Fecha de caducidad

Estaba junto a mí frente al lineal de mermeladas. Al principio me costó un poco reparar en ese señor de cierta edad, que en otra época se habría considerado anciano pero que ahora es muy joven todavía. Debe ser que cuando apareció yo estaba abstraída en pleno proceso selectivo, mirando la cantidad de azúcar que tiene cada una de las marcas, tratando de determinar desde el otro lado del cristal si la mermelada es líquida, si tiene trozos, y si los tiene cómo de grandes, cómo es de bonito cada uno de los frascos de cristal y ese tipo de cosas en las que analizo cuidadosamente antes de decidirme por una marca de mermelada, lo que hace que a pesar de ser una decisión de las que se consideran sencillas, o que debería serlo, a mí me lleva un buen rato. Solo me di cuenta de la presencia de ese hombre cuando al tratar de tomar un frasco su presencia se interpuso en mi camino. Entonces detuve mi proceso de análisis, y me dediqué a observarlo. Tenía un bote en la mano y leía con atención la tapa. Creo que fue empezar a observarlo y comenzar él a leer en voz alta, aunque puede que ya estuviera leyendo en voz alta antes, y a mí se me activara el oído al verlo, porque los sentidos a veces funcionan así, en bloque. El señor intentaba averiguar la fecha de caducidad, pero no lo conseguía. Esperé a que me pidiera ayuda (ofrecérsela antes de que me lo pidiera me pareció grosero).

-¿Me puede decir la fecha de caducidad?

-Sí, claro, diciembre de 2018.

-Uy! qué pronto, -contestó él. Si fuera a caducar un poco más tarde me llevaría dos, pero caducando en diciembre de 2018 solo me llevo uno… aunque igual hay alguno que caduque más tarde…  Joven, ¿me ayuda a buscar un tarro que caduque en diciembre de 2019?

Entonces yo miro el lineal lleno de frascos. Debe haber unos doscientos. O unos dos mil. No jodas.

– Pero señor, si hasta diciembre de 2018 queda más de un año! Ahora estamos en noviembre de 2017, después diciembre de 2017, y después un año entero!

– Bueno, no sé, quizás tiene razón. Me voy a arriesgar, y llevo dos, que así tengo para más tiempo.

El señor se fue con sus dos tarros de mermelada convencido solo a medias, y yo proseguí analizando marcas, diseño de frascos, texturas y cantidades de azúcar. Pensé que ese señor ya no iba a comprar más mermelada hasta diciembre de 2018, y lo que es más, que ese señor habría querido no comprar más mermelada hasta diciembre de 2019. Me pareció maravilloso.

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La otra tarde Raquel y yo fuimos primero al Vips porque ella no había comido, y quería comer, y yo odio el Vips, pero me dio igual porque al fin y al cabo era ella la que tenía hambre, y pidió un salteado oriental, que es lo que pedías tú cuando ibas a comer allí, cuando tenías una tarjeta y todo, es posible incluso que yo en algún momento de mi vida haya tenido una tarjeta del Vips. Fíjate que hasta tuve una de El Corte Inglés. Qué tiempos  extraños.

Cuando acabó, buscamos un lugar un poco más bonito para tomar un café, y fuimos al Ocho y Medio, que no sé por qué yo lo llamo el Café de las Estrellas, igual porque además de café es una librería de cine, y aunque lo vea a menudo y cada vez que lo vea piense “si se llama Ocho y Medio”,  cuando vuelvo a ir otra vez, o a pensar en ese sitio, mi cerebro le asigna de nuevo el nombre Café de las Estrellas, y es que él ha decidido llamarlo así.

Y estábamos allí sentadas las dos, y te aclaro que allí eran las mesas de la terraza, y esto es significativo para lo que voy a contarte ahora, cuando de pronto Raquel dejó de mirarme para mirar a la calle fijamente, porque allí en la calle estaba apareciendo una persona conocida. Y esto lo sé porque siempre cuando quedo con Raquel, siempre, encuentra al menos a una persona conocida. Quedemos donde quedemos. Quedemos en Ópera, quedemos en Quevedo, quedemos en Plaza de España, quedemos donde quedemos, siempre encuentra a alguien. No es extraño que unos momentos antes me hubiera contado que a veces Madrid se le hacía pequeño, a veces casi aldea.

Poco a poco se fue acercando la persona conocida a nuestra mesa. Era un chico joven paseando a su bebé. El chico se llamaba David, y nos pidió por favor que no nos levantáramos. Por lo menos dos veces. Y el chico era tan amable y tan cariñoso que yo no me atreví a llevarle la contraria, y además me parecía lo prudente quedarme un poco al margen para que ellos, que son los que se conocían y se habían encontrado, pudieran saludarse con un poco más de intimidad.

Supongo que por las licencias que da la confianza a Raquel no le supuso ningún reparo llevarle la contraria a David, y sí se levantó, y se pusieron a hablar de pie, pero no entre ellos, sino incluyéndome, porque Raquel no tardó en presentarme de esa forma en que me presenta siempre y que a mí me da un poco de vergüenza, como su amiga más antigua, y es que en general las presentaciones me dan un poco de vergüenza, y me sentí bastante estúpida  ahí sentada para no llevarle la contraria a David, mientras ellos hablaban ahí de pie de mí y conmigo. El caso es que mientras estaba yo ahí sentada como una completa imbécil, Raquel también me presentó a David, y también dijo cosas bonitas de él, en concreto que dibujaba genial. Y entonces David nos dijo que le acababan de contratar para hacer unos dibujos, y también contó otra cosa, y aquí es donde está todo el meollo del asunto y lo que en verdad ha sido la causa de que haya comenzado a escribir todo esto.

Contó que había estado leyendo unas cartas de Van Gogh, y que en una de ellas le contaba a un amigo que con treinta y cinco años aún no sabía qué se le daba bien hacer, y que se sentía perdido en el mundo. Y un tiempo después descubrió que le gustaba dibujar, y entonces empezó a dibujar, y se dio cuenta de que además de gustarle se le daba bien. Y que entonces se sintió mejor en el mundo, porque por fin había encontrado aquello para lo que valía. Imagina!!!! El puto Van Gogh, con treinta y cinco años, aún no se había descubierto! David lo contaba como si él llevara dibujando poco, como si antes hubiera estado haciendo otras cosas, buscando y buscando, y él también ahora se hubiera descubierto, y además le habían hecho un contrato para hacer dibujos.

El caso es que me pareció una historia esperanzadora. Y terminaba David con sus conclusiones, diciendo que para él eso significaba que lo que tenemos que hacer cuando aún estamos confusos y perdidos, es buscar, seguir buscando siempre, al margen de nuestra edad, de nuestra profesión, seguir buscando.

Y a veces cuando pasan cosas que te llaman la atención parece que el mundo se confabula para que allá donde mires todo te venga a decir lo mismo, que aunque el Dr.Puig lo explique como un fenómeno que crea nuestro propio cerebro, que lo leí ayer en un artículo que titulaban “Lo que el corazón quiere la mente se lo muestra“, y que me pareció muy interesante y muy sorprendente y lo compartí en Facebook, pero no lo pudiste leer, me gusta más pensar que el mundo se pone a emitir señales, a vibrar para que pasen cosas, y para que tú te des cuenta y no las dejes pasar, y estés atento, y por eso me encontré también con la carta de Bukowski  contra el trabajo que sí leíste conmigo, y que también compartí. Y es que él también se descubrió tarde, y lo explica aunque de una forma beligerante y rabiosa. Y casualmente ayer recibo una propuesta de Raquel para participar de una forma o de otra en su proyecto, y digo sí, aunque no sé muy bien qué cosas podría hacer bien para él, o de dónde voy a sacar el tiempo, pero es un sí.

Y esta mañana iba pensando todo esto. Y mientras lo iba pensando así, de la misma forma en que escribo ahora, dirigiéndome a ti, como si fueran pensamientos carta, que después convierto en carta, pensé también que hacía mucho que no pensaba de esa forma, y por eso hacía mucho tiempo que no escribía de esta forma. Y cuando me he dado cuenta, lo que más me ha gustado, más que Van Gogh, más que su carta, más que la esperanza y que Bukowski, más que las señales, que el café, que buscar o encontrar, es haberme encontrado pensado de esta forma.

 

Rumbo a Chamberí

Hacía quince años que vivía en el mismo barrio y cuando pensaba en dejarlo sentía ciertas resistencias. Incluso si el nuevo me gustaba. Pero desde el mismo instante en que salí de allí a lomos del camión de mudanzas no he vuelto a pensar en ello hasta ahora, y solo a efectos narrativos. Iba sentada delante, junto a los dos rumanos que llevaron nuestras cosas.  Los rumanos que contraté para hacer la mudanza eran capaces de levantar a pulso cajas llenas de libros de doscientos kilos de peso, a veces levantaban dos al mismo tiempo. Era como si Hércules y algún amigo se hubieran encarnado en esos dos tipos que por fuera parecían dos simples mortales de constitución delgada. Los dioses de verdad no necesitan llamar la atención. Por qué no usáis la carretilla? Porque es más lento, contestaban. Por el camino, en el camión, iban mirando a las mujeres que hacían running por la calle. Con éstas no me importaba a mí hacer ejercicio un rato, decían, como si yo fuera uno más. Noté que el levantamiento de peso no tenía efectos sobre la libido, podría incluso funcionar como un estimulante. Mientras tanto recogí la mirada de complicidad y me puse a mirar por la ventana como un rumano más. Desde luego no se me ocurrió echar la vista atrás y mirar aquello que dejaba, estaba ocupada con las mujeres en pantalón corto. Pensaba que quince años tendrían más peso, pero aún no he conseguido encontrar rastros de nostalgia. Siento como mía mi nueva casa, mi nueva calle y mi nuevo barrio desde el instante en que llegué. Deduzco que debo tener una poderosa facilidad natural para enraizarme que no tiene nada que envidiarle a mi también poderosa facilidad natural para desenraizarme. O a lo mejor es que sólo es posible enraizarse si previamente está uno desenraizado, o a lo mejor es que ese paso es sencillo cuando uno se desplaza con las raíces puestas, junto a las personas que son su sujeción en el mundo. Y no me refiero a los rumanos.

En cualquier caso no soy tan ingenua, sé que una cosa es sentirse en casa y creerte del barrio, y otra cosa es que realmente formes parte.  Así que sé que aunque ya me sienta en mi sitio me queda trabajo por hacer, más allá del de vaciar las cajas. Porque para pertenecer hace falta no sólo que yo considere mío el lugar, sino que el lugar me considere mía a mí también. Nos tenemos que ganar mutuamente. Uno de los hitos para mí sintomático de pertenecer a un barrio es sentarme en un café y que el camarero me conozca, me salude, y sepa que el café lo tomo con la leche muy caliente. Si me pone también un vaso de agua soy capaz de abrazarlo. Sé que conseguir eso requiere un tiempo mayor que el que necesito para llamar a mi nueva casa casa. Tengo que caminar, tomar café en varios sitios, repetir en aquellos con mejores sensaciones hasta que solo queden uno o dos finalistas, y entonces seguir repitiendo, una y otra vez, hasta que se desarrollen los vínculos.

El primer día me senté en un café cercano, en mi misma calle y en mi misma acera. Tenía prisa porque me iban a traer un armario, así que no me entretuve mucho en explorar. Sólo había otro más cercano, justo en mi portal, con una dosis cañí bastante elevada, y esta me parece una cualidad favorecedora de vínculos, pero no tenía terraza para poder fumar ni sillas para poder sentarse. Solo una barra. Como ya dije, era cañí. En la terraza que elegí me atendió un camarero mayor, de esos que no llevan nada para anotar y son capaces de recordar lo que han pedido todos y cada uno de sus clientes, y le pedí un café y él me preguntó que si quería comer algo. Pues sí, algo dulce, ¿qué tiene? tengo de todo, le puedo traer un tortel… No creo que el camarero se hiciera una idea del regocijo que sentí al escuchar aquello del tortel, y eso que no me gustan demasiado, pero hacía tanto que no veía ni oía nombrar los torteles, quizás la última vez fuera a mi abuela siendo yo niña, que pensaba que debían ser ya especie protegida, y definitivamente cañí. Y le dije que sí. Me acordé de mi abuela. No tanto como cuando veo bartolillos, pero también. Cuando vaya a verla se lo contaré: abuela, ¿sabes que en mi barrio hay un café en que ponen torteles para desayunar? Y mi abuela no me hará mucho caso y me contestará con otra pregunta del tipo ¿Y tú sabes hija que esta mañana he estado hablando con mi padre? ¿Y qué te ha dicho? le diré yo, porque ella prefiere mantener su conversación, y porque además me parece mucho más interesante lo que tiene ella que contar. Me parece asombroso que con esa pila de años su cerebro se haya convertido en un prodigio para la ficción, habla y habla y todo es fantástico, y es capaz de inventárselo sobre la marcha, con el solo matiz de que para ella es verdad. Si yo tuviera ese don probablemente sería capaz de escribir una novela.

La nostalgia no traza líneas rectas. No aparece al dejar el barrio en el que he vivido durante quince años, pero sin embargo escucho la palabra tortel y me alboroza el saber que todavía existe, y lo pido para que siga existiendo. Que en realidad es lo que más me importa, el hecho mismo de la permanencia. Como con mi barrio. Hay lugares, sabores o personas donde no me hace falta estar o vivir, siempre que alguien me asegure su permanencia. Sí, sigue como siempre, y está bien. Y entonces yo puedo deshacer cajas, estrechar vínculos, tomar cafés, y enarbolar la reivindicación del tortel, o del bartolillo.

Caber en una bolsa

Estoy en la cola del supermercado. Llevo una cesta medio llena. Tengo que pedir dos bolsas. De pronto me da por acordarme de la época en la que las bolsas de plástico eran gratis y uno no tenía que calcular, y de la primera vez que pasé la compra teniendo que pedir por anticipado el número de bolsas que iba a necesitar y me quedé perpleja, como si me estuvieran pidiendo algo imposible, creo que le dije a la cajera ¿y cómo voy yo a saber cuántas bolsas voy a necesitar? Sin embargo ahora miro mi cesta y sé con certeza que son dos bolsas. Detrás de mí hay una pareja de señores mayores. Él va con bastón. Ella no. Ambos están encogidos. Los años los han empequeñecido hasta volver a una talla infantil, solo que la espalda está hacia delante, encorvada. Están discutiendo. Él piensa que la fila de al lado va más deprisa. Ella no, y además le dice que da lo mismo. Miro lo que llevan. Ella lleva un paquete de café y él unas galletas. Pienso que debería dejarles pasar. Pero no me apetece. No me apetece hablar, punto número uno. Además, si al dejarles pasar me encuentro en la situación de que el siguiente también lleva menos cosas que yo también debería dejarle pasar. Y así hasta cuándo. Al fin y al cabo mi compra cabe en dos bolsas, no llevo un carro lleno, voy a tardar poco. Pero cuando llega mi turno les digo que pasen. Mientras colocan su exigua compra en la cinta veo que el señor tiene bastón y unas gafas con patillas rojas, muy juveniles, en un contrapunto perfecto con las arrugas, la gran nariz y los ojillos diminutos. Me dice que muchas gracias, que casi nadie hace ya estas cosas. Me da un poco de vergüenza la vehemencia del agradecimiento. Por desmedido. Y por la duda de instantes atrás. La señora me da las gracias también. Me dice que me desea que pueda continuar cediendo el sitio durante muchos años. Tantos como los que tienen ellos. Yo tengo 93 y mi marido 94. Cualquiera lo diría, le digo, qué suerte tienen. Y juntos! me dice ella. Hoy hace cincuenta y tres años que nos casamos. Me da la impresión de que le brillan los ojos, y también de que probablemente ha errado en la cuenta. Le doy la enhorabuena. Recogen su compra. También piden dos bolsas. Cogen una cada uno y se marchan caminando despacio, inclinados hacia delante, uno con bastón y la otra con esfuerzo. Cuando termino de pagar y salgo los observo caminando despacio, aún a escasos pasos del supermercado. Ahora están en su casa. También aquí, pero eso ellos no lo saben.

 

Mi adicción a las drogas

Llevo dos días saliendo a correr. Con la cantidad de veces que me he descojonado yo de los runners.

Me lo había propuesto para el nuevo año, y me ha costado una mentalización de tres meses, y que empezara la primavera.

Todo empezó por culpa del sedentarismo. No es que yo haya sido nunca un paradigma de actividad física, pero hace unos años mis rutinas diarias me obligaban a desplazarme andando y a mantener una cierta actividad. Eso me gusta. Me gusta andar o montar en bici para desplazarme, correr para llegar a tiempo, saltar porque estoy contenta o para cruzar pisando las líneas blancas del paso de cebra, bailar para expresarme, pero no andar sólo por andar, o por correr, o por montar en bici. El caso es que últimamente mis cambios vitales me han llevado a pasarme el día sentada en una silla, o sentada en el asiento del conductor del coche, o sentada en un sillón o tumbada en la cama. Esto no sería tan malo si no fuera porque, curiosamente, según transcurren los meses de apoltrone, cada vez tengo menos energías. Cuanto menos me muevo menos ganas tengo de moverme, y me estoy empezando a transformar en un ser apático y perezoso. Mierda de estilo de vida. Lo ideal sería que la propia vida implicara movimiento. Estamos diseñados para eso. Correr para cazar o para huir del león, caminar para buscar agua, saltar para recolectar… Veía el otro día Náufrago y pensaba en la suerte que tenía el tipo. Unos meses en la isla y ya era un salvaje en toda regla, con un cuerpo y una energía envidiables. Lo que daría yo por ser un salvaje.

Como ser analítico y observador que soy, he correlacionado mi ausencia de actividad física con ese estado de ánimo de apatía, aburrimiento y falta de energía. El problema es que el deporte como fin en sí mismo me aburre, y he desarrollado una gran resistencia a ocupar el poco tiempo libre que tengo con actividades con las que no disfruto, y más todavía a autoimponérmelas, porque a mí lo que me mueve es el placer (uno de los valores que más detesto es el aclamado “espíritu de sacrificio”). Así que pensé, ya que tengo poco tiempo, y quiero invertir en esto lo menos posible, voy a hacer aquello que me de más resultados en menos tiempo y que me requiera logística e inversión económica cero. Lo que los economistas llamamos un análisis coste-beneficio, en aras de resultar eficientes. Y lo que se me ocurre es correr. Correr es cardiovascular y aeróbico, que son las condiciones idóneas para que el cuerpo segregue los compuestos químicos que mejoran el ánimo, y solo tengo que ponerme unas zapatillas y bajar a la calle. En diez minutos como mucho ya he conseguido romper el círculo vicioso de la silla. No voy a disfrutar nada, pero al fin y al cabo son solo diez minutos. A ver qué obtengo.

Lo comenté en el trabajo, que tengo varios compañeros runners -es imposible no tener a ningún conocido que no se haya infectado-, de los que entrenan a diario, y corren medias maratones, y maratones completas, y conocen sus tiempos y los controlan, y saben también si son supinadores o pronadores… de esos. Y entonces hice mi anuncio, casi como quien claudica. Ah, sí? Y por dónde vas a correr? -me preguntaban triunfales- ¿Vas a buscar terreno duro o blando? ¿Vas a salir al campo o a un parque? No me va a dar tiempo a llegar mucho más allá de dos o tres manzanas en los diez minutos que pienso correr, cinco minutos de ida y cinco de vuelta. ¿Sólo diez minutos? Eso no es nada! AL menos tienes que correr media hora para que tu cuerpo empiece a notarlo y los músculos comiencen a trabajar. ¿Los músculos? Yo es que esto no lo voy a hacer porque piense competir con un keniata en Nueva York o porque aspire a convertirme en top model. Yo solo quiero mis endorfinas, voy a correr lo justo para recibir el chute químico -que no piensen ni por un instante que soy de los suyos-.

Tres meses más tarde de mi anuncio me he puesto por fin unas zapatillas y he salido a darme unas carreras. Tal y como preveía, he tardado alrededor de un minuto y medio en alcanzar la extenuación. He odiado correr desde que con doce años me obligaron a someterme al test de Cooper y para mí fue lo más parecido a una experiencia cercana a la muerte. Así que con calma, que no tengo espíritu de sacrificio y deseo mantenerlo lejos de mí. Tres o cuatro minutitos, paseo y otros tres o cuatro minutitos. Me siento como una completa imbécil cuando miro detrás y no veo ningún león, ni voy a perder un tren ni nada. Pero bueno, estoy aguantando el ridículo y las agujetas. Parece que después me siento frente al ordenador con más energías, aunque también podría deberse al sol. Las cosas que se pueden hacer por una dosis.

Reconectar.

Un lunes, hace poco, tuve una pesadilla. Me dio la impresión mientras soñaba de que no era la primera vez que tenía ese sueño, pero eso no significa en absoluto que fuera un sueño recurrente, tan solo que a mí me pareció recurrente. Era un terror zombie. No me enfrentaba directamente a ninguno, porque supongo que soy demasiado miedosa como para luchar con un ser monstruoso, incluso en sueños, pero de alguna forma sabía que habían estado allí y sabía que iban a volver. Estaba en una casa grande. Dentro gente histérica, saliendo y entrando, escondiéndose, preparándose. Había alguien a quien yo conocía que me decía que volvería, lo que significa que se fue, y yo me quedé allí, buscando y escondiéndome. Creo que buscaba a los niños. En un momento dado se hace completo silencio. De pronto deja de haber nadie. Ni un solo movimiento. Nadie. Entonces ya apenas me puedo mover del pánico. Avanzo lenta, sabiendo que en cualquier momento me voy a encontrar con un ser, y me va a tocar enfrentarme, y no puedo. Entro en unos baños, que parecen baños de escuela o de vestuario, y abro una de las puertas. Dentro hay unos niños, vestidos con ropa interior blanca, descalzos, tirados en el suelo sucio, jugando con sus pies nerviosos, tratando de ser silenciosos a su manera, y yo tengo tanto miedo que ya no soy capaz de seguir buscando, y me rindo, y me quedo allí, con esos niños que no son los que buscaba, absolutamente cobarde, sabiendo que allí no estoy a salvo, pero incapaz de alejarme del consuelo de esas piernecitas temblorosas, sucias, calientes, vivas. Sólo el despertador me saca.

Hace tantos días que no me asomo, ahí dentro, donde estoy, que me da miedo mirar.

 

Permanent holiday

Tengo la sensación de que en enero las cosas se han ralentizado, incluida yo. Ya desde por la mañana salgo de casa para llevar a Miguel al cole diez minutos más tarde que el trimestre anterior, y además sin prisas, como si de fondo sonara Bob Marley, como si los tiempos reglamentarios de empezar las clases o el trabajo hubieran tomado el carácter de orientativos, o, simplemente, como si nos diera lo mismo. Miguel ha dejado de meterme prisa y avisarme de los minutos que van pasando, y espera tranquilamente, despidiéndose del móvil. Continúa preguntándome antes de salir si he cogido mi comida y si llevo las llaves del coche. Él también se ha ralentizado. Y el tráfico. Porque el trimestre pasado, salir con diez minutos de retraso habría supuesto una absoluta debacle horaria a causa del infierno circulatorio en la cuesta de san vicente. Pero no ha habido debacle. Quizás no la habría habido nunca, en realidad.

En mi trabajo, hasta la semana pasada he estado en un modo de eficiencia cero, con la desmotivación añadida de que dentro de mi nutridas y variopintas tareas a desempeñar, se acumulan las tediosas. El viernes pasado mi cuerpo ralentizado entró en rebeldía ante la urgencia y el tedio de aquello que tenía que terminar, y grité.

Estoy experimentando nuevas músicas. No quiero escapar a mi naturaleza obsesiva y poco descubridora. De vez en cuando descubro algo o a alguien que me gusta, y me quedo enganchada a esa música y la pongo una y otra vez, y otra, durante horas y días y años. Hasta que dejo esa adicción por otra. Sé que así soy, y que mi exploración durará lo que tarde en engancharme de nuevo, pero, no obstante, ahora estoy explorando sendas más luminosas, con la excepción de Modelo de respuesta polar. Necesito dosis de La guerra y las faltas, y El cariño diarias.

Tanto Pablo como Miguel siguen ralentizados en sus estudios. En esto no ha habido diferencias este mes, es tendencia.  Las primeras semanas lo dejé pasar, es tan fácil, tan cómodo y tan maravilloso dejarse arrastrar por la inconsciencia y la ralentización… pero ya estoy empezando a acercarme al barro, me he descalzado, y he metido los pies. El recurso de ordenar estudiar desde la distancia es tan sencillo como estéril. Por otra parte, cuando empieza una evaluación bajarse al barro tiene su gracia. Cuando aún no estamos cansados y nos queda humor, reestudiar, reexplicar, y repreguntar se amplía a un espacio de debate y humor. Muchas veces nos divertimos. Dejo anotado que mientras Pablo me contaba de qué iba el Cantar de Mio Cid (por cierto, empiezo a pensar que el oscurantismo medieval no va a terminar nunca, en cuatro años no hemos llegado al siglo XVI, es como revivirlo en tiempo real) y me cuenta cómo el Cid le ofrece al rey que lo ha desterrado para obtener su perdón. ¿Y lo perdona? Todavía no, me dice. Intervengo diciendo que el rey era un vengativo y un rencoroso de mierda. Y Pablo contesta que eso es lo que en la época llamaban honor.

Con Miguel todo es fácil aún, para mí al menos. Con Pablo cada vez menos. Si tengo que ponerme a estudiar la regla de ruffini, o el modelo atómico de bohr y rutherford, de entrada me cago en la puta, y mentalmente empieza el argumentario ese de que yo ya pasé por ésto, y por qué demonios me tengo que poner a estudiarlo todo con él cuando la responsabilidad es suya. Pero en esos momentos se me olvida que, últimamente, los pocos momentos que compartimos y, por ello, las pocas oportunidades que tenemos para divertirnos juntos, son esas, y cada vez irán a menos. No obstante, si el año que viene que ya puede elegir, se quiere quitar todas las asignaturas de ciencias, no seré yo quien trate de convencerle de lo contrario. Esta noche he conseguido seducirle para compartir un tiempo mucho más lúdico. Gracias, Tarantino.

Ayer por fin conseguimos diagnóstico para Miguel, que lleva lesionado desde noviembre, y tiene una calcificación en el ligamento deltoideo, así que va para largo, quizás para el resto de la temporada, y posiblemente con un final de artroscopia. ¿Estás muy disgustado? Sí. No te preocupes, esto se cura. (Por un momento llegué a tener mis dudas. Una mañana  lo miré mientras entraba en el cole, cojeando y triste, y lo imaginé en un futuro sin deporte, que es lo que más feliz le hace en el mundo, y en esa imagen seguía cabizabajo y triste, y fui llorando todo el camino hasta el trabajo. Así que mientras todos se disgustaban con el diagnóstico yo respiré. Se cura. Ahora nos queda el futbolín y la canasta de su cuarto.)

También ayer mi madre cumplió 60. Mientras la acompañaba a comprar una tarta y velas le dije que lo llevaba muy bien, bueno, tú nunca has tenido problemas con cumplir años. Y me miró con una sonrisa de esas suyas, con esa chispa pícara heredada de su padre, mi abuelo, y me dijo, no, que me quiten lo bailao, que ni ha sido poco, ni ha estado mal.  Hoy han llegado las fotos que la hice. Tendrían que haber llegado el lunes para habérselas podido dar ayer, pero no llegaron. Tengo ganas de verlas, a ver si lo he conseguido. Mi madre es de esas personas que siempre están mejor al natural que en una foto. Creo que se merece una foto que refleje todo lo que es. O que al menos se le arrime un poco. El listón es tan alto.