Modelos de negocio

por patricia

Prefiero cualquier cosa que dependa de mí a cualquiera de las que vienen dadas, de las que en nada influye que yo me comporte de una forma o de otra, que yo actúe de una forma o de otra. Si se trata de algo que está en mi mano lo prefiero, porque va a ser mejor. Puede parecer presuntuoso, incluso serlo. Pero tiene todo mi sentido. Yo sé mejor que los demás, mejor que el azar, mejor que el tiempo, mejor que nada, lo que me gusta, lo que me parece bonito, lo que me hace feliz, lo que me parece justo, lo que deseo. Así que, salvo por algunas contradicciones que me hacen humana, procuro actuar  en consonancia.

Lo que viene de fuera no sabe nada. No tiene ni idea. A veces puede llegar a coincidir, a veces ser inocuo, y otras entrar en profundo conflicto. Y yo no puedo hacer nada. Sé que en cualquier momento pueden ocurrir cosas, ni cuándo ni cuáles. Puedo hacer el ejercicio de imaginar algunas, y lo hago involuntariamente, pero las posibilidades son infinitas.

Lo que no puedo controlar me da miedo. Me da miedo lo que puedo perder, especialmente de forma irreversible.

Vivir con miedo no es vivir. Me enfado bastante cuando salen mis pequeñas demencias, de las que soy consciente, y me llevan a estados de pánico paralizantes. Algunas veces le doy a la hipocondría. El miedo a estar enfermo me suele escoger a mí como sujeto, por suerte. El miedo conoce mis límites.

Cuando llega el miedo al principio me hago pequeña, me encojo y tiemblo. Pero cuando pasan los días me niego a aceptarlo. Vivir con miedo no es vivir. Es pseudovivir. Así que decido enfocar mi demencia como un ejercicio de doma de miedos.

Ponte en el peor de los casos, me digo. Ponte en el caso de que estés enferma. Habría dos escenarios: Uno: se puede intentar curar, de modo que aún quedaría un margen. No es tan malo, no? Pues deja de temer. Dos: no se puede curar. Aquí hay un ejemplo claro de “cosa que viene de fuera sobre la que no puedo hacer nada”.  No puedo y hay que aceptar. Aceptar la muerte. Aceptar la enfermedad. Aceptar el sufrimiento estéril propio y ajeno. Aceptar tener que pasar por ello. Aceptar el miedo. Aceptar que no puedo hacer nada.

Ese es el momento cumbre en mi ejercicio de doma de miedos. El peor. En el que se me abalanzan un montón de cosas que debería aceptar y no acepto Aceptar se me da mal. Además de ser presuntuosa y demente tengo los niveles de resignación por los suelos. Incluso respecto a aquello que no puedo cambiar. Y por fin entonces, después de ese ejercicio de haberme puesto en el peor de los casos, me doy cuenta. Sí hay algo que sí está en mi mano. Elegir el cómo y elegir el cuándo.

No hay nada sencillo, ni siquiera morir, como si no bastara tener que despedirse para además saltar por una ventana, precipitarse y estallar, con la posibilidad de herir a algún viandante. O las venas cortadas, muy socorrido y poco doloroso, cuentan, pero es sucio y desagradable para quien entra después al baño, y…  Y me doy cuenta de que ese pensamiento de control de la propia muerte me resulta liberador, pero poco. Las opciones actuales son insuficientes. Y se me ocurre que claramente hace falta un servicio profesional. Y entonces me imagino la escena en la cabeza. Buenas tardes señorita, qué desea? Deseo morir. Pues está usted en el lugar indicado para ello, ponemos a su disposición la más alta tecnología. Pero antes díganos si está segura; una vez efectuado el servicio no aceptamos cambios ni devoluciones.

Y como me lo voy inventando puedo seguir, y el comercial continuaría: En el entorno elegido, que puede ser su propio domicilio o bien en nuestras instalaciones, y en el día y la hora acordados, le suministramos nuestra fórmula por vía intravenosa. La droga, en unos diez minutos, le sumirá de forma completamente indolora en un estado de semi inconsciencia. Habremos alcanzado en ese momento el estadio uno. En esta fase usted perderá la noción de la realidad presente, pero sí podrá soñar o recordar, y percibirá sensaciones. Esa es una de las características que la hacen especial. La neurotecnología de nuestra firma se pone a su servicio con su principal valor añadido, el que nos distingue: mientras aún está consciente, pocos segundos después de haber inoculado la droga, tendremos acceso a su banco de recuerdos, y seleccionaremos aquellos que mayor felicidad le hayan proporcionado a lo largo de su vida. Programaremos una secuencia de sensaciones, recuerdos y emociones que irán sucediéndose durante esta etapa. Así permanecerá alrededor de media hora. Después, progresivamente, en un fade out muy suave, los niveles de consciencia irán disminuyendo, hasta que llegue el silencio… ¿Y después? Después nada, el silencio es la muerte cerebral completa. 

Una vez que he creado esta opción me siento liberada. Me siento capaz de afrontar todos los escenarios que me ofrece mi hipótesis para la doma de miedos, y ya sabría qué hacer en el peor de todos. Pero hay algo que aún no tengo resuelto del todo. Tengo claro que entre cualquier otra opción, si puedo elegir la vida elijo la vida, amo la vida, que ante una falta de esperanza de vida, entre una pseudovida y la muerte elegiría lo segundo, tengo claro que la contrataría digna, y que elegiría el servicio en local y no en domicilio. Pero lo que no me gustaría es dejar en las manos de los profesionales la selección de recuerdos, creo que la mía sería la mejor, por mucho que avance la neurotecnología. No querría que faltase escuchar sus risas, ni nuestra trascendencia. Para el fade out me abrazas tú.

La banda sonora aún no la tengo clara. Hay tiempo.

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