Rituales 2: Fumar

por patricia

Convertí  mi adicción al tabaco en un ritual el día en que  comencé a fabricar mis propios cigarrillos, en junio del año pasado.

Supongo que básicamente el hecho es el mismo. Calmo con nicotina la ansiedad que ella misma me genera envenenando mi organismo. Objetivamente no parece haber mucha diferencia. Pero sí la hay.

Antes el acto de fumar era un acto de carácter impulsivo. Sin embargo ahora es otra cosa. Ahora no se trata de sacar de la cajetilla un cigarro mientras llega el autobús (o para hacer que llegue), de matar un momento de aburrimiento, de fumar un cigarro tras otro sin ser consciente siquiera de que estoy fumando…

Cuando me apetece fumar un cigarrillo me siento, saco el neceser con todo el material, con un toque muy Pulp Fiction. Pongo sobre la mesa la bolsa de tabaco, y preparo un papel. Cojo la cantidad necesaria de tabaco. Coloco un filtro fino. Lo coloco, y ya con todo listo, lo prenso, lo lío. Y una vez preparado, observo mi obra y lo enciendo con cariño. No se consume solo como los otros:  yo lo consumo, despacio, y el cigarrillo respeta mi ritmo.

Lo cierto es que ese pequeño tiempo y dedicación que le otorgo a un acto tan banal como fumar, le da valor y le quita banalidad.

Con este capítulo cierro los rituales. No porque no tenga más, sino porque creo que con esto ha quedado clara su importancia, o su inutilidad.

Lo cierto es que podemos banalizar absolutamente cualquier aspecto de nuestra vida. Se puede banalizar la amistad, se puede banalizar el amor, se puede banalizar el sexo, se puede banalizar  todo. Hasta una vida entera. Pero también se puede sacralizar cualquier cosa. Hasta un mísero cigarrillo. Se puede hacer de cualquier cosa o de cualquier momento algo especial, o bien algo vulgar. Y  soy yo misma la que puedo dar o quitar valor a cada uno de los momentos y actos de mi vida.

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