Aún somos capaces de la presencia?

Traducción del útlimo artículo de Jean Paul Galibert:

«La presencia era una vinculación directa y total de mi yo a un lugar. Antes era posible encontrar un lugar y ocuparlo por completo. Cada presencia disfrutaba de las ventajas y asumía los inconvenientes de un lugar. A la inversa, el objeto hipermoderno es un sistema de polipresencia; es decir, de presencia simultánea de mi yo en varios lugares. La polipresencia se propone obtener el mayor número de ventajas de diferentes lugares, minimizando los inconvenientes de cada uno.

Toda presencia permitía el secreto, mientras que ninguna telepresencia lo permite, porque la telepresencia supone la presencia implícita pero constante de un sistema y de un operador.

Toda multiplicación de lugares es una división de mi yo. Mi yo puede distribuir su presencia, repartir sus grados de presencia entre los diferentes lugares para maximizar las ventajas y minimizar los inconvenientes: es la distribución de presencia. Pero toda distribución de presencia es una distribución de ausencia, porque mi yo distribuido no está nunca por completo en un lugar. Así que toda presencia, desde el momento en que está conectada, se convierte también en una ausencia»

Jean Paul Galibert

La era de los cronófagos

Pedro, de quince años, trabaja en su habitación: termina sus deberes de matemáticas para el lunes. Su ordenador reproduce un disco de su grupo de música preferido que ha descargado la víspera. En otra ventana de la misma pantalla, una red social le permite recibir los mensajes de aquellos de sus compañeros que están conectados en ese momento. Al lado del ratón, su teléfono móvil permanece abierto, por si lo llama su compañera. El trabajo clásico, en este caso intelectual, se produce en un punto concreto del espacio físico. Pero no es más que uno de los hilos de la madeja de las conexiones en curso. Cada una de estas conexiones, vitales, está establecida por un aparato que captura una parte de nuestro tiempo, un «cronófago». Pedro no hace absolutamente nada sin disponer alrededor suyo sus conectores, que son a la vez emisores de flujos discursivos y capturadores inflexibles de su propio tiempo, al estilo del explotador. Lo que es nuevo, es que esta forma de comunicación cronófaga es la primera forma de explotación concebida como liberación, y reivindicada como una existencia verdadera. Queremos trabajar, pero con la condición expresa de permanecer conectados. Como si la conexión de nuestro tiempo se hubiera convertido en nuestra condición de existencia.

Nos encontramos en la era de los cronófagos. ¿Qué quiere decir esto? La cronofagia es un sistema que implica una inmensa fractura entre la vida y la existencia, porque propone superar ésta gracias a un nuevo nexo, indisolublemente imaginario y tarificado. Esta nueva utopía, con una accesibilidad inmediata, nos propone dejar de perder el tiempo que dedicamos a vivir: sólo hay que hacer click, imaginar, y pagar para pasar directamente de la rutina a la peripecia, de la vida a la existencia.

El postulado básico de la cronofagia, que aceptamos como una evidencia inmediata, es que la conexión es la única fuente de existencia. Esta principio es susceptible de dos formulaciones: positivamente, que estar conectados es existir; negativamente, que no hay existencia fuera de la cronofagia. Igual que, seguramente, el estado de Max Weber se aseguraba un monopolio de violencia física legítima, la cronofagia se apropia el monopolio de la existencia verdadera…

(Extracto de Jean Paul Galibert, «Hypertravail et Chronophagie, la brujería hipercapitalista como tiempo de trabajo imaginario del consumidor». Extracto publicado aquí. Lo he traducido sobre la marcha, se aceptan correcciones. En cualquier caso, lo que quiere decir se entiende, y a mí me parece que da pie, o debería darlo, a la reflexión. Es cierto que cualquier actividad consume tiempo. Pero creo que en virtud de la conexión permanente, estamos más pendientes del mundo imaginario que del aquí y el ahora. Y que toda esta conectividad es a costa de sacrificar precisamente el tiempo que podríamos  dedicar a vivir, en el sentido de existir.)

La Historia de las Cosas

Quería colgar un vídeo de 20 minutos que merece la pena ver. Pero como mi wordpress últimamente está entontecido (¿soy la única a la que le cuesta al abrir una entrada que se pueda escribir en visual en lugar de el HTML, o bien cuando pincho en «subir objeto» se tuesta y no sube nada?) dejo el enlace, que es mucho más cutre, pero de veras merece la pena. Atención a las reflexiones acerca de la flecha dorada….

http://www.youtube.com/watch?v=vE-0bnR7VFc&feature=player_embedded

Orden

He empezado con un cajón, con otro y con otro, hasta que el salón entero estaba lleno de montañas de papeles. Las de lo que vale, las de lo que no vale, bolsas de basura donde poder tirar la mierda  en una mañana de fiebre de orden.

Supongo que tras esa fiebre no hay más que una tremenda ingenuidad.

Ahora que ya no hay caos en el salón me siento más segura.

Lo malo va a ser salir.

La aventura ambigua

Las sorpresas tienen tantas formas, colores, sonidos y aromas diferentes que a veces no las reconocemos. Sobre todo porque no las esperamos. Eso sí que es fundamental y maravilloso en las sorpresas, el no esperarlas.

Hace unos cuantos días, aprovechando que estaba sola, me fui al cine. Al salir la noche era estupenda, tan oscura y tan cálida, y yo tenía el ánimo tan bajo y la cabeza tan ocupada, que necesité dar un paseo y volver a casa andando.

Y así iba yo, disfrutando de mi momento de soledad, enfrascada en mis cavilaciones, ajena a la calle recorrida, cuando una voz me sacó de mí misma y me trajo de nuevo al mundo de los vivos:

«veo que caminas sola, yo también voy solo, si quieres caminamos juntos»

Tengo que reconocer que cuando me di la vuelta y ví a aquel hombre negro enorme, y que la calle estaba vacía, me sentí un poco insegura, y me pareció una imprudencia el no haber cogido un taxi. Pero lo que de verdad me resultó más molesta fue la interrupción. Es que ese hombre no se había dado cuenta de que yo no estaba sola, estaba conmigo misma tomando consciencia de mi tristeza, y el pensar que de pronto iba a tener que abandonarme   para hacer el esfuerzo de mantener una conversación trivial con un desconocido, para caminar juntos, me irritó.  Imagino que él imaginó mis reticencias, y antes de que le espetara una negativa, inistió: «sólo se trata de hablar, y que el camino sea más divertido».  Tampoco eso me convenció «Tu parles français?». La vanidad. Me pudo la vanidad, y olvidé mi irritación para contestar como movida por un resorte  «Oui».

Y en francés comenzó lo trivial. Oscar era de Camerún, vivía en España desde hacía siete años, daba clases de francés, era masajista, pero también había trabajado de fontanero y de lo que le había surgido a lo largo de siete años de peripecias.  De las reseñas biográficas de cada uno pasamos a hablar del choque cultural, ya en español.

«Aquí tenéis de todo, pero no sabéis ser felices. Os resulta extraño hablar con las personas. Tenéis miedo. Yo hablo con todo el mundo en el barrio, como puedo estar hablando ahora contigo. Pero muchas personas te rechazan, por miedo. Allí somos comunidad. Una fiesta, un funeral, lo que sea, nos une a todos. Todos nos conocemos, todos hablamos, nos alegramos con la felicidad de los demás y nos acompañamos en nuestras desgracias. No tenemos dinero para tomar algo, para charlar en un bar, pero hablamos en la calle, con quienes te encuentras, y estamos cerca todos de todos.»

Sí. En los pueblos pequeños todavía hay algo de eso, pero las ciudades han impuesto un individualismo feroz. Estamos rodeados de millones de personas, que son millones de extraños a los que no nos acercamos, con los que nos resulta violento hablar. Hay mucha soledad en las ciudades. No se estila hablar con los desconocidos.

Y me contestó: «Ya os iremos enseñando.»

Estuve más de una hora charlando con ese hombre que no dejaba de sonreír  y de sentirse agradecido con la vida, de pie, en la calle. De diferencias culturales, de soledad, de comunicación, de la actitud ante la vida,  de la felicidad y del valor. Me recomendó un libro «L’aventure de l’ambiguë», de  Cheikh Hamidou Kane.

Y cuando nos despedimos y seguí mi camino a casa, me di cuenta de que la tristeza y la pesadumbre que estaban conmigo a la salida del cine habían desaparecido. Y que el haber compartido todas esas impresiones con ese extraño me había llenado de energía. Y que de pronto caminaba contenta. Y que había merecido la pena cometer la imprudencia de conversar con un desconocido que, desde Camerún, y tras un viaje odisíaco, había venido a enseñarnos. Toda una sorpresa, de color negro.