De soñar con volar o ser invisible

por patricia

El otro día estuve viendo una peli en casa: La habitación de Fermat. Está escrita y dirigida por dos personas, siendo una de ellas Luis Piedrahita, que es un tío con un sentido del humor que me ha arrancado unas cuantas carcajadas. Así que de entrada me llamó la atención, aún a sabiendas de que la película en cuestión no era una comedia. La verdad es que mi impresión final es de “peli-de-suspense-entretenida-para-matar-una-noche-de-domingo”. Sin más.

Pero bueno, el caso es que yo no quería hablar de la película sino de algo que plantean en ella. En un momento dado, uno de los protagonistas, encarnado por Federico Luppi, expone que los dos sueños más frecuentes del ser humano son dos: volar y ser invisible. Y pregunta al resto de los personajes cuál de las dos cualidades preferirían tener.

Cuando uno de los personajes dice que preferiría ser invisible, le contesta que quien quiere ser invisible es para cometer alguna maldad. Quiero ser invisible para mirar a la vecina mientras se ducha, lo que guarda en la cartera el compañero de trabajo… Porque quien hace algo bien no tiene problemas en ser visto. Bueno, quizás sea así en algunos casos, salvo en el de algún que otro modesto patológico. En ese y en de los superhéroes, que si bien no son todos invisibles, tienen en común el mantener a salvo su verdadera identidad, de modo que nadie pueda saber realmente quién es la persona que está salvando el mundo. (O a los Estados Unidos de América, que viene a ser lo mismo.)

Yo de pequeña tenía pesadillas recurrentes. Pero afortunadamente también sueños recurrentes. Y mi sueño recurrente siempre fue volar. ¿Y por qué volar? ¿Qué tiene de bueno? Para mí tenía de bueno la sensación, el cosquilleo en el estómago, la velocidad, el viento, el vértigo, y… rebuscando en el baúl del por qué de los deseos, también el ser capaz de algo fantástico, algo especial, algo que hacía que el resto de los mortales quedaran enmudecidos, y pequeñitos. Y no sólo por el efecto óptico de estar yo arriba.

Pero el volar también tiene una connotación de huida. Volar sería genial, porque el poder desaparecer se convertiría en algo posible en cuestión de segundos. Porque a veces, hay situaciones cuyo desenlace no dependen de uno, y que producen ahogo y asfixia. Y la sensación de que el mundo entero se ríe de uno funcionando como si nada, con ese mecanismo cruel que no se detiene por muy grande que sea el dolor de uno, por muy pequeño que sea ese uno que lo siente. Y uno sólo quiere desaparecer, por no tener que continuar con una rutina a la que se ve obligado, pero que ha perdido todo su sentido.

El caso es que pensando un poco en los por qués y los para qués de estos dos dones imposibles, que según la peli son los más deseados, me queda claro el por qué tan sabiamente nos han sido negados.

Porque es de agradecer que, si queremos hacer daño, no nos den facilidades como ser invisible. (Si sólo se trata de ver a la vecina mientras se ducha, mejor ser honesto e intentar ligarla primero.)

Si en cambio el deseo de ser invisible fuera para hacer el bien, pero por modestia no se necesitan agradecimientos ni honores, siempre queda el ponerse unos calzoncillos (o tanguita) sobre unos pantalones de lycra, una máscara curiosa, e ir por ahí salvando al mundo.

Si el sueño de volar surgiera por la necesidad de sentir velocidad y vértigo, existe el puenting, si es por ver el mundo desde arriba, el Google Earth. Pero si es por una necesidad de hacer algo que deje al resto de la humanidad admirada, siempre se puede conseguir por méritos propios. Que eso a nadie se le ha negado. Y si es por desaparecer… pudiendo desaparecer cuando el dolor ahoga, nunca se sabría que uno puede ser más grande todavía que el dolor. Porque para eso, hay que enfrentarse a él. Y creo que el quedarse sin ese saber, es mucho peor que el no poder ser invisible, o el no saber volar.

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