antes de ir a la cama, así que voy corriendo al ordenador para terminar un tema del trabajo que había dejado pendiente antes de irme. Termino y me pongo a preparar la cena. A pesar del ruido de las sartenes, de los cubiertos, de la campana extractora y de la tele de fondo, hay silencio. Me pregunto si también es compensatorio. De todos modos tampoco soy capaz de romperlo.  Después de cenar termino un relato de Susan Sontag, uno en el que su protagonista se construye un doble para que vaya a trabajar por él y atienda a su mujer y a sus hijas. Empiezo el siguiente, que va de una especie de secta o de organización, y que tiene pinta de tener un fondo bastante distópico, al igual que el anterior. Me quedo dormida. Al irme a la cama me fijo en que la persiana está bajada.

 

Episodios. Nadas y tormentas.

Estábamos comiendo los tres, y le pregunté por Vaquero. ¿Has vuelto a saber algo de él, qué es de su vida? No, nada. Expresé en voz alta mi extrañeza ante ese fenómeno de las amistades superficiales, y que durante tantos años y durante tantas horas, el juego hubiera sido su único nexo de unión. En alto también le pregunté acerca sus conversaciones. Dijo que él lo contaba todo, pero que había mucha gente que no decía nada sobre su vida. Le pregunte que a qué se refería con todo. Todo puede ser todo lo que uno hace, o todo lo que a uno le pasa, o todo lo que uno desea, o todo lo que uno piensa sobre alguna cosa, o sobre todas, o todo lo que uno siente…. Todo puede ser muy variado. Todo, en la mayoría de las ocasiones, es imposible.

Entonces tú contaste la historia sobre tu amigo García, que debido a la regla del orden alfabético había ido a tu clase y se había sentado a tu lado durante todos los años de secundaria y bachiller. Después, ambos elegisteis la misma carrera, en la misma universidad, de nuevo en la misma clase. Erais vecinos, ibais y volvíais juntos a clase. Estudiabais en la misma biblioteca. Compartisteis al menos ocho horas diarias durante más de diez años. Hablabais de música.  Cuando terminó la carrera y con ella las coincidencias que os habían unido, jamás volvisteis a saber el uno del otro. Bueno, a excepción de un día en que os encontrasteis por la calle -de nuevo la coincidencia- y os tomasteis un café, y tuvisteis que terminarlo enseguida porque no teníais nada que contaros.

Entonces me acordé de Víctor. Estuvimos más de cuatro años tocando con él una vez cada quince días, y era un completo desconocido. Apenas hablaba de si mismo. Apenas hablábamos. Un día comenzamos a distanciar los ensayos hasta que dejamos de llamarnos. Y se acabó. Sin una despedida, sin una palabra, sin nada. ¿Qué será de Víctor? ¿Quién será Víctor?

No sé por qué, pero las historias de amistades superficiales me producen cierta tristeza. Como si quedara un vacío del propio vacío. Una reduplicación del vacío. Dos veces nada.

Por la noche nos fuimos a cenar, también los tres. Pablo mantuvo sus auriculares por la calle. Cuando está acompañado recurre a la técnica de mantener uno sobre su oreja y el otro retirado, de tal forma que es capaz de poder escuchar lo que decimos, incluso de contestar y mantener conversaciones sin renunciar a la música. A nadie le gusta renunciar, pero el lema de Pablo parece ser el no tener que hacerlo. En el restaurante le pido que se los quite. Continúa con el móvil, pero esta vez es para enseñarnos fotos de Magui. Tú la ves por primera vez. Vuelves a insistir, ellas lo saben, dices. Ellas lo sospechan, digo yo. ¿Alguna novedad? Le pregunto. No. Me contesta. Tú dices que el camino es complicado. Que podría tener novio, o podrían gustarle las chicas, o podría estar enamorada de otro. ¿Sabes si está enamorada de alguien? Que yo sepa no. Bueno, dentro de las opciones posibles, tampoco es tan mala. Y si no, siempre te queda la amistad que os une. Eso lo digo yo. Pienso que quizás le parece una absurdez, y un consuelo absurdo. Pero aunque no recuerdo qué dijo él, sí me dio la impresión de que, por su respuesta, a pesar de que él sienta algo más, la amistad que mantiene ahora mismo, por sí sola, le resulta valiosa y lejos del vacío que deja el vacío.

No sé por qué en algún momento surgió el tema de la resistencia física.  En general yo soy poco enfermiza, aguanto bastante bien el dolor, y soy capaz de soportar temperaturas altas sin quemarme. Muy altas. A veces cojo con las manos la bandeja del horno. Yo lo llamo superpoder. Pablo lo ha heredado, también es fuerte. Se lo digo. Contesta que físicamente sí, pero que fuera de lo físico sí que siente dolor, y que las cosas le afectan mucho.  Vale, pues eso también lo ha heredado. Entonces me alegra que haya vuelto a retomar la música, que haya empezado a cantar, que esté tocando la guitarra. Yo la música no la entiendo como un placer estético, o no solo. Yo necesito la música para salvarme. La música es un salvavidas. Y escribir.

Unos días más tarde me llama para enseñarme cómo lleva un tema. Enchufa la guitarra y toca y canta She’s thunderstorms. Apenas le había oído cantar, al menos desde que era un niño, desde antes de que le cambiara la voz. Bueno, quizás algún tema de Logic, pero no sé si el rap puede considerarse canto.  Los cambios de acorde los acomete con cierta torpeza, le falta fluidez, y aun así lo que escucho me lleva a donde está. Noto que me emociono.

 

Piezas Azules

Recuerdo que estaba en casa de Raquel cuando me habló de Carlos Edmundo de Ory. Me había regalado su libro Metoeritos -Raquel casi siempre me regala un libro cada vez que me ve, y siempre es un libro con historia-. Me contó la red de conexiones que le habían llevado a descubrir a Ory, y como Raquel es obsesiva, llevaba un tiempo buscando todas sus obras, pero muchas estaban descatalogadas. Entonces me dijo que le gustaría montar una editorial para poder editar esas obras de Ory, y otras muchas descatalogadas de autores interesantes pero poco conocidos, de públicos minoritarios que ahora mismo eran imposibles de encontrar. Era invierno, debía ser enero o febrero porque yo aún estaba sin trabajo. Recuerdo que volví a casa entusiasmada con la idea.

En ese momento se quedó en ese territorio inconcreto por donde campan los deseos. Ambas estábamos en situaciones demasiado precarias como para poder invertir tiempo, dinero y energías en un proyecto no lucrativo que no resolviera la propia supervivencia.

Durante los meses que estuve sin trabajo estuve escribiendo Trastornos, Beatriz Punne, Vudú y Las Brújulas y el tiempo. Me había propuesto tratar de escribir relatos un poco más largos que los que acostumbraba a escribir para el blog, relatos un poco más desarrollados, relatos para leer en papel. Encontré trabajo en marzo en una empresa que estaba empezando. Los primeros meses fueron muy exigentes y me quedé sin tiempo. Se acabó escribir relatos, y casi se acabó escribir aquí. Tanto se acabó que casi se me ha olvidado. El caso es que en verano, junté la colección nueva más algunos que tenía  antiguos, como el San Juanito, que había escrito hacía ya tiempo, cuando mi abuela se puso enferma y al final murió en febrero, y pensé que quizás estaría bien ponerlos en papel, como un homenaje, ya que, a fin de cuentas, era el formato para el cual los había escrito, y publicar una pequeña tirada, y compartirlo con los míos.

El panorama que encontré para publicar era terrible. Muchas editoriales ofrecían servicios de autoedición encubiertos. Había que pagar muchísimo dinero, los formatos no eran muy bonitos, los diseños de portada y maquetación bastante dudosos. Y entonces apareció ese punto mío que no sé si definir como vanidad o como el atrevimiento de la ignorante, pero el caso es que pensé que yo sola podría hacerlo mejor. O al menos a mi manera. Así que me puse a buscar qué me hacía falta: una imprenta, un ISBN (quién sabe, ya que me ponía, tampoco me quería cerrar la posibilidad de llevarlo a alguna librería….), etc. Pero entonces seguí pensando. Igual, si ya aprendía todos esos trámites para mí, quizás podría utilizar ese conocimiento y esa estructura para otras personas con las mismas inquietudes que se hubieran enfrentado al panorama. Así que decidí montar una editorial, vender mis ejemplares, y utilizar lo obtenido de las ventas para editar a otra persona y que ya no tuviera que gastarse dinero, y con lo de esa persona, a otra, y así sucesivamente en una estructura colaborativa, e igual en algún momento igual también podríamos reeditar a Ory y a otros descatalogados!!!

Se lo conté a Manu, y le pareció bonito. Me dijo que era una pieza azul, que es como llamamos en nuestro lenguaje a los proyectos un poco locos que se nos ocurren porque nos hace felices hacerlos, como los experimentos constructivos, o la música.

Volví a quedar con Raquel y se lo conté entusiasmada. Automáticamente hizo suyo el proyecto y se convirtió en la tercera pata.

Mucha más gente nos ha ayudado en el camino, especialmente Eme y Paloma, que me ayudaron con las correcciones, alentaron las ilusiones, y han estado apoyándome todo el tiempo. Paloma y yo incluso nos estuvimos recorriendo librerías, y soñando despiertas. Tengo tantas ganas de que lo vean.

En septiembre pedí una reducción de jornada, y me puse a estudiar para poder ser algún día profe de lengua y literatura. También nos constituimos como asociación cultural sin ánimo de lucro, nos dimos de alta como editorial, hicimos un millón de gestiones tediosas en mil sitios, compramos los diez primeros ISBN, y encontramos imprenta… He aprendido a usar In Design para maquetar, Raquel, Manu y yo hemos pasado unas cuantas tardes trabajando con la portada y revisando y corrigiendo la maquetación, hemos dibujado, hecho logos, visitado papelerías técnicas, comprado un numerador, hablado con Correos para hacer los envíos más baratos posibles, montado una web… Y todo este tiempo que estamos pasando juntos está siendo un premio en sí mismo.

La semana que viene llega por fin el primer ejemplar de relatos de la editorial Piezas Azules: Ropa tendida (ocho coladas). Son ocho relatos, ilustrados con fotografías. Una edición limitada y única de doscientos ejemplares numerados, nuestro conejillo de indias para empezar esta aventura y poder continuar con más ediciones que ya están esperando. Reconozco que me da un poco de pudor enseñarlo.  Me pregunto si les gustará a mis padres.

Esta es la historia de lo que empieza ahora.

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