Poética de la plaza doble.

Ayer por la noche cambiaste el coche de sitio. Ya sabías que por la mañana te ibas a quedar en casa.

Esta mañana, en lugar de bajar al garaje por las escaleras he ido directamente por la rampa. Delante de mí bajaba una chica joven y guapa. Habíamos cruzado juntas, pero pronto me adelantó porque caminaba dando zancadas. Yo esta mañana iba dando pasos, así sin más. Vestía unos vaqueros estrechos y un jersey azul marino. Llevaba unos zapatos de charol planos de aire británico, y un bolso naranja. Caminaba derecha y un poco masculina. Me ha parecido guapa.

Al bajar he visto el coche preparado. He mirado el tuyo detrás y estaba vacío. Eso era algo evidente, porque me acababa de despedir de ti en casa. Sin embargo, a pesar de la evidencia, al verlo, antes que el color, o la forma, lo primero que he visto de tu coche ha sido el vacío. Me he acordado de alguna vez que te he encontrado allí por sorpresa porque tú te has quedado dentro del coche esperando a que yo llegara. A lo mejor primero me he acordado de eso.  Y por eso primero he visto el vacío y después tu coche. Quizás si no lo hubiera recordado, habría visto tu coche primero, su blanco por fuera y negro por dentro y los retrovisores cerrados. Y nada más.

No, creo que no podría ver tu coche primero, con su blanco por fuera, su negro por dentro y sus retrovisores abiertos o cerrados, y nada más. Por un montón de motivos.  Eso me gusta.

 

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Los amorosos

Hoy he cumplido 39 y se me ha olvidado escribir. Y no solo. Estamos poco imaginativos. Perder la imaginación es como quedarse ciego.  Hoy he cumplido 39 y he empezado de cero aunque no sea posible empezar de cero. Hoy he cumplido 39 y he escrito tres líneas. Casi cuatro. Que es casi como empezar de cero, o llámalo volver a empezar, o, si quieres, volver.

Los amorosos. Jaime Sabines.

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.

lunes 7 de noviembre, on the road again.

Lo bonito que tienen las etapas vitales en las que eso que ahora se ha dado en llamar zonas de confort se resquebrajan, es que te permiten ser un llanero, y que, además, te permiten escribir la palabra llanero. Y te empujan a caminar por la calle con botas y blue jeans un lunes por la mañana, y unas buenas gafas de sol. Y a fumar picadura sin filtro, y para encenderlos usar una cerilla, y con un escorzo decidido la prendo mediante el rozamiento con la suela.

Puedo hacer cualquier cosa ahora que camino sobre arenas movedizas, puedo hacer cualquier cosa ahora que de fondo suena un blues del delta del mississipi, puedo hacer cualquier cosa mientras un slide se vaya deslizando al límite, sin llegar a caer nunca al abismo y sin llegar a pisar jamás tierra firme.

Saberme en peligro me hace osada, a veces me empuja incluso a la temeridad. Y se da la contradictoria circunstancia de que justo cuando todo puede saltar en mil pedazos, o precisamente porque todo puede saltar en mil pedazos, mi cuerpo se mueve y avanza sabiéndose invencible.

llegados a este punto

Qué suerte que nacieras, y que viviendo todos estos años de un lado para otro, ahora estés justo donde estás, que es precisamente donde estoy yo. ¿No te parece una casualidad asombrosa? No, tú dices muy seguro que  las vidas que empezaron las otras veces que naciste, y las que vendrán cuando vuelvas a nacer, tienen en común que siempre llegas a este punto preciso donde estás ahora. Que es donde estoy yo.

En este punto somos jóvenes y valientes, en este punto estamos un poco locos, y es imprescindible permanecer desnudos.  Entonces aparecen los significados para nosotros. Aparecen por todas partes. En Amuleto de Bolaño, en el Mundo de Millás, en una bicicleta apoyada en una pared, en un robot de cajas de cartón, en una gata que se va a llamar Carmen, en la luna de medio día que aparece en zaragoza y se mete por mi ventana, en ese señor que estaba sentado en la mesa, y celebraba él solo con vino blanco y berberechos, en el mensaje que hay escrito en la pared, en la fuente de la república de españa, y en ese paisaje que algún día será tuyo.

Ya es mío. Es todo nuestro, ese es nuestro patrimonio de belleza y magia.

 

 

en boca de otros: Natalia Castro

Tengo ganas de reproducir aquí sus palabras desde que las leí a principios de mes. Jean Tarrou es Natalia Castro, una jovencísima escritora que, de momento, ha publicado un libro de poesía: “La intermitencia de los faros“, ahora vive en Brooklin, y está haciendo una tesis y escribiendo una novela. Mientras la publica leo su diario, y muchos días termino de leer y pienso: coño, si tuviera su talento lo podría haber escrito yo, porque así siento, sólo que ahora con sus palabras me parece sentir con más belleza, y termino de leer y pienso, gracias! gracias!

Todo el mundo desea felicidad estos días, y a mi no se me ha ocurrido una forma más hermosa -ni más retorcida tampoco-, que hacerlo con estas palabras de Natalia, a principios de diciembre:

Voy aprendiendo que el estado de plenitud es una quimera, al menos acostumbrándome a la idea de que lo va a ser para mí. Y que la satisfacción no es sinónimo de felicidad, ni siquiera es sinónimo de satisfacción porque no supone el fin de una búsqueda desesperada de lo siguiente, sino que solo consiste en una escueta certidumbre de que se están dando los pasos en la dirección adecuada. El camino es recto, pero los pensamientos merodean, tropiezan, se esconden en algún rincón a descansar llenos de miedo a la noche y a los sonidos desconocidos. Por eso, aunque el camino se dibuje en una ilusión de rectitud, no puedo quitarme esta sensación  de andar dibujando meandros.

La emancipación, ese momento en que cruzando el control del aeropuerto pensé que el paso estaba dado, ha resultado ser una vasta explanada emocional que parece no querer agotarse. Dónde están los asideros, ese lugar acabado que yo misma me prometía en alguna parte no demasiado lejos: allí. Aquí todavía no es. Pero debe andar cerca. Olfateo mis horizontes, leo para saber más pero olvido a cada línea la línea anterior. Hay algo importante que no consigo retener. El libro que estoy a punto de publicar parece cosa muy lejana, la novela sin terminar un objetivo que corre más deprisa que yo. Es una sensación como de monstruo incontinente que devora todo lo que se le pone delante pero, con todo, no engorda un gramo, o engorda muy despacio, al ritmo que crecen los árboles, y se desespera porque él está entrenando para monstruo. No hay ninguna sensación en este mundo que me angustie tanto como la de olvidar, sentir que todo lo que he encontrado y querido atesorar es humo. Dónde están esas cosas que sentía, qué pensamiento me atormentaba en esta misma noche pero hace un año, en qué libro de quién gastaba mi tiempo y para qué.

Podría renunciar, renunciar a todo, «A veces me encantaría tumbarme y morirme.» Nada demasiado sórdido ni exuberante, tumbarse y apagarse un rato, ni siquiera para siempre.

Y, frente a eso, en contra de todas las teorías, de todas las destrezas de la inteligencia, de todas las razones para desfallecer o para luchar una batalla que más bien es una venganza contra este mundo que promete y no cumple, y promete y no cumple, y promete para volver a fallar. Solo el amor. Ninguna retórica, ningún sofisticado mecanismo de supervivencia, ninguna retórica del cinismo. Solo el amor. Qué perogrullada, el amor. Qué imbécil el ser humano que teje palabras para acolcharlo, encerrarlo en una jaula de palabras, porque hay algo en el amor que le duele y seguramente sea su sencillez, que con su sola presencia desmadeja los planes y las armaduras. Qué difícil el amor y qué fácil y qué vestidos estamos para invitarlo a dormir en nuestra cama.”

Natalia Castro

Y yo sigo haciendo arte. Katja Perat.

Se dice que, en silencio, las personas

se esfuerzan por morir, porque todo lo orgánico

lucha por convertirse en inorgánico

y todo movimiento avanza y lucha

para dejar de serlo.

Las cosas se derrumban porque quieren

que se las deje en paz.

Los tristes se rinden;

un pueblo medieval se rinde

tras un asedio interminable, a duras penas,

bajo sus propias condiciones.

No pueden soportar la carga;

la culpa y la tristeza se comparten

entre todos los presentes.

El rechazo no ayuda,

ser insensible es útil,

aunque aseguren los psicoanalistas

que renunciar al deseo es una muerte anticipada.

Me resulta difícil plantarme ante el espejo. Me obliga

a enfrentarme a mi cara y a odiarla sin piedad.

Eso me aleja de las niñas de papá,

que pueden permitirse la maldad y la ira

sin nada que perder, pues se las ama y asegura por adelantado.

Existe gente honrada, gente que sabe gestionar la transparecia

sin recordarse a sí misma todo el tiempo

que jamás algo falso ha sido hermoso.

Gente que nunca esquiva su tristeza y que, al afrontar

sus errores, dice, con cierta calma:

«Soy consciente de que me has abandonado. Estás

fuera de mi alcance. Insistir

carece de sentido; nadie ama cuando está

obligado a hacerlo».

Esa gente ha aprendido cosas

que yo no soy capaz de aprender. Estamos separados

por la debilidad, que se disfraza de sentido del honor

y convierte en teoría todo lo que toca.

Cuando se vuelve insoportable de verdad,

solo puedo, con mi delicadeza exagerada,

esperar una lluvia que equipare el tiempo con mi humor.

Existe cierto encanto en emplear el arte

para liberarse. Encanto en lo que dices

cuando estás libre de las restricciones de un único punto de vista,

encanto que previene el habla y que evidencia la incapacidad,

encanto que no eludes nunca,

pues estás débil como para sobrevivir

al nivel de exposición que exige el ser humano.

El encanto y el afecto requieren esfuerzo,

y es verdad que, para mí, nada es sencillo.

«Es irrelevante»,

dijo alguien que conozco.

«Tus poemas son irrelevantes;

el arte necesita otras cosas».

El arte no necesita nada,

me gustaría añadirlo.

****

Katja Perat (Eslovenia, 1988) poeta y filósofa. Ha publicado sus poemas en España (en Mil novecientos violeta, de El Gaviero Ediciones), así como en revistas y antologías de Estados Unidos, Bélgica o Rumanía.

Este poema es una traducción de Juan Fernández Rivero

causa y consecuencia

Soy la cantante del sol naciente

Que metió nanas en botellas

y las tiró al mar impredecible

para llegarte a la isla en que te ahogabas.

Soy el pincel que pintó de amarillo los quinientos diez mil millones

de kilómetros cuadrados de superficie terrestre

y los usó para alear tu cuerpo con el mío.

Soy el poeta que atrapa

las palabras que nos decimos,

Incluso si no las pronunciamos,

ya sabes:

soy contigo,

la primera vez no es un ordinal sino un estado de ánimo,

que quizás seas mi propio origen,

y que antes de saber que te amaba ya te amaba.

Soy la narradora de Murúa Niño,

que unas veces es tú y otras yo,

a veces los dos incluso

y tiene un millón de dudas,

y una única certeza.

Y si decidí ser músico,

fue para hacer prácticas de salto al vacío

y para hacerte saltar detrás

porque no hay sueños para el cobarde.

-de eso sabes, porque en otros abismos ya habías estado

antes y primero.-

Aunque parezca confuso

en esa extravagante multiplicidad

está mi yo que más me gusta

y coincide preciso con el que más amas,

y conquista tu sorpresa.

Es que si lo piensas, la sorpresa es aire

¡Cómo el aire podría renunciar a ser aire!

¡a mantenerte con vida!

a salvar la mía…

Y tú…

tú estás detrás de todo,

de ese yo que me gusta,

de la inconstancia volátil…

Tú, que eres causa y consecuencia.