Notas acerca del dios de la lluvia

por patricia

Al dios de la lluvia le enternecen las montañas. ¿Desde cuándo? Desde siempre, o desde que existen, dando razón de ser a su propia existencia. Parece razonable pensar que al dios de la lluvia le inspiren ternura las montañas. Son las primeras en recibir su elixir, y las que con su forma piramidal, esbelta y majestuosa catalizan la vida que éste genera, dando curso y velocidad a los ríos que forma, para que puedan correr, para que les llegue la inercia hasta muy lejos, incluso hasta el mar.

El dios de la lluvia siente ternura por las montañas, y además las entiende. Las montañas son sencillas. Y los valles. Y los árboles, y las hierbas silvestres, y los arbustos, y las flores, y los animalillos. Cuando reciben su agua se avivan sus colores, verdean, florecen, rezuman aromas, sonidos, y crecen, y se devoran los unos a los otros siguiendo la cadena alimenticia que les haya tocado en suerte, y se aparean con fruición, y se reproducen, y cuando unos mueren  otros nacen, y todo eso es posible gracias a él. Cuando les niega el agua los colores palidecen, sólo se escucha el silencio, la muerte no deja nada tras de sí, sólo el desierto, la nada.

El dios de la lluvia siente ternura por los humanos, pero a pesar de ser dios no alcanza a comprenderlos. Mira que lleva siglos y siglos intentando interpretar sus extraños comportamientos, sus ritos, sus ceremonias, y no obstante no lo consigue. Casi nunca. Y eso, para un dios, es frustrante, aunque, como dios, no deja de intentarlo.

Al menos le queda el consuelo de esos días, esos pocos al año, en los que por fin los hombres han hecho algo que él es capaz de interpretar, en parte al menos. No ocurre en días fijos, cada año eligen unos diferentes, cosa que no ha terminado de desentrañar pero no pierde la fe en poder hacerlo -la condición de deidad lleva implícita una elevada dosis de autoconfianza- pero suelen estar próximos al comienzo de la primavera. Sí, estos humanos han escogido una de sus épocas preferidas. Y no sólo eso, salen en masa de sus casas y toman las calles con atuendos que han confeccionado durante el año con esmero. Túnicas, de colores oscuros casi siempre, que en lo más alto adquieren continuidad con un capirote que corona sus cabezas, haciendo que todo el conjunto adquiera una forma piramidal, esbelta, imponente. Efectivamente, estaréis pensando como el dios: esos seres, al comienzo de la primavera, dedican unos días a salir a la calle disfrazados de montañas, porque de alguna forma saben que el dios de la lluvia las adora. ¿Y qué les puede llevar a hacer tal cosa? Pues el valorar los dones del dios, y al dios, demostrarle con ello su respeto, su devoción y su agrado, pero sobre todo, suplicar que les siga suministrando su maravilloso elixir.

El dios de la lluvia no alcanza tampoco a comprender el por qué de esas cruces, o la simbología de los colores, pero  por el hecho de ser dios espera  hacerlo algún día, al tiempo que por el momento, y en un alarde de humildad, piensa que el hecho de ser dios no tiene por qué implicar comprenderlo necesariamente todo. Lo poco que comprende le basta para sentir ternura por esos seres humanos. Y los mira, vestidos así, de montaña, como niños en carnaval, con esos capirotes, y ellos dirigen sus ojos hacia arriba, donde está él, y el dios de la lluvia los ve así, mirándolo con esos ojos suplicantes, devotos, enfervorizados, y sabe que lo han ablandado un año más. Y qué va a hacer, si no sabe negarse, qué va a hacer sino recibir su ofrenda, qué va a hacer sino llover…..

http://antesdequesevaya.wordpress.com/2012/04/10/el-dios-de-la-lluvia/

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