Esta mañana he estado mirando las fotos y los vídeos de la cena de ayer. En lugar de comerme las uvas me dediqué a grabar cómo se las comía mi familia. Lo llevo haciendo unos cuantos años. Me doy cuenta mientras grabo de que cada vez es menos divertido porque los chicos cada vez son menos chicos y se las comen de una forma menos graciosa, y ya no acumulan doce uvas en el carrillo y dicen feliz año nuevo chorreantes. También me doy cuenta de que no sabría dónde buscar los vídeos de las nocheviejas pasadas en las que los chicos acumulaban uvas chorreantes en los carrillos.
Busco algún corte breve que esté bien para colgar en IG, pero me resulta todo demasiado íntimo como para compartir, prefiero guardarlo. Me doy cuenta de que a Hugo apenas lo saco, porque está en un extremo, y que Miguel sale mucho, quizá porque está en un ángulo que a mí me resulta cómodo para poder grabar y comer alguna uva al mismo tiempo. El mejor momento es cuando terminan las campanadas y todos gritan exultantes feliz año nuevo. Me detengo en ese momento y me fijo en el beso que se dan mis padres. Es un beso con abrazo, el beso es en la boca, y antes de ese beso se miran. Los labios y los brazos y la piel se dicen seamos felices otro año más, tengo suerte, te quiero. He vuelto a ese momento varias veces y me he alegrado de haber grabado. Ese primer beso del año siempre me ha parecido muy emocionante, yo ayer di los míos también y lo siguieron siendo. Y para mis padres, que se conocieron en una nochevieja hace más de cincuenta años, lo sigue siendo.
Ayer, mi padre me pidió los vídeos y también unas fotos que me había querido hacer con ellos y con mi hermana. Mis padres no son tan mayores, mi padre tiene 74, y teniendo en cuenta que ahora la gente vive cien o doscientos años en una longevidad que a mí se me hace casi eterna, gracias a un alargamiento de la decrepitud y la decadencia que salvo en excepciones roza la crueldad, no debería estar preocupada, le queda mucho. Pero lo estoy. En realidad no se trata tanto de preocupación, sino de conciencia de que todo se acaba, y siento la necesidad de retener. No retener tanto los momentos como a las personas. Me descubro necesitando retener a mis padres. También me pasa con mis hijos. Cada vez que hablamos de vacaciones de verano los cinco pienso que tal vez sean las últimas. Pero bueno, con los hijos es otra cosa, porque se irán para vivir su vida, no nos iremos de vacaciones juntos, pero sí comeremos uvas y nos daremos un beso emocionante y nos desearemos feliz año. Siento un vértigo de pérdida próxima y trato de retener a las personas que quiero de la única forma que puedo. Fotografiando, grabando, escribiendo. Es un truco ingenuo y totalmente ineficaz.
El caso es que mi padre reclamó los vídeos y las fotos, y los envié al chat familiar. Y al cabo de un rato lo vi mirando encantado los vídeos. Sonreía y sé que veía los vídeos porque tenía el volumen puesto. Y decía qué bien están, qué bien están. Mi padre sonreía mirando los vídeos y yo sonreía mirando a mi padre y me alegré de haber grabado. Mi padre es muy de sentencias que convierte en lapidarias a fuerza de repetirlas. Dadle una patadita a la pereza, Huid de todo peligro, o En esta casa está prohibido ponerse enfermo son algunas de sus míticas, pero ya tienen unos cuantos años, tantos como mi hermana y yo. Sin embargo, se siguen usando. De hecho, mientras cenábamos ayer, Miguel y Pablo estuvieron contando su aventura el pasado fin de semana en Sierra Nevada. Habían ido siete amigos a una casa rural. En principio el objetivo era juntarse y esquiar. Pero del plan de esquiar se fue bajando gente: Pedro no porque es deportista profesional, Pablo tampoco porque era mucha pasta para solo un rato, Miguel se estaba recuperando de una lesión, y los pocos que quedaban con ganas de nieve tuvieron que renunciar por la sencilla razón de que cuando llegaron no había nieve. La cosa es que uno de ellos, Portis, propuso hacer una ruta por la montaña. Sacó su app de rutas montañeras y escogieron una. Nivel de dificultad medio, dos horas de duración. Por el camino se perdieron y lo que resultaron dos horas terminaron siendo más de seis, perdidos, a punto de que se hiciera de noche en medio de la montaña con temperaturas bajo cero a 3.000 metros de altura. Tuvieron que terminar escalando sin protección y vestidos con vaqueros y zapatillas Air Force. La aventura acabó bien, y conociendo el final es más sencillo contarla con despreocupación, pero pudieron haber salido en las noticias. Mi padre entonces dijo eso os pasó porque nadie os dijo que huyerais de todo peligro (supongo que ese nadie era yo).
La última frase que mi padre ha incorporado a su repertorio es Me gusta escucharos entrar por la puerta. Siempre la dice cuando llegamos a comer en fines de semana alternos, y también cuando nos vamos y les damos las gracias por su esmero. Imagino que dentro de unos años también me escucharé diciéndola.
En cuanto al vídeo de ayer, se perderá en el limbo de los vídeos y las fotos hechas con el móvil, y no volveré a ver ese beso de mis padres.
