Civilizados: el cuerpo.

Supongo que sería necesario realizar un extenso estudio sociológico e histórico para poder determinar  por qué el ser humano se ha inventado una sociedad  que lo aleja tanto de su naturaleza como ser humano. Y por qué, ya que estamos, se ha dado en llamarla, si no es por sarcasmo,  «civilización».

Civilización, según la RAE, es el estadio cultural propio de las sociedades humanas más avanzadas por el nivel de su ciencia, artes, ideas y costumbres.

Yo me pregunto, ¿avanzado en qué sentido?

Vamos a fijarnos en el cuerpo humano. Una simple cuestión de anatomía. No hay más que darse un paseo por la playa para darnos cuenta de que la Naturaleza ha sido torpe con su dotación, porque nosotros nos hemos inventado una forma de vivir en la que ya no necesitamos aquello  que se nos ha dado más que de forma residual.

Nos desplazamos en automóvil, metro, autobús,  las escaleras son mecánicas, gran parte de los trabajos los realizamos sentados, el alimento está en el supermercado,  el agua sale del grifo, sudar se ha convertido en un hecho indigno cuando ocurre fuera de un gimnasio.

Contrariando nuestra naturaleza nos hemos creado unas rutinas diarias que desprecian nuestro potencial físico. Lamentablemente no puedo afirmar que esto haya sido en aras de un mayor desarrollo cognitivo,  y que hayamos sacrificado nuestro cuerpo para ser personas sesudas, cultas, con tareas diarias de alta compeljidad intelectual. Más bien creo que los motivos tienen más que ver con alcanzar máximos niveles de eficiencia en términos de beneficios económicos.

De modo que ahora, el querer trabajar el cuerpo con el que estamos dotados y que tan prescindible es en nuestro quehacer diario, se ha convertido en un artifical motivo estético.  Nos llega a parecer normal coger el coche una vez a la semana para jugar una hora al paddle, o subir a la sala de pesas en ascensor. A mí se me ocurre un símil para traducir lo artificial del cuadro: una persona  ha dejado de usar su cerebro y   para no entumecer sus neuronas decide hacer un sudoku semanal. Pero cuando no se encuentra en la sesión de entrenamiento cerebral, que por favor nadie le obligue a pensar. Hasta el punto de que cerca de mi casa los turistas suelen ir a lomos de triciclos eléctricos, y en parques zoológicos y de ocio alquilan cochecitos también eléctricos en los que grupos de amigos jóvenes y saludables pueden desplazarse sin necesidad de mover un solo músculo.

Creemos que hemos avanzado porque lo que hemos suprimido era algo que no nos aportaba nada, sólo nos hacía perder tiempo y desperdiciar energías.  Y me vuelvo a preguntar ¿nada? ¿En qué sentido? Porque en términos de salud, lo hacía. En términos de bienestar también -dichosas endorfinas-. Supongo que la vida es mucho más sencilla cuando uno no tiene que pasarse el día arrastrando un cuerpo que es un lastre, sino que se siente liviano transportado por él. Y es que nos guste o no, estamos diseñados para usarlo, somos ese cuerpo, aunque nos hayamos empeñado en construir un mundo en el que no haga falta. Eso sí, civilizado.

Quizá la Naturaleza esté siendo un poco lenta, pues ya estamos preparados para el siguiente salto evolutivo: brazos y piernas diminutos  y un culo inmenso. Ahora, tras tantos sinsentidos,  sería el turno de solicitar también el aumento del tamaño de la cabeza, pero le voy a hacer una sugerencia a la Naturaleza si me admite el consejo, y es que la cabeza la deje como está, porque para lo que la usamos, está visto que nos sobra.

Buenos y malos (III)

Hoy, una escena en la calle me ha hecho pensar en aquella miniserie de Ariadna, con sólo dos capítulos, que se denominaba «buenos y malos«. En realidad no estoy segura de que ésta sea  una historia de buenos y malos.  En realidad no sé si el título está traído por los pelos. En realidad no sé más que lo que vi, y que lo que vi me recordó a sus dos escritos. Así que ahí queda ese título, si no como referencia a aquello que me dispongo a contar, sí al menos como homenaje a mi amiga y a la asociación de ideas.

Bien. La historia comienza cuando, caminando hacia casa con mis hijos, nos llaman la atención unas voces que llegan desde  la acera de enfrente. Un chico joven, guapo, fuerte y con ropa deportiva se dirige a gritos a otro, un yonki de esa edad indeterminada que tienen los yonkis, delgadez de yonki, ropa de yonki, aspecto enfermo de yonki. Parece ser que el yonki ha tratado de robarle algo.

Ya lo tenemos. Una víctima y  un ladrón,  un bueno y  un malo. Acabo de justificar mi asociación de ideas (y el título). Pero sigamos con la escena, que yo rara vez soy tan escueta, ni aún habiendo logrado mis propósitos:

El joven corre tras el yonki, reprochándole su intento de hurto a la voz de «hijo de puta, te he visto, me lo querías quitar, me lo querías quitar, quieto ahí… a tomar por culo,  ahora te vas a enterar». Supongo que es entonces cuando el bueno quiere pasar de ser víctima a ser héroe, y detener con ese cuerpo que dios le ha dado al delincuente,  evitando de ese modo que el susodicho trate de cometer un nuevo delito, protegiendo a la sociedad en su conjunto.

El ladrón yonki corre también, y cruza la calle de cuatro carriles suplicando «no he sido yo, no he sido yo, déjame en paz!». El joven deportista lo alcanza sin mayores problemas casi en nuestras narices, lo zarandea, lo tira al suelo sin dejar de insultarlo y grita que está llamando a la policía. Hay que decir que no escatima ni  energía ni furia. Todo fuera por el bien común. O por desahogo. Aprieto la mano de mi hijo pequeño y también el paso.

No me caben muchas dudas de que el yonki era culpable de un intento de hurto, pero  ante la visión de su fragilidad frente a la ira del deportista y  semejante desproporción entre su cuerpo deshecho y el del respetable ciudadano de bien que lo sujetaba, me sentí agredida.

¿No se supone que uno debe sentir simpatía por los buenos y aversión por los malos? ¿Y cuando no es así? ¿Y cuando un malo no parece tan malo ni un bueno tan bueno?  ¿Cambian las circunstancias los hechos, o sólo el veredicto? ¿Habría preferido yo que hubiera ganado el malo? Supongo que no, que no es eso.  Pero eché de menos algo de compasión.

Y ahora vamos conmigo: ¿no debería yo, ya que lo que vi no me gustó, haber intervenido intentando calmar al chico,  en lugar de apretar el paso para dejar de verlo? ¿Eso en qué me convierte? ¿En buena o en mala?

¿Quién hace el juicio?

Cuando por fin llegamos a casa, después de haber contestado a un millón de cuestiones como  qué es un yonki, qué le iba a pasar al ladrón cuando llegara la policía, que no, que el teléfono de emergencias no es 221 sino 112, qué es una emergencia, o que sí, que dos unos y un dos es ciento doce…  mi hijo pequeño me dijo que le había dado mucho miedo.

Mamá, me ha dado mucho mucho miedo.

¿El qué, el ladrón? -le pregunté.

No, el bueno. Contestó.

Fuera de temporada

Casi nunca como melocotones.  Porque me encantan. Precisamente porque me encantan.  Pero ahora tienen forma de melocotón, piel de melocotón, tacto de melocotón, color de melocotón, sabor a nada. Nada. Como fuera de temporada. Como sacrificados en nevera. Como el tomate en invierno.

Nunca compro tomates en invierno. Porque me encantan.

Las vidas posibles de Mr Nobody

Ayer fui al cine. Cuando empezó la película, y aquel anciano, el último mortal en un mundo de inmortales, mantiene con un periodista el siguiente diálogo:

Nemo Nobody aged 118: I’ve got nothing to say to you. I’m Mr. Nobody, a man who doesn’t exist.
Young journalist: Do you remember what the world was like before quasi-immortality? What was it like when humans were mortals?
Nemo Nobody aged 118: There were cars that polluded. We smoked cigarettes. We ate meat. We did everything we can’t do in this dump and it was wonderful! Most of the time nothing happened… like a French movie.
Young journalist: And, um, sexually? Before sex became obsolete.
Nemo Nobody aged 118: Ha ha, we screwed! Everybody was always screwing. We fell in love… we fell in love.

Nos enamorábamos. Nos enamorábamos… Cuando escuché este diálogo no pude evitar llenarme de melancolía, y recordé también lo que sentí escribiendo aquel último hombre solo.

El caso es que para mí la película no es ciencia ficción, en realidad. Ni tampoco creo que su finalidad fuera hablar de las millones de posibilidades que ofrece una vida, de lo distinta que puede llegar a ser en función de las decisiones que se toman en ella, y en función también de un millón de otra serie de variables impredecibles- dios, también en esa cinta el batir de alas de una mariposa en Pekin y sus consecuencias- .

Bien, voy a resumir un poco la historia, un tanto complicada, para ver si consigo hacerme entender. El hecho es que el protagonista debe, siendo un niño, elegir entre  quedarse con su padre o con su madre cuando éstos se divorcian. Y de esa decisión se desprenden otras muchas, y se desarrolllan muchas vidas posibles, todas ellas en torno a tres mujeres. Con una de ellas vive un intenso amor correspondido, de otra se enamora pero ella de él no, y la tercera se enamora de él pero no a la inversa. Tres posibles mujeres, un millón de vidas en torno a ellas, sólo se mantienen constantes los sentimientos.  Y aún así, aún conociendo el futuro, el niño es incapaz de tomar una decisión. ¿Por qué? Porque ninguna de las vidas es sencilla. Porque todas ellas conllevan momentos maravillosos y momentos de sufrimiento. Porque no hay una correcta entre las incorrectas, no hay un único camino. Porque todas las vidas merecen ser vividas.

Quizá las decisiones en realidad no son tan importantes, quizá lo importante sea quitarse presión ante ellas, y tomarlas, y decidir para poder seguir viviendo.

Y por supuesto pensando todo aquello, no pude evitar recordar a mi amigo César.

«Si mezclas el puré de patatas con la salsa, después no se pueden separar, es para siempre. El humo sale del cigarrillo de papá, pero nunca vuelve a entrar. No podemos volver atrás, por eso cuesta elegir. Hay que tomar la decisión correcta. Mientras no elijas, todo sigue siendo posible…

Mr Nobody, a los 9 años»

La decisión correcta no es una.

Las señales

El otro día quedé con mi amiga Ariadna, y nos sentamos en una terracita. Pedimos un par de cervezas y nos pusimos a hablar. Hasta ahí todo normal en una tórrida tarde de agosto. Pero entonces llegó el viento, y con él una lluvia de flores blancas. Flores en el pelo, en la mesa, dentro de nuestras cervezas. Nos mirábamos incrédulas. Demasiado romanticismo para ir con una amiga. Tratamos de olvidarnos de las flores que adornaban la escena y seguir con la conversación. Pero entonces llegó el acordeonista con el acordeón, y la música parisina, y las flores cayendo y…  «menos mal que no hemos venido con un maromo, porque si no seguro que lo habríamos interpretado como una señal». Eso dijo Ariadna.

Las señales… me quedé pensando en esa afición nuestra de buscar señales externas para sustentar nuestras decisiones. ¿Será este el hombre/mujer de mi vida? ¡Claro! Es imposible que no lo sea, si ha caído una lluvia de flores mientras hablábamos, si a ambos nos gusta el café con dos azucarillos, si el color favorito de ambos es el azul, si ha salido el sol justo el día que hemos quedado para pasear… Y no se nos ocurre plantearnos que las señales no son señales, son casualidades, pero que nosotros estamos dispuestos a convertirlas en señales con tal de que el mundo nos diga lo que nosotros queremos oír, y es que la persona que tenemos delante es quien nosotros queremos que sea para nosotros.

Me pregunté por qué  si nosotros en el fondo ya estamos emitiendo señales desde dentro  necesitamos no obstante buscarlas fuera convirtiendo casualidades.  Pues supongo que porque tomar decisiones es difícil, porque necesitamos certezas, y porque tenemos miedo. Miedo a equivocarnos y miedo a arriesgar. Y a lo mejor es más sencillo justificar una elección así: «No, oye, que yo me pasaba el día entero pensando en el maromo/a en cuestión, pero la lluvia de flores fue determinante». Y ya lo imagino, en el caso de salir mal, unos meses más tarde. «Putas flores». Porque oye, cuando nos ponemos a lanzar balones fuera, también solemos ser únicos. Y pudiendo culpar al acordeonista, al viento de agosto, a los azucarillos del café, o a la canción del verano, para qué nos vamos a plantear otra cosa. Aunque ahora que lo pienso  siempre hay otro gran candidato a ser el /la culpable: el maromo/a en cuestión. Porque siempre necesitamos culpables, ¿por qué? Bueno,  esa es otra historia.

El caso es que, así de sopetón, no le largué a mi amiga toda esta bola, que bastantes ladrillos me estaba aguantando ya esa noche, y me limité a un simple «quizá haríamos mejor haciendo caso a las señales que vienen del interior». Pero éste a fin de cuentas es mi espacio, que se llama reflexiones -lo que ya da un serio indicio de que lo que se va a encontrar uno son ladrillos-, y quien se aburra puede tranquilamente dejar de leer (que siempre resulta menos violento que levantarse de una terraza e irse, ventajas del anonimato).

Ni qué decir tiene que nosotras esa noche obviamos las señales externas. Y no sólo no  nos juramos amor eterno,  sino tratamos de sacudirnos el romanticismo que nos brindaba la noche repeliendo la lluvia que dejaba residuo en los vasos, nos lastimaba los ojos, y ensuciaba los platos.  Putas flores.