Lo que sé de los hombrecillos

He perdido un pendiente. El pendiente que he perdido tiene forma de flecha. Es largo y delgado, y lo llevo en vertical, la flecha apunta al cielo (nadie querría dispararse a un pie, aunque lanzarla al cielo en vertical termine resultando en lo mismo). Las bufandas y poner y quitar jerseys causan estragos. Me he puesto otro que me regaló mi hermana, un círculo con una circonita en el centro. Es un poco gordo y casi me roza con el de al lado, que es un rayo. Creo que yo nunca lo habría elegido, pero le dije que me había gustado mucho. No estoy segura de mi cara.

Ha aparecido el pendiente de la flecha. Lo curioso es que ha aparecido con la tuerca puesta, en el suelo del dormitorio, junto a la caja que sostiene el tocadiscos que sostiene mi ropa a medio usar. ¿Cómo es posible que tenga la tuerca puesta? Pienso que alguien, posiblemente un ser minúsculo y sensible a objetos brillantes, encontró el pendiente y la tuerca en algún lugar (ni siquiera tenía por qué ser mi casa), los unió, y dejó el pequeño objeto en un lugar donde yo pudiera encontrarlo, pero que a su vez fuera discreto y no lo delatara. El día que lo encontré pensé eso porque es la única explicación que me resultaba plausible. Sin embargo, cuando te lo cuento y pregunto en voz alta “lo encontré con tuerca, y esto cómo puede ser?”, deseosa de ofrecerte mi ocurrencia y que me confesaras tu otra identidad, la de ser minúsculo y sensible al brillo, me dices sin vacilar “se te cayó traspasando el agujero”. Y entonces repito la pregunta, desconcertada, “¿y esto cómo puede ser?”. Porque tienes un agujero muy grande. Ese día estaba contenta, y pensé que mi versión de los hombrecillos, tan hija de Juanjo Millás, era mucho más bonita que la tuya.

El cumpleaños de mi madre

Mañana es el cumpleaños de mi madre. Me he encargado de un regalo conjunto. Un móvil. A mi madre le gustan mucho los gadgets tecnológicos y el otro día la escuché quejarse de que el suyo se le había apagado de pronto y había estado un día entero cargándose. Después había resucitado. Estuve consultando con mi hermana que me dio vía libre. A mi padre le dije el que había comprado después de comprarlo. Me contestó “Qué barato, ¿es bueno?”. Es como los que usamos nosotros, papá, pero si te parece mejor otro lo devuelvo y miro otro. “No, no, si a ti te parece bien, perfecto”.

Desde entonces tengo pesadillas. En mi sueño, mi madre me llama y me dice que le ha llegado la versión china, que no se apaña para configurarlo y que no lo quiere, que prefiere devolverlo. Como particularidad del sueño, aunque no debería poder verle la cara porque me lo dice por teléfono, sí se la veo, como si yo fuera una especie de dios de mi sueño que ve a sus personajes desde arriba. Está más rubia y más delgada, tiene el pelo más corto y cara de decepción. Mi madre no ha devuelto nunca un regalo. Y estoy segura de que a lo largo de su vida los ha recibido muy horribles -cuando mi hermana y yo fuimos a nuestro primer campamento nos gastamos todo el dinero que nos habían dado mis padres en comprarle a mi madre en la tienda de souvenirs del pueblo un jarrón chino, y este es solo el primer ejemplo de una larga lista, sé muy bien de lo que hablo-. Pero nunca nada le había horrorizado tanto como para que le compensara el mal rato de disgustar a quien le hubiera hecho el regalo. Ni siquiera el jarrón chino.

Tengo la sensación de que no solíamos acertar nunca con los regalos, pero mi madre tomaba la intención, se han acordado de mí, lo han elegido con cariño. Después lidiaría con su desencanto, terminaría aprendiendo a querer eso que ella nunca habría elegido. Supongo que por eso, con el tiempo, terminaría comprándose los regalos ella. Mamá, te apetece algo por tu cumpleaños? “No os preocupéis, que ya me he encargado yo misma”. Eso es lo que había hecho hasta ahora.

Esta noche en mi sueño ya no me decía que quería devolverlo. Con los días, a fuerza de repetir, creo que me he ido volviendo indulgente y me he ido perdonando. Esta noche, al abrirlo, decía sin mucho entusiasmo “ah, un móvil. Pues gracias”. Y se le volvía a marcar en la cara la decepción. Las caras no son tan sencillas de elegir como las palabras. Me despierto con su cara atravesada de fracaso, pero el sueño no ha terminado y amplío el campo de visión. Sigo mirando desde arriba. Me alejo un poco y veo un poco menos su cara, y entonces me fijo en que detrás, a su derecha, sobre la mesa del salón, hay unas flores. Las flores reposan en el jarrón chino.

La línea de fuego y su fanzine

Yo soy un poco lerda con esto del fanzine. Nunca he sabido muy bien qué es un fanzine. Es una revista pequeña, ¿no? Es que tiene ese nombre y esa envoltura tan chic, tan de colección, tan de objeto de culto… Quizá sea eso. Que la revista tiene una vocación más efímera y el fanzine está hecho para ser amado.

La primera vez que oí hablar de La línea de fuego fue gracias a Carmen Berasategui. Habíamos publicado su poemario hacía relativamente poco. Carmen es una fuerza de la naturaleza, le mueve la pasión en todo lo que hace. Me la imagino huracanada hasta poniendo una lavadora, entre risas, movimiento, y mechones de su melena moviéndose. Cómo no iba a ser apasionada con sus versos, su criatura, su primogénito. Como es editora también, y como tiene ese carácter tan expansivo que ya quisiera yo para mí, contemplaba desesperada mi falta de destreza con las labores de promoción. Se arremangó y se puso ella a echarme un cable con ello. Me escribió un día para pedirme que enviara un ejemplar a La línea del fuego. Poco después, una tal Carmen Sánchez publicaría una entrevista, un mano a mano de Cármenes.

Estuve hurgando en el sitio. Me encontré con una revista digital limpia y sin publicidad. La alimentan un grupo de periodistas jóvenes, y escriben sobre cultura, feminismos, política, varios, pero se ha convertido para mí en un referente, en una guía. Además, me ha terminado enganchando también el cariño. Mantengo una relación de amor-odio con las redes. Odio perder el tiempo con ellas, odio que me hagan sentir tan pequeña, odio la dependencia, odio que me lleven del exhibicionismo al pudor de una forma tan brusca. Lo odio casi todo. Pero sin embargo, a veces también tienen cosas buenas, como estrechar un poco algún contacto. Y con Carmen (Sánchez) me ha pasado un poco eso. Apenas nos conocemos, pero la sigo, la tengo cariño, leo los artículos que va publicando, nos escribimos alguna línea de vez en cuando.

Hace poco, las autoras de esta revista digital decidieron sacar un fanzine. Sí, esa cosa que no sé muy bien qué es pero envuelta en un halo de belleza. ¿Y por qué saltar de lo digital a lo físico? Cada uno tiene sus motivos. Los de ellas: celebrar su quinto aniversario y también conseguir financiación (tener ese espacio tan limpio, sin publi que ensucie ni te llene la página de pop ups, etc… cuesta dinero. Ellas escriben gratis, porque no pueden no hacerlo, pero claro, al menos que no les cueste dinero. Pues lo que me pasa a mí con Piezas Azules). Sí, claro, yo quiero un fanzine (sea lo que sea).

Ya lo tengo y lo he leído. Siete autoras, cinco ilustradores y siete artículos. En cuanto a la parte gráfica, me sorprende y encanta que, a pesar de que haya varias manos dibujando, y, por tanto, varios estilos, existe una coherencia en el color y la forma que provoca una sensación de unidad, un sentido de conjunto. Y en cuanto a los artículos, he descubierto quiénes eran y la historia de Sofía Behrs, Elsa Plötz, y las yanomamis, y he reflexionado sobre temas como el aborto, el odio en redes y su signo, el ecofeminismo y la gordofobia.

Está claro que este fanzine está hecho para ser amado. Me gusta especialmente cuando las autoras parten de lo personal. Comienzo a leer: Mi abuela se llama Leandra y tiene 88 años. Ha vivido una república, una guerra civil, una dictadura, una transición y una democracia y no conoce la palabra ecofeminismo, pero lleva 88 años detrás de ella., o bien: Ninguna gorda es feliz. Es una de las frases que se me ha quedado clavada a lo largo de mi vida. La decía mi madre cada vez que me ponía a dieta, y sé que ya no voy a poder detenerme. Pero lo que me ha conquistado ha sido que, tras la lectura de cada artículo, me ha sobrevenido el impulso de la reflexión, la réplica, las ganas de volver a escribir. Leer un artículo y que te entren ganas de escribir cuando llevas tanto tiempo sin hacerlo significa algo. Que una lectura impulse a la acción significa algo. Quizás una de las esencias del periodismo sea esa. Queridas autoras de La línea de fuego, gracias.

Las maldiciones contadas por quien no sabe hacer stories.

El último día del año me acercas tu teléfono y me dices que tengo que ver la story entera. Es del vecino, el guionista. Al vecino lo conocemos de cruzarnos con él en el portal y en conciertos. En realidad lo reconoces tú, que eres buen fisionomista. A mí las caras no me dicen nada hasta que las he hablado. Como mínimo dos veces. Sabes que es guionista porque lo sigues en Instagram. En la story cuenta su periplo por los chinos del barrio buscando unas gafas horteras con el número 2021. Por lo visto, existe una maldición que se cernirá sobre todos nosotros en el caso de que él no encuentre esas gafas, y que durará lo que dure el año. En ningún momento aclara en qué consiste la maldición, pero al final él encuentra esas gafas y salva al mundo. Y, de paso, muestra el modelo de los años anteriores. No recuerdo si había de 2020. Para contar todo eso emplea pantallas narrativas, memes, vídeos de archivo, vídeos grabados por él mismo, inserta bandas sonoras… Me pregunto cuánto tiempo le lleva al vecino hacer esta story tan elaborada. Debo preguntármelo en voz alta porque tú me contestas que es guionista, es su trabajo. Supongo que una cosa es escribir un guion para lo que quiera que te hayan contratado y otra hacerlo para tu Instagram. Pero imagino que la profesión le dará agilidad y soltura y ahorro de tiempo. A mí me llevaría tres días.

Otros años cenamos solos el día 24, pero este año nos ha tocado el 31. Por la falta de costumbre he estado a punto de olvidar comprar uvas. Cuando hablo con mi madre antes de cenar se lo cuento. Imagina, mamá, que no las compro, que nos olvidamos, que no encendemos la tele a las 23:55, que no vemos a Igartiburu, ni a Pedroche, ni a nadie, ni escuchamos las campanadas, ni pedimos un deseo, y nos quedamos tan tranquilos, bebiendo vino y cantando villancicos. Imagina. Eso podría haber dado lugar a un puente Einstein-Rosen; quizá, podríamos haber saltado en el tiempo y haber resuelto la aporía de los agujeros de gusano, o haber destruido el mundo arrugando la línea espacio-tiempo. Pero, por suerte, mamá, era casi imposible no ver la uvas en cualquier supermercado. Sin embargo, el turrón de chocolate se había acabado en todas partes. Mis padres también van a cenar solos. Tienen uvas y champan francés y van a pedir un deseo.

Desde que pasamos solos la noche del 24, tenemos la costumbre de cantar villancicos. Concretamente yo preparo alguna canción que te canto, y después seguimos cantando. Como no creemos en ningún dios, ni en ningún advenimiento, ni en vidas más allá de la muerte, ni en agujeros de gusano, ni en extraterrestres ni abducciones, nuestros villancicos no son villancicos, pero nos hace gracia llamarlos así. Este año, aunque vayamos a pasar solos el día 31 he preparado uno. Just breathe de Pearl Jam. Tenía otros candidatos: Lo último que se pierda de Viva Suecia y Colors de Black Pumas. Elegí el que elegí porque era el único que iba a ser capaz de preparar.

Las uvas fueron atropelladas. Nos grabamos un vídeo. Odiamos vernos pero nos vimos después al menos dos veces. Incluso sin el efecto del vino nos reímos. Lo vemos en el salón o en la cama. Y nos seguimos riendo. Nos besamos. Feliz año. Llamamos a nuestros hijos, llamamos a nuestros padres, te doy un regalo. Después cojo la guitarra. Tengo que empezar dos veces, porque de pronto se me ha olvidado cómo hacía el fraseo habiendo cambiado el ritmo de cuatro por cuatro a seis por ocho. Pero canto. Cuando termino te miro y veo que estás llorando y eso significa que lo he hecho bien. Después intentamos las versiones que se habían quedado solo como candidatas, y tocamos los dos, y después, de alguna manera, nos ponemos a hablar del britpop, y todo comienza con Blur, tampoco sé muy bien por qué, y entonces ya dejamos las guitarras y te pones a pinchar. Suenan los Smiths, y pones el tema que versionó Mikel Erentxun. ¿Fue el año pasado cuando estuvimos tocando y escuchando no sé cuánto tiempo Duncan Dhu? No, eso fue hace dos. ¿Qué villancico fue el del año pasado? El año pasado no hubo villancico. ¿No? ¿Qué pasó el año pasado? El año pasado no fue bien, me dijiste que habías preparado un tema de Ricardo Vicente pero no lo cantaste. Pasó algo. ¿Qué pasó? No lo sé, nos pusimos sombríos, no hubo villancico, no pusimos música, nos fuimos directamente a dormir. Vaya, no me acordaba de nada. Mejor.

Crónica del aislamiento. Día 15.

Dos semanas aislados y nadie ha presentado síntomas. Estamos a punto de creernos a salvo. Normalmente no tengo miedo. A veces sí, como cuando esta mañana he leído la noticia de una mujer en Francia a la que se le ha muerto una hija, Julie, de 16 años y sin patologías previas. He dejado de leerlo. Un rato después he escuchado toser a Pablo y he entrado corriendo a su cuarto, ¿estás bien? sí, me he atragantado bebiendo agua, tranquila. Creo que es mejor no leer. Es mejor no ver noticias. Veo las noticias y me parece que lo que muestran es otro mundo. Un mundo de encapuchados, enmascarillas, enguantados, de camillas, de ataúdes. Mi mundo ahora es muy pequeño. Es todo aquello que hay dentro de las paredes de mi casa. Ya casi ni miro por la ventana. Hoy me ha llamado la comercial de la imprenta para decirme que han saco un nuevo servicio de presentación on – line. Yo le dado las gracias, pero para dos o tres títulos que sacamos al año podemos esperar a que termine todo esto y hacer una presentación cara a cara. El caso es que la mujer, que es la mar de amable, me dice que cómo lo llevamos en Madrid, que es horrible lo que ve en las noticias. Yo le contesto que para mí es igual que para ella. Yo veo los pabellones de IFEMA y me parece algo tan lejano como cuando veía las imágenes de los hospitales de Wuhan.

Todos los días procuro llamar a alguien. Hago un esfuerzo por mantener un contacto que no sea de redes, escuchar una voz, entablar una conversación, aunque siempre verse sobre lo mismo. Mientras hablo camino por el pasillo, después entro al salón y después vuelvo a recorrer el pasillo. Un día, hablando con mi madre, me hice 3.000 pasos.

El miércoles tuve un día muy malo. Me irritaba todo. Que me ayudarais, que me hablarais, que no lo hicierais, los deberes de mi hijo. Dios, los deberes de mi hijo son uno de mis mayores motivos de enfado. Por la tarde me dediqué a escribir a sus profesores. Hoy he escrito al de religión. Les mandan tareas con la idea de que estén en casa el mismo tiempo con su asignatura de lo que estarían en clase. Es decir, si de lengua tienen cuatro horas a la semana, pues tareas para cuatro horas. Y así de cada materia. Y piensan que chavales de secundaria van a estar durante seis o siete horas seguidas practicando el autodidactismo: leyendo por su cuenta temas, haciendo por su cuenta los trabajos y ejercicios, etcétera. Si todo fuera tan sencillo como “y esta semana te estudias por tu cuenta el tema de la representación gráfica de funciones y me haces los ejercicios” los profesores no haríamos ninguna falta. Y además, tengamos en cuenta que las circunstancias son las que son. Llevan ya dos semanas de confinamiento y algunos chavales estarán bien, otros regular, y otros fatal como para amargarlos con tantos trabajos y entregas. Después le mandas a los profes un tutorial de cómo se usa Skype y cortocircuitan, pero con los alumnos son implacables. Su profesor de religión me acaba de contestar con un “pues tu hijo no trabaja nada en clase”, como si se tratara de una revelación divina, como si no lo supiera ya. En fin, que si no hace nada con profe cómo pretende que lo haga solo. Es posible que mi condescendencia no le haya sentado del todo bien, o que, constatando lo limitado de su retórica, se haya sentido intimidado, o que se lo ha tomado como algo personal, el típico complejo de profe de reli en plan “seguro que esto me lo ha dicho a mí porque piensa que mi asignatura es una mierda, y mucho menos importante que mates o lengua”. Pues no, porque a pesar de que lo pienso, no le he discriminado y he escrito mi email protesta a la de lengua, al de mates, a la de tecnología, a la de biología… aún me faltan unos cuantos: hay que dosificar, que seguro que me quedan más días malos.

Por mi parte, procuro aplicarme mis propias reflexiones. Pregunto a mis alumnos cómo están, cómo lo llevan, cómo se organizan, qué tipo de actividades les ayudan más. Para poder estar en contacto con ellos les he dado mi teléfono y me han metido en su grupo de whatsapp. Llevo notándoles hartazgo desde hace unos días. Al principio estaban de buen humor, ahora ya entregan cada vez más tarde. He decidido darles hoy y mañana libre, y estoy preparando unos vídeos, en uno explicándoles la guerra de los Treinta Años y en otro los Austrias menores. Por cierto, les gustó el relato de Millás.

Voy a saltar.