Fecha de caducidad

Estaba junto a mí frente al lineal de mermeladas. Al principio me costó un poco reparar en ese señor de cierta edad, que en otra época se habría considerado anciano pero que ahora es muy joven todavía. Debe ser que cuando apareció yo estaba abstraída en pleno proceso selectivo, mirando la cantidad de azúcar que tiene cada una de las marcas, tratando de determinar desde el otro lado del cristal si la mermelada es líquida, si tiene trozos, y si los tiene cómo de grandes, cómo es de bonito cada uno de los frascos de cristal y ese tipo de cosas en las que analizo cuidadosamente antes de decidirme por una marca de mermelada, lo que hace que a pesar de ser una decisión de las que se consideran sencillas, o que debería serlo, a mí me lleva un buen rato. Solo me di cuenta de la presencia de ese hombre cuando al tratar de tomar un frasco su presencia se interpuso en mi camino. Entonces detuve mi proceso de análisis, y me dediqué a observarlo. Tenía un bote en la mano y leía con atención la tapa. Creo que fue empezar a observarlo y comenzar él a leer en voz alta, aunque puede que ya estuviera leyendo en voz alta antes, y a mí se me activara el oído al verlo, porque los sentidos a veces funcionan así, en bloque. El señor intentaba averiguar la fecha de caducidad, pero no lo conseguía. Esperé a que me pidiera ayuda (ofrecérsela antes de que me lo pidiera me pareció grosero).

-¿Me puede decir la fecha de caducidad?

-Sí, claro, diciembre de 2018.

-Uy! qué pronto, -contestó él. Si fuera a caducar un poco más tarde me llevaría dos, pero caducando en diciembre de 2018 solo me llevo uno… aunque igual hay alguno que caduque más tarde…  Joven, ¿me ayuda a buscar un tarro que caduque en diciembre de 2019?

Entonces yo miro el lineal lleno de frascos. Debe haber unos doscientos. O unos dos mil. No jodas.

– Pero señor, si hasta diciembre de 2018 queda más de un año! Ahora estamos en noviembre de 2017, después diciembre de 2017, y después un año entero!

– Bueno, no sé, quizás tiene razón. Me voy a arriesgar, y llevo dos, que así tengo para más tiempo.

El señor se fue con sus dos tarros de mermelada convencido solo a medias, y yo proseguí analizando marcas, diseño de frascos, texturas y cantidades de azúcar. Pensé que ese señor ya no iba a comprar más mermelada hasta diciembre de 2018, y lo que es más, que ese señor habría querido no comprar más mermelada hasta diciembre de 2019. Me pareció maravilloso.

Anuncios

Ventas de alma

La señora de la cama del box contiguo era cantante lírica. No lo supe por su aspecto, ella misma me lo dijo. Yo estaba  a los pies de la cama de mi abuela y la miraba dormir. No existe intimidad en las urgencias del hospital. En la cama de la derecha, a menos de un metro, había una chica joven acompañada por la que debía ser su madre, charlaban animadas, aunque la chica llevaba una vía en el brazo. En la cama de la izquierda la cantante, acompañada por la hija. Detrás un señor muy viejecito respiraba como un pez fuera del agua, con los ojos cerrados, con la que debía ser la hija al lado, que lloraba. Y ya. La cercanía física parecía ilusoria, porque en realidad cada cama era un universo estanco en el que nadie se comunicaba ni parecía ver u oír a los enfermos de al lado. A menos que alguien rompiera esa ley cósmica hospitalaria, y traspasara las barreras de la distancia metafísica. Como la señora del box de la izquierda. “No estés preocupada”. Bastaron tres palabras. En realidad no estaba preocupada, o no al menos muy preocupada, porque acababa de venir el médico a decirme que le iban a dar el alta y que ya habían llamado a una ambulancia para llevarla de vuelta. Estaba más bien triste, por verla allí, con ese aspecto tan frágil, y sobre todo por lo definitivo de esa fragilidad, por el deterioro que ya no tiene vuelta a atrás, por el desamparo ante la vejez irremediable, pero de esas meditaciones me sacan tres palabras “no estés preocupada”. Me giro y le doy las gracias. La mujer continúa diciendo que mi abuela es muy simpática, que antes se despertó y se puso a saludar. Sí, lo de traspasar las barreras metafísicas siempre que puede es también muy de mi abuela, ella lo llama ser sociable.

En los boxes de urgencias no hay intimidad ninguna. Aunque quiera evitar hablar con la señora de la cama de al lado, porque prefiero seguir mirando a mi abuela dormir, ya no puedo. No hay salida. Resignada ante la imposibilidad de escapar de una conversación, me giro, soy educada y le pregunto a la señora cómo se encuentra, porque una vez que se han derribado las barreras de la distancia es imposible volver atrás estando a menos de un metro, y me siento obligada a tener que continuar compartiendo universo hospitalario sin haber sido consultada.

La señora de al lado, consciente de la posición de fuerza en que la colocaban las convenciones sociales, decidió exprimirla (nunca se sabe cuándo la vida te va a ofrecer una nueva oportunidad), y me contó con todo lujo de detalles los problemas pulmonares que la habían llevado hasta allí, cuándo comenzó a padecerlos, las veces que ha estado en urgencias, cuántos días la mantuvieron ingresada en cada una de las ocasiones, su dieta hiposódica, y hasta incluso dónde vive. Pero en realidad todo esto era un rodeo para llegar al punto donde desde el principio, y con esas tres palabras, quería llegar. “Antes de mi enfermedad yo cantaba.”  Hay verbos que conjugados en pasado son dolorosos. “Lírica. En un coro. Pero ahora no puedo, me ahogo. Cantar era mi vida.” Entonces realmente se animó, le empezaron a brillar los ojos, se incorporó de la cama, y  me contó los lugares donde habían actuado, en la Iglesia de la calle Goya, en el Colegio del Pilar, en homenajes a Miguel Ángel Blanco, y también me cantó sus greatests hits, allí, en medio de urgencias, eso sí, sin impostar la voz, himno patrio incluido. Modificó hasta el tiempo verbal, que volvió al presente para categorizar su tesitura: yo soy mezzo soprano. La mujer del box de al lado había sufrido una trasformación completa, y allí estaba, erguida, brillante, segura, orgullosa, sacando pecho, entonando con devoción las canciones de su vida.

La hija decidió tomar cartas ante lo que le debió parecer un comportamiento totalmente inapropiado, y reprendió a su madre con el argumento de que si llegaban los médicos y se la encontraban cantando, la iban a mandar a su casa, por lo que deduje que debía gustarles la experiencia en planta.

Yo me sentí un poco incómoda con tanto cante de música sacra, patria, y zarzuela, – la señora de la cama de al lado gozaba de un extenso y nutrido repertorio- en medio de las urgencias hospitalarias, pero no me incomodaba la posibilidad de que su sana apariencia hiciera que la enviaran de vuelta a casa, sino las molestias que pudiera estar ocasionando a las personas que estaban allí, cuyas enfermedades, dolores o traumatismos no predisponen a la fiesta, el cante o la lírica.

Pero mi abuela continuaba durmiente, la chica joven de la cama de la derecha leía con su madre la revista Cosmopolitan, el viejecillo que estaba tumbado a mi espalda seguía con los ojos cerrados respirando como un pez fuera del agua, y su hija continuaba llorando. Nadie parecía reparar en los cantos de la señora de al lado. El resto de los universos hospitalarios se mantenían intactos en su unicidad y singularidad. Continuaban con esa protección que les impedía ver u oír más allá de los barrotes de sus camas. Tan sólo el mío y el de la señora que canta en el box de al lado estaban conectados. Tres palabras habían bastado para aniquilar las fronteras. Qué frágiles. Miro a mi abuela que sigue durmiendo. Los médicos llegan para atender a la señora de al lado, y corren una cortina que restablece el aislamiento. A partir de ese momento vuelo a mirar a mi abuela esperando el momento en que llegue la ambulancia para sacarnos de allí.

Otro camino

Esta mañana he tomado otro camino. Tenía que entregar unos papeles en un organismo oficial. Ningún trabajo de altura, pero me ha permitido tomar otro camino.

Aparcar media hora en la calle me ha costado 1 euro y cuarenta y cinco céntimos, y tras pagarlos con una aplicación del teléfono que me permite no tener que estar pensando en llevar monedas, ni buscar parquímetro, ni tener que recordar la matrícula del coche, y que además te permite pagar sin que tengas la sensación de haber pagado, aunque por supuesto lo hayas hecho, busqué el organismo oficial en cuestión. Estaba muy cerca del coche, tanto, que ha habido pocas oportunidades de encontrar nada que mereciera el protagonismo de la foto del día. Eso es algo que me ha dejado un tanto decepcionada, porque el hecho de tomar otro camino distinto del que tomo todos los días es en sí mismo, motivo suficiente para ser el motivo de la foto del día.

El organismo oficial estaba escondido dentro de un centro de salud. Un señor del samur social me pidió ayuda para abrir la puerta porque llevaba en una silla de ruedas a un paciente, y las primeras puertas no eran de apertura automática. Las segundas sí, pero como puede suponerse gracias a los ordinales, para atravesar cómodamente con una silla de ruedas por las segundas puertas de entrada primero hay que atravesar las primeras. Y para abrir las primeras hay que accionar un picaporte. Y además, como son estrechas como para que las atraviese la silla de ruedas, también hay que abrir las contiguas quitando unos bloqueos arriba y abajo. Y la verdad es que no entiendo cómo en un centro de salud, lugar susceptible de ser utilizado por personas que necesitan sillas de ruedas, o bastones, o camillas, han dejado unas primeras puertas de entrada tan difíciles para ellos. Escalones, eso sí, no había.

Un tanto desconcertada en la sala de espera del centro de salud, recurrí al papel para averiguar por dónde buscar al organismo oficial. Quinta planta. En el ascensor vuelvo a coincidir con el del samur social y el señor que lleva en silla de ruedas. Me fijo en que no tiene calcetines y lleva los pies al aire, con unas sandalias de esas de casa que se atan con velcros y que son de rizo, como los albornoces y las toallas.  Ellos se bajan en la segunda.

En la quinta veo un cartel que pone registro, y me dirijo allí, que eso ya va teniendo más pinta de organismo oficial. No hay nadie esperando y me atienden nada más llegar. La señora que me atiende no me pone pegas a la hora de compulsarme los documentos, y continúa alegremente con la conversación que mantiene con sus compañeros de trabajo. Yo procuro no viajar en Iberia. Es que ya no te dan ni cacahuetes. Vamos, que casi puedes dar gracias si no te tiran por la borda a mitad de camino, y te llevan a destino con vida. Bueno, tal y como están las cosas, eso ya es de agradecer…. Eso lo digo yo, en voz alta, sin poder reprimir el comentario, como si fuera partícipe de la conversación y no sólo una mera espectadora. Ella contesta que ya no sabe si llevar a su hija a Londres o cancelar el viaje. Otro compañero se queja de que viajar en avión últimamente es espantoso. Que en la sala de embarque primero llaman a los que tienen billete business (lo pronuncia así: bú-si-nes), después a los discapacitados, después a los que tienen niños con sillitas…. ¿y a mí dónde me van a meter, dice, en la cola? Y es que –dice-  cuando no viaja uno en un su jet privado las cosas son diferentes. La señora que me atiende me da mi justificante de haber presentado la documentación, demostrando -ya sin lugar a dudas- que estoy en efecto en un organismo oficial por muy camuflado que esté en la quinta planta de un centro de salud, mientras sigue hablando acerca de las incomodidades del avión para el común de los mortales, así que no sé muy bien si me puedo ir o si me tiene que decir o dar algo más. Pero siguen de charla y a mí ya me resulta incómodo el papel de espectadora, así que directamente le pregunto que si ya me puedo ir, aún a sabiendas de que estoy interrumpiendo, y me dice que sí, así que me voy.

Como sólo tardo cinco minutos y tenía pagada media hora de aparcamiento en la calle, decido que hoy me voy a tomar mi café por allí en lugar de donde siempre en la oficina, puestos a tomar caminos nuevos, y me meto en una cafetería que se llama Los Torreznos. Entro y el interior no sorprende,  en la vitrina de la barra hay bandejas de boquerones en vinagre, morcilla, filetes de cinta de lomo crudos y ensaladilla rusa. Detrás de la barra el escaparate de botellas de alcohol de rancio abolengo en una estantería de madera, a la derecha dos máquinas tragaperras y una tele con una tertulia matutina. La camarera es muy delgada, morena, con coleta y flequillo, los ojos tristes, los hombros caídos,  y un aire demacrado y frágil,  pero cuando se dirige a mí para preguntarme me sonríe, y es una sonrisa luminosa. Me da la impresión de que contrasta, y que le habría pegado más hablarme seria y malhumorada, pero sin embargo es amable y sonríe, a pesar de las ojeras y del aire ceniciento. Yo pongo mucho esmero en sonreír también.

Al otro lado de la barra un señor jubilado un tanto rancio y hortera, con el pelo engominado y altanero, apura una Mahou. Con esos prejuicios que me caracterizan pensé que le pegaba ser socio del Madrid. Y detrás, en una mesa, un señor mayor que no es hortera se come una ración de churros, mojándolos con gusto en el café, supongo que de la misma forma que se los come en la intimidad de su cocina, compartiendo esa familiaridad de las puertas para adentro del hogar en el salón de la cafetería Los Torreznos. Me resulta tierno. Ayer mismo, en mi cafetería de siempre, un señor tenía metida una barrita entera en su vaso de leche, no la tenía sujeta con las manos, la tenía ahí, metida en el vaso, en remojo, supongo que para que estuviera bien blandita… también me pareció tierno.

Cruzo unos correos con mi amiga Ana, la aplicación del estacionamiento regulado me avisa de que va a caducar mi ticket, pago sonriendo mucho, y vuelvo al coche. Antes de meterme vuelvo a mirar a un lado y a otro. Igual hay algo especial y yo no he sido capaz de verlo por no haberme parado a mirar. Nada, no veo nada. Ni rastro de la foto del día.

Arranco y cojo la Castellana bajando por Raimundo Fernández Villaverde. Cuando me acerco a la Torre de Madrid  se me agita algo. Un momento, ya lo entiendo. Haber recorrido un camino tan poco habitual para que al final la foto escogiera precisamente ese lugar que en tiempos fue mi rutina diaria. A esta hora seguro que estás tomando café, aunque ya no donde siempre. Cojo el móvil y selecciono cámara. El semáforo se pone en rojo, cuando una foto escoge motivo busca sus cómplices. La primera, apresurada, me sale completamente torcida. Las dos siguientes derechas y encuadradas.

Cuando llego al trabajo, aparco y miro las tres fotos. Sin duda me quedo con la torcida. Le paso un filtro que se llama nostalgia, pero termino escogiendo el sepia, porque aunque se llame sepia y no nostalgia, a mí me parece que representa mejor los colores que yo veo con ese órgano que no es la vista. Selecciono la opción compartir. Escribo esa dirección que, por habitual, con sólo pulsar la primera letra del nombre, mi teléfono la predice. Enviar. Salgo del coche, ahora ya sí donde siempre, y me dirijo a ese edificio donde ponerme a hacer lo de siempre el resto de la jornada.

una calma previa a la guerra de los mundos

El niño rubio cada vez es menos niño y su propio mundo cada vez más grande y lejano. Y le gusta, tanto, que cada vez permanece más tiempo en él, y se queda menos en el del resto: el planeta azul. No está, y eso que podría llegar a parecerlo, por su cuerpo en el salón, sus zapatos tirados por el suelo y su lata de refresco vacía, y los envoltorios de galletas.

Es sencillo reconocer cuándo el niño rubio ha dejado este mundo para viajar al suyo. No prepara maletas, ni avisa, sólo acude a la silla que hay frente al ordenador, se sienta, se coloca los auriculares, conecta el micrófono, sujeta el ratón y despega. El viaje es corto porque la nave alcanza velocidades cercanas al ultrasonido. En escasas décimas de segundo se encuentra a años luz, aunque su melena rubia continúe en el salón, bajo los auriculares, aunque los zapatos estén tirados por el suelo. Y aunque es posible escucharle hablar solo, y reírse, incluso a carcajadas, ya ha dejado de responder a estímulos. “Pablo, nos vamos a dar una vuelta, ¿te vienes?, Pablo, está la cena, Pablo recoge los zapatos…” son ejemplos de intentos vanos de respuesta: el pequeño rubio no responde porque no está aunque hubiera podido parecer lo contrario, y es que el sentido de la vista es engañoso, y lo que alumbra son sólo unas sombras en alguna caverna.

El pequeño rubio ha ido encontrando, gracias a la revolución tecnológica, cada vez más recursos en el planeta azul que le permiten abandonarlo y viajar al suyo propio. Y así, cuando no le es posible acceder al ordenador para hacerse un viaje astral, ha logrado encontrar sustitutos eficientes en su pequeño teléfono móvil, o en la tableta. De esta manera, tras sospechar que alguna vez ha pasado la noche fuera de casa, he tomado la decisión de requisar todo dispositivo antes de mandarlo a dormir, y evitar así toda excursión interplanetaria en horas de sueño.

En cualquier caso, la supresión de las barreras tecnológicas no es óbice para los viajes astrales. Es por eso que todos los niños que dejan de ser niños tuvieron su oportunidad de viajar, muy al margen del siglo (incluso del año) que les vio nacer. Y así, el pequeño rubio, incluso desposeído de todo chisme con pantalla, ha desarrollado esa habilidad de vuelo que lo mantiene la mayor parte del día lejos de aquí, de este lugar que hasta hace poco le fascinaba y le gustaba compartir, y que ahora le resulta tedioso, decepcionante y previsible, y lo ha abandonado por el suyo, que es mejor y que no puede entender nadie que no sean él y sus amigos, y allí se queda, aunque podamos ver su cuerpo, aunque lo veamos andar, ducharse, vestirse, salir al colegio, volver, comer, y hacer todas esas cosas que podrían hacer pensar que hay alguien, cuando en realidad no lo hay.

El pequeño rubio que parece que está pero no, necesita algunas ayudas externas que le ayuden a poner los pies en el suelo, al menos en lo imprescindible. Y cada día han de sucederse mensajes recordatorios como recuerda coger las llaves de casa, procura no perder el abono transportes, o un no olvides comer cuando vuelvas.
El niño rubio sale de casa por fin. Yo lo miro y doy gracias al hecho de que la respiración sea un acto automático, pues de lo contrario a estas alturas estaría llorando una pérdida irreparable. Sin embargo hay tantos actos necesarios para la vida que no gozan de automatismo, y que han de realizarse de manera consciente, que me pregunto cómo soy capaz de dejarlo salir solo de casa, así, de cuerpo presente, sin pensamiento, que anda por ahí descubriendo espacios apasionantes, y quedarme tan tranquila.

El niño rubio que está dejando de ser niño ha emprendido un viaje sin retorno hacia la guerra de los mundos. Miro su no estar todavía amable. Y sus zapatos tirados en el salón. Lo llamo. Tengo cientos de excusas para exigir que vuelva. Los zapatos, los envoltorios, los estudios, la ducha, la comida… cientos. Lo llamo y pone fin a mis excusas sin volver. Definitivamente no está. Y eso que podría llegar a parecerlo, por su cuerpo en el salón, sus zapatos tirados por el suelo, su lata de refresco vacía, y los envoltorios de galletas. Queda su mirada perdida, el historial de exploración, mi echarle de menos. Me preparo para acompañar la crisálida.

extracto de estudio acerca del desconcertante universo femenino.

Lo que bien podría haber parecido una amistad entre colegas no era otra cosa que un interés común por avanzar en la investigación acerca de la naturaleza femenina. El legislador y el cuestionador gozaban de la complementariedad necesaria para para poder desarrollar con éxito esa misión de marcado carácter científico que ya habían emprendido, aún sin saberlo, desde el mismo día que nacieron. El destino fue el responsable de que un día sus caminos se cruzaran en el mismo departamento de una empresa de consultoría informática que prestaba servicios a grandes bancos como el Banco Rojo y el Banco Azul. Allí, juntos, comenzaron a elaborar teorías, compatibilizando el estudio de la mujer con la consultoría. Y ellos que, ingenuos, habían pensado que esa era su profesión, única y exclusivamente por el hecho de ser retribuidos, descubrieron juntos su vocación científica por el estudio del desconcertante universo femenino en laboratorios con gin tónics.

La última vez que quedaron para hacer ciencia fue el pasado lunes, después del reciente despido del legislador, cuyo motivo según él mismo explicó, se hallaba en su esmerado cuidado del cliente –en su caso el Banco Azul-, su pro actividad, su dedicación y su profesionalidad. Si se hubiera dedicado en mayor medida a sus estudios científicos en detrimento de su trabajo remunerado, aún continuaría con financiación a fin de mes. Ese día, y aunque ya había comenzado Septiembre, y a pesar de tratarse de la gran ciudad, la soledad y el desierto de las calles en pleno centro histórico, recordaban a los de un pueblo castellano un domingo de agosto a la hora de la siesta, o uno americano del lejano oeste, polvoriento. Sólo faltarían los remolinos de paja invadiendo las calles.

Quizás por eso, y a pesar de que la calle del Nuncio es bonita, a pesar del moderno sistema de vapor de agua instalado en esa terraza-laboratorio, a pesar del turismo, a pesar de que ya había comenzado el horario comercial, sólo estaban ellos. Y quizás porque sólo estaban ellos, y porque el resto de la ciudad pareciera haber sido abandonada, dejaron de lado las normas básicas de buen gusto y discreción a la hora de poner en común sus avances, y lo hicieron como si sólo estuvieran ellos.

– Ninguna mujer, ninguna, se hace cincuenta kilómetros en coche para tomarse un café con un tío si no es porque le quiere comer el rabo –sentenció el legislador como resultado de sus muestreos.
– ¿Tú crees? –espetó el cuestionador.
– Seguro
– Pues yo me he hecho unos cuantos kilómetros en coche para tomarme un café contigo y no te quiero comer el rabo.
– Yo a ti tampoco te quiero comer el rabo. Pero es que tú eres un tío, y yo también. Tú hazme caso, eso es así, tú ni preguntes. Si ella está dispuesta a tomar café contigo y recorrer para ello cincuenta kilómetros es que te lo quiere comer. Además, con las mujeres es imposible hablar.
– Ya. Las relaciones son muy complicadas.
– Complicadísimas. Y ya cuando tienes suegra mucho más. Las mujeres te enredan y te ves en situaciones inexplicables en las que pierdes siempre. Así que tú, de momento, disfruta. Mira, por ejemplo, las mujeres suegras, la mía. El otro día voy a comer a su casa. ¿Cómo está la tortilla, hijo? Muy buena, gracias. ¿No crees que admite un poco más de sal? Bueno, es posible que un poco más de sal admita, sí. Ay!, otra vez, si es que siempre me hace un feo, siempre poniéndole pegas a todo lo que hago en lugar de agradecérmelo, hija, podías decirle algo a tu marido…. Y yo mira que he intentado hacerle ver a mi mujer lo absurdo de la situación, pero es que a ella le parece normal. Está acostumbrada. ¿Ves?
En ese momento suena el móvil del legislador. Sí, cariño. No, vuelvo en seguida, no, sí, sí, sí, te quiero.
– ¿Ves? Llamada de control. Que dónde estoy, que si voy a volver pronto, que a qué hora… Las mujeres son controladoras. Ya te lo digo yo, aprovecha ahora….

Exhausto después de enunciar la tercera ley sobre el género femenino, y para celebrar lo fructífera que estaba resultando la tarde, el legislador llamó a la camarera y le pidió otros dos gin tónics. El resto del tiempo del que disponían se lo concedieron de recreo, y lo agotaron conversando acerca del bosón de higgs.

Disecciones materno filiales

En esta ocasión realizaremos un experimento, o un ensayo –que dicen en literatura- acerca de las relaciones materno-filiales. Pero dada la complejidad del tema a abordar, comenzaremos a enfocar tomando una escena en concreto, una cualquiera. Ésta, por ejemplo, en la que vemos a una madre junto a su hijo sentados frente a una mesa. Para realizar el experimento o ensayo tendremos a mano una lupa, que nos permitirá realizar aumentos en la escena a fin de captar detalles que a simple vista podrían pasar inadvertidos, y aportar datos útiles acerca de la escena a fin de poder extraer concusiones. Asimismo, realizaremos disecciones en el pensamiento de los protagonistas, para poder aproximarnos con la profundidad que requiere todo estudio de aspiraciones mínimamente científicas.

Bien, realizadas dichas precisiones, volvamos a nuestra escena. Recordemos: una madre y un hijo sentados frente a una mesa. Sobre la mesa, un cuaderno escolar de cuadrícula, y unos folios con algo impreso en ellos. La madre, de mediana edad,  se sujeta la cabeza con ambas manos, como si le pesara, y reposa los codos sobre la mesa. El hijo, de unos ocho o nueve años, se encuentra derrengado en la silla, con la cabeza gacha, como si quisiera tocarse el pecho con la barbilla pero no terminara de hacerlo por resultar forzado.

La madre suspira. “Venga,  ya has terminado un problema, sólo te quedan tres, pero a este ritmo vamos a estar aquí toda la tarde”.

El niño replica algo emitiendo gruñidos, por lo que no terminamos de entenderlo, de modo que aunque podríamos imaginarlo, evitaremos aquí toda suposición. El niño tapa el bolígrafo, vuelve a destaparlo, tira la goma al suelo, la recoge. Al recogerla se mira las manos y gracias a la lupa de aumento podemos ver que cae en la cuenta de que tiene algo sucio en un uña por lo que comienza a limpiarse con deleite y detenimiento. Pero no retoma la tarea. Nos preguntamos el por qué. Quizá tiene facilidad para la distracción, pero para evitar suposiciones en este punto hacemos uso del bisturí y nos adentramos en el pensamiento del menor.

Nos llenamos de sorpresa al constatar que el niño está retrasando su tarea escolar no porque se distrae sino precisamente para no distraerse.

Tres problemas pendientes, de los cuales debe copiar el enunciado de las hojas impresas al cuaderno escolar. Se trata de una tarea rutinaria donde las haya, utilizando las manos en plena era de la tecnología. Se pregunta por qué su profesora no emplea las TIC en su metodología pedagógica, y si debería denunciarla al Ministerio de Educación por contravenir el espíritu de la LOE.

Asimismo se pregunta también por qué para resolver un problema con una simple suma, además de copiar el enunciado (manualmente y sin procesador de textos), debe explicitar los datos proporcionados por el mismo, escribiendo encima “datos”, escribir “operaciones” sobre las operaciones y escribir “solución” sobre la solución. Y por qué debe saltar cuatro cuadrículas, y no tres ni cinco, entre problema y problema. Piensa que su profesora debe estar empeñada en que realicen aprendizajes para la vida, donde tantas veces tendrán que realizar tareas absurdas simple y llanamente porque se lo exige un superior.

El niño tampoco entiende por qué tiene que hacer deberes en vacaciones si ha sacado buenas notas durante el curso, y si va a tener que trabajar durante el verano apruebe o suspenda, qué ventaja tiene el sacar esas buenas notas tan alabadas por todos.

El niño entonces encuentra otra vía para aferrarse a su fin, el de no distraerse de su no hacer la tarea, para distraer a su madre. Realizamos puntos de sutura, y tomamos  de nuevo distancia.

– Mamá, ¿cuántas asignaturas tengo que suspender para repetir curso?

– No lo sé. Por favor, ¿puedes empezar a copiar el enunciado del segundo problema?

– Pues me han dicho que si suspendo una misma asignatura las tres evaluaciones, repites.

– Bueno, creo que ahora mismo no corres ese riesgo, ¿te puedes poner a copiar de una vez?

– De todas formas en cuarto no se puede repetir.

– Si lo tienes tan claro, ¿para qué preguntas?

– Pero, si suspendes y no repites, ¿qué pasa?

– Lo preocupante no es suspender o aprobar, sino aprender o no.

La madre muerde el anzuelo a la perfección, y comienza a disertar acerca de las virtudes del conocimiento al margen de los resultados académicos, y de los procesos de construcción del mismo que no reproduciremos aquí en su totalidad para no producir en el lector el mismo sopor que produjo, como por otra parte resulta comprensible, en el niño.

Por favor, el bisturí. Esta vez realizaremos un corte en la línea de pensamiento materno.

La mujer, a posteriori, se ha dado cuenta de que, con su alocución, su hijo ha ganado diez minutos más antes de enfrentarse al suplicio de los problemas, y no entiende cómo puede preferir dedicar la tarde a discurrir maniobras de evasión antes que a resolver en el menor tiempo posible tres problemas para poder irse a jugar. Claro, razona, que como jugar es lo que hace el resto del día, quizá las maniobras evasivas presenten mayor distracción que la tele, la consola, la piscina o los amigos. El exceso de tiempo libre nos convierte en seres retorcidos, sentencia.

Pero la madre se ha propuesto no tirar la toalla, y presionar al niño hasta ver la tarea resuelta. Y se basa para tomar esa decisión en su experiencia reciente, cuando cedió ante un  “mamá, te prometo que mañana hago los deberes de hoy y mañana en cuanto me levante”, sabiendo de antemano que el viento iba disolviendo cada palabra según era pronunciada. Pero no era la estafa lo que le hacía desistir. Sino el pensar en lo que podría ser un día con ocho problemas en lugar de cuatro. En ese momento dejó de razonar y odió a la profesora del niño.  La odió con palabras gruesas.

Después del odio retomó su misión, y se propuso ser creativa, ofreciendo a su hijo un reto. Tomemos distancia de nuevo:

– Venga, hijo, para que veas que no es tan horrible voy a hacer los problemas también. Me llevas uno de ventaja. A ver quién termina primero. Y sí, yo también copio los enunciados, y escribo “datos”, “operaciones” y “solución”.

El niño es tentado, y la tentación le aparta de su objetivo, porque se pone a escribir. El reto dura poco. Justo el tiempo que tarda el niño en darse cuenta de que no lo va a ganar: en el intervalo en el que él ha copiado y resuelto el segundo problema, la madre ya ha terminado los cuatro.

– Mamá, no vale, es que tú escribes más deprisa.

–  Porque yo he copiado muchos enunciados en mi vida.

– Así que la finalidad era ésta… ¿y merece la pena?

El niño abandona el reto y retoma su propósito de triunfo por exasperación. Tira el boli al suelo.

La madre se intenta animar. Ya sólo quedan dos.

– Venga hijo, ponte con el tercero…

– Mamá, no puedo hacerlo.

-¿Por qué?

– Porque es demasiado aburrido.

– ¿Pero no te das cuenta de que llevas más de una hora para hacer dos problemas y que tardas mucho más en lamentarte que en hacerlo?

Claro que se da cuenta. Se da perfecta cuenta. Ambos se dan cuenta. La madre se levanta de la silla y se va, y mientras va diciendo:

“Tarda lo que te de la gana, pero yo no pienso perder mi tarde también. Y no te vas a mover de ahí hasta que termines.” Ha perdido la paciencia.

El niño protesta, gruñe, se balancea en la silla con una fuerza suficiente como para que al golpear el suelo lo haga con cierta violencia. Con la lupa observamos que con las manos está desmenuzando la goma, y que le asoma una lágrima. Abramos de nuevo, con cuidado, no vayamos a dejar marcas.

Parece que las maniobras evasivas no producen el mismo entretenimiento si el sujeto a evadir –y exasperar- se ha marchado. Sabe que puede seguir en su empeño, sabe que puede ir a mayores, que puede seguir con los golpes en la silla, puede incrementar el nivel de violencia que manifieste su disconformidad, puede permanecer con esa actitud lo que queda de día, y lo que le queda de vida. Pero comienza a plantearse si la victoria le compensa todo aquello. Al mismo tiempo, y por la actitud y el tono de voz de su madre se da cuenta de que ya no queda mucha cuerda de la que tirar, y que la situación amenaza castigo. Y claro, permanecer enfadado de por vida sin tele y sin consola, definitivamente resulta un precio muy caro. Quizá vaya siendo hora de claudicar. Pero hasta para eso hace falta esperar al momento oportuno.

Por favor, el bisturí para la madre. La madre está en su dormitorio. Piensa que es posible que el hijo se plante y no haga sus tareas. Ella está cansada y no quiere sacrificar toda la tarde, ni su salud mental por dos putos problemas de matemáticas, eso sí, el niño se va a enterar, y piensa en posibles castigos. Nada de tele, o nada de consola. Ni tele ni consola. ¿Cuánto tiempo? ¿Esa noche? ¿Durante una semana? ¿El resto de la vida?

Pero no es más que revancha. Es sólo revancha. Antes de darse por vencida vuelve a intentar encontrar una solución. El verdadero problema era copiar el enunciado y no el resolver el problema… ¿y dictándoselo?

– Hijo, ¿y si te dicto los enunciados?

– Vaaaale

La madre comienza a dictar. Tomamos la lupa de aumento. El niño escribe el enunciado antes de escuchar la voz de la madre.

Cinco minutos después la tarea está terminada y el conflicto resuelto.

El niño se aleja pensando que ha ganado las batallas pero ha perdido la guerra.

La madre piensa que ha ganado una batalla, pero que la guerra es otra cosa. También piensa que no existen las victorias absolutas. Ni las derrotas tampoco. Y piensa que el pensar en términos como batallas o guerras, cuando se trata de los conflictos con su hijo, ya es una señal de derrota. Aunque no absoluta.

Nosotros constatamos los enormes esfuerzos de diplomacia que exige el llevar a buen término un conflicto, incluso si el conflicto tiene carácter materno-filial.

Que el paciente lector extraiga, a su vez, sus propias conclusiones.

Pensando en prisas: Libro primero

Cuando Aomame tenía diez años tomó de la mano a un niño de su clase. Entonces supo que sería la persona a la que amaría el resto de su vida.

Me gusta Aomame.

No ha vuelto a verlo desde entonces. Y tiene treinta. Trabaja en un gimnasio; a veces mata gente. No tiene pareja. No ha vuelto a verlo desde entonces. Lo ama. Lo va a amar el resto de su vida. Ella lo sabe. Sólo ella.

Me gusta Aomame.

Y como lo sabe, el que vaya a volver a verlo,  el cuándo, tiene una importancia relativa. Nada de eso impide que pueda amarlo. Ni que lo sepa. Sabe que lo ama. Sabe que lo hará siempre. Porque lo sabe no desespera. Por esa certeza no tiene prisa.

(*prisa: dícese del tema del dinosaurio, primera semana de mayo de 2012)