Algo

Supongo que hoy es uno de esos días en los que uno se pregunta si hay algo que dure siempre, con la necesidad de encontrar un sí entre todo lo que cambia, que es todo. Incluso yo.

Con la necesidad de encontrar algo que, entre el cambio constante, esté quieto. Que esté quieto ahora, que vaya a estar quieto siempre. Signifique siempre lo que signifique. La eternidad, o mi vida.

Y con la necesidad de poder asirlo. Porque si por un momento pudiera hacerlo, desparecería el miedo.

Supongo que hoy es uno de esos días en los que uno se pregunta si hay algo que dure siempre con la necesidad de encontrarlo. Aún teniendo la certeza de que no existe.

El reto

A mí siempre me han gustado los retos. Y me pongo muchos en mi día a día. Por lo general suelen ser bastante estándares, porque aunque una tiene sus cosas, si jugáramos a hacer estadísticas, creo que me podría encuadrar en el inmenso margen de aquello que se llama normalidad, que es lo que asociamos siempre a la media.

Pero tengo un reto que me ha tenido frustrada durante meses, ese reto que parecía pequeñito y tontorrón, y que probablemente no quedara registrado como estándar. Fíate tú de un reto, te lo marcas y nunca sabes por dónde te va a salir.

Yo me había propuesto hacer sonreír a la panadera. Porque no hay derecho a que una le sea fiel, compre el pan siempre en el mismo sitio, sea atendida siempre por la misma persona, pida siempre el mismo tipo de pan para no complicarle la vida, y la mujer haga su trabajo como una autómata. Sin mirar, sin mirarme, y sin expresar el más mínimo asomo de expresión que la convierta en humana. Eso es algo que le pasa a mucha gente cuando trabaja, el dejar de parecer humana. Y no es que yo pretenda que me cuente su vida o sea mi mejor amiga, pero sí me gustaría que mi panadera dejara de parecer un androide, y dejara entrever por algún resquicio, que es de carne y hueso, y siente, y padece.

Lo fácil sería pasar, o incluso, para los más sensibles, cambiar de panadería. Pero yo sólo veía un reto, con mi vocecilla interior espetándole.: “¿Así que con que esas tenemos? Pues no sabes con quién has dado, que te voy a robar una sonrisa, me cueste lo que me cueste”.

Desde ese día, cuando llego al mostrador, así esté contenta, triste, cansada, exhausta, con ánimos o sin ellos, dibujo la mejor de mis sonrisas, y la amabilidad se personifica en mí. Pero nada. Derrota estrepitosa un día tras otro. Como si ni me viera ni me oyera. No baja la guardia la tía, ni su escudo antisonrisas.

Y tras tanto intento infructuoso, un día bajé la guardia. Volvía con Pablo, al que había ido a recoger de un cumple. Y cuando llegué al mostrador se me olvidó el reto, y pedí el pan casi sin mirarla, tan centrada estaba en la conversación que mantenía con el niño:

Pablo, ¡es que no puedes ir preguntando a la gente cuánto gana!

¿Pero por qué?

Porque es indiscreto

Pues no lo entiendo

Su pan

Gracias

Entonces la miré. Y sonreía. Y por dentro le dije “¿Ves cómo eras humana?”.

Sólo era cuestión de tiempo. Y de que un niño me echara un cable. O me pusiera en un aprieto. Será cabrona….

Flores sin hogar

En la estación de Príncipe Pío han puesto unas nuevas máquinas de vending. Cuando una vez vi una de esas ofreciendo libros, pensé que ya ninguna otra cosa me podría sorprender, pero como siempre que pienso eso, me equivoqué: las máquinas que han instalado venden flores. Ramos. Y si uno quiere quedar rebién, también puede comprar el jarrón.

Reconozco que no pude evitar pararme a mirarlos. Aunque yo soy un poco especial para las flores. No me gustan los clásicos surtidos. Me gustan más con una única variedad de flor. Y mi preferida no es la rosa, sino el tulipán. Sencilla y económica. Así salgo yo. Una ganga. Por eso, nada de lo que vi en ellas me encandiló. Al día siguiente de instalar unas cuantas máquinas de esas, dejaron de verse las flores. Todas estaban rodeadas por un nutrido grupo de personas, admirando embelesadas aquellos ramitos que daban vueltas, exponiéndose dentro de la máquina refrigerada.

Pensé que sería por la novedad. Aunque la máquina de libros nunca organizó ese corrillo. Ni siquiera el día de su inauguración. Debe sentirse muy fracasada. Pero según pasan los días, y las máquinas dejan de ser una novedad para ir convirtiéndose en un elemento más del paisaje, siguen los corrillos y los embelesos. Yo no sé si será porque después de tanto invierno ya se echaba de menos una flor, aunque fuera inserta en un ramo hortera, obligado a girar sin parar dentro de una cámara refrigerada. O si quizás se deba a las expectativas que genera. O a los deseos. O a las ilusiones. Nunca se sabe qué efectos puede producir una flor.

Hoy cuando he llegado a trabajar, había una ramita sembrada de flores amarillas en cada una de las mesas. En la mía también. Sonreí. Y pensé que ya que me había hecho sonreír, lo menos que podía hacer por ella, era hacerle un sitio entre tanto papel, y que estuviera cómoda. Así que cogí un vaso, lo llené de agua fresca, y le preparé un hogar, una casita junto a mí donde lucir sus encantos. Donde pueda arrancarme sonrisas en mañanas aciagas. O lo que ella quiera. Que nunca se sabe qué efectos puede producir una flor.

Una existencia interesante

Elena es una compañera que lleva pocos meses trabajando en la oficina. Lo primero que se ve de ella es su silla de ruedas, y sus piernas diminutas. Pero pronto deja uno de ver la silla. Su carácter fuerte, su falta de diplomacia, su tendencia a simplificar cualquier cuestión a un blanco o un negro, sus generalizaciones imprudentes, ese tono que no admite réplicas, su no callarse ni debajo del agua, y su falta de pelos en la lengua, rápidamente le hicieron ganarse la antipatía de sus compañeras de departamento. De modo, que a las pocas semanas de entrar, Elena ya comía sola. Cualquiera en la cocina puede elegir sentarse junto a alguien, pero ella no, ella sólo se pude sentar en un sitio adaptado, y depende de que otros se quieran sentar a su lado.

Sin embargo el estar sola no es algo que pareciera afectarle lo más mínimo. No obstante, mi amiga Eva se empeñaba de vez en cuando en que nos sentáramos con ella. Es una de esas cosas suyas que me hacen resoplar y sentirme orgullosa de ella al mismo tiempo. Lo que comenzaron siendo unas comidas algo forzadas terminaron convirtiéndose en unos ratos buscados y divertidos. No puedo evitar estallar de risa con sus anécdotas y su falta de tacto.

Esta mañana leía en una columna de Lucía Etxebarría en ADN lo siguiente “… El aburrimiento es la enfermedad de las personas afortunadas; los desgraciados no se aburren, tienen mucho que hacer. En realidad lo que hace interesante la existencia son esas grandes limitaciones vulgares que nos obligan a todos a enfrentarnos a las cosas que no nos gustan”. Y no he podido evitar pensar en Elena por dos motivos.

El primero, es que ella tiene grandes limitaciones, y desde luego yo jamás las calificaría de vulgares. Es minusválida, y vive con sus padres. Su madre tiene Alzheimer y su padre cáncer de pulmón. Y ella se ocupa de ambos. Es un jodido más difícil todavía.

Y el segundo, es que jamás podría calificar a Elena como un ser desgraciado. Es imposible verla como una víctima, pues nunca se ha puesto ese cartel. No se queja, no resopla, no se lamenta. Vive y mira hacia delante con una fuerza y una naturalidad sobrenaturales. Y no es que viva resignada. Es que es capaz de ser feliz a pesar de lo complicado que debe ser su día a día.

Desde luego, si el enfrentarse a las limitaciones es lo que hace interesante la existencia, la de Elena debe ser una de las más interesantes que conozco.

Y yo, sinceramente, puñeteras ganas tengo de tener a ese precio una existencia interesante, pero no lo puedo evitar. El coraje es una actitud que me despierta tanta admiración como el victimismo desprecio.

Y yo miro a Elena, y no veo una silla de ruedas, ni veo un carácter complicado, ni su falta de diplomacia, ni sentencias lapidarias faltas de prudencia. Lo veo, pero lo cierto es que me hacen reír. Lo que veo sobre todo es una tía con dos cojones, que va derrochando fuerza por donde pasa su silla.

De cuestiones de fe, leyes y polémica.

El sábado vi por primera vez los famosos carteles del bebé y el lince. Es lo que tiene la libertad de expresión, que cualquiera puede hacer uso de ella,  Iglesia incluida… y yo incluida. Aunque reconozco que cuando estos señores predican fuera del templo me hacen sentir como mi vecino cuando me ve llegar a casa con las bolsas del Burguer y me dice que cómo se me ocurre darle esa comida a mis hijos, que es poco saludable…

Yo no entiendo muy bien la polémica. Ya que científicamente no se puede determinar en qué momento de la gestación se puede considerar que un embrión o un feto es un ser humano, ese hecho queda reducido  a una cuestión de fe, o de creencia personal. De modo que a falta de una certeza al respecto, la decisión última debería quedar para la  mujer según su conciencia. Si ella no desea ser madre y cree que lo que tiene dentro son un conjunto de células, la decisión de  abortar no supondrá un problema. Si no deseaba ser madre,  pero cree que lo que lleva dentro es ya un ser humano, no tomará esta decisión. Y como en cualquier otra cuestión de fé, estas decisiones merecen todo el respeto.

Y en el fondo, ésta es la única posibilidad coherente. Los supuestos son absurdos. Son un sinsentido. Si el embrión no es un ser humano no hay problema en descartarlo ya esté sano o sufra una malformación, o haya cualquier tipo de riesgos. Y si el embrión es un ser humano, no cabe descartarlo en ningún caso. ¿O es que un ser humano sólo tiene derecho a vivir si está sano, mas no lo tiene en el caso de tener Síndrome de Down o una minusvalía?

¿Quién tiene el criterio para decidir e imponer el que un embrión sea (o no) un ser humano, y con esa condición (o no), gozar (o no) de todos los derechos del mismo? ¿El Estado? No lo creo. Por tanto, el que jurídicamente se permita a las mujeres la posibilidad de actuar libremente según su propia conciencia, me parece la única opción coherente, y la única posible.

De modo que no puedo decir que me considere a favor o en contra del aborto, así en general.  Yo tomé mi decisión cuando tuve que hacerlo. Y sé que hice bien.  Como también creo que han hecho bien todas aquellas mujeres que han seguido lo que sus conciencias les dictaban, pensando que era lo mejor, fueran sus decisiones o no, iguales que la mía.

Para terminar mi reflexión  no voy a poner ninguna imagen. No sabría con cuál  ilustrar las ideas que argumento, como la libertad en cuestiones de fe, y el respeto hacia las mismas.