Escapar

por patricia

El domingo, leyendo en El País un artículo acerca de la infancia de Vargas Llosa, me detuve en la cita de una declaración suya. Decía Vargas Llosa que uno escribía “para escapar de la pena”. Con todos los por qués que he estado buscando a lo largo de los años, y éste se me había pasado por alto. No creo que sea el único. Creo que el por qué fundamental no es algo que se pueda explicar. No todo puede ser objeto de una explicación racional, hay cosas que simplemente son, sin más vueltas que darle. Pero por naturaleza nos resulta imposible andar por la vida sin esa obsesión por buscar respuestas, por desentrañar misterios, como creo también que sería desalentador vivir sin preguntas ni misterios.

Pero esta respuesta de escapar de la pena, como respuesta parcial, me pareció buena. Cuando pienso en mí, y en mis estados de ánimo a la hora de escribir, sí que es cierto que, si bien escribo con cualquiera de ellos, cuando me siento feliz escribir es un acto de voluntad. Pero en esos días, en los de melancolía, hipersensibilidad, introspección o soledad, escribir se convierte en una necesidad básica y urgente, como cuando uno anda aguantando la respiración, y pasado un determinado número de segundos necesita coger aire porque no soporta más la sensación de ahogo. Como si, volcando en la pantalla todos esos pensamientos que están ahí en la cabeza, oprimiendo, dañando, obsesionando, abriendo un abismo con el alrededor, generando una conciencia de solitud que no hace sino más penoso el proceso… como si, volcando en la pantalla esos pensamientos, convirtiéndolos en palabras, o disfrazándolos con ellas -por pudor-, fueran a quedarse ahí, en la pantalla, fuera de la cabeza, restableciendo el equilibrio, el orden del mundo, aunque sea de ese mundo pequeño que es el propio.

Y parecerá una ingenuidad, será un remedio placebo, pero a veces, a veces, el sacar los demonios en forma de palabra y dejarlos en la pantalla, si no cura al menos alivia.

Me pregunto si no será ese el motivo por el cual, últimamente, existen tantos libros con finales tristes, tantas historias llenas de soledad, tanta desesperanza, tanto desgarro y tanto sabor a ceniza… y no sólo en literatura – y es que cada uno escapa como puede o como sabe- , pues se palpa ese sentimiento trágico en el cine, en pintura, en fotografía, en la música…. de hecho, parece existir en el arte un cierto desprecio por la felicidad y el optimismo como tema o como tono. Pero sin embargo, y por suerte, si bien es cierto que el dolor forma parte de la vida, no lo es menos que la vida también está hecha de felicidad.

Y, aunque no pueda negar esa belleza que reside en la melancolía, y aunque no pueda negar lo curativo que puede ser la escritura (o la disciplina que sea) como catarsis, como desahogo, como refugio… para ser sincera, de vez en cuando echo de menos en la expresión artística un poco de luz, un poco de optimismo, un  final feliz, uno al menos, de vez en cuando…

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