Éramos unos niños

Raquel me regaló el libro de Patti Smith. Fue a mediados de diciembre. El libro me gustó, mucho. Pero sobre todo me gustó Patti. En ese libro habla de la época en la que conoció y vivió con Robert Mapplethorpe, y de la relación que hubo entre ambos. Lo extraordinario de ella no es que se enamoraran o su enamoramiento en sí, sino su amor al margen del amor, y la lealtad de ambos. El enamoramiento, y el amar a alguien con quien mantienes una relación es un hecho ordinario, en el sentido de que aunque cada vez que ocurre, cada vez que presenciamos una historia de amor parece única y maravillosa, es algo que ocurre cada día. Pero preservar el amor por una persona incluso cuando la relación de pareja se ha terminado, porque aquello que te une está por encima de una relación de pareja, ser capaz de transformar ese amor romántico en un sentimiento incondicional y sagrado hacia una persona, no lo es tanto. A mí esa lealtad mutua me resultó conmovedora.  Y las personas que tienen la capacidad de amar de esa forma me parecen también extraordinarias.

Cuando terminé el libro, busqué más acerca de Patti Smith. Su incondicionalidad por Robert Mappelthorpe no fue aislada. Después del fotógrafo se volvió a enamorar y decidió casarse con su marido, y este fue su pareja hasta que murió. El pianista que conoció en una audición y que comenzaría a tocar con ella desde sus inicios, sería su teclista el resto de su vida, y lo mismo ocurrió con sus guitarristas, y con el batería. Y eso teniendo en cuenta que ella era quien componía y quien daba nombre a la formación, y que su carrera musical cuenta con más de cuatro décadas. Y a pesar del tiempo, de lo que cambian las personas, de las dificultades añadidas en las disciplinas artísticas con el tema de los egos, la fama, éxitos y fracasos,  ella ha sido fiel a sus músicos originarios, y al revés. Todo eso es muy significativo. Como también el hecho de que no se trate solo de un rasgo de carácter o de una patología de dependencia emocional, porque también hubo gente que no se quedó.

Lo increíble de Éramos unos niños es Patti Smith. Su forma de interpretar el mundo y de afrontarlo, pero sobre todo su forma de entregarse y de amar a las personas de las que se ha rodeado, y de preservar todo lo valioso y excepcional que supo ver en ellas. Y supongo que todo está relacionado. Ella es capaz de poner todo eso a salvo de la rutina, de las decepciones o contratiempos, de llevar la valía de quienes la rodean al terreno de lo sagrado, y mantenerlo ahí. Y yo tengo debilidad por esas personas, quizás por el contraste con la cultura de la banalidad y el usar y tirar. Y ese don que tienen y que yo admiro tanto, está más allá del talento o la expresión artística.

Rituales 2: Fumar

Convertí  mi adicción al tabaco en un ritual el día en que  comencé a fabricar mis propios cigarrillos, en junio del año pasado.

Supongo que básicamente el hecho es el mismo. Calmo con nicotina la ansiedad que ella misma me genera envenenando mi organismo. Objetivamente no parece haber mucha diferencia. Pero sí la hay.

Antes el acto de fumar era un acto de carácter impulsivo. Sin embargo ahora es otra cosa. Ahora no se trata de sacar de la cajetilla un cigarro mientras llega el autobús (o para hacer que llegue), de matar un momento de aburrimiento, de fumar un cigarro tras otro sin ser consciente siquiera de que estoy fumando…

Cuando me apetece fumar un cigarrillo me siento, saco el neceser con todo el material, con un toque muy Pulp Fiction. Pongo sobre la mesa la bolsa de tabaco, y preparo un papel. Cojo la cantidad necesaria de tabaco. Coloco un filtro fino. Lo coloco, y ya con todo listo, lo prenso, lo lío. Y una vez preparado, observo mi obra y lo enciendo con cariño. No se consume solo como los otros:  yo lo consumo, despacio, y el cigarrillo respeta mi ritmo.

Lo cierto es que ese pequeño tiempo y dedicación que le otorgo a un acto tan banal como fumar, le da valor y le quita banalidad.

Con este capítulo cierro los rituales. No porque no tenga más, sino porque creo que con esto ha quedado clara su importancia, o su inutilidad.

Lo cierto es que podemos banalizar absolutamente cualquier aspecto de nuestra vida. Se puede banalizar la amistad, se puede banalizar el amor, se puede banalizar el sexo, se puede banalizar  todo. Hasta una vida entera. Pero también se puede sacralizar cualquier cosa. Hasta un mísero cigarrillo. Se puede hacer de cualquier cosa o de cualquier momento algo especial, o bien algo vulgar. Y  soy yo misma la que puedo dar o quitar valor a cada uno de los momentos y actos de mi vida.