Vana exposición de motivos

Ayer estuve una hora delante del ordenador sin ser capaz de escribir una sola línea. Tal y como temía no se trata de una falta de tiempo o de espacio. Creo que he desarrollado una aversión al yo.

Una vez consciente de mi derrota en el ejercicio de la honestidad, me dediqué, en un intento de acercamiento al teclado  -cada día más hostil-, a continuar con un relato de ficción como resultado de mi contexto y la lectura de Plenilunio. Pero lo cierto es que cuanto menos escribo más me cuesta.

El otro día, en el programa de Torres y Reyes, le dieron cinco minutos al filósofo José Antonio Marina para hablar de educación y neurociencia, y el tipo vino a decir que en la medida en que nosotros somos pensamiento, y que el pensamiento se instrumenta con el lenguaje, cuanto mejor sea nuestro manejo y dominio del lenguaje, más capaces seremos de desenredar nuestros pensamientos  y de traducirlos en palabras precisas, y así comprendernos nosotros mismos, y poder traducirnos a los demás también. Comprendernos, comprender y que nos comprendan.

Eso es algo sobre lo que me había hecho pensar de manera explícita Vigotsky cuando hace un par de años me puse a estudiar Teorías, pero que ya previamente había intuido: recuerdo mi curiosidad sobre cómo pensarían los sordos si a esa voz interior le faltan las palabras, a través de qué instrumentan ellos su pensamiento. Pero también, intuitivamente, cuando hace unos años me puse a escribir reflexiones y pensamientos personales, y al cabo del tiempo me di cuenta en uno de esos momentos en los que se para uno a pensar ¿por qué escribo? Y una de las respuestas, aunque no sea LA RESPUESTA, es que me había dado cuenta de que resultaba terapéutico. A través de la escritura realizaba en realidad un análisis acerca de mi forma de ver las cosas, de sentirlas, y de sus por qués.  Y volví a pensar en ello a cuenta del neurocientífico y su speach de cinco minutos el otro día, y a raíz de eso he vuelto a reflexionar acerca del por qué ya no escribo. O de la conveniencia de volver a hacerlo.

Volviendo a la escritura como terapia aunque no sé muy bien por qué ocurre -la sanación-, pero lo cierto es que ocurre. Y es que el desentrañar el pensamiento y las emociones, el convertir ese indescrifrable que hay por ahí dentro  (que gruñe, que araña, invisible e informe, abstracto pero real), en palabras precisas que lo delimitan, le dan forma, lo concretan, lo dimensionan, y a través de ellas verlo desde fuera, con una distancia, es terapéutico. Un terapia psicológica supongo que es algo así. Pero no se recurre al lenguaje escrito sino al oral, con un terapeuta que está enfrente, y que se encarga de estimular y propiciar el análisis, y de dirigir las interpretaciones, y reconducir las destructivas a constructivas. Y me di cuenta de que hacer el ejercicio de tratar de poner en palabras aquello que de alguna manera me había afectado en el día, para bien o para mal, me servía. Porque muchas veces, algo me había dejado con una sensación molesta, o sin energías, o al revés, maravillada y feliz, aunque aparentemente no existiera ninguna explicación ni para una cosa ni para otra:  ¿por qué este hecho me ha tocado? Y muchas veces me ponía a escribir sin entenderlo. Pero haciendo el ejercicio de analizarlo, de ir un poco más adentro, de buscar los porqués, de convertir ese malestar informe o esa felicidad inexplicable en palabras escritas, me obligaba a estructurar y ordenar las ideas. Y hacerlo me iluminaba. Porque es más sencillo enfrentarse a algo conocido que a lo desconocido. Porque es más sencillo enfrentarse a algo cuando tiene un contorno definido que cuando lo ocupa todo. Porque si se conoce por qué se produce un dolor es más sencillo evitarlo o contrarrestarlo, y si se conoce el tipo de dolor es más sencillo curarlo, buscarle la medicina adecuada. Porque si se conoce el origen de la felicidad es más sencillo conservarla, recuperarla. Y porque, una vez reconocido el pensamiento o el sentimiento, una vez que se identifica y se limita, sacarlo fuera ayuda a tomar una distancia, y compartirlo a sentirse menos solo e indefenso.

Y yo lo reconozco, que aunque el entendimiento total, ese que se adquiere y ya es válido para siempre, para cualquier circunstancia, sea imposible, yo necesito entender. Hacer el esfuerzo. Al menos un entendimiento fragmentado y efímero, uno que me sirva para hoy. Aunque mañana tenga que construirlo y entenderlo de nuevo. Aunque sea cansado necesito entender. Y a lo mejor por eso soy tan pesada y tan desarrolladora de teorías. Que sobre cualquier tema termino elaborando una tesis, como si tuviera que andar explicándolo todo, como si lo supiera. Y no, no diserto para explicar condescendientemente a mi interlocutor, que casi siempre eres tú, diserto para comprender yo misma, para comprenderme yo misma, para reafirmarme yo misma. No estoy pretendiendo iluminar, estoy buscando. Siempre buscando. Y a veces las reafirmo, y otras tengo que admitir que lo que valió un día ya no, incluso que pude haber llegado a ser una completa estúpida. Y aunque lo intento no logro encajar mis pequeñas comprensiones o explicaciones fragmentadas en una comprensión global. Al final voy por la vida intuyendo luces, con muy pocas certezas, y un bastón blanco que no siempre me sirve para no ver los agujeros.

Lo que todo eso no explica es el por qué reflexionar en público. Escribir y que se lea. Pues por aquí también podría ponerme muy racional, y extenderme acerca de las necesidades de comunicación. O sobre la grandiosa paradoja del placer que se encuentra en el creerse único en el sentir y en el hallar un porqué a ese sentir, y en las palabras elegidas al efecto, para después sentir placer también al darse uno cuenta de que no se es único, es decir solo, y saber que hay otras personas que sienten de la misma forma, que se han sentido identificadas, que han estado en el mismo lugar que uno. Que yo. Con otras palabras. Sin palabras incluso. O quizás no sea nada de esto y estemos hablando de una mera cuestión de vanidad.

Y todo este razonamiento para qué, para que el otro día me sugirieras buscarme un lugar, un espacio, un tiempo, porque últimamente escribía menos, y terminaras con ese los pájaros tienen que volar. Tanta explicación, tanta racionalidad, tanto análisis y tanta tesis para darme de bruces con la esencia. ¿Por qué un pájaro vuela? Pues porque los pájaros son seres que vuelan. Y no hay ningún otro por qué, o muchos más pero todos pasan por el POR QUÉ. ¿Que por qué escribir? ¿Por qué escribo? Podría alegar que por terapia, por entretenimiento, por conocimiento, como forma de comunicación, por vanidad. Pero aunque todas ellas podrían ser la respuesta, ninguna es LA RESPUESTA. La respuesta me la recordaste el otro día. Porque yo soy un ser que escribe. Y por eso escribo.

¿El pájaro canta porque es feliz o es feliz porque canta?

 

Escapar

El domingo, leyendo en El País un artículo acerca de la infancia de Vargas Llosa, me detuve en la cita de una declaración suya. Decía Vargas Llosa que uno escribía “para escapar de la pena”. Con todos los por qués que he estado buscando a lo largo de los años, y éste se me había pasado por alto. No creo que sea el único. Creo que el por qué fundamental no es algo que se pueda explicar. No todo puede ser objeto de una explicación racional, hay cosas que simplemente son, sin más vueltas que darle. Pero por naturaleza nos resulta imposible andar por la vida sin esa obsesión por buscar respuestas, por desentrañar misterios, como creo también que sería desalentador vivir sin preguntas ni misterios.

Pero esta respuesta de escapar de la pena, como respuesta parcial, me pareció buena. Cuando pienso en mí, y en mis estados de ánimo a la hora de escribir, sí que es cierto que, si bien escribo con cualquiera de ellos, cuando me siento feliz escribir es un acto de voluntad. Pero en esos días, en los de melancolía, hipersensibilidad, introspección o soledad, escribir se convierte en una necesidad básica y urgente, como cuando uno anda aguantando la respiración, y pasado un determinado número de segundos necesita coger aire porque no soporta más la sensación de ahogo. Como si, volcando en la pantalla todos esos pensamientos que están ahí en la cabeza, oprimiendo, dañando, obsesionando, abriendo un abismo con el alrededor, generando una conciencia de solitud que no hace sino más penoso el proceso… como si, volcando en la pantalla esos pensamientos, convirtiéndolos en palabras, o disfrazándolos con ellas -por pudor-, fueran a quedarse ahí, en la pantalla, fuera de la cabeza, restableciendo el equilibrio, el orden del mundo, aunque sea de ese mundo pequeño que es el propio.

Y parecerá una ingenuidad, será un remedio placebo, pero a veces, a veces, el sacar los demonios en forma de palabra y dejarlos en la pantalla, si no cura al menos alivia.

Me pregunto si no será ese el motivo por el cual, últimamente, existen tantos libros con finales tristes, tantas historias llenas de soledad, tanta desesperanza, tanto desgarro y tanto sabor a ceniza… y no sólo en literatura – y es que cada uno escapa como puede o como sabe- , pues se palpa ese sentimiento trágico en el cine, en pintura, en fotografía, en la música…. de hecho, parece existir en el arte un cierto desprecio por la felicidad y el optimismo como tema o como tono. Pero sin embargo, y por suerte, si bien es cierto que el dolor forma parte de la vida, no lo es menos que la vida también está hecha de felicidad.

Y, aunque no pueda negar esa belleza que reside en la melancolía, y aunque no pueda negar lo curativo que puede ser la escritura (o la disciplina que sea) como catarsis, como desahogo, como refugio… para ser sincera, de vez en cuando echo de menos en la expresión artística un poco de luz, un poco de optimismo, un  final feliz, uno al menos, de vez en cuando…