Modelos de negocio

Prefiero cualquier cosa que dependa de mí a cualquiera de las que vienen dadas, de las que en nada influye que yo me comporte de una forma o de otra, que yo actúe de una forma o de otra. Si se trata de algo que está en mi mano lo prefiero, porque va a ser mejor. Puede parecer presuntuoso, incluso serlo. Pero tiene todo mi sentido. Yo sé mejor que los demás, mejor que el azar, mejor que el tiempo, mejor que nada, lo que me gusta, lo que me parece bonito, lo que me hace feliz, lo que me parece justo, lo que deseo. Así que, salvo por algunas contradicciones que me hacen humana, procuro actuar  en consonancia.

Lo que viene de fuera no sabe nada. No tiene ni idea. A veces puede llegar a coincidir, a veces ser inocuo, y otras entrar en profundo conflicto. Y yo no puedo hacer nada. Sé que en cualquier momento pueden ocurrir cosas, ni cuándo ni cuáles. Puedo hacer el ejercicio de imaginar algunas, y lo hago involuntariamente, pero las posibilidades son infinitas.

Lo que no puedo controlar me da miedo. Me da miedo lo que puedo perder, especialmente de forma irreversible.

Vivir con miedo no es vivir. Me enfado bastante cuando salen mis pequeñas demencias, de las que soy consciente, y me llevan a estados de pánico paralizantes. Algunas veces le doy a la hipocondría. El miedo a estar enfermo me suele escoger a mí como sujeto, por suerte. El miedo conoce mis límites.

Cuando llega el miedo al principio me hago pequeña, me encojo y tiemblo. Pero cuando pasan los días me niego a aceptarlo. Vivir con miedo no es vivir. Es pseudovivir. Así que decido enfocar mi demencia como un ejercicio de doma de miedos.

Ponte en el peor de los casos, me digo. Ponte en el caso de que estés enferma. Habría dos escenarios: Uno: se puede intentar curar, de modo que aún quedaría un margen. No es tan malo, no? Pues deja de temer. Dos: no se puede curar. Aquí hay un ejemplo claro de «cosa que viene de fuera sobre la que no puedo hacer nada».  No puedo y hay que aceptar. Aceptar la muerte. Aceptar la enfermedad. Aceptar el sufrimiento estéril propio y ajeno. Aceptar tener que pasar por ello. Aceptar el miedo. Aceptar que no puedo hacer nada.

Ese es el momento cumbre en mi ejercicio de doma de miedos. El peor. En el que se me abalanzan un montón de cosas que debería aceptar y no acepto Aceptar se me da mal. Además de ser presuntuosa y demente tengo los niveles de resignación por los suelos. Incluso respecto a aquello que no puedo cambiar. Y por fin entonces, después de ese ejercicio de haberme puesto en el peor de los casos, me doy cuenta. Sí hay algo que sí está en mi mano. Elegir el cómo y elegir el cuándo.

No hay nada sencillo, ni siquiera morir, como si no bastara tener que despedirse para además saltar por una ventana, precipitarse y estallar, con la posibilidad de herir a algún viandante. O las venas cortadas, muy socorrido y poco doloroso, cuentan, pero es sucio y desagradable para quien entra después al baño, y…  Y me doy cuenta de que ese pensamiento de control de la propia muerte me resulta liberador, pero poco. Las opciones actuales son insuficientes. Y se me ocurre que claramente hace falta un servicio profesional. Y entonces me imagino la escena en la cabeza. Buenas tardes señorita, qué desea? Deseo morir. Pues está usted en el lugar indicado para ello, ponemos a su disposición la más alta tecnología. Pero antes díganos si está segura; una vez efectuado el servicio no aceptamos cambios ni devoluciones.

Y como me lo voy inventando puedo seguir, y el comercial continuaría: En el entorno elegido, que puede ser su propio domicilio o bien en nuestras instalaciones, y en el día y la hora acordados, le suministramos nuestra fórmula por vía intravenosa. La droga, en unos diez minutos, le sumirá de forma completamente indolora en un estado de semi inconsciencia. Habremos alcanzado en ese momento el estadio uno. En esta fase usted perderá la noción de la realidad presente, pero sí podrá soñar o recordar, y percibirá sensaciones. Esa es una de las características que la hacen especial. La neurotecnología de nuestra firma se pone a su servicio con su principal valor añadido, el que nos distingue: mientras aún está consciente, pocos segundos después de haber inoculado la droga, tendremos acceso a su banco de recuerdos, y seleccionaremos aquellos que mayor felicidad le hayan proporcionado a lo largo de su vida. Programaremos una secuencia de sensaciones, recuerdos y emociones que irán sucediéndose durante esta etapa. Así permanecerá alrededor de media hora. Después, progresivamente, en un fade out muy suave, los niveles de consciencia irán disminuyendo, hasta que llegue el silencio… ¿Y después? Después nada, el silencio es la muerte cerebral completa. 

Una vez que he creado esta opción me siento liberada. Me siento capaz de afrontar todos los escenarios que me ofrece mi hipótesis para la doma de miedos, y ya sabría qué hacer en el peor de todos. Pero hay algo que aún no tengo resuelto del todo. Tengo claro que entre cualquier otra opción, si puedo elegir la vida elijo la vida, amo la vida, que ante una falta de esperanza de vida, entre una pseudovida y la muerte elegiría lo segundo, tengo claro que la contrataría digna, y que elegiría el servicio en local y no en domicilio. Pero lo que no me gustaría es dejar en las manos de los profesionales la selección de recuerdos, creo que la mía sería la mejor, por mucho que avance la neurotecnología. No querría que faltase escuchar sus risas, ni nuestra trascendencia. Para el fade out me abrazas tú.

La banda sonora aún no la tengo clara. Hay tiempo.

Todo

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todo no es demasiado. cuando todo es demasiado no es nada. todo es imprescindible. todo es nosotros.

patricia lodín

Exposición #tuyyo, organizada por La Galería de Magdalena, con carteles de Isaac Vivancos, música de Hortera y Cassette y textos de armapalabras.

 foto tomada en la exposición 26 de mayo de 2013, en la Calle del Principe de Madrid por @mirabilitas

El tiempo de las mujeres muertas

Esta mañana, de camino al trabajo, iba escuchando en la radio que, en apenas tres días, habían muerto cuatro mujeres a manos de sus parejas o ex parejas. Ninguna de ellas había presentado previamente denuncia por malos tratos. La periodista entrevista a la presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial, y le pregunta cuáles cree ella que son las causas de este tipo de violencia, los dichosos por qués.  Esta mujer, que comienza con dificultad porque le parece que es complicado encontrar motivos que expliquen los sucesos, termina apuntando dos ideas. La primera de ellas es que, en general, en la intimidad del hogar sacamos lo peor de nosotros mismos. Y la segunda, y teniendo en cuenta la juventud de muchas de las víctimas, es que aún queda mucho trabajo por hacer en materia de educación, y en este punto se sorprende mucho por la eliminación de la materia de Educación para la Ciudadanía, y es que, según ella, todo esfuerzo para educar en el respeto hacia el ser humano, y en la igualdad entre hombres y mujeres, es poco.

Entonces me puse yo a hacer mi propio análisis de causas, pues a mí también me parece incomprensible, y además y por suerte, absolutamente desconocido e impensable, y dejé de prestar atención a la radio, al tráfico, y demás, y aproveché Euler para ordenar mis reflexiones y escribirlas en voz alta. Eso sí, advierto desde ya que analizando no soy breve.

Lo que estuve pensando es que es difícil encontrar explicaciones en el terreno de lo racional. Racionalmente no existe ningún motivo que justifique tal comportamiento. Sin embargo en el campo de lo emocional hay más por explorar. Pienso que una de las causas principales de la violencia es una incapacidad muy extendida para controlar y neutralizar ciertas emociones. Algunas de las muertes de mujeres, cuando nunca antes existió un maltrato, en otros tiempos habrían sido calificadas como crímenes pasionales. Bajo unas circunstancias que desencadenan ira o miedo, quien las experimenta no es capaz de canalizarlas y controlarlas y se deja llevar por ellas, dando rienda suelta a los instintos violentos que tiene el ser humano. Todos los tenemos. Quien no haya sentido alguna vez con intensidad un instinto desde el fondo de las tripas de golpear, de agredir, de ahogar con las manos a alguien alguna vez en su vida, y notar alterado el ritmo cardíaco, y una rabia que quema y ahoga, la contracción en las mandíbulas,  el puño cerrado, y todo el cuerpo alterado por ls ira que levante la mano. Pero se supone que en la niñez deberíamos haber ido aprendiendo mecanismos de autocontrol para no ceder ante estos impulsos que, si en el arenero nos emoujaban a darle un palazo en la cabeza al niño que nos había quitado el cubo, ahora podrían llevarnos a matar al malnacido que se ha saltado el stop y casi provoca un accidente en el que podría haber resultado herido algún ser querido, o al jefe que ha decidido humillarnos públicamente una vez más, o al hijo que ha montado un escándalo en el supermercado, o a la pareja, que se pasa los días reprochándolo todo, o…

Pero sigo pensando: si el problema es el de una falta de control de emociones, ¿por qué afecta principalmente a los hombres?

Pues yo creo que por dos motivos. Por un lado por uno natural, y es la diferencia entre hombres y mujeres, esa igualdad biológica que pretendemos y que sin embargo y por pura observación nos hace constatar que los hombres y las mujeres nos diferenciamos en algo más que en los genitales. Por regla general los hombres son menos comunicativos que las mujeres, les cuesta más ponerle nombre a las emociones y compartirlas, están más expuestos, les bloquean más fácilmente. Y por otro, los hombres son en general más violentos que las mujeres. Ya desde la infancia, los niños disfrutan más a menudo con juegos bélicos que las niñas. De modo que la mezcla de un hombre que no ha conseguido suficiente autocontrol sobre sus emociones, y con un instinto violento que le pone la naturaleza encima, quizás para que sea capaz de cazar bisontes o defender a su tribu con un palo, armas de supervivencia que hoy en día han quedado obsoletas, -quién le iba a decir a la Naturaleza que para sobrevivir el hombre tendría que ponerse una corbata y que la comida saldría del supermercado- , esa mezcla de falta de autocontrol y violencia genera un ser potencialmente peligroso.

Pero eso por sí solo no explica que la violencia se centre únicamente en la mujer, y de entre todas las mujeres, en la compañera. Aquí interviene el factor cultural, que aún tiene poso. Tenemos una herencia de milenios en los que la que la mujer ha sido considerada inferior al hombre, de hecho sólo desde hace un puñado de años tenemos los mismos derechos civiles, y no en todas partes: en algunos países  aún no se han equiparado. Las mujeres formaban parte del patrimonio del hombre. Como los hijos. Como los animales. Como la casa.  Y hacia ellas existía la misma condescendencia que se tiene con los seres inferiores, que necesitan protección pero a veces también aleccionamiento. Y hasta hace bien poco era tan aceptado el hecho de que un niño recibiera un azote como reprimenda a que lo recibiera la mujer si es que lo «merecía». EL otro día, leyendo a Nabokov, todavía me sorprendía con las declaraciones de Humbert Humbert, cuando su mujer, con la que se había casado sin amor y tan sólo para reprimir y disimular su deseo por las nínfulas, le confiesa estar enamorada de otro hombre,  él dice algo así como «si de verdad quisiera haber resultado un marido creíble debería haberla abofeteado en plena calle». Y pensé que mientras a mí esta observación me había rechinado,  muy posiblemente a los lectores coetáneos a Nabokov esta reflexión no les habría llamado en absoluto la atención. La novela se publicó en 1955.

Parece factible que hoy en día, si unimos esa condescendencia que arrastramos y que lleva a que -consciente o inconscientemente- algunos hombres aún perciban a la mujer como un ser débil y dependiente susceptible de ser poseído en propiedad. Si ese ser un día decide tomar sus propias decisiones,  incluso la de poner fin a la convivencia. Si esta decisión genera en el hombre emociones tales como la ira y el miedo (todo su patrimonio de hombre: mujer, casa, hijos…. de pronto corre peligro). Si es uno de esos que además no han aprendido a gestionar emociones tan intensas, y si todo esto lo aderezamos con un instinto violento, parece factible que la tragedia esté servida.

Sé que estoy poniéndome intensa, pero es que aún estuve reflexionando a raíz de esto acerca de la violencia con los hijos, lo que comúnmente se llama castigo físico. Podemos racionalizar y justificarlo con el argumento de que un buen azote no traumatiza y es efectivo para eliminar ciertas malas conductas en los niños. Pero por experiencia propia, he de reconocer que cuando en alguna ocasión he dado un azote o una bofetada no ha sido tras una reflexión pausada que me llevara a la conclusión serena de que un azote era la manera más pedagógica de modificar una mala conducta. El miedo y la crueldad son efectivas, lo cual no significa que no haya alternativas mejores. Cuando alguna vez les he dado un azote no he pensado nada en absoluto, el azote ha salido tras una pérdida de nervios. Como adulta que soy no he sido capaz de controlar un conflicto, una situación se me ha ido de las manos y mis emociones me han desbordado, y el azote ha llegado como consecuencia de eso y no de ninguna racionalidad. Sin embargo, ¿por qué me controlo cuando me irrita cualquier otra persona y no cuando lo han hecho mis propios hijos? Supongo que, además de que los hijos tenemos una habilidad sublime para producir irritación ;-), por esa propia herencia que llevamos, la de la cultura del buen azote, la condescendencia hacia el hijo, al que no vemos como igual, sino como aspirante a igual, como a esa pequeña personita a la que proteger y de cuya educación y comportamiento somos responsables. Y una vez que los nervios se han calmado y que vuelve la razón, aparece también la culpa por ese azote, aparece el reconocimiento del fallo, el verdadero por qué, que no estaba en la conducta del hijo sino en esa pérdida de nervios, el fallo de autocontrol, la incapacidad para haber resuelto un conflicto de una forma mejor y posiblemente más efectiva que el azote ocasional, que aunque no duela humilla y hace sentir menos valorado, pero que se sobrelleva porque algún que otro azote aún se siguen llevando la gran mayoría de los niños, y eso «normaliza» la práctica, y porque además los hijos suelen ser justos y quieren y valoran y juzgan a los padres por el día a día más que por los fallos puntuales, y son nobles y de perdón fácil. Quizás dentro de cincuenta años alguien se escandalice cuando lea esto, como ahora nos escandalizamos con las historias de los reglazos en las manos de los colegios de otras infancias, y hay del profesor que hoy en día utilice prácticas de la vieja escuela. O de las lecturas de abofetear a la esposa por abandonar al marido.

Y después de todos estos por qués, las soluciones. Lamentablemente a corto plazo veo pocas formas de evitar la tragedia, tan solo que se establezcan mecanismos de protección para las mujeres que se encuentran en una situación vulnerable, porque, o bien sufran un maltrato constante y hayan decidido denunciarlo, o bien estén ante una situación de ruptura que su pareja esté siendo incapaz de aceptar.

Creo que por un lado es necesario que pasen los años, y que los niños de hoy vean cada vez de forma más aislada esa condescendencia hacia la mujer como ser débil, inferior, susceptible de poseer y aleccionar, y lo que mamen sea un trato de igual a igual. Y que en general a su alrededor vivan el respeto, y que los conflictos que se producen en su entorno se resuelvan mediante diálogo, comunicación, y, si son dentro del núcleo familiar, además con cariño. Y por otro lado, es evidente que en las escuelas aprendemos un montón de conceptos, y a ser muy productivos, y muy competitivos, y todas esas virtudes que buscan en sus legislaciones educativas los gobiernos,  pero a veces dejamos de lado aspectos tan importantes como el aprendizaje emocional. Es necesario poner nombre a lo que sentimos, -porque todos sentimos rabia, ira, miedo o tristeza- y aprender a identificar las emociones para poderlas manejar, aprender qué situaciones las desencadenan y buscar los por qués, y hablar de ello y compartirlo, y controlarlo, canalizarlo. Conocerse para poder mejorar, y sufrir menos, y hacer sufrir menos. Y sí, todo esto se educa. Sin golpes. Y lleva tiempo. El tiempo que no tienen las mujeres muertas.

Tocar en directo: la primera vez

(crónica de la tarde del  14 de abril de 2013, madrid, sala costello, intheautumnroad band)

La prueba de sonido es a las cinco. A pesar de que los músicos por definición siempre llegan tarde y que además nosotros probamos los segundos, Manu y yo estamos en la puerta a las cinco menos diez, y Eme y Rod muy poco después, es decir, antes que los técnicos de sonido, y por supuesto antes que los chicos de la Bonguis Crew, que prueban los primeros. Nos sentamos en la acera para fumar, yo creo que con esa imagen contrarrestamos un poco ese defecto nuestro de puntualidad. Estamos tensos todos, incluso Eme, que llega pletórico con una sonrisa enorme y una camisa 100% nylon. Manu suspira de vez en cuando, como si los nervios tuvieran materia y le fuera creciendo dentro, y la boca fuera la vía de salida para evitar el colapso. Desde que supe que la prueba de sonido era a las 17 temo esas 5 horas entre prueba y escenario. Para distraer mis nervios saco el móvil y  me dedico a hacer fotos:  ocupada, la cabeza es mucho menos dañina.

Mientras terminamos el cigarro levantan el cierre de la sala y decidimos dar un paseo y tomar un café, cuestión más complicada de lo que pudiera parecer, porque hasta llegar a Montera todos los bares están cerrados.  Volvemos a la Costello y escuchamos la prueba de los Bonguis. Yo nunca había escuchado rap en directo, y gana. Y además me parece que tienen fuerza.  Y además, ocupan la cabeza.

Nuestro turno. Entramos en el backstage, un cuartucho enano con pintadas en todas partes donde apenas caben cuatro personas sin acabar con el oxígeno, y un montón de instrumentos en los rincones. Muy garajero. Me encanta.  Click. Yo no sé muy bien en qué va a consistir la prueba de sonido. Para mí consiste en que Eme me ayuda a montar los platos –me promete un taller del tipo Conoce tu batería-, que el técnico de sonido César me instala unos micros, y que el técnico de sonido Fernando me da instrucciones desde la cabina “empezamos con el charles” “ahora los toms” “ahora el crash” “la caja” “ahora todo”. Yo obedezco y me siento ridícula, y al terminar escucho las palabras del técnico “¿Siempre tocas así de bajo?” “No sé” “No es una crítica, no hay por qué tocar alto, es sólo por saber…” Interviene Eme “con todos toca más alto” y apostillo yo “es que sola me da vergüenza”.
Levanto la cabeza y veo que están los Bonguis escuchando nuestra prueba al fondo de la sala. Cuando terminamos de probar, primero cada instrumento individual y después todos juntos, vuelvo a mirar al fondo de la sala. La Bonguis ya no está y pienso que los raperos no han podido soportarnos.  Están, sin embargo, Javier Ríos y su socio el Lolas, fotógrafo, los responsables del documental y de que estemos allí. Nos presentan, nos dicen que sonamos bien, un poco baja la voz de Eme. Salimos de nuevo a fumar, en la acera.

Son las 19, ya hemos terminado con los preparativos, quedan aún tres horas por delante y la cabeza empieza a ponerse cabrona (del tipo creo que no me acuerdo cómo era la parada en Johnny, si no veo bien a eme voy a entrar mal en Change y voy a terminar mal en September, ¿y si no lo veo? Las baquetas… las he dejado en el backstage ¿y si cuando vuelva no están?, las tendría que haber llevado conmigo…..) De pronto aparecen las caras conocidas (Nuria, Carlos, Víctor, y muchos más nombres con los que no me quedé), nos sacan de la acera, nos llevan a tomar algo, nos dan ánimos y nos distraen la cabeza, y cada vez llegan más. Flora, Florita, Ana y su amiga, la hermana de Rod… Las caras conocidas resultan balsámicas. Gracias.

Entramos en la sala Costello para ver la proyección del teaser de Reset y la sala está hasta arriba, no cabe un alma. Tanta gente da corporeidad a los nervios, que dejan de ser una abstracción psicológica para convertirse en algo denso y pesado, con masa y volúmen que dificulta la respiración. Concentrarse en el teaser y entretener la cabeza. El entretenimiento dura poco, unos cuantos segundos, la idea del director era dejar con la miel en los labios y lo consigue. Y empiezan a tocar los Espirituosos, y lo hacen bien, y ante el riesgo de sentirnos intimidados nos vamos fuera, mejor no escuchar.. Y allí está la Bonguis, y nos dan mucho ánimo, y llegan más caras conocidas -y tanto, ¡mis padres!- y salen más amigos que nos entretienen un poco la cabeza, y voy al baño y la puerta me regala unas pintadas bonitas en francés, y se acerca la hora, y bajamos, y terminan los Espirituosos y subimos al escenario, y mis baquetas están donde las había dejado, y todos estamos allí colocados ajustando instrumentos, y si levanto la vista veo las caras conocidas cerca, y me sonríen, y eso arropa. Gracias. Y eso me confirma que sin duda es mejor avisar y dejarse arropar, mejor al principio rodearse de los incondicionales. De los que sólo te quieren por tu música mejor para más adelante…

Y entonces Eme empieza a hablar, le dedica las canciones a Chema, y comienza su speach de cambiar el mundo, de actuar, y de hacerlo empezando por uno mismo, que de eso va Change our minds, nuestro primer tema, y empieza la armónica, y los demás, a tiempo. Y todo va bien. Y después It’s you, y el solo va a tiempo y funciona, y  September rain queda dudosa. Yo tengo suelto el pedal del bombo y no lo controlo, me siento insegura, estoy nerviosa, me tiembla una pierna. Y Eme se detiene a presentarnos. Y entonces consigo colocar el pedal, y venga, que es la última, arriba, y empieza Eme, y esta vez no vacilo con la entrada, ni nadie, y todo suena, y me atrevo a mirar un poco al fondo y la gente baila y tiene cara de estar contenta, y me equivoco pero sigo, y ya no me tiembla la pierna, bueno, o casi nada, y nos lo estamos pasando bien, y terminamos arriba. Y al terminar me levanto y me escondo en el backstage garajero mientras se van desmaterializando los nervios, y los Bonguis nos chocan las manos y nos dan la enhorabuena, chicos cariñosos, y bajamos y las caras conocidas nos abrazan, gracias, y no sabemos muy bien cómo se ha oído, si nuestros fallos se han notado mucho, los nuestros nos dicen no, y, aunque no les creemos, estamos contentos. Y queremos más.

 

Pequeño experimento con incertidumbres

No recuerdo lo que me hizo pensar el otro día en lo mal que soportamos la incertidumbre, sólo recuerdo que pensaba en ella mientras conducía de vuelta a casa. Y recuerdo que estaba enfrascada pensando en ella en el carril de la derecha, con un tráfico muy denso, de esos que no permiten cambiar fácilmente de carril, y como estaba enfrascada pensando el mirar permanentemente por el retrovisor para encontrar mi hueco me interrumpía, así que me mantuve dócil en mi carril derecho, pensando en esa necesidad que tenemos de certezas, de saber lo que va a ocurrir en el futuro inmediato, como si de esa forma pudiéramos tener un cierto control, como si eso fuera posible, pero aunque en realidad no lo sea, sin esa apariencia de control nos es imposible la vida, sin esa seguridad sobre el futuro nos es imposible estar aquí y ahora porque nuestras energías se las dedicamos a resolver a toda costa esa incertidumbre, y si tenemos incertidumbres y no existe otra forma de resolverla  se pone en juego nuestra imaginación.  No somos capaces de seguir sin saber lo que va a ocurrir y si no sabemos lo que va a ocurrir nos lo inventamos, nos imaginamos las posibles opciones, escenarios, situaciones, y la imaginación a veces es maravillosa, pero otras es un instrumento de autotortura involuntaria de difícil control… Y en eso iba pensando cuando el tráfico se detuvo del todo. Y así, en punto muerto, al levantar la vista me di cuenta que estaba parada tras un camión enorme, de esos que impiden toda visibilidad. Arrancaba sólo cuando el camión se movía un poco, y frenaba cuando frenaba él, pero era incapaz de anticipar mis movimientos, era incapaz de prever la situación porque ese camión no me dejaba ver nada, y me empecé a sentir nerviosa, a moverme en mi sitio, a revolverme con una pequeña ansiedad, y me di cuenta de que, hablando de incertidumbres, estaba inmersa en una de ellas. Ya ves, una incertidumbre pequeñita, mínima, qué más me da a mí saber si el atasco se extiende hasta donde alcanza la vista o si puedo ver que pasada la salida a Ventisquero de la Condesa el tráfico mejora, como si fuera algo trascendental, como si el saberlo me fuera a dar la oportunidad de actuar de una u otra forma, si me da igual, sólo tengo una opción, en cualquier caso estoy metida en la carretera,  lo único que está en mi mano es arrancar cuando se mueve el coche de delante y parar cuando éste se detiene, y qué más me daba a mí saber si eso va a ocurrir durante mucho tiempo o poco. Intento controlar mi inquietud, respiro hondo, me hago un cigarro, subo un poco la música, me distraigo en resumidas cuentas con las pocas opciones de las que dispongo para poder soportar la ceguera tras el camión, la que implica no ver nada, no saber nada hasta el mismo momento en que éste se detiene o arranca. No tengo ninguna necesidad de quedarme allí, pero es ya un experimento, un ponerme a prueba. Y a pesar de la intrascendencia de mi no saber, a pesar de mis intentos por distraer mi intranquilidad, al final no puedo soportar continuar dócil, y tomo la decisión de cambiar de carril en pleno atasco, y una vez tomada esa decisión miro compulsivamente el retrovisor y no vuelvo a mis pensamientos hasta que consigo el carril central lejos de la venda del camión, porque necesito saber. Y al hacerlo, miro con gran alivio desde lo alto  los cuatro carriles de la carretera de circunvalación completamente atascados hasta donde alcanza la vista. Y con esa certeza, mentalizada a llegar tarde, me hago otro cigarro y continúo, ya tranquila, y dejo de pensar, y canto.