Crónica del aislamiento. Día 2

Ayer, uno de los hechos más remarcables fue salir a comprar con mascarilla de carpintero, como ya anticipé en el día uno. Propuse ir a una panadería artesana que hay muy cerca de casa y que han abierto hace poco, y así evitar el supermercado. El panadero había cambiado la barra de sitio para evitar las aglomeraciones. Dijo que todavía podía ponerla más cerca de la puerta y atender directamente a la gente en la calle. Lo que hiciera falta con tal de que no le hicieran cerrar. Él nos recibió a pelo, sin máscara ni guantes. Y yo me sentí ridícula y con necesidad de justificar mi atrezzo especial apocalipsis, imprescindible para comprar pan artesano con masa madre y harina ecológica a tres euros la hogaza. Tras escuchar la aventura con el señor del colmado de ayer, se justificó él también, diciendo que no llevaba mascarilla pero que se lavaba las manos muchísimo. De un panadero no esperaba otra cosa incluso en épocas no pandémicas. Estuvimos allí también un rato hablando. Nos contó que para evitar engordar durante el encierro -pero si él estaba trabajando fuera de casa- había tirado toda la comida basura que había en casa, que se les había roto el TPV, y que querían seguir haciendo pan. Pensé que permitiendo que abran los estancos la lógica me dice que permitirían la apertura de panaderías. Pero hace ya tiempo que trato de poner en cuestión mi lógica.

Uno de mis momentos preferidos es cuando después de comer me voy al dormitorio a leer. Llevaba tiempo sin hacerlo pero el aislamiento me lo va a permitir. Me dices que me puedo quedar a leer en el salón, que si quiero quitas la tele. Pero cambiar de espacio es como cambiar de mundo. En el dormitorio la luz es preciosa a esa hora, blanca tamizada, me desnudo, me cubro con las sábanas suaves, descanso en las almohadas y me sumerjo en Lectura fácil y las argumentaciones de Nati. Me asombra, me sorprende, me hace reír, me hace pensar. Luego llegaste tú y te metiste también en la cama. Al cabo de un rato me llegó un meme. Es la foto de un test que dice “Tú de la cuarentena qué crees que vas a sacar? a) kilos b) un bombo c) alcoholismo d) un divorcio e) todas las respuestas anteriores son correctas.” Tal cual.

Más tarde me puse a hacer un bizcocho. De plátano y cacao. De plátano para usar unos plátanos pochos que hay en la nevera. De cacao porque me apeteció. Me quedé sin harina especial para bizcochos con levadura incorporada y añadí harina de espelta integral. Me pregunté si con la levadura que había en la parte de harina especial para bizcochos que había puesto habría suficiente o si debería añadir algo más. En esa grave disquisición me hallaba cuando comencé a escuchar aplausos desde el salón. Los aplausos no paraban, y además retumbaban. Desconcertada me acerqué al salón y os en la ventana, aplaudiendo, y me asomé también y los vecinos aplaudían. Multitud de gente asomada a las ventanas. Y no paraban los aplausos. Me dijiste que se habían convocado para homenajear al personal sanitario. Por un lado me pareció emocionante ver a la gente asomada, no sé si con ganas de rendir homenaje, o de buscar compañía, o de participar en algo colectivo, o de todo eso junto. Por otro lado, me sentí un poco ridícula. Me dio la sensación de que nos estaban programando un entretenimiento diario. Pobre gente, démosles una excusa para salir a la ventana y liberar endorfinas. Y encima con cobertura en tele y en redes sociales. Lo siento, siempre me tiene que salir ese lado cáustico con reticencias para participar en colectividades. Yo soy más de quedarme de lado observando los comportamientos. En cualquier caso, aplaudiendo todo el mundo se pone contento. Mal no puede hacer.

Después de cenar hubo partida de monopoli con copas de vino. Volví a ganar. Otra vez. En mi historia reciente creo que no recuerdo haber jugado al monopoli y haber perdido. Con lo mala que soy para los negocios en la vida real y mi falta de ambición, que incluso ganar en el juego me resulta incómodo. Me gusta cuando voy consiguiendo barrios y maquinando la estrategia. Sin embargo, cuando ya sé que he ganado, cuando empezáis a caer en mis casillas llenas de casas y os descapitalizo, y no podéis pagar, y, además de todo vuestro dinero tenéis que malvender las pocas casas que tenéis e hipotecar vuestras calles, el juego pasa a ser una agonía con la que no disfruta nadie. Pero no se puede jugar a un juego sin intención de ganar. Sería fascista. Es tan legendaria mi fama de ganadora que Pablo ya no quiso jugar, se metió en su cuarto -de donde no había salido más que para comer y cenar- y pidió permiso para hacerse una copa. Se pone un Seagrams con limón. Miguel no juega desde que una vez jugó y perdió. El segundo vino que compramos, el Ribera, estuvo mejor.

Crónica del aislamiento. Día 1.

Me he propuesto en estos días de semiconfinamiento escribir a diario. No he llegado a tiempo. Hoy no es el primer día sino el segundo. Esto para empezar. Para seguir, he salido de casa por la mañana. A comprar el pan. No sé si estos antecedentes son los mejores.

Ha sido el primer día en el que me he disfrazado. Me he colocado unos guantes de látex y una mascarilla de bricolaje, que es todo lo que había en casa. En las farmacias hace ya muchos días que están agotadas. Esto tiene un motivo. Ayer por la noche, previendo que hoy el confinamiento sería oficial, y sin conocer las dimensiones del mismo, salimos por la tarde a terminar de comprar imprescindibles que nos faltaban para poder afrontar estos días. Mientras la gente llenaba los carros con lo poco que quedaba de carne, pollo y papel higiénico nosotros metíamos refrescos, vino y cervezas. Estuve un buen rato buscando un ribera afrutado. Te pedía ayuda pero ni me escuchabas ni me oías. Mirabas cada cosa que tocaba, cada botella que cogía, cada etiqueta que leía como un posible foco infeccioso que yo estaba tocando con mis manos, que ya dejaban de ser manos para convertirse en amenazas posiblemente infectas con forma de manos, con las que después tocaba mi cara, con las que te tomaba del brazo.

Después de dejar todo eso en casa, salimos a dar lo que bien podría ser nuestro último paseo en dos semanas. Ya era de noche y escogimos calles poco transitadas. Las terrazas ya las habían quitado. En los bares aún quedaba gente que tomaba cerveza, al margen del miedo. Esquivamos a cuantos peatones nos cruzamos, que fueron pocos. Justo antes de entrar en casa me di cuenta de que no habíamos podido comprar huevos en el supermercado, porque no quedaba ni uno, y pasamos junto a un pequeño colmado de barrio que aún estaba abierto. ¿Se puede? Sí, pasad, qué queréis. Huevos. Él nos los dio. Nos mantuvimos a bastante distancia. Le preguntamos al señor si iba a abrir estos días. Nos dijo que no lo sabía. Que dependía de la concreción del estado de alarma -bueno, no usó exactamente esas palabras-. Si cerraban Madrid no podría. Se daba la circunstancia de que vivía en una urbanización que linda con Toledo, y su casa, concretamente, había caído del otro lado de la frontera, en la zona manchega. Y fíjense, si me voy por la mañana a Mercamadrid, y lleno la furgoneta de fruta y verdura, y resulta que luego me para la policía y me dice los papeles, y me hace dar media vuelta, a ver qué hago yo con todo el género. Pensé que si había conseguido atravesar la frontera toledana y llegado a Mercamadrid, qué le iba a impedir llegar hasta su tienda. Y entonces llegamos al meollo del asunto y por fin el tipo dice que además lo más importante es la salud y quedarse en casa. Que él llevaba ya varios días atendiendo con guantes y con mascarillas. Que se ponía cuatro mascarillas, una encima de otra, y que los guantes le daban alergia, pero a ver qué iba a hacer, porque si le llegaban clientes que entraban en su tienda a pelo, como nosotros, pues qué iba a hacer, tendría que protegerse. Después ya comenzó con la soflama política en la que desvelaba abiertamente su apoyo a las medidas del gobierno autónomo y municipal, y su crítica a las del gobierno central, y después también nos contó el caso de la señora de ochenta y muchos años que tiene que estar haciendo la compra para la comida familiar de todos los fines de semana para todos los hijos y nietos, que se juntaban más de treinta personas y que si la iba a contagiar con lo delicada que estaba ya la señora. Y que dónde íbamos a parar. Para comprar una docena de huevos estuvimos en la tienda con el hombre arengando durante más de 15 minutos mientras nosotros nos resignábamos a escucharlo con docilidad, sin osar rebatir nada.

Antes de salir había llamado a mi tía. Tenía una llamada perdida suya desde hacía días. Mi tía me llama un par de veces al año para preguntarme por todos. Es la hermana mayor de mi padre. Me contó que cuando llamé acababa de llegar de la peluquería, y yo le dije, claro que sí tía, que el apocalipsis te pille peinada. Y me dijo pues sí, hija, me he hecho un moldeado, que ya que voy a tener que estar en casa, si me veo en un espejo al menos verme bien. También he estado en el mercao, y estaba desabastecido, hija, que me han puesto las dos últimas pechugas de pollo, pa hacerlas así rebozás, que están muy ricas. Y digo yo que lo primero que tenían que hacer era averiguar quién ha puesto el virus ese en el cielo, porque alguien ha tenío que ser. Yo creo que el Trump ese, que como veía que los chinos se le estaban subiendo a la chepa, pues les ha echao el virus ese y se le ha ido la mano. Pero seguro seguro que alguien ha tenío que ser, que no va a salir eso de la nada, o no? También la escuché sin rebatir absolutamente nada, a todo que sí.

Después fuimos a la tienda de vinos que hay debajo de casa, a mantener el último contacto del día. Nos llevamos uno de Navarra y un Ribera. El de Navarra era atípico pero tenía una etiqueta preciosa, y prometía reminiscencias a cereza madura y frutos azulados. Me pareció tan poético que tuve que cogerla. Está el dependiente joven y dice que cómo es que hemos elegido ese vino. Le contesto que por la etiqueta. Y me dice que a él le encanta, que nos iba a sorprender, que los vinos navarros no tienen ninguna fama pero que este era fantástico. Yo me enorgullecí del buen criterio que tenía mi instinto. Por la noche, al probarlo, me daría cuenta, una vez más, de que me había equivocado.

Y, volviendo al lugar donde comenzó todo esto, a la mañana de hoy, cuando hemos salido a por el pan, he pensado en el señor del colmado, y en entrar a pelo en una tienda, y que el dependiente se pueda sentir como si un desconocido lo estuviera follando sin condón, y me he puesto los guantes y la mascarilla de carpintero, convencida de estar siendo más considerada. Sin embargo, pocos minutos después, delante del panadero, me sentiría obligada a justificarme.

El agujero de gusano y la tilde en las esdrújulas

Voy en el metro y leo Lena y Karl. No miro si hay una persona que pueda necesitar sentarse. Casi siempre hay sitios libres en esta línea a esta hora, y no, que se jodan. No lo pienso así de manera explícita, pero el mero hecho de que me parezca mucho más relevante continuar con la lectura que mi civismo dice algo de mi pensamiento implícito.

Me gusta Lena y Karl de la misma manera que me gustó Deseo de ser punk. Al menos es mi percepción ahora. Creo que también fue esa la manera en que me atrajo cuando leí su argumento y lo elegí. No se trata de maneras literarias. Se trata de otras.

Hace mucho que no subrayo ninguna línea en ningún libro. El otro día pensé en ello y me entristeció. Estos días me han sorprendido las ganas de volver a hacerlo. He buscado en el estuche de profesora dentro de la bolsa de cartera de correos. He abierto el estuche, y había varios bolis azules, una pluma, un boli rojo, un pilot negro, una regla verde, un portaminas sin minas y ni un solo lápiz. Me pregunto si debería volver a leer desde el principio una vez que consiga un lápiz. O si da igual, porque lo que no se subrayó en el momento de subrayar, en la primera lectura, en el momento de la sorpresa inicial, incluso corriendo el riesgo del arrepentimiento del subrayado, ya se pierde en el limbo de las palabras que quisieron ser subrayadas pero quedaron desnudas. Sí, da igual.

Me pregunto si pudiera viajar en el tiempo y elegir un concierto, ¿cuál querría ver? No lo sé. Y además ese tipo de preguntas me atoran. Como cuando me preguntan por mis películas preferidas o por la música que me gusta, o por mis libros. Y me atoran también porque en realidad tendría que estudiarlo. No podría jamás hacer una elección así tan a la ligera, siendo tan consciente de cuántos conciertos de música míticos existen y de los que no soy consciente, o ni siquiera conozco, y si los desconozco no podría contemplarlos como posibilidad, y me los perdería. No sé, una decisión así probablemente me supondría muchas horas de estudio y muchos dolores de cabeza hasta tomar la decisión. Así que dejo de preguntármelo y continúo leyendo.

Leo tan concentrada que no pienso en cerrar las piernas a pesar de llevar falda y medias y zapatitos de señorita. Habitualmente llevo pantalones vaqueros y me siento como un tío, con las piernas abiertas. Quizás no tanto, además soy pequeña y estoy delgada, de modo que, aunque abra las piernas creo que la gente que se sienta a mi izquierda y a mi derecha no se sienten invadidos. Y si lo hacen, que se jodan. Y hoy voy igual, solo que con falda. Y me da igual también lo que pueda o no ver quien esté enfrente.

Hoy he explicado la acentuación de las palabras llanas y esdrújulas. Son chicos mayorcitos, deberían saberlo, pero a juzgar por cómo escriben no conocen la norma general. Creo que ni siquiera entienden el concepto de sílaba tónica. De modo que el otro día volví al origen. Les expliqué lo que significa que una sílaba esté acentuada, di golpecitos en la mesa, hice percusión, silabeé como si fuera retrasada, se ríeron mucho y les animé a que silabearan conmigo, como si fueran retrasados, todos juntos. Y empezamos con las agudas. Hoy tocaban las llanas y las esdrújulas. Y les he dicho que mis preferidas -sin necesidad de quebraderos de cabeza- eran las esdrújulas. Y es que las esdrújulas llevan tilde siempre. Y que cuando digo siempre quiero decir siempre. Y les he dicho que existen muy pocos siempres ahí fuera en la vida. Y que por eso, les aconsejaba fuertemente que cuando se encontraran por ahí un siempre, que lo cogieran y lo abrazaran, y se aferraran a él. Como al de la tilde de las esdrújulas. Pánico, música, gótico, siempre. Siempre. Y les he dicho que les dedicaran tildes grandes, llamativas y poderosas. Y que no las olvidaran.

En el metro he vuelto con mi libro. No he mirado si había alguien que necesitara asiento, ni he cerrado las piernas, ni nadie me ha visto el color de las bragas porque llevo vaqueros. Solo he levantado los ojos del papel cuando alguien ha tropezado con mis pies atravesando el vagón. Me pasa algunas veces. Me he preguntado durante unos segundos cómo es posible que la longitud de mis piernas, midiendo un metro y medio, pueda hacer tropezar a nadie. Pero he vuelto a la lectura rápidamente. Sobresdrújula. Y a perder todo el alrededor que no fuera Lena y Karl.

Recuerdos para anclar la hora.

El pasado 7 de enero estaba de mal humor. Me había hecho una lista, era un día importante. Era el último día de vacaciones. Era el día de dejar terminadas todas las tareas que me había propuesto terminar en los días de fiesta. Y para poder ser realmente eficiente y no andar perdiendo el tiempo me había hecho una lista. A las 19:30 de la tarde me faltaba sacar el carnet de la biblioteca. Sacar un carnet de biblioteca no es un asunto a vida o muerte, pero estaba en mi lista. Formaba parte de mis intenciones y propósitos desde hacía ya varios meses, pero de ninguna manera había estado anotado.

En Internet busqué el horario de la biblioteca cercana a mi casa. Estaba abierta hasta las 20. Si salía de forma inmediata podría llegar a tiempo. Me vestí, me puse unas zapatillas, cogí el bolso. El hecho de que no hubiera nadie en casa facilitó las cosas, todo hay que decirlo, porque si me hubiera tenido que despedir, y hubiera tenido que dar explicaciones, el dónde voy, y, sobre todo, el porqué, quizás me hubiera hecho desistir del empeño, resignarme a no tachar ese ítem de mi lista, y a manejar mi mal humor de alguna otra manera. Pero podía salir corriendo. Y conseguirlo.

Cuando llegué a la biblioteca había una señora delante de mí. Se estaba llevando tres libros, pero no presté atención a los títulos. Presté atención a las maniobras del funcionario que la atendía, con qué soltura manejaba la pistola de códigos, y qué contraste entre el moderno sistema informatizado para, al mismo tiempo, sellar con un tampón cada uno de los libros. Por fin terminó y me tocó el turno. Buenas noches, me gustaría hacerme el carnet de la biblioteca. El funcionario me miró contrariado a mí. Después miró su reloj. Es que no sé si nos va a dar tiempo, porque yo cierro a las 20, y tiene usted que rellenar una hoja entera con sus datos, y yo darle de alta en el sistema y… fíjese, solo faltan siete minutos, ¿lo dejamos para mañana?. Bueno, usted sabrá mejor que yo lo que se tarda, pero yo creo que podríamos intentarlo.

El señor arqueó las cejas con fastidio. El tipo debió darse cuenta de que no me iba a despachar así tan fácilmente, que no me iba a ofrecer volver mañana y yo le respondería que sí, dócilmente, como su fuera Larra. Me extendió un formulario sin abandonar ni por un momento su cara de fastidio y me pidió mi carnet de identidad. Resulta que la hoja entera que tendría que rellenar con datos se refería a mi nombre, mis apellidos, mi dirección y mi correo electrónico. Cumplimenté contrarreloj. Cuando terminé, el funcionario recogió mi formulario y terminó de rellenar algo en su ordenador. Me entregó un carnet de plástico, un tríptico, y me explicó las condiciones. Todavía conservo el tríptico. Cuando terminó me anunció que ya era socia. ¿Quiere solicitar algún ejemplar? Miré el reloj. Las 19:57. No, no quiero forzar, fíjese qué hora es ya. Puede que escondiera cierto tono de reproche, pero en realidad no era mi intención recriminarle su actitud al funcionario. Me parece perfecto que cada cual termine su trabajo a su hora. Yo solo quería probar, por si se podía, y sí, se pudo. Y me sentía pletórica. con mi carnet en la mano. Y llegué a casa y taché en mi lista “Carnet de biblioteca”.

Por eso sé de una forma bastante precisa a qué hora volví a casa el pasado 7 de enero.

El porte de cada individuo, y su modo de habitar la calle.

La primera parte de la exposición de Eamonn Doyle se llama i. Me pregunto si Eamann se pronunciará Éiman o Íman. Me pregunto por qué el nombre i. El comisario dice sobre ella “Las figuras solitarias y silenciosas de i realizan tareas cotidianas desconocidas a lo largo de O’Connell street de Dublín. Aisladas casi por completo en medio del paisaje geométrico de las calles, parecen ajenas al mundo que las rodea.” El comisario no menciona que son fotografías de ancianos, de viejos, de personas mayores. Tampoco habla sobre los planos picados, muchas veces diagonales, tan abrumadoramente cerca de las solitarias figuras: los viejos. Son solitarias porque son viejos, son silenciosas porque son viejos. No solo están solos y silenciosos los viejos. Pero especialmente.

Ayer en la tele, en ese programa, hablaban de un nuevo grupo social pujante, los viejennials. Se referían a los septuagenarios que no son mayores y tienen una gran calidad de vida, y viajan, y realizan actividades intelectualmente estimulantes, y tienen una vitalidad desbordante. Pero solo hablaron de los viejennials después de hablar del éxito que habían tenido unas focas en residencias de ancianos para enfermos de alzheimer en los primeros estadios de la enfermedad. Las focas eran unos robots, de peluche por fuera y con “tamagochi” por dentro. Es decir, los viejos que empezaban a perder la cabeza se tenían que hacer responsables de su foca, y tenían que acordarse de alimentarla, acariciarla, arroparla por las noches… y tener una foca robot de la que ocuparse les hacía ralentizar su deterioro. Y en el programa aparecían dos viejecillas acariciando y besando a su foca, con esos besos sonoros, lentos y técnicos que dan los abuelos, y diciéndoles qué bonita es mi niña, y los gerontólogos aparecían muy orgullosos de los progresos y de la calidad de vida que las focas estaban procurando a las abuelas. Creo que en ese momento dije que si en algún momento llego a esa situación y queda aún alguien que me quiera, ojalá tenga la bondad de echarme veneno en la sopa. Creo que en ese momento dijiste ya sabía yo que ibas a llevarte la conversación a ese lugar. A ti no te gusta pensar en la muerte. A mí no me gusta aceptar que tendré que resignarme a cualquier forma de vida. Y sin ir más lejos, esta mañana, nada más despertarme, mientras preparabas el desayuno pensando que yo apuraba los últimos minutos de sueño, me he dedicado a hacer búsquedas de venenos en google.

De i el comisario también dice “Las fotografías se fijan en detalles de la tela y la textura, en el porte de cada individuo y en su modo de habitar la calle.” Los “detalles de la tela” desvelan pobreza, desamparo y fragilidad en esos “individuos”. Y su “modo de habitar la calle” habla de lo mismo. Las chepas, la espera en un banco, las manos con artrosis que sujetan una bolsa, el bastón, la chaqueta rota, el mirar al suelo. El comisario es aséptico y eufemístico y sus palabras se estrellan contra las fotografías de formato inmenso. Esas fotografías me hacen pensar que quizás no sea fácil que cuando yo sea vieja quede alguien que me quiera. No siempre pasa. O al menos no alguien que, aun queriéndote, pertenezca a tu día a día. O a un día a día lo bastante frecuente. La vida puede ser maravillosa, pero también muy cabrona. Lo bastante frecuente como para poder decir, en susurros, estoy bien jodida, y que te abracen y te dejen decirlo. A nadie le gusta escuchar penas. Normalmente la réplica es la negación. No, en realidad no estás mal. Tú no lo sabes pero estás bien. Solo le puedes contar penas a gente que te quiere, pero no a toda. A poca. Como a ti, que ayer te dije que querré veneno en la sopa en el momento en que el sentido de la vida sea acariciar un peluche.

El mismo pánico que le tengo yo a la longevidad se lo tienes tú a la muerte prematura. Entre los dos supongo que formaríamos un tandem equilibrado de miedos mortales. Y también tiene sentido, porque la muerte prematura es devastadora para quien no muere. En el momento de llegar a k solo me doy cuenta de que la historia que tiene detrás es poderosa pero no del cierre del círculo. k llega para Eamonn al morir su madre. El hermano de Eamonn había muerto con treinta y tres años de forma repentina y su madre nunca se había repuesto. Los hijos no deben morir antes que los padres. Ese es un miedo que yo no tengo porque no tengo recursos para poder afrontarlo. El recurso de la madre de Eamonn fue escribirle cartas a su hijo muerto. Al morir la madre, Eamann crea k, una serie de fotografías en las que una figura espectral cubierta por un manto es azotada por el viento, la luz, el agua. Dice el comisario “Entretejidos en esta meditación sobre el dolor y las fuerzas que nos atan están los fantasmas de los irlandeses atlantes”. Hoy es el cumpleaños de mi abuela. Se lo digo a mi madre que sé que lo sabe y sé que se acuerda, pero más como una forma de decirle que yo también me acuerdo. Habría cumplido 93 años, me contesta. Eso sin embargo no lo sé. Ni siquiera sé si murió hace tres años, cuatro o cuántos. Entre mis miedos también está el que mi madre se haga mayor. Mi padre también, pero si pienso en ello aparece primero mi madre, me debe preocupar más. Y tampoco debo tener demasiados recursos para lidiar con esa pena, porque me siento más cómoda afrontando mi propia degradación, hasta divertida en cuanto llega el pensamiento del veneno en la sopa.

Salimos de la exposición. Sigue haciendo un día espléndido. En la calle una señora está sentada en un poyete y le cuelgan las piernas. Habla por teléfono. Parece una niña. Me dan ganas de darle un abrazo. Brilla el sol. Hoy puedo brincar y brinco. Puedo bailar y bailo. Puedo reír y río. Todo está en pie. Y tú. Soy feliz.

Yo no bailo polca

En la radio está puesto el sorteo de la lotería. Está puesto porque lo he puesto yo por la mañana, aunque me gusta pensar que es la radio la que ha elegido el programa. En realidad solo he tenido que encenderla, porque hoy en lugar de noticias estarán cantando los niños de San Ildefonso. Menudo nombre, por cierto, Ildefonso. Hasta hoy no me había parado a pensarlo. Lo había asumido como normal tan solo porque lo había escuchado muchas veces. Ildefonso.

Mi abuela también escuchaba el sorteo toda la mañana. Lo recuerdo desde niña. Mis padres trabajaban y me dejaban unos días de vacaciones con ella. Mi abuela compraba churros para desayunar, hacía zumo de naranja y se pasaba la mañana en la cocina pegada al transistor. Es posible que aprovechara para hacer sopa de pescado o croquetas. Tenía en un papel la lista con los números. No jugaba décimos enteros, jugaba participaciones. Así que al lado de cada número tenía escrito lo que jugaba, con quién y cuánto le tocaría si salía el gordo. La lista era enorme. Jugaba con sus hermanos, con sus sobrinos, con sus primos, con los vecinos, con el frutero y el pescadero… La lista era larga, sí. Cuando ya habían salido los premios principales se sentaba junto al teléfono y comenzaba la ronda de llamadas, al menos a los familiares más cercanos, ara ver si había tocado algo. Entonces no existía internet ni el buscador de premios, ni whatsapp, de forma que a las personas no les quedaba más remedio que hablar. Y de todos modos, el día de después dedicaba unas horas a comprobar número a número con el listado de pedreas del periódico.

Pienso que igual debería bajar a comprarme churros y quedarme en la cocina con un delantal. Creo que no tengo un delantal. Creo que no sé cocinar nada. Llevo siete años comiendo ensaladas con lechuga de bolsa, pasta y legumbres precocinadas. Pero pienso que igual si en la cocina tuviera una bolsa grasienta rellena de churros, me pusiera un delantal y mantuviera cerca de mí la radio con el soniquete de los niños cantando premios, mi abuela, que lleva ya años muerta, se apresuraría a reencarnarse en mí misma y por una vez comería algo decente. Cómo será ser mi abuela. Por un rato al menos. Y qué le parecería a mi abuela ser yo.

Aparco mis imaginaciones de viajes extracorpóreos. Comida no voy a preparar. Tampoco tengo mucho que hacer con respecto a la búsqueda de premios: solo juego medio décimo y ni siquiera tengo el número. Lo compramos a medias una compañera de trabajo descreída y yo. Susana se vanagloriaba de no haber comprado lotería en su vida, y de ser el primer año que sentía la debilidad de jugar por aquello de que no le toque a todos los compañeros salvo a uno. Parece ser que a eso hay quien lo llama envidia preventiva. Yo también me vanagloriaba de jugar poco, de no creer en la suerte. Probablemente proferí alguna disertación sobre el valor del esfuerzo que nadie escucharía. Probablemente fuimos las dos juntas, ufanas, pedantes, pretenciosas a comprar el décimo. Caminando por encima de aquellos pobres diablos que juegan con ilusión, sobre esos que dedican al menos un par de horas a pensar qué harán con cuatrocientos mil euros. Susana se quedó con el décimo, yo no conservé ni el número. Estoy escuchando a los niños de San Ildefonso y no tengo ni lista ni décimo que comprobar. Puede que la soledad sea esto.

Como media pizza de beicon y una coca cola. Hace ya una buen rato que ha terminado el sorteo, pero no me pierdo el telediario. Es mi telediario preferido. Se detienen las desgracias en el mundo, el apocalipsis. Ni el cambio climático, ni corrupción, ni asesinatos, ni violaciones, ni campos de refugiados. Durante veinte minutos solo aparece gente abrazándose, gritando, cantando y brindando con sus décimos, y la gente cuenta a cámara lo que va a hacer con su inmerecido dinero: terminar de pagar la casa, un viaje, un coche, tapar agujeros… las respuestas no difieren demasiado unas de otras. Somos insoportablemente previsibles. En la tele siempre sale gente a la que parece haberle venido muy bien ese dinero. Gente necesitada. Supongo que las personas que no necesitan el dinero no se ponen tan contentas. Y desde luego no acuden a abrazar al lotero ni a los vecinos del barrio, porque seguramente, entre otras cosas, no vivan en un barrio y no conozcan a sus vecinos, y no compartirán décimos con ellos.

Cuando era pequeña soñaba con ir un día a la Puerta del Sol a comer las uvas. Soñaba con estar en medio del jolgorio. Pensaba que estar en el centro del jolgorio debía ser lo mejor del mundo. Con el tiempo sufrí la decepción del jolgorio. En realidad creo que nunca me he sentido en el centro del jolgorio. Ha sido más bien como si el jolgorio me hubiera rodeado. Desde fuera podría haber parecido que en algunas ocasiones yo me he encontrado en el centro, pero en realidad yo estaba fuera y el jolgorio solo me rodeaba. Yo era una isla en el jolgorio. Supongo que con ese mismo espíritu también hubo un tiempo en que me hubiera gustado ser una de esas que descorchaba una botella y cantaba desafinada y patosa con un montón de vecinos con pinta de necesitar dinero al otro lado de las cámaras el día 22 de diciembre. No tanto por el dinero, que también, sino por aquello del jolgorio. Después se me fue pasando a fuerza de no ganar.

Miro varias veces al móvil y no hay ningún mensaje de nadie. Escribo a mi amiga Irene. Irene es mi amiga de ir al cine el domingo por la tarde. No sé si Irene juega a la lotería. En tantos años como llevamos saliendo juntas los domingos no se me ha ocurrido preguntarle. También es cierto que cuando quiero hablar algo con Irene debo llevarlo previsto de antemano. De lo contrario, Irene suele traer un tema – o varios- y me los desarrolla mientras llegamos al cine, compramos palomitas y pasan los anuncios. El tema de hoy resulta ser una gotera que se ha formado en un esquinazo de su salón y en los diferentes trabajos que han sido necesarios para ponerle solución.

Vemos Parásitos. En versión original. Me gusta el cine oriental en versión original. Me gusta casi todo el cine en versión original, pero el oriental especialmente. Después de la película, Irene continúa contándome las vicisitudes con su gotera. A veces pienso que es insoportable, y otras veces que la quiero. Irene y yo no jugamos lotería. Y hoy se me ha olvidado preguntarle si le había tocado algo. De todos modos, en el caso en el que le tocara la lotería alguna vez, creo que jamás vería a Irene tras las cámaras, con un brazo rodeando el cuello de la lotera y bailando una polca mientras amorra una botella de sidra. Sin embargo, ahora que estoy en la cama intentando coger el sueño para ir mañana a trabajar, me detengo en esa imagen. Creo que hasta me río un poco en voz alta. Tengo que pensar en otra cosa para no desvelarme.

Hoy en el trabajo el ambiente es extraño. Falta mucha gente. No creo que haya tanta gente que haya cogido vacaciones. Algunas personas se abrazan. Aún es pronto para el feliz navidad y esas parafernalias. Tal y como suelo, decido mantenerme al margen. Enciendo mi ordenador, y abro el correo electrónico. Hay uno con el asunto en negrita. Es un número de cinco dígitos. Lo remite el director general. Pues sí. Parece que ayer nos tocó la lotería.

Voy a buscar a Susana. Dice que se acaba de enterar. Que como no juega nunca no tiene costumbre de comprobar el número. Dice que le han dicho que debemos ir a cobrarlo juntas para que cada una declare a hacienda su parte, que ella no piensa pagar mis treinta y ocho mil euros. Pero que primero tiene que buscar el décimo, porque como no tiene costumbre de contemplar la posibilidad de ganar no tiene la costumbre de conservarlos. Que cree que sí porque esta vez jugábamos a medias. Ella había dicho que nunca había jugado. Pero no lo digo en voz alta porque me parece descortés hacerle partícipe de mis desconfianzas y de sus mentiras.

Vuelvo a mi sitio y continúo trabajando mientras a mi alrededor continúa organizándose el jolgorio. Al parecer es el segundo porque ayer ya hay quien acudió con botellas. Pienso por un momento si debería llamar a alguien. Por comentar. A Irene, tal vez. No. Se lo diré el domingo que viene, antes de que ella empiece con su tema. Me pongo a contabilizar unos bancos. A mi alrededor se descorchan botellas, algunos cantan. Me cuesta concentrarme. Pongo la radio, la radio elige para mí un villancico de Mariah Carey. Yo prosigo con el día más feliz de mi vida.

Pesadillas

Ayer soñé que, sin querer, paría un hijo en medio de una total indiferencia. Salía del baño, con cierta angustia, sujetando a esa criatura resbaladiza unida todavía a mí por el cordón. En la casa había mucha gente, casi toda desconocida. Creo que tú sí estabas, y creo que eras tú a quien le pedía ayuda para cortar el cordón, pero no estoy segura. Estabas en la cocina recogiendo el lavaplatos. Interrumpías la tarea para mirarme allí de pie, desnuda de cintura para abajo, con las piernas ensangrentada, sujetando a una criatura que aún no había llorado. Y me decías con voz dulce y tranquila “yo con eso no puedo”. Después te volvías a dar la vuelta, cogías el cestillo de los cubiertos y los colocabas con diligencia en su cajón. El pasillo estaba oscuro y se escuchaba el sonido del televisor. En una de las habitaciones alguien cantaba. En otra se oían ecos de conversaciones multitudinarias, voces desconocidas, risas.

De alguna forma que no se mostró en el sueño se solucionaba el escabroso asunto de la separación del hijo. Mi desasosiego contrastaba con el ambiente en la casa. Entonces se me metió en la cabeza la incómoda idea de acudir a un hospital. A los niños cuando nacen los revisan, para comprobar su estado de salud. Alguien debería hacerle el test de Apgar, tal vez. Pero no era capaz de articularlo con palabras. Esperaba que a alguien se le ocurriera tomar esa iniciativa.

En el siguiente plano, la criatura está guardada en una bolsa de tela respetuosa con el medio ambiente. Antes de ir a un hospital debemos comprar el pan y hacer algunos otros recados. Procuro dominar mi ansiedad: por fin estamos de camino. La barra de pan está en la misma bolsa que el niño. Entonces me percato de que aún no ha llorado. Agito un poco la bolsa. Me da miedo mirar dentro. Me da miedo que pueda hallar un ser inerte, enfermo, no apto para la vida. Quizás por eso no lo he tomado en brazos en ningún momento. Agito las asas de la bolsa de tela. Entonces el niño llora.

La cámara del sueño a veces enfoca a través de mis ojos, y estoy en el asiento del copiloto de un coche. Otras veces enfoca dentro de la bolsa y yo puedo ver lo que hay dentro. Un bebé muy pequeño, anormalmente pequeño, amoratado, sucio, desnudo, está abrazado a la barra de pan, y tiene la boca pegada a ella. Entonces siento en mi propia lengua el tacto de la corteza áspera por primera vez. Aún hay que hacer alguna otra compra. Hay ofertas. Entre medias liquido un impuesto, y aparece una mujer que traiciona tu confianza. Vuelvo a agitar la bolsa. Escucho un llanto débil.

Sigo sin decir nada. Trato de ir disolviendo la ansiedad y resignarme, porque por fin he comprendido que este es uno de esos sueños en los que jamás voy a llegar a mi destino. Nadie me va a decir si esa criatura está bien o no, si es capaz de vivir, si puedo quererla, si existe. Quizás nunca la sostenga en brazos. Alrededor todo continúa en equilibrio, como si intentara hacerme entender lo absurdo de mi deseo contumaz. Nadie excepto yo la ve, y nadie excepto yo la oye. Nunca vamos a llegar a ningún hospital ni esa criatura va a salir de la bolsa. Y me da igual. No lo necesito. Ni eso ni corroborar su existencia. Ya la quiero. Con resignación trato de destensar los músculos de mi espalda y de acomodarme en el asiento de ese coche. Me conformo con agitar de nuevo la bolsa. Y escuchar el llanto.