El porte de cada individuo, y su modo de habitar la calle.

La primera parte de la exposición de Eamonn Doyle se llama i. Me pregunto si Eamann se pronunciará Éiman o Íman. Me pregunto por qué el nombre i. El comisario dice sobre ella “Las figuras solitarias y silenciosas de i realizan tareas cotidianas desconocidas a lo largo de O’Connell street de Dublín. Aisladas casi por completo en medio del paisaje geométrico de las calles, parecen ajenas al mundo que las rodea.” El comisario no menciona que son fotografías de ancianos, de viejos, de personas mayores. Tampoco habla sobre los planos picados, muchas veces diagonales, tan abrumadoramente cerca de las solitarias figuras: los viejos. Son solitarias porque son viejos, son silenciosas porque son viejos. No solo están solos y silenciosos los viejos. Pero especialmente.

Ayer en la tele, en ese programa, hablaban de un nuevo grupo social pujante, los viejennials. Se referían a los septuagenarios que no son mayores y tienen una gran calidad de vida, y viajan, y realizan actividades intelectualmente estimulantes, y tienen una vitalidad desbordante. Pero solo hablaron de los viejennials después de hablar del éxito que habían tenido unas focas en residencias de ancianos para enfermos de alzheimer en los primeros estadios de la enfermedad. Las focas eran unos robots, de peluche por fuera y con “tamagochi” por dentro. Es decir, los viejos que empezaban a perder la cabeza se tenían que hacer responsables de su foca, y tenían que acordarse de alimentarla, acariciarla, arroparla por las noches… y tener una foca robot de la que ocuparse les hacía ralentizar su deterioro. Y en el programa aparecían dos viejecillas acariciando y besando a su foca, con esos besos sonoros, lentos y técnicos que dan los abuelos, y diciéndoles qué bonita es mi niña, y los gerontólogos aparecían muy orgullosos de los progresos y de la calidad de vida que las focas estaban procurando a las abuelas. Creo que en ese momento dije que si en algún momento llego a esa situación y queda aún alguien que me quiera, ojalá tenga la bondad de echarme veneno en la sopa. Creo que en ese momento dijiste ya sabía yo que ibas a llevarte la conversación a ese lugar. A ti no te gusta pensar en la muerte. A mí no me gusta aceptar que tendré que resignarme a cualquier forma de vida. Y sin ir más lejos, esta mañana, nada más despertarme, mientras preparabas el desayuno pensando que yo apuraba los últimos minutos de sueño, me he dedicado a hacer búsquedas de venenos en google.

De i el comisario también dice “Las fotografías se fijan en detalles de la tela y la textura, en el porte de cada individuo y en su modo de habitar la calle.” Los “detalles de la tela” desvelan pobreza, desamparo y fragilidad en esos “individuos”. Y su “modo de habitar la calle” habla de lo mismo. Las chepas, la espera en un banco, las manos con artrosis que sujetan una bolsa, el bastón, la chaqueta rota, el mirar al suelo. El comisario es aséptico y eufemístico y sus palabras se estrellan contra las fotografías de formato inmenso. Esas fotografías me hacen pensar que quizás no sea fácil que cuando yo sea vieja quede alguien que me quiera. No siempre pasa. O al menos no alguien que, aun queriéndote, pertenezca a tu día a día. O a un día a día lo bastante frecuente. La vida puede ser maravillosa, pero también muy cabrona. Lo bastante frecuente como para poder decir, en susurros, estoy bien jodida, y que te abracen y te dejen decirlo. A nadie le gusta escuchar penas. Normalmente la réplica es la negación. No, en realidad no estás mal. Tú no lo sabes pero estás bien. Solo le puedes contar penas a gente que te quiere, pero no a toda. A poca. Como a ti, que ayer te dije que querré veneno en la sopa en el momento en que el sentido de la vida sea acariciar un peluche.

El mismo pánico que le tengo yo a la longevidad se lo tienes tú a la muerte prematura. Entre los dos supongo que formaríamos un tandem equilibrado de miedos mortales. Y también tiene sentido, porque la muerte prematura es devastadora para quien no muere. En el momento de llegar a k solo me doy cuenta de que la historia que tiene detrás es poderosa pero no del cierre del círculo. k llega para Eamonn al morir su madre. El hermano de Eamonn había muerto con treinta y tres años de forma repentina y su madre nunca se había repuesto. Los hijos no deben morir antes que los padres. Ese es un miedo que yo no tengo porque no tengo recursos para poder afrontarlo. El recurso de la madre de Eamonn fue escribirle cartas a su hijo muerto. Al morir la madre, Eamann crea k, una serie de fotografías en las que una figura espectral cubierta por un manto es azotada por el viento, la luz, el agua. Dice el comisario “Entretejidos en esta meditación sobre el dolor y las fuerzas que nos atan están los fantasmas de los irlandeses atlantes”. Hoy es el cumpleaños de mi abuela. Se lo digo a mi madre que sé que lo sabe y sé que se acuerda, pero más como una forma de decirle que yo también me acuerdo. Habría cumplido 93 años, me contesta. Eso sin embargo no lo sé. Ni siquiera sé si murió hace tres años, cuatro o cuántos. Entre mis miedos también está el que mi madre se haga mayor. Mi padre también, pero si pienso en ello aparece primero mi madre, me debe preocupar más. Y tampoco debo tener demasiados recursos para lidiar con esa pena, porque me siento más cómoda afrontando mi propia degradación, hasta divertida en cuanto llega el pensamiento del veneno en la sopa.

Salimos de la exposición. Sigue haciendo un día espléndido. En la calle una señora está sentada en un poyete y le cuelgan las piernas. Habla por teléfono. Parece una niña. Me dan ganas de darle un abrazo. Brilla el sol. Hoy puedo brincar y brinco. Puedo bailar y bailo. Puedo reír y río. Todo está en pie. Y tú. Soy feliz.

Por fin los ciervos

Un día, cerca de un fin del mundo, mantuvimos una conversación absurda. Pregunté en voz alta, y desde luego sin pensar, desde cuándo Europa se nombraba Europa. No se trata de una pregunta que formulara desde la nada. Mientras tomábamos café, en un rato de aparente silencio, me había detenido a pensar en otro nombre que había leído varias veces esos días. Los picos de Europa. Y entonces me había dado por pensar por qué los habían llamado así. Llamar Los picos de Europa a Los picos de Europa, cuando en el continente hay cordilleras mucho más elevadas e imponentes, como los Alpes, Pirineos, Urales o la cordillera del Cáucaso… me había parecido tan pretencioso que ese nombre, Los Picos de Europa, solo podía provenir o bien de la ignorancia, o bien del chovinismo. Salvo, claro, que Europa, cuando fuera nombrada Europa, no comprendiera la misma extensión que es ahora. Unos Picos de Europa -en cualquier caso- habría resultado más acertado. O salvo claro, también, que no se estuvieran refiriendo a Europa continente sino a Europa diosa, y se tratara de algún tipo de ofrenda o tributo. Hacía mucho tiempo que no manteníamos conversaciones inútiles. Y solo después de mantenerla me di cuenta de que las echaba de menos.

Por la mañana habíamos estado postergando una conversación útil acerca de adónde ir. Las conversaciones útiles me asfixiaban. Creo que sencillamente se trataba de una falta de aire. Así que con el objeto de no vararme en una de ellas, tomé la decisión de que por la mañana seguiríamos el plan previsto inicialmente. Y después de comer jugamos a un juego. Yo señalaba un punto en el navegador, sin que tú supieras cuál es. Y tú conducías sin saber hacia dónde siguiendo las indicaciones. Habría carreteras secundarias, habría bosques, habría luces y sombras, habría montañas y precipicios, habría tanta belleza en el camino que daría igual dónde estuviéramos cuando el navegador pronunciara su “ha llegado a su destino”. Y nada más.

Cuando llegamos al destino supimos que sí había un propósito en él. Un acantilado quedaba a nuestra izquierda, y, según avanzábamos, la certeza de que no habría un lugar para dejar el coche iba siendo mayor. Además, cada vez eran más los coches que veíamos aparcados en el arcén. Te obligué a dejarlo allí, en un lugar no establecido, no señalizado con líneas blancas pintadas en el suelo, y poco convencido accediste, y continuamos a pie. No había mucha gente y la que había estaba tomando el camino de vuelta. El camino a pie continuaba bordeando el acantilado. Se veía una playa allá abajo, en vertical, abierta entre dos grandes peñones. Yo sabía cuál era su nombre puesto que había pulsado ese punto en el mapa. La playa del silencio, y, al margen de su nombre, al verlo supe que se trataba del fin del mundo. Pero, para no pecar de ignorancia ni de presunción, lo dejaría en un fin del mundo. Allí se terminaba todo, y ante ese espectáculo lo menos que podía uno hacer era callarse, y admirar.

Llegar hasta allí abajo era sencillo: había que tomar un camino empinado rodeado de vegetación y flores, y después unas escaleras. Subir sería otra cosa. Ya he contado que las gentes ya volvían cuando nosotros llegamos. Y al cruzarnos con unos iban diciendo joder, con esta subidita tengo el chorizo y los garbanzos de la comida…. mientras, otro preguntaba y cuándo cenamos. Me di cuenta de lo acertado del nombre. Las palabras pueden hacer mucho daño. Las palabras son capaces de banalizar un fin del mundo imponente y sagrado. Y no hay castigo para eso. O quizás sí. Me habría gustado que fuera tan sencillo cerrar los oídos como cerrar los ojos, para mantenerme a salvo, para mantener a un fin del mundo a salvo de la degradación. Hasta qué punto todo es frágil. Ni siquiera un fin del mundo, que ha tenido a bien terminarse con bosques, y flores y acantilados, y una playa, y un sendero, y una luz que colorea de plata el mar que concluye lo demás hasta el horizonte, ni siquiera él está a salvo de la degradación, de convertirse -palabras mediante- en un vulgar destino turístico donde hacer tiempo y fotografías entre comida y comida.

El suelo de la playa no era de arena sino de piedras de cantos rodados. Allí solo hay dos niños pequeños. Juegan con las piedras. Una playa así les ofrece diversión durante horas. Nos sentamos algo alejados, y solo escuchábamos el ruido de las piedras al chocar contra el mar, y al propio mar. Nos tumbamos en unas rocas suaves, con formas anatómicas que nos acogían. Fumamos. Contemplamos un fin del mundo que desde entonces y en adelante ya sería nuestro. Me besaste. Y por supuesto no mantuvimos ninguna conversación acerca de la cena, ni pensamos dónde iríamos después, al salir de allí, ni ninguna otra conversación útil con la que romper ese lugar sagrado. Que lo era por su propia belleza, pero también y sobre todo, porque, conscientes, le estábamos otorgando ese valor.

Al salir de allí continuamos con el juego. Pulsé un lugar en el mapa. Resultó ser un pueblo de pescadores. Las casas eran de colores y en muchas había un cartel de Se vende. La entrada al pueblo era la única zona en llano, el resto del pueblo se iba alzando en vertical. Tomamos café, caminamos un poco, vimos un ciervo. Quizás en esta ocasión sí podría decir que no era un ciervo, sino el ciervo, nuestro ciervo. Ese que está representado en nuestras espaldas, y tuvo a bien hacerse símbolo de carne y hueso aquella tarde. Para nosotros. Y según iban pasando las horas me daba la sensación de que yo era cada vez más yo y que tú eras cada vez más tú. Y que por eso podíamos volver a vernos otra vez, del todo.

Me pregunto si siempre hace falta alejarse para encontrarse, para estar cerca. A diario hay mucho ruido. Hay ruido por todas partes. Todo el tiempo. Me pregunto cómo hace el resto del mundo para sobrevivir al diario. Incluso a un diario que ama. A un diario que amo, y al que estoy deseando volver después de un par de días alejada de él tanto como antes de irme necesitaba dejar lejos. Leo en un artículo que contiene una entrevista a Rafael Argullol, y que se llama “La memoria es nuestro mito” -el título ya por sí mismo justifica la lectura- que “el hecho de viajar supone para la persona que realiza tal acción el despojarse de cualquier rol de su vida diaria; digamos que viajar nos ayuda a ser más nosotros mismos, libres de cualquier atadura. Argullol se mostró totalmente de acuerdo con esta afirmación, y añadió que esto es así «porque desplaza al hombre de sí mismo y le hace mirar desde otro lado, otro territorio».

Quizás el problema sea identitario. Yo soy tan yo libre y desplazada desde ese otro territorio, como yo llena de las obligaciones que yo misma he elegido, y de las inercias y el ruido que me imponen. Y no existe la una sin la otra, y si una de las dos se diluye la otra sufre, y aquí estamos siempre tratando de conservar un equilibrio inestable, imposible, el propio, el nuestro. Olvidando y recordando de nuevo cómo se juega.

Cómo acabar con la escritura de las mujeres

He empezado varios borradores desde la última vez que escribí. Desde entonces, de hecho, me han cambiado el procesador de wordpress y ahora no sé cómo justificar el texto. Y hoy, antes de ponerme a escribir he tenido que hacer varias cosas urgentes. Urgentes de una urgencia con un tremendo parecido a excusa. La última de ellas ha sido comprarme unos auriculares. La compra ha sido rápida, no creas, desde el mismo lugar desde donde estoy escribiendo ahora, sin mojarme ni ponerme el abrigo. Me he entretenido un poco más con el asunto de la elección. ¿De los pequeños, de los grandes, con cable, con bluetooth? He sopesado bastante las opciones, no se puede decidir algo así a la ligera. Finalmente he decidido los pequeños y con cable. Mis criterios han sido prácticos. Para algunas cosas soy práctica. Para otras no. Casi nunca sigo un patrón en todo. Será por lo de tender al caos. Pero con el asunto de los auriculares he sido práctica. Desde que voy en metro a trabajar he dejado de escuchar música a diario. Al principio no me daba cuenta. Pero después de tres meses empiezo a echarlo de menos. Creo que de la misma forma que alguien a quien le han amputado un brazo o una pierna, que en situación de reposo no sienten la pérdida, les parece que lo siguen teniendo. Pero no. Yo he estado como el recién amputado en esa situación de reposo. Sin embargo, poco a poco, comienzo a notar esa ausencia. Creo que en la sensibilidad. Y eso que cuando la escuchaba conduciendo la música solo hacía efecto a medias, con atención incompleta, escuchar música y conducir es multitarea. Por eso cuando vamos en el coche y conduces tú, y yo puedo dedicarme en exclusiva a escuchar, como si me hubiera metido en una bañera de música, pero con ventanas y paisaje en movimiento, me abandono al trance. 

Es bonito abandonarse al trance. Y recuperar la sensibilidad perdida. Como volver a dar instrucciones por inercia a una mano que creías perdida, y darte cuenta con asombro de que esa mano existe, y que responde. Por eso he decidido comprarme unos auriculares para poder escuchar música en el metro, o cuando voy andando por la calle.

Es cierto que ahora en el metro leo. Cuando conducía no podía leer por motivos evidentes, y ahora sí. Y que no puedo escuchar música y leer al mismo tiempo. Para mí son dos actividades incompatibles. Tampoco puedo escuchar música y estudiar. O escuchar música y trabajar, o escuchar música y realizar cualquier tarea que exija una mínima concentración. La música lo acapara todo. Ahora estoy leyendo “Cómo acabar con la escritura de las mujeres”, de Joana Russ. Es pedagógico. Quizás demasiado. Quiero decir, que pone nombre a todos esos factores que hacen que la literatura femenina haya sido y siga siendo silenciada. (Negación de la autoría, contaminación de la autoría, doble rasero del contenido, falsa categorización, exclusión, el mito del logro aislado… ahora mismo estoy en la falta de modelos a seguir). Y está bien transformar la intuición en una serie de causas con un  nombre y una explicación concretas, y que vengan sustentadas con ejemplos. Pero me pasa que tengo poca paciencia. Y cuando entiendo lo que me han querido explicar no necesito un segundo ejemplo, ni un tercero, ni un cuarto. Que quizás sean expuestos para fundamentar las tesis de la autora, para que resulten más rigurosas, para evitar la tentación de pensar que aquello que expone es anecdótico. Pero yo no tengo paciencia. Y me desespero y voy pensando, venga, ya, esto me quedó claro hace veinte páginas, sigue contándome algo que no sepa, dame una revelación. Me encanta esa sensación de haber descubierto algo realmente importante, algo que de pronto va a hacer que tu vida cambie. No ocurre tanto. Ocurre con más frecuencia esa sensación de que ya no hay nada que pueda sacudirme con esa fuerza, que me vaya a dejar agotada del descubrimiento, de la emoción, de la sorpresa. Por suerte es solo una sensación. La vida se las arregla para demostrarme lo falso de la misma. Para mantenerme atenta. 

Con la música a veces me pasa también, me refiero a esa terrible sensación de que ya he escuchado todas las canciones que me iban a sacudir. Pero no. Sigo descubriendo música emocionante. La emoción es una droga. La ausencia de emoción me desespera, me cansa, me aburre, me desespera, me languidece. Prefiero estar triste que no estar nada. Estar nada es como no estar. Mientras escribo esto me doy cuenta de que el ensayo me interesa pero no me emociona. Y que el interés es moderado. El interés moderado es insuficiente. Mientras escribo esto también me acuerdo de la recomendación de Paloma y con el teclado me compro Apegos feroces de Vivian Gornick. Mientras escribo esto me pregunto si cuando tenga en mi mano auriculares y libro elegiré lo primero o lo segundo. O si quizás opte por no renunciar, que ya sabes que nunca me ha gustado, y a ratos lea y a ratos escuche. 

Y por ese motivo, porque quiero tenerlos siempre a mano, junto a mi libro, mis carpetas, mi bolso, sin añadir más peso ni bulto, y que en cualquier momento pueda usarlos sin tener que estar pendiente de cargar una batería, por todo esto, y por todo lo que he escrito antes, he decidido ser práctica y comprar unos auriculares pequeños de cable. 

Una vez resuelto este punto, puedo empezar a escribir. 

Episodios. Nadas y tormentas.

Estábamos comiendo los tres, y le pregunté por Vaquero. ¿Has vuelto a saber algo de él, qué es de su vida? No, nada. Expresé en voz alta mi extrañeza ante ese fenómeno de las amistades superficiales, y que durante tantos años y durante tantas horas, el juego hubiera sido su único nexo de unión. En alto también le pregunté acerca sus conversaciones. Dijo que él lo contaba todo, pero que había mucha gente que no decía nada sobre su vida. Le pregunte que a qué se refería con todo. Todo puede ser todo lo que uno hace, o todo lo que a uno le pasa, o todo lo que uno desea, o todo lo que uno piensa sobre alguna cosa, o sobre todas, o todo lo que uno siente…. Todo puede ser muy variado. Todo, en la mayoría de las ocasiones, es imposible.

Entonces tú contaste la historia sobre tu amigo García, que debido a la regla del orden alfabético había ido a tu clase y se había sentado a tu lado durante todos los años de secundaria y bachiller. Después, ambos elegisteis la misma carrera, en la misma universidad, de nuevo en la misma clase. Erais vecinos, ibais y volvíais juntos a clase. Estudiabais en la misma biblioteca. Compartisteis al menos ocho horas diarias durante más de diez años. Hablabais de música.  Cuando terminó la carrera y con ella las coincidencias que os habían unido, jamás volvisteis a saber el uno del otro. Bueno, a excepción de un día en que os encontrasteis por la calle -de nuevo la coincidencia- y os tomasteis un café, y tuvisteis que terminarlo enseguida porque no teníais nada que contaros.

Entonces me acordé de Víctor. Estuvimos más de cuatro años tocando con él una vez cada quince días, y era un completo desconocido. Apenas hablaba de si mismo. Apenas hablábamos. Un día comenzamos a distanciar los ensayos hasta que dejamos de llamarnos. Y se acabó. Sin una despedida, sin una palabra, sin nada. ¿Qué será de Víctor? ¿Quién será Víctor?

No sé por qué, pero las historias de amistades superficiales me producen cierta tristeza. Como si quedara un vacío del propio vacío. Una reduplicación del vacío. Dos veces nada.

Por la noche nos fuimos a cenar, también los tres. Pablo mantuvo sus auriculares por la calle. Cuando está acompañado recurre a la técnica de mantener uno sobre su oreja y el otro retirado, de tal forma que es capaz de poder escuchar lo que decimos, incluso de contestar y mantener conversaciones sin renunciar a la música. A nadie le gusta renunciar, pero el lema de Pablo parece ser el no tener que hacerlo. En el restaurante le pido que se los quite. Continúa con el móvil, pero esta vez es para enseñarnos fotos de Magui. Tú la ves por primera vez. Vuelves a insistir, ellas lo saben, dices. Ellas lo sospechan, digo yo. ¿Alguna novedad? Le pregunto. No. Me contesta. Tú dices que el camino es complicado. Que podría tener novio, o podrían gustarle las chicas, o podría estar enamorada de otro. ¿Sabes si está enamorada de alguien? Que yo sepa no. Bueno, dentro de las opciones posibles, tampoco es tan mala. Y si no, siempre te queda la amistad que os une. Eso lo digo yo. Pienso que quizás le parece una absurdez, y un consuelo absurdo. Pero aunque no recuerdo qué dijo él, sí me dio la impresión de que, por su respuesta, a pesar de que él sienta algo más, la amistad que mantiene ahora mismo, por sí sola, le resulta valiosa y lejos del vacío que deja el vacío.

No sé por qué en algún momento surgió el tema de la resistencia física.  En general yo soy poco enfermiza, aguanto bastante bien el dolor, y soy capaz de soportar temperaturas altas sin quemarme. Muy altas. A veces cojo con las manos la bandeja del horno. Yo lo llamo superpoder. Pablo lo ha heredado, también es fuerte. Se lo digo. Contesta que físicamente sí, pero que fuera de lo físico sí que siente dolor, y que las cosas le afectan mucho.  Vale, pues eso también lo ha heredado. Entonces me alegra que haya vuelto a retomar la música, que haya empezado a cantar, que esté tocando la guitarra. Yo la música no la entiendo como un placer estético, o no solo. Yo necesito la música para salvarme. La música es un salvavidas. Y escribir.

Unos días más tarde me llama para enseñarme cómo lleva un tema. Enchufa la guitarra y toca y canta She’s thunderstorms. Apenas le había oído cantar, al menos desde que era un niño, desde antes de que le cambiara la voz. Bueno, quizás algún tema de Logic, pero no sé si el rap puede considerarse canto.  Los cambios de acorde los acomete con cierta torpeza, le falta fluidez, y aun así lo que escucho me lleva a donde está. Noto que me emociono.

 

Fecha de caducidad

Estaba junto a mí frente al lineal de mermeladas. Al principio me costó un poco reparar en ese señor de cierta edad, que en otra época se habría considerado anciano pero que ahora es muy joven todavía. Debe ser que cuando apareció yo estaba abstraída en pleno proceso selectivo, mirando la cantidad de azúcar que tiene cada una de las marcas, tratando de determinar desde el otro lado del cristal si la mermelada es líquida, si tiene trozos, y si los tiene cómo de grandes, cómo es de bonito cada uno de los frascos de cristal y ese tipo de cosas en las que analizo cuidadosamente antes de decidirme por una marca de mermelada, lo que hace que a pesar de ser una decisión de las que se consideran sencillas, o que debería serlo, a mí me lleva un buen rato. Solo me di cuenta de la presencia de ese hombre cuando al tratar de tomar un frasco su presencia se interpuso en mi camino. Entonces detuve mi proceso de análisis, y me dediqué a observarlo. Tenía un bote en la mano y leía con atención la tapa. Creo que fue empezar a observarlo y comenzar él a leer en voz alta, aunque puede que ya estuviera leyendo en voz alta antes, y a mí se me activara el oído al verlo, porque los sentidos a veces funcionan así, en bloque. El señor intentaba averiguar la fecha de caducidad, pero no lo conseguía. Esperé a que me pidiera ayuda (ofrecérsela antes de que me lo pidiera me pareció grosero).

-¿Me puede decir la fecha de caducidad?

-Sí, claro, diciembre de 2018.

-Uy! qué pronto, -contestó él. Si fuera a caducar un poco más tarde me llevaría dos, pero caducando en diciembre de 2018 solo me llevo uno… aunque igual hay alguno que caduque más tarde…  Joven, ¿me ayuda a buscar un tarro que caduque en diciembre de 2019?

Entonces yo miro el lineal lleno de frascos. Debe haber unos doscientos. O unos dos mil. No jodas.

– Pero señor, si hasta diciembre de 2018 queda más de un año! Ahora estamos en noviembre de 2017, después diciembre de 2017, y después un año entero!

– Bueno, no sé, quizás tiene razón. Me voy a arriesgar, y llevo dos, que así tengo para más tiempo.

El señor se fue con sus dos tarros de mermelada convencido solo a medias, y yo proseguí analizando marcas, diseño de frascos, texturas y cantidades de azúcar. Pensé que ese señor ya no iba a comprar más mermelada hasta diciembre de 2018, y lo que es más, que ese señor habría querido no comprar más mermelada hasta diciembre de 2019. Me pareció maravilloso.