Crónica del aislamiento. Día 8.

No hay un baile de números. Ayer no escribí mi crónica diaria. No sé si enfocarlo como un indicio de decadencia, como saltarse un día una ducha, o comenzar a descuidar el aspecto físico. O interpretarlo como un ejercicio de libertad conmigo misma. Yo me pongo mis normas y yo me las salto si es que eso es lo que quiero. No seré yo quien me ponga a mí misma un yugo.

Lo cierto es que a última hora de la tarde, que es cuando suelo ponerme a escribir, recibí un email de la tutora de mi hijo. Que algunos profesores dicen que tiene tareas pendientes de entrega y se ha pasado de la fecha límite. Pues claro, es que no es tan sencillo para un adolescente de 14 años, que es un cabeza de chorlito por definición, entrar a diario en 12 cursos virtuales, uno por materia, y estar al tanto de lo que piden en cada una, de los plazos de presentación de cada una, de las formas, y sobre todo, de planificarse. Ni tampoco para su madre. Hay algunos de sus profesores que sí secuencian tareas para cada día. Otros que les dicen: estudia este temas, haz los ejercicios y dentro de una semana me los mandas por email escaneados. Y, si después de pasarse los diez días esperando a que les lleguen los trabajos les falta alguno, entonces escriben a la tutora para que la tutora le llame la atención a la madre, pero cuidándose muy bien de no decir en ningún momento qué es lo que falta y para quién. Así que la madre, o sea, yo, debe buscar entre los miles de cursos que hay en el aula virtual del instituto, los doce que se corresponden con las materias de mi hijo, ponerme a rastrear y contrastar con él qué ha hecho, qué no, de qué se ha enterado y de qué no. Dos horas me ha llevado esa tarea, y me falta por mirar Educación Física, Tecnología y Deporte. Que también les mandan tareas, claro.

Miguel todos los días hace ejercicios durante 2 horas y media, de forma autónoma, pero a su manera. Él está pendiente de hacer lo mínimo imprescindible, de no complicarse demasiado, de ponerse a jugar on-line, de escuchar música, de ver vídeos graciosos, de ser lo más obsceno que puede, de reír y hacer reír. Y en estos tiempos, su alegría y despreocupación apuntalan el humor de la casa. Sin embargo yo me he propuesto que cumpla las exigencias del claustro, le he organizado el plan de la mañana, y para ponerse al día va a tener que hacer ejercicios todo el fin de semana. Y eso que nos falta Educación Física y Tecnología.

El caso es que, cuando leí ese email me llené de furia y decidí no obedecer a la prudencia que me aconsejaba contestar a la pobre tutora a la mañana siguiente. Y dediqué mi tiempo y mis energías en compartir con esa mujer mi experiencia con el planteamiento de la educación a distancia. Esto va a durar mucho y alguien debería decirles que no lo están poniendo fácil. Podría parecer que esto pudo haber supuesto un desahogo, pero dar rienda suelta a mi enfado no me suele hacer sentir mejor sino lo contrario. Por la noche me tomé un benjamín y un gin tonic, y vimos un episodio de First Dates y otro de Pesadilla en la Cocina. Durante los anuncios volvíamos al coronavirus. Es insoportable. Es como un ruido constante que trato de no escuchar poniendo más ruido. Tampoco salté ni estiré.

Hoy tampoco he salido a la calle. Manu ha hecho compra por internet y solo ha ido a la panadería. Cuando ha vuelto, se ha quitado la ropa y lo ha echado todo a lavar, y hemos desinfectado los guantes. Me dice que todo está en su sitio pero que todo es diferente. Dice que la calle es amenazadora y se pregunta si, cuando acabe todo, podremos salir otra vez sin miedo.

Ahora he vuelto a mirar el correo. No he recibido respuesta.

Alicante (I)

Cristian sin h nos ofrece zumo de naranja, café, cruasán y tostada. El desayuno está incluido en el precio de la habitación, y empiezo el día en este punto porque antes del café no hay prácticamente nada. Cristian sin h es el regente del hostal. La contraseña del wifi es cristian-audrey, de modo que imagino que su pareja debe llamarse así, o que él la llama así, o bien no hay ninguna pareja y él es un mitómano nostálgico, pero prefiero pensar que existe una audrey de carne y hueso que lo está esperando con cara de niña y mirada pícara fumando un cigarro largo y fino en alguna de las habitaciones.

Pablo dice que solo quiere cruasán, yo solo quiero tostada. Cristian le pregunta que si ha estirado y está preparado para su convención de capoeira. Y que si la capoeira es deporte o danza. Cristian sin h pregunta mucho y habla mucho. Pablo contesta con monosílabos. Parece incómodo con el interrogatorio. En general no le gusta hablar de él, así que contesto yo. No es capoeira, es batucada, y es música. Percusión.

Cristian pregunta que cuántos son en el grupo, en qué hotel se alojan, y si no habríamos preferido alojarnos con ellos.

Terminamos de desayunar y tengo que llamar al teletaxi porque el que había pedido el día anterior no llega. Cinco minutos después aparece nuestro coche. El taxista nos cuenta que su hijo vive en Inglaterra. Que se fue allí a aprender inglés y se enamoró, y que ahora tiene una mujer y un hijo ingleses. Y también que es veterinario y gana un buen dinero, y que no cree que vuelva a España. Nos cuenta que tiene otro hijo que ha estudiado alta cocina, y que ha estado con los mejores. Cita varios nombres pero a mí solo me suena Martín Berasategui. Cuenta que ahora está en Madrid haciendo una sustitución en un instituto porque, su hijo que ha estudiado alta cocina, lo que quiere es ser funcionario. Nos cuenta que su tercer hijo es el más listo de todos y el menos afortunado, porque había decidido llevar un taxi, como él, pero era diabético, que al principio no fue un problema, pero después también fue epiléptico, y entonces tuvo que dejar de conducir. El último de los cuatro trabaja en Valencia pero hemos llegado a destino y no da tiempo a que nos cuente de qué.

Nos pregunta entre medias que qué tal está el hostal, que es muy nuevo, y que ahora había mucha gente que prefería los hostales pequeños de trato personal en lugar de los hoteles, que son muy fríos. Pablo dice que él prefiere los hostales, y que el tipo que lo lleva es muy atento. Yo pensaba que a él le había resultado incómodo y que habría preferido la impersonalidad de un hotel.

Al llegar encontramos a los compañeros de Pablo descargando los instrumentos del camión. Pregunto a qué hora tocan por la tarde, le doy dinero, y le digo que me voy y que si me necesita que me llame. Me pregunta cómo me voy a ir de allí. En tranvía.

Me voy con la sensación de que quizás habría preferido que me quedara. Sin embargo, cuando me quedo con él tengo la sensación de que le estorbo. A veces no sé qué quiere, porque no dice las cosas claras, y tengo que  interpretar. No sé si siempre acierto en mis interpretaciones. En realidad, casi nadie dice las cosas claras. Es difícil. Porque, entre otras cosas, no es fácil tener las cosas claras. A lo mejor por un lado preferiría que me quedara con él, porque le da seguridad . Y por otro prefiere que me vaya para no tener que estar pendiente de mí, y poder comportarse más libremente con sus compañeros. Así que es posible que cuando me despido, veo su lado que habría preferido que me quedara. Y que ahora que ya no estoy sus compañeros estén viendo su lado contento porque me he ido.

Mientras espero el tranvía decido volver al hotel para dejar peso y coger el plano de la ciudad, y después salir a descubrirla. Pero a pesar de haber decidido eso, cuando el tranvía para en una estación llamada Mercado, me levanto movida por un impulso, y abandono el tren. Al salir veo el mercado a la derecha, pero en lugar de ir a verlo me pongo a caminar por una calle que me llama la atención, sin saber en qué parte de la ciudad estoy, ni hacia dónde me dirijo, y juego a guiarme con el método de seguir los caminos que me llaman la atención.

En el trayecto veo la catedral de San Nicolás, casas de belleza decadente e incluso a veces ruinosa, bares de copas cerrados, el ayuntamiento, una iglesia al final de unas escaleras que suben, y subo, y hay un coro cantando en la puerta, y al final un museo de arte contemporáneo. Entro. La entrada es gratuita, pero me obligan a dejar la mochila en consigna. No trato siquiera de explicar que no voy a meter dentro de ella ningún lienzo ni escultura, ni ninguna otra instalación, y que si lo hiciera, llamaría enormemente la atención y no les resultaría difícil detenerme e impedírmelo. La dejo sin más. También me prohíben tajantemente sacar fotografías. Como me parece absurdo tener que dejar la mochila y no poder hacer fotos sin flash, y consciente de estar comportándome de una forma pueril, me dedico a la fotografía furtiva.

El museo es pequeño, pero tienen un chillida, un tápies, un par de mirós, un juan gris… me parece que tiene un cierto interés. Pequeño pero escogido. Sin embargo, a lo que más tiempo le dedico es a un mural lleno de dibujos de niños, cuyo tema es “El miedo es” y cada niño, en un folio, ha dibujado o escrito su propio concepto. Y voy leyendo uno a uno. Miedo es la soledad, miedo es soñar con zombies, miedo es las arañas y los elefantes, miedo es la muerte, miedo es estar solo, miedo es el fin del mundo, miedo es yo no le tengo miedo a nada, miedo es la intensidad del atleti. Saco una foto y se la mando a Miguel.

 

 

 

Reconectar.

Un lunes, hace poco, tuve una pesadilla. Me dio la impresión mientras soñaba de que no era la primera vez que tenía ese sueño, pero eso no significa en absoluto que fuera un sueño recurrente, tan solo que a mí me pareció recurrente. Era un terror zombie. No me enfrentaba directamente a ninguno, porque supongo que soy demasiado miedosa como para luchar con un ser monstruoso, incluso en sueños, pero de alguna forma sabía que habían estado allí y sabía que iban a volver. Estaba en una casa grande. Dentro gente histérica, saliendo y entrando, escondiéndose, preparándose. Había alguien a quien yo conocía que me decía que volvería, lo que significa que se fue, y yo me quedé allí, buscando y escondiéndome. Creo que buscaba a los niños. En un momento dado se hace completo silencio. De pronto deja de haber nadie. Ni un solo movimiento. Nadie. Entonces ya apenas me puedo mover del pánico. Avanzo lenta, sabiendo que en cualquier momento me voy a encontrar con un ser, y me va a tocar enfrentarme, y no puedo. Entro en unos baños, que parecen baños de escuela o de vestuario, y abro una de las puertas. Dentro hay unos niños, vestidos con ropa interior blanca, descalzos, tirados en el suelo sucio, jugando con sus pies nerviosos, tratando de ser silenciosos a su manera, y yo tengo tanto miedo que ya no soy capaz de seguir buscando, y me rindo, y me quedo allí, con esos niños que no son los que buscaba, absolutamente cobarde, sabiendo que allí no estoy a salvo, pero incapaz de alejarme del consuelo de esas piernecitas temblorosas, sucias, calientes, vivas. Sólo el despertador me saca.

Hace tantos días que no me asomo, ahí dentro, donde estoy, que me da miedo mirar.

 

Pequeña y única introspección

Sólo una vez me adentré en el océano, sola. Y dentro del agua, cuando se apagaba de pronto el estruendo de las olas, y sólo veía agua verde, lo suficientemente turbia como para no distinguir qué podría haber un metro más allá de mí pero lo suficientemente transparente como para que dejara entrar la luz, o la oscuridad según la traspasara el sol o lo cubriera una gran ola, allí, sumergida en el mar agitado, inquietante en esa falsa calma submarina, sentí la necesidad de continuar, de adentrarme aún más allá, de seguir buceando cada vez más lejos de la orilla, hasta dejar de hacer pie, hasta que nada me retuviera o me impidiera seguir mar adentro, y continuar mirando bajo el agua, y no distinguir más que agua, hasta el punto de ser yo misma agua, inmensa agua, tan silenciosa y calma ahí debajo como salvaje en superficie.  Y a pesar de la inquietud y del miedo, y de todos modos, necesité ser ahí.  Sólo entonces, sin suelo en el que sujetar los pies, sin ver más que agua en la superficie, sin ver más que agua en el agua, siendo yo misma agua, sólo entonces, habiéndome entregado al océano, me di la vuelta. Y vi la orilla a lo lejos, y a ti, diminuto, agitando los brazos haciéndome señales. Recuperé entonces mi forma, mis brazos, mis piernas, y con ellas comencé a bucear en sentido contrario, y las corrientes de las que había formado parte segundos antes corrieron a mi favor y me dejé arrastrar por las olas que se sucedían con fuerza. En un par de ellas ya hacía pie, y en pocas más estaba, otra vez, caminando en firme.

La rebelión y el cianuro

Me ha costado un rato coger aire y ponerme a hablar de la angustia que me ha endurecido el estómago y ha empequeñecido de pronto algún conducto interno, de esos por donde va el aire, o la sangre, porque no ha habido en toda la obra una sola concesión. Ya desde el principio Pedro tan sufriente, a un metro escaso, Pedro tan íntegro, tan digno, tan dispuesto a aceptar la tortura pero no a dejarse vencer, tan fuerte en sus convicciones,¡habla! ¡¡¡no capitán!!!!

A un lado del escenario el personaje que nadie querría interpretar, una de las piezas clave de cualquier régimen dictatorial, el capitán, el interrogador, el torturador, el inquisidor en busca de información que le ayude al régimen a eliminar a aquellas piezas disonantes, disconformes, rebeldes. Y eso que Benedetti es sumamente generoso y lo suficientemente inteligente también como para dotarle de un alma y de una conciencia, como para crear un hombre. No es el arquetipo de un monstruo, es un ser humano, con sus cobardías, sus problemas de conciencia, su mediocridad, su miedo, su egoísmo, sus miserias, sus vilezas. Cualquiera puede reconocer el miedo, la cobardía, el egoísmo, las miserias, la vileza, porque todos aquellos que hemos nacido seres humanos lo hemos sido en mayor o menor grado en algún momento de nuestras vidas.

Al otro lado el héroe, Pedro, aquel con quien el espectador empatiza, el hombre valiente, el hombre que no escoge el camino sencillo, aquel que no cae en la tentación de apartar el martirio a cambio de traicionar a sus camaradas.

Cuando éramos niños siempre nos pedíamos ser algún personaje de las series o de las pelis que nos gustaban, y lo decíamos en voz alta, y jugábamos a reinterpretar la historia siendo nosotros mismos Han Solo, Luke Sky Walker, Leia, Obi Wan, C3Po incluso…. pero claro, y quién hacía de Darth Vader? Nadie quería. Todos queríamos ser los buenos, los valientes. Queríamos ser buenos. Y para poder ser los buenos se le obligaba al más pequeño del grupo a hacer de malo…¿En qué nos convertía eso?

Pero vamos a volver a la obra y a lo difícil que es presenciarla, cuánto más con tan soberbia interpretación. Es difícil. Hay quien sólo acude a ver comedias y monólogos. Y está bien la risa, pero es sólo una faceta. Que da igual, que respeto todos los gustos, pero que a mí en concreto no me parece mal ir a ver drama o tragedia, conectar, y participar del sufrimiento en escena. En general lo que pido, al margen de que me ría o llore, es sentir cosas. No hay nada peor que no sentir nada. Y esta noche he sentido un montón. Casi no podía ni respirar.

Pero sabes, si soy sincera del todo, lo que peor me ha hecho sentir, peor que presenciar la agonía de Pedro, y la agonía también del capitán, es ese admirar al héroe, ese deseo de ser como él en esa circunstancia, y al mismo tiempo tener la certeza incómoda de que yo no habría podido, es ese saberme insuficientemente valiente como para terminar asida a cualquier excusa que legitimara mi traición. Es que amenazaron a mi mujer, amenazaron a mis hijos, amenazaron al mundo entero, hasta llegar al “no tuve elección…” no tuve elección… Siempre se tiene. El argumento anterior, el débil, el fácil, el cobarde y muy comprensible, se acerca más al torturador. Un torturador no nace torturador, pero posiblemente su argumento sea “no tengo elección”.

Supongo que sí, que el secreto del valor, en situaciones extremas, es aceptar la muerte, y eso implica vencer la esperanza de poder vivir, esa que te hace asirte a cualquier posibilidad, por muy repugnante que sea. Y entonces me entra a mí la esperanza, y pienso que quién sabe, quizás en una situación extrema podría llegar a tener oportunidades. Pero sigo reflexionando y creo que, incluso habiendo aceptado la propia muerte, sigue estando el desagradable asunto del dolor físico, que también da miedo. Puede que uno acepte la muerte, pero también habría que aceptar el dolor, un dolor extenuante. Y vuelvo a pensar que no. Que me habrían vencido. Que habría tenido que pasarme la vida tratando de justificar mi traición, mi cobardía con ese “lo hice por mis hijos”, “no tuve elección”. Y además, tienes razón, cualquiera lo habría entendido, porque lo extraordinario de la historia es la integridad y el coraje de Pedro, y si es extraordinario es porque está alejado de lo común. Los comunes de los mortales somos miedicas, optamos por el camino fácil. Como el torturador.

Y sí, tienes razón, que en abstracto no se puede saber, que hay que verse en una situación así, tan extrema, y sí, puede que las situaciones extremas hagan que las conductas se extremen, y por eso los valientes son extremadamente valientes, y gente normal, como Pedro, se haga extremadamente íntegra, y gente normal, como el capitán, se haga extremadamente cruel, y que todo se polarice -hecho en el que se amparan muchos autores para justificar sus tratamientos maniqueos-, y que por eso haya también tanto material narrativo, porque de las situaciones extremas nacen conductas excepcionales, de esas que se salen de lo habitual y merecen ser contadas.

Sabes, en el fondo está bien no estar en la necesidad de conocer con certeza el cómo seríamos, es una suerte no atravesar una situación extrema como esa. Pero la verdad es que sabiendo lo que ahora sé, te voy a proponer una cosa, algo que me permitiría pedirme pedro a pesar del miedo, y es que, el día en que se instaure un régimen dictatorial, y nosotros nos hagamos miembros activos de la resistencia rebelde, no se nos puede olvidar salir de casa sin la cápsula de cianuro, que el tema de padecer calvarios lo llevo mal. Pero el de la cobardía también.

Qué, trato hecho?