Lavapiés no es Ushuaia

Al África subsahariana llegamos en metro. Hacemos cola en el cajero, y al lado hay un par de mesas atendidas por mujeres que, por cómo se hablan y se tratan, deben estar allí cada día, o cada sábado, o cada fin de semana. Intento leer los carteles de la mesa y no llego a identificar quiénes son, pero dicen algo de vivienda digna, quizá sean de la pah, pero no me lo parecen las siglas. Visten de verde. Ellas no son del África subsahariana, por el blanco de su piel lo digo. Nosotros tampoco. Pero caminamos por la calle del Sombrerete como Pedro por su casa, y a nuestro lado los africanos se saludan, como lo hacían antiguamente los vecinos, pero a la manera africana. Algunos son del norte, y aprovechando el buen tiempo están haciendo tertulia sentados en la acera fumando una shisha y bebiendo té. En Mesón de Paredes me fijo en las corralas, y en la ropa tendida que siempre me inspira tanta ternura, y pienso que una de esas camisetas puede ser la camiseta de la suerte de alguien que habita justo detrás de ese trozo de fachada, y que antes de lavarla se la puso para jugar un partido, o para decirle a esa chica que si quería acompañarle a tomar una cerveza o a ver la forma de las nubes, y como es su camiseta de la suerte y la llevaba puesta metió dos goles, y además la chica le dijo que sí, y las nubes se disfrazaron de perro verde, y de trébol de cuatro hojas. Quizás. Una de esas camisetas. Las corralas son castizas con senegaleses asomados a las ventanas, son castizas siempre. Igual que una camiseta de la suerte es camiseta de la suerte siempre. Hay cosas que son lo que son muy al margen de la nacionalidad de quien la habite. Hombres y mujeres visten túnicas de color rojo, blanco, amarillo, verde, solo nosotros vamos de negro, de camino al Baobab. El Baobab no es un restaurante, es un símbolo. Es un símbolo de momentos felices. Siempre nos hemos sentado allí felices, menos una vez que he olvidado, y ya se ha convertido en algo indisoluble. Jamás se nos ocurriría ir al Baobab en un día triste. Jamás. Los momentos felices hay que sellarlos. Porque al sellar se les reviste de valor y de permanencia. Los momentos felices son demasiado valioso como para tratarlos de cualquier manera.

“confía, me digo, confía. esta última semana me lo he dicho un millón de veces, y cuando me lo digo no lo escucho con mi voz, sino con la tuya”

Cuando llegamos la terraza del Baobab está llena. Hay tanta gente que tenemos que asumir que no vamos a poder sellar nuestra felicidad allí, con la fuente de Cabestros de testigo a nuestra espalda, con su inscripción: República de España. ¿O era república española? Reconoce que por un momento pensaste que corría peligro. La felicidad. Porque los dos sabemos que somos frágiles. Pero nos obstinamos en no echar a perder lo conseguido esa mañana, la audacia de las palabras que derriban muros, que arriesgamos, expuestos, y ganamos quedarnos tan cerca. Y tan felices. Decidimos no continuar subiendo hacia la India, y desandamos lo andado, nos aferramos al plan, vamos en busca del otro restaurante senegalés de Lavapiés, porque a lo mejor no se trata tanto del restaurante Baobab en concreto, sino del Thiebou de pescado. Todas las mesas de las terrazas por las que vamos pasando están llenas. Porque Madrid está radiante, y todos quieren sellar su felicidad: subsaharianos, indios, marroquís, madrileños. Y muy en el fondo, aunque ninguno diga nada, los dos albergamos la sombría duda de que quizás tampoco podamos sellar nada en el restaurante senegalés de urgencia, que aún no es un símbolo pero podría llegar a serlo, y que nuestra felicidad se podría quedar huérfana de símbolo en un día tan maravilloso como este. Pero justo se levantan unas señoras justo de una mesa del senegalés de urgencia. Nos sentamos, ente aliviados y triunfantes.  El mismo camarero atiende las mesas de la terraza del restaurante senegalés de urgencia y de uno cubano.

“no tengas miedo, deja de tener miedo. es el miedo el que lo destruye todo”

Las terrazas comparten camarero y también música. Mientras estamos nosotros suena la cubana. Llega el camarero y le saludo, “hola, ¿qué tal?” y el camarero me contesta “estoy bien, gracias”. Y como no dice nada más continúo con la iniciativa y le pido dos cervezas y un thiebou djenne. El balcón que hay justo encima de nosotros se abre y una señora sale y se sienta en un taburete. Ella nos mira desde arriba y nosotros la miramos desde abajo. Se nos acerca un señor con barba y un hatillo de libros y nos pregunta que si nos gusta leer. No me apetece ser amable ni tener que empezar a comprar cosas y y le digo que no, pero el señor te ha mirado a ti, menos mal, y te dice “la has mirado a ella, por algo será”. Aún ninguno sabe que en ese tiro a tres bandas hemos ganado todos. Nos cuenta que escribe poesía, y que acaba de publicar un libro que está vendiendo por diez euros. Y nos pone un ejemplar en cada mano. “Yo no sé si lo hago bien, pero a mí me gusta y mis amigos me dicen que continúe, así que sigo escribiendo.” Por supuesto nos quedamos con un libro, y lo pagas tú con un billete de veinte, porque eres quien hizo la cola en el cajero. Y él se va dentro a buscar cambio. Mientras está dentro abro el libro por una página cualquiera y te leo:

“Yo hago jazz, yo teatro, yo
esgrima, yo escribo, si multicultura
en un barrio madrileño.
Yo soy de Senegal, yo de Italia,
yo de Grecia, yo de Alemania y
todo va unido a lo dicho.
Plaza y calle de Lavapiés, calle
Argumosa, Ave María, calle valencia,
típico y castizo barrio madrileño
donde la universidad hace alarde.
Bankia, La Boca del Lobo, BBVA,
Bar la Perdiz, la plaza de Lavapiés
y muchas cosas para vivir y conocer
gentes, turismo,
el gran museo llamado Reina Sofía y el
arte de amar y sentir la vida.
Yo de Portugal, yo de Lavapiés,
donde vivo.”

El sábado, cuando la leí, me pareció más emocionante que ahora, me pareció tan emocionante leerlo en ese momento, en voz alta, en aquel lugar y para ti, que casi se me escapa una lágrima, y eso que yo nunca lloro. Y entonces llegó otra mujer y nos preguntó de nuevo que si nos gustaba leer, también para vendernos otra cosa. Y le dijimos que sí, pero que acabábamos de comprar un libro y que ya no íbamos a comprar nada más. Nos estuvo contando que hacía encuadernaciones artesanales, también restauraciones. Y nos dejó una tarjeta, escrita a mano. Así sé que la mujer tiene el nombre de Fuensanta. ¿De quién es el libro? ¿Del poeta? Sí. Cuánto me alegro, es que yo lo conozco, ¿dónde está? dentro buscando cambio. Y el poeta, Carlos Martínez Torres salió del bar cubano con el cambio, y Fuensanta se le acercó, y lo abrazó, y le dijo “ay, Carlos, bonito, cuánto me alegra que lo estés vendiendo, te lo mereces” y le dio besos sonoros en el carrillo. Y por la calle pasaban dos tíos, uno de ellos parecía italiano, el otro le iba haciendo de guía turístico. “No, no vamos a seguir por allí porque si no nos salimos del barrio. Para que sepas donde estás, aquí la gente es moderna y casi toda de izquierdas.” Pasó un chico con una guitarra, y otro y otro, una chica con un contrabajo, y otra con un violín.

El senegalés nos trajo el Thiebou a ritmo de merengue, y, mientras, yo pensaba cuánto me gustaba Lavapiés. A pesar de no pertenecer. Veo que el poeta está en la mesa del bar de al lado. Se ha encontrado con alguien y quizás está celebrando la venta de un ejemplar. Él sí pertenece. Yo no, yo solo me pierdo por allí, sello mi felicidad y observo, pero me parece un gran lugar al que pertenecer.

Volvemos por la India, y paso por delante de la librería Burma. Está abierta. Permanece. No entro porque entrar en una librería y no salir con dos o tres libros me resulta imposible, y no es el día. Pero permanece. Y terminamos de alejarnos, y llegamos hasta la plaza del Ángel y nos tomamos un café en el Central, aunque sea medio día, y no haya concierto.

Amo Lavapiés, pero no pertenezco. En realidad tengo esa sensación prácticamente en todas partes, en el barrio en el que me crié, en el que vivo, en casi todos, y me pasa también con muchas personas, con casi todas. Lavapiés está lleno de gente que sí pertenece. Amo Lavapiés porque es un lugar al que me parecería bien pertenecer. Y por eso vuelvo. A mezclarme, a fundirme, a observar. A sellar una mañana feliz. A sujetarla en la memoria con palabras. Ahora que lo pienso, la frontera del lugar al que pertenezco eres tú.

 

 

Fuera de temporada

Casi nunca como melocotones.  Porque me encantan. Precisamente porque me encantan.  Pero ahora tienen forma de melocotón, piel de melocotón, tacto de melocotón, color de melocotón, sabor a nada. Nada. Como fuera de temporada. Como sacrificados en nevera. Como el tomate en invierno.

Nunca compro tomates en invierno. Porque me encantan.

Rituales 2: Fumar

Convertí  mi adicción al tabaco en un ritual el día en que  comencé a fabricar mis propios cigarrillos, en junio del año pasado.

Supongo que básicamente el hecho es el mismo. Calmo con nicotina la ansiedad que ella misma me genera envenenando mi organismo. Objetivamente no parece haber mucha diferencia. Pero sí la hay.

Antes el acto de fumar era un acto de carácter impulsivo. Sin embargo ahora es otra cosa. Ahora no se trata de sacar de la cajetilla un cigarro mientras llega el autobús (o para hacer que llegue), de matar un momento de aburrimiento, de fumar un cigarro tras otro sin ser consciente siquiera de que estoy fumando…

Cuando me apetece fumar un cigarrillo me siento, saco el neceser con todo el material, con un toque muy Pulp Fiction. Pongo sobre la mesa la bolsa de tabaco, y preparo un papel. Cojo la cantidad necesaria de tabaco. Coloco un filtro fino. Lo coloco, y ya con todo listo, lo prenso, lo lío. Y una vez preparado, observo mi obra y lo enciendo con cariño. No se consume solo como los otros:  yo lo consumo, despacio, y el cigarrillo respeta mi ritmo.

Lo cierto es que ese pequeño tiempo y dedicación que le otorgo a un acto tan banal como fumar, le da valor y le quita banalidad.

Con este capítulo cierro los rituales. No porque no tenga más, sino porque creo que con esto ha quedado clara su importancia, o su inutilidad.

Lo cierto es que podemos banalizar absolutamente cualquier aspecto de nuestra vida. Se puede banalizar la amistad, se puede banalizar el amor, se puede banalizar el sexo, se puede banalizar  todo. Hasta una vida entera. Pero también se puede sacralizar cualquier cosa. Hasta un mísero cigarrillo. Se puede hacer de cualquier cosa o de cualquier momento algo especial, o bien algo vulgar. Y  soy yo misma la que puedo dar o quitar valor a cada uno de los momentos y actos de mi vida.

Rituales 1: La piscina

Mi ritual número 1 no se titula la piscina porque sea mi primer ritual, o el de mayor importancia, no.  Mi ritual número uno se titula la piscina porque  precisamente en la piscina he sido consciente de que hago de mis tardes en ella un ritual. Y he sentido el impulso de escribir y reflexionar acerca de esa toma de conciencia.

De pronto, mientras nadaba, lo he pensado. Cómo es una tarde en la piscina. Una tarde en la piscina transcurre al sol, junto a la piscina.  ¿No tienes calor? Sí. ¿No te bañas? No.

Tengo calor, pero no me importa. Todo tiene que llegar a su tiempo. Y aprender a saborear el calor hasta el límite del calor, a saborear el calor aún con calor.  Sólo cuando dejo de tener calor, cuando se está poniendo el sol y la toalla se llena de sombra, y es hora de volver a casa, sólo entonces, me baño.  Porque me parece inconcebible volver a casa sin hacerlo. Sería incompleto. Aunque ya no haga calor, aunque ya no tenga ganas. Para aprender a saborear el baño cuando no se necesita.

De modo que cuando se pone el sol y la sombra se extiende sobre mi toalla me levanto, me ducho y me tiro al agua de cabeza. Sola. Nado cuatro largos. Ni tres, ni cinco. Cuatro. Siempre. No me vaya a cansar. Y aún así me canso. Y siempre croll y braza. Croll y braza. Siempre. ¿Por qué? Porque sí. Porque así fue el primer día, el segundo y el tercero. Y cuantos más días se repite ese esquema más imposibilita que al siguiente se rompa. Porque se establece un orden.

Me pregunté entonces si existía algún significado. Porque un ritual que no tiene que ser vacío. No tiene sentido hacer nada por nada, y que  tan sólo exista y permanezca por la fuerza de la inercia y la costumbre. Primero permanecer inmóvil, pasiva, bajo el sol, rodeada de conversaciones, risas y gritos de niños, para después romper con frío, agua, movimiento,  soledad y mi propia voz. Y me doy cuenta de que ese contraste, y el orden a la hora de ejecutarlo,  está lleno de belleza. Y cumplir con esa imposición de experimentación de contrastes siguiendo un orden, me da paz.