Camiseta escudo

por patricia

En la piscina éramos pocos hasta que llegó un vecino de unos quince años con su pandilla. Si yo pensaba que los niños pequeños son gritones era porque no había tenido en cuenta que todo puede ser directamente proporcional a la edad. No es lo mismo que un niño de veinte kilos se tire al agua gritando bomba a que lo hagan una vez y otra y otra, diez adolescentes de setenta. No es lo mismo.

Tras las zambullidas, tras irse tirando unos a otros, con camisetas puestas, quitadas, con rugidos, con risas, risotadas, diez o doce adolescentes y sus kilos de testosterona invadieron la piscina. Y fuera de ella todos los demás. (Lo reconozco, los pocos que estábamos huimos del agua despavoridos). Todos menos uno, un intruso. Un adolescente más de la pandilla que no estaba con los demás. Uno al que les habría sido del todo imposible tirar a la fuerza. Uno al que era imposible no ver. El único que no dejaba ver la marca de sus calzoncillos por debajo del bañador, ni de los pantalones. Pues a pesar de la moda, su camiseta lo cubría todo muy bien.

Los demás le gritaron. Venga tío, si estamos solos, qué más te da, báñate hombre. Pero hombre y tío se negaron. Me lo imaginé en ese momento lamentando todos aquellos momentos en que no hizo caso a la mirada de reproche de su madre al verle llenar una y otra vez su plato. Y me lo imaginé esa misma noche consolándose a escondidas con más comida. Quién cojones le mandaría a él decir que sí.

El chico gordo se mantuvo en sus trece en un gesto tan absurdo como su complejo.  Absurda la ingenuidad de pensar que, oculto tras esa enorme camiseta -que a pesar de todo rellenaba-,y de aquellos pantalones, no se adivinarían sus cincuenta kilos de más. Y yo pensaba ¿de veras crees que una camiseta es un buen escondite? ¡quítatela, chaval! Salta ahí y grita bomba. Que no vas a vaciar la piscina. Estás gordo. Tú lo sabes, y quien puede verte lo sabe. Con camiseta o sin ella. ¿Qué más te da? Si no te da igual, adelgaza. Y si no quieres adelgazar, quítate esa estúpido complejo, y con él la estúpida camiseta, y diviértete haciendo el burro con los demás.

Pero no me oyó. Y se quedó él solo. Mirándolos. Rogando en silencio que sus compañeros dejaran de insistirle en voz alta. Porque él sí sabía que no estaban solos. Y sólo rogaba que nadie hubiera reparado en los gritos de sus compañeros, que explicaban los motivos por los cuales él se había quedado allí solo. Y entonces, a pesar de su camiseta, todo el mundo sabría que está gordo. Y lo peor de todo, que se avergonzaba de ello.

A mí me dio mucha pena. Pero quiero pensar que los complejos, como el exceso de testosterona, como la adolescencia, como la ingenuidad, pueden llegar a ser pasajeros.

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