Mi adicción a las drogas

Llevo dos días saliendo a correr. Con la cantidad de veces que me he descojonado yo de los runners.

Me lo había propuesto para el nuevo año, y me ha costado una mentalización de tres meses, y que empezara la primavera.

Todo empezó por culpa del sedentarismo. No es que yo haya sido nunca un paradigma de actividad física, pero hace unos años mis rutinas diarias me obligaban a desplazarme andando y a mantener una cierta actividad. Eso me gusta. Me gusta andar o montar en bici para desplazarme, correr para llegar a tiempo, saltar porque estoy contenta o para cruzar pisando las líneas blancas del paso de cebra, bailar para expresarme, pero no andar sólo por andar, o por correr, o por montar en bici. El caso es que últimamente mis cambios vitales me han llevado a pasarme el día sentada en una silla, o sentada en el asiento del conductor del coche, o sentada en un sillón o tumbada en la cama. Esto no sería tan malo si no fuera porque, curiosamente, según transcurren los meses de apoltrone, cada vez tengo menos energías. Cuanto menos me muevo menos ganas tengo de moverme, y me estoy empezando a transformar en un ser apático y perezoso. Mierda de estilo de vida. Lo ideal sería que la propia vida implicara movimiento. Estamos diseñados para eso. Correr para cazar o para huir del león, caminar para buscar agua, saltar para recolectar… Veía el otro día Náufrago y pensaba en la suerte que tenía el tipo. Unos meses en la isla y ya era un salvaje en toda regla, con un cuerpo y una energía envidiables. Lo que daría yo por ser un salvaje.

Como ser analítico y observador que soy, he correlacionado mi ausencia de actividad física con ese estado de ánimo de apatía, aburrimiento y falta de energía. El problema es que el deporte como fin en sí mismo me aburre, y he desarrollado una gran resistencia a ocupar el poco tiempo libre que tengo con actividades con las que no disfruto, y más todavía a autoimponérmelas, porque a mí lo que me mueve es el placer (uno de los valores que más detesto es el aclamado “espíritu de sacrificio”). Así que pensé, ya que tengo poco tiempo, y quiero invertir en esto lo menos posible, voy a hacer aquello que me de más resultados en menos tiempo y que me requiera logística e inversión económica cero. Lo que los economistas llamamos un análisis coste-beneficio, en aras de resultar eficientes. Y lo que se me ocurre es correr. Correr es cardiovascular y aeróbico, que son las condiciones idóneas para que el cuerpo segregue los compuestos químicos que mejoran el ánimo, y solo tengo que ponerme unas zapatillas y bajar a la calle. En diez minutos como mucho ya he conseguido romper el círculo vicioso de la silla. No voy a disfrutar nada, pero al fin y al cabo son solo diez minutos. A ver qué obtengo.

Lo comenté en el trabajo, que tengo varios compañeros runners -es imposible no tener a ningún conocido que no se haya infectado-, de los que entrenan a diario, y corren medias maratones, y maratones completas, y conocen sus tiempos y los controlan, y saben también si son supinadores o pronadores… de esos. Y entonces hice mi anuncio, casi como quien claudica. Ah, sí? Y por dónde vas a correr? -me preguntaban triunfales- ¿Vas a buscar terreno duro o blando? ¿Vas a salir al campo o a un parque? No me va a dar tiempo a llegar mucho más allá de dos o tres manzanas en los diez minutos que pienso correr, cinco minutos de ida y cinco de vuelta. ¿Sólo diez minutos? Eso no es nada! AL menos tienes que correr media hora para que tu cuerpo empiece a notarlo y los músculos comiencen a trabajar. ¿Los músculos? Yo es que esto no lo voy a hacer porque piense competir con un keniata en Nueva York o porque aspire a convertirme en top model. Yo solo quiero mis endorfinas, voy a correr lo justo para recibir el chute químico -que no piensen ni por un instante que soy de los suyos-.

Tres meses más tarde de mi anuncio me he puesto por fin unas zapatillas y he salido a darme unas carreras. Tal y como preveía, he tardado alrededor de un minuto y medio en alcanzar la extenuación. He odiado correr desde que con doce años me obligaron a someterme al test de Cooper y para mí fue lo más parecido a una experiencia cercana a la muerte. Así que con calma, que no tengo espíritu de sacrificio y deseo mantenerlo lejos de mí. Tres o cuatro minutitos, paseo y otros tres o cuatro minutitos. Me siento como una completa imbécil cuando miro detrás y no veo ningún león, ni voy a perder un tren ni nada. Pero bueno, estoy aguantando el ridículo y las agujetas. Parece que después me siento frente al ordenador con más energías, aunque también podría deberse al sol. Las cosas que se pueden hacer por una dosis.

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Reconectar.

Un lunes, hace poco, tuve una pesadilla. Me dio la impresión mientras soñaba de que no era la primera vez que tenía ese sueño, pero eso no significa en absoluto que fuera un sueño recurrente, tan solo que a mí me pareció recurrente. Era un terror zombie. No me enfrentaba directamente a ninguno, porque supongo que soy demasiado miedosa como para luchar con un ser monstruoso, incluso en sueños, pero de alguna forma sabía que habían estado allí y sabía que iban a volver. Estaba en una casa grande. Dentro gente histérica, saliendo y entrando, escondiéndose, preparándose. Había alguien a quien yo conocía que me decía que volvería, lo que significa que se fue, y yo me quedé allí, buscando y escondiéndome. Creo que buscaba a los niños. En un momento dado se hace completo silencio. De pronto deja de haber nadie. Ni un solo movimiento. Nadie. Entonces ya apenas me puedo mover del pánico. Avanzo lenta, sabiendo que en cualquier momento me voy a encontrar con un ser, y me va a tocar enfrentarme, y no puedo. Entro en unos baños, que parecen baños de escuela o de vestuario, y abro una de las puertas. Dentro hay unos niños, vestidos con ropa interior blanca, descalzos, tirados en el suelo sucio, jugando con sus pies nerviosos, tratando de ser silenciosos a su manera, y yo tengo tanto miedo que ya no soy capaz de seguir buscando, y me rindo, y me quedo allí, con esos niños que no son los que buscaba, absolutamente cobarde, sabiendo que allí no estoy a salvo, pero incapaz de alejarme del consuelo de esas piernecitas temblorosas, sucias, calientes, vivas. Sólo el despertador me saca.

Hace tantos días que no me asomo, ahí dentro, donde estoy, que me da miedo mirar.

 

Permanent holiday

Tengo la sensación de que en enero las cosas se han ralentizado, incluida yo. Ya desde por la mañana salgo de casa para llevar a Miguel al cole diez minutos más tarde que el trimestre anterior, y además sin prisas, como si de fondo sonara Bob Marley, como si los tiempos reglamentarios de empezar las clases o el trabajo hubieran tomado el carácter de orientativos, o, simplemente, como si nos diera lo mismo. Miguel ha dejado de meterme prisa y avisarme de los minutos que van pasando, y espera tranquilamente, despidiéndose del móvil. Continúa preguntándome antes de salir si he cogido mi comida y si llevo las llaves del coche. Él también se ha ralentizado. Y el tráfico. Porque el trimestre pasado, salir con diez minutos de retraso habría supuesto una absoluta debacle horaria a causa del infierno circulatorio en la cuesta de san vicente. Pero no ha habido debacle. Quizás no la habría habido nunca, en realidad.

En mi trabajo, hasta la semana pasada he estado en un modo de eficiencia cero, con la desmotivación añadida de que dentro de mi nutridas y variopintas tareas a desempeñar, se acumulan las tediosas. El viernes pasado mi cuerpo ralentizado entró en rebeldía ante la urgencia y el tedio de aquello que tenía que terminar, y grité.

Estoy experimentando nuevas músicas. No quiero escapar a mi naturaleza obsesiva y poco descubridora. De vez en cuando descubro algo o a alguien que me gusta, y me quedo enganchada a esa música y la pongo una y otra vez, y otra, durante horas y días y años. Hasta que dejo esa adicción por otra. Sé que así soy, y que mi exploración durará lo que tarde en engancharme de nuevo, pero, no obstante, ahora estoy explorando sendas más luminosas, con la excepción de Modelo de respuesta polar. Necesito dosis de La guerra y las faltas, y El cariño diarias.

Tanto Pablo como Miguel siguen ralentizados en sus estudios. En esto no ha habido diferencias este mes, es tendencia.  Las primeras semanas lo dejé pasar, es tan fácil, tan cómodo y tan maravilloso dejarse arrastrar por la inconsciencia y la ralentización… pero ya estoy empezando a acercarme al barro, me he descalzado, y he metido los pies. El recurso de ordenar estudiar desde la distancia es tan sencillo como estéril. Por otra parte, cuando empieza una evaluación bajarse al barro tiene su gracia. Cuando aún no estamos cansados y nos queda humor, reestudiar, reexplicar, y repreguntar se amplía a un espacio de debate y humor. Muchas veces nos divertimos. Dejo anotado que mientras Pablo me contaba de qué iba el Cantar de Mio Cid (por cierto, empiezo a pensar que el oscurantismo medieval no va a terminar nunca, en cuatro años no hemos llegado al siglo XVI, es como revivirlo en tiempo real) y me cuenta cómo el Cid le ofrece al rey que lo ha desterrado para obtener su perdón. ¿Y lo perdona? Todavía no, me dice. Intervengo diciendo que el rey era un vengativo y un rencoroso de mierda. Y Pablo contesta que eso es lo que en la época llamaban honor.

Con Miguel todo es fácil aún, para mí al menos. Con Pablo cada vez menos. Si tengo que ponerme a estudiar la regla de ruffini, o el modelo atómico de bohr y rutherford, de entrada me cago en la puta, y mentalmente empieza el argumentario ese de que yo ya pasé por ésto, y por qué demonios me tengo que poner a estudiarlo todo con él cuando la responsabilidad es suya. Pero en esos momentos se me olvida que, últimamente, los pocos momentos que compartimos y, por ello, las pocas oportunidades que tenemos para divertirnos juntos, son esas, y cada vez irán a menos. No obstante, si el año que viene que ya puede elegir, se quiere quitar todas las asignaturas de ciencias, no seré yo quien trate de convencerle de lo contrario. Esta noche he conseguido seducirle para compartir un tiempo mucho más lúdico. Gracias, Tarantino.

Ayer por fin conseguimos diagnóstico para Miguel, que lleva lesionado desde noviembre, y tiene una calcificación en el ligamento deltoideo, así que va para largo, quizás para el resto de la temporada, y posiblemente con un final de artroscopia. ¿Estás muy disgustado? Sí. No te preocupes, esto se cura. (Por un momento llegué a tener mis dudas. Una mañana  lo miré mientras entraba en el cole, cojeando y triste, y lo imaginé en un futuro sin deporte, que es lo que más feliz le hace en el mundo, y en esa imagen seguía cabizabajo y triste, y fui llorando todo el camino hasta el trabajo. Así que mientras todos se disgustaban con el diagnóstico yo respiré. Se cura. Ahora nos queda el futbolín y la canasta de su cuarto.)

También ayer mi madre cumplió 60. Mientras la acompañaba a comprar una tarta y velas le dije que lo llevaba muy bien, bueno, tú nunca has tenido problemas con cumplir años. Y me miró con una sonrisa de esas suyas, con esa chispa pícara heredada de su padre, mi abuelo, y me dijo, no, que me quiten lo bailao, que ni ha sido poco, ni ha estado mal.  Hoy han llegado las fotos que la hice. Tendrían que haber llegado el lunes para habérselas podido dar ayer, pero no llegaron. Tengo ganas de verlas, a ver si lo he conseguido. Mi madre es de esas personas que siempre están mejor al natural que en una foto. Creo que se merece una foto que refleje todo lo que es. O que al menos se le arrime un poco. El listón es tan alto.

en boca de otros: Natalia Castro

Tengo ganas de reproducir aquí sus palabras desde que las leí a principios de mes. Jean Tarrou es Natalia Castro, una jovencísima escritora que, de momento, ha publicado un libro de poesía: “La intermitencia de los faros“, ahora vive en Brooklin, y está haciendo una tesis y escribiendo una novela. Mientras la publica leo su diario, y muchos días termino de leer y pienso: coño, si tuviera su talento lo podría haber escrito yo, porque así siento, sólo que ahora con sus palabras me parece sentir con más belleza, y termino de leer y pienso, gracias! gracias!

Todo el mundo desea felicidad estos días, y a mi no se me ha ocurrido una forma más hermosa -ni más retorcida tampoco-, que hacerlo con estas palabras de Natalia, a principios de diciembre:

Voy aprendiendo que el estado de plenitud es una quimera, al menos acostumbrándome a la idea de que lo va a ser para mí. Y que la satisfacción no es sinónimo de felicidad, ni siquiera es sinónimo de satisfacción porque no supone el fin de una búsqueda desesperada de lo siguiente, sino que solo consiste en una escueta certidumbre de que se están dando los pasos en la dirección adecuada. El camino es recto, pero los pensamientos merodean, tropiezan, se esconden en algún rincón a descansar llenos de miedo a la noche y a los sonidos desconocidos. Por eso, aunque el camino se dibuje en una ilusión de rectitud, no puedo quitarme esta sensación  de andar dibujando meandros.

La emancipación, ese momento en que cruzando el control del aeropuerto pensé que el paso estaba dado, ha resultado ser una vasta explanada emocional que parece no querer agotarse. Dónde están los asideros, ese lugar acabado que yo misma me prometía en alguna parte no demasiado lejos: allí. Aquí todavía no es. Pero debe andar cerca. Olfateo mis horizontes, leo para saber más pero olvido a cada línea la línea anterior. Hay algo importante que no consigo retener. El libro que estoy a punto de publicar parece cosa muy lejana, la novela sin terminar un objetivo que corre más deprisa que yo. Es una sensación como de monstruo incontinente que devora todo lo que se le pone delante pero, con todo, no engorda un gramo, o engorda muy despacio, al ritmo que crecen los árboles, y se desespera porque él está entrenando para monstruo. No hay ninguna sensación en este mundo que me angustie tanto como la de olvidar, sentir que todo lo que he encontrado y querido atesorar es humo. Dónde están esas cosas que sentía, qué pensamiento me atormentaba en esta misma noche pero hace un año, en qué libro de quién gastaba mi tiempo y para qué.

Podría renunciar, renunciar a todo, «A veces me encantaría tumbarme y morirme.» Nada demasiado sórdido ni exuberante, tumbarse y apagarse un rato, ni siquiera para siempre.

Y, frente a eso, en contra de todas las teorías, de todas las destrezas de la inteligencia, de todas las razones para desfallecer o para luchar una batalla que más bien es una venganza contra este mundo que promete y no cumple, y promete y no cumple, y promete para volver a fallar. Solo el amor. Ninguna retórica, ningún sofisticado mecanismo de supervivencia, ninguna retórica del cinismo. Solo el amor. Qué perogrullada, el amor. Qué imbécil el ser humano que teje palabras para acolcharlo, encerrarlo en una jaula de palabras, porque hay algo en el amor que le duele y seguramente sea su sencillez, que con su sola presencia desmadeja los planes y las armaduras. Qué difícil el amor y qué fácil y qué vestidos estamos para invitarlo a dormir en nuestra cama.”

Natalia Castro

ser hoja

– Sabes, en el viaje estuve pensando una tontería, pero no te la conté.

– Ya, nunca me cuentas nada de viaje. Eres una compañera de lo más silenciosa.

-Porque me abstraigo, pero lo voy a compartir ahora. Es una cosa muy simple. ¿Te has fijado que las hojas son bonitas desde que nacen hasta que están a punto de morir? Mira el otoño, es abrumador. Con todas las hojas viejas, da igual lo viejas que sean, si sólo están un poco rojas o si ya son completamente marrones y están a punto de caer. Da igual, resultan bellas. No sólo bellas, abrumadoramente bellas. La belleza del ocaso, de la decadencia. La decadencia no tiene una connotación negativa en una hoja. Existe una cierta tristeza, una nostalgia, pero bella. Incluso voy más allá, hasta las hojas ya muertas, las que están en el suelo, los cadáveres de hoja, marrones y secos, muertos, son bonitos. Vamos pisando hojas muertas y son bonitas. Las percibimos como bonitas. Los niños las recogen del suelo para hacer trabajos en el cole, y decorar las paredes de clase. Las hojas son bonitas siempre. Desde que son brotes tiernos hasta que mueren. Siempre. ¿Verdad?

– Sí.

– Sin embargo las flores no. Las flores son bonitas justo hasta su madurez. Después se abren demasiado, se empiezan a poner mustias, marrones, se ajan, y ya medio muertas no le gustan a nadie. Cuando alguien las corta siempre lo hace cuando aún son jóvenes, y trata por todos los medios de alargar esa juventud en la medida de lo posible, con trucos absurdos como la aspirina en el agua, o en su forma más ingenua y despiadada, secándolas. La de la flor seca sí es una belleza decadente. ¿Verdad?

-Sí.

-Pues eso, que es una pena ser flor. Y nosotros somos flores.

– Bueno, hay personas que siguen siendo bonitas en su vejez.

-Pero me estás hablando de excepciones, de personas sueltas, de tu percepción particular… sin embargo, sobre el color del otoño, y la belleza de las hojas moribundas hay un amplio consenso. Para nosotros la vejez no es percibida como bonita, no abruma, no nos da un vuelco en las tripas. Más bien es fea, decadente. La máxima ambición es la juventud, ese es el mensaje que se bombardea. La eterna juventud. No somos capaces de ver belleza más allá. No nos emocionamos con la estética de la vejez. No la encontramos. Podríamos resultar hojas naranjas, pero nos vemos flores pochas. Podría ser una cuestión cultural. Pero también es posible que simplemente se trate de algo esencial. Es decir, que el ser humano sea flor y no hoja…

….pero ojalá fuera hoja.

un viernes 13

El viernes por la mañana estoy a vueltas con el tema de la violencia machista para el artículo. Leo estadísticas, últimas noticias, protocolos policiales y judiciales ante denuncias,  y de algún modo caigo en un artículo de Libertad Digital, y aún entendiendo los riesgos, leo parte de los doscientos comentarios de personas en contra de la manifestación de la semana anterior, indignadas ante la reivindicación de que se detengan los asesinatos.  Escribo un artículo de mierda y llego a casa con una crisis de fe, y con la sensación de que el círculo en que me muevo es insignificante, y que el mundo ahí fuera es el planeta de los simios, y sí, me doy cuenta de lo arrogante de la afirmación.  Y estoy conmocionada y me desahogo con mi ex mientras vamos con el niño al médico, y a él, que perdió la fe hace mucho, le sorprende que a mí me sorprenda tomar conciencia de vivir en el planeta de los simios, y me dice que si aún tengo dudas las despejaré tras las próximas elecciones, y el traumatólogo dice que miguel tiene un esguince y que todavía no puede entrenar. Y después volvemos a casa y me desahogo contigo mientras vamos a la compra, aunque no me apetece tener que hacer la compra pero no queda ni leche para desayunar, y salimos a la calle, con un carro, dos niños, dos patinetes, y mi narración de lo que he leído porque sigo conmocionada, y me dices también sorprendido con mi sorpresa lo de las próximas elecciones. Pero yo pienso que son cosas distintas, y que lo que leí en Libertad Digital es otra dimensión. Posiblemente sus lectores, hoy, estén jaleando al obispo de Alcalá de Henares pidiendo la retirada del derecho al voto femenino.  A la vuelta calentamos una pizza precocinada, y me tumbo después en la cama porque estoy muy cansada y me cuesta la verticalidad, y para distraerme me pongo a ver publicaciones de instagram, porque me acabo de hacer una cuenta, y hay gente que publica unos trabajos realmente buenos, y me encuentro con un vídeo de reichel, que está en un concierto, y se la ve tan feliz que me pone feliz, y le miro esos ojos inmensos y le miro sus ideas geniales, su talante optimista y transformador, dentro del círculo, y sonrío un poco, aunque fuera estemos en el planeta de los simios, y me sienta tan decepcionada. Y me quedo dormida sin querer, por la destrucción del cuerpo en un viernes por la noche, y me despiertas a las once y diez, y me levanto de la cama y me voy a recoger a pablo del ensayo, y cuando me ve se alegra, y me da las gracias por haber ido a buscarlo porque está muy cansado, y me cuenta que tienen un bolo en el Lope de Vega dentro de dos lunes, y le cuento que ha cambiado la legislación y que ahora va a poder ir a ver conciertos dentro de bares. Que hasta los dieciséis acompañado de adultos y después sólo enseñando DNI. Y me pregunta que si con adultos me refiero a tutores legales o cualquiera. No lo sé, creo que cualquiera, pero sólo he leído un artículo en prensa y no el texto legal, y me sonrío por sus ganas de darnos esquinazo y poder salir con sus amigos, que por otra parte tienen mi edad, pero son sus amigos. Y llegamos a casa y está el telediario casi a media noche, y me dices que ha habido un atentado en París, explosiones, disparos por la calle, cerca de un estadio, cafeterías, una sala de concierto, rehenes. Putos locos, pienso. Putos locos, dice Pablo. Le hago un pizza, me da las gracias de nuevo, y se coloca los auriculares, que es su forma de encerrarse en el cuarto que no tiene, y yo voy contigo a enterarme. Que hay rehenes en la sala de conciertos, que los que tocaban son colegas de Dave Groll, me cuentas. Cojo el móvil, y veo en twitter que un tipo que se llama Benjamin Cazenoves está escribiendo en facebook desde dentro de la sala Bataclan, y que los están matando uno a uno. Y pienso en reichel, que está en un concierto aquí en madrid y está a salvo, pero pienso en ella, y menos mal que está a salvo, pero cuántos como ella ahí dentro. Y en el muro de Benjamín Cazenoves, que está secuestrado y rodeado de cadáveres, un montón de amigos le dan al like a sus declaraciones, y escriben comentarios, y a mí me resulta muy extraño, pero pablo dice que así suben la publicación y más gente se puede enterar de lo que pasa y que eso es bueno. Cuando sacan a los rehenes ya no podemos más y nos vamos a la cama. Y mientras me estoy durmiendo lo único que puedo pensar es que definitivamente la tierra es el planeta de los simios, siempre ha sido el planeta de los simios, y siempre va a ser el planeta de los simios, y que no hay esperanza.

Cuando abro los ojos al día siguiente mi primer pensamiento es para Benjamín Cazenoves. Abro su facebook y ha dejado un mensaje. Está vivo. Y después busco a mi amiga, que también está viva, y ha salido de su concierto y se ha enterado de todo, y ha publicado en facebook y en instagram lo siguiente:

“Cuando pasan este tipo de desastres contra la humanidad y luego, a la vez, ves que la vida sigue, y está guay pero a la vez me acuerdo de tierras de penumbra y de esa conversación:
-la vida debe continuar
-no sé si debería, pero lo hace.”

Y me quedo con la sensación de que mi círculo es más pequeño que nunca, que está por completo al margen de la realidad, que es naïf e ingenuo, e incluso frívolo, pero también es la resistencia, y mi lugar donde continuar.

teletransportación

Leo en prensa que el premiado con el Nobel en Física dice que ve la teletransportación como algo altamente improbable, y respiro con alivio. La teletransportación es uno de esos sueños recurrentes. Como volar, o ganar la primitiva. Ya sabes, cuando estás en un atasco, o cuando llegas a la estación de tren y el tuyo acaba de irse, o cuando echas de menos pero no existe siquiera la posibilidad de atravesar medio mundo… ya sabes,  el wish you were here de pink floyd pero al revés, porque si la teletransportación estuviera ya operativa estaríamos hablando de un wish i were there, o  de un i’ll be there, right now.  Concretamente en esos casos, en los más necesarios, la teletransportación resulta inútil, porque entiendo el wish you were here como uno de esos echar de menos  al margen de la materia o de si existe o no una distancia física,  como ese otro eje espacio tiempo que no está sometido a leyes.

Hago la reflexión completa y entiendo por qué la belleza de la teletransportación reside en su imposibilidad. Si yo pudiera teletransportarme a cualquier lugar significaría, que también el resto del mundo podría hacerlo. Cualquier persona, conocida o no, familiar o no, con previo aviso o no, con autorización o no, podría quebrantar las leyes físicas, el eje espacio tiempo, juguetear con la materia y personarse en cualquier momento del día o de la noche, en cualquier situación. Cualquier persona. En cualquier lugar. A cualquier hora. Imagino un par de posibilidades, sin complicarme demasiado, sin necesidad de rebuscar entre  las más desagradables o violentas dentro del catálogo de lo posible. Me bastan para entender que la teletransportación es uno de esos sueños que nunca, jamás, bajo ningún concepto, deben cumplirse. Que son sueños sólo en la medida en que no se hacen realidad.

Respiro con alivio de nuevo. Rezo, en el sentido de how i wish, es decir, en el sentido de desear ante nadie, por la sensatez de los físicos, y también -por si acaso fallara- por su impotencia. Por el eje espacio tiempo. Por mi materia y sus incapacidades. Por la vigencia del sentido de los pestillos en según qué puertas. Bien merecen el esfuerzo de un trasbordo, el cansancio de un viaje, las horas echando de menos.