No vuelvas a atormentarme así (que mira qué cosas se me ocurren)

La mujer daba vueltas en la cama. Quería dormirse pero no podía. Se había jurado dormir pero no podía. Estaba casi segura de que iba a perder los nervios. Entonces empezarían los picores, tendría que levantarse y podía dar la noche definitivamente por perdida.

Estaba casi convencida de que había hecho bien dando permiso al hijo. No te preocupes, Jesús no va a beber. Casi.

De todas formas en algún momento tenía que haber una primera vez para correr el riesgo de volver a casa de madrugada en un coche. Se preguntaba si hacía falta haber empezado a correrlo esa misma noche.

Es que quiero ir a un concierto de Mägo de Oz. No me jodas, pensó la mujer. ¿Mägo de Oz?Pensó. ¿Pero es que esa gente no lo va a dejar nunca? Pensó. Pero había dicho sí, y ya no tenía remedio. Empezó a picarle la cadera. Se rascó y miró la hora en el teléfono. Las doce y media y un mensaje. “Han terminado los teloneros. Sigo vivo.” Le picó el hombro. Se rascó. Pensó que necesitaba dormirse para dejar de ser consciente de la espera y del riesgo. Le picó la pantorrilla derecha. Pensó que necesitaba que amaneciera, y saber si el hijo estaba vivo o muerto.

Al final, de eso se trataba, de ser capaz de manejar la incertidumbre. O de respetar los motivos que para cada quién tiene el poner la vida en riesgo. La mujer lo estaba intentando, pero no terminaba de conseguirlo. ¡¡¡Mägo de Oz!!!!. Es que no me jodas.

Mientras la mujer se rascaba el cuello decidió enfrentarse palabra por palabra a eso que le estaba recorriendo informe el pensamiento, y palabra por palabra pronunció para sí misma:

“Lo peor que puede ocurrir es que mi hijo muera esta noche en un accidente de tráfico por haber ido a un concierto de Mägo de Oz.”

Una vez hubo pronunciado esas palabras, una detrás de otra, vocalizando bien despacio, el siguiente paso era evaluar sus alternativas para continuar viviendo si se daba el peor desenlace de los que planteaba la noche. La mujer, como asistiendo a una revelación, pensó que si su hijo había muerto por poder ver a Mägo de Oz, quizás Mägo de Oz sí debía ser un grupo merecedor de culto. Y que, una vez muerto el hijo, ella solo podría dar sentido a su existencia ofreciéndola a ese culto.

Definitivamente la idea comenzó a cobrar sentido, y decidió que si esa noche sonaba el teléfono y algún amable policía le comunicaba con consternación el fallecimiento de su hijo, a ella no le quedaría más remedio que entregarse a la mitomanía y consagrar lo que le quedara de vida al culto a Mägo de Oz. Pensó que tendría que renovar su vestuario, comprarse ropa gótica, comenzar a darle al cuero sintético, a las botas con metales y cadenas, a las levitas, al negro riguroso. Decidió también que optaría por algún tinte verde o azul para el cabello. Por último se puso a buscar en su memoria algún rastro de canción que no hubiese conseguido olvidar, y se encontró de pronto canturreando “Ponte en pie alza el puño y ven a la fiesta pagana”, y “En Satania estás, es el fin del camino”.

Todas estas decisiones le fueron otorgando a la mujer la paz que necesitaba para poder conciliar el sueño. Aunque antes de dormirse aún pensó alguna que otra vez “más te vale volver a salvo dentro de un rato. Mägo de Oz…. Es que no me jodas.”

 

Anuncios

Rumbo a Chamberí

Hacía quince años que vivía en el mismo barrio y cuando pensaba en dejarlo sentía ciertas resistencias. Incluso si el nuevo me gustaba. Pero desde el mismo instante en que salí de allí a lomos del camión de mudanzas no he vuelto a pensar en ello hasta ahora, y solo a efectos narrativos. Iba sentada delante, junto a los dos rumanos que llevaron nuestras cosas.  Los rumanos que contraté para hacer la mudanza eran capaces de levantar a pulso cajas llenas de libros de doscientos kilos de peso, a veces levantaban dos al mismo tiempo. Era como si Hércules y algún amigo se hubieran encarnado en esos dos tipos que por fuera parecían dos simples mortales de constitución delgada. Los dioses de verdad no necesitan llamar la atención. Por qué no usáis la carretilla? Porque es más lento, contestaban. Por el camino, en el camión, iban mirando a las mujeres que hacían running por la calle. Con éstas no me importaba a mí hacer ejercicio un rato, decían, como si yo fuera uno más. Noté que el levantamiento de peso no tenía efectos sobre la libido, podría incluso funcionar como un estimulante. Mientras tanto recogí la mirada de complicidad y me puse a mirar por la ventana como un rumano más. Desde luego no se me ocurrió echar la vista atrás y mirar aquello que dejaba, estaba ocupada con las mujeres en pantalón corto. Pensaba que quince años tendrían más peso, pero aún no he conseguido encontrar rastros de nostalgia. Siento como mía mi nueva casa, mi nueva calle y mi nuevo barrio desde el instante en que llegué. Deduzco que debo tener una poderosa facilidad natural para enraizarme que no tiene nada que envidiarle a mi también poderosa facilidad natural para desenraizarme. O a lo mejor es que sólo es posible enraizarse si previamente está uno desenraizado, o a lo mejor es que ese paso es sencillo cuando uno se desplaza con las raíces puestas, junto a las personas que son su sujeción en el mundo. Y no me refiero a los rumanos.

En cualquier caso no soy tan ingenua, sé que una cosa es sentirse en casa y creerte del barrio, y otra cosa es que realmente formes parte.  Así que sé que aunque ya me sienta en mi sitio me queda trabajo por hacer, más allá del de vaciar las cajas. Porque para pertenecer hace falta no sólo que yo considere mío el lugar, sino que el lugar me considere mía a mí también. Nos tenemos que ganar mutuamente. Uno de los hitos para mí sintomático de pertenecer a un barrio es sentarme en un café y que el camarero me conozca, me salude, y sepa que el café lo tomo con la leche muy caliente. Si me pone también un vaso de agua soy capaz de abrazarlo. Sé que conseguir eso requiere un tiempo mayor que el que necesito para llamar a mi nueva casa casa. Tengo que caminar, tomar café en varios sitios, repetir en aquellos con mejores sensaciones hasta que solo queden uno o dos finalistas, y entonces seguir repitiendo, una y otra vez, hasta que se desarrollen los vínculos.

El primer día me senté en un café cercano, en mi misma calle y en mi misma acera. Tenía prisa porque me iban a traer un armario, así que no me entretuve mucho en explorar. Sólo había otro más cercano, justo en mi portal, con una dosis cañí bastante elevada, y esta me parece una cualidad favorecedora de vínculos, pero no tenía terraza para poder fumar ni sillas para poder sentarse. Solo una barra. Como ya dije, era cañí. En la terraza que elegí me atendió un camarero mayor, de esos que no llevan nada para anotar y son capaces de recordar lo que han pedido todos y cada uno de sus clientes, y le pedí un café y él me preguntó que si quería comer algo. Pues sí, algo dulce, ¿qué tiene? tengo de todo, le puedo traer un tortel… No creo que el camarero se hiciera una idea del regocijo que sentí al escuchar aquello del tortel, y eso que no me gustan demasiado, pero hacía tanto que no veía ni oía nombrar los torteles, quizás la última vez fuera a mi abuela siendo yo niña, que pensaba que debían ser ya especie protegida, y definitivamente cañí. Y le dije que sí. Me acordé de mi abuela. No tanto como cuando veo bartolillos, pero también. Cuando vaya a verla se lo contaré: abuela, ¿sabes que en mi barrio hay un café en que ponen torteles para desayunar? Y mi abuela no me hará mucho caso y me contestará con otra pregunta del tipo ¿Y tú sabes hija que esta mañana he estado hablando con mi padre? ¿Y qué te ha dicho? le diré yo, porque ella prefiere mantener su conversación, y porque además me parece mucho más interesante lo que tiene ella que contar. Me parece asombroso que con esa pila de años su cerebro se haya convertido en un prodigio para la ficción, habla y habla y todo es fantástico, y es capaz de inventárselo sobre la marcha, con el solo matiz de que para ella es verdad. Si yo tuviera ese don probablemente sería capaz de escribir una novela.

La nostalgia no traza líneas rectas. No aparece al dejar el barrio en el que he vivido durante quince años, pero sin embargo escucho la palabra tortel y me alboroza el saber que todavía existe, y lo pido para que siga existiendo. Que en realidad es lo que más me importa, el hecho mismo de la permanencia. Como con mi barrio. Hay lugares, sabores o personas donde no me hace falta estar o vivir, siempre que alguien me asegure su permanencia. Sí, sigue como siempre, y está bien. Y entonces yo puedo deshacer cajas, estrechar vínculos, tomar cafés, y enarbolar la reivindicación del tortel, o del bartolillo.

empoderarse en un sentido literal

Me manda un mensaje para invitarme a una fiesta de muertos mexicanos, en un ambiente family friendly. Imposible, tengo un fin de semana repleto de actividades, también muy family friendlys, pero a ver si nos vemos. Sí, que además me tiene que contar un proyecto nuevo, un howards en plan humilde. Yo no sé que coño es un howards. La escuela de harry potter (estoy fuera de contexto). Me dice que en estos tiempos necesitamos nuestros poderes, que obtenerlos es una cuestión de metodología, y que está comprobado que funciona. Además, ante mi pregunta de si hace falta algún don especial, como en el Howards de la peli, me dice que no, todos tenemos  poderes, son innatos. Soy poco de método, pero lo de tener poderes me seduce. Le pido que me deje de contar vía mensajes, que prefiero que me lo cuente en persona. No tengo muy a menudo conversaciones que versen sobre la obtención de superpoderes, tampoco muchas oportunidades. Mientras llega el día voy a ir pensándome qué poder pedirme, por si se pudiera elegir. Lo de la teletransportación ya estaba descartado. Estoy entre volar o controlar las mentes (ajenas, claro). Con un adolescente en casa y otro en ciernes me va a venir que ni pintado, para eso y para lo del aumento….

el cuento de la ofrenda de facturas, el sacerdote y las sacerdotisas

La diosa AEAT había requerido una gran ofrenda de facturas. Otros dioses ruegan vagamente, utilizando un mensaje ambiguo y críptico que necesita de chamanes, profetas u otro tipo de intercesores con el don de saber interpretar las órdenes del más allá, pero AEAT era clara y precisa en sus instrucciones, exigente, caprichosa. Dice qué, dice cuánto, dice cuándo y dice cómo. Por escrito y mediante correo certificado.

Las tres sacerdotisas erigieron un altar donde colocar las ofrendas, que se apilarían en siete montículos siguiendo el estricto orden divino, y comenzaron con la colecta de facturas, y con ellas, los siete pilares su lento ascenso.

El trabajo era laborioso, suerte que los dos días sagrados en que el trabajo está prohibido, les proporcionó a las mujeres el gozo y la energía necesarios para poder cumplir con la ofrenda en tiempo y forma. Al tercer día, poco después del amanecer, las tres se reunieron de nuevo alrededor del altar, invocaron la alegría de sus dos días de ocio y se regocijaron en los placeres recientes antes de continuar con su misión.  En ese momento apareció el sacerdote.

¿Qué hacéis alrededor de esta mesa? preguntó él.

Pues adorar a la diosa AEAT y urdir un conjuro para ver si así las facturas se buscan solas… pero nada. Igual, si le ofreciéramos otro tipo de sacrificio, uno humano, a ti, por ejemplo…. (el sacerdote ignoraba que hay momentos en los que el silencio es el mejor aliado)

¿A mí? No me haréis eso, que soy el único sacerdote de la oficina del lugar.  A mí me tendríais que cuidar, con lo solo que estoy….

Las sacerdotisas, clementes y piadosas, conscientes de estar cediendo a un chantaje emocional, cedieron no obstante. Abandonaron la invocación de la alegría y los placeres recientes, y se enfrentaron a su destino. Buscaron y buscaron las facturas, las fotocopiaron, las apilaron, y las ordenaron siguiendo el caprichoso designio divino, sacrificándose ellas mismas, sus espaldas, -hay tres tareas incompatibles con una espalda sana que todo mortal, sacerdotisa o no, debería evitar, o al menos, practicar con moderación: fregar platos, planchar y hacer fotocopias-, las yemas de sus dedos, su sentido del humor con lo tedioso del trabajo requerido, sin reparar ni concentrarse en otra cosa que no fuera acabar a tiempo.

El último día, cinco minutos antes de que finalizara el plazo concedido por la diosa AEAT, el sacerdote se acercó al altar, interesándose por la ofrenda (el sacerdote continuaba ignorando que hay momentos en los que el silencio es el mejor aliado)

¿Cómo lo lleváis? ¿Os puedo ayudar?

Sí, ya, a buenas horas, contestaron ellas con la acritud propia de quien lleva varios días sin descansar.

Bueno, bueno, pues si no queréis estas dos manitas….

Las tres mujeres consiguieron reunir la ofrenda tal y como había la solicitado la AEAT, que estaría disfrutando ya de la revisión de sus facturas, perfectamente alineadas y ordenadas, examinando satisfecha la pulcritud del trabajo bien hecho, ensanchando su ego al comprobar el respeto y la obediencia que la gran mayoría de los mortales aún le profesan.

Terminado todo, las sacerdotisas se prepararon para abandonarse a su merecido descanso. Pero antes de hacerlo aún tuvieron tiempo de arrepentirse de su clemencia, y gozar recreando libre y mentalmente las imágenes de un sacrificio humano, el del único sacerdote masculino, cuya muerte, lenta y dolorosa, jamás llegaron a consumar.

Disecciones materno filiales

En esta ocasión realizaremos un experimento, o un ensayo –que dicen en literatura- acerca de las relaciones materno-filiales. Pero dada la complejidad del tema a abordar, comenzaremos a enfocar tomando una escena en concreto, una cualquiera. Ésta, por ejemplo, en la que vemos a una madre junto a su hijo sentados frente a una mesa. Para realizar el experimento o ensayo tendremos a mano una lupa, que nos permitirá realizar aumentos en la escena a fin de captar detalles que a simple vista podrían pasar inadvertidos, y aportar datos útiles acerca de la escena a fin de poder extraer concusiones. Asimismo, realizaremos disecciones en el pensamiento de los protagonistas, para poder aproximarnos con la profundidad que requiere todo estudio de aspiraciones mínimamente científicas.

Bien, realizadas dichas precisiones, volvamos a nuestra escena. Recordemos: una madre y un hijo sentados frente a una mesa. Sobre la mesa, un cuaderno escolar de cuadrícula, y unos folios con algo impreso en ellos. La madre, de mediana edad,  se sujeta la cabeza con ambas manos, como si le pesara, y reposa los codos sobre la mesa. El hijo, de unos ocho o nueve años, se encuentra derrengado en la silla, con la cabeza gacha, como si quisiera tocarse el pecho con la barbilla pero no terminara de hacerlo por resultar forzado.

La madre suspira. “Venga,  ya has terminado un problema, sólo te quedan tres, pero a este ritmo vamos a estar aquí toda la tarde”.

El niño replica algo emitiendo gruñidos, por lo que no terminamos de entenderlo, de modo que aunque podríamos imaginarlo, evitaremos aquí toda suposición. El niño tapa el bolígrafo, vuelve a destaparlo, tira la goma al suelo, la recoge. Al recogerla se mira las manos y gracias a la lupa de aumento podemos ver que cae en la cuenta de que tiene algo sucio en un uña por lo que comienza a limpiarse con deleite y detenimiento. Pero no retoma la tarea. Nos preguntamos el por qué. Quizá tiene facilidad para la distracción, pero para evitar suposiciones en este punto hacemos uso del bisturí y nos adentramos en el pensamiento del menor.

Nos llenamos de sorpresa al constatar que el niño está retrasando su tarea escolar no porque se distrae sino precisamente para no distraerse.

Tres problemas pendientes, de los cuales debe copiar el enunciado de las hojas impresas al cuaderno escolar. Se trata de una tarea rutinaria donde las haya, utilizando las manos en plena era de la tecnología. Se pregunta por qué su profesora no emplea las TIC en su metodología pedagógica, y si debería denunciarla al Ministerio de Educación por contravenir el espíritu de la LOE.

Asimismo se pregunta también por qué para resolver un problema con una simple suma, además de copiar el enunciado (manualmente y sin procesador de textos), debe explicitar los datos proporcionados por el mismo, escribiendo encima “datos”, escribir “operaciones” sobre las operaciones y escribir “solución” sobre la solución. Y por qué debe saltar cuatro cuadrículas, y no tres ni cinco, entre problema y problema. Piensa que su profesora debe estar empeñada en que realicen aprendizajes para la vida, donde tantas veces tendrán que realizar tareas absurdas simple y llanamente porque se lo exige un superior.

El niño tampoco entiende por qué tiene que hacer deberes en vacaciones si ha sacado buenas notas durante el curso, y si va a tener que trabajar durante el verano apruebe o suspenda, qué ventaja tiene el sacar esas buenas notas tan alabadas por todos.

El niño entonces encuentra otra vía para aferrarse a su fin, el de no distraerse de su no hacer la tarea, para distraer a su madre. Realizamos puntos de sutura, y tomamos  de nuevo distancia.

– Mamá, ¿cuántas asignaturas tengo que suspender para repetir curso?

– No lo sé. Por favor, ¿puedes empezar a copiar el enunciado del segundo problema?

– Pues me han dicho que si suspendo una misma asignatura las tres evaluaciones, repites.

– Bueno, creo que ahora mismo no corres ese riesgo, ¿te puedes poner a copiar de una vez?

– De todas formas en cuarto no se puede repetir.

– Si lo tienes tan claro, ¿para qué preguntas?

– Pero, si suspendes y no repites, ¿qué pasa?

– Lo preocupante no es suspender o aprobar, sino aprender o no.

La madre muerde el anzuelo a la perfección, y comienza a disertar acerca de las virtudes del conocimiento al margen de los resultados académicos, y de los procesos de construcción del mismo que no reproduciremos aquí en su totalidad para no producir en el lector el mismo sopor que produjo, como por otra parte resulta comprensible, en el niño.

Por favor, el bisturí. Esta vez realizaremos un corte en la línea de pensamiento materno.

La mujer, a posteriori, se ha dado cuenta de que, con su alocución, su hijo ha ganado diez minutos más antes de enfrentarse al suplicio de los problemas, y no entiende cómo puede preferir dedicar la tarde a discurrir maniobras de evasión antes que a resolver en el menor tiempo posible tres problemas para poder irse a jugar. Claro, razona, que como jugar es lo que hace el resto del día, quizá las maniobras evasivas presenten mayor distracción que la tele, la consola, la piscina o los amigos. El exceso de tiempo libre nos convierte en seres retorcidos, sentencia.

Pero la madre se ha propuesto no tirar la toalla, y presionar al niño hasta ver la tarea resuelta. Y se basa para tomar esa decisión en su experiencia reciente, cuando cedió ante un  “mamá, te prometo que mañana hago los deberes de hoy y mañana en cuanto me levante”, sabiendo de antemano que el viento iba disolviendo cada palabra según era pronunciada. Pero no era la estafa lo que le hacía desistir. Sino el pensar en lo que podría ser un día con ocho problemas en lugar de cuatro. En ese momento dejó de razonar y odió a la profesora del niño.  La odió con palabras gruesas.

Después del odio retomó su misión, y se propuso ser creativa, ofreciendo a su hijo un reto. Tomemos distancia de nuevo:

– Venga, hijo, para que veas que no es tan horrible voy a hacer los problemas también. Me llevas uno de ventaja. A ver quién termina primero. Y sí, yo también copio los enunciados, y escribo “datos”, “operaciones” y “solución”.

El niño es tentado, y la tentación le aparta de su objetivo, porque se pone a escribir. El reto dura poco. Justo el tiempo que tarda el niño en darse cuenta de que no lo va a ganar: en el intervalo en el que él ha copiado y resuelto el segundo problema, la madre ya ha terminado los cuatro.

– Mamá, no vale, es que tú escribes más deprisa.

–  Porque yo he copiado muchos enunciados en mi vida.

– Así que la finalidad era ésta… ¿y merece la pena?

El niño abandona el reto y retoma su propósito de triunfo por exasperación. Tira el boli al suelo.

La madre se intenta animar. Ya sólo quedan dos.

– Venga hijo, ponte con el tercero…

– Mamá, no puedo hacerlo.

-¿Por qué?

– Porque es demasiado aburrido.

– ¿Pero no te das cuenta de que llevas más de una hora para hacer dos problemas y que tardas mucho más en lamentarte que en hacerlo?

Claro que se da cuenta. Se da perfecta cuenta. Ambos se dan cuenta. La madre se levanta de la silla y se va, y mientras va diciendo:

“Tarda lo que te de la gana, pero yo no pienso perder mi tarde también. Y no te vas a mover de ahí hasta que termines.” Ha perdido la paciencia.

El niño protesta, gruñe, se balancea en la silla con una fuerza suficiente como para que al golpear el suelo lo haga con cierta violencia. Con la lupa observamos que con las manos está desmenuzando la goma, y que le asoma una lágrima. Abramos de nuevo, con cuidado, no vayamos a dejar marcas.

Parece que las maniobras evasivas no producen el mismo entretenimiento si el sujeto a evadir –y exasperar- se ha marchado. Sabe que puede seguir en su empeño, sabe que puede ir a mayores, que puede seguir con los golpes en la silla, puede incrementar el nivel de violencia que manifieste su disconformidad, puede permanecer con esa actitud lo que queda de día, y lo que le queda de vida. Pero comienza a plantearse si la victoria le compensa todo aquello. Al mismo tiempo, y por la actitud y el tono de voz de su madre se da cuenta de que ya no queda mucha cuerda de la que tirar, y que la situación amenaza castigo. Y claro, permanecer enfadado de por vida sin tele y sin consola, definitivamente resulta un precio muy caro. Quizá vaya siendo hora de claudicar. Pero hasta para eso hace falta esperar al momento oportuno.

Por favor, el bisturí para la madre. La madre está en su dormitorio. Piensa que es posible que el hijo se plante y no haga sus tareas. Ella está cansada y no quiere sacrificar toda la tarde, ni su salud mental por dos putos problemas de matemáticas, eso sí, el niño se va a enterar, y piensa en posibles castigos. Nada de tele, o nada de consola. Ni tele ni consola. ¿Cuánto tiempo? ¿Esa noche? ¿Durante una semana? ¿El resto de la vida?

Pero no es más que revancha. Es sólo revancha. Antes de darse por vencida vuelve a intentar encontrar una solución. El verdadero problema era copiar el enunciado y no el resolver el problema… ¿y dictándoselo?

– Hijo, ¿y si te dicto los enunciados?

– Vaaaale

La madre comienza a dictar. Tomamos la lupa de aumento. El niño escribe el enunciado antes de escuchar la voz de la madre.

Cinco minutos después la tarea está terminada y el conflicto resuelto.

El niño se aleja pensando que ha ganado las batallas pero ha perdido la guerra.

La madre piensa que ha ganado una batalla, pero que la guerra es otra cosa. También piensa que no existen las victorias absolutas. Ni las derrotas tampoco. Y piensa que el pensar en términos como batallas o guerras, cuando se trata de los conflictos con su hijo, ya es una señal de derrota. Aunque no absoluta.

Nosotros constatamos los enormes esfuerzos de diplomacia que exige el llevar a buen término un conflicto, incluso si el conflicto tiene carácter materno-filial.

Que el paciente lector extraiga, a su vez, sus propias conclusiones.

Notas acerca del dios de la lluvia

Al dios de la lluvia le enternecen las montañas. ¿Desde cuándo? Desde siempre, o desde que existen, dando razón de ser a su propia existencia. Parece razonable pensar que al dios de la lluvia le inspiren ternura las montañas. Son las primeras en recibir su elixir, y las que con su forma piramidal, esbelta y majestuosa catalizan la vida que éste genera, dando curso y velocidad a los ríos que forma, para que puedan correr, para que les llegue la inercia hasta muy lejos, incluso hasta el mar.

El dios de la lluvia siente ternura por las montañas, y además las entiende. Las montañas son sencillas. Y los valles. Y los árboles, y las hierbas silvestres, y los arbustos, y las flores, y los animalillos. Cuando reciben su agua se avivan sus colores, verdean, florecen, rezuman aromas, sonidos, y crecen, y se devoran los unos a los otros siguiendo la cadena alimenticia que les haya tocado en suerte, y se aparean con fruición, y se reproducen, y cuando unos mueren  otros nacen, y todo eso es posible gracias a él. Cuando les niega el agua los colores palidecen, sólo se escucha el silencio, la muerte no deja nada tras de sí, sólo el desierto, la nada.

El dios de la lluvia siente ternura por los humanos, pero a pesar de ser dios no alcanza a comprenderlos. Mira que lleva siglos y siglos intentando interpretar sus extraños comportamientos, sus ritos, sus ceremonias, y no obstante no lo consigue. Casi nunca. Y eso, para un dios, es frustrante, aunque, como dios, no deja de intentarlo.

Al menos le queda el consuelo de esos días, esos pocos al año, en los que por fin los hombres han hecho algo que él es capaz de interpretar, en parte al menos. No ocurre en días fijos, cada año eligen unos diferentes, cosa que no ha terminado de desentrañar pero no pierde la fe en poder hacerlo -la condición de deidad lleva implícita una elevada dosis de autoconfianza- pero suelen estar próximos al comienzo de la primavera. Sí, estos humanos han escogido una de sus épocas preferidas. Y no sólo eso, salen en masa de sus casas y toman las calles con atuendos que han confeccionado durante el año con esmero. Túnicas, de colores oscuros casi siempre, que en lo más alto adquieren continuidad con un capirote que corona sus cabezas, haciendo que todo el conjunto adquiera una forma piramidal, esbelta, imponente. Efectivamente, estaréis pensando como el dios: esos seres, al comienzo de la primavera, dedican unos días a salir a la calle disfrazados de montañas, porque de alguna forma saben que el dios de la lluvia las adora. ¿Y qué les puede llevar a hacer tal cosa? Pues el valorar los dones del dios, y al dios, demostrarle con ello su respeto, su devoción y su agrado, pero sobre todo, suplicar que les siga suministrando su maravilloso elixir.

El dios de la lluvia no alcanza tampoco a comprender el por qué de esas cruces, o la simbología de los colores, pero  por el hecho de ser dios espera  hacerlo algún día, al tiempo que por el momento, y en un alarde de humildad, piensa que el hecho de ser dios no tiene por qué implicar comprenderlo necesariamente todo. Lo poco que comprende le basta para sentir ternura por esos seres humanos. Y los mira, vestidos así, de montaña, como niños en carnaval, con esos capirotes, y ellos dirigen sus ojos hacia arriba, donde está él, y el dios de la lluvia los ve así, mirándolo con esos ojos suplicantes, devotos, enfervorizados, y sabe que lo han ablandado un año más. Y qué va a hacer, si no sabe negarse, qué va a hacer sino recibir su ofrenda, qué va a hacer sino llover…..

http://antesdequesevaya.wordpress.com/2012/04/10/el-dios-de-la-lluvia/

Conversaciones de oficina

Nos vamos a comer, ¿no vienes?

– No.

– Oye, pero ¿tú no comes nunca?

– No. (Pausa valorativa. Por fin me decido.) Lo sé, parezco humana, pero soy un replicante.

– ¡Ah, un replicante! Entonces… te enchufas por las noches y ¿listo?

– Algo así.

– Pues… el resultado es excelente.

– Felicitaré a mis programadores de tu parte.

Aprovecho este espacio para realizar esa felicitación. Ahora, si me disculpan, es hora de enchufarme.