Volver

La otra tarde Raquel y yo fuimos primero al Vips porque ella no había comido, y quería comer, y yo odio el Vips, pero me dio igual porque al fin y al cabo era ella la que tenía hambre, y pidió un salteado oriental, que es lo que pedías tú cuando ibas a comer allí, cuando tenías una tarjeta y todo, es posible incluso que yo en algún momento de mi vida haya tenido una tarjeta del Vips. Fíjate que hasta tuve una de El Corte Inglés. Qué tiempos  extraños.

Cuando acabó, buscamos un lugar un poco más bonito para tomar un café, y fuimos al Ocho y Medio, que no sé por qué yo lo llamo el Café de las Estrellas, igual porque además de café es una librería de cine, y aunque lo vea a menudo y cada vez que lo vea piense «si se llama Ocho y Medio»,  cuando vuelvo a ir otra vez, o a pensar en ese sitio, mi cerebro le asigna de nuevo el nombre Café de las Estrellas, y es que él ha decidido llamarlo así.

Y estábamos allí sentadas las dos, y te aclaro que allí eran las mesas de la terraza, y esto es significativo para lo que voy a contarte ahora, cuando de pronto Raquel dejó de mirarme para mirar a la calle fijamente, porque allí en la calle estaba apareciendo una persona conocida. Y esto lo sé porque siempre cuando quedo con Raquel, siempre, encuentra al menos a una persona conocida. Quedemos donde quedemos. Quedemos en Ópera, quedemos en Quevedo, quedemos en Plaza de España, quedemos donde quedemos, siempre encuentra a alguien. No es extraño que unos momentos antes me hubiera contado que a veces Madrid se le hacía pequeño, a veces casi aldea.

Poco a poco se fue acercando la persona conocida a nuestra mesa. Era un chico joven paseando a su bebé. El chico se llamaba David, y nos pidió por favor que no nos levantáramos. Por lo menos dos veces. Y el chico era tan amable y tan cariñoso que yo no me atreví a llevarle la contraria, y además me parecía lo prudente quedarme un poco al margen para que ellos, que son los que se conocían y se habían encontrado, pudieran saludarse con un poco más de intimidad.

Supongo que por las licencias que da la confianza a Raquel no le supuso ningún reparo llevarle la contraria a David, y sí se levantó, y se pusieron a hablar de pie, pero no entre ellos, sino incluyéndome, porque Raquel no tardó en presentarme de esa forma en que me presenta siempre y que a mí me da un poco de vergüenza, como su amiga más antigua, y es que en general las presentaciones me dan un poco de vergüenza, y me sentí bastante estúpida  ahí sentada para no llevarle la contraria a David, mientras ellos hablaban ahí de pie de mí y conmigo. El caso es que mientras estaba yo ahí sentada como una completa imbécil, Raquel también me presentó a David, y también dijo cosas bonitas de él, en concreto que dibujaba genial. Y entonces David nos dijo que le acababan de contratar para hacer unos dibujos, y también contó otra cosa, y aquí es donde está todo el meollo del asunto y lo que en verdad ha sido la causa de que haya comenzado a escribir todo esto.

Contó que había estado leyendo unas cartas de Van Gogh, y que en una de ellas le contaba a un amigo que con treinta y cinco años aún no sabía qué se le daba bien hacer, y que se sentía perdido en el mundo. Y un tiempo después descubrió que le gustaba dibujar, y entonces empezó a dibujar, y se dio cuenta de que además de gustarle se le daba bien. Y que entonces se sintió mejor en el mundo, porque por fin había encontrado aquello para lo que valía. Imagina!!!! El puto Van Gogh, con treinta y cinco años, aún no se había descubierto! David lo contaba como si él llevara dibujando poco, como si antes hubiera estado haciendo otras cosas, buscando y buscando, y él también ahora se hubiera descubierto, y además le habían hecho un contrato para hacer dibujos.

El caso es que me pareció una historia esperanzadora. Y terminaba David con sus conclusiones, diciendo que para él eso significaba que lo que tenemos que hacer cuando aún estamos confusos y perdidos, es buscar, seguir buscando siempre, al margen de nuestra edad, de nuestra profesión, seguir buscando.

Y a veces cuando pasan cosas que te llaman la atención parece que el mundo se confabula para que allá donde mires todo te venga a decir lo mismo, que aunque el Dr.Puig lo explique como un fenómeno que crea nuestro propio cerebro, que lo leí ayer en un artículo que titulaban «Lo que el corazón quiere la mente se lo muestra«, y que me pareció muy interesante y muy sorprendente y lo compartí en Facebook, pero no lo pudiste leer, me gusta más pensar que el mundo se pone a emitir señales, a vibrar para que pasen cosas, y para que tú te des cuenta y no las dejes pasar, y estés atento, y por eso me encontré también con la carta de Bukowski  contra el trabajo que sí leíste conmigo, y que también compartí. Y es que él también se descubrió tarde, y lo explica aunque de una forma beligerante y rabiosa. Y casualmente ayer recibo una propuesta de Raquel para participar de una forma o de otra en su proyecto, y digo sí, aunque no sé muy bien qué cosas podría hacer bien para él, o de dónde voy a sacar el tiempo, pero es un sí.

Y esta mañana iba pensando todo esto. Y mientras lo iba pensando así, de la misma forma en que escribo ahora, dirigiéndome a ti, como si fueran pensamientos carta, que después convierto en carta, pensé también que hacía mucho que no pensaba de esa forma, y por eso hacía mucho tiempo que no escribía de esta forma. Y cuando me he dado cuenta, lo que más me ha gustado, más que Van Gogh, más que su carta, más que la esperanza y que Bukowski, más que las señales, que el café, que buscar o encontrar, es haberme encontrado pensado de esta forma.

 

Caber en una bolsa

Estoy en la cola del supermercado. Llevo una cesta medio llena. Tengo que pedir dos bolsas. De pronto me da por acordarme de la época en la que las bolsas de plástico eran gratis y uno no tenía que calcular, y de la primera vez que pasé la compra teniendo que pedir por anticipado el número de bolsas que iba a necesitar y me quedé perpleja, como si me estuvieran pidiendo algo imposible, creo que le dije a la cajera ¿y cómo voy yo a saber cuántas bolsas voy a necesitar? Sin embargo ahora miro mi cesta y sé con certeza que son dos bolsas. Detrás de mí hay una pareja de señores mayores. Él va con bastón. Ella no. Ambos están encogidos. Los años los han empequeñecido hasta volver a una talla infantil, solo que la espalda está hacia delante, encorvada. Están discutiendo. Él piensa que la fila de al lado va más deprisa. Ella no, y además le dice que da lo mismo. Miro lo que llevan. Ella lleva un paquete de café y él unas galletas. Pienso que debería dejarles pasar. Pero no me apetece. No me apetece hablar, punto número uno. Además, si al dejarles pasar me encuentro en la situación de que el siguiente también lleva menos cosas que yo también debería dejarle pasar. Y así hasta cuándo. Al fin y al cabo mi compra cabe en dos bolsas, no llevo un carro lleno, voy a tardar poco. Pero cuando llega mi turno les digo que pasen. Mientras colocan su exigua compra en la cinta veo que el señor tiene bastón y unas gafas con patillas rojas, muy juveniles, en un contrapunto perfecto con las arrugas, la gran nariz y los ojillos diminutos. Me dice que muchas gracias, que casi nadie hace ya estas cosas. Me da un poco de vergüenza la vehemencia del agradecimiento. Por desmedido. Y por la duda de instantes atrás. La señora me da las gracias también. Me dice que me desea que pueda continuar cediendo el sitio durante muchos años. Tantos como los que tienen ellos. Yo tengo 93 y mi marido 94. Cualquiera lo diría, le digo, qué suerte tienen. Y juntos! me dice ella. Hoy hace cincuenta y tres años que nos casamos. Me da la impresión de que le brillan los ojos, y también de que probablemente ha errado en la cuenta. Le doy la enhorabuena. Recogen su compra. También piden dos bolsas. Cogen una cada uno y se marchan caminando despacio, inclinados hacia delante, uno con bastón y la otra con esfuerzo. Cuando termino de pagar y salgo los observo caminando despacio, aún a escasos pasos del supermercado. Ahora están en su casa. También aquí, pero eso ellos no lo saben.

 

Mi primer recuerdo concreto de la infancia

Sé que tenía menos de cinco años el día en que me caí de un taburete porque aún vivíamos en Aluche. Tendría dos, o tres, o cuatro. Fue el día en que aprendí la palabra chichón y su significado. No recuerdo cómo aprendí el resto de las palabras de mi primera infancia. Sólo esa. No recuerdo cómo me caí del taburete, ni tampoco cómo llegó mi padre, aunque teniendo en cuenta cómo va ahora cuando se cae un nieto imagino que corriendo con cara de pánico, pero sólo lo imagino. En mi recuerdo yo ya estoy llorando  y mi padre me tiene en brazos, y está tranquilo y no tiene cara de pánico porque ya ha comprobado que no ha sido nada grave, y me dice con su voz tranquila y tranquilizadora que no pasa nada y que solo es un chichón. Y después me pregunta, con su tono de voz de contar historias  misterioso y fantástico y con un poco de sorna, que si sé cómo se curan los chichones, y le contesto que no, y me dice con su tono de eureka que comiendo pan con foie gras. Así que me preparó una tostada y me senté a comerla en el sillón acurrucada a su lado.

Recuerdo que en la tele había fútbol, porque recuerdo que era domingo por la tarde. Recuerdo también que al empezar a comer el pan con foie gras el chichón dejó de doler de una manera fulminante. Lo que no recuerdo es cómo quedó el partido, pero como esta parte no altera lo esencial del recuerdo, y no pudiendo apelar a una justicia universal por miedo a que una vez más no exista, voy a tomármela por mi cuenta, y ya que mi padre me quitó el dolor, me enseñó el poder curativo del foie gras,  y que gracias a él aprendí la palabra chichón, su significado y su cura, diré que esa tarde jugaba el Atleti y que ganaba.

Qué menos.

 

Por qué ayer no llevé la cámara

Nos habíamos escapado creyéndonos invisibles entre toda esa gente, creyendo que separarnos discretamente del grupo doblando aquella esquina resultaría imperceptible, creyendo que mientras corriéramos sin mirar atrás nada podría sucedernos, que al otro lado de la puerta de un bar la oscuridad nos mantendría a salvo, como si aún no supiéramos que el peligro venía de quien nos daba pulso. Allí, detrás de esa puerta, escuché Diecinueve por primera vez. Lo recuerdo por tu cara, porque empezaste a mirar muy fuerte, y rompiste a llorar.
Era en esa época en la que todo lo que ocurría era tan real y producía consecuencias drásticas, que cada paso que dábamos resultaba trascendente. La conciencia eran siete puntas afiladas, y las bordeaba un abismo. Y vivir era terrible porque sabíamos que tendríamos que atravesarnos las entrañas con una de esas puntas, que era como tenerlas ya dentro, o bien caeríamos al vacío para siempre, que era como estar cayendo. Y también, y al mismo tiempo, era maravilloso, porque esa trascendencia constante nos hacía sentir vivos. Y el amor. El miedo y el amor son dos grandes amplificadores de la conciencia de estar vivo, de ser frágiles, de saber que, en realidad, no tenemos ningún control sobre nada, que ni siquiera tenemos nada, solo ese sentir que reverbera y grita, y siente, terrible y maravilloso.

Unos años después reaparece Maga en concierto. Ya no corremos por la calle para ponernos a salvo sino porque vamos tarde. Ya no estamos en peligro. Salvados.

Por la mañana, antes del concierto, repaso Diecinueve, Como nubes a mi te, Vacaciones de un minuto, y me llevan a ese origen salvaje en un instante, y cuando me quiero dar cuenta estoy mirando fuerte. Quiero hacer ese viaje contigo, y no pensar, solo sentir. Entonces te llamo y te digo que estoy pensando en no llevar la cámara. ¿Te pasaba algo esta mañana? Me dices. No, nada. Está todo bien. Contesto.

puntualizaciones al camino de vuelta

Lo que pasa cuando escribo en horas de trabajo, cuando he terminado deprisa para poder robarle un rato al lugar donde estoy sola y a veces tranquila, es que no me da tiempo a pensar lo suficiente ni a veces siquiera a releer, y mientras iba de camino al cole a recoger a miguel para llevarlo al entreno me di cuenta de que no lo había contado todo, y que además lo que había contado lo había contado mal.

Lo voy a intentar ahora, antes de que se me olvide, porque esto además de un refugio es un protector de memoria, aunque en casa ni estoy sola ni tranquila, y en estos cinco minutos miguel, que al final no ha ido a entrenar porque le dolía la tripa, ya me ha llamado dos veces para ayudarle con la ficha de lectura, y dentro de media hora llegas tú, y después yoga, y la cena, y…. déjalo ya, calabaza.

Pues eso, que de camino al cole me acordé de que también iba pensando en que quizás debería haber sido más prudente a la hora de expresar mis críticas, porque tampoco soy ninguna experta, y si estoy empezando a ir a conciertos es ahora. También pensé que me gustan más los conciertos que los festivales. A los conciertos va una mayor proporción de gente interesada en la música que van a escuchar, pero a los pocos festivales a los que he ido, hay mucha más gente que va por la fiesta, para la que la música es secundaria,  y dan por saco. A mí al menos me distraen, me enfadan. Joder, si la música no les interesa les saldría más barato ir a emborracharse y a ponerse de coca hasta las cejas, a bailar dando golpes y, lo peor, a hablar a voces, a una discoteca, o a su puta casa (¿lo ves? me enfadan). La única ventaja que tiene para mí un festival frente a un concierto, es que me da la oportunidad de descubrir música que no conocía. Es posible que esto sí lo compartiera contigo, pero no lo siguiente. Lo siguiente que pensé es que quizás pienso así porque tengo treinta y siete años y no veinte, y la edad se va haciendo notar por muy joven que me siga creyendo. Y yo, en mi veintena, no fui a festivales ni a conciertos, porque mi casa olía a leche y a cereales, y en mis noches de viernes y sábado y en todas las demás, contaba cuentos, y preparaba biberones, y me acordé del tacto caliente de la piel recién estrenada en mi pecho y en mis manos, y aunque quizás en ese momento no tuviera perspectiva para valorarlo lo suficiente, en el coche de pronto me llegó esa sensación caliente e intensa, tan intensa que casi no cabe en la tripa, que casi tienes que gritar ah, porque no cabe, y pensé en la suerte que tuve de que llegaran en ese momento, tan pronto y sin avisar, y que no cambiaría esas noches por nada. Ni los días. Ni a ellos. Hay pocas experiencias tan intensas y tan absolutas. Son un absoluto, y mira que hay pocos. Ahora tenemos la oportunidad de irnos descubriendo los tres, y de ir probando el mundo los tres. Los cuatro. Los cinco. Los dos. Algo de ventaja les llevamos. Pero tampoco tanta.

Y también, que cuando escribí antes acerca de las causalidades, no me refería a haber puesto Sil fono, esa es una causalidad pequeña. Me refiero, por ejemplo, a las causalidades como que nos enamoráramos, a que no paremos de probar y de descubrir nuestras posibilidades, a la curiosidad, a ese probar a vivir de una forma con la que por fin nos identificamos, aunque a ojos ajenos estemos un poco locos, a sentirnos un poco más ubicados, al menos a ratos, o a esos pocos amigos, tan poco al uso pero en los que nos reconocemos tanto, y que han aparecido entre todos los millones de personas que pueblan el planeta tierra, y no nos hemos ido encontrado por casualidad sino porque nos buscábamos. No ha sido una conjunción de astros, sino el resultado de la búsqueda de unos mínimos seres que no son más que una chispa imperceptible en el tiempo cósmico, que con su búsqueda han conseguido que fuera el universo el que se alineara para que se produjera el encuentro, porque si no nos hubiéramos buscado, incluso sin saberlo, no nos habríamos encontrado. Jamás. Y por eso el otro día, cuando veía a pablo tan aburrido y le pregunté que qué más cosas le gustaría hacer además de jugar, y me dijo que tocar más música, le dije que por qué no buscaba algún grupo que necesitara batería, alguno con gente joven, además ahora ya podía entrar en salas de conciertos si surgía, y me contestó que no, que le daba vergüenza, que le gustaría que a sus compañeros les gustase y montar un grupo con ellos, ya, como los beatles, o como u2, pero no todo el mundo tiene a su gente al lado. Yo conocí a eme en internet, y a chema, y a víctor y a ana, y a carmen. No esperes a que sea la suerte la que coloque a alguien como tú a tu lado, no lo dejes todo al azar. Busca, dirige los pasos, sal ahí fuera, y si no es a la primera será a la segunda, y si no a la tercera, y si no a la quinta, pero no dejes de buscar, porque no estás solo, tampoco querías probar con el grupo de batucada y ahora tocas seis horas con ellos a la semana, y de lo que haces, es lo que más te apasiona…

Y creo que más o menos, eso era. Contado a trompicones y sin releer. Pero ya no se me olvida.