Poética de la plaza doble.

Ayer por la noche cambiaste el coche de sitio. Ya sabías que por la mañana te ibas a quedar en casa.

Esta mañana, en lugar de bajar al garaje por las escaleras he ido directamente por la rampa. Delante de mí bajaba una chica joven y guapa. Habíamos cruzado juntas, pero pronto me adelantó porque caminaba dando zancadas. Yo esta mañana iba dando pasos, así sin más. Vestía unos vaqueros estrechos y un jersey azul marino. Llevaba unos zapatos de charol planos de aire británico, y un bolso naranja. Caminaba derecha y un poco masculina. Me ha parecido guapa.

Al bajar he visto el coche preparado. He mirado el tuyo detrás y estaba vacío. Eso era algo evidente, porque me acababa de despedir de ti en casa. Sin embargo, a pesar de la evidencia, al verlo, antes que el color, o la forma, lo primero que he visto de tu coche ha sido el vacío. Me he acordado de alguna vez que te he encontrado allí por sorpresa porque tú te has quedado dentro del coche esperando a que yo llegara. A lo mejor primero me he acordado de eso.  Y por eso primero he visto el vacío y después tu coche. Quizás si no lo hubiera recordado, habría visto tu coche primero, su blanco por fuera y negro por dentro y los retrovisores cerrados. Y nada más.

No, creo que no podría ver tu coche primero, con su blanco por fuera, su negro por dentro y sus retrovisores abiertos o cerrados, y nada más. Por un montón de motivos.  Eso me gusta.

 

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Las cuatro piernas entrelazadas.

La hija de mi prima está en casa desde el fin de semana, y ayer fuimos a conocerla. Mi prima me llama Pati. Desde que mi abuela se murió solo ella me llama Pati. Las diferentes formas que adopta el propio nombre produce efectos diferentes en el nombrado. Ya ves, solo cambian unos pocos fonemas que aluden un mismo significado. A diferencia de los vientos o las mareas, los efectos del propio nombre no son predecibles. A nosotros, los humanos, todo nos cambia, todo nos influye, hasta nuestro propio nombre. Qué otro significado es sensible a su significante. No se me ocurre.

Hablamos del hospital, hablamos de las vacaciones. Ellos a lo mejor no se van a ningún sitio. Nos preguntan a nosotros. Nosotros vamos a Cádiz, como todos los años. Ellos empiezan a recordar cuando estuvieron en la boda de mi hermana. Que perdieron el autobús que mi hermana había contratado para llevar a los invitados desde el hotel hasta el ayuntamiento. Yo no me enteré de nada, porque me encargaron las fotos así que fui con los novios. Pero mi tía, mi prima, y mis hijos, -que se habían quedado a su cargo-, perdieron el autobús. Tuvieron que irse en coche y llegaron por los pelos. Mi prima me dijo que se acordaba de eso, y también de lo que había leído yo en la ceremonia civil. Que le había gustado mucho. Sí, ese texto de que se miraban y se veían. Álex, que estaba sentado al lado mío, me dijo “pues no lo he entendido”. Me sorprendió que mi prima se acordara habiéndolo oído una sola vez hace años.

Mi hermana me había pedido que escribiera algo para leer en la ceremonia. En esa época aún vivíamos una frente a la otra, yo me había separado hacía no mucho, y me sentía la persona menos indicada. De eso me he acordado esta mañana, cuando he buscado y leído el texto en el correo electrónico para dejarlo en el cuaderno. Aquí va

Algunas noches me asomo al mirador y veo enfrente una ventana con luz, y cuatro piernas entrelazadas. Y me gusta.

Hay gente que dice que  el amor siempre no existe. Que la rutina es inevitable, que después del tiempo y su erosión lo que  queda  es el apego, el cariño, la seguridad,  la costumbre… y nada más,  que hay que conformarse. Y que, al fin y al cabo, tampoco está tan mal. Lo dice mucha gente, unas veces con palabras, otras con su propio ejemplo, y según van hablando oscurece.

Yo sé que la gente que dice eso está equivocada –no sé si en el fondo ellos también lo saben-. Yo sé que eso existe, lo sé porque lo he visto. Con una sola vez que lo viera me bastaría para saber que existe. Y existe.

A veces no sé cómo llamarlo, a eso, porque amor es una palabra manoseada, que se usa incluso para hablar de esa otra cosa que termina siendo apego, cariño y costumbre.  Pero no hay transcurso de tiempo suficiente, ni pasta de dientes apretada por la mitad, ni malos humores en lunes por la mañana que puedan con eso de lo que hablo. Eso está por encima, es más grande, más sagrado. Existe, y se eleva por encima de todo, de las arrugas que se abren paso, y de quién fue el último en vaciar el lavaplatos. Existe y  emociona. A quien lo siente y a quien lo ve. E ilumina, como esa luz que veo a veces por la ventana y me gusta.

Mientras miro por la ventana esas cuatro piernas entrelazadas, pienso en mis padres. Mis padres se miran. Aún se miran. Siempre se miran y al mirarse se ven. Cuando mis padres se miran se ven, desde fuera se nota que se ven,  se ven ellos, lo mejor que son, cómplices en un espacio que es sólo suyo, que conocen, que han creado, que comparten con quienes estamos alrededor, pero que es sólo suyo. Mis padres se miran.

Miro las cuatro piernas entrelazadas y pienso en el día que conocí a la madre de Juan, que cuando hablaba de Emilio, se escuchaba con tanta intensidad  la admiración y el respeto con las que hablaba que casi no se oían las palabras. También distraía de lo que decía el brillo de sus ojos. Y pensé que ni siquiera  me había hecho falta verlos juntos para percibir que también tienen eso, eso que existe, que es sólo de ellos, que conocen,  que han creado. Maleni y Emilio se miran.

Las piernas entrelazadas que veo  están aquí. Están escondidas bajo un vestido blanco, y un chaqué, disfrazadas de dos personas que han querido decirse delante de los suyos un quiero quererte siempre, como si fueran una declaración de intenciones bonitas, pero son cuatro piernas entrelazadas que han venido a decir que lo son.

Algunas noches me asomo al mirador y veo enfrente una ventana con luz, y cuatro piernas entrelazadas. Y me gusta.”

Después hablamos de la boda de mi prima, les dije que Miguel la recuerda con mucho cariño porque no paró de comer jamón.

Ahora, cuando me asomo a la ventana ya no veo sus piernas, porque ninguna de las dos vivimos donde vivíamos, y no sé si siguen siendo cuatro piernas entrelazadas. Pero se miran.

Ahora tengo dos sobrinos, y Emilio está muerto.

La semana que viene coincidiremos en Cádiz. Cinco años después.

 

Éramos unos niños

Raquel me regaló el libro de Patti Smith. Fue a mediados de diciembre. El libro me gustó, mucho. Pero sobre todo me gustó Patti. En ese libro habla de la época en la que conoció y vivió con Robert Mapplethorpe, y de la relación que hubo entre ambos. Lo extraordinario de ella no es que se enamoraran o su enamoramiento en sí, sino su amor al margen del amor, y la lealtad de ambos. El enamoramiento, y el amar a alguien con quien mantienes una relación es un hecho ordinario, en el sentido de que aunque cada vez que ocurre, cada vez que presenciamos una historia de amor parece única y maravillosa, es algo que ocurre cada día. Pero preservar el amor por una persona incluso cuando la relación de pareja se ha terminado, porque aquello que te une está por encima de una relación de pareja, ser capaz de transformar ese amor romántico en un sentimiento incondicional y sagrado hacia una persona, no lo es tanto. A mí esa lealtad mutua me resultó conmovedora.  Y las personas que tienen la capacidad de amar de esa forma me parecen también extraordinarias.

Cuando terminé el libro, busqué más acerca de Patti Smith. Su incondicionalidad por Robert Mappelthorpe no fue aislada. Después del fotógrafo se volvió a enamorar y decidió casarse con su marido, y este fue su pareja hasta que murió. El pianista que conoció en una audición y que comenzaría a tocar con ella desde sus inicios, sería su teclista el resto de su vida, y lo mismo ocurrió con sus guitarristas, y con el batería. Y eso teniendo en cuenta que ella era quien componía y quien daba nombre a la formación, y que su carrera musical cuenta con más de cuatro décadas. Y a pesar del tiempo, de lo que cambian las personas, de las dificultades añadidas en las disciplinas artísticas con el tema de los egos, la fama, éxitos y fracasos,  ella ha sido fiel a sus músicos originarios, y al revés. Todo eso es muy significativo. Como también el hecho de que no se trate solo de un rasgo de carácter o de una patología de dependencia emocional, porque también hubo gente que no se quedó.

Lo increíble de Éramos unos niños es Patti Smith. Su forma de interpretar el mundo y de afrontarlo, pero sobre todo su forma de entregarse y de amar a las personas de las que se ha rodeado, y de preservar todo lo valioso y excepcional que supo ver en ellas. Y supongo que todo está relacionado. Ella es capaz de poner todo eso a salvo de la rutina, de las decepciones o contratiempos, de llevar la valía de quienes la rodean al terreno de lo sagrado, y mantenerlo ahí. Y yo tengo debilidad por esas personas, quizás por el contraste con la cultura de la banalidad y el usar y tirar. Y ese don que tienen y que yo admiro tanto, está más allá del talento o la expresión artística.

llegados a este punto

Qué suerte que nacieras, y que viviendo todos estos años de un lado para otro, ahora estés justo donde estás, que es precisamente donde estoy yo. ¿No te parece una casualidad asombrosa? No, tú dices muy seguro que  las vidas que empezaron las otras veces que naciste, y las que vendrán cuando vuelvas a nacer, tienen en común que siempre llegas a este punto preciso donde estás ahora. Que es donde estoy yo.

En este punto somos jóvenes y valientes, en este punto estamos un poco locos, y es imprescindible permanecer desnudos.  Entonces aparecen los significados para nosotros. Aparecen por todas partes. En Amuleto de Bolaño, en el Mundo de Millás, en una bicicleta apoyada en una pared, en un robot de cajas de cartón, en una gata que se va a llamar Carmen, en la luna de medio día que aparece en zaragoza y se mete por mi ventana, en ese señor que estaba sentado en la mesa, y celebraba él solo con vino blanco y berberechos, en el mensaje que hay escrito en la pared, en la fuente de la república de españa, y en ese paisaje que algún día será tuyo.

Ya es mío. Es todo nuestro, ese es nuestro patrimonio de belleza y magia.

 

 

Volver

La otra tarde Raquel y yo fuimos primero al Vips porque ella no había comido, y quería comer, y yo odio el Vips, pero me dio igual porque al fin y al cabo era ella la que tenía hambre, y pidió un salteado oriental, que es lo que pedías tú cuando ibas a comer allí, cuando tenías una tarjeta y todo, es posible incluso que yo en algún momento de mi vida haya tenido una tarjeta del Vips. Fíjate que hasta tuve una de El Corte Inglés. Qué tiempos  extraños.

Cuando acabó, buscamos un lugar un poco más bonito para tomar un café, y fuimos al Ocho y Medio, que no sé por qué yo lo llamo el Café de las Estrellas, igual porque además de café es una librería de cine, y aunque lo vea a menudo y cada vez que lo vea piense “si se llama Ocho y Medio”,  cuando vuelvo a ir otra vez, o a pensar en ese sitio, mi cerebro le asigna de nuevo el nombre Café de las Estrellas, y es que él ha decidido llamarlo así.

Y estábamos allí sentadas las dos, y te aclaro que allí eran las mesas de la terraza, y esto es significativo para lo que voy a contarte ahora, cuando de pronto Raquel dejó de mirarme para mirar a la calle fijamente, porque allí en la calle estaba apareciendo una persona conocida. Y esto lo sé porque siempre cuando quedo con Raquel, siempre, encuentra al menos a una persona conocida. Quedemos donde quedemos. Quedemos en Ópera, quedemos en Quevedo, quedemos en Plaza de España, quedemos donde quedemos, siempre encuentra a alguien. No es extraño que unos momentos antes me hubiera contado que a veces Madrid se le hacía pequeño, a veces casi aldea.

Poco a poco se fue acercando la persona conocida a nuestra mesa. Era un chico joven paseando a su bebé. El chico se llamaba David, y nos pidió por favor que no nos levantáramos. Por lo menos dos veces. Y el chico era tan amable y tan cariñoso que yo no me atreví a llevarle la contraria, y además me parecía lo prudente quedarme un poco al margen para que ellos, que son los que se conocían y se habían encontrado, pudieran saludarse con un poco más de intimidad.

Supongo que por las licencias que da la confianza a Raquel no le supuso ningún reparo llevarle la contraria a David, y sí se levantó, y se pusieron a hablar de pie, pero no entre ellos, sino incluyéndome, porque Raquel no tardó en presentarme de esa forma en que me presenta siempre y que a mí me da un poco de vergüenza, como su amiga más antigua, y es que en general las presentaciones me dan un poco de vergüenza, y me sentí bastante estúpida  ahí sentada para no llevarle la contraria a David, mientras ellos hablaban ahí de pie de mí y conmigo. El caso es que mientras estaba yo ahí sentada como una completa imbécil, Raquel también me presentó a David, y también dijo cosas bonitas de él, en concreto que dibujaba genial. Y entonces David nos dijo que le acababan de contratar para hacer unos dibujos, y también contó otra cosa, y aquí es donde está todo el meollo del asunto y lo que en verdad ha sido la causa de que haya comenzado a escribir todo esto.

Contó que había estado leyendo unas cartas de Van Gogh, y que en una de ellas le contaba a un amigo que con treinta y cinco años aún no sabía qué se le daba bien hacer, y que se sentía perdido en el mundo. Y un tiempo después descubrió que le gustaba dibujar, y entonces empezó a dibujar, y se dio cuenta de que además de gustarle se le daba bien. Y que entonces se sintió mejor en el mundo, porque por fin había encontrado aquello para lo que valía. Imagina!!!! El puto Van Gogh, con treinta y cinco años, aún no se había descubierto! David lo contaba como si él llevara dibujando poco, como si antes hubiera estado haciendo otras cosas, buscando y buscando, y él también ahora se hubiera descubierto, y además le habían hecho un contrato para hacer dibujos.

El caso es que me pareció una historia esperanzadora. Y terminaba David con sus conclusiones, diciendo que para él eso significaba que lo que tenemos que hacer cuando aún estamos confusos y perdidos, es buscar, seguir buscando siempre, al margen de nuestra edad, de nuestra profesión, seguir buscando.

Y a veces cuando pasan cosas que te llaman la atención parece que el mundo se confabula para que allá donde mires todo te venga a decir lo mismo, que aunque el Dr.Puig lo explique como un fenómeno que crea nuestro propio cerebro, que lo leí ayer en un artículo que titulaban “Lo que el corazón quiere la mente se lo muestra“, y que me pareció muy interesante y muy sorprendente y lo compartí en Facebook, pero no lo pudiste leer, me gusta más pensar que el mundo se pone a emitir señales, a vibrar para que pasen cosas, y para que tú te des cuenta y no las dejes pasar, y estés atento, y por eso me encontré también con la carta de Bukowski  contra el trabajo que sí leíste conmigo, y que también compartí. Y es que él también se descubrió tarde, y lo explica aunque de una forma beligerante y rabiosa. Y casualmente ayer recibo una propuesta de Raquel para participar de una forma o de otra en su proyecto, y digo sí, aunque no sé muy bien qué cosas podría hacer bien para él, o de dónde voy a sacar el tiempo, pero es un sí.

Y esta mañana iba pensando todo esto. Y mientras lo iba pensando así, de la misma forma en que escribo ahora, dirigiéndome a ti, como si fueran pensamientos carta, que después convierto en carta, pensé también que hacía mucho que no pensaba de esa forma, y por eso hacía mucho tiempo que no escribía de esta forma. Y cuando me he dado cuenta, lo que más me ha gustado, más que Van Gogh, más que su carta, más que la esperanza y que Bukowski, más que las señales, que el café, que buscar o encontrar, es haberme encontrado pensado de esta forma.

 

Caber en una bolsa

Estoy en la cola del supermercado. Llevo una cesta medio llena. Tengo que pedir dos bolsas. De pronto me da por acordarme de la época en la que las bolsas de plástico eran gratis y uno no tenía que calcular, y de la primera vez que pasé la compra teniendo que pedir por anticipado el número de bolsas que iba a necesitar y me quedé perpleja, como si me estuvieran pidiendo algo imposible, creo que le dije a la cajera ¿y cómo voy yo a saber cuántas bolsas voy a necesitar? Sin embargo ahora miro mi cesta y sé con certeza que son dos bolsas. Detrás de mí hay una pareja de señores mayores. Él va con bastón. Ella no. Ambos están encogidos. Los años los han empequeñecido hasta volver a una talla infantil, solo que la espalda está hacia delante, encorvada. Están discutiendo. Él piensa que la fila de al lado va más deprisa. Ella no, y además le dice que da lo mismo. Miro lo que llevan. Ella lleva un paquete de café y él unas galletas. Pienso que debería dejarles pasar. Pero no me apetece. No me apetece hablar, punto número uno. Además, si al dejarles pasar me encuentro en la situación de que el siguiente también lleva menos cosas que yo también debería dejarle pasar. Y así hasta cuándo. Al fin y al cabo mi compra cabe en dos bolsas, no llevo un carro lleno, voy a tardar poco. Pero cuando llega mi turno les digo que pasen. Mientras colocan su exigua compra en la cinta veo que el señor tiene bastón y unas gafas con patillas rojas, muy juveniles, en un contrapunto perfecto con las arrugas, la gran nariz y los ojillos diminutos. Me dice que muchas gracias, que casi nadie hace ya estas cosas. Me da un poco de vergüenza la vehemencia del agradecimiento. Por desmedido. Y por la duda de instantes atrás. La señora me da las gracias también. Me dice que me desea que pueda continuar cediendo el sitio durante muchos años. Tantos como los que tienen ellos. Yo tengo 93 y mi marido 94. Cualquiera lo diría, le digo, qué suerte tienen. Y juntos! me dice ella. Hoy hace cincuenta y tres años que nos casamos. Me da la impresión de que le brillan los ojos, y también de que probablemente ha errado en la cuenta. Le doy la enhorabuena. Recogen su compra. También piden dos bolsas. Cogen una cada uno y se marchan caminando despacio, inclinados hacia delante, uno con bastón y la otra con esfuerzo. Cuando termino de pagar y salgo los observo caminando despacio, aún a escasos pasos del supermercado. Ahora están en su casa. También aquí, pero eso ellos no lo saben.

 

Mi primer recuerdo concreto de la infancia

Sé que tenía menos de cinco años el día en que me caí de un taburete porque aún vivíamos en Aluche. Tendría dos, o tres, o cuatro. Fue el día en que aprendí la palabra chichón y su significado. No recuerdo cómo aprendí el resto de las palabras de mi primera infancia. Sólo esa. No recuerdo cómo me caí del taburete, ni tampoco cómo llegó mi padre, aunque teniendo en cuenta cómo va ahora cuando se cae un nieto imagino que corriendo con cara de pánico, pero sólo lo imagino. En mi recuerdo yo ya estoy llorando  y mi padre me tiene en brazos, y está tranquilo y no tiene cara de pánico porque ya ha comprobado que no ha sido nada grave, y me dice con su voz tranquila y tranquilizadora que no pasa nada y que solo es un chichón. Y después me pregunta, con su tono de voz de contar historias  misterioso y fantástico y con un poco de sorna, que si sé cómo se curan los chichones, y le contesto que no, y me dice con su tono de eureka que comiendo pan con foie gras. Así que me preparó una tostada y me senté a comerla en el sillón acurrucada a su lado.

Recuerdo que en la tele había fútbol, porque recuerdo que era domingo por la tarde. Recuerdo también que al empezar a comer el pan con foie gras el chichón dejó de doler de una manera fulminante. Lo que no recuerdo es cómo quedó el partido, pero como esta parte no altera lo esencial del recuerdo, y no pudiendo apelar a una justicia universal por miedo a que una vez más no exista, voy a tomármela por mi cuenta, y ya que mi padre me quitó el dolor, me enseñó el poder curativo del foie gras,  y que gracias a él aprendí la palabra chichón, su significado y su cura, diré que esa tarde jugaba el Atleti y que ganaba.

Qué menos.