El porte de cada individuo, y su modo de habitar la calle.

La primera parte de la exposición de Eamonn Doyle se llama i. Me pregunto si Eamann se pronunciará Éiman o Íman. Me pregunto por qué el nombre i. El comisario dice sobre ella “Las figuras solitarias y silenciosas de i realizan tareas cotidianas desconocidas a lo largo de O’Connell street de Dublín. Aisladas casi por completo en medio del paisaje geométrico de las calles, parecen ajenas al mundo que las rodea.” El comisario no menciona que son fotografías de ancianos, de viejos, de personas mayores. Tampoco habla sobre los planos picados, muchas veces diagonales, tan abrumadoramente cerca de las solitarias figuras: los viejos. Son solitarias porque son viejos, son silenciosas porque son viejos. No solo están solos y silenciosos los viejos. Pero especialmente.

Ayer en la tele, en ese programa, hablaban de un nuevo grupo social pujante, los viejennials. Se referían a los septuagenarios que no son mayores y tienen una gran calidad de vida, y viajan, y realizan actividades intelectualmente estimulantes, y tienen una vitalidad desbordante. Pero solo hablaron de los viejennials después de hablar del éxito que habían tenido unas focas en residencias de ancianos para enfermos de alzheimer en los primeros estadios de la enfermedad. Las focas eran unos robots, de peluche por fuera y con “tamagochi” por dentro. Es decir, los viejos que empezaban a perder la cabeza se tenían que hacer responsables de su foca, y tenían que acordarse de alimentarla, acariciarla, arroparla por las noches… y tener una foca robot de la que ocuparse les hacía ralentizar su deterioro. Y en el programa aparecían dos viejecillas acariciando y besando a su foca, con esos besos sonoros, lentos y técnicos que dan los abuelos, y diciéndoles qué bonita es mi niña, y los gerontólogos aparecían muy orgullosos de los progresos y de la calidad de vida que las focas estaban procurando a las abuelas. Creo que en ese momento dije que si en algún momento llego a esa situación y queda aún alguien que me quiera, ojalá tenga la bondad de echarme veneno en la sopa. Creo que en ese momento dijiste ya sabía yo que ibas a llevarte la conversación a ese lugar. A ti no te gusta pensar en la muerte. A mí no me gusta aceptar que tendré que resignarme a cualquier forma de vida. Y sin ir más lejos, esta mañana, nada más despertarme, mientras preparabas el desayuno pensando que yo apuraba los últimos minutos de sueño, me he dedicado a hacer búsquedas de venenos en google.

De i el comisario también dice “Las fotografías se fijan en detalles de la tela y la textura, en el porte de cada individuo y en su modo de habitar la calle.” Los “detalles de la tela” desvelan pobreza, desamparo y fragilidad en esos “individuos”. Y su “modo de habitar la calle” habla de lo mismo. Las chepas, la espera en un banco, las manos con artrosis que sujetan una bolsa, el bastón, la chaqueta rota, el mirar al suelo. El comisario es aséptico y eufemístico y sus palabras se estrellan contra las fotografías de formato inmenso. Esas fotografías me hacen pensar que quizás no sea fácil que cuando yo sea vieja quede alguien que me quiera. No siempre pasa. O al menos no alguien que, aun queriéndote, pertenezca a tu día a día. O a un día a día lo bastante frecuente. La vida puede ser maravillosa, pero también muy cabrona. Lo bastante frecuente como para poder decir, en susurros, estoy bien jodida, y que te abracen y te dejen decirlo. A nadie le gusta escuchar penas. Normalmente la réplica es la negación. No, en realidad no estás mal. Tú no lo sabes pero estás bien. Solo le puedes contar penas a gente que te quiere, pero no a toda. A poca. Como a ti, que ayer te dije que querré veneno en la sopa en el momento en que el sentido de la vida sea acariciar un peluche.

El mismo pánico que le tengo yo a la longevidad se lo tienes tú a la muerte prematura. Entre los dos supongo que formaríamos un tandem equilibrado de miedos mortales. Y también tiene sentido, porque la muerte prematura es devastadora para quien no muere. En el momento de llegar a k solo me doy cuenta de que la historia que tiene detrás es poderosa pero no del cierre del círculo. k llega para Eamonn al morir su madre. El hermano de Eamonn había muerto con treinta y tres años de forma repentina y su madre nunca se había repuesto. Los hijos no deben morir antes que los padres. Ese es un miedo que yo no tengo porque no tengo recursos para poder afrontarlo. El recurso de la madre de Eamonn fue escribirle cartas a su hijo muerto. Al morir la madre, Eamann crea k, una serie de fotografías en las que una figura espectral cubierta por un manto es azotada por el viento, la luz, el agua. Dice el comisario “Entretejidos en esta meditación sobre el dolor y las fuerzas que nos atan están los fantasmas de los irlandeses atlantes”. Hoy es el cumpleaños de mi abuela. Se lo digo a mi madre que sé que lo sabe y sé que se acuerda, pero más como una forma de decirle que yo también me acuerdo. Habría cumplido 93 años, me contesta. Eso sin embargo no lo sé. Ni siquiera sé si murió hace tres años, cuatro o cuántos. Entre mis miedos también está el que mi madre se haga mayor. Mi padre también, pero si pienso en ello aparece primero mi madre, me debe preocupar más. Y tampoco debo tener demasiados recursos para lidiar con esa pena, porque me siento más cómoda afrontando mi propia degradación, hasta divertida en cuanto llega el pensamiento del veneno en la sopa.

Salimos de la exposición. Sigue haciendo un día espléndido. En la calle una señora está sentada en un poyete y le cuelgan las piernas. Habla por teléfono. Parece una niña. Me dan ganas de darle un abrazo. Brilla el sol. Hoy puedo brincar y brinco. Puedo bailar y bailo. Puedo reír y río. Todo está en pie. Y tú. Soy feliz.

No vuelvas a atormentarme así (que mira qué cosas se me ocurren)

La mujer daba vueltas en la cama. Quería dormirse pero no podía. Se había jurado dormir pero no podía. Estaba casi segura de que iba a perder los nervios. Entonces empezarían los picores, tendría que levantarse y podía dar la noche definitivamente por perdida.

Estaba casi convencida de que había hecho bien dando permiso al hijo. No te preocupes, Jesús no va a beber. Casi.

De todas formas en algún momento tenía que haber una primera vez para correr el riesgo de volver a casa de madrugada en un coche. Se preguntaba si hacía falta haber empezado a correrlo esa misma noche.

Es que quiero ir a un concierto de Mägo de Oz. No me jodas, pensó la mujer. ¿Mägo de Oz?Pensó. ¿Pero es que esa gente no lo va a dejar nunca? Pensó. Pero había dicho sí, y ya no tenía remedio. Empezó a picarle la cadera. Se rascó y miró la hora en el teléfono. Las doce y media y un mensaje. “Han terminado los teloneros. Sigo vivo.” Le picó el hombro. Se rascó. Pensó que necesitaba dormirse para dejar de ser consciente de la espera y del riesgo. Le picó la pantorrilla derecha. Pensó que necesitaba que amaneciera, y saber si el hijo estaba vivo o muerto.

Al final, de eso se trataba, de ser capaz de manejar la incertidumbre. O de respetar los motivos que para cada quién tiene el poner la vida en riesgo. La mujer lo estaba intentando, pero no terminaba de conseguirlo. ¡¡¡Mägo de Oz!!!!. Es que no me jodas.

Mientras la mujer se rascaba el cuello decidió enfrentarse palabra por palabra a eso que le estaba recorriendo informe el pensamiento, y palabra por palabra pronunció para sí misma:

“Lo peor que puede ocurrir es que mi hijo muera esta noche en un accidente de tráfico por haber ido a un concierto de Mägo de Oz.”

Una vez hubo pronunciado esas palabras, una detrás de otra, vocalizando bien despacio, el siguiente paso era evaluar sus alternativas para continuar viviendo si se daba el peor desenlace de los que planteaba la noche. La mujer, como asistiendo a una revelación, pensó que si su hijo había muerto por poder ver a Mägo de Oz, quizás Mägo de Oz sí debía ser un grupo merecedor de culto. Y que, una vez muerto el hijo, ella solo podría dar sentido a su existencia ofreciéndola a ese culto.

Definitivamente la idea comenzó a cobrar sentido, y decidió que si esa noche sonaba el teléfono y algún amable policía le comunicaba con consternación el fallecimiento de su hijo, a ella no le quedaría más remedio que entregarse a la mitomanía y consagrar lo que le quedara de vida al culto a Mägo de Oz. Pensó que tendría que renovar su vestuario, comprarse ropa gótica, comenzar a darle al cuero sintético, a las botas con metales y cadenas, a las levitas, al negro riguroso. Decidió también que optaría por algún tinte verde o azul para el cabello. Por último se puso a buscar en su memoria algún rastro de canción que no hubiese conseguido olvidar, y se encontró de pronto canturreando “Ponte en pie alza el puño y ven a la fiesta pagana”, y “En Satania estás, es el fin del camino”.

Todas estas decisiones le fueron otorgando a la mujer la paz que necesitaba para poder conciliar el sueño. Aunque antes de dormirse aún pensó alguna que otra vez “más te vale volver a salvo dentro de un rato. Mägo de Oz…. Es que no me jodas.”

 

Modelos de negocio

Prefiero cualquier cosa que dependa de mí a cualquiera de las que vienen dadas, de las que en nada influye que yo me comporte de una forma o de otra, que yo actúe de una forma o de otra. Si se trata de algo que está en mi mano lo prefiero, porque va a ser mejor. Puede parecer presuntuoso, incluso serlo. Pero tiene todo mi sentido. Yo sé mejor que los demás, mejor que el azar, mejor que el tiempo, mejor que nada, lo que me gusta, lo que me parece bonito, lo que me hace feliz, lo que me parece justo, lo que deseo. Así que, salvo por algunas contradicciones que me hacen humana, procuro actuar  en consonancia.

Lo que viene de fuera no sabe nada. No tiene ni idea. A veces puede llegar a coincidir, a veces ser inocuo, y otras entrar en profundo conflicto. Y yo no puedo hacer nada. Sé que en cualquier momento pueden ocurrir cosas, ni cuándo ni cuáles. Puedo hacer el ejercicio de imaginar algunas, y lo hago involuntariamente, pero las posibilidades son infinitas.

Lo que no puedo controlar me da miedo. Me da miedo lo que puedo perder, especialmente de forma irreversible.

Vivir con miedo no es vivir. Me enfado bastante cuando salen mis pequeñas demencias, de las que soy consciente, y me llevan a estados de pánico paralizantes. Algunas veces le doy a la hipocondría. El miedo a estar enfermo me suele escoger a mí como sujeto, por suerte. El miedo conoce mis límites.

Cuando llega el miedo al principio me hago pequeña, me encojo y tiemblo. Pero cuando pasan los días me niego a aceptarlo. Vivir con miedo no es vivir. Es pseudovivir. Así que decido enfocar mi demencia como un ejercicio de doma de miedos.

Ponte en el peor de los casos, me digo. Ponte en el caso de que estés enferma. Habría dos escenarios: Uno: se puede intentar curar, de modo que aún quedaría un margen. No es tan malo, no? Pues deja de temer. Dos: no se puede curar. Aquí hay un ejemplo claro de “cosa que viene de fuera sobre la que no puedo hacer nada”.  No puedo y hay que aceptar. Aceptar la muerte. Aceptar la enfermedad. Aceptar el sufrimiento estéril propio y ajeno. Aceptar tener que pasar por ello. Aceptar el miedo. Aceptar que no puedo hacer nada.

Ese es el momento cumbre en mi ejercicio de doma de miedos. El peor. En el que se me abalanzan un montón de cosas que debería aceptar y no acepto Aceptar se me da mal. Además de ser presuntuosa y demente tengo los niveles de resignación por los suelos. Incluso respecto a aquello que no puedo cambiar. Y por fin entonces, después de ese ejercicio de haberme puesto en el peor de los casos, me doy cuenta. Sí hay algo que sí está en mi mano. Elegir el cómo y elegir el cuándo.

No hay nada sencillo, ni siquiera morir, como si no bastara tener que despedirse para además saltar por una ventana, precipitarse y estallar, con la posibilidad de herir a algún viandante. O las venas cortadas, muy socorrido y poco doloroso, cuentan, pero es sucio y desagradable para quien entra después al baño, y…  Y me doy cuenta de que ese pensamiento de control de la propia muerte me resulta liberador, pero poco. Las opciones actuales son insuficientes. Y se me ocurre que claramente hace falta un servicio profesional. Y entonces me imagino la escena en la cabeza. Buenas tardes señorita, qué desea? Deseo morir. Pues está usted en el lugar indicado para ello, ponemos a su disposición la más alta tecnología. Pero antes díganos si está segura; una vez efectuado el servicio no aceptamos cambios ni devoluciones.

Y como me lo voy inventando puedo seguir, y el comercial continuaría: En el entorno elegido, que puede ser su propio domicilio o bien en nuestras instalaciones, y en el día y la hora acordados, le suministramos nuestra fórmula por vía intravenosa. La droga, en unos diez minutos, le sumirá de forma completamente indolora en un estado de semi inconsciencia. Habremos alcanzado en ese momento el estadio uno. En esta fase usted perderá la noción de la realidad presente, pero sí podrá soñar o recordar, y percibirá sensaciones. Esa es una de las características que la hacen especial. La neurotecnología de nuestra firma se pone a su servicio con su principal valor añadido, el que nos distingue: mientras aún está consciente, pocos segundos después de haber inoculado la droga, tendremos acceso a su banco de recuerdos, y seleccionaremos aquellos que mayor felicidad le hayan proporcionado a lo largo de su vida. Programaremos una secuencia de sensaciones, recuerdos y emociones que irán sucediéndose durante esta etapa. Así permanecerá alrededor de media hora. Después, progresivamente, en un fade out muy suave, los niveles de consciencia irán disminuyendo, hasta que llegue el silencio… ¿Y después? Después nada, el silencio es la muerte cerebral completa. 

Una vez que he creado esta opción me siento liberada. Me siento capaz de afrontar todos los escenarios que me ofrece mi hipótesis para la doma de miedos, y ya sabría qué hacer en el peor de todos. Pero hay algo que aún no tengo resuelto del todo. Tengo claro que entre cualquier otra opción, si puedo elegir la vida elijo la vida, amo la vida, que ante una falta de esperanza de vida, entre una pseudovida y la muerte elegiría lo segundo, tengo claro que la contrataría digna, y que elegiría el servicio en local y no en domicilio. Pero lo que no me gustaría es dejar en las manos de los profesionales la selección de recuerdos, creo que la mía sería la mejor, por mucho que avance la neurotecnología. No querría que faltase escuchar sus risas, ni nuestra trascendencia. Para el fade out me abrazas tú.

La banda sonora aún no la tengo clara. Hay tiempo.

Por tres veces sí

Aún no ha pasado un día en que no trate de olvidar aquel encuentro perturbador, o que no se cruce en mi cabeza en algún momento del día, y hace ya tiempo. Diez años y dos meses -no pienso jugar ahora a hacerme el impreciso-.  A veces, incluso, trato de convencerme de que aquello no fue real, que no se trató más que de un mal sueño, de esos que se recuerdan con tanta nitidez al despertar que pareciera real. Pero lamentablemente tengo el documento que atestigua su veracidad.

Todo comenzó para mi con una llamada de teléfono. Un hombre decía tener algo importante que comunicarme, y me citaba en el banco de un parque. Quizá fue mi espíritu aventurero, o mi gusto por la novela detectivesca lo que me hiciera acudir a la extraña cita. Todas las posibles causas que imaginaba eran terribles. Un detective mostrándome fotos muy evidentes de una infidelidad de mi mujer, blanqueo de dinero en la compañía donde trabajo, un amigo de mi hijo advirtiéndome del consumo de sustancias ilegales por parte del mismo…. y aún así, aún siendo de semejante calibre las posibilidades que mi imaginario barajaba, aún así, acudí. No termina uno de creer que la realidad supera la ficción hasta que no lo comprueba per sé.

Llegué a la cita puntual y no obstante el segundo. Las hojas amarilleaban en los árboles, y llevaba algún ejemplar en la suela de los zapatos. Aún había algo de luz natural, pero en el ambiente comenzaba a notarse el ralentí, y cuando exhalaba aire se veían las bocanadas blancas salir de mi boca. Miré hacia el banco donde ya estaba sentado un hombre, posiblemente el autor de la llamada. Tenía unos cincuenta años, su cabeza raleaba, llevaba una trenca de paño, como las de escolar, pero de una talla cincuenta y dos -si mi buen olfato para las medidas no me falla-, y unos pantalones de pana. Pensé que estaba a tiempo de darme media vuelta y olvidar todo aquello, pero me acerqué al banco como imantado y me senté sin mirarle a la cara, casual, intentando evitar el ridículo si el hombre no fuera mi hombre. Pero lo fue, y sin mirarme también comenzó a hablar.

Tengo sus resultados. Me dijo. Y me extendió un sobre. Qué resultados. Los de su colaboración voluntaria en el estudio de genómica. Abrí el sobre pero no entendí nada. El nombre de lo que debían ser genes, con unos números, y positivos y negativos, y una serie de correlaciones estadísticas inaccesibles para quien no hubiera realizado intensos estudios en biología molecular, y yo regento una copistería en un edificio universitario. Recordé entonces el cartel en la cocina del mismo, aquel en el que se solicitaban voluntarios para un estudio genético. Todo fuera por la ciencia. Tan sólo hube de invertir cinco minutos de mi vida en una sala blanca junto a un laboratorio, tiempo más que suficiente para depositar mi saliva en una placa de muestras, y bromear con la mujer vestida de blanco que se encargaba de registrar los datos y ordenar y procesar la recogida. Los datos los recogía a través de un cuestionario en el que se solicitaban los datos de identidad,  y la firma de un consentimiento. En ese momento recordé también que hube solicitado conocer los resultados del estudio.

– ¿Le importa traducir esto?

Esa fue la tercera y última oportunidad para echarme atrás, pero no obstante, decidí continuar adelante.

-Esto significa que si la muerte no lo remedia antes, usted va a padecer una enfermedad degenerativa incurable, que, de forma lenta y dolorosa, primero acabará con la conciencia de sí mismo, y poco a poco, con la conciencia de sus constantes vitales.

-¿Eso significa que voy a morir?

-Sí.

(Como se imaginan, aquí hubo una pausa de varios segundos, que a mí se me hicieron muy largos, pero imprescindibles, para tomar el aire necesario para asimilar lo escuchado, y para arriesgarme con una pregunta más, a otra respuesta aterradora. Está claro que el ser humano no escarmienta….)

-¿Y usted sabe cuándo?

-No, tan sólo lo que va usted a padecer. Pero puede ser en cualquier momento. -dentro de un año, de cinco, de veinte…

-Comprenderá usted que no es lo mismo para mí, dentro de un año la muerte me resultaría impertinente. Dentro de veinte algo menos.

-Ayer le di los resultados a un hombre veinte años mayor que usted, y es curioso, pues me hizo el mismo comentario. Me llamó la atención que usara también el adjetivo impertinente con esa acepción, tan caída en desuso.

-De modo que voy a morir, y no sabemos cuándo.

-Efectivamente.

-Y todo eso lo dice en esa hoja.

-Efectivamente.

-¿Le puedo hacer una pregunta?

-Adelante.

-¿Por qué me ha citado aquí?

-Porque estoy cansado de escenas. Entiéndame, yo soy científico que estudia las series genéticas, y la implicación que tener en la carga que nos ha tocado en suerte un gen u otro tiene en la salud de las personas, pero no soy dios, y no sé qué hacer ante según qué ruegos, llantos o plegarias. He comprobado de forma empírica que los lugares públicos de entorno natural bello serenan.

Tomé el sobre. Me fui a casa cabizbajo, con el consuelo al menos de que mi mujer no me era infiel, y mi hijo no era un drogadicto ni un delincuente juvenil. Y al verlos casi lloro de alegría. Por poder hacerlo. Por tener la posibilidad de abrazarlos y tocarlos, y cenar con ellos, y escuchar a mi mujer abroncarme por no escucharla -esa noche andaba yo con la cabeza en otro sitio, he de reconocer- y a mi hijo comer la sopa a velocidad de vértigo para irse corriendo que había quedado. Y parecían tan contentos y tan felices y tan ajenos.

Y desde entonces no hay un solo día en que no piense en el sobre que tengo al fondo de mi cajón, en el armario, consciente de que existe una espada de Damocles sobre mi cabeza, y que cualquier día, y en cualquier momento, comenzará la degeneración. Incluso ahora, esta escena, podría ser un recuerdo o un delirio. Si no fuera por el sobre con su verdad terrible y a la vez asombrosa, el sobre que no me permite olvidar que cada día, éste inclusive, es un regalo.

“¿Tú por ventura sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo?  ¿Quién te ha dicho que lo que ya fue volverá cuando lo hayas menester si le llamares? Dime ¿has visto algunas pisadas de los días? No por cierto, que ellos solo vuelven la cabeza a reírse y burlarse de los que así los dejaron pasar(…)
Cuerdo es solo el que vive cada día como
quien cada día y cada hora puede morir.”
 
El mundo por de dentro. Quevedo.

Nota : Al leer este pasaje dentro de este texto de Quevedo, que por algún motivo escogí a ciegas y por voluntad propia para hacer un trabajo, no pude evitar acordarme de que lo que escribí el primer día que escribí, como declaración de intenciones, se tituló “El último día de mi vida”, un 5 de junio de 2007. A veces hay un montón de circunstancias que se alinean para hacer recordar ciertas cosas importantes que no conviene olvidar. Como un sobre al fondo del cajón.

(Texto de ficción perteneciente al Dinosaurio; tema propuesto: Riesgo)

Rutinas para la inmortalidad

A pesar de que en general el adjetivo esté lleno de connotaciones negativas, los hombres somos rutinarios. Por una lado nuestra propia fisiología nos lo impone: tenemos que comer cada ciertas horas para estar sanos, y beber, y dormir, -y demás necesidades que no creo que haga falta seguir enumerando-, y construimos nuestros días en torno a ellas.

El sonido del despertador a las 7, siempre el mismo. La misma luz ahí fuera cada mañana, o más o menos, según la estación y el clima. Los mismos muebles alrededor, la misma ducha, el mismo armario, la misma ropa dentro. La misma cafetera, el mismo café. El mismo medio de transporte, la misma ruta, la misma mesa de trabajo, los mismos compañeros, las mismas caras, el mismo ambiente, el mismo trabajo o parecido, la misma hora de vuelta a casa, la misma casa. Una cena que, ya casera, ya precocinada, resulta familiar, el mismo rato de sillón, el mismo programa de los lunes en la tele, o de los martes, o de los miércoles, según toque. Y después de cinco días de rutina romper con un fin de semana de rutina, y cerrar el ciclo de una semana, semanas que unidas en series de cuatro cierran el ciclo de un mes, meses que unidos en series de doce cierran el ciclo de un año, años que unidos en series variables, de unos ochenta de media, cierran el ciclo de una vida.

Pero aparte de que tengamos unas necesidades fisiológicas que nos impongan rutinas existe otro componente de índole psicológica que nos ata a ellas. Quien quiera comenzar desde el principio, y con el principio me refiero al nacimiento, que tome entre sus manos cualquier libro de puericultura. De una forma más o menos clara en todos ellos insisten hasta la saciedad en lo imperativo que es para un bebé adquirir rutinas. Y, paradójicamente, aunque las necesidades fisiológicas de un bebé sean mucho más urgentes e inaplazables que las de un adulto, el motivo que dan los manuales no es ese. Los niños necesitan rutinas porque les dan seguridad. Ellos van construyendo poco a poco sus esquemas mentales, el funcionamiento de su pequeño mundo, en torno a unos hitos diarios que se repiten, normalmente con las mismas personas. Y duermen tranquilos porque saben que el día siguiente va a ser igual, van a estar con esas mismas personas, y eso significa que todo está bien. Su mundo es estable, se sienten seguros. Aquellos acontecimientos que cambian sus vidas, como ir al cole por primera vez, comienzan siendo traumáticos. Desaparecen sus personas de referencia y su entorno de referencia, y de pronto ya no saben qué va a pasar con ellos, hasta cuándo van a estar allí, qué va a ser de sus vidas, y tienen miedo, y lloran. Hasta que las nuevas rutinas les hacen conocido el nuevo entorno, y sus profes se convierten en referentes, y además, también a base de la repetición, saben que invariablemente, día tras día, cuando la profe les hace quitarse el baby y salen al patio, estará allí su padre, madre o cuidadora, y volverán a casa. ¿Por qué? Porque a fuerza de repetir saben que eso es lo que pasa siempre, y es lo que pasará hoy también, y lo que pasará mañana.

Y me pregunto si no será lógico pensar que ya que hemos aprendido seguridad en torno a las rutinas,  nosotros adultos no las necesitaremos también, si no nos aferramos a ellas  en aras de ese sentimiento de seguridad que proporcionan. Pero ¿por qué? Si somos adultos, ¿no? ¿de qué podríamos tener miedo? A veces me pregunto de qué no lo tenemos. Pero puestos a escoger un miedo de los grandes,  uno al que no se nos enseña a vencer, un miedo legitimado, uno que es tabú desde que se comienza a ser consciente de él, es a la muerte. Y quizá una de sus implicaciones, aunque parezca una perogrullada, es que el hecho de que vayamos a morir -porque vamos a morir- hace que la vida sea provisional. Y cuando la vida es provisional, todo en ella lo es. Todo para nosotros tiene un principio y un final desde el mismo momento en el que nuestra propia vida lo tiene. Y eso es algo que no podemos soportar, que no abordamos, que tratamos de evitar, que convertimos en tabú y no entiendo muy bien por qué.

Pongo un ejemplo: he apuntado a mi hijo pequeño a un campus de fútbol que dura una semana. El primer día le daba miedo quedarse (incido en un pequeño repaso: entorno nuevo, referentes nuevos, miedo a lo desconocido…. de eso ya he hablado). Sin embargo una vez allí lo pasa muy bien. Y hoy, tercer día, estaba verdaderamente entusiasmado. Entonces no he tenido ningún problema en decirle “disfrútalo todo lo posible, que sólo te quedan dos días más”. Pues sí, es algo que al principio le daba miedo, pero que ahora le encanta, y que no obstante se termina, y no tengo ningún pudor en recordárselo, y le cuento que eso que tanto le gusta se acaba sin andarme con paternalismos (o maternalismos), ni condescendencias, ni tacto, ni pienso en tener que usar unas  palabras adecuadas para el mensaje. Tiene principio y final, y ya está. Se acepta, se asume con naturalidad, no pasa nada, no hay dramas. Sin embargo, la visión trágica de la muerte que tenemos desde siempre, nos impide realizar con semejante tranquilidad afirmaciones de ese tipo cuando las preguntas de un niño de cinco años, (o las del adulto de cincuenta)  giran en torno a la muerte. Cuando pregunta, mamá, ¿me voy a morir? (o podríamos cambiarlo por un doctor, ¿voy a morir?) la respuesta suele ser “sí, pero cuando seas muy mayor”  o… “pero falta muchísimo, vamos, una eternidad” o ” sí, pero no pasa nada, porque después vas al cielo” o directamente  ” tú no tienes que pensar en esas cosas”. Y con ese tipo de respuestas, contrariamente a lo que se desea, se le hace ver al niño la terrible fatalidad que es eso de la muerte. Y así, poco a poco, todo lo que es provisional nos aterra, nos aterran los finales, nos aterran los cambios, nos aterra el futuro y nos aterra lo desconocido.  Pero no pasa nada, porque contra todo ese miedo hemos establecido un gran mecanismo de defensa que son las rutinas. De hecho, quién sabe si todas esas necesidades fisiológicas que tanto ayudan a establecerlas no estarán en realidad al servicio de la paz mental a que contribuyen. De hecho, si no muriéramos no necesitaríamos dormir, ni comer, ni mear, como no lo necesitan las  piedras o los superhéroes, y si lo hacemos no es para mantener en orden nuestro organismo -eso es secundario- sino para poder establecer un sistema de rutinas que nos proporcione estabilidad y seguridad, y que a fuerza de repetir un mismo esquema un día tras otro, tras otro, nos genere una sensación de no acabar, de ser inmortales.

Y es que la cosa funciona así, si cada día me despierto a la misma hora, con el mismo despertador, en la misma cama, con la misma persona al lado, o con el mismo hueco,  y voy al mismo trabajo, realizando el mismo trayecto, y mantengo así el esquema un día y otro y otro, al igual que el sol, que cada día nace por el este y se pone por le oeste, entonces  aparece la ilusión de que siempre será así. Las rutinas nos hacen extrapolar lo que ocurre históricamente en el pasado a lo que ocurrirá en el futuro. E, ilusoriamente-nótese que insisto en el término “ilusión”-, se borran las incertidumbres y las provisionalidades, hasta la de nuestra propia existencia. Siempre es siempre.

Pero esa seguridad que nos permite vivir mucho más tranquilos por difuminar la conciencia de provisionalidad, nos hacer perder el valor que toda rutina pueda llegar a tener precisamente debido a esa provisionalidad. Y es una pérdida tremenda, porque a cambio de esa seguridad terminamos dándolo todo por hecho. Damos por hecho que el despertador va a sonar a las 7, damos por hecho que cada día vamos a tener trabajo, damos por hecho que el sol va a salir cada mañana, damos por hecho que nuestro barrio será siempre el mismo, damos por hecho que vamos a poder salir a pasear todos los días, damos por hecho que nuestra pareja nos va a amar siempre, damos por hecho que aquellos a quienes amamos van a estar siempre, damos por hecho nuestra salud,  damos, en definitiva,  la vida por hecho.

Pero es que, además, -y ya sé que me estoy pasando siete pueblos pero es importante-, me parece que también existe una tercera causa para aferrarse a las rutinas y perder esa conciencia de provisionalidad y de duración limitada que en realidad somos. Y es que al perder esa conciencia diluimos también nuestra responsabilidad. Es decir, no sólo tenemos miedo a la muerte, sino que también le tenemos miedo a la vida, ¿por qué? Porque se acaba, porque comparándola con el tiempo cósmico es terriblemente corta, y porque sólo hay una, sólo hay una oportunidad para aprovecharla. Eso genera una cierta presión, no, qué coño, eso genera una presión tremenda. Algo así como dios, sólo voy a vivir una vez, y no durante mucho tiempo, tiene que ser maravilloso, tengo que saber hacerlo bien, tengo que tomar un montón de decisiones cada día, ¿y si me equivoco? ¿y si no hago lo correcto? ¿y si no aprovecho mi tiempo? ¿y si no consigo ser feliz? ¿y si me equivoco y no puedo rectificar? Porque si ocurre todo eso ¿qué sentido habrá tenido mi vida? Ninguno, oh, si no aprovecho mi tiempo, si no tomo las decisiones correctas, si no consigo ser feliz, ni hacer feliz, si no acierto a la primera, y si no acierto a la segunda ni a la tercera, mi vida no habrá tenido ningún sentido. Eso también es un gran miedo. Cuántos miedos.

¿Y qué papel juegan entonces nuestras amigas las rutinas? Es sencillo: al repetir los mismos esquemas un día tras otro, tras otro…., y crearnos así la ilusión de que son esquemas que se repetirán siempre, nos damos la oportunidad de postergar decisiones. ¿Por qué? Porque qué importancia tiene decidir hoy, o lo que haga hoy, o mi insatisfacción de hoy, o mi infelicidad de hoy, o mi error de hoy, si total tengo toda una eternidad para poder arreglarlo. Ya tomaré una decisión mañana, o pasado, ya seré feliz, ya habrá tiempo… y así podemos ir aplazando decisiones, o dejar que nuestro entorno vaya tomándolas por nosotros, y jugamos a quitarle valor al presente para disminuir nuestra responsabilidad sobre el mismo (estaremos de acuerdo en que cuanto más valioso es algo, más responsables nos sentimos de tener que hacerlo bien, y también viceversa, que es a lo que jugamos), y quitándole todo el valor evadimos la presión, pero dejamos también de apreciar, de asombrarnos de lo maravilloso que es sentir calor, y frío, o provocar una sonrisa, o sonreír, o incluso llorar, o andar, correr, escuchar, ver, amar… tanto nos concentramos en creernos inmortales con todo lo que eso conlleva,  que se nos olvida que la vida es un regalo, cada uno de sus momentos, que es increíblemente valiosa precisamente porque tiene un principio, pero sobre todo, porque tiene un final.