Poética de la plaza doble.

Ayer por la noche cambiaste el coche de sitio. Ya sabías que por la mañana te ibas a quedar en casa.

Esta mañana, en lugar de bajar al garaje por las escaleras he ido directamente por la rampa. Delante de mí bajaba una chica joven y guapa. Habíamos cruzado juntas, pero pronto me adelantó porque caminaba dando zancadas. Yo esta mañana iba dando pasos, así sin más. Vestía unos vaqueros estrechos y un jersey azul marino. Llevaba unos zapatos de charol planos de aire británico, y un bolso naranja. Caminaba derecha y un poco masculina. Me ha parecido guapa.

Al bajar he visto el coche preparado. He mirado el tuyo detrás y estaba vacío. Eso era algo evidente, porque me acababa de despedir de ti en casa. Sin embargo, a pesar de la evidencia, al verlo, antes que el color, o la forma, lo primero que he visto de tu coche ha sido el vacío. Me he acordado de alguna vez que te he encontrado allí por sorpresa porque tú te has quedado dentro del coche esperando a que yo llegara. A lo mejor primero me he acordado de eso.  Y por eso primero he visto el vacío y después tu coche. Quizás si no lo hubiera recordado, habría visto tu coche primero, su blanco por fuera y negro por dentro y los retrovisores cerrados. Y nada más.

No, creo que no podría ver tu coche primero, con su blanco por fuera, su negro por dentro y sus retrovisores abiertos o cerrados, y nada más. Por un montón de motivos.  Eso me gusta.

 

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La otra tarde Raquel y yo fuimos primero al Vips porque ella no había comido, y quería comer, y yo odio el Vips, pero me dio igual porque al fin y al cabo era ella la que tenía hambre, y pidió un salteado oriental, que es lo que pedías tú cuando ibas a comer allí, cuando tenías una tarjeta y todo, es posible incluso que yo en algún momento de mi vida haya tenido una tarjeta del Vips. Fíjate que hasta tuve una de El Corte Inglés. Qué tiempos  extraños.

Cuando acabó, buscamos un lugar un poco más bonito para tomar un café, y fuimos al Ocho y Medio, que no sé por qué yo lo llamo el Café de las Estrellas, igual porque además de café es una librería de cine, y aunque lo vea a menudo y cada vez que lo vea piense “si se llama Ocho y Medio”,  cuando vuelvo a ir otra vez, o a pensar en ese sitio, mi cerebro le asigna de nuevo el nombre Café de las Estrellas, y es que él ha decidido llamarlo así.

Y estábamos allí sentadas las dos, y te aclaro que allí eran las mesas de la terraza, y esto es significativo para lo que voy a contarte ahora, cuando de pronto Raquel dejó de mirarme para mirar a la calle fijamente, porque allí en la calle estaba apareciendo una persona conocida. Y esto lo sé porque siempre cuando quedo con Raquel, siempre, encuentra al menos a una persona conocida. Quedemos donde quedemos. Quedemos en Ópera, quedemos en Quevedo, quedemos en Plaza de España, quedemos donde quedemos, siempre encuentra a alguien. No es extraño que unos momentos antes me hubiera contado que a veces Madrid se le hacía pequeño, a veces casi aldea.

Poco a poco se fue acercando la persona conocida a nuestra mesa. Era un chico joven paseando a su bebé. El chico se llamaba David, y nos pidió por favor que no nos levantáramos. Por lo menos dos veces. Y el chico era tan amable y tan cariñoso que yo no me atreví a llevarle la contraria, y además me parecía lo prudente quedarme un poco al margen para que ellos, que son los que se conocían y se habían encontrado, pudieran saludarse con un poco más de intimidad.

Supongo que por las licencias que da la confianza a Raquel no le supuso ningún reparo llevarle la contraria a David, y sí se levantó, y se pusieron a hablar de pie, pero no entre ellos, sino incluyéndome, porque Raquel no tardó en presentarme de esa forma en que me presenta siempre y que a mí me da un poco de vergüenza, como su amiga más antigua, y es que en general las presentaciones me dan un poco de vergüenza, y me sentí bastante estúpida  ahí sentada para no llevarle la contraria a David, mientras ellos hablaban ahí de pie de mí y conmigo. El caso es que mientras estaba yo ahí sentada como una completa imbécil, Raquel también me presentó a David, y también dijo cosas bonitas de él, en concreto que dibujaba genial. Y entonces David nos dijo que le acababan de contratar para hacer unos dibujos, y también contó otra cosa, y aquí es donde está todo el meollo del asunto y lo que en verdad ha sido la causa de que haya comenzado a escribir todo esto.

Contó que había estado leyendo unas cartas de Van Gogh, y que en una de ellas le contaba a un amigo que con treinta y cinco años aún no sabía qué se le daba bien hacer, y que se sentía perdido en el mundo. Y un tiempo después descubrió que le gustaba dibujar, y entonces empezó a dibujar, y se dio cuenta de que además de gustarle se le daba bien. Y que entonces se sintió mejor en el mundo, porque por fin había encontrado aquello para lo que valía. Imagina!!!! El puto Van Gogh, con treinta y cinco años, aún no se había descubierto! David lo contaba como si él llevara dibujando poco, como si antes hubiera estado haciendo otras cosas, buscando y buscando, y él también ahora se hubiera descubierto, y además le habían hecho un contrato para hacer dibujos.

El caso es que me pareció una historia esperanzadora. Y terminaba David con sus conclusiones, diciendo que para él eso significaba que lo que tenemos que hacer cuando aún estamos confusos y perdidos, es buscar, seguir buscando siempre, al margen de nuestra edad, de nuestra profesión, seguir buscando.

Y a veces cuando pasan cosas que te llaman la atención parece que el mundo se confabula para que allá donde mires todo te venga a decir lo mismo, que aunque el Dr.Puig lo explique como un fenómeno que crea nuestro propio cerebro, que lo leí ayer en un artículo que titulaban “Lo que el corazón quiere la mente se lo muestra“, y que me pareció muy interesante y muy sorprendente y lo compartí en Facebook, pero no lo pudiste leer, me gusta más pensar que el mundo se pone a emitir señales, a vibrar para que pasen cosas, y para que tú te des cuenta y no las dejes pasar, y estés atento, y por eso me encontré también con la carta de Bukowski  contra el trabajo que sí leíste conmigo, y que también compartí. Y es que él también se descubrió tarde, y lo explica aunque de una forma beligerante y rabiosa. Y casualmente ayer recibo una propuesta de Raquel para participar de una forma o de otra en su proyecto, y digo sí, aunque no sé muy bien qué cosas podría hacer bien para él, o de dónde voy a sacar el tiempo, pero es un sí.

Y esta mañana iba pensando todo esto. Y mientras lo iba pensando así, de la misma forma en que escribo ahora, dirigiéndome a ti, como si fueran pensamientos carta, que después convierto en carta, pensé también que hacía mucho que no pensaba de esa forma, y por eso hacía mucho tiempo que no escribía de esta forma. Y cuando me he dado cuenta, lo que más me ha gustado, más que Van Gogh, más que su carta, más que la esperanza y que Bukowski, más que las señales, que el café, que buscar o encontrar, es haberme encontrado pensado de esta forma.

 

Y yo sigo haciendo arte. Katja Perat.

Se dice que, en silencio, las personas

se esfuerzan por morir, porque todo lo orgánico

lucha por convertirse en inorgánico

y todo movimiento avanza y lucha

para dejar de serlo.

Las cosas se derrumban porque quieren

que se las deje en paz.

Los tristes se rinden;

un pueblo medieval se rinde

tras un asedio interminable, a duras penas,

bajo sus propias condiciones.

No pueden soportar la carga;

la culpa y la tristeza se comparten

entre todos los presentes.

El rechazo no ayuda,

ser insensible es útil,

aunque aseguren los psicoanalistas

que renunciar al deseo es una muerte anticipada.

Me resulta difícil plantarme ante el espejo. Me obliga

a enfrentarme a mi cara y a odiarla sin piedad.

Eso me aleja de las niñas de papá,

que pueden permitirse la maldad y la ira

sin nada que perder, pues se las ama y asegura por adelantado.

Existe gente honrada, gente que sabe gestionar la transparecia

sin recordarse a sí misma todo el tiempo

que jamás algo falso ha sido hermoso.

Gente que nunca esquiva su tristeza y que, al afrontar

sus errores, dice, con cierta calma:

«Soy consciente de que me has abandonado. Estás

fuera de mi alcance. Insistir

carece de sentido; nadie ama cuando está

obligado a hacerlo».

Esa gente ha aprendido cosas

que yo no soy capaz de aprender. Estamos separados

por la debilidad, que se disfraza de sentido del honor

y convierte en teoría todo lo que toca.

Cuando se vuelve insoportable de verdad,

solo puedo, con mi delicadeza exagerada,

esperar una lluvia que equipare el tiempo con mi humor.

Existe cierto encanto en emplear el arte

para liberarse. Encanto en lo que dices

cuando estás libre de las restricciones de un único punto de vista,

encanto que previene el habla y que evidencia la incapacidad,

encanto que no eludes nunca,

pues estás débil como para sobrevivir

al nivel de exposición que exige el ser humano.

El encanto y el afecto requieren esfuerzo,

y es verdad que, para mí, nada es sencillo.

«Es irrelevante»,

dijo alguien que conozco.

«Tus poemas son irrelevantes;

el arte necesita otras cosas».

El arte no necesita nada,

me gustaría añadirlo.

****

Katja Perat (Eslovenia, 1988) poeta y filósofa. Ha publicado sus poemas en España (en Mil novecientos violeta, de El Gaviero Ediciones), así como en revistas y antologías de Estados Unidos, Bélgica o Rumanía.

Este poema es una traducción de Juan Fernández Rivero

causa y consecuencia

Soy la cantante del sol naciente

Que metió nanas en botellas

y las tiró al mar impredecible

para llegarte a la isla en que te ahogabas.

Soy el pincel que pintó de amarillo los quinientos diez mil millones

de kilómetros cuadrados de superficie terrestre

y los usó para alear tu cuerpo con el mío.

Soy el poeta que atrapa

las palabras que nos decimos,

Incluso si no las pronunciamos,

ya sabes:

soy contigo,

la primera vez no es un ordinal sino un estado de ánimo,

que quizás seas mi propio origen,

y que antes de saber que te amaba ya te amaba.

Soy la narradora de Murúa Niño,

que unas veces es tú y otras yo,

a veces los dos incluso

y tiene un millón de dudas,

y una única certeza.

Y si decidí ser músico,

fue para hacer prácticas de salto al vacío

y para hacerte saltar detrás

porque no hay sueños para el cobarde.

-de eso sabes, porque en otros abismos ya habías estado

antes y primero.-

Aunque parezca confuso

en esa extravagante multiplicidad

está mi yo que más me gusta

y coincide preciso con el que más amas,

y conquista tu sorpresa.

Es que si lo piensas, la sorpresa es aire

¡Cómo el aire podría renunciar a ser aire!

¡a mantenerte con vida!

a salvar la mía…

Y tú…

tú estás detrás de todo,

de ese yo que me gusta,

de la inconstancia volátil…

Tú, que eres causa y consecuencia.

teletransportación

Leo en prensa que el premiado con el Nobel en Física dice que ve la teletransportación como algo altamente improbable, y respiro con alivio. La teletransportación es uno de esos sueños recurrentes. Como volar, o ganar la primitiva. Ya sabes, cuando estás en un atasco, o cuando llegas a la estación de tren y el tuyo acaba de irse, o cuando echas de menos pero no existe siquiera la posibilidad de atravesar medio mundo… ya sabes,  el wish you were here de pink floyd pero al revés, porque si la teletransportación estuviera ya operativa estaríamos hablando de un wish i were there, o  de un i’ll be there, right now.  Concretamente en esos casos, en los más necesarios, la teletransportación resulta inútil, porque entiendo el wish you were here como uno de esos echar de menos  al margen de la materia o de si existe o no una distancia física,  como ese otro eje espacio tiempo que no está sometido a leyes.

Hago la reflexión completa y entiendo por qué la belleza de la teletransportación reside en su imposibilidad. Si yo pudiera teletransportarme a cualquier lugar significaría, que también el resto del mundo podría hacerlo. Cualquier persona, conocida o no, familiar o no, con previo aviso o no, con autorización o no, podría quebrantar las leyes físicas, el eje espacio tiempo, juguetear con la materia y personarse en cualquier momento del día o de la noche, en cualquier situación. Cualquier persona. En cualquier lugar. A cualquier hora. Imagino un par de posibilidades, sin complicarme demasiado, sin necesidad de rebuscar entre  las más desagradables o violentas dentro del catálogo de lo posible. Me bastan para entender que la teletransportación es uno de esos sueños que nunca, jamás, bajo ningún concepto, deben cumplirse. Que son sueños sólo en la medida en que no se hacen realidad.

Respiro con alivio de nuevo. Rezo, en el sentido de how i wish, es decir, en el sentido de desear ante nadie, por la sensatez de los físicos, y también -por si acaso fallara- por su impotencia. Por el eje espacio tiempo. Por mi materia y sus incapacidades. Por la vigencia del sentido de los pestillos en según qué puertas. Bien merecen el esfuerzo de un trasbordo, el cansancio de un viaje, las horas echando de menos.

Primera vez

Porque cuando me miras por primera vez
vivo por vez primera.

Literalmente me refiero
a la primera puesta de sol
al mar por primera vez
a meterme en la boca el primer puñado de nieve
al primer café.
Me refiero a la primera risa,
que arranca en el origen
y llega hasta el final.
Me refiero a tus primeros labios.

Sí.
Estoy hablando de la sorpresa, de la emoción. De la
inocencia de la vida primera.
Del aquí y el ahora
puro porque no tiene un antes.
Ni un después.
Existe.
Hablo de una gratitud que desborda
mi cuerpo pequeño
estremecido de belleza,
bonito porque lo miras
por primera vez.
Y lo ves.

Por todo eso
sé que la primera vez
no es un ordinal sino un estado de ánimo
del amor nuestro,
y golpes de conciencia nos regala el
espectáculo de la vida primera.

Poética del principio de la medida

Empiezo a contarte que el otro día vi ese vídeo, que era del matemático que había dejado unas tarjetas tan originales en la tienda esa en la que habíamos estado poco antes. Te pregunto que si lo recuerdas. Contestas que sí.

Te cuento que Raquel me había hablado también  de ese hombre, y al llegarme ese vídeo a través de Eme no pude evitar que me picara la curiosidad, y es que no puede ser azar que por tres vías distintas aparezcan referencias de un ¡matemático!

Quizás con esta exposición de motivos quiero justificarte que haber visto unos vídeos titulados “Aprende física cuántica en cinco minutos” no responde a un especial interés científico, ni a esnobismo o superficialidad, sino más bien a esa particular forma de interpretar el mundo como un juego de pistas, y a mi incapacidad para negarme a participar.

Te pregunto que si puedo contarte lo que descubrí. Me contestas que sí, y sé que tu afirmativa no responde al interés científico, ni al esnobismo,  ni a la superficialidad, sino que es más bien una aceptación de lo inevitable, pues los signos de que ya estoy presa del entusiasmo no te ofrecen dudas.

Y entonces te cuento eso de que las partículas cuánticas, las pequeñas, los electrones, por ejemplo, tienen la cualidad de poder franquear la dimensión espacio temporal, esa que es para nosotros inexpugnable. Es decir, que una misma partícula es capaz de estar simultáneamente en dos lugares. Simultáneamente. Y gesticulo, y te cuento el ejemplo del vídeo con las canicas, y hablo a borbotones en una tarde tórrida dentro de un autobús congelado. Y entonces llego por fin al Principio de la Medida, que a mí se me revela como el epicentro de todo. Y consiste en que cuando se trata de observar y de medir el comportamiento de las partículas cuánticas, éstas dejan de comportarse como partículas cuánticas, y vuelven a estar sujetas a esa limitación espacio temporal.

Tú, atento, no miras lo que digo, me estás mirando hablar. Preguntas divertido y por preguntar si lo que estoy queriendo decir es que la materia cuántica no quiere que se descubran sus habilidades.

Y amparada en tu mirada sigo a borbotones, y te digo que sí, exactamente eso es lo que yo he interpretado, y que sea o no así me da lo mismo, porque me parece maravilloso. Que la propia materia ,por voluntad propia, es inaccesible para nosotros: ha tomado la decisión del misterio.  Y amparada en tu mirada prosigo hasta donde aún no había llegado, y de pronto me siento frente a un fuego lejos de la tarde tórrida, y del autobús helado, y acabo de pintar con sangre en la cueva.  Y abstraída pienso en voz alta. Nos creemos tan sabios, tan prósperos, con tanto conocimiento sobre el mundo y sus posibilidades, y en realidad, somos presa de la misma ingenuidad de los primeros hombres, que inventando al dios de la lluvia, de la tierra, de la fertilidad y poniendo el orden del mundo en la voluntad divina, creyeron haber resuelto el misterio del universo. Pero en realidad nuestro conocimiento es mínimo, y aunque nosotros en algún momento tuviéramos la suficiente capacidad de comprensión, la misma esencia de las cosas, sus partículas más pequeñas, la energía última, o la primigenia, que quizás sea la misma, no quiere ser comprendida ni desvelada. Quiere ser misterio.

Y tú no dejas de mirarme, de mirarme hablar. Y yo sigo. ¿Y no es ésto una forma maravillosa de poesía, poesía pura?

Sí, respondes.