Brújulas y tiempo

En los primeros tiempos, cuando su mujer aún no sabía que lo habían despedido, Durán solía ir a echarse la siesta a la sala de espera de la Tesorería General de la Seguridad Social. Salía de casa a la hora de siempre, con traje azul marino casi negro, camisa blanca, y una corbata roja o verde con rayas según fuera día par o impar, y cera en el pelo. Ya en la calle, en lugar de coger la línea diez cogía la seis, bajaba en Arguelles, tomaba un café en la barra de un bar pequeño, subía por Santa Cruz de Marcenado, cogía un número en la máquina, y se sentaba en la fila de sillones detrás de la columna. Una vez, un hombre de cierta edad lo despertó para indicarle que se había quedado dormido, seguro de que había sido un acto involuntario, preocupado por si perdía su turno. Ese fue el último día en que Durán fue a la sala de espera.

Después de eso buscó un bar, uno donde quedarse. Lo encontró después de explorar los que encontró en varias estaciones de metro, el día que decidió bajar en Usera. El ambiente era ruidoso y obrero. El bar disponía de sillas y mesas de aluminio, dos máquinas tragaperras, dos televisores, prensa, y una barra donde varios hombres con ropa de trabajo desayunaban destilados de alta graduación y hablaban con un tono de voz elevado.  En ese bar no habría entrado en otros tiempos, pero en esos le hacía sentir a salvo. Aunque no se diferenciaba demasiado de otros a los que había entrado en días anteriores, cuando aún continuaba con la exploración, esta vez tuvo ganas de volver. Llegaba cada mañana, se sentaba en una mesa de aluminio, pedía un café cortado y cogía un periódico. Leerlo entero, salvo aquellos artículos con los que corría serios riesgos de morir de aburrimiento o de ira, como los editoriales, le ocupaba alrededor de una hora. Cuando terminaba pedía otro cortado y cogía el segundo. El bar disponía de tres periódicos de tirada nacional y dos de prensa deportiva. Cinco horas más tarde salía de allí camino a casa, atormentado con la actualidad más reciente y con acidez de estómago. Al cabo de un par de meses, Durán consideró que el uso diario de la misma mesa le otorgaba ciertos privilegios usufructuarios, así que en salvaguarda de su maltrecha economía y de su maltrecho estómago, redujo el número de cafés a dos.

No empezó a jugar hasta mucho más tarde. No fue por necesidad ni impulsado por los cantos de sirena de la máquina tragaperras sonando a sus espaldas durante meses. Ocurrió después de escuchar una conversación entre dos asiduos. Durán lo recuerda con exactitud. Uno de ellos le contaba a su compañero mientras alimentaba a la Santa Fé, que se negaba a repartir un solo premio, algo acerca de una timba. Le invitaba a asistir alguna vez. El compañero le decía que no tenía traje. El amigo se ofrecía a prestarle uno. Durán los miraba con impunidad pues se hallaban de espaldas, y se preguntó cómo un ingenuo que le ofrecía un traje a su amigo que pesaba la mitad,  podía jugar al póquer. Se imaginó por un momento al amigo con el traje del gordo, y cuenta que en ese momento le vino a la cabeza la Alicia de Carrol después de beber la poción que la encogió, y pensó que en esas condiciones, ningún juego en el que intervinieran unos naipes podría terminar de otra forma que no fuera perdiendo la cabeza por una reina de corazones. Pero después, el gordo de la timba le contó que la primera noche había invertido mil quinientos euros y había vuelto a casa con cinco mil. Primero pensó que en una sola noche, él podría invertir su prestación de desempleo de un mes y multiplicarla por cinco. También pensó que en una timba de esas características podría invertir muchas horas con su traje azul marino casi negro con más propiedad. Pero esos eran los razonamientos con los que se justificaba su deseo, porque lo que definitivamente le hizo levantarse de la silla fue la posibilidad de ganar.

Brais Andrada Lemos había sido compañero suyo de clase en la facultad y de póquer en primero y segundo. Sus padres ostentaban cargos en consejos de administración de varias empresas, y costeaban sus estudios en una universidad privada, pero de una forma indirecta. Le asignaban a su hijo un sueldo que debía administrarse para pagar sus estudios y su ocio. Brais Andrada Lemos parecía un alumno más, pero desde los dieciocho años administraba un presupuesto anual de treinta mil euros. Durante el día asistía a algunas clases y jugaba al mus y al póquer con sus compañeros, por las tardes emprendía pequeños negocios, y por las noches participaba en timbas con traje de chaqueta y chaleco, puros, cocaína, escorts. Durán había aprendido con él en la horas diurnas, solo hasta que su relación con Berenice se consolidó hasta el punto de que se quedara embarazada. Entonces pidió el traslado al turno de noche de la universidad pública, durante el día aceptó un trabajo en prácticas como contable, alquiló un piso y se casó. La última vez que había visto a Brais Andrada Lemos había sido en el hospital al nacer su hijo. Durán no había vuelto a pensar en él hasta escuchar al gordo y al flaco de la tragaperras, entonces se puso a buscar su rastro en Internet. No tardó en encontrarlo.

Brais Andrada Lemos seguía viviendo en Madrid. Quizás fuera por cariño, o por sentido de lealtad, pero rápidamente concertó una cita con él. Trabajaba en corporate finance y era socio de varias empresas, algunas de ellas del sector petrolero, y en su día a día se relacionaba con líderes de países como Venezuela o Irak. Durán le pidió que le introdujera en una timba, en una seria. Brais Andrada aceptó. En ningún momento se le pasó por la cabeza pedirle además un trabajo.

Durán acudió como el protegido de Brais Andrada, y no le importó demasiado perder todo lo que llevaba en las dos primeras ocasiones a cambio del respeto con el que era tratado por el resto de los jugadores, y porque además resultó elegido por una de las tres mujeres que había en la sala. Tuvo que esperar a la tercera noche, a ganar una mano con dobles parejas de ases damas con la que se llevó cuatro mil setecientos veinte euros, para poder pagarla. Las seis primeras veces. Se hacía llamar Renée, pero su nombre era Carmen. Estudiaba traducción e interpretación y cobraba setecientos euros por una noche. Había conseguido el contacto gracias a su prima Martina, que no se llamaba Martina sino Beatriz. Una noche, Beatriz fue a una discoteca de moda y allí conoció a Brais. Éste la cortejó con cava, nadie bebía cava en discotecas, al menos ella nunca lo había visto, y después la llevó a su casa en un coche con chófer, y ella no sabía muy bien qué iba a ocurrir, porque estaba abrumada con el lujo, pero tampoco tuvo que pensar demasiado porque quien parecía saber exactamente en cada momento lo que pasaría, como si fuera el responsable de mover los hilos de los acontecimientos, era Brais. Así se lo contaría Martina a su prima Renée, y así se lo contó  ésta después a Durán. Por lo visto pasaron una buena noche. Brais no era un hombre atractivo, pero sí seguro y experimentado. Beatriz le contó que era estudiante, que habitualmente no iba a esos lugares porque no tenía ingresos, y contaba con una ayuda de los padres para pagarse sus gastos, un par de copas a la semana, ir de vez en cuando al cine, ropa barata. Brais entonces le propuso las timbas. Solo tendría que ir allí y acompañar. Por eso no iba a ganar nada, evidentemente, pero si algún jugador le interesaba y quería pasar la noche con él, entonces sí podía cobrar. El caché estaba en torno a los 1.000 euros. Algo así como lo que había ocurrido esa noche con él, pero cobrando. Y ella podía elegir. Si hacerlo o no, y con quién.

Beatriz Martina se lo propuso a su vez a Carmen, que también estaba estudiando en Madrid, y que a veces tenía que trabajar de camarera por las noches para ayudar a sus padres con los gastos. El negocio era bueno. Pero Renée no tenía tan buen ojo para los negocios como su amiga, y en cuanto vio a Durán supo que le gustaba. Esa misma noche se ofreció a pasar la noche con él, cosa que rechazó por motivos económicos. Ella a su vez rechazó las propuestas que otros dos jugadores le hicieron a su vez, y decidió esperar , pues una cosa era que se hubiera fijado en quien a todas luces tenía menos dinero de la mesa, y otra muy distinta hacer por gusto gratis algo que podría cobrando con el mismo gusto. Por su parte, la primera noche de timba, la noche de la propuesta de Renée, Durán no pudo dormir. Pensó un poco en el saldo de la cuenta de ahorros destinado a pagar la carrera de su segundo hijo que tenía ahora dos mil euros menos. Pero no se detuvo demasiado en eso. Pensó en Brais. Pensó en la partida. Repasó las cartas, repasó las jugadas, analizó sus errores. Pensó en Renée, en cómo lo había mirado. En su propuesta. Y en la sorpresa del resto de los jugadores. Era hermosísima. Nunca lo había mirado una mujer así. Nunca lo había mirado una mujer que no fuera Berenice. Y con el paso de los años la mirada de Berenice se había ido diluyendo. Ahora, en ocasiones lo miraba de la misma forma que al microondas antes de meter la taza para calentar la leche por las mañanas, aunque la mayor parte de las veces lo miraba como a la cama deshecha, o a la montaña de ropa pendiente de plancha. Él también se paró a pensar de qué forma miraba él a Berenice. Llegó a la conclusión de que era como a la tele antes de encenderla, o a la tele después de haberla encendido, o a la nevera después de abrirla, según el caso. Esa noche Berenice estaba allí durmiendo a su lado como cada noche. Durán recuerda que esa noche, después de mirarla miró las cortinas, y las fotos encima de la cómoda. Y la cómoda. Repasó visualmente todo lo que había dentro de aquel dormitorio y que después de ese repaso no pasó nada. Pensó que aplicando la suficiente cantidad de tiempo todo acababa siendo nada. Se dio cuenta de que en todo aquello que veía ya la había aplicado. Sin embargo pensó en sus hijos, y pasaron cosas, y el tiempo aplicado había sido prácticamente el mismo. Pensó en algo más antiguo todavía, en sus padres, en Because, en Cien años de soledad, en Ancia y pasaron cosas. En todo aquello llevaba aplicando el tiempo del que se componía toda su vida, o una gran parte de ella. ¿Habría entonces posibilidad de sobrevivir? Puede que existiera la esperanza, sí, con el límite de la muerte, que llega con total certeza mediante la aplicación del tiempo necesario. Volvió a pensar en Renée, y pasaron cosas. Entonces la imaginó con el camisón de Berenice, la imaginó tendiendo, la imaginó dormida en el sofá con un hilo de baba cayendo de la comisura, la imaginó en la cola del supermercado, la imaginó con el pelo sucio, la imaginó con chándal de algodón, la imaginó con un forro polar, la imaginó con canas, la imaginó de mal humor. No obstante seguían pasando cosas. Se dio cuenta de que imaginar el paso del tiempo no tenía el mismo efecto que el propio paso del tiempo. Dejó de tratar de matar la excitación y se masturbó.

Conocí a Durán unos meses después de aquello, cuando a su mujer un día le dio por abrir una carta del banco y vio el saldo de la cuenta de ahorros. Cuando le preguntó por qué había tan poco dinero, y dónde estaba el que faltaba, Durán le contó serenamente toda la historia, desde el principio. Lo hizo bien, porque con Renée había descubierto, además de otras habilidades de índole sexual, su talento como narrador. Él, que nunca hasta entonces había hablado demasiado, se sorprendió cuando Renée escuchaba con atención las historias que le contaba. Ese interés le sirvió de estímulo, y los días que transcurrían entre encuentro y encuentro, Durán los dedicaba a pensar en la siguiente historia, a buscar los recursos narrativos más apropiados, a estudiar las pausas, la entonación…se lo tomaba tan en serio que a veces realizaba prácticas frente a un espejo, y todo ese esfuerzo era recompensado con la emoción con que los escuchaba su joven amante, o su joven escort, o su joven puta, o lo que quiera que fuera. Nunca se le llegó a ocurrir que esa atención estuviera incluida en el precio que continuaba pagando por su compañía. Al final apenas acudía a las timbas, y su fuente de ingresos para pagar a Renée terminó siendo casi en exclusiva la cuenta de ahorros familiar. La narración de esa historia a su mujer fue realmente sobresaliente, y Durán la terminó muy satisfecho con el resultado, pero la reacción de Berenice no fue positiva, y poco después me la estaría contando a mí con una pequeña maleta mientras lo entrevistaba para alquilarle la habitación que tenía libre. Sin duda fue la mejor que escuché, aunque debo decir que solo entrevisté a dos personas. No parecía afectado, no resultaba frágil. Me gustó. Se instaló en su cuarto y salió después de varias horas. Yo no había alquilado nunca una habitación, no sabía cómo se convivía con un inquilino. Me pareció que lo natural era proponerle que cenara conmigo. Me pidió prestados algunos libros. Nos acostamos esa misma noche. Cuando le pregunté por el póquer y por Renée me dijo que el póquer había dejado de divertirle y que a Renée ya no podía pagarla. Le pregunté si le provocaba dolor. Me contestó que no. Que era una etapa que había terminado. Que ahora estaba aquí. Y que mañana no tenía ni la menor idea de dónde estaría.

Durante el día yo me iba a trabajar. Él solía arreglar un poco la casa, y dejaba preparado el almuerzo. A veces salía a la calle. Otras se quedaba en casa leyendo. Por las noches solía contarme lo que había hecho. Continuó desarrollando su afición por narrar. Así que no se trataba de una mera enumeración del tipo he limpiado los cristales, he hecho la compra y la comida y me he ido a pasear, sino que cada noche, durante la cena, me regalaba una historia. Y es cierto, tenía talento, y yo me convertí en su entregado público. A veces tiraba de recuerdos, pero a medida que se iba quedando sin pasado empezó a narrar lo cotidiano, que nunca parecía cotidiano, o sí, pero conseguía que me pareciera fascinante, y es muy posible muchas veces lo inventara, pero eso es algo que carece de importancia. Además, si Durán era vanidoso y necesitaba obtener todos los días mi admiración y sorpresa, yo también lo soy, y escuchar sus relatos me empujaba a contarle mi día en esos términos épicos y aventurescos. Pronto me descubrí elaborando mentalmente la historia que le contaría a Durán, con la esperanza de asombrarlo, de hacerlo reír, de conmoverlo. En esa época no vivía los días, los protagonizaba.

Algunas veces vinieron sus hijos a visitarlo. Yo me metía en la habitación para procurarles intimidad. O para que creyeran que la tenían, porque desde mi cuarto se oía todo. Ellos no entendían muy bien a su padre. Supongo que no era fácil. A mí misma me costaba mucho reconocer a Durán en el hombre de traje azul marino casi negro, con camisa blanca, y una corbata roja o verde con rayas según fuera día par o impar, que había estado trabajando en una oficina durante más de veinte años, con un matrimonio estable y apacible de la misma duración. Si no hubiera sido por las visitas de los hijos, y por las conversaciones que sostenían, sobre todo al principio, cuando aún no habían aceptado que su padre estaba completamente desnortado -adjetivo empleado literalmente por el mayor-, habría pensado que se trataba de una sus ficciones para amenizar la cena. Durán me comentó que le había gustado el término desnortado, por lo preciso, y que estaba de acuerdo con su hijo. El trabajo había sido un imán, y cuando lo perdió empezó a moverse en todas direcciones. Y le gustaba. Eso es, decía, estoy completamente desnortado. Lo decía con orgullo. Yo creo que los hijos terminaron por aceptarlo, porque continuaron viniendo, y porque, aunque no lo entendieran, dejaron de estar enfadados. La mayor parte de las veces son los padres quienes se sorprenden con hijos que no eran como esperaban y no les queda más remedio que aceptar, pero está claro que a veces también ocurre al revés.

Cuando a Durán se le terminó el subsidio por desempleo trasladó sus cosas a mi cuarto, donde al fin y al cabo dormía casi cada noche, y yo alquilé de nuevo la habitación a una estudiante de filosofía llamada Eva. Creo que no estábamos enamorados, sea lo que sea eso, desde luego no en una concepción clásica. No me reventaba el pecho, nunca hubo ansiedad, ni los siempres, ni anhelos, ni celos… Algunos días yo dormía fuera de casa. Otras veces él se acostaba con la estudiante. Los guiones se enriquecían, y nos llenaban de ideas para poner en práctica. Desde que alquilé la habitación a la estudiante, nuestras veladas dejaron de transcurrir en el salón, y las trasladamos a mi cama. Terminábamos de cenar los tres, después nosotros íbamos a mi cuarto y poníamos un disco. Entonces nos contábamos. Si alguno de los dos había salido y volvía tarde, o no volvía, la velada quedaba pospuesta. Creo que yo lo miraba como mira un niño a su mejor amigo a la hora del recreo, solo que además de jugar follábamos, y el sexo genera con frecuencia ciertas confusiones.  Pero eso no impide que algunas noches me sorprendiera mirando a Durán mientras dormía, y mirando después las cortinas, y la cómoda, ni que me preguntara por el tiempo pendiente de aplicar.

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Modelos de negocio

Prefiero cualquier cosa que dependa de mí a cualquiera de las que vienen dadas, de las que en nada influye que yo me comporte de una forma o de otra, que yo actúe de una forma o de otra. Si se trata de algo que está en mi mano lo prefiero, porque va a ser mejor. Puede parecer presuntuoso, incluso serlo. Pero tiene todo mi sentido. Yo sé mejor que los demás, mejor que el azar, mejor que el tiempo, mejor que nada, lo que me gusta, lo que me parece bonito, lo que me hace feliz, lo que me parece justo, lo que deseo. Así que, salvo por algunas contradicciones que me hacen humana, procuro actuar  en consonancia.

Lo que viene de fuera no sabe nada. No tiene ni idea. A veces puede llegar a coincidir, a veces ser inocuo, y otras entrar en profundo conflicto. Y yo no puedo hacer nada. Sé que en cualquier momento pueden ocurrir cosas, ni cuándo ni cuáles. Puedo hacer el ejercicio de imaginar algunas, y lo hago involuntariamente, pero las posibilidades son infinitas.

Lo que no puedo controlar me da miedo. Me da miedo lo que puedo perder, especialmente de forma irreversible.

Vivir con miedo no es vivir. Me enfado bastante cuando salen mis pequeñas demencias, de las que soy consciente, y me llevan a estados de pánico paralizantes. Algunas veces le doy a la hipocondría. El miedo a estar enfermo me suele escoger a mí como sujeto, por suerte. El miedo conoce mis límites.

Cuando llega el miedo al principio me hago pequeña, me encojo y tiemblo. Pero cuando pasan los días me niego a aceptarlo. Vivir con miedo no es vivir. Es pseudovivir. Así que decido enfocar mi demencia como un ejercicio de doma de miedos.

Ponte en el peor de los casos, me digo. Ponte en el caso de que estés enferma. Habría dos escenarios: Uno: se puede intentar curar, de modo que aún quedaría un margen. No es tan malo, no? Pues deja de temer. Dos: no se puede curar. Aquí hay un ejemplo claro de “cosa que viene de fuera sobre la que no puedo hacer nada”.  No puedo y hay que aceptar. Aceptar la muerte. Aceptar la enfermedad. Aceptar el sufrimiento estéril propio y ajeno. Aceptar tener que pasar por ello. Aceptar el miedo. Aceptar que no puedo hacer nada.

Ese es el momento cumbre en mi ejercicio de doma de miedos. El peor. En el que se me abalanzan un montón de cosas que debería aceptar y no acepto Aceptar se me da mal. Además de ser presuntuosa y demente tengo los niveles de resignación por los suelos. Incluso respecto a aquello que no puedo cambiar. Y por fin entonces, después de ese ejercicio de haberme puesto en el peor de los casos, me doy cuenta. Sí hay algo que sí está en mi mano. Elegir el cómo y elegir el cuándo.

No hay nada sencillo, ni siquiera morir, como si no bastara tener que despedirse para además saltar por una ventana, precipitarse y estallar, con la posibilidad de herir a algún viandante. O las venas cortadas, muy socorrido y poco doloroso, cuentan, pero es sucio y desagradable para quien entra después al baño, y…  Y me doy cuenta de que ese pensamiento de control de la propia muerte me resulta liberador, pero poco. Las opciones actuales son insuficientes. Y se me ocurre que claramente hace falta un servicio profesional. Y entonces me imagino la escena en la cabeza. Buenas tardes señorita, qué desea? Deseo morir. Pues está usted en el lugar indicado para ello, ponemos a su disposición la más alta tecnología. Pero antes díganos si está segura; una vez efectuado el servicio no aceptamos cambios ni devoluciones.

Y como me lo voy inventando puedo seguir, y el comercial continuaría: En el entorno elegido, que puede ser su propio domicilio o bien en nuestras instalaciones, y en el día y la hora acordados, le suministramos nuestra fórmula por vía intravenosa. La droga, en unos diez minutos, le sumirá de forma completamente indolora en un estado de semi inconsciencia. Habremos alcanzado en ese momento el estadio uno. En esta fase usted perderá la noción de la realidad presente, pero sí podrá soñar o recordar, y percibirá sensaciones. Esa es una de las características que la hacen especial. La neurotecnología de nuestra firma se pone a su servicio con su principal valor añadido, el que nos distingue: mientras aún está consciente, pocos segundos después de haber inoculado la droga, tendremos acceso a su banco de recuerdos, y seleccionaremos aquellos que mayor felicidad le hayan proporcionado a lo largo de su vida. Programaremos una secuencia de sensaciones, recuerdos y emociones que irán sucediéndose durante esta etapa. Así permanecerá alrededor de media hora. Después, progresivamente, en un fade out muy suave, los niveles de consciencia irán disminuyendo, hasta que llegue el silencio… ¿Y después? Después nada, el silencio es la muerte cerebral completa. 

Una vez que he creado esta opción me siento liberada. Me siento capaz de afrontar todos los escenarios que me ofrece mi hipótesis para la doma de miedos, y ya sabría qué hacer en el peor de todos. Pero hay algo que aún no tengo resuelto del todo. Tengo claro que entre cualquier otra opción, si puedo elegir la vida elijo la vida, amo la vida, que ante una falta de esperanza de vida, entre una pseudovida y la muerte elegiría lo segundo, tengo claro que la contrataría digna, y que elegiría el servicio en local y no en domicilio. Pero lo que no me gustaría es dejar en las manos de los profesionales la selección de recuerdos, creo que la mía sería la mejor, por mucho que avance la neurotecnología. No querría que faltase escuchar sus risas, ni nuestra trascendencia. Para el fade out me abrazas tú.

La banda sonora aún no la tengo clara. Hay tiempo.

Por tres veces sí

Aún no ha pasado un día en que no trate de olvidar aquel encuentro perturbador, o que no se cruce en mi cabeza en algún momento del día, y hace ya tiempo. Diez años y dos meses -no pienso jugar ahora a hacerme el impreciso-.  A veces, incluso, trato de convencerme de que aquello no fue real, que no se trató más que de un mal sueño, de esos que se recuerdan con tanta nitidez al despertar que pareciera real. Pero lamentablemente tengo el documento que atestigua su veracidad.

Todo comenzó para mi con una llamada de teléfono. Un hombre decía tener algo importante que comunicarme, y me citaba en el banco de un parque. Quizá fue mi espíritu aventurero, o mi gusto por la novela detectivesca lo que me hiciera acudir a la extraña cita. Todas las posibles causas que imaginaba eran terribles. Un detective mostrándome fotos muy evidentes de una infidelidad de mi mujer, blanqueo de dinero en la compañía donde trabajo, un amigo de mi hijo advirtiéndome del consumo de sustancias ilegales por parte del mismo…. y aún así, aún siendo de semejante calibre las posibilidades que mi imaginario barajaba, aún así, acudí. No termina uno de creer que la realidad supera la ficción hasta que no lo comprueba per sé.

Llegué a la cita puntual y no obstante el segundo. Las hojas amarilleaban en los árboles, y llevaba algún ejemplar en la suela de los zapatos. Aún había algo de luz natural, pero en el ambiente comenzaba a notarse el ralentí, y cuando exhalaba aire se veían las bocanadas blancas salir de mi boca. Miré hacia el banco donde ya estaba sentado un hombre, posiblemente el autor de la llamada. Tenía unos cincuenta años, su cabeza raleaba, llevaba una trenca de paño, como las de escolar, pero de una talla cincuenta y dos -si mi buen olfato para las medidas no me falla-, y unos pantalones de pana. Pensé que estaba a tiempo de darme media vuelta y olvidar todo aquello, pero me acerqué al banco como imantado y me senté sin mirarle a la cara, casual, intentando evitar el ridículo si el hombre no fuera mi hombre. Pero lo fue, y sin mirarme también comenzó a hablar.

Tengo sus resultados. Me dijo. Y me extendió un sobre. Qué resultados. Los de su colaboración voluntaria en el estudio de genómica. Abrí el sobre pero no entendí nada. El nombre de lo que debían ser genes, con unos números, y positivos y negativos, y una serie de correlaciones estadísticas inaccesibles para quien no hubiera realizado intensos estudios en biología molecular, y yo regento una copistería en un edificio universitario. Recordé entonces el cartel en la cocina del mismo, aquel en el que se solicitaban voluntarios para un estudio genético. Todo fuera por la ciencia. Tan sólo hube de invertir cinco minutos de mi vida en una sala blanca junto a un laboratorio, tiempo más que suficiente para depositar mi saliva en una placa de muestras, y bromear con la mujer vestida de blanco que se encargaba de registrar los datos y ordenar y procesar la recogida. Los datos los recogía a través de un cuestionario en el que se solicitaban los datos de identidad,  y la firma de un consentimiento. En ese momento recordé también que hube solicitado conocer los resultados del estudio.

– ¿Le importa traducir esto?

Esa fue la tercera y última oportunidad para echarme atrás, pero no obstante, decidí continuar adelante.

-Esto significa que si la muerte no lo remedia antes, usted va a padecer una enfermedad degenerativa incurable, que, de forma lenta y dolorosa, primero acabará con la conciencia de sí mismo, y poco a poco, con la conciencia de sus constantes vitales.

-¿Eso significa que voy a morir?

-Sí.

(Como se imaginan, aquí hubo una pausa de varios segundos, que a mí se me hicieron muy largos, pero imprescindibles, para tomar el aire necesario para asimilar lo escuchado, y para arriesgarme con una pregunta más, a otra respuesta aterradora. Está claro que el ser humano no escarmienta….)

-¿Y usted sabe cuándo?

-No, tan sólo lo que va usted a padecer. Pero puede ser en cualquier momento. -dentro de un año, de cinco, de veinte…

-Comprenderá usted que no es lo mismo para mí, dentro de un año la muerte me resultaría impertinente. Dentro de veinte algo menos.

-Ayer le di los resultados a un hombre veinte años mayor que usted, y es curioso, pues me hizo el mismo comentario. Me llamó la atención que usara también el adjetivo impertinente con esa acepción, tan caída en desuso.

-De modo que voy a morir, y no sabemos cuándo.

-Efectivamente.

-Y todo eso lo dice en esa hoja.

-Efectivamente.

-¿Le puedo hacer una pregunta?

-Adelante.

-¿Por qué me ha citado aquí?

-Porque estoy cansado de escenas. Entiéndame, yo soy científico que estudia las series genéticas, y la implicación que tener en la carga que nos ha tocado en suerte un gen u otro tiene en la salud de las personas, pero no soy dios, y no sé qué hacer ante según qué ruegos, llantos o plegarias. He comprobado de forma empírica que los lugares públicos de entorno natural bello serenan.

Tomé el sobre. Me fui a casa cabizbajo, con el consuelo al menos de que mi mujer no me era infiel, y mi hijo no era un drogadicto ni un delincuente juvenil. Y al verlos casi lloro de alegría. Por poder hacerlo. Por tener la posibilidad de abrazarlos y tocarlos, y cenar con ellos, y escuchar a mi mujer abroncarme por no escucharla -esa noche andaba yo con la cabeza en otro sitio, he de reconocer- y a mi hijo comer la sopa a velocidad de vértigo para irse corriendo que había quedado. Y parecían tan contentos y tan felices y tan ajenos.

Y desde entonces no hay un solo día en que no piense en el sobre que tengo al fondo de mi cajón, en el armario, consciente de que existe una espada de Damocles sobre mi cabeza, y que cualquier día, y en cualquier momento, comenzará la degeneración. Incluso ahora, esta escena, podría ser un recuerdo o un delirio. Si no fuera por el sobre con su verdad terrible y a la vez asombrosa, el sobre que no me permite olvidar que cada día, éste inclusive, es un regalo.

“¿Tú por ventura sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo?  ¿Quién te ha dicho que lo que ya fue volverá cuando lo hayas menester si le llamares? Dime ¿has visto algunas pisadas de los días? No por cierto, que ellos solo vuelven la cabeza a reírse y burlarse de los que así los dejaron pasar(…)
Cuerdo es solo el que vive cada día como
quien cada día y cada hora puede morir.”
 
El mundo por de dentro. Quevedo.

Nota : Al leer este pasaje dentro de este texto de Quevedo, que por algún motivo escogí a ciegas y por voluntad propia para hacer un trabajo, no pude evitar acordarme de que lo que escribí el primer día que escribí, como declaración de intenciones, se tituló “El último día de mi vida”, un 5 de junio de 2007. A veces hay un montón de circunstancias que se alinean para hacer recordar ciertas cosas importantes que no conviene olvidar. Como un sobre al fondo del cajón.

(Texto de ficción perteneciente al Dinosaurio; tema propuesto: Riesgo)

Rutinas para la inmortalidad

A pesar de que en general el adjetivo esté lleno de connotaciones negativas, los hombres somos rutinarios. Por una lado nuestra propia fisiología nos lo impone: tenemos que comer cada ciertas horas para estar sanos, y beber, y dormir, -y demás necesidades que no creo que haga falta seguir enumerando-, y construimos nuestros días en torno a ellas.

El sonido del despertador a las 7, siempre el mismo. La misma luz ahí fuera cada mañana, o más o menos, según la estación y el clima. Los mismos muebles alrededor, la misma ducha, el mismo armario, la misma ropa dentro. La misma cafetera, el mismo café. El mismo medio de transporte, la misma ruta, la misma mesa de trabajo, los mismos compañeros, las mismas caras, el mismo ambiente, el mismo trabajo o parecido, la misma hora de vuelta a casa, la misma casa. Una cena que, ya casera, ya precocinada, resulta familiar, el mismo rato de sillón, el mismo programa de los lunes en la tele, o de los martes, o de los miércoles, según toque. Y después de cinco días de rutina romper con un fin de semana de rutina, y cerrar el ciclo de una semana, semanas que unidas en series de cuatro cierran el ciclo de un mes, meses que unidos en series de doce cierran el ciclo de un año, años que unidos en series variables, de unos ochenta de media, cierran el ciclo de una vida.

Pero aparte de que tengamos unas necesidades fisiológicas que nos impongan rutinas existe otro componente de índole psicológica que nos ata a ellas. Quien quiera comenzar desde el principio, y con el principio me refiero al nacimiento, que tome entre sus manos cualquier libro de puericultura. De una forma más o menos clara en todos ellos insisten hasta la saciedad en lo imperativo que es para un bebé adquirir rutinas. Y, paradójicamente, aunque las necesidades fisiológicas de un bebé sean mucho más urgentes e inaplazables que las de un adulto, el motivo que dan los manuales no es ese. Los niños necesitan rutinas porque les dan seguridad. Ellos van construyendo poco a poco sus esquemas mentales, el funcionamiento de su pequeño mundo, en torno a unos hitos diarios que se repiten, normalmente con las mismas personas. Y duermen tranquilos porque saben que el día siguiente va a ser igual, van a estar con esas mismas personas, y eso significa que todo está bien. Su mundo es estable, se sienten seguros. Aquellos acontecimientos que cambian sus vidas, como ir al cole por primera vez, comienzan siendo traumáticos. Desaparecen sus personas de referencia y su entorno de referencia, y de pronto ya no saben qué va a pasar con ellos, hasta cuándo van a estar allí, qué va a ser de sus vidas, y tienen miedo, y lloran. Hasta que las nuevas rutinas les hacen conocido el nuevo entorno, y sus profes se convierten en referentes, y además, también a base de la repetición, saben que invariablemente, día tras día, cuando la profe les hace quitarse el baby y salen al patio, estará allí su padre, madre o cuidadora, y volverán a casa. ¿Por qué? Porque a fuerza de repetir saben que eso es lo que pasa siempre, y es lo que pasará hoy también, y lo que pasará mañana.

Y me pregunto si no será lógico pensar que ya que hemos aprendido seguridad en torno a las rutinas,  nosotros adultos no las necesitaremos también, si no nos aferramos a ellas  en aras de ese sentimiento de seguridad que proporcionan. Pero ¿por qué? Si somos adultos, ¿no? ¿de qué podríamos tener miedo? A veces me pregunto de qué no lo tenemos. Pero puestos a escoger un miedo de los grandes,  uno al que no se nos enseña a vencer, un miedo legitimado, uno que es tabú desde que se comienza a ser consciente de él, es a la muerte. Y quizá una de sus implicaciones, aunque parezca una perogrullada, es que el hecho de que vayamos a morir -porque vamos a morir- hace que la vida sea provisional. Y cuando la vida es provisional, todo en ella lo es. Todo para nosotros tiene un principio y un final desde el mismo momento en el que nuestra propia vida lo tiene. Y eso es algo que no podemos soportar, que no abordamos, que tratamos de evitar, que convertimos en tabú y no entiendo muy bien por qué.

Pongo un ejemplo: he apuntado a mi hijo pequeño a un campus de fútbol que dura una semana. El primer día le daba miedo quedarse (incido en un pequeño repaso: entorno nuevo, referentes nuevos, miedo a lo desconocido…. de eso ya he hablado). Sin embargo una vez allí lo pasa muy bien. Y hoy, tercer día, estaba verdaderamente entusiasmado. Entonces no he tenido ningún problema en decirle “disfrútalo todo lo posible, que sólo te quedan dos días más”. Pues sí, es algo que al principio le daba miedo, pero que ahora le encanta, y que no obstante se termina, y no tengo ningún pudor en recordárselo, y le cuento que eso que tanto le gusta se acaba sin andarme con paternalismos (o maternalismos), ni condescendencias, ni tacto, ni pienso en tener que usar unas  palabras adecuadas para el mensaje. Tiene principio y final, y ya está. Se acepta, se asume con naturalidad, no pasa nada, no hay dramas. Sin embargo, la visión trágica de la muerte que tenemos desde siempre, nos impide realizar con semejante tranquilidad afirmaciones de ese tipo cuando las preguntas de un niño de cinco años, (o las del adulto de cincuenta)  giran en torno a la muerte. Cuando pregunta, mamá, ¿me voy a morir? (o podríamos cambiarlo por un doctor, ¿voy a morir?) la respuesta suele ser “sí, pero cuando seas muy mayor”  o… “pero falta muchísimo, vamos, una eternidad” o ” sí, pero no pasa nada, porque después vas al cielo” o directamente  ” tú no tienes que pensar en esas cosas”. Y con ese tipo de respuestas, contrariamente a lo que se desea, se le hace ver al niño la terrible fatalidad que es eso de la muerte. Y así, poco a poco, todo lo que es provisional nos aterra, nos aterran los finales, nos aterran los cambios, nos aterra el futuro y nos aterra lo desconocido.  Pero no pasa nada, porque contra todo ese miedo hemos establecido un gran mecanismo de defensa que son las rutinas. De hecho, quién sabe si todas esas necesidades fisiológicas que tanto ayudan a establecerlas no estarán en realidad al servicio de la paz mental a que contribuyen. De hecho, si no muriéramos no necesitaríamos dormir, ni comer, ni mear, como no lo necesitan las  piedras o los superhéroes, y si lo hacemos no es para mantener en orden nuestro organismo -eso es secundario- sino para poder establecer un sistema de rutinas que nos proporcione estabilidad y seguridad, y que a fuerza de repetir un mismo esquema un día tras otro, tras otro, nos genere una sensación de no acabar, de ser inmortales.

Y es que la cosa funciona así, si cada día me despierto a la misma hora, con el mismo despertador, en la misma cama, con la misma persona al lado, o con el mismo hueco,  y voy al mismo trabajo, realizando el mismo trayecto, y mantengo así el esquema un día y otro y otro, al igual que el sol, que cada día nace por el este y se pone por le oeste, entonces  aparece la ilusión de que siempre será así. Las rutinas nos hacen extrapolar lo que ocurre históricamente en el pasado a lo que ocurrirá en el futuro. E, ilusoriamente-nótese que insisto en el término “ilusión”-, se borran las incertidumbres y las provisionalidades, hasta la de nuestra propia existencia. Siempre es siempre.

Pero esa seguridad que nos permite vivir mucho más tranquilos por difuminar la conciencia de provisionalidad, nos hacer perder el valor que toda rutina pueda llegar a tener precisamente debido a esa provisionalidad. Y es una pérdida tremenda, porque a cambio de esa seguridad terminamos dándolo todo por hecho. Damos por hecho que el despertador va a sonar a las 7, damos por hecho que cada día vamos a tener trabajo, damos por hecho que el sol va a salir cada mañana, damos por hecho que nuestro barrio será siempre el mismo, damos por hecho que vamos a poder salir a pasear todos los días, damos por hecho que nuestra pareja nos va a amar siempre, damos por hecho que aquellos a quienes amamos van a estar siempre, damos por hecho nuestra salud,  damos, en definitiva,  la vida por hecho.

Pero es que, además, -y ya sé que me estoy pasando siete pueblos pero es importante-, me parece que también existe una tercera causa para aferrarse a las rutinas y perder esa conciencia de provisionalidad y de duración limitada que en realidad somos. Y es que al perder esa conciencia diluimos también nuestra responsabilidad. Es decir, no sólo tenemos miedo a la muerte, sino que también le tenemos miedo a la vida, ¿por qué? Porque se acaba, porque comparándola con el tiempo cósmico es terriblemente corta, y porque sólo hay una, sólo hay una oportunidad para aprovecharla. Eso genera una cierta presión, no, qué coño, eso genera una presión tremenda. Algo así como dios, sólo voy a vivir una vez, y no durante mucho tiempo, tiene que ser maravilloso, tengo que saber hacerlo bien, tengo que tomar un montón de decisiones cada día, ¿y si me equivoco? ¿y si no hago lo correcto? ¿y si no aprovecho mi tiempo? ¿y si no consigo ser feliz? ¿y si me equivoco y no puedo rectificar? Porque si ocurre todo eso ¿qué sentido habrá tenido mi vida? Ninguno, oh, si no aprovecho mi tiempo, si no tomo las decisiones correctas, si no consigo ser feliz, ni hacer feliz, si no acierto a la primera, y si no acierto a la segunda ni a la tercera, mi vida no habrá tenido ningún sentido. Eso también es un gran miedo. Cuántos miedos.

¿Y qué papel juegan entonces nuestras amigas las rutinas? Es sencillo: al repetir los mismos esquemas un día tras otro, tras otro…., y crearnos así la ilusión de que son esquemas que se repetirán siempre, nos damos la oportunidad de postergar decisiones. ¿Por qué? Porque qué importancia tiene decidir hoy, o lo que haga hoy, o mi insatisfacción de hoy, o mi infelicidad de hoy, o mi error de hoy, si total tengo toda una eternidad para poder arreglarlo. Ya tomaré una decisión mañana, o pasado, ya seré feliz, ya habrá tiempo… y así podemos ir aplazando decisiones, o dejar que nuestro entorno vaya tomándolas por nosotros, y jugamos a quitarle valor al presente para disminuir nuestra responsabilidad sobre el mismo (estaremos de acuerdo en que cuanto más valioso es algo, más responsables nos sentimos de tener que hacerlo bien, y también viceversa, que es a lo que jugamos), y quitándole todo el valor evadimos la presión, pero dejamos también de apreciar, de asombrarnos de lo maravilloso que es sentir calor, y frío, o provocar una sonrisa, o sonreír, o incluso llorar, o andar, correr, escuchar, ver, amar… tanto nos concentramos en creernos inmortales con todo lo que eso conlleva,  que se nos olvida que la vida es un regalo, cada uno de sus momentos, que es increíblemente valiosa precisamente porque tiene un principio, pero sobre todo, porque tiene un final.

Una aventura

A veces me cabrea el positivismo absurdo que nos rodea. Ese afán por llevar todos los aspectos de la vida al terreno científico, en especial lo concerciente al hombre. Y miro con indignación cómo se trata de la economía como ciencia, de la sociología como ciencia, de la información como ciencia, de la pedagogía como ciencia, de la psicología como ciencia, y hasta a veces, en los límites del absurdo, del arte como ciencia. Como si el hecho de que ciertos fenómenos no puedan someterse a un modelo o a una ley sea algo peyorativo, cuando es en realidad tan asombroso y genial.

Hoy no. Hoy me produce ternura semejante ingenuidad. Hoy entiendo los por qués. Hoy pienso en los denodados esfuerzos del hombre desde que existe por tratar de explicarse. Desde los dioses que ha creado, las convenciones sociales, los estudios filosóficos, hasta este contemporáneo recurrir  a la ciencia. Hoy miro con enorme compasión esos intentos desesperados por entender la condición humana, por explicarla, por intentar encontrar una verdad inamovible a la que aferrarse, la forma correcta de vivir, dónde está la felicidad, dónde está el camino hacia delante, cómo superar la muerte, el dolor… como si la condición humana fuera una, como si pudiera ser explicada, como si la pudiéramos someter a un modelo, como si fuera tan sencillo, tan exacto, tan matemático, tan físico o tan químico. Pero la condición humana no es una. Hemos construido unos modelos morales y sociales, y hacemos lo posible por encajar en ellos. Pero qué angustia tan profunda cuando llega el día en el que de una forma o de otra nos descubrimos fuera, fuera de esa aproximación, de esa normal. Y nos descubrimos sintiendo, expresándonos o actuando como jamás habríamos imaginado, como nadie espera, de forma errática. Y cuánta soledad, cuánta confusión, cuánto miedo,  cuánta lucha interna, cuánto desamparo.

Porque no todo vale para todos. Porque no existe sólo un camino. No hay un único rasero. No hay una única forma de actuar, ni de sentir, ni de pensar, y porque lo que incluso para una persona concreta en un momento dado fue válido  al cabo de un tiempo puede cambiar.

Hace unos meses tuve una pequeña conversación con Pablo. Pablo estaba dolido porque sus amigos le decían que era malo jugando al fútbol. Él se había apuntado a una escuela pero lo había dejado, no entrena nunca, y cuando juegan un partido termina cansándose y dejándolo a medias. Yo le decía “Pablo, si no entrenas no vas a jugar nunca bien. Si de verdad quieres jugar bien al fútbol, si es importante para tí, mueve el culo, sal ahí fuera y practica.”   Pero Pablo quería jugar bien porque al resto de sus amigos, a todos, les gusta el fútbol.

“¿Y a ti? ¿A ti te gusta, Pablo? Porque si no te gusta, tendrás que tener el valor de enfrentarte a ello, y aceptarte.”

Conocerse, reconocerse, aceptarse.

Supongo que para mí, desde mi perspectiva, era algo mucho más sencillo de aceptar que para un niño de ocho años, cuyo mundo se reduce a sus amigos y a su familia. Y que de pronto descubre que no comparte algo que absolutamente todos, menos su madre, valoran en común.  Pero van pasando los años y los ejemplos se complican. Y conocerse  y aceptarse también.

Y supongo que lo que quiero decir es que tratamos desesperdamente de entender al hombre, a todos, a la generalidad, cuando muy a duras penas alcanzamos  a conocernos o a entendernos a nosotros mismos, nuestras reacciones,  nuestras emociones, nuestros por qués, nuestra evolución constante.  Quizá sea el mayor conocimiento al que debiéramos aspirar.  Y supongo que lo que quiero decir  es que ese componente errático, individual, impredecible, que no se sujeta a modelo alguno, que se presenta sin avisar, que de pronto nos hace sentir vulnerables y perdidos, que a veces es devastador, a veces maravilloso, a veces devastador y maravilloso al mismo tiempo, eso que imposibilita que seamos objeto de estudio científico, eso que nos da tanto miedo y que nos genera tanta búsqueda,  es precisamente lo que hace que el ser humano sea extraordinario, y la vida una aventura.

Elemento poético

Leía ayer, estudiando, una declaración de Machado: “Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu”.

Y me quedé pensando. Claro. La honda palpitación del espíritu…   Ese es el elemento poético en poesía (y cuánta poesía carece de él), y sobretodo en la vida.

 

Usted no es dios

Ayer por la noche, en el capítulo de House, hubo una escena entre House y su psiquiatra en la que el psiquiatra le preguntaba: ¿por qué le das más importancia a tus fracasos que a tus logros? House contestaba que los logros tenían una duración corta, exactamente hasta que llegaba un fracaso. Y que sin embargo los fracasos permanecían para siempre. El psiquiatra le contestó “cuando uno fracasa, cuando uno se equivoca, debe aprender a pedir perdón y  pasar página“. Entonces House le contesta ” ¿Me quiere decir que yo hago un daño terrible, pido perdón y se acabó, paso página? Eso es injusto“. Y el psiquiatra le contesta “¿de modo que piensa que el sufrir eternamente por un error cometido es una forma de impartir justicia? Usted NO ES DIOS, usted es sólo un hombre, un hombre más hecho polvo que tiene que aprender a pasar página.

Y el escuchar eso supuso para mí  una especie de revelación. Y no una revelación de algo que no supiera, sino esa sensación extraña, como cuando uno ve una fotografía de alguien que hace tiempo que no ve, que uno no ha olvidado, que uno sabe que existe o existió, pero que de pronto, al ver esa fotografía, hace que todo su recuerdo sobrevenga de pronto, de golpe, con una extraordinaria nitidez.  Y sentí una tremenda piedad por el ser humano en general. Porque es cierto, sólo somos hombres,  pequeños y vulnerables, sin ninguna guía con la que enfrentarnos al miedo, a la incertidumbre, al dolor, como ciegos que buscan la luz ayudándose con un bastón.

Hombres, hombres pequeños, piedad por ellos, porque en ellos veo la misma fragilidad que en un niño, niños como Miguel, que por la noche me dijo con miedo: mamá, me duele aquí. Y yo le di un beso aquí. ¿Para qué, mamá? Para que no te duela. ¿El qué? El dolor. Para que no te duela el dolor que te duele. ¿Y cuando te vayas de la habitación te vas a quedar en el pasillo, por si vienen los monstruos? Y sí,  cuando le acuesto me quedo en el pasillo, para comerme  sus monstruos, para que no entren en su habitación ni en sus sueños.

Pero los niños crecen, y se convierten en hombres. Y los dolores duelen, y los miedos aparecen, y la incertidumbre. Pero el hombre ya no es niño, es hombre, y tiene que saber cómo enfrentarse a ellos, para pasar página, para seguir adelante, él solo. Debería saber, pero no sabe, y cada hombre se inventa su manera, cada hombre lo hace como puede, para seguir hacia delante, para intentarlo, como ciegos que intentan ver con la ayuda del bastón. Y no estamos solos, porque  a todos nos une esa lucha, esa búsqueda a veces serena, a veces desesperada, a veces dolorosa, a veces feliz, a veces asombrosa, pero siempre búsqueda de la luz, de la felicidad, de la paz, de pasar página para  seguir hacia delante. Hacia delante. Siempre.

PD: No he podido evitar recordar a Machado:

Es una tarde cenicienta y mustia,

destartalada,como el alma mía;

y es esta vieja angustia

que habita mi usual hipocondría.

La causa de esta angustia no consigo

ni vagamente comprender siquiera;

pero recuerdo,y,recordando,digo:

-Si,yo era niño,y tú, mi compañera.

Y no es verdad,dolor,yo te conozco,

tú no eres nostalgia de la vida buena

y soledad de corazón sombrío,

de barco sin naufrgio y sin estrella.

Como perro olvidado que no tiene

huella ni olfato y yerra

por los camino,sin camino,como

el niño que en la noche de una fiesta

se pierde entre el gentío

y el aire polvoriento y las candelas

chispenates,atónito,y sombra

su corazón de música y de pena,

así voy yo,borracho melancólico,

guitarrista lunático,poeta,

y pobre hombre en sueños,

siempre buscando a Dios entre la niebla.