El agujero de gusano y la tilde en las esdrújulas

Voy en el metro y leo Lena y Karl. No miro si hay una persona que pueda necesitar sentarse. Casi siempre hay sitios libres en esta línea a esta hora, y no, que se jodan. No lo pienso así de manera explícita, pero el mero hecho de que me parezca mucho más relevante continuar con la lectura que mi civismo dice algo de mi pensamiento implícito.

Me gusta Lena y Karl de la misma manera que me gustó Deseo de ser punk. Al menos es mi percepción ahora. Creo que también fue esa la manera en que me atrajo cuando leí su argumento y lo elegí. No se trata de maneras literarias. Se trata de otras.

Hace mucho que no subrayo ninguna línea en ningún libro. El otro día pensé en ello y me entristeció. Estos días me han sorprendido las ganas de volver a hacerlo. He buscado en el estuche de profesora dentro de la bolsa de cartera de correos. He abierto el estuche, y había varios bolis azules, una pluma, un boli rojo, un pilot negro, una regla verde, un portaminas sin minas y ni un solo lápiz. Me pregunto si debería volver a leer desde el principio una vez que consiga un lápiz. O si da igual, porque lo que no se subrayó en el momento de subrayar, en la primera lectura, en el momento de la sorpresa inicial, incluso corriendo el riesgo del arrepentimiento del subrayado, ya se pierde en el limbo de las palabras que quisieron ser subrayadas pero quedaron desnudas. Sí, da igual.

Me pregunto si pudiera viajar en el tiempo y elegir un concierto, ¿cuál querría ver? No lo sé. Y además ese tipo de preguntas me atoran. Como cuando me preguntan por mis películas preferidas o por la música que me gusta, o por mis libros. Y me atoran también porque en realidad tendría que estudiarlo. No podría jamás hacer una elección así tan a la ligera, siendo tan consciente de cuántos conciertos de música míticos existen y de los que no soy consciente, o ni siquiera conozco, y si los desconozco no podría contemplarlos como posibilidad, y me los perdería. No sé, una decisión así probablemente me supondría muchas horas de estudio y muchos dolores de cabeza hasta tomar la decisión. Así que dejo de preguntármelo y continúo leyendo.

Leo tan concentrada que no pienso en cerrar las piernas a pesar de llevar falda y medias y zapatitos de señorita. Habitualmente llevo pantalones vaqueros y me siento como un tío, con las piernas abiertas. Quizás no tanto, además soy pequeña y estoy delgada, de modo que, aunque abra las piernas creo que la gente que se sienta a mi izquierda y a mi derecha no se sienten invadidos. Y si lo hacen, que se jodan. Y hoy voy igual, solo que con falda. Y me da igual también lo que pueda o no ver quien esté enfrente.

Hoy he explicado la acentuación de las palabras llanas y esdrújulas. Son chicos mayorcitos, deberían saberlo, pero a juzgar por cómo escriben no conocen la norma general. Creo que ni siquiera entienden el concepto de sílaba tónica. De modo que el otro día volví al origen. Les expliqué lo que significa que una sílaba esté acentuada, di golpecitos en la mesa, hice percusión, silabeé como si fuera retrasada, se ríeron mucho y les animé a que silabearan conmigo, como si fueran retrasados, todos juntos. Y empezamos con las agudas. Hoy tocaban las llanas y las esdrújulas. Y les he dicho que mis preferidas -sin necesidad de quebraderos de cabeza- eran las esdrújulas. Y es que las esdrújulas llevan tilde siempre. Y que cuando digo siempre quiero decir siempre. Y les he dicho que existen muy pocos siempres ahí fuera en la vida. Y que por eso, les aconsejaba fuertemente que cuando se encontraran por ahí un siempre, que lo cogieran y lo abrazaran, y se aferraran a él. Como al de la tilde de las esdrújulas. Pánico, música, gótico, siempre. Siempre. Y les he dicho que les dedicaran tildes grandes, llamativas y poderosas. Y que no las olvidaran.

En el metro he vuelto con mi libro. No he mirado si había alguien que necesitara asiento, ni he cerrado las piernas, ni nadie me ha visto el color de las bragas porque llevo vaqueros. Solo he levantado los ojos del papel cuando alguien ha tropezado con mis pies atravesando el vagón. Me pasa algunas veces. Me he preguntado durante unos segundos cómo es posible que la longitud de mis piernas, midiendo un metro y medio, pueda hacer tropezar a nadie. Pero he vuelto a la lectura rápidamente. Sobresdrújula. Y a perder todo el alrededor que no fuera Lena y Karl.

El porte de cada individuo, y su modo de habitar la calle.

La primera parte de la exposición de Eamonn Doyle se llama i. Me pregunto si Eamann se pronunciará Éiman o Íman. Me pregunto por qué el nombre i. El comisario dice sobre ella “Las figuras solitarias y silenciosas de i realizan tareas cotidianas desconocidas a lo largo de O’Connell street de Dublín. Aisladas casi por completo en medio del paisaje geométrico de las calles, parecen ajenas al mundo que las rodea.” El comisario no menciona que son fotografías de ancianos, de viejos, de personas mayores. Tampoco habla sobre los planos picados, muchas veces diagonales, tan abrumadoramente cerca de las solitarias figuras: los viejos. Son solitarias porque son viejos, son silenciosas porque son viejos. No solo están solos y silenciosos los viejos. Pero especialmente.

Ayer en la tele, en ese programa, hablaban de un nuevo grupo social pujante, los viejennials. Se referían a los septuagenarios que no son mayores y tienen una gran calidad de vida, y viajan, y realizan actividades intelectualmente estimulantes, y tienen una vitalidad desbordante. Pero solo hablaron de los viejennials después de hablar del éxito que habían tenido unas focas en residencias de ancianos para enfermos de alzheimer en los primeros estadios de la enfermedad. Las focas eran unos robots, de peluche por fuera y con “tamagochi” por dentro. Es decir, los viejos que empezaban a perder la cabeza se tenían que hacer responsables de su foca, y tenían que acordarse de alimentarla, acariciarla, arroparla por las noches… y tener una foca robot de la que ocuparse les hacía ralentizar su deterioro. Y en el programa aparecían dos viejecillas acariciando y besando a su foca, con esos besos sonoros, lentos y técnicos que dan los abuelos, y diciéndoles qué bonita es mi niña, y los gerontólogos aparecían muy orgullosos de los progresos y de la calidad de vida que las focas estaban procurando a las abuelas. Creo que en ese momento dije que si en algún momento llego a esa situación y queda aún alguien que me quiera, ojalá tenga la bondad de echarme veneno en la sopa. Creo que en ese momento dijiste ya sabía yo que ibas a llevarte la conversación a ese lugar. A ti no te gusta pensar en la muerte. A mí no me gusta aceptar que tendré que resignarme a cualquier forma de vida. Y sin ir más lejos, esta mañana, nada más despertarme, mientras preparabas el desayuno pensando que yo apuraba los últimos minutos de sueño, me he dedicado a hacer búsquedas de venenos en google.

De i el comisario también dice “Las fotografías se fijan en detalles de la tela y la textura, en el porte de cada individuo y en su modo de habitar la calle.” Los “detalles de la tela” desvelan pobreza, desamparo y fragilidad en esos “individuos”. Y su “modo de habitar la calle” habla de lo mismo. Las chepas, la espera en un banco, las manos con artrosis que sujetan una bolsa, el bastón, la chaqueta rota, el mirar al suelo. El comisario es aséptico y eufemístico y sus palabras se estrellan contra las fotografías de formato inmenso. Esas fotografías me hacen pensar que quizás no sea fácil que cuando yo sea vieja quede alguien que me quiera. No siempre pasa. O al menos no alguien que, aun queriéndote, pertenezca a tu día a día. O a un día a día lo bastante frecuente. La vida puede ser maravillosa, pero también muy cabrona. Lo bastante frecuente como para poder decir, en susurros, estoy bien jodida, y que te abracen y te dejen decirlo. A nadie le gusta escuchar penas. Normalmente la réplica es la negación. No, en realidad no estás mal. Tú no lo sabes pero estás bien. Solo le puedes contar penas a gente que te quiere, pero no a toda. A poca. Como a ti, que ayer te dije que querré veneno en la sopa en el momento en que el sentido de la vida sea acariciar un peluche.

El mismo pánico que le tengo yo a la longevidad se lo tienes tú a la muerte prematura. Entre los dos supongo que formaríamos un tandem equilibrado de miedos mortales. Y también tiene sentido, porque la muerte prematura es devastadora para quien no muere. En el momento de llegar a k solo me doy cuenta de que la historia que tiene detrás es poderosa pero no del cierre del círculo. k llega para Eamonn al morir su madre. El hermano de Eamonn había muerto con treinta y tres años de forma repentina y su madre nunca se había repuesto. Los hijos no deben morir antes que los padres. Ese es un miedo que yo no tengo porque no tengo recursos para poder afrontarlo. El recurso de la madre de Eamonn fue escribirle cartas a su hijo muerto. Al morir la madre, Eamann crea k, una serie de fotografías en las que una figura espectral cubierta por un manto es azotada por el viento, la luz, el agua. Dice el comisario “Entretejidos en esta meditación sobre el dolor y las fuerzas que nos atan están los fantasmas de los irlandeses atlantes”. Hoy es el cumpleaños de mi abuela. Se lo digo a mi madre que sé que lo sabe y sé que se acuerda, pero más como una forma de decirle que yo también me acuerdo. Habría cumplido 93 años, me contesta. Eso sin embargo no lo sé. Ni siquiera sé si murió hace tres años, cuatro o cuántos. Entre mis miedos también está el que mi madre se haga mayor. Mi padre también, pero si pienso en ello aparece primero mi madre, me debe preocupar más. Y tampoco debo tener demasiados recursos para lidiar con esa pena, porque me siento más cómoda afrontando mi propia degradación, hasta divertida en cuanto llega el pensamiento del veneno en la sopa.

Salimos de la exposición. Sigue haciendo un día espléndido. En la calle una señora está sentada en un poyete y le cuelgan las piernas. Habla por teléfono. Parece una niña. Me dan ganas de darle un abrazo. Brilla el sol. Hoy puedo brincar y brinco. Puedo bailar y bailo. Puedo reír y río. Todo está en pie. Y tú. Soy feliz.

Por fin los ciervos

Un día, cerca de un fin del mundo, mantuvimos una conversación absurda. Pregunté en voz alta, y desde luego sin pensar, desde cuándo Europa se nombraba Europa. No se trata de una pregunta que formulara desde la nada. Mientras tomábamos café, en un rato de aparente silencio, me había detenido a pensar en otro nombre que había leído varias veces esos días. Los picos de Europa. Y entonces me había dado por pensar por qué los habían llamado así. Llamar Los picos de Europa a Los picos de Europa, cuando en el continente hay cordilleras mucho más elevadas e imponentes, como los Alpes, Pirineos, Urales o la cordillera del Cáucaso… me había parecido tan pretencioso que ese nombre, Los Picos de Europa, solo podía provenir o bien de la ignorancia, o bien del chovinismo. Salvo, claro, que Europa, cuando fuera nombrada Europa, no comprendiera la misma extensión que es ahora. Unos Picos de Europa -en cualquier caso- habría resultado más acertado. O salvo claro, también, que no se estuvieran refiriendo a Europa continente sino a Europa diosa, y se tratara de algún tipo de ofrenda o tributo. Hacía mucho tiempo que no manteníamos conversaciones inútiles. Y solo después de mantenerla me di cuenta de que las echaba de menos.

Por la mañana habíamos estado postergando una conversación útil acerca de adónde ir. Las conversaciones útiles me asfixiaban. Creo que sencillamente se trataba de una falta de aire. Así que con el objeto de no vararme en una de ellas, tomé la decisión de que por la mañana seguiríamos el plan previsto inicialmente. Y después de comer jugamos a un juego. Yo señalaba un punto en el navegador, sin que tú supieras cuál es. Y tú conducías sin saber hacia dónde siguiendo las indicaciones. Habría carreteras secundarias, habría bosques, habría luces y sombras, habría montañas y precipicios, habría tanta belleza en el camino que daría igual dónde estuviéramos cuando el navegador pronunciara su “ha llegado a su destino”. Y nada más.

Cuando llegamos al destino supimos que sí había un propósito en él. Un acantilado quedaba a nuestra izquierda, y, según avanzábamos, la certeza de que no habría un lugar para dejar el coche iba siendo mayor. Además, cada vez eran más los coches que veíamos aparcados en el arcén. Te obligué a dejarlo allí, en un lugar no establecido, no señalizado con líneas blancas pintadas en el suelo, y poco convencido accediste, y continuamos a pie. No había mucha gente y la que había estaba tomando el camino de vuelta. El camino a pie continuaba bordeando el acantilado. Se veía una playa allá abajo, en vertical, abierta entre dos grandes peñones. Yo sabía cuál era su nombre puesto que había pulsado ese punto en el mapa. La playa del silencio, y, al margen de su nombre, al verlo supe que se trataba del fin del mundo. Pero, para no pecar de ignorancia ni de presunción, lo dejaría en un fin del mundo. Allí se terminaba todo, y ante ese espectáculo lo menos que podía uno hacer era callarse, y admirar.

Llegar hasta allí abajo era sencillo: había que tomar un camino empinado rodeado de vegetación y flores, y después unas escaleras. Subir sería otra cosa. Ya he contado que las gentes ya volvían cuando nosotros llegamos. Y al cruzarnos con unos iban diciendo joder, con esta subidita tengo el chorizo y los garbanzos de la comida…. mientras, otro preguntaba y cuándo cenamos. Me di cuenta de lo acertado del nombre. Las palabras pueden hacer mucho daño. Las palabras son capaces de banalizar un fin del mundo imponente y sagrado. Y no hay castigo para eso. O quizás sí. Me habría gustado que fuera tan sencillo cerrar los oídos como cerrar los ojos, para mantenerme a salvo, para mantener a un fin del mundo a salvo de la degradación. Hasta qué punto todo es frágil. Ni siquiera un fin del mundo, que ha tenido a bien terminarse con bosques, y flores y acantilados, y una playa, y un sendero, y una luz que colorea de plata el mar que concluye lo demás hasta el horizonte, ni siquiera él está a salvo de la degradación, de convertirse -palabras mediante- en un vulgar destino turístico donde hacer tiempo y fotografías entre comida y comida.

El suelo de la playa no era de arena sino de piedras de cantos rodados. Allí solo hay dos niños pequeños. Juegan con las piedras. Una playa así les ofrece diversión durante horas. Nos sentamos algo alejados, y solo escuchábamos el ruido de las piedras al chocar contra el mar, y al propio mar. Nos tumbamos en unas rocas suaves, con formas anatómicas que nos acogían. Fumamos. Contemplamos un fin del mundo que desde entonces y en adelante ya sería nuestro. Me besaste. Y por supuesto no mantuvimos ninguna conversación acerca de la cena, ni pensamos dónde iríamos después, al salir de allí, ni ninguna otra conversación útil con la que romper ese lugar sagrado. Que lo era por su propia belleza, pero también y sobre todo, porque, conscientes, le estábamos otorgando ese valor.

Al salir de allí continuamos con el juego. Pulsé un lugar en el mapa. Resultó ser un pueblo de pescadores. Las casas eran de colores y en muchas había un cartel de Se vende. La entrada al pueblo era la única zona en llano, el resto del pueblo se iba alzando en vertical. Tomamos café, caminamos un poco, vimos un ciervo. Quizás en esta ocasión sí podría decir que no era un ciervo, sino el ciervo, nuestro ciervo. Ese que está representado en nuestras espaldas, y tuvo a bien hacerse símbolo de carne y hueso aquella tarde. Para nosotros. Y según iban pasando las horas me daba la sensación de que yo era cada vez más yo y que tú eras cada vez más tú. Y que por eso podíamos volver a vernos otra vez, del todo.

Me pregunto si siempre hace falta alejarse para encontrarse, para estar cerca. A diario hay mucho ruido. Hay ruido por todas partes. Todo el tiempo. Me pregunto cómo hace el resto del mundo para sobrevivir al diario. Incluso a un diario que ama. A un diario que amo, y al que estoy deseando volver después de un par de días alejada de él tanto como antes de irme necesitaba dejar lejos. Leo en un artículo que contiene una entrevista a Rafael Argullol, y que se llama “La memoria es nuestro mito” -el título ya por sí mismo justifica la lectura- que “el hecho de viajar supone para la persona que realiza tal acción el despojarse de cualquier rol de su vida diaria; digamos que viajar nos ayuda a ser más nosotros mismos, libres de cualquier atadura. Argullol se mostró totalmente de acuerdo con esta afirmación, y añadió que esto es así «porque desplaza al hombre de sí mismo y le hace mirar desde otro lado, otro territorio».

Quizás el problema sea identitario. Yo soy tan yo libre y desplazada desde ese otro territorio, como yo llena de las obligaciones que yo misma he elegido, y de las inercias y el ruido que me imponen. Y no existe la una sin la otra, y si una de las dos se diluye la otra sufre, y aquí estamos siempre tratando de conservar un equilibrio inestable, imposible, el propio, el nuestro. Olvidando y recordando de nuevo cómo se juega.

El pensar desordenado.

Podría decir que escribo por torpeza. Durante mucho tiempo pensé que se trataba de torpeza en mi expresión oral. En realidad, durante mucho tiempo no necesité la expresión oral más que para mantener conversaciones o debates informales, para comunicarme con las personas que me rodeaban. Y, normalmente, después de una conversación, me quedaba con la impresión de no haber capaz de expresar aquello que realmente pensaba. Sin embargo, cuando me detenía en escribir y ordenar ideas y razones, con tiempo para pensar, rectificar, investigar y ordenar, sí me he sentido muchas veces conforme, y releyendo me he dicho a mí misma, sí, esto era.

De hecho, muchas veces he necesitado acudir a la escritura no solo para comunicarme con los demás, sino para comprenderme a mí misma. Especialmente ante el desconcierto que me provocan el enfado, la rabia o la tristeza. Porque, especialmente en esos casos, las voces de mi pensamiento se multiplican, hablan todas a la vez, sincronizan argumentaciones, me sitúan simultáneamente en diferentes recuerdos, y no se callan, no se callan en ningún momento, y soy incapaz de relacionar sus voces, de encontrar la conexión entre los recuerdos, de alejarme de mí misma y entenderme.

Pero al escribir me pasa lo mismo que al hablar. Y tras la lectura de un primer borrador pienso qué desordenado escribo. Pero no. El problema no es que hable desordenado, ni que escriba desordenado. El problema, mi torpeza, es que pienso desordenado.

Por eso, las ventajas de escribir frente al hablar, en mi caso, son evidentes. Tengo más tiempo para ir desentrañando mis voces, para encontrar la relación que existe entre ellas, y, además, la posibilidad de rectificar su orden y estructura. La escritura es una aliada para combatir mi torpeza.

Equilibrio inestable

Parece que he llegado a un equilibrio con mis alumnos de primero. Soy consciente de que es un equilibrio inestable. No gano guerras, solo batallas. Que un día una clase funcione, o que durante unos días la clase funcione, es una situación efímera. Se aburrirán, se desbaratarán y tendré que inventarme algo nuevo. Sé que son más eficaces los premios que los castigos.

Cronológicamente, los premios por trabajar han sido ver un corto al final de la clase, los concursos y el juego del ahorcado. Ahora estamos con las canciones. Los últimos cinco minutos, si nos ha dado tiempo a hacer todo lo que teníamos previsto, les dejo pinchar música. Este último premio no está exento de desbarajuste. Genera conflictos. A quién le toca elegir canción, moderar los volúmenes, confiar en que no entre nadie en el aula justo en ese momento.

Es un grupo reducido. Cuando normalmente en un aula hay treinta alumnos y entras en un grupo de trece enciende las alarmas. La terapia ocupacional adquiere su máxima expresión. En las horas bajas he llegado a pensar que si durante todas las horas en las que les he explicado lengua hubieran estado coloreando mandalas, el resultado habría sido el mismo.

Rafa sigue trayendo anillos. Rafa, cuidadito con ellos, le digo. Aún se acuerda de aquel día. Del dedo hinchado. De su miedo. Llamamos a su madre y nos dice que le han retirado la custodia, que vive con un familiar. Llamamos al familiar y nos dice que está trabajando y que no va a salir del trabajo para eso. Cogemos un taxi con él una compañera y yo y lo llevamos al centro de salud y después al hospital. Hay que sacar el anillo urgentemente.

Rafa habla todo el tiempo, rara vez participa en las actividades de clase, se niega a sentarse en su sitio, y aunque sea la décima vez que le pides que se calle un poco hay que hacerlo con un tono de voz suave y utilizando las palabras mágicas. Por favor. Las amenazas de castigo y el tono de voz agrio le vuelven insolente. Los castigos también. Se los toma como algo personal. Creo que ahora vuelve a vivir con su madre.

He aprendido a tener paciencia. La mayor parte de ellos no conseguirá el graduado escolar. La mayor parte de ellos se marchará del instituto antes de terminar segundo. Y yo tengo que intentar que distingan entre un morfema flexivo y otro derivativo, o entre un complemento directo e indirecto. Pintar mandalas tiene muchas ventajas. Al menos creo que acabarán el curso sabiendo qué es estar desconcertado, ser astuto, reprochar o un galimatías, y, con un poco de suerte, distinguir entre objetividad y subjetividad.

Leímos Abdel en clase. Les gustó. Narra en primera persona, desde un centro tutelado de menores, las dificultades que sufrió un chico marroquí al emigrar a España en patera con su padre. Sofía lleva unos días también en un centro tutelado. Aún no sé si va a volver a clase o si la van a trasladar de forma definitiva y cambiará de instituto. Por lo visto tuvo un problema este fin de semana. Un problema. Los problemas no son los mismos en todas partes.

El primer libro que leímos en clase fue un fracaso. Los días en que llegaba cargada con ellos protestaban. De entrada siempre protestan. Manolo se dormía y roncaba como un oso. A mí esos ronquidos me quitaban el mal humor. Interrumpía la lectura y les decía: escuchad. Y se quedaban en silencio absoluto. Y retumbaban los ronquidos. (Aquí los ronquidos). Y estallaba la risa. Después de dejar que la risa estalle es difícil reconducir la clase, que se vuelvan a tranquilizar y continuar leyendo. Debería saberlo. Pero también sé que si no nos riéramos, a pesar de los riesgos que conlleva, no podríamos soportarlo.

Con Abdel sin embargo me pedían seguir. Es corto y es sentimental. Les gustan las historias sentimentales de personas con problemas. En la época de los cortos me pedían cortos tristes de maltrato y acoso y racismo y cosas así. Ahora me pedían continuar la lectura. Mañana también leemos, vale?, decían.

Manolo me pidió que leyera yo los dos últimos capítulos: es que tú lees bien. No hubo ronquidos. Cuando terminó les pregunté qué les había parecido a pesar de que lo supiera. Nos ha encantado.

Ese día salí contenta. Al cruzar paso junto a un corrillo con algunos de mis alumnos. Rafa me grita, adiós, profe! Se separa de sus amigos y me abraza. Después continúo caminando hasta el autobús que me lleva de vuelta al otro mundo. Feliz.

Seis personajes en busca de

Al final terminamos en una mesa en la calle. Habíamos estado discutiendo si dentro o fuera, pero su amiga dijo que fuera, aunque estuviera enferma e hiciera frío, porque no estaba acostumbrada a soportar el ruido. Por lo visto llevaba muchos años viviendo en Hamburgo. Yo no he vivido nunca en Hamburgo, creo que ni sabría situar Hamburgo con exactitud en un mapa, pero recordé que hacía tan solo dos noches me había tomado una copa en unos quince minutos que se me hicieron largos, incomodada hasta la náusea por el ruido de un grupo enorme con el que compartía bar. Y por el silencio. Era uno de esos grupos de personas expansivas, exitosas, felices, que gritan al verse, que gritan al abrazarse, que gritan al hablar, que gritan al reírse, que presumen de dientes y voz a partes iguales, y que hacen imposible que nadie que no sea como ellos, pero con un tono algo más elevado, pueda decirse nada. Algo impensable en nosotros. Lo recordé y, a pesar del frío, no me pareció del todo mal la idea de permanecer a la intemperie.

Javier al principio no paraba de ir y venir. Nos quedamos solos por un momento con la amiga que vivía en Hamburgo y llevaba orejeras. Este puede parecer un dato banal, pero no lo era. Le pregunté qué hacía allí y no me contestó. Entiendo que fue porque las orejeras le restaban audición y no por descortesía. Yo me puse a hablar de mis clases, que es un tema al que recurro cuando no hay mucho que decir. Entre tanto, y con Javier yendo y viniendo, llegaron otros amigos, actores. Javier volvió a contar una vez más que me conoce desde que íbamos al colegio, y que su primer grupo de música lo formó conmigo, y saca a relucir muy orgulloso que teníamos unos grandes hits en los recreos. A mí ese momento siempre me produce bastante vergüenza, y agacho la cabeza. Los actores estuvieron hablando de sus perspectivas de futuro, y alabando el trabajo de Javier.

En el colegio él ya sabía que quería ser actor. Creo que todos lo escuchábamos como quien escucha al niño que dice que quiere ser futbolista. Con ternura y escepticismo. Desde que terminamos el colegio dejamos de tener contacto, pero cuando me entero de que ha estrenado alguna obra, o que aparece en alguna película me gusta ir a verlo. Y cada vez que ocurre me asombra. Su amiga actriz le decía que su trabajo había sido impecable. Javier contestaba que no había sido su mejor noche. Deja el látigo, decía ella, yo no te he visto actuando en ningún momento, desde el principio he visto al personaje.

Eso es algo que yo no le he podido decir nunca. Cuando digo que me asombra no quiero decir que al verlo actuar me asombre con la transformación. Me asombra porque lo veo una y otra vez como lo he visto siempre, como un chaval de dieciséis años ingenuo, optimista y entusiasta diciendo que de mayor va a ser actor. Es imposible que me crea que es un inspector de policía, un yonki, un asesino en serie, o un secretario. Yo veo a Javier. Siempre. Y me gusta ver a Javier, y asombrarme.

En los últimos veinte años no nos hemos visto mucho. En alguna actuación, alguna vez que nos hemos encontrado casualmente. Un día incluso quedamos. La última vez hace no tanto tiempo. Creo que somos un poco extraños ya. Cuando murió Dolores me envió un audio por teléfono cantando su canción y me puse a llorar.

La conversación es torpe y poco fluida. Yo nunca sé cómo comportarme en esas ocasiones y eso que mi hermana me dio hace poco la receta mágica: lo que tienes que hacer es no parar de preguntar. Siempre se me olvida ponerla en práctica. Pero no pasa nada porque Javier, que al fin y al cabo es el nexo común, se sabe esa receta y va haciendo ronda de preguntas. El actor habla de su videobook y de que tiene hambre, Javier habla de sus próximas películas, la hamburguesa de orejeras no habla de nada porque probablemente no oye nada, yo hablo de las clases. Creo que en el fondo a nadie le interesa mucho lo que los demás vamos diciendo para rellenar vacíos. Aunque posiblemente en eso se basen las conversaciones sociales entre personas que no se conocen mucho, e incluso aquellas en las que sí se conocen mucho. A nadie le importa demasiado lo que se diga mientras se diga algo. Incluso haciendo frío. La hamburguesa rompe su mutismo para ponerse a hablar con el camarero en árabe, creo que acerca de los dialectos del Magreb. El árabe sí parece atravesar las orejeras. Probablemente esa conversación fuera más interesante y no lo estoy diciendo con ningún tipo de ironía ni reproche.

No tengo mucha paciencia, a los veinte minutos me disculpo y me voy. Los demás también se levantan para ir dentro huyendo del frío.

No sé cuándo volveré a ver a Javier. En realidad ni siquiera estoy segura de que tengamos mucho que decirnos. Conservamos el recuerdo de tres o cuatro años de amistad que compartimos hace más de veinte años.

Parece que basta.

Cómo acabar con la escritura de las mujeres

He empezado varios borradores desde la última vez que escribí. Desde entonces, de hecho, me han cambiado el procesador de wordpress y ahora no sé cómo justificar el texto. Y hoy, antes de ponerme a escribir he tenido que hacer varias cosas urgentes. Urgentes de una urgencia con un tremendo parecido a excusa. La última de ellas ha sido comprarme unos auriculares. La compra ha sido rápida, no creas, desde el mismo lugar desde donde estoy escribiendo ahora, sin mojarme ni ponerme el abrigo. Me he entretenido un poco más con el asunto de la elección. ¿De los pequeños, de los grandes, con cable, con bluetooth? He sopesado bastante las opciones, no se puede decidir algo así a la ligera. Finalmente he decidido los pequeños y con cable. Mis criterios han sido prácticos. Para algunas cosas soy práctica. Para otras no. Casi nunca sigo un patrón en todo. Será por lo de tender al caos. Pero con el asunto de los auriculares he sido práctica. Desde que voy en metro a trabajar he dejado de escuchar música a diario. Al principio no me daba cuenta. Pero después de tres meses empiezo a echarlo de menos. Creo que de la misma forma que alguien a quien le han amputado un brazo o una pierna, que en situación de reposo no sienten la pérdida, les parece que lo siguen teniendo. Pero no. Yo he estado como el recién amputado en esa situación de reposo. Sin embargo, poco a poco, comienzo a notar esa ausencia. Creo que en la sensibilidad. Y eso que cuando la escuchaba conduciendo la música solo hacía efecto a medias, con atención incompleta, escuchar música y conducir es multitarea. Por eso cuando vamos en el coche y conduces tú, y yo puedo dedicarme en exclusiva a escuchar, como si me hubiera metido en una bañera de música, pero con ventanas y paisaje en movimiento, me abandono al trance. 

Es bonito abandonarse al trance. Y recuperar la sensibilidad perdida. Como volver a dar instrucciones por inercia a una mano que creías perdida, y darte cuenta con asombro de que esa mano existe, y que responde. Por eso he decidido comprarme unos auriculares para poder escuchar música en el metro, o cuando voy andando por la calle.

Es cierto que ahora en el metro leo. Cuando conducía no podía leer por motivos evidentes, y ahora sí. Y que no puedo escuchar música y leer al mismo tiempo. Para mí son dos actividades incompatibles. Tampoco puedo escuchar música y estudiar. O escuchar música y trabajar, o escuchar música y realizar cualquier tarea que exija una mínima concentración. La música lo acapara todo. Ahora estoy leyendo “Cómo acabar con la escritura de las mujeres”, de Joana Russ. Es pedagógico. Quizás demasiado. Quiero decir, que pone nombre a todos esos factores que hacen que la literatura femenina haya sido y siga siendo silenciada. (Negación de la autoría, contaminación de la autoría, doble rasero del contenido, falsa categorización, exclusión, el mito del logro aislado… ahora mismo estoy en la falta de modelos a seguir). Y está bien transformar la intuición en una serie de causas con un  nombre y una explicación concretas, y que vengan sustentadas con ejemplos. Pero me pasa que tengo poca paciencia. Y cuando entiendo lo que me han querido explicar no necesito un segundo ejemplo, ni un tercero, ni un cuarto. Que quizás sean expuestos para fundamentar las tesis de la autora, para que resulten más rigurosas, para evitar la tentación de pensar que aquello que expone es anecdótico. Pero yo no tengo paciencia. Y me desespero y voy pensando, venga, ya, esto me quedó claro hace veinte páginas, sigue contándome algo que no sepa, dame una revelación. Me encanta esa sensación de haber descubierto algo realmente importante, algo que de pronto va a hacer que tu vida cambie. No ocurre tanto. Ocurre con más frecuencia esa sensación de que ya no hay nada que pueda sacudirme con esa fuerza, que me vaya a dejar agotada del descubrimiento, de la emoción, de la sorpresa. Por suerte es solo una sensación. La vida se las arregla para demostrarme lo falso de la misma. Para mantenerme atenta. 

Con la música a veces me pasa también, me refiero a esa terrible sensación de que ya he escuchado todas las canciones que me iban a sacudir. Pero no. Sigo descubriendo música emocionante. La emoción es una droga. La ausencia de emoción me desespera, me cansa, me aburre, me desespera, me languidece. Prefiero estar triste que no estar nada. Estar nada es como no estar. Mientras escribo esto me doy cuenta de que el ensayo me interesa pero no me emociona. Y que el interés es moderado. El interés moderado es insuficiente. Mientras escribo esto también me acuerdo de la recomendación de Paloma y con el teclado me compro Apegos feroces de Vivian Gornick. Mientras escribo esto me pregunto si cuando tenga en mi mano auriculares y libro elegiré lo primero o lo segundo. O si quizás opte por no renunciar, que ya sabes que nunca me ha gustado, y a ratos lea y a ratos escuche. 

Y por ese motivo, porque quiero tenerlos siempre a mano, junto a mi libro, mis carpetas, mi bolso, sin añadir más peso ni bulto, y que en cualquier momento pueda usarlos sin tener que estar pendiente de cargar una batería, por todo esto, y por todo lo que he escrito antes, he decidido ser práctica y comprar unos auriculares pequeños de cable. 

Una vez resuelto este punto, puedo empezar a escribir.