Superorganismos

Cuando me doy cuenta de que tengo un bicho en la pierna grito. Es grande, es negro, tiene alas. Lo cojo con una servilleta antes de poder identificar la especie. Llevo la servilleta a la basura y vuelvo al sofá. Sigo viendo la tele, ahora intranquila. Me pica el cuero cabelludo, la espalda, los brazos, me miro una y otra vez, pero no tengo ningún bicho, el picor está en mi cabeza. Hace mucho calor aunque ya es casi medianoche, el ventilador está en el nivel tres y se mueve de izquierda a derecha. Cuando las aspas pasan delante de la mesa de centro la servilleta sujeta bajo el vaso se agita queriendo volar. 

Al día siguiente aparecen tres bichos más. Son hormigas voladoras. Son enormes, negras, con alas. Rastreo la casa en busca de hormiguero: miro las plantas, las esquinas, las juntas de los azulejos. Aparece una imagen en mi cabeza: un nido de avispas en una pared de ladrillos vista. Las hormigas son animales de exterior. Vienen de fuera, anuncio triunfal. Deben haber creado un nido en la fachada. Me pongo a buscar en Internet y abro trece ventanas. Descubro que el nombre técnico de las hormigas es formicidae, y recuerdo que en francés, que suele ser más fiel al latín, hormiga se dice fourmi. Descubro que las hormigas voladoras no son una especie sino una casta dentro de una colonia, son reinas y reyes, hembras y machos reproductores. También existe la casta de obreras, la de soldados, y otras. Descubro que una colonia de hormigas funciona como un superorganismo, esto es, que cada uno de sus individuos piensa de forma colectiva y actúa por el bien de la colonia. Pienso que según esa racionalidad el ser humano, como especie, es un infraorganismo. Descubro que están por todo Madrid. No están en mi fachada, ni en mi casa, están en el ambiente. Cierro todas las ventanas. Las del salón. Las de los dormitorios de mis hijos -pienso que en mi casa soy la hormiga reina-. Leo y descubro que el calor estimula las ceremonias de apareamiento. Leo y descubro que cada hormiga reina puede poner varios miles de huevos. Leo y descubro que los machos, una vez consumado el apareamiento, no tienen valor para la colonia y quedan a merced del viento. Veo una hormiga voladora en el baño. La cojo con un trozo de papel y la tiro a la basura. ¿Sería un macho moribundo que llegó a merced del viento? ¿Sería una reina fecundada con miles de futuras hormigas en su seno?¿Sería una reina que ya ha dejado sus miles de huevos en mi casa que ahora ya sería nuestra casa? 

Durante un par de días mantengo todas las ventanas cerradas, las persianas bajadas, los ventiladores puestos. Me pican los brazos, las piernas, el cuero cabelludo, pero no vuelvo a ver más hormigas, solo están en mi cabeza. 

Ha pasado un mes. Continúa el calor tórrido, he vuelto a abrir las ventanas. Me ducho varias veces al día. Me pongo agua helada en las piernas. Primero templada, después un poco más fría, después un poco más. Y así. Ahora justo voy a ducharme, antes hago pis y, mientras tanto, miro los azulejos blancos y me fijo en algunos pelos que se han quedado agazapados en una esquina. Cojo un trozo de papel y lo paso para limpiarlos. Al hacerlo me fijo en una mota que se mueve. Me fijo más. No es una mota, es una hormiga muy pequeña. Una hormiga bebé. Veo aparecer otra, y otra más, aparecen a borbotones, se tambalea un baldosín, se rompe y salen miles de bebés hormiga, de la casta de los soldados, con sed de venganza. Mientras cubren mi cuerpo y me devoran siento una brisa fresca y el sabor cítrico de un margarita servido en copa con sal en el borde mientras me elevo con unas alas que solo están en mi cabeza.  

2 comentarios sobre “Superorganismos

Deja un comentario