El agujero de gusano y la tilde en las esdrújulas

Voy en el metro y leo Lena y Karl. No miro si hay una persona que pueda necesitar sentarse. Casi siempre hay sitios libres en esta línea a esta hora, y no, que se jodan. No lo pienso así de manera explícita, pero el mero hecho de que me parezca mucho más relevante continuar con la lectura que mi civismo dice algo de mi pensamiento implícito.

Me gusta Lena y Karl de la misma manera que me gustó Deseo de ser punk. Al menos es mi percepción ahora. Creo que también fue esa la manera en que me atrajo cuando leí su argumento y lo elegí. No se trata de maneras literarias. Se trata de otras.

Hace mucho que no subrayo ninguna línea en ningún libro. El otro día pensé en ello y me entristeció. Estos días me han sorprendido las ganas de volver a hacerlo. He buscado en el estuche de profesora dentro de la bolsa de cartera de correos. He abierto el estuche, y había varios bolis azules, una pluma, un boli rojo, un pilot negro, una regla verde, un portaminas sin minas y ni un solo lápiz. Me pregunto si debería volver a leer desde el principio una vez que consiga un lápiz. O si da igual, porque lo que no se subrayó en el momento de subrayar, en la primera lectura, en el momento de la sorpresa inicial, incluso corriendo el riesgo del arrepentimiento del subrayado, ya se pierde en el limbo de las palabras que quisieron ser subrayadas pero quedaron desnudas. Sí, da igual.

Me pregunto si pudiera viajar en el tiempo y elegir un concierto, ¿cuál querría ver? No lo sé. Y además ese tipo de preguntas me atoran. Como cuando me preguntan por mis películas preferidas o por la música que me gusta, o por mis libros. Y me atoran también porque en realidad tendría que estudiarlo. No podría jamás hacer una elección así tan a la ligera, siendo tan consciente de cuántos conciertos de música míticos existen y de los que no soy consciente, o ni siquiera conozco, y si los desconozco no podría contemplarlos como posibilidad, y me los perdería. No sé, una decisión así probablemente me supondría muchas horas de estudio y muchos dolores de cabeza hasta tomar la decisión. Así que dejo de preguntármelo y continúo leyendo.

Leo tan concentrada que no pienso en cerrar las piernas a pesar de llevar falda y medias y zapatitos de señorita. Habitualmente llevo pantalones vaqueros y me siento como un tío, con las piernas abiertas. Quizás no tanto, además soy pequeña y estoy delgada, de modo que, aunque abra las piernas creo que la gente que se sienta a mi izquierda y a mi derecha no se sienten invadidos. Y si lo hacen, que se jodan. Y hoy voy igual, solo que con falda. Y me da igual también lo que pueda o no ver quien esté enfrente.

Hoy he explicado la acentuación de las palabras llanas y esdrújulas. Son chicos mayorcitos, deberían saberlo, pero a juzgar por cómo escriben no conocen la norma general. Creo que ni siquiera entienden el concepto de sílaba tónica. De modo que el otro día volví al origen. Les expliqué lo que significa que una sílaba esté acentuada, di golpecitos en la mesa, hice percusión, silabeé como si fuera retrasada, se ríeron mucho y les animé a que silabearan conmigo, como si fueran retrasados, todos juntos. Y empezamos con las agudas. Hoy tocaban las llanas y las esdrújulas. Y les he dicho que mis preferidas -sin necesidad de quebraderos de cabeza- eran las esdrújulas. Y es que las esdrújulas llevan tilde siempre. Y que cuando digo siempre quiero decir siempre. Y les he dicho que existen muy pocos siempres ahí fuera en la vida. Y que por eso, les aconsejaba fuertemente que cuando se encontraran por ahí un siempre, que lo cogieran y lo abrazaran, y se aferraran a él. Como al de la tilde de las esdrújulas. Pánico, música, gótico, siempre. Siempre. Y les he dicho que les dedicaran tildes grandes, llamativas y poderosas. Y que no las olvidaran.

En el metro he vuelto con mi libro. No he mirado si había alguien que necesitara asiento, ni he cerrado las piernas, ni nadie me ha visto el color de las bragas porque llevo vaqueros. Solo he levantado los ojos del papel cuando alguien ha tropezado con mis pies atravesando el vagón. Me pasa algunas veces. Me he preguntado durante unos segundos cómo es posible que la longitud de mis piernas, midiendo un metro y medio, pueda hacer tropezar a nadie. Pero he vuelto a la lectura rápidamente. Sobresdrújula. Y a perder todo el alrededor que no fuera Lena y Karl.

Recuerdos para anclar la hora.

El pasado 7 de enero estaba de mal humor. Me había hecho una lista, era un día importante. Era el último día de vacaciones. Era el día de dejar terminadas todas las tareas que me había propuesto terminar en los días de fiesta. Y para poder ser realmente eficiente y no andar perdiendo el tiempo me había hecho una lista. A las 19:30 de la tarde me faltaba sacar el carnet de la biblioteca. Sacar un carnet de biblioteca no es un asunto a vida o muerte, pero estaba en mi lista. Formaba parte de mis intenciones y propósitos desde hacía ya varios meses, pero de ninguna manera había estado anotado.

En Internet busqué el horario de la biblioteca cercana a mi casa. Estaba abierta hasta las 20. Si salía de forma inmediata podría llegar a tiempo. Me vestí, me puse unas zapatillas, cogí el bolso. El hecho de que no hubiera nadie en casa facilitó las cosas, todo hay que decirlo, porque si me hubiera tenido que despedir, y hubiera tenido que dar explicaciones, el dónde voy, y, sobre todo, el porqué, quizás me hubiera hecho desistir del empeño, resignarme a no tachar ese ítem de mi lista, y a manejar mi mal humor de alguna otra manera. Pero podía salir corriendo. Y conseguirlo.

Cuando llegué a la biblioteca había una señora delante de mí. Se estaba llevando tres libros, pero no presté atención a los títulos. Presté atención a las maniobras del funcionario que la atendía, con qué soltura manejaba la pistola de códigos, y qué contraste entre el moderno sistema informatizado para, al mismo tiempo, sellar con un tampón cada uno de los libros. Por fin terminó y me tocó el turno. Buenas noches, me gustaría hacerme el carnet de la biblioteca. El funcionario me miró contrariado a mí. Después miró su reloj. Es que no sé si nos va a dar tiempo, porque yo cierro a las 20, y tiene usted que rellenar una hoja entera con sus datos, y yo darle de alta en el sistema y… fíjese, solo faltan siete minutos, ¿lo dejamos para mañana?. Bueno, usted sabrá mejor que yo lo que se tarda, pero yo creo que podríamos intentarlo.

El señor arqueó las cejas con fastidio. El tipo debió darse cuenta de que no me iba a despachar así tan fácilmente, que no me iba a ofrecer volver mañana y yo le respondería que sí, dócilmente, como su fuera Larra. Me extendió un formulario sin abandonar ni por un momento su cara de fastidio y me pidió mi carnet de identidad. Resulta que la hoja entera que tendría que rellenar con datos se refería a mi nombre, mis apellidos, mi dirección y mi correo electrónico. Cumplimenté contrarreloj. Cuando terminé, el funcionario recogió mi formulario y terminó de rellenar algo en su ordenador. Me entregó un carnet de plástico, un tríptico, y me explicó las condiciones. Todavía conservo el tríptico. Cuando terminó me anunció que ya era socia. ¿Quiere solicitar algún ejemplar? Miré el reloj. Las 19:57. No, no quiero forzar, fíjese qué hora es ya. Puede que escondiera cierto tono de reproche, pero en realidad no era mi intención recriminarle su actitud al funcionario. Me parece perfecto que cada cual termine su trabajo a su hora. Yo solo quería probar, por si se podía, y sí, se pudo. Y me sentía pletórica. con mi carnet en la mano. Y llegué a casa y taché en mi lista “Carnet de biblioteca”.

Por eso sé de una forma bastante precisa a qué hora volví a casa el pasado 7 de enero.

El porte de cada individuo, y su modo de habitar la calle.

La primera parte de la exposición de Eamonn Doyle se llama i. Me pregunto si Eamann se pronunciará Éiman o Íman. Me pregunto por qué el nombre i. El comisario dice sobre ella “Las figuras solitarias y silenciosas de i realizan tareas cotidianas desconocidas a lo largo de O’Connell street de Dublín. Aisladas casi por completo en medio del paisaje geométrico de las calles, parecen ajenas al mundo que las rodea.” El comisario no menciona que son fotografías de ancianos, de viejos, de personas mayores. Tampoco habla sobre los planos picados, muchas veces diagonales, tan abrumadoramente cerca de las solitarias figuras: los viejos. Son solitarias porque son viejos, son silenciosas porque son viejos. No solo están solos y silenciosos los viejos. Pero especialmente.

Ayer en la tele, en ese programa, hablaban de un nuevo grupo social pujante, los viejennials. Se referían a los septuagenarios que no son mayores y tienen una gran calidad de vida, y viajan, y realizan actividades intelectualmente estimulantes, y tienen una vitalidad desbordante. Pero solo hablaron de los viejennials después de hablar del éxito que habían tenido unas focas en residencias de ancianos para enfermos de alzheimer en los primeros estadios de la enfermedad. Las focas eran unos robots, de peluche por fuera y con “tamagochi” por dentro. Es decir, los viejos que empezaban a perder la cabeza se tenían que hacer responsables de su foca, y tenían que acordarse de alimentarla, acariciarla, arroparla por las noches… y tener una foca robot de la que ocuparse les hacía ralentizar su deterioro. Y en el programa aparecían dos viejecillas acariciando y besando a su foca, con esos besos sonoros, lentos y técnicos que dan los abuelos, y diciéndoles qué bonita es mi niña, y los gerontólogos aparecían muy orgullosos de los progresos y de la calidad de vida que las focas estaban procurando a las abuelas. Creo que en ese momento dije que si en algún momento llego a esa situación y queda aún alguien que me quiera, ojalá tenga la bondad de echarme veneno en la sopa. Creo que en ese momento dijiste ya sabía yo que ibas a llevarte la conversación a ese lugar. A ti no te gusta pensar en la muerte. A mí no me gusta aceptar que tendré que resignarme a cualquier forma de vida. Y sin ir más lejos, esta mañana, nada más despertarme, mientras preparabas el desayuno pensando que yo apuraba los últimos minutos de sueño, me he dedicado a hacer búsquedas de venenos en google.

De i el comisario también dice “Las fotografías se fijan en detalles de la tela y la textura, en el porte de cada individuo y en su modo de habitar la calle.” Los “detalles de la tela” desvelan pobreza, desamparo y fragilidad en esos “individuos”. Y su “modo de habitar la calle” habla de lo mismo. Las chepas, la espera en un banco, las manos con artrosis que sujetan una bolsa, el bastón, la chaqueta rota, el mirar al suelo. El comisario es aséptico y eufemístico y sus palabras se estrellan contra las fotografías de formato inmenso. Esas fotografías me hacen pensar que quizás no sea fácil que cuando yo sea vieja quede alguien que me quiera. No siempre pasa. O al menos no alguien que, aun queriéndote, pertenezca a tu día a día. O a un día a día lo bastante frecuente. La vida puede ser maravillosa, pero también muy cabrona. Lo bastante frecuente como para poder decir, en susurros, estoy bien jodida, y que te abracen y te dejen decirlo. A nadie le gusta escuchar penas. Normalmente la réplica es la negación. No, en realidad no estás mal. Tú no lo sabes pero estás bien. Solo le puedes contar penas a gente que te quiere, pero no a toda. A poca. Como a ti, que ayer te dije que querré veneno en la sopa en el momento en que el sentido de la vida sea acariciar un peluche.

El mismo pánico que le tengo yo a la longevidad se lo tienes tú a la muerte prematura. Entre los dos supongo que formaríamos un tandem equilibrado de miedos mortales. Y también tiene sentido, porque la muerte prematura es devastadora para quien no muere. En el momento de llegar a k solo me doy cuenta de que la historia que tiene detrás es poderosa pero no del cierre del círculo. k llega para Eamonn al morir su madre. El hermano de Eamonn había muerto con treinta y tres años de forma repentina y su madre nunca se había repuesto. Los hijos no deben morir antes que los padres. Ese es un miedo que yo no tengo porque no tengo recursos para poder afrontarlo. El recurso de la madre de Eamonn fue escribirle cartas a su hijo muerto. Al morir la madre, Eamann crea k, una serie de fotografías en las que una figura espectral cubierta por un manto es azotada por el viento, la luz, el agua. Dice el comisario “Entretejidos en esta meditación sobre el dolor y las fuerzas que nos atan están los fantasmas de los irlandeses atlantes”. Hoy es el cumpleaños de mi abuela. Se lo digo a mi madre que sé que lo sabe y sé que se acuerda, pero más como una forma de decirle que yo también me acuerdo. Habría cumplido 93 años, me contesta. Eso sin embargo no lo sé. Ni siquiera sé si murió hace tres años, cuatro o cuántos. Entre mis miedos también está el que mi madre se haga mayor. Mi padre también, pero si pienso en ello aparece primero mi madre, me debe preocupar más. Y tampoco debo tener demasiados recursos para lidiar con esa pena, porque me siento más cómoda afrontando mi propia degradación, hasta divertida en cuanto llega el pensamiento del veneno en la sopa.

Salimos de la exposición. Sigue haciendo un día espléndido. En la calle una señora está sentada en un poyete y le cuelgan las piernas. Habla por teléfono. Parece una niña. Me dan ganas de darle un abrazo. Brilla el sol. Hoy puedo brincar y brinco. Puedo bailar y bailo. Puedo reír y río. Todo está en pie. Y tú. Soy feliz.

Yo no bailo polca

En la radio está puesto el sorteo de la lotería. Está puesto porque lo he puesto yo por la mañana, aunque me gusta pensar que es la radio la que ha elegido el programa. En realidad solo he tenido que encenderla, porque hoy en lugar de noticias estarán cantando los niños de San Ildefonso. Menudo nombre, por cierto, Ildefonso. Hasta hoy no me había parado a pensarlo. Lo había asumido como normal tan solo porque lo había escuchado muchas veces. Ildefonso.

Mi abuela también escuchaba el sorteo toda la mañana. Lo recuerdo desde niña. Mis padres trabajaban y me dejaban unos días de vacaciones con ella. Mi abuela compraba churros para desayunar, hacía zumo de naranja y se pasaba la mañana en la cocina pegada al transistor. Es posible que aprovechara para hacer sopa de pescado o croquetas. Tenía en un papel la lista con los números. No jugaba décimos enteros, jugaba participaciones. Así que al lado de cada número tenía escrito lo que jugaba, con quién y cuánto le tocaría si salía el gordo. La lista era enorme. Jugaba con sus hermanos, con sus sobrinos, con sus primos, con los vecinos, con el frutero y el pescadero… La lista era larga, sí. Cuando ya habían salido los premios principales se sentaba junto al teléfono y comenzaba la ronda de llamadas, al menos a los familiares más cercanos, ara ver si había tocado algo. Entonces no existía internet ni el buscador de premios, ni whatsapp, de forma que a las personas no les quedaba más remedio que hablar. Y de todos modos, el día de después dedicaba unas horas a comprobar número a número con el listado de pedreas del periódico.

Pienso que igual debería bajar a comprarme churros y quedarme en la cocina con un delantal. Creo que no tengo un delantal. Creo que no sé cocinar nada. Llevo siete años comiendo ensaladas con lechuga de bolsa, pasta y legumbres precocinadas. Pero pienso que igual si en la cocina tuviera una bolsa grasienta rellena de churros, me pusiera un delantal y mantuviera cerca de mí la radio con el soniquete de los niños cantando premios, mi abuela, que lleva ya años muerta, se apresuraría a reencarnarse en mí misma y por una vez comería algo decente. Cómo será ser mi abuela. Por un rato al menos. Y qué le parecería a mi abuela ser yo.

Aparco mis imaginaciones de viajes extracorpóreos. Comida no voy a preparar. Tampoco tengo mucho que hacer con respecto a la búsqueda de premios: solo juego medio décimo y ni siquiera tengo el número. Lo compramos a medias una compañera de trabajo descreída y yo. Susana se vanagloriaba de no haber comprado lotería en su vida, y de ser el primer año que sentía la debilidad de jugar por aquello de que no le toque a todos los compañeros salvo a uno. Parece ser que a eso hay quien lo llama envidia preventiva. Yo también me vanagloriaba de jugar poco, de no creer en la suerte. Probablemente proferí alguna disertación sobre el valor del esfuerzo que nadie escucharía. Probablemente fuimos las dos juntas, ufanas, pedantes, pretenciosas a comprar el décimo. Caminando por encima de aquellos pobres diablos que juegan con ilusión, sobre esos que dedican al menos un par de horas a pensar qué harán con cuatrocientos mil euros. Susana se quedó con el décimo, yo no conservé ni el número. Estoy escuchando a los niños de San Ildefonso y no tengo ni lista ni décimo que comprobar. Puede que la soledad sea esto.

Como media pizza de beicon y una coca cola. Hace ya una buen rato que ha terminado el sorteo, pero no me pierdo el telediario. Es mi telediario preferido. Se detienen las desgracias en el mundo, el apocalipsis. Ni el cambio climático, ni corrupción, ni asesinatos, ni violaciones, ni campos de refugiados. Durante veinte minutos solo aparece gente abrazándose, gritando, cantando y brindando con sus décimos, y la gente cuenta a cámara lo que va a hacer con su inmerecido dinero: terminar de pagar la casa, un viaje, un coche, tapar agujeros… las respuestas no difieren demasiado unas de otras. Somos insoportablemente previsibles. En la tele siempre sale gente a la que parece haberle venido muy bien ese dinero. Gente necesitada. Supongo que las personas que no necesitan el dinero no se ponen tan contentas. Y desde luego no acuden a abrazar al lotero ni a los vecinos del barrio, porque seguramente, entre otras cosas, no vivan en un barrio y no conozcan a sus vecinos, y no compartirán décimos con ellos.

Cuando era pequeña soñaba con ir un día a la Puerta del Sol a comer las uvas. Soñaba con estar en medio del jolgorio. Pensaba que estar en el centro del jolgorio debía ser lo mejor del mundo. Con el tiempo sufrí la decepción del jolgorio. En realidad creo que nunca me he sentido en el centro del jolgorio. Ha sido más bien como si el jolgorio me hubiera rodeado. Desde fuera podría haber parecido que en algunas ocasiones yo me he encontrado en el centro, pero en realidad yo estaba fuera y el jolgorio solo me rodeaba. Yo era una isla en el jolgorio. Supongo que con ese mismo espíritu también hubo un tiempo en que me hubiera gustado ser una de esas que descorchaba una botella y cantaba desafinada y patosa con un montón de vecinos con pinta de necesitar dinero al otro lado de las cámaras el día 22 de diciembre. No tanto por el dinero, que también, sino por aquello del jolgorio. Después se me fue pasando a fuerza de no ganar.

Miro varias veces al móvil y no hay ningún mensaje de nadie. Escribo a mi amiga Irene. Irene es mi amiga de ir al cine el domingo por la tarde. No sé si Irene juega a la lotería. En tantos años como llevamos saliendo juntas los domingos no se me ha ocurrido preguntarle. También es cierto que cuando quiero hablar algo con Irene debo llevarlo previsto de antemano. De lo contrario, Irene suele traer un tema – o varios- y me los desarrolla mientras llegamos al cine, compramos palomitas y pasan los anuncios. El tema de hoy resulta ser una gotera que se ha formado en un esquinazo de su salón y en los diferentes trabajos que han sido necesarios para ponerle solución.

Vemos Parásitos. En versión original. Me gusta el cine oriental en versión original. Me gusta casi todo el cine en versión original, pero el oriental especialmente. Después de la película, Irene continúa contándome las vicisitudes con su gotera. A veces pienso que es insoportable, y otras veces que la quiero. Irene y yo no jugamos lotería. Y hoy se me ha olvidado preguntarle si le había tocado algo. De todos modos, en el caso en el que le tocara la lotería alguna vez, creo que jamás vería a Irene tras las cámaras, con un brazo rodeando el cuello de la lotera y bailando una polca mientras amorra una botella de sidra. Sin embargo, ahora que estoy en la cama intentando coger el sueño para ir mañana a trabajar, me detengo en esa imagen. Creo que hasta me río un poco en voz alta. Tengo que pensar en otra cosa para no desvelarme.

Hoy en el trabajo el ambiente es extraño. Falta mucha gente. No creo que haya tanta gente que haya cogido vacaciones. Algunas personas se abrazan. Aún es pronto para el feliz navidad y esas parafernalias. Tal y como suelo, decido mantenerme al margen. Enciendo mi ordenador, y abro el correo electrónico. Hay uno con el asunto en negrita. Es un número de cinco dígitos. Lo remite el director general. Pues sí. Parece que ayer nos tocó la lotería.

Voy a buscar a Susana. Dice que se acaba de enterar. Que como no juega nunca no tiene costumbre de comprobar el número. Dice que le han dicho que debemos ir a cobrarlo juntas para que cada una declare a hacienda su parte, que ella no piensa pagar mis treinta y ocho mil euros. Pero que primero tiene que buscar el décimo, porque como no tiene costumbre de contemplar la posibilidad de ganar no tiene la costumbre de conservarlos. Que cree que sí porque esta vez jugábamos a medias. Ella había dicho que nunca había jugado. Pero no lo digo en voz alta porque me parece descortés hacerle partícipe de mis desconfianzas y de sus mentiras.

Vuelvo a mi sitio y continúo trabajando mientras a mi alrededor continúa organizándose el jolgorio. Al parecer es el segundo porque ayer ya hay quien acudió con botellas. Pienso por un momento si debería llamar a alguien. Por comentar. A Irene, tal vez. No. Se lo diré el domingo que viene, antes de que ella empiece con su tema. Me pongo a contabilizar unos bancos. A mi alrededor se descorchan botellas, algunos cantan. Me cuesta concentrarme. Pongo la radio, la radio elige para mí un villancico de Mariah Carey. Yo prosigo con el día más feliz de mi vida.

Pesadillas

Ayer soñé que, sin querer, paría un hijo en medio de una total indiferencia. Salía del baño, con cierta angustia, sujetando a esa criatura resbaladiza unida todavía a mí por el cordón. En la casa había mucha gente, casi toda desconocida. Creo que tú sí estabas, y creo que eras tú a quien le pedía ayuda para cortar el cordón, pero no estoy segura. Estabas en la cocina recogiendo el lavaplatos. Interrumpías la tarea para mirarme allí de pie, desnuda de cintura para abajo, con las piernas ensangrentada, sujetando a una criatura que aún no había llorado. Y me decías con voz dulce y tranquila “yo con eso no puedo”. Después te volvías a dar la vuelta, cogías el cestillo de los cubiertos y los colocabas con diligencia en su cajón. El pasillo estaba oscuro y se escuchaba el sonido del televisor. En una de las habitaciones alguien cantaba. En otra se oían ecos de conversaciones multitudinarias, voces desconocidas, risas.

De alguna forma que no se mostró en el sueño se solucionaba el escabroso asunto de la separación del hijo. Mi desasosiego contrastaba con el ambiente en la casa. Entonces se me metió en la cabeza la incómoda idea de acudir a un hospital. A los niños cuando nacen los revisan, para comprobar su estado de salud. Alguien debería hacerle el test de Apgar, tal vez. Pero no era capaz de articularlo con palabras. Esperaba que a alguien se le ocurriera tomar esa iniciativa.

En el siguiente plano, la criatura está guardada en una bolsa de tela respetuosa con el medio ambiente. Antes de ir a un hospital debemos comprar el pan y hacer algunos otros recados. Procuro dominar mi ansiedad: por fin estamos de camino. La barra de pan está en la misma bolsa que el niño. Entonces me percato de que aún no ha llorado. Agito un poco la bolsa. Me da miedo mirar dentro. Me da miedo que pueda hallar un ser inerte, enfermo, no apto para la vida. Quizás por eso no lo he tomado en brazos en ningún momento. Agito las asas de la bolsa de tela. Entonces el niño llora.

La cámara del sueño a veces enfoca a través de mis ojos, y estoy en el asiento del copiloto de un coche. Otras veces enfoca dentro de la bolsa y yo puedo ver lo que hay dentro. Un bebé muy pequeño, anormalmente pequeño, amoratado, sucio, desnudo, está abrazado a la barra de pan, y tiene la boca pegada a ella. Entonces siento en mi propia lengua el tacto de la corteza áspera por primera vez. Aún hay que hacer alguna otra compra. Hay ofertas. Entre medias liquido un impuesto, y aparece una mujer que traiciona tu confianza. Vuelvo a agitar la bolsa. Escucho un llanto débil.

Sigo sin decir nada. Trato de ir disolviendo la ansiedad y resignarme, porque por fin he comprendido que este es uno de esos sueños en los que jamás voy a llegar a mi destino. Nadie me va a decir si esa criatura está bien o no, si es capaz de vivir, si puedo quererla, si existe. Quizás nunca la sostenga en brazos. Alrededor todo continúa en equilibrio, como si intentara hacerme entender lo absurdo de mi deseo contumaz. Nadie excepto yo la ve, y nadie excepto yo la oye. Nunca vamos a llegar a ningún hospital ni esa criatura va a salir de la bolsa. Y me da igual. No lo necesito. Ni eso ni corroborar su existencia. Ya la quiero. Con resignación trato de destensar los músculos de mi espalda y de acomodarme en el asiento de ese coche. Me conformo con agitar de nuevo la bolsa. Y escuchar el llanto.

Por fin los ciervos

Un día, cerca de un fin del mundo, mantuvimos una conversación absurda. Pregunté en voz alta, y desde luego sin pensar, desde cuándo Europa se nombraba Europa. No se trata de una pregunta que formulara desde la nada. Mientras tomábamos café, en un rato de aparente silencio, me había detenido a pensar en otro nombre que había leído varias veces esos días. Los picos de Europa. Y entonces me había dado por pensar por qué los habían llamado así. Llamar Los picos de Europa a Los picos de Europa, cuando en el continente hay cordilleras mucho más elevadas e imponentes, como los Alpes, Pirineos, Urales o la cordillera del Cáucaso… me había parecido tan pretencioso que ese nombre, Los Picos de Europa, solo podía provenir o bien de la ignorancia, o bien del chovinismo. Salvo, claro, que Europa, cuando fuera nombrada Europa, no comprendiera la misma extensión que es ahora. Unos Picos de Europa -en cualquier caso- habría resultado más acertado. O salvo claro, también, que no se estuvieran refiriendo a Europa continente sino a Europa diosa, y se tratara de algún tipo de ofrenda o tributo. Hacía mucho tiempo que no manteníamos conversaciones inútiles. Y solo después de mantenerla me di cuenta de que las echaba de menos.

Por la mañana habíamos estado postergando una conversación útil acerca de adónde ir. Las conversaciones útiles me asfixiaban. Creo que sencillamente se trataba de una falta de aire. Así que con el objeto de no vararme en una de ellas, tomé la decisión de que por la mañana seguiríamos el plan previsto inicialmente. Y después de comer jugamos a un juego. Yo señalaba un punto en el navegador, sin que tú supieras cuál es. Y tú conducías sin saber hacia dónde siguiendo las indicaciones. Habría carreteras secundarias, habría bosques, habría luces y sombras, habría montañas y precipicios, habría tanta belleza en el camino que daría igual dónde estuviéramos cuando el navegador pronunciara su “ha llegado a su destino”. Y nada más.

Cuando llegamos al destino supimos que sí había un propósito en él. Un acantilado quedaba a nuestra izquierda, y, según avanzábamos, la certeza de que no habría un lugar para dejar el coche iba siendo mayor. Además, cada vez eran más los coches que veíamos aparcados en el arcén. Te obligué a dejarlo allí, en un lugar no establecido, no señalizado con líneas blancas pintadas en el suelo, y poco convencido accediste, y continuamos a pie. No había mucha gente y la que había estaba tomando el camino de vuelta. El camino a pie continuaba bordeando el acantilado. Se veía una playa allá abajo, en vertical, abierta entre dos grandes peñones. Yo sabía cuál era su nombre puesto que había pulsado ese punto en el mapa. La playa del silencio, y, al margen de su nombre, al verlo supe que se trataba del fin del mundo. Pero, para no pecar de ignorancia ni de presunción, lo dejaría en un fin del mundo. Allí se terminaba todo, y ante ese espectáculo lo menos que podía uno hacer era callarse, y admirar.

Llegar hasta allí abajo era sencillo: había que tomar un camino empinado rodeado de vegetación y flores, y después unas escaleras. Subir sería otra cosa. Ya he contado que las gentes ya volvían cuando nosotros llegamos. Y al cruzarnos con unos iban diciendo joder, con esta subidita tengo el chorizo y los garbanzos de la comida…. mientras, otro preguntaba y cuándo cenamos. Me di cuenta de lo acertado del nombre. Las palabras pueden hacer mucho daño. Las palabras son capaces de banalizar un fin del mundo imponente y sagrado. Y no hay castigo para eso. O quizás sí. Me habría gustado que fuera tan sencillo cerrar los oídos como cerrar los ojos, para mantenerme a salvo, para mantener a un fin del mundo a salvo de la degradación. Hasta qué punto todo es frágil. Ni siquiera un fin del mundo, que ha tenido a bien terminarse con bosques, y flores y acantilados, y una playa, y un sendero, y una luz que colorea de plata el mar que concluye lo demás hasta el horizonte, ni siquiera él está a salvo de la degradación, de convertirse -palabras mediante- en un vulgar destino turístico donde hacer tiempo y fotografías entre comida y comida.

El suelo de la playa no era de arena sino de piedras de cantos rodados. Allí solo hay dos niños pequeños. Juegan con las piedras. Una playa así les ofrece diversión durante horas. Nos sentamos algo alejados, y solo escuchábamos el ruido de las piedras al chocar contra el mar, y al propio mar. Nos tumbamos en unas rocas suaves, con formas anatómicas que nos acogían. Fumamos. Contemplamos un fin del mundo que desde entonces y en adelante ya sería nuestro. Me besaste. Y por supuesto no mantuvimos ninguna conversación acerca de la cena, ni pensamos dónde iríamos después, al salir de allí, ni ninguna otra conversación útil con la que romper ese lugar sagrado. Que lo era por su propia belleza, pero también y sobre todo, porque, conscientes, le estábamos otorgando ese valor.

Al salir de allí continuamos con el juego. Pulsé un lugar en el mapa. Resultó ser un pueblo de pescadores. Las casas eran de colores y en muchas había un cartel de Se vende. La entrada al pueblo era la única zona en llano, el resto del pueblo se iba alzando en vertical. Tomamos café, caminamos un poco, vimos un ciervo. Quizás en esta ocasión sí podría decir que no era un ciervo, sino el ciervo, nuestro ciervo. Ese que está representado en nuestras espaldas, y tuvo a bien hacerse símbolo de carne y hueso aquella tarde. Para nosotros. Y según iban pasando las horas me daba la sensación de que yo era cada vez más yo y que tú eras cada vez más tú. Y que por eso podíamos volver a vernos otra vez, del todo.

Me pregunto si siempre hace falta alejarse para encontrarse, para estar cerca. A diario hay mucho ruido. Hay ruido por todas partes. Todo el tiempo. Me pregunto cómo hace el resto del mundo para sobrevivir al diario. Incluso a un diario que ama. A un diario que amo, y al que estoy deseando volver después de un par de días alejada de él tanto como antes de irme necesitaba dejar lejos. Leo en un artículo que contiene una entrevista a Rafael Argullol, y que se llama “La memoria es nuestro mito” -el título ya por sí mismo justifica la lectura- que “el hecho de viajar supone para la persona que realiza tal acción el despojarse de cualquier rol de su vida diaria; digamos que viajar nos ayuda a ser más nosotros mismos, libres de cualquier atadura. Argullol se mostró totalmente de acuerdo con esta afirmación, y añadió que esto es así «porque desplaza al hombre de sí mismo y le hace mirar desde otro lado, otro territorio».

Quizás el problema sea identitario. Yo soy tan yo libre y desplazada desde ese otro territorio, como yo llena de las obligaciones que yo misma he elegido, y de las inercias y el ruido que me imponen. Y no existe la una sin la otra, y si una de las dos se diluye la otra sufre, y aquí estamos siempre tratando de conservar un equilibrio inestable, imposible, el propio, el nuestro. Olvidando y recordando de nuevo cómo se juega.

El banco

El otro día me senté a esperar en un banco en la calle. Encontrar un banco en la calle es casi una excentricidad. Lo hablábamos el otro día, mientras paseábamos cansados, y recordábamos Londres, lleno de parques en los que londinenses de cepa o de prestado nos sentábamos. Aquí hay grandes aceras llenas de terrazas para poder consumir. Aquí hay dos opciones, caminar o sentarse en una terraza y pagar tres euros por un café. Y ese día encontramos un banco, frente al escaparate de una óptica. Y allí estuvimos un rato, mirando el escaparate y la gente pasar. Y de tanto mirar al final casi terminé creyendo que necesito unas gafas de sol, y agradecí enormemente que no nos hubiéramos sentado en un banco frente a una inmobiliaria, pues eso habría complicado mucho las cosas, y ante esa nueva perspectiva, tres euros por un café resultaba un daño inofensivo.

El banco se ocupó enseguida por una pareja. Ella era camarera de una cafetería que tenía terraza -claro- justo enfrente de mi banco. Lo sé porque llevaba el mismo uniforme que los camareros que llevaban bandejas con cafés y cervezas mientras ella a mi lado charlaba con un joven y fumaba de forma compulsiva: una camisa blanca con un logotipo bordado en el brazo y un delantal blanco. Es posible que fuera su momento de descanso. Ella le estaba relatando una ruptura reciente. Para ser más precisa te diré que ella le estaba leyendo la conversación que mantuvo por whatsapp. Era algo así:

Me encanta estar contigo, me divierto cuando charlamos y cuando follamos más todavía. Pero ya sabes que en estos momentos no estoy bien y creo que no puedo mantener una relación.

-¿Quieres decir que quieres que me vaya y que no quieres volver a verme?

No, nunca. Quiero verte, y hablar contigo, y tomar café, eres mi mejor amiga y te quiero. Pero a pesar de que te quiero no quiero mantener una relación de otro tipo. ¿Eso puedes entenderlo?

Bueno, cuenta conmigo, si un día me necesitas yo siempre voy a estar ahí para apoyarte.

Y después de leerlo hablaban ambos. Yo los escuchaba con la sensación de que según ella le iba leyendo sus mensajes estaba transformando su dolor único en una simple ruptura más. El mundo partido por la mitad, el suelo resquebrajado y movedizo reducido al clásico te quiero como un amigo. ¿No crees que eso ocurre? Te enamoras y te parece que el tuyo es el primer amor del mundo. Y entonces vas y lo cuentas. Lo cuentas una y otra vez. Y entregas los detalles, y entregas las palabras, y entregas las escenas, y lo que queda después de todo eso es una mierda, es un gesto cotidiano más, un enamoramiento más, un polvo más, un desayuno más, un amanecer más. Es una mierda si lo comparas con lo que fue. Me imagino a esa chica antes de que llegara el amigo. Llevando bandejas con cafés y cervezas, sonriendo de lado a los clientes, tratando de mantenerse en pie sobre un suelo vulnerado e incierto para no verter la cerveza. Con todo eso dentro. Como una cerveza llena de gas contenido con una chapa. Y me pareció una imagen mucho más hermosa. Durante esa conversación de banco, al ponerle nombre a todo aquello lo había banalizado. Y allí seguía, a mi lado perdiendo el gas. Una mujer más, una camarera más, una conversación privada compartida más, una excusa manida más, una ruptura más. Tan absurdo, tan previsible.

El amigo le dice lo que ella necesita oír, creo que él sí te quiere de verdad, pero tiene pinta de estar hecho un lío, ella se pregunta si ella podrá ser su amiga, él le dice yo en tu lugar le diría esto (alguna cosa manida que ya no recuerdo, seguro que se te ocurren unas cuantas), ella se pone a escribir. Él mientras se va al estanco. Vuelve del estanco indignado porque no tienen Chester, ni Lucky, ni Marlboro, así que se lo comprará en su barrio.

Y de pronto llegó otro tipo. El tipo indignado se despide y el tipo nuevo ocupa su lugar en el banco. Ya sabe lo que ha ocurrido; a este no le enseñó la conversación del móvil. Este le dice que él no va a opinar, que los conoce a los dos, que es una putada, pero que son cosas de ellos. Ella insiste. Tú me conoces, sabes cómo soy, ¿cómo crees que me afectaría mantener una amistad? El contesta que le parece la opción más madura, pero que es ella la que tiene que ver sobre la marcha cómo le afecta, si le sienta bien o mal. ¿Pero tú cómo crees que me va afectar? ¿Me va a hacer daño? En un momento dado te juro que pensé que iba a estallar con tanto cliché. Él no tiene respuestas. Nadie tiene respuestas.

El segundo amigo se despide. No hagas tonterías, le dice. No te preocupes, pensé, ahora es más vulgar, pero está más segura.

Ella no miró a su amigo alejarse. Apuró la última calada del cuarto cigarro que se había fumado, se dirigió con paso rápido a la cafetería y desapareció por la puerta negra. Yo solo tuve que esperar unos pocos minutos más. Los camareros continuaron sirviendo cervezas y cafés. Y en los bancos continuarían sentándose y levantándose personas a esperar, a descansar, a mirar el móvil, a mirar alrededor, a ahorrarse los tres euros de un café, a hacer un dibujo, a banalizar, a sacralizar. Eso ya no lo vi, y no te lo puedo contar. Pero lo intuyo con certeza.