Crónica del aislamiento. Día 3.

No hubo ni que salir a por el pan. Seguíamos teniendo buena parte de la hogaza artesana con harina ecológica y masa madre que sabe un poco ácida. Todavía no sabíamos en qué iba a consistir exactamente eso que llamaban el estado de alarma. El consejo de ministros estaba reunido. Pasaban las horas y sin noticias. Por la mañana intenté ponerme a limpiar las ventanas del salón, pero en cuanto me viste ahí subida de pie en el alféizar tu vértigo hizo acto de presencia y por respeto a tu miedo me bajé. Ahora mismo hay un cristal limpio y los otros tres sucios. Pero el limpio no está muy logrado, porque se notan las pasadas de la bayeta, y los sucios tienen más encanto, porque no parece sucio, sino más bien un filtro del Instagram. filtro nostalgia, slumber o el crema. Claramente fue un error esa limpieza.

Se me pasó por la cabeza limpiar la cocina pero lo deseché enseguida y me fui al ordenador a corregir. Entonces las horas comenzaron a pasar sin enterarme. Solo volví a levantar la cabeza cuando me llamaste gritando para que fuera al salón. Y te encontré allí, con las ventanas abiertas de par en par, sentado en el alféizar, con una cerveza y unas patatas fritas, desafiando al vértigo. Con el pánico que te ha dado siempre ese alféizar, y lo nervioso que te ponía cuando me sentaba a fumar ahí, en aquellos tiempos en los que fumaba. Lo aprecié como el gesto de amor que era y me senté contenta, en esa suerte de aperitivo en terraza que no es terraza pero que se le asemejaba bastante. Y cuando se terminó la Dunkel me fui a por la segunda. Yo te conté que me daba miedo que en esos días de confinamiento los cinco juntos termináramos aislados unos de otros, por muy paradójico que pareciera.

Comimos con las resoluciones del consejo de ministros y bromas varias. Hice tallarines con boloñesa, pero en lugar de hacerlos como los payos lo hice como los gitanos, con chorizo también, y fueron un éxito. Se lo tengo que decir a la alumna que escribió la receta y me dijo que los payos lo hacíamos todo soso. Yo me como una ensalada. Les pregunto que si les ha gustado el bizcocho de plátano y cacao. A miguel y a hugo sí. Pablo me dice que está un poco chicloso, que con tanta glucosa como debía tener eso por la fruta no le extraña, y que ese regusto a plátano nole terminaba de convencer. Miguel le dice que siempre tiene que sacar algún pero y tú lo apodas morrofino. Y pablo dice que si le pregunto que él contesta. y después nos estamos con lo del morrofino el resto de la comida. De momento el humor sigue en pie. Después de comer pablo y yo vimos dos episodios de anime. En concreto uno que se llama Jojo’s bizarre adventure. A pablo le ha dado por los animes desde hace un par de meses a esta parte. En ese tiempo ha visto unas 15 series, ha aprendido a dibujar estilo manga tanto con boli, como con acuarela, como con pluma como con tableta gráfica, y está estudiando japonés. Le hacía ilusión volver a ver conmigo esa serie. Y mientras, me va enseñando japonés. Pero como no tengo demasiado interés y poca memoria, no retengo demasiado. A mí me parece tierno que le haga tanta ilusión ver la serie conmigo, aunque no termine de gustarme el género. Y que quiera hacerlo me parece un signo positivo frente al temido aislamiento.

La tarde la pasé corrigiendo. A última hora me notaba apalancada. Físicamente. Y no era una sensación. Así que me puse a saltar. Y cuando digo saltar quiero decir literalmente saltar. Como si tuviera una comba pero sin comba. Saltos. Me descubriste y me delataste, y todos vinieron a verme hacer el ridículo saltando sola, y se burlaron, y yo seguí saltando, y después pensé que saltar con música dejaba de ser saltar para ser bailar, y puse música, y me acordé de los ejercicios de flexibilidad de jazz lírico, y los hice, y esta vez no me descubrió nadie. Y aún así 2.800 pasos. Menuda ruina. Pero un poco más estirada. Y entonces recordé que en la última clase a la que había ido había sonado un tema de La la land, y puse la banda sonora. Y volviste a entrar y sonaba City of stars. Y esta vez no te burlaste de mí. Me abrazaste con angustia. Y te pregunté si querías bailar. Y no dijiste nada pero bailaste. Y pensé que había sido un buen día de domingo apocalíptico con un aperitivo en el alféizar con sol de primavera, animes, risas en la comida y un baile sobre la alfombra donde un día estuvo una batería.

Crónica del aislamiento. Día 2

Ayer, uno de los hechos más remarcables fue salir a comprar con mascarilla de carpintero, como ya anticipé en el día uno. Propuse ir a una panadería artesana que hay muy cerca de casa y que han abierto hace poco, y así evitar el supermercado. El panadero había cambiado la barra de sitio para evitar las aglomeraciones. Dijo que todavía podía ponerla más cerca de la puerta y atender directamente a la gente en la calle. Lo que hiciera falta con tal de que no le hicieran cerrar. Él nos recibió a pelo, sin máscara ni guantes. Y yo me sentí ridícula y con necesidad de justificar mi atrezzo especial apocalipsis, imprescindible para comprar pan artesano con masa madre y harina ecológica a tres euros la hogaza. Tras escuchar la aventura con el señor del colmado de ayer, se justificó él también, diciendo que no llevaba mascarilla pero que se lavaba las manos muchísimo. De un panadero no esperaba otra cosa incluso en épocas no pandémicas. Estuvimos allí también un rato hablando. Nos contó que para evitar engordar durante el encierro -pero si él estaba trabajando fuera de casa- había tirado toda la comida basura que había en casa, que se les había roto el TPV, y que querían seguir haciendo pan. Pensé que permitiendo que abran los estancos la lógica me dice que permitirían la apertura de panaderías. Pero hace ya tiempo que trato de poner en cuestión mi lógica.

Uno de mis momentos preferidos es cuando después de comer me voy al dormitorio a leer. Llevaba tiempo sin hacerlo pero el aislamiento me lo va a permitir. Me dices que me puedo quedar a leer en el salón, que si quiero quitas la tele. Pero cambiar de espacio es como cambiar de mundo. En el dormitorio la luz es preciosa a esa hora, blanca tamizada, me desnudo, me cubro con las sábanas suaves, descanso en las almohadas y me sumerjo en Lectura fácil y las argumentaciones de Nati. Me asombra, me sorprende, me hace reír, me hace pensar. Luego llegaste tú y te metiste también en la cama. Al cabo de un rato me llegó un meme. Es la foto de un test que dice “Tú de la cuarentena qué crees que vas a sacar? a) kilos b) un bombo c) alcoholismo d) un divorcio e) todas las respuestas anteriores son correctas.” Tal cual.

Más tarde me puse a hacer un bizcocho. De plátano y cacao. De plátano para usar unos plátanos pochos que hay en la nevera. De cacao porque me apeteció. Me quedé sin harina especial para bizcochos con levadura incorporada y añadí harina de espelta integral. Me pregunté si con la levadura que había en la parte de harina especial para bizcochos que había puesto habría suficiente o si debería añadir algo más. En esa grave disquisición me hallaba cuando comencé a escuchar aplausos desde el salón. Los aplausos no paraban, y además retumbaban. Desconcertada me acerqué al salón y os en la ventana, aplaudiendo, y me asomé también y los vecinos aplaudían. Multitud de gente asomada a las ventanas. Y no paraban los aplausos. Me dijiste que se habían convocado para homenajear al personal sanitario. Por un lado me pareció emocionante ver a la gente asomada, no sé si con ganas de rendir homenaje, o de buscar compañía, o de participar en algo colectivo, o de todo eso junto. Por otro lado, me sentí un poco ridícula. Me dio la sensación de que nos estaban programando un entretenimiento diario. Pobre gente, démosles una excusa para salir a la ventana y liberar endorfinas. Y encima con cobertura en tele y en redes sociales. Lo siento, siempre me tiene que salir ese lado cáustico con reticencias para participar en colectividades. Yo soy más de quedarme de lado observando los comportamientos. En cualquier caso, aplaudiendo todo el mundo se pone contento. Mal no puede hacer.

Después de cenar hubo partida de monopoli con copas de vino. Volví a ganar. Otra vez. En mi historia reciente creo que no recuerdo haber jugado al monopoli y haber perdido. Con lo mala que soy para los negocios en la vida real y mi falta de ambición, que incluso ganar en el juego me resulta incómodo. Me gusta cuando voy consiguiendo barrios y maquinando la estrategia. Sin embargo, cuando ya sé que he ganado, cuando empezáis a caer en mis casillas llenas de casas y os descapitalizo, y no podéis pagar, y, además de todo vuestro dinero tenéis que malvender las pocas casas que tenéis e hipotecar vuestras calles, el juego pasa a ser una agonía con la que no disfruta nadie. Pero no se puede jugar a un juego sin intención de ganar. Sería fascista. Es tan legendaria mi fama de ganadora que Pablo ya no quiso jugar, se metió en su cuarto -de donde no había salido más que para comer y cenar- y pidió permiso para hacerse una copa. Se pone un Seagrams con limón. Miguel no juega desde que una vez jugó y perdió. El segundo vino que compramos, el Ribera, estuvo mejor.

Crónica del aislamiento. Día 1.

Me he propuesto en estos días de semiconfinamiento escribir a diario. No he llegado a tiempo. Hoy no es el primer día sino el segundo. Esto para empezar. Para seguir, he salido de casa por la mañana. A comprar el pan. No sé si estos antecedentes son los mejores.

Ha sido el primer día en el que me he disfrazado. Me he colocado unos guantes de látex y una mascarilla de bricolaje, que es todo lo que había en casa. En las farmacias hace ya muchos días que están agotadas. Esto tiene un motivo. Ayer por la noche, previendo que hoy el confinamiento sería oficial, y sin conocer las dimensiones del mismo, salimos por la tarde a terminar de comprar imprescindibles que nos faltaban para poder afrontar estos días. Mientras la gente llenaba los carros con lo poco que quedaba de carne, pollo y papel higiénico nosotros metíamos refrescos, vino y cervezas. Estuve un buen rato buscando un ribera afrutado. Te pedía ayuda pero ni me escuchabas ni me oías. Mirabas cada cosa que tocaba, cada botella que cogía, cada etiqueta que leía como un posible foco infeccioso que yo estaba tocando con mis manos, que ya dejaban de ser manos para convertirse en amenazas posiblemente infectas con forma de manos, con las que después tocaba mi cara, con las que te tomaba del brazo.

Después de dejar todo eso en casa, salimos a dar lo que bien podría ser nuestro último paseo en dos semanas. Ya era de noche y escogimos calles poco transitadas. Las terrazas ya las habían quitado. En los bares aún quedaba gente que tomaba cerveza, al margen del miedo. Esquivamos a cuantos peatones nos cruzamos, que fueron pocos. Justo antes de entrar en casa me di cuenta de que no habíamos podido comprar huevos en el supermercado, porque no quedaba ni uno, y pasamos junto a un pequeño colmado de barrio que aún estaba abierto. ¿Se puede? Sí, pasad, qué queréis. Huevos. Él nos los dio. Nos mantuvimos a bastante distancia. Le preguntamos al señor si iba a abrir estos días. Nos dijo que no lo sabía. Que dependía de la concreción del estado de alarma -bueno, no usó exactamente esas palabras-. Si cerraban Madrid no podría. Se daba la circunstancia de que vivía en una urbanización que linda con Toledo, y su casa, concretamente, había caído del otro lado de la frontera, en la zona manchega. Y fíjense, si me voy por la mañana a Mercamadrid, y lleno la furgoneta de fruta y verdura, y resulta que luego me para la policía y me dice los papeles, y me hace dar media vuelta, a ver qué hago yo con todo el género. Pensé que si había conseguido atravesar la frontera toledana y llegado a Mercamadrid, qué le iba a impedir llegar hasta su tienda. Y entonces llegamos al meollo del asunto y por fin el tipo dice que además lo más importante es la salud y quedarse en casa. Que él llevaba ya varios días atendiendo con guantes y con mascarillas. Que se ponía cuatro mascarillas, una encima de otra, y que los guantes le daban alergia, pero a ver qué iba a hacer, porque si le llegaban clientes que entraban en su tienda a pelo, como nosotros, pues qué iba a hacer, tendría que protegerse. Después ya comenzó con la soflama política en la que desvelaba abiertamente su apoyo a las medidas del gobierno autónomo y municipal, y su crítica a las del gobierno central, y después también nos contó el caso de la señora de ochenta y muchos años que tiene que estar haciendo la compra para la comida familiar de todos los fines de semana para todos los hijos y nietos, que se juntaban más de treinta personas y que si la iba a contagiar con lo delicada que estaba ya la señora. Y que dónde íbamos a parar. Para comprar una docena de huevos estuvimos en la tienda con el hombre arengando durante más de 15 minutos mientras nosotros nos resignábamos a escucharlo con docilidad, sin osar rebatir nada.

Antes de salir había llamado a mi tía. Tenía una llamada perdida suya desde hacía días. Mi tía me llama un par de veces al año para preguntarme por todos. Es la hermana mayor de mi padre. Me contó que cuando llamé acababa de llegar de la peluquería, y yo le dije, claro que sí tía, que el apocalipsis te pille peinada. Y me dijo pues sí, hija, me he hecho un moldeado, que ya que voy a tener que estar en casa, si me veo en un espejo al menos verme bien. También he estado en el mercao, y estaba desabastecido, hija, que me han puesto las dos últimas pechugas de pollo, pa hacerlas así rebozás, que están muy ricas. Y digo yo que lo primero que tenían que hacer era averiguar quién ha puesto el virus ese en el cielo, porque alguien ha tenío que ser. Yo creo que el Trump ese, que como veía que los chinos se le estaban subiendo a la chepa, pues les ha echao el virus ese y se le ha ido la mano. Pero seguro seguro que alguien ha tenío que ser, que no va a salir eso de la nada, o no? También la escuché sin rebatir absolutamente nada, a todo que sí.

Después fuimos a la tienda de vinos que hay debajo de casa, a mantener el último contacto del día. Nos llevamos uno de Navarra y un Ribera. El de Navarra era atípico pero tenía una etiqueta preciosa, y prometía reminiscencias a cereza madura y frutos azulados. Me pareció tan poético que tuve que cogerla. Está el dependiente joven y dice que cómo es que hemos elegido ese vino. Le contesto que por la etiqueta. Y me dice que a él le encanta, que nos iba a sorprender, que los vinos navarros no tienen ninguna fama pero que este era fantástico. Yo me enorgullecí del buen criterio que tenía mi instinto. Por la noche, al probarlo, me daría cuenta, una vez más, de que me había equivocado.

Y, volviendo al lugar donde comenzó todo esto, a la mañana de hoy, cuando hemos salido a por el pan, he pensado en el señor del colmado, y en entrar a pelo en una tienda, y que el dependiente se pueda sentir como si un desconocido lo estuviera follando sin condón, y me he puesto los guantes y la mascarilla de carpintero, convencida de estar siendo más considerada. Sin embargo, pocos minutos después, delante del panadero, me sentiría obligada a justificarme.

El agujero de gusano y la tilde en las esdrújulas

Voy en el metro y leo Lena y Karl. No miro si hay una persona que pueda necesitar sentarse. Casi siempre hay sitios libres en esta línea a esta hora, y no, que se jodan. No lo pienso así de manera explícita, pero el mero hecho de que me parezca mucho más relevante continuar con la lectura que mi civismo dice algo de mi pensamiento implícito.

Me gusta Lena y Karl de la misma manera que me gustó Deseo de ser punk. Al menos es mi percepción ahora. Creo que también fue esa la manera en que me atrajo cuando leí su argumento y lo elegí. No se trata de maneras literarias. Se trata de otras.

Hace mucho que no subrayo ninguna línea en ningún libro. El otro día pensé en ello y me entristeció. Estos días me han sorprendido las ganas de volver a hacerlo. He buscado en el estuche de profesora dentro de la bolsa de cartera de correos. He abierto el estuche, y había varios bolis azules, una pluma, un boli rojo, un pilot negro, una regla verde, un portaminas sin minas y ni un solo lápiz. Me pregunto si debería volver a leer desde el principio una vez que consiga un lápiz. O si da igual, porque lo que no se subrayó en el momento de subrayar, en la primera lectura, en el momento de la sorpresa inicial, incluso corriendo el riesgo del arrepentimiento del subrayado, ya se pierde en el limbo de las palabras que quisieron ser subrayadas pero quedaron desnudas. Sí, da igual.

Me pregunto si pudiera viajar en el tiempo y elegir un concierto, ¿cuál querría ver? No lo sé. Y además ese tipo de preguntas me atoran. Como cuando me preguntan por mis películas preferidas o por la música que me gusta, o por mis libros. Y me atoran también porque en realidad tendría que estudiarlo. No podría jamás hacer una elección así tan a la ligera, siendo tan consciente de cuántos conciertos de música míticos existen y de los que no soy consciente, o ni siquiera conozco, y si los desconozco no podría contemplarlos como posibilidad, y me los perdería. No sé, una decisión así probablemente me supondría muchas horas de estudio y muchos dolores de cabeza hasta tomar la decisión. Así que dejo de preguntármelo y continúo leyendo.

Leo tan concentrada que no pienso en cerrar las piernas a pesar de llevar falda y medias y zapatitos de señorita. Habitualmente llevo pantalones vaqueros y me siento como un tío, con las piernas abiertas. Quizás no tanto, además soy pequeña y estoy delgada, de modo que, aunque abra las piernas creo que la gente que se sienta a mi izquierda y a mi derecha no se sienten invadidos. Y si lo hacen, que se jodan. Y hoy voy igual, solo que con falda. Y me da igual también lo que pueda o no ver quien esté enfrente.

Hoy he explicado la acentuación de las palabras llanas y esdrújulas. Son chicos mayorcitos, deberían saberlo, pero a juzgar por cómo escriben no conocen la norma general. Creo que ni siquiera entienden el concepto de sílaba tónica. De modo que el otro día volví al origen. Les expliqué lo que significa que una sílaba esté acentuada, di golpecitos en la mesa, hice percusión, silabeé como si fuera retrasada, se ríeron mucho y les animé a que silabearan conmigo, como si fueran retrasados, todos juntos. Y empezamos con las agudas. Hoy tocaban las llanas y las esdrújulas. Y les he dicho que mis preferidas -sin necesidad de quebraderos de cabeza- eran las esdrújulas. Y es que las esdrújulas llevan tilde siempre. Y que cuando digo siempre quiero decir siempre. Y les he dicho que existen muy pocos siempres ahí fuera en la vida. Y que por eso, les aconsejaba fuertemente que cuando se encontraran por ahí un siempre, que lo cogieran y lo abrazaran, y se aferraran a él. Como al de la tilde de las esdrújulas. Pánico, música, gótico, siempre. Siempre. Y les he dicho que les dedicaran tildes grandes, llamativas y poderosas. Y que no las olvidaran.

En el metro he vuelto con mi libro. No he mirado si había alguien que necesitara asiento, ni he cerrado las piernas, ni nadie me ha visto el color de las bragas porque llevo vaqueros. Solo he levantado los ojos del papel cuando alguien ha tropezado con mis pies atravesando el vagón. Me pasa algunas veces. Me he preguntado durante unos segundos cómo es posible que la longitud de mis piernas, midiendo un metro y medio, pueda hacer tropezar a nadie. Pero he vuelto a la lectura rápidamente. Sobresdrújula. Y a perder todo el alrededor que no fuera Lena y Karl.

Recuerdos para anclar la hora.

El pasado 7 de enero estaba de mal humor. Me había hecho una lista, era un día importante. Era el último día de vacaciones. Era el día de dejar terminadas todas las tareas que me había propuesto terminar en los días de fiesta. Y para poder ser realmente eficiente y no andar perdiendo el tiempo me había hecho una lista. A las 19:30 de la tarde me faltaba sacar el carnet de la biblioteca. Sacar un carnet de biblioteca no es un asunto a vida o muerte, pero estaba en mi lista. Formaba parte de mis intenciones y propósitos desde hacía ya varios meses, pero de ninguna manera había estado anotado.

En Internet busqué el horario de la biblioteca cercana a mi casa. Estaba abierta hasta las 20. Si salía de forma inmediata podría llegar a tiempo. Me vestí, me puse unas zapatillas, cogí el bolso. El hecho de que no hubiera nadie en casa facilitó las cosas, todo hay que decirlo, porque si me hubiera tenido que despedir, y hubiera tenido que dar explicaciones, el dónde voy, y, sobre todo, el porqué, quizás me hubiera hecho desistir del empeño, resignarme a no tachar ese ítem de mi lista, y a manejar mi mal humor de alguna otra manera. Pero podía salir corriendo. Y conseguirlo.

Cuando llegué a la biblioteca había una señora delante de mí. Se estaba llevando tres libros, pero no presté atención a los títulos. Presté atención a las maniobras del funcionario que la atendía, con qué soltura manejaba la pistola de códigos, y qué contraste entre el moderno sistema informatizado para, al mismo tiempo, sellar con un tampón cada uno de los libros. Por fin terminó y me tocó el turno. Buenas noches, me gustaría hacerme el carnet de la biblioteca. El funcionario me miró contrariado a mí. Después miró su reloj. Es que no sé si nos va a dar tiempo, porque yo cierro a las 20, y tiene usted que rellenar una hoja entera con sus datos, y yo darle de alta en el sistema y… fíjese, solo faltan siete minutos, ¿lo dejamos para mañana?. Bueno, usted sabrá mejor que yo lo que se tarda, pero yo creo que podríamos intentarlo.

El señor arqueó las cejas con fastidio. El tipo debió darse cuenta de que no me iba a despachar así tan fácilmente, que no me iba a ofrecer volver mañana y yo le respondería que sí, dócilmente, como su fuera Larra. Me extendió un formulario sin abandonar ni por un momento su cara de fastidio y me pidió mi carnet de identidad. Resulta que la hoja entera que tendría que rellenar con datos se refería a mi nombre, mis apellidos, mi dirección y mi correo electrónico. Cumplimenté contrarreloj. Cuando terminé, el funcionario recogió mi formulario y terminó de rellenar algo en su ordenador. Me entregó un carnet de plástico, un tríptico, y me explicó las condiciones. Todavía conservo el tríptico. Cuando terminó me anunció que ya era socia. ¿Quiere solicitar algún ejemplar? Miré el reloj. Las 19:57. No, no quiero forzar, fíjese qué hora es ya. Puede que escondiera cierto tono de reproche, pero en realidad no era mi intención recriminarle su actitud al funcionario. Me parece perfecto que cada cual termine su trabajo a su hora. Yo solo quería probar, por si se podía, y sí, se pudo. Y me sentía pletórica. con mi carnet en la mano. Y llegué a casa y taché en mi lista “Carnet de biblioteca”.

Por eso sé de una forma bastante precisa a qué hora volví a casa el pasado 7 de enero.