Alicante (I)

Cristian sin h nos ofrece zumo de naranja, café, cruasán y tostada. El desayuno está incluido en el precio de la habitación, y empiezo el día en este punto porque antes del café no hay prácticamente nada. Cristian sin h es el regente del hostal. La contraseña del wifi es cristian-audrey, de modo que imagino que su pareja debe llamarse así, o que él la llama así, o bien no hay ninguna pareja y él es un mitómano nostálgico, pero prefiero pensar que existe una audrey de carne y hueso que lo está esperando con cara de niña y mirada pícara fumando un cigarro largo y fino en alguna de las habitaciones.

Pablo dice que solo quiere cruasán, yo solo quiero tostada. Cristian le pregunta que si ha estirado y está preparado para su convención de capoeira. Y que si la capoeira es deporte o danza. Cristian sin h pregunta mucho y habla mucho. Pablo contesta con monosílabos. Parece incómodo con el interrogatorio. En general no le gusta hablar de él, así que contesto yo. No es capoeira, es batucada, y es música. Percusión.

Cristian pregunta que cuántos son en el grupo, en qué hotel se alojan, y si no habríamos preferido alojarnos con ellos.

Terminamos de desayunar y tengo que llamar al teletaxi porque el que había pedido el día anterior no llega. Cinco minutos después aparece nuestro coche. El taxista nos cuenta que su hijo vive en Inglaterra. Que se fue allí a aprender inglés y se enamoró, y que ahora tiene una mujer y un hijo ingleses. Y también que es veterinario y gana un buen dinero, y que no cree que vuelva a España. Nos cuenta que tiene otro hijo que ha estudiado alta cocina, y que ha estado con los mejores. Cita varios nombres pero a mí solo me suena Martín Berasategui. Cuenta que ahora está en Madrid haciendo una sustitución en un instituto porque, su hijo que ha estudiado alta cocina, lo que quiere es ser funcionario. Nos cuenta que su tercer hijo es el más listo de todos y el menos afortunado, porque había decidido llevar un taxi, como él, pero era diabético, que al principio no fue un problema, pero después también fue epiléptico, y entonces tuvo que dejar de conducir. El último de los cuatro trabaja en Valencia pero hemos llegado a destino y no da tiempo a que nos cuente de qué.

Nos pregunta entre medias que qué tal está el hostal, que es muy nuevo, y que ahora había mucha gente que prefería los hostales pequeños de trato personal en lugar de los hoteles, que son muy fríos. Pablo dice que él prefiere los hostales, y que el tipo que lo lleva es muy atento. Yo pensaba que a él le había resultado incómodo y que habría preferido la impersonalidad de un hotel.

Al llegar encontramos a los compañeros de Pablo descargando los instrumentos del camión. Pregunto a qué hora tocan por la tarde, le doy dinero, y le digo que me voy y que si me necesita que me llame. Me pregunta cómo me voy a ir de allí. En tranvía.

Me voy con la sensación de que quizás habría preferido que me quedara. Sin embargo, cuando me quedo con él tengo la sensación de que le estorbo. A veces no sé qué quiere, porque no dice las cosas claras, y tengo que  interpretar. No sé si siempre acierto en mis interpretaciones. En realidad, casi nadie dice las cosas claras. Es difícil. Porque, entre otras cosas, no es fácil tener las cosas claras. A lo mejor por un lado preferiría que me quedara con él, porque le da seguridad . Y por otro prefiere que me vaya para no tener que estar pendiente de mí, y poder comportarse más libremente con sus compañeros. Así que es posible que cuando me despido, veo su lado que habría preferido que me quedara. Y que ahora que ya no estoy sus compañeros estén viendo su lado contento porque me he ido.

Mientras espero el tranvía decido volver al hotel para dejar peso y coger el plano de la ciudad, y después salir a descubrirla. Pero a pesar de haber decidido eso, cuando el tranvía para en una estación llamada Mercado, me levanto movida por un impulso, y abandono el tren. Al salir veo el mercado a la derecha, pero en lugar de ir a verlo me pongo a caminar por una calle que me llama la atención, sin saber en qué parte de la ciudad estoy, ni hacia dónde me dirijo, y juego a guiarme con el método de seguir los caminos que me llaman la atención.

En el trayecto veo la catedral de San Nicolás, casas de belleza decadente e incluso a veces ruinosa, bares de copas cerrados, el ayuntamiento, una iglesia al final de unas escaleras que suben, y subo, y hay un coro cantando en la puerta, y al final un museo de arte contemporáneo. Entro. La entrada es gratuita, pero me obligan a dejar la mochila en consigna. No trato siquiera de explicar que no voy a meter dentro de ella ningún lienzo ni escultura, ni ninguna otra instalación, y que si lo hiciera, llamaría enormemente la atención y no les resultaría difícil detenerme e impedírmelo. La dejo sin más. También me prohíben tajantemente sacar fotografías. Como me parece absurdo tener que dejar la mochila y no poder hacer fotos sin flash, y consciente de estar comportándome de una forma pueril, me dedico a la fotografía furtiva.

El museo es pequeño, pero tienen un chillida, un tápies, un par de mirós, un juan gris… me parece que tiene un cierto interés. Pequeño pero escogido. Sin embargo, a lo que más tiempo le dedico es a un mural lleno de dibujos de niños, cuyo tema es “El miedo es” y cada niño, en un folio, ha dibujado o escrito su propio concepto. Y voy leyendo uno a uno. Miedo es la soledad, miedo es soñar con zombies, miedo es las arañas y los elefantes, miedo es la muerte, miedo es estar solo, miedo es el fin del mundo, miedo es yo no le tengo miedo a nada, miedo es la intensidad del atleti. Saco una foto y se la mando a Miguel.

 

 

 

Reconectar.

Un lunes, hace poco, tuve una pesadilla. Me dio la impresión mientras soñaba de que no era la primera vez que tenía ese sueño, pero eso no significa en absoluto que fuera un sueño recurrente, tan solo que a mí me pareció recurrente. Era un terror zombie. No me enfrentaba directamente a ninguno, porque supongo que soy demasiado miedosa como para luchar con un ser monstruoso, incluso en sueños, pero de alguna forma sabía que habían estado allí y sabía que iban a volver. Estaba en una casa grande. Dentro gente histérica, saliendo y entrando, escondiéndose, preparándose. Había alguien a quien yo conocía que me decía que volvería, lo que significa que se fue, y yo me quedé allí, buscando y escondiéndome. Creo que buscaba a los niños. En un momento dado se hace completo silencio. De pronto deja de haber nadie. Ni un solo movimiento. Nadie. Entonces ya apenas me puedo mover del pánico. Avanzo lenta, sabiendo que en cualquier momento me voy a encontrar con un ser, y me va a tocar enfrentarme, y no puedo. Entro en unos baños, que parecen baños de escuela o de vestuario, y abro una de las puertas. Dentro hay unos niños, vestidos con ropa interior blanca, descalzos, tirados en el suelo sucio, jugando con sus pies nerviosos, tratando de ser silenciosos a su manera, y yo tengo tanto miedo que ya no soy capaz de seguir buscando, y me rindo, y me quedo allí, con esos niños que no son los que buscaba, absolutamente cobarde, sabiendo que allí no estoy a salvo, pero incapaz de alejarme del consuelo de esas piernecitas temblorosas, sucias, calientes, vivas. Sólo el despertador me saca.

Hace tantos días que no me asomo, ahí dentro, donde estoy, que me da miedo mirar.

 

Pequeña y única introspección

Sólo una vez me adentré en el océano, sola. Y dentro del agua, cuando se apagaba de pronto el estruendo de las olas, y sólo veía agua verde, lo suficientemente turbia como para no distinguir qué podría haber un metro más allá de mí pero lo suficientemente transparente como para que dejara entrar la luz, o la oscuridad según la traspasara el sol o lo cubriera una gran ola, allí, sumergida en el mar agitado, inquietante en esa falsa calma submarina, sentí la necesidad de continuar, de adentrarme aún más allá, de seguir buceando cada vez más lejos de la orilla, hasta dejar de hacer pie, hasta que nada me retuviera o me impidiera seguir mar adentro, y continuar mirando bajo el agua, y no distinguir más que agua, hasta el punto de ser yo misma agua, inmensa agua, tan silenciosa y calma ahí debajo como salvaje en superficie.  Y a pesar de la inquietud y del miedo, y de todos modos, necesité ser ahí.  Sólo entonces, sin suelo en el que sujetar los pies, sin ver más que agua en la superficie, sin ver más que agua en el agua, siendo yo misma agua, sólo entonces, habiéndome entregado al océano, me di la vuelta. Y vi la orilla a lo lejos, y a ti, diminuto, agitando los brazos haciéndome señales. Recuperé entonces mi forma, mis brazos, mis piernas, y con ellas comencé a bucear en sentido contrario, y las corrientes de las que había formado parte segundos antes corrieron a mi favor y me dejé arrastrar por las olas que se sucedían con fuerza. En un par de ellas ya hacía pie, y en pocas más estaba, otra vez, caminando en firme.

La rebelión y el cianuro

Me ha costado un rato coger aire y ponerme a hablar de la angustia que me ha endurecido el estómago y ha empequeñecido de pronto algún conducto interno, de esos por donde va el aire, o la sangre, porque no ha habido en toda la obra una sola concesión. Ya desde el principio Pedro tan sufriente, a un metro escaso, Pedro tan íntegro, tan digno, tan dispuesto a aceptar la tortura pero no a dejarse vencer, tan fuerte en sus convicciones,¡habla! ¡¡¡no capitán!!!!

A un lado del escenario el personaje que nadie querría interpretar, una de las piezas clave de cualquier régimen dictatorial, el capitán, el interrogador, el torturador, el inquisidor en busca de información que le ayude al régimen a eliminar a aquellas piezas disonantes, disconformes, rebeldes. Y eso que Benedetti es sumamente generoso y lo suficientemente inteligente también como para dotarle de un alma y de una conciencia, como para crear un hombre. No es el arquetipo de un monstruo, es un ser humano, con sus cobardías, sus problemas de conciencia, su mediocridad, su miedo, su egoísmo, sus miserias, sus vilezas. Cualquiera puede reconocer el miedo, la cobardía, el egoísmo, las miserias, la vileza, porque todos aquellos que hemos nacido seres humanos lo hemos sido en mayor o menor grado en algún momento de nuestras vidas.

Al otro lado el héroe, Pedro, aquel con quien el espectador empatiza, el hombre valiente, el hombre que no escoge el camino sencillo, aquel que no cae en la tentación de apartar el martirio a cambio de traicionar a sus camaradas.

Cuando éramos niños siempre nos pedíamos ser algún personaje de las series o de las pelis que nos gustaban, y lo decíamos en voz alta, y jugábamos a reinterpretar la historia siendo nosotros mismos Han Solo, Luke Sky Walker, Leia, Obi Wan, C3Po incluso…. pero claro, y quién hacía de Darth Vader? Nadie quería. Todos queríamos ser los buenos, los valientes. Queríamos ser buenos. Y para poder ser los buenos se le obligaba al más pequeño del grupo a hacer de malo…¿En qué nos convertía eso?

Pero vamos a volver a la obra y a lo difícil que es presenciarla, cuánto más con tan soberbia interpretación. Es difícil. Hay quien sólo acude a ver comedias y monólogos. Y está bien la risa, pero es sólo una faceta. Que da igual, que respeto todos los gustos, pero que a mí en concreto no me parece mal ir a ver drama o tragedia, conectar, y participar del sufrimiento en escena. En general lo que pido, al margen de que me ría o llore, es sentir cosas. No hay nada peor que no sentir nada. Y esta noche he sentido un montón. Casi no podía ni respirar.

Pero sabes, si soy sincera del todo, lo que peor me ha hecho sentir, peor que presenciar la agonía de Pedro, y la agonía también del capitán, es ese admirar al héroe, ese deseo de ser como él en esa circunstancia, y al mismo tiempo tener la certeza incómoda de que yo no habría podido, es ese saberme insuficientemente valiente como para terminar asida a cualquier excusa que legitimara mi traición. Es que amenazaron a mi mujer, amenazaron a mis hijos, amenazaron al mundo entero, hasta llegar al “no tuve elección…” no tuve elección… Siempre se tiene. El argumento anterior, el débil, el fácil, el cobarde y muy comprensible, se acerca más al torturador. Un torturador no nace torturador, pero posiblemente su argumento sea “no tengo elección”.

Supongo que sí, que el secreto del valor, en situaciones extremas, es aceptar la muerte, y eso implica vencer la esperanza de poder vivir, esa que te hace asirte a cualquier posibilidad, por muy repugnante que sea. Y entonces me entra a mí la esperanza, y pienso que quién sabe, quizás en una situación extrema podría llegar a tener oportunidades. Pero sigo reflexionando y creo que, incluso habiendo aceptado la propia muerte, sigue estando el desagradable asunto del dolor físico, que también da miedo. Puede que uno acepte la muerte, pero también habría que aceptar el dolor, un dolor extenuante. Y vuelvo a pensar que no. Que me habrían vencido. Que habría tenido que pasarme la vida tratando de justificar mi traición, mi cobardía con ese “lo hice por mis hijos”, “no tuve elección”. Y además, tienes razón, cualquiera lo habría entendido, porque lo extraordinario de la historia es la integridad y el coraje de Pedro, y si es extraordinario es porque está alejado de lo común. Los comunes de los mortales somos miedicas, optamos por el camino fácil. Como el torturador.

Y sí, tienes razón, que en abstracto no se puede saber, que hay que verse en una situación así, tan extrema, y sí, puede que las situaciones extremas hagan que las conductas se extremen, y por eso los valientes son extremadamente valientes, y gente normal, como Pedro, se haga extremadamente íntegra, y gente normal, como el capitán, se haga extremadamente cruel, y que todo se polarice -hecho en el que se amparan muchos autores para justificar sus tratamientos maniqueos-, y que por eso haya también tanto material narrativo, porque de las situaciones extremas nacen conductas excepcionales, de esas que se salen de lo habitual y merecen ser contadas.

Sabes, en el fondo está bien no estar en la necesidad de conocer con certeza el cómo seríamos, es una suerte no atravesar una situación extrema como esa. Pero la verdad es que sabiendo lo que ahora sé, te voy a proponer una cosa, algo que me permitiría pedirme pedro a pesar del miedo, y es que, el día en que se instaure un régimen dictatorial, y nosotros nos hagamos miembros activos de la resistencia rebelde, no se nos puede olvidar salir de casa sin la cápsula de cianuro, que el tema de padecer calvarios lo llevo mal. Pero el de la cobardía también.

Qué, trato hecho?

Modelos de negocio

Prefiero cualquier cosa que dependa de mí a cualquiera de las que vienen dadas, de las que en nada influye que yo me comporte de una forma o de otra, que yo actúe de una forma o de otra. Si se trata de algo que está en mi mano lo prefiero, porque va a ser mejor. Puede parecer presuntuoso, incluso serlo. Pero tiene todo mi sentido. Yo sé mejor que los demás, mejor que el azar, mejor que el tiempo, mejor que nada, lo que me gusta, lo que me parece bonito, lo que me hace feliz, lo que me parece justo, lo que deseo. Así que, salvo por algunas contradicciones que me hacen humana, procuro actuar  en consonancia.

Lo que viene de fuera no sabe nada. No tiene ni idea. A veces puede llegar a coincidir, a veces ser inocuo, y otras entrar en profundo conflicto. Y yo no puedo hacer nada. Sé que en cualquier momento pueden ocurrir cosas, ni cuándo ni cuáles. Puedo hacer el ejercicio de imaginar algunas, y lo hago involuntariamente, pero las posibilidades son infinitas.

Lo que no puedo controlar me da miedo. Me da miedo lo que puedo perder, especialmente de forma irreversible.

Vivir con miedo no es vivir. Me enfado bastante cuando salen mis pequeñas demencias, de las que soy consciente, y me llevan a estados de pánico paralizantes. Algunas veces le doy a la hipocondría. El miedo a estar enfermo me suele escoger a mí como sujeto, por suerte. El miedo conoce mis límites.

Cuando llega el miedo al principio me hago pequeña, me encojo y tiemblo. Pero cuando pasan los días me niego a aceptarlo. Vivir con miedo no es vivir. Es pseudovivir. Así que decido enfocar mi demencia como un ejercicio de doma de miedos.

Ponte en el peor de los casos, me digo. Ponte en el caso de que estés enferma. Habría dos escenarios: Uno: se puede intentar curar, de modo que aún quedaría un margen. No es tan malo, no? Pues deja de temer. Dos: no se puede curar. Aquí hay un ejemplo claro de “cosa que viene de fuera sobre la que no puedo hacer nada”.  No puedo y hay que aceptar. Aceptar la muerte. Aceptar la enfermedad. Aceptar el sufrimiento estéril propio y ajeno. Aceptar tener que pasar por ello. Aceptar el miedo. Aceptar que no puedo hacer nada.

Ese es el momento cumbre en mi ejercicio de doma de miedos. El peor. En el que se me abalanzan un montón de cosas que debería aceptar y no acepto Aceptar se me da mal. Además de ser presuntuosa y demente tengo los niveles de resignación por los suelos. Incluso respecto a aquello que no puedo cambiar. Y por fin entonces, después de ese ejercicio de haberme puesto en el peor de los casos, me doy cuenta. Sí hay algo que sí está en mi mano. Elegir el cómo y elegir el cuándo.

No hay nada sencillo, ni siquiera morir, como si no bastara tener que despedirse para además saltar por una ventana, precipitarse y estallar, con la posibilidad de herir a algún viandante. O las venas cortadas, muy socorrido y poco doloroso, cuentan, pero es sucio y desagradable para quien entra después al baño, y…  Y me doy cuenta de que ese pensamiento de control de la propia muerte me resulta liberador, pero poco. Las opciones actuales son insuficientes. Y se me ocurre que claramente hace falta un servicio profesional. Y entonces me imagino la escena en la cabeza. Buenas tardes señorita, qué desea? Deseo morir. Pues está usted en el lugar indicado para ello, ponemos a su disposición la más alta tecnología. Pero antes díganos si está segura; una vez efectuado el servicio no aceptamos cambios ni devoluciones.

Y como me lo voy inventando puedo seguir, y el comercial continuaría: En el entorno elegido, que puede ser su propio domicilio o bien en nuestras instalaciones, y en el día y la hora acordados, le suministramos nuestra fórmula por vía intravenosa. La droga, en unos diez minutos, le sumirá de forma completamente indolora en un estado de semi inconsciencia. Habremos alcanzado en ese momento el estadio uno. En esta fase usted perderá la noción de la realidad presente, pero sí podrá soñar o recordar, y percibirá sensaciones. Esa es una de las características que la hacen especial. La neurotecnología de nuestra firma se pone a su servicio con su principal valor añadido, el que nos distingue: mientras aún está consciente, pocos segundos después de haber inoculado la droga, tendremos acceso a su banco de recuerdos, y seleccionaremos aquellos que mayor felicidad le hayan proporcionado a lo largo de su vida. Programaremos una secuencia de sensaciones, recuerdos y emociones que irán sucediéndose durante esta etapa. Así permanecerá alrededor de media hora. Después, progresivamente, en un fade out muy suave, los niveles de consciencia irán disminuyendo, hasta que llegue el silencio… ¿Y después? Después nada, el silencio es la muerte cerebral completa. 

Una vez que he creado esta opción me siento liberada. Me siento capaz de afrontar todos los escenarios que me ofrece mi hipótesis para la doma de miedos, y ya sabría qué hacer en el peor de todos. Pero hay algo que aún no tengo resuelto del todo. Tengo claro que entre cualquier otra opción, si puedo elegir la vida elijo la vida, amo la vida, que ante una falta de esperanza de vida, entre una pseudovida y la muerte elegiría lo segundo, tengo claro que la contrataría digna, y que elegiría el servicio en local y no en domicilio. Pero lo que no me gustaría es dejar en las manos de los profesionales la selección de recuerdos, creo que la mía sería la mejor, por mucho que avance la neurotecnología. No querría que faltase escuchar sus risas, ni nuestra trascendencia. Para el fade out me abrazas tú.

La banda sonora aún no la tengo clara. Hay tiempo.

Permitirse el lujo de elegir

La conversación comenzó a raíz de una noticia en el telediario de un festival de cine al que había asistido Alec Baldwin. Al verlo lo tildaste de mal actor, de haber participado en películas terribles. Me pregunté por qué una persona que se considera buena acepta proyectos mediocres que tiran por tierra su prestigio profesional.

-Bueno, incluso los mejores, incluso los valientes, los que después producen cine indie, firman de vez en cuando un taquillazo para hacer caja.

-Ya, pero a costa de qué. Podrían ser más selectivos.

-A lo mejor no siempre pueden, no se trata de algo frívolo. Es o una mierda o nada. Noveles, o actores pasados los cuarenta, no tienen más remedio que actuar en bodriazos porque es lo único que les ofrecen.

Me estaba empezando a irritar, ¿por qué me estaba irritando? No sé, pero me estaba irritando. Como si se tratara de algo personal:

-Pero diciendo sí a según qué cosas se están faltando al respeto a sí mismos. Cómo esperan que después se les siga considerando grandes cuando se humillan aceptando según qué papeles. Y estoy segura de que se pueden permitir el lujo de elegir.

El endurecimiento de mi postura, mi juicio, mi inclemencia, te hicieron saltar.

– ¡Y nosotros qué sabemos! ¡Qué sabemos nosotros de ellos, y de lo que pueden o no elegir!

Eso dijiste. Vehemente. Di por zanjado el tema porque estaba de muy mal humor, y ese mal humor me ponía de peor humor aún. Por qué tenía que terminar irritada por Alec Baldwin. Y qué me importa a mí ese tipo. Por qué me tengo que enfadar por los papeles que interpreta o deja de interpretar.  Se acabó la historia. O no. Porque al día siguiente, según iba a trabajar, le seguí dando vueltas. Y sí, claro que se puede elegir. Lo sabía. Y lo sabía porque yo misma acababa de aceptar un papel no terrible pero sí mediocre. Y había podido elegir. Entre eso y nada. Y eso es una elección. Podría haber elegido nada. Que puede que cuando la elección es entre dos opciones desagradables o difíciles la sensación de libertad se diluya, pero lo cierto es que se puede elegir. Es eso o un despido improcedente, es lo que había escuchado unos días antes en un despacho. Está bien, eso. Había contestado yo. Aunque eso fuera mediocre, aunque viniera de quien desprecio. Y había podido elegir. El blanco y el negro. Los absolutos. Lo digno y lo indigno. Pero es que en la vida no todo es blanco o negro, hay una extensa gama de grises. Eso lo he escuchado un millón de veces. Los grises. El miedo, la precariedad, la debilidad, las flaquezas, el miedo, los grises.

Y sí, claro, claro que se pueden comprender. Se pueden comprender porque todos estamos llenos de grises, porque todos tenemos miedos, porque ahí fuera planea el holocausto, porque hay tanta gente sufriendo, porque tenemos responsabilidades, porque no podemos ser inconscientes, por la sensatez, porque la dignidad se va haciendo diminuta, porque el miedo.

Se puede mostrar piedad, clemencia y comprensión frente al gris. Pero el blanco existe y el negro existe, los absolutos existen – lo sabes, cómo no lo vas a saber cuando eres uno de ellos-. Y ya sé por qué estaba tan irritada y de tan mal humor, por qué esos juicios tan duros contra ese dichoso actor, por qué ese desprecio. Porque yo era Alec Baldwin. Y sí, se puede elegir.

El miedo a la libertad. I

El hombre moderno

“Piensa, siente y quiere lo que él cree que los demás suponen que debe pensar, sentir y querer. y en este proceso pierde su propio yo, que debería constituir el fundamento de toda seguridad genuina del individuo libre.

(…)

Al adaptarnos a las expectativas de los demás, al tratar de no ser diferentes, logramos acallar aquellas dudas acerca de nuestra identidad y ganamos así cierto grado de seguridad. Sin embargo, el precio de todo ello es alto. La consecuencia de este abandono de la espontaneidad y de la individualidad es la frustración de la vida. El autómata, si bien está vivo biológicamente, no lo está ni mental ni emocionalmente. Su vida se le escurre entre las manos como la arena.

(…)

¿Cuál es el significado de la libertad para el hombre moderno?

Se ha liberado de los vínculos exteriores que le hubieran impedido obrar y pensar de acuerdo con lo que había considerado adecuado. Ahora sería libre de actuar según su propia voluntad, si supiera lo que quiere, piensa y siente. Pero no lo sabe. Y adopta un yo que no le pertenece. Cuanto más procede de este modo, tanto más se siente forzado a conformar su conducta a la expectativa ajena.

El hombre moderno está abrumado por un profundo sentimiento de impotencia que le hace mirar fijamente y como paralizado las catástrofes que se avecinan.”

El miedo a la libertad.

Erich Fromm