Poética del principio de la medida

Empiezo a contarte que el otro día vi ese vídeo, que era del matemático que había dejado unas tarjetas tan originales en la tienda esa en la que habíamos estado poco antes. Te pregunto que si lo recuerdas. Contestas que sí.

Te cuento que Raquel me había hablado también  de ese hombre, y al llegarme ese vídeo a través de Eme no pude evitar que me picara la curiosidad, y es que no puede ser azar que por tres vías distintas aparezcan referencias de un ¡matemático!

Quizás con esta exposición de motivos quiero justificarte que haber visto unos vídeos titulados “Aprende física cuántica en cinco minutos” no responde a un especial interés científico, ni a esnobismo o superficialidad, sino más bien a esa particular forma de interpretar el mundo como un juego de pistas, y a mi incapacidad para negarme a participar.

Te pregunto que si puedo contarte lo que descubrí. Me contestas que sí, y sé que tu afirmativa no responde al interés científico, ni al esnobismo,  ni a la superficialidad, sino que es más bien una aceptación de lo inevitable, pues los signos de que ya estoy presa del entusiasmo no te ofrecen dudas.

Y entonces te cuento eso de que las partículas cuánticas, las pequeñas, los electrones, por ejemplo, tienen la cualidad de poder franquear la dimensión espacio temporal, esa que es para nosotros inexpugnable. Es decir, que una misma partícula es capaz de estar simultáneamente en dos lugares. Simultáneamente. Y gesticulo, y te cuento el ejemplo del vídeo con las canicas, y hablo a borbotones en una tarde tórrida dentro de un autobús congelado. Y entonces llego por fin al Principio de la Medida, que a mí se me revela como el epicentro de todo. Y consiste en que cuando se trata de observar y de medir el comportamiento de las partículas cuánticas, éstas dejan de comportarse como partículas cuánticas, y vuelven a estar sujetas a esa limitación espacio temporal.

Tú, atento, no miras lo que digo, me estás mirando hablar. Preguntas divertido y por preguntar si lo que estoy queriendo decir es que la materia cuántica no quiere que se descubran sus habilidades.

Y amparada en tu mirada sigo a borbotones, y te digo que sí, exactamente eso es lo que yo he interpretado, y que sea o no así me da lo mismo, porque me parece maravilloso. Que la propia materia ,por voluntad propia, es inaccesible para nosotros: ha tomado la decisión del misterio.  Y amparada en tu mirada prosigo hasta donde aún no había llegado, y de pronto me siento frente a un fuego lejos de la tarde tórrida, y del autobús helado, y acabo de pintar con sangre en la cueva.  Y abstraída pienso en voz alta. Nos creemos tan sabios, tan prósperos, con tanto conocimiento sobre el mundo y sus posibilidades, y en realidad, somos presa de la misma ingenuidad de los primeros hombres, que inventando al dios de la lluvia, de la tierra, de la fertilidad y poniendo el orden del mundo en la voluntad divina, creyeron haber resuelto el misterio del universo. Pero en realidad nuestro conocimiento es mínimo, y aunque nosotros en algún momento tuviéramos la suficiente capacidad de comprensión, la misma esencia de las cosas, sus partículas más pequeñas, la energía última, o la primigenia, que quizás sea la misma, no quiere ser comprendida ni desvelada. Quiere ser misterio.

Y tú no dejas de mirarme, de mirarme hablar. Y yo sigo. ¿Y no es ésto una forma maravillosa de poesía, poesía pura?

Sí, respondes.

Destino ajeno

– Perdona, pero voy a sacar una foto indiscreta. Ya, no se han dado cuenta.

– Pero, ¿por qué has hecho eso? ¿qué has visto?

– Es una tontería, pero es que ahí a tu espalda hay un señor blanco blanco charlando con uno negro negro, y me ha llamado la atención el contraste.

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– Te sorprende como si fuera la primera vez que ves un  hombre negro …

– Es que fíjate en el contraste mientras charlan, el blanco es blanco blanco: pelo blanco, gafas blancas, piel blanca… y el negro es negro negro.

– Son como los tres reyes magos, falta el rubio, ¿cómo se llamaba el rubio?

– Gaspar…

¡Mira! ¡Date la vuelta!

– ¡Gaspar!

– Perdóname la indiscreción, pero tengo que sacarles otra foto.

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– Te van a ver…

– No, no me han visto.

– Ya se han encontrado los tres, ahora, a hacer magia.

– No pueden. El negro y el blanco se conocen, pero el rubio no. ¿Tú crees que por separado también hacen magia?

– No lo sé, pero igual deberíamos presentarlos.

– ¿Y estropearles la sorpresa? No.

– En cualquier caso, en algún momento, sus vidas se van a cruzar y se conocerán.

– Si, no pueden escapar a su destino. Es curioso, ellos tan ignorantes sobre sí mismos, y nosotros al lado mirándolos, con un montón de certezas acerca de su destino. No sabemos ni cuándo ni cómo, pero que se van a encontrar eso es seguro.

– Sí.

– Y el pequeño Miguel pensando que no existen y son los padres….

– Igual tienes que volver a hablar con él y desmentirle la verdad.

– Igual….

 

 

 

Una aventura

A veces me cabrea el positivismo absurdo que nos rodea. Ese afán por llevar todos los aspectos de la vida al terreno científico, en especial lo concerciente al hombre. Y miro con indignación cómo se trata de la economía como ciencia, de la sociología como ciencia, de la información como ciencia, de la pedagogía como ciencia, de la psicología como ciencia, y hasta a veces, en los límites del absurdo, del arte como ciencia. Como si el hecho de que ciertos fenómenos no puedan someterse a un modelo o a una ley sea algo peyorativo, cuando es en realidad tan asombroso y genial.

Hoy no. Hoy me produce ternura semejante ingenuidad. Hoy entiendo los por qués. Hoy pienso en los denodados esfuerzos del hombre desde que existe por tratar de explicarse. Desde los dioses que ha creado, las convenciones sociales, los estudios filosóficos, hasta este contemporáneo recurrir  a la ciencia. Hoy miro con enorme compasión esos intentos desesperados por entender la condición humana, por explicarla, por intentar encontrar una verdad inamovible a la que aferrarse, la forma correcta de vivir, dónde está la felicidad, dónde está el camino hacia delante, cómo superar la muerte, el dolor… como si la condición humana fuera una, como si pudiera ser explicada, como si la pudiéramos someter a un modelo, como si fuera tan sencillo, tan exacto, tan matemático, tan físico o tan químico. Pero la condición humana no es una. Hemos construido unos modelos morales y sociales, y hacemos lo posible por encajar en ellos. Pero qué angustia tan profunda cuando llega el día en el que de una forma o de otra nos descubrimos fuera, fuera de esa aproximación, de esa normal. Y nos descubrimos sintiendo, expresándonos o actuando como jamás habríamos imaginado, como nadie espera, de forma errática. Y cuánta soledad, cuánta confusión, cuánto miedo,  cuánta lucha interna, cuánto desamparo.

Porque no todo vale para todos. Porque no existe sólo un camino. No hay un único rasero. No hay una única forma de actuar, ni de sentir, ni de pensar, y porque lo que incluso para una persona concreta en un momento dado fue válido  al cabo de un tiempo puede cambiar.

Hace unos meses tuve una pequeña conversación con Pablo. Pablo estaba dolido porque sus amigos le decían que era malo jugando al fútbol. Él se había apuntado a una escuela pero lo había dejado, no entrena nunca, y cuando juegan un partido termina cansándose y dejándolo a medias. Yo le decía “Pablo, si no entrenas no vas a jugar nunca bien. Si de verdad quieres jugar bien al fútbol, si es importante para tí, mueve el culo, sal ahí fuera y practica.”   Pero Pablo quería jugar bien porque al resto de sus amigos, a todos, les gusta el fútbol.

“¿Y a ti? ¿A ti te gusta, Pablo? Porque si no te gusta, tendrás que tener el valor de enfrentarte a ello, y aceptarte.”

Conocerse, reconocerse, aceptarse.

Supongo que para mí, desde mi perspectiva, era algo mucho más sencillo de aceptar que para un niño de ocho años, cuyo mundo se reduce a sus amigos y a su familia. Y que de pronto descubre que no comparte algo que absolutamente todos, menos su madre, valoran en común.  Pero van pasando los años y los ejemplos se complican. Y conocerse  y aceptarse también.

Y supongo que lo que quiero decir es que tratamos desesperdamente de entender al hombre, a todos, a la generalidad, cuando muy a duras penas alcanzamos  a conocernos o a entendernos a nosotros mismos, nuestras reacciones,  nuestras emociones, nuestros por qués, nuestra evolución constante.  Quizá sea el mayor conocimiento al que debiéramos aspirar.  Y supongo que lo que quiero decir  es que ese componente errático, individual, impredecible, que no se sujeta a modelo alguno, que se presenta sin avisar, que de pronto nos hace sentir vulnerables y perdidos, que a veces es devastador, a veces maravilloso, a veces devastador y maravilloso al mismo tiempo, eso que imposibilita que seamos objeto de estudio científico, eso que nos da tanto miedo y que nos genera tanta búsqueda,  es precisamente lo que hace que el ser humano sea extraordinario, y la vida una aventura.

Camiseta escudo

En la piscina éramos pocos hasta que llegó un vecino de unos quince años con su pandilla. Si yo pensaba que los niños pequeños son gritones era porque no había tenido en cuenta que todo puede ser directamente proporcional a la edad. No es lo mismo que un niño de veinte kilos se tire al agua gritando bomba a que lo hagan una vez y otra y otra, diez adolescentes de setenta. No es lo mismo.

Tras las zambullidas, tras irse tirando unos a otros, con camisetas puestas, quitadas, con rugidos, con risas, risotadas, diez o doce adolescentes y sus kilos de testosterona invadieron la piscina. Y fuera de ella todos los demás. (Lo reconozco, los pocos que estábamos huimos del agua despavoridos). Todos menos uno, un intruso. Un adolescente más de la pandilla que no estaba con los demás. Uno al que les habría sido del todo imposible tirar a la fuerza. Uno al que era imposible no ver. El único que no dejaba ver la marca de sus calzoncillos por debajo del bañador, ni de los pantalones. Pues a pesar de la moda, su camiseta lo cubría todo muy bien.

Los demás le gritaron. Venga tío, si estamos solos, qué más te da, báñate hombre. Pero hombre y tío se negaron. Me lo imaginé en ese momento lamentando todos aquellos momentos en que no hizo caso a la mirada de reproche de su madre al verle llenar una y otra vez su plato. Y me lo imaginé esa misma noche consolándose a escondidas con más comida. Quién cojones le mandaría a él decir que sí.

El chico gordo se mantuvo en sus trece en un gesto tan absurdo como su complejo.  Absurda la ingenuidad de pensar que, oculto tras esa enorme camiseta -que a pesar de todo rellenaba-,y de aquellos pantalones, no se adivinarían sus cincuenta kilos de más. Y yo pensaba ¿de veras crees que una camiseta es un buen escondite? ¡quítatela, chaval! Salta ahí y grita bomba. Que no vas a vaciar la piscina. Estás gordo. Tú lo sabes, y quien puede verte lo sabe. Con camiseta o sin ella. ¿Qué más te da? Si no te da igual, adelgaza. Y si no quieres adelgazar, quítate esa estúpido complejo, y con él la estúpida camiseta, y diviértete haciendo el burro con los demás.

Pero no me oyó. Y se quedó él solo. Mirándolos. Rogando en silencio que sus compañeros dejaran de insistirle en voz alta. Porque él sí sabía que no estaban solos. Y sólo rogaba que nadie hubiera reparado en los gritos de sus compañeros, que explicaban los motivos por los cuales él se había quedado allí solo. Y entonces, a pesar de su camiseta, todo el mundo sabría que está gordo. Y lo peor de todo, que se avergonzaba de ello.

A mí me dio mucha pena. Pero quiero pensar que los complejos, como el exceso de testosterona, como la adolescencia, como la ingenuidad, pueden llegar a ser pasajeros.