Flores sin hogar

por patricia

En la estación de Príncipe Pío han puesto unas nuevas máquinas de vending. Cuando una vez vi una de esas ofreciendo libros, pensé que ya ninguna otra cosa me podría sorprender, pero como siempre que pienso eso, me equivoqué: las máquinas que han instalado venden flores. Ramos. Y si uno quiere quedar rebién, también puede comprar el jarrón.

Reconozco que no pude evitar pararme a mirarlos. Aunque yo soy un poco especial para las flores. No me gustan los clásicos surtidos. Me gustan más con una única variedad de flor. Y mi preferida no es la rosa, sino el tulipán. Sencilla y económica. Así salgo yo. Una ganga. Por eso, nada de lo que vi en ellas me encandiló. Al día siguiente de instalar unas cuantas máquinas de esas, dejaron de verse las flores. Todas estaban rodeadas por un nutrido grupo de personas, admirando embelesadas aquellos ramitos que daban vueltas, exponiéndose dentro de la máquina refrigerada.

Pensé que sería por la novedad. Aunque la máquina de libros nunca organizó ese corrillo. Ni siquiera el día de su inauguración. Debe sentirse muy fracasada. Pero según pasan los días, y las máquinas dejan de ser una novedad para ir convirtiéndose en un elemento más del paisaje, siguen los corrillos y los embelesos. Yo no sé si será porque después de tanto invierno ya se echaba de menos una flor, aunque fuera inserta en un ramo hortera, obligado a girar sin parar dentro de una cámara refrigerada. O si quizás se deba a las expectativas que genera. O a los deseos. O a las ilusiones. Nunca se sabe qué efectos puede producir una flor.

Hoy cuando he llegado a trabajar, había una ramita sembrada de flores amarillas en cada una de las mesas. En la mía también. Sonreí. Y pensé que ya que me había hecho sonreír, lo menos que podía hacer por ella, era hacerle un sitio entre tanto papel, y que estuviera cómoda. Así que cogí un vaso, lo llené de agua fresca, y le preparé un hogar, una casita junto a mí donde lucir sus encantos. Donde pueda arrancarme sonrisas en mañanas aciagas. O lo que ella quiera. Que nunca se sabe qué efectos puede producir una flor.

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