Gijón, 18 de agosto.

El otro día, cuando paseábamos por Gijón, pensé dos cosas. Las dos te las dije, pero no es lo mismo. No es lo mismo porque si las escribo las puedo pensar, y tengo todo el tiempo que necesite hasta que lo que escriba exprese con cierto parecido mi pensamiento. Sin ese tiempo, y sin poder rectificar, posiblemente lo que dijera se pareciera menos a lo que pensaba.

Tampoco es lo mismo porque esas dos cosas que pensé y te conté en el paseo de esa tarde lo más probable es que se nos olviden a ambos, mientras que si las escribo también las olvidaremos -no te crees grandes expectativas, son pensamientos intrascendentes- pero sin embargo, si dentro de un tiempo volviéramos aquí, al cuaderno, las recuperaríamos. Y esto tiene relación directa con el primer pensamiento de aquel paseo, cuando de pronto recordé una escena del pasado que había olvidado. Me vino a la cabeza de pronto, y con una cierta sensación de irrealidad. Te lo tuve que preguntar. ¿Hemos estado alguna vez en una playa, que tenía pinta de virgen? Es que me acaba de venir a la cabeza una imagen. En ella estamos tú y yo en una playa extraña. Es extraña porque en la arena hay también vegetación y barro. Hay gente alrededor que se está untando el cuerpo con el barro. No se ve el mar desde donde estamos, pero me veo andando entre esa vegetación y ese barro y el mar aparece. ¿Eso lo hemos vivido?

Tú me contestas que sí, que fue la playa de Poo, que estuvimos la otra vez que estuvimos en Asturias. ¿No te acuerdas? Aparcamos en un parking por ahí cerca, habíamos comido en Llanes, creo que elegimos un sitio horrible como nos suele pasar. Repaso mentalmente. De Llanes no recuerdo nada, de la comida tampoco. Recuerdo una foto que hice en el parking. Es un cartel de madera que pone playa. Recuerdo otra foto con un chico en un tractor. que estuvimos en una playa. Comienzo a casar lo que sé a raíz del recuerdo de esas dos fotos con esa imagen que me acaba de venir a la memoria. Pero soy yo la que hago esa conexión. Es como si hubiera recuperado un pedacito de mí que se había perdido. No una historia de mí sino un momento concreto de mi existencia. Me asusta pensar la cantidad de esos momentos que habré perdido. Me doy cuenta de cómo las fotos ayudan a sujetar los momentos. También este cuaderno. Sin embargo se pierde casi todo. Salvamos la punta del iceberg. Por un lado siento pena por todo lo perdido. No sé lo que he perdido, pero sé que lo he perdido. Por otro lado, me queda la fascinación por la sorpresa de esa imagen que ha vuelto y he recuperado. Se había ido tan lejos que ni siquiera estaba segura de que fuera mía de verdad, que no se tratara de un sueño o de algo inventado. He buscado en google fotos de la playa de Poo. Ya sí estoy segura de su realidad. También he recordado, junto con esa imagen, la sensación que me acompañaba en esos primeros viajes en los que ya no nos sentíamos clandestinos, esa nueva sorpresa de estar juntos de otra forma.

Creo que fue ayer cuando leí un comentario de Santiago Pérez Malvido en el blog de un amigo. Decía “la memoria -esa forma intangible y un poco tramposa de la fotografía- tiene también algo de territorio ganado, de conquista de lo que somos”.

La segunda cosa que pensé en ese paseo llegó después de varias observaciones. Vimos una pareja con dos niños pequeños. Los padres iban en un patinete y los niños en bicis pequeñitas. El padre decía ahora vamos a ir a un sitio que es chulísimo, ya lo veréis. Es lo que nosotros llamamos la zanahoria. Viajar con niños no es sencillo porque a ellos pasear o ver lo que los adultos quieren les aburre. Hace falta una estrategia de marketing que les convenza de que lo que hacen forma parte un juego, que tienen que andar, pedalear, o lo que sea, no como un fin en sí mismo, sino como medio para alcanzar algo que para ellos es excitante de alguna forma. Si son lo suficientemente pequeños, se les puede convencer con argumentos un tanto mágicos. Como ese “algo” chulísimo de ese padre. Después tendrán que ser sabios a la hora de manejar las expectativas y la imaginación de esos niños. Posiblemente esos niños en su cabeza habrán convertido ese “algo chulísimo” en una cosa completamente diferente a lo que después se encuentren. Quizás ellos han pensado en un parque con unos columpios enormes, un helado gigante, una nave extraterrestre o un bosque con tigres. Cuando se encuentren, como se encontrarán poco tiempo después, con una escultura de Chillida, necesitarán que los padres redoblen sus esfuerzos para que sus pequeñas cabezas consigan reconvertirla en un nuevo objeto dentro de su catálogo de “algos chulísimos”.

Efectivamente, al cabo de un rato encontramos a la familia subiendo el camino empinado que conduce al impresionante monte donde está el Elogio del Horizonte de Chillida, con la ciudad a sus pies. Y allí pude ver otra escena de un padre tratando de transformar esa visita en algo de interés para su hijo, ajeno al paisaje y a la escultura. El padre, con los brazos en cruz, le convencía para realizar equilibrios saltando a la pata coja. Con mucho entusiasmo le decía mira, mira, y ahora vamos a hacer ésto!, como si en lugar de estar saltando a la pata coja en la cima de un monte estuvieran sobre una cuerda floja a dos mil metros de altura sin red de seguridad y hubiera una muchedumbre jaleando la hazaña desde abajo. El niño entraba en el juego sin tanto interés como el padre. Probablemente porque era el único juego que tenía.

Entonces vi a otros niños. Estos estaban jugando solos. Se estaban lanzando ladera abajo corriendo a toda velocidad, con chillidos nerviosos. Tú dijiste: mira esos niños, se van a matar. Esa es la verdadera diversión, te dije, la que entraña un riesgo tangible. Esos niños se divierten corriendo ladera abajo aunque con cualquier fallo de un pie podrían despeñarse, quizás y precisamente porque saben que, en cualquier momento, con cualquier fallo de un pie, podrían despeñarse.

¿Y por qué hace falta el riesgo? Si fuera solo correr y sentir el viento en la cara bastaría con correr en horizontal. Pero no. Si bastara imaginarlo sería suficiente con el ejercicio del niño a la pata coja, pero no. Quizás sea necesario saber que la vida va en serio, que han salido de esa burbuja de protección que crean los padres, esa que ofrece un entorno seguro pero inauténtico. Quizás sea esa forma de salir de esos algos chulísimos imaginarios para experimentar por un momento lo que es la vida real, con sus peligros asociados. No es una selva con tigres pero sí una caída libre por un prado vertical. Ni tan mal. Esa necesidad me resultó familiar. Yo estuve allí.

Entonces me preguntaste si me apetecía lanzarme ladera abajo. No, ahora mismo no necesito divertirme. Con observar me basta.

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Las cuatro piernas entrelazadas.

La hija de mi prima está en casa desde el fin de semana, y ayer fuimos a conocerla. Mi prima me llama Pati. Desde que mi abuela se murió solo ella me llama Pati. Las diferentes formas que adopta el propio nombre produce efectos diferentes en el nombrado. Ya ves, solo cambian unos pocos fonemas que aluden un mismo significado. A diferencia de los vientos o las mareas, los efectos del propio nombre no son predecibles. A nosotros, los humanos, todo nos cambia, todo nos influye, hasta nuestro propio nombre. Qué otro significado es sensible a su significante. No se me ocurre.

Hablamos del hospital, hablamos de las vacaciones. Ellos a lo mejor no se van a ningún sitio. Nos preguntan a nosotros. Nosotros vamos a Cádiz, como todos los años. Ellos empiezan a recordar cuando estuvieron en la boda de mi hermana. Que perdieron el autobús que mi hermana había contratado para llevar a los invitados desde el hotel hasta el ayuntamiento. Yo no me enteré de nada, porque me encargaron las fotos así que fui con los novios. Pero mi tía, mi prima, y mis hijos, -que se habían quedado a su cargo-, perdieron el autobús. Tuvieron que irse en coche y llegaron por los pelos. Mi prima me dijo que se acordaba de eso, y también de lo que había leído yo en la ceremonia civil. Que le había gustado mucho. Sí, ese texto de que se miraban y se veían. Álex, que estaba sentado al lado mío, me dijo “pues no lo he entendido”. Me sorprendió que mi prima se acordara habiéndolo oído una sola vez hace años.

Mi hermana me había pedido que escribiera algo para leer en la ceremonia. En esa época aún vivíamos una frente a la otra, yo me había separado hacía no mucho, y me sentía la persona menos indicada. De eso me he acordado esta mañana, cuando he buscado y leído el texto en el correo electrónico para dejarlo en el cuaderno. Aquí va

Algunas noches me asomo al mirador y veo enfrente una ventana con luz, y cuatro piernas entrelazadas. Y me gusta.

Hay gente que dice que  el amor siempre no existe. Que la rutina es inevitable, que después del tiempo y su erosión lo que  queda  es el apego, el cariño, la seguridad,  la costumbre… y nada más,  que hay que conformarse. Y que, al fin y al cabo, tampoco está tan mal. Lo dice mucha gente, unas veces con palabras, otras con su propio ejemplo, y según van hablando oscurece.

Yo sé que la gente que dice eso está equivocada –no sé si en el fondo ellos también lo saben-. Yo sé que eso existe, lo sé porque lo he visto. Con una sola vez que lo viera me bastaría para saber que existe. Y existe.

A veces no sé cómo llamarlo, a eso, porque amor es una palabra manoseada, que se usa incluso para hablar de esa otra cosa que termina siendo apego, cariño y costumbre.  Pero no hay transcurso de tiempo suficiente, ni pasta de dientes apretada por la mitad, ni malos humores en lunes por la mañana que puedan con eso de lo que hablo. Eso está por encima, es más grande, más sagrado. Existe, y se eleva por encima de todo, de las arrugas que se abren paso, y de quién fue el último en vaciar el lavaplatos. Existe y  emociona. A quien lo siente y a quien lo ve. E ilumina, como esa luz que veo a veces por la ventana y me gusta.

Mientras miro por la ventana esas cuatro piernas entrelazadas, pienso en mis padres. Mis padres se miran. Aún se miran. Siempre se miran y al mirarse se ven. Cuando mis padres se miran se ven, desde fuera se nota que se ven,  se ven ellos, lo mejor que son, cómplices en un espacio que es sólo suyo, que conocen, que han creado, que comparten con quienes estamos alrededor, pero que es sólo suyo. Mis padres se miran.

Miro las cuatro piernas entrelazadas y pienso en el día que conocí a la madre de Juan, que cuando hablaba de Emilio, se escuchaba con tanta intensidad  la admiración y el respeto con las que hablaba que casi no se oían las palabras. También distraía de lo que decía el brillo de sus ojos. Y pensé que ni siquiera  me había hecho falta verlos juntos para percibir que también tienen eso, eso que existe, que es sólo de ellos, que conocen,  que han creado. Maleni y Emilio se miran.

Las piernas entrelazadas que veo  están aquí. Están escondidas bajo un vestido blanco, y un chaqué, disfrazadas de dos personas que han querido decirse delante de los suyos un quiero quererte siempre, como si fueran una declaración de intenciones bonitas, pero son cuatro piernas entrelazadas que han venido a decir que lo son.

Algunas noches me asomo al mirador y veo enfrente una ventana con luz, y cuatro piernas entrelazadas. Y me gusta.”

Después hablamos de la boda de mi prima, les dije que Miguel la recuerda con mucho cariño porque no paró de comer jamón.

Ahora, cuando me asomo a la ventana ya no veo sus piernas, porque ninguna de las dos vivimos donde vivíamos, y no sé si siguen siendo cuatro piernas entrelazadas. Pero se miran.

Ahora tengo dos sobrinos, y Emilio está muerto.

La semana que viene coincidiremos en Cádiz. Cinco años después.

 

Mi primer recuerdo concreto de la infancia

Sé que tenía menos de cinco años el día en que me caí de un taburete porque aún vivíamos en Aluche. Tendría dos, o tres, o cuatro. Fue el día en que aprendí la palabra chichón y su significado. No recuerdo cómo aprendí el resto de las palabras de mi primera infancia. Sólo esa. No recuerdo cómo me caí del taburete, ni tampoco cómo llegó mi padre, aunque teniendo en cuenta cómo va ahora cuando se cae un nieto imagino que corriendo con cara de pánico, pero sólo lo imagino. En mi recuerdo yo ya estoy llorando  y mi padre me tiene en brazos, y está tranquilo y no tiene cara de pánico porque ya ha comprobado que no ha sido nada grave, y me dice con su voz tranquila y tranquilizadora que no pasa nada y que solo es un chichón. Y después me pregunta, con su tono de voz de contar historias  misterioso y fantástico y con un poco de sorna, que si sé cómo se curan los chichones, y le contesto que no, y me dice con su tono de eureka que comiendo pan con foie gras. Así que me preparó una tostada y me senté a comerla en el sillón acurrucada a su lado.

Recuerdo que en la tele había fútbol, porque recuerdo que era domingo por la tarde. Recuerdo también que al empezar a comer el pan con foie gras el chichón dejó de doler de una manera fulminante. Lo que no recuerdo es cómo quedó el partido, pero como esta parte no altera lo esencial del recuerdo, y no pudiendo apelar a una justicia universal por miedo a que una vez más no exista, voy a tomármela por mi cuenta, y ya que mi padre me quitó el dolor, me enseñó el poder curativo del foie gras,  y que gracias a él aprendí la palabra chichón, su significado y su cura, diré que esa tarde jugaba el Atleti y que ganaba.

Qué menos.

 

mecanismos para no olvidar la magia del juego

Los juegos surgen de las cosas más insólitas. No sé cuál es la clave, no creo que haya sólo una. Supongo que una de ellas es no esperarlos, no forzarlos, como con todo. Quizás sabría más si repaso mis juegos, cuándo llegan, podría saber algo más acerca del cómo. Aunque el saber más no me garantiza en absoluto que vaya a poder controlarlo, y jugar a mi antojo, porque jugar es divertido, jugar me pone alegre, y jugar se olvida demasiado deprisa.

Jugar, como el otro día que me obligué a hacer albóndigas aunque me daba una pereza terrible, porque sobrepasa el límite que he fijado, el límite de no hago nada que me obligue a estar más de veinte minutos en la cocina, pero como tengo tiempo me he obligado porque les gustan, y normalmente no las hago nunca porque nunca tengo tiempo, y porque además me da pereza, y me he obligado pero me lo he dejado, como hacía con los deberes, para el domingo por la noche. Y me llama mi madre, y la corto y le digo que tengo que hacer albóndigas, y mi madre me dice las cosas de madre, pues se te ha hecho muy tarde, te va a llevar por lo menos una hora. Y yo me desmoralizo porque sabía que iba a traspasar mi límite pero no pensaba que tanto, una hora!!!! una hora de un domingo por la noche en la cocina? de mis últimos momentos de fin de semana? y una mierda. Y entonces aparece, el juego, lo sé, porque empiezo a correr y porque noto su energía, contenta, con el reloj en la encimera, y no hay huevos pero me da igual, me invento la forma de sustituir, y como siempre, me invento media receta porque me encanta transgredir la norma escrita, hasta esa, y sigo corriendo, haciendo bolas a un ritmo trepidante, con las pulsaciones al máximo, y cuando por fin acabo compruebo mi marca: treinta y cinco minutos, y corro a por el teléfono y marco un número, y lo primero que digo cuando me descuelgan es ¡¡¡terminé!!!! y mi madre al cabo de un momento se acuerda de mis albóndigas y dice, Ah, las albóndigas, qué pronto, no? y me pregunta cuánta carne he usado, y se lo digo, pues como yo, me dice, y me pregunta que cuántas me han salido, para comprobar que no he hecho sólo una pelota gigante, y le digo que cuarenta, pues como a mí, y entonces me dice que ella tarda más porque las hace con calma, y yo le digo que tardo menos porque las hago compitiendo, pero no contra ella, sino contra el propio tiempo, contra el fin del domingo. Y al día siguiente le pregunto a pablo cómo estaban, y me dice que riquísimas, y yo me sonrío victoriosa por dentro, porque pablo es exigente y no regala mentiras piadosas.

O jugar, como cuando fui a yoga kundalini por primera vez, para probar, sin saber en realidad en que consiste, y voy a la clase, y hay que empezar cantando unos mantras, que no sé ni qué son, en un idioma que no sé ni cuál es, y yo pienso que me va a dar vergüenza, y le digo a la profe que yo no he hecho nunca y que mejor miro y aprendo y me dice que lo intente porque sana y me va a hacer bien, y pienso que si no lo intento qué sentido tiene el haber traspasado el umbral, y me siento en postura fácil, y miro el tercer ojo, y canto el mantra, y no puedo verlo porque estoy mirando el tercer ojo, pero sé que estoy sonriendo, y como si me hubiera criado abriendo chacras, me concentro con todas mis fuerzas en concentrarme, en respirar, en meditar, en pensar sat cuando inspiro y nam cuando espiro, sea lo que sea eso, y en ser consciente, y juego a ser una gran yogui, y a sentarme muy derecha y no como acostumbro, y me imagino que mi columna es la unión del cielo y la tierra, y que la he despejado y ahora es un camino fácil. Sentirme camino a recorrer me gusta. Y salgo de allí relajada y contenta, y estirada, y ligera, y muy divertida, y después os lo cuento en casa, porque sé que lo del tercer ojo os va a encantar, y nos reímos bastante. Pero decido que aunque me resulte una de las cosas más bizarras que he hecho en los últimos días, mientras salga de allí contenta, estirada, ligera y divertida, seguiré cruzando ese umbral.

Jugar, como el jueves pasado, cuando después de volver del trabajo y hacer recados varios por fin me senté en el sillón y te dije que aún había que tender. Y pienso en lo tedioso del día, de un trabajo de mierda, de recados aburridos, de sentarme a las ocho de la tarde, y aún con cosas por hacer. Y tú me contestaste que ya tendías tú, como sabía que harías, porque habías tenido más tiempo y me parecía que era lo justo, pero lo cortés, y más sabiendo que tenemos un sentido de la justicia similar, era esperar a que tú mismo lo propusieras. Todo normal para un jueves anodino y cansado. Tan cansado que después de escuchar lo que quería oír aproveché para quejarme de mi dolor de espalda. Y entonces tú: quieres que te dé un masaje? y yo sí, quiero, pero primero tienes que tender. Justo ahí, en ese instante, en una tarde de jueves bastante anodina, sé que ha empezado el juego. Lo siento porque de pronto me ha entrado la sonrisa y el cosquilleo de una diversión incipiente, y siento la energía. Me dejo llevar y sigo: Y  cuando termines tráeme una cerveza….  Y sólo cuando te levantas un tanto descolocado a tender, me escapo sin que me veas a la cama, y me desnudo, y te espero. Apareces con las manos llenas de ropa y te sorprende verme allí. Es por mi masaje, te digo, con mi sonrisa delatora de pensamientos malignos, políticamente incorrectos, o simplemente algo crueles que tan identificada tienes. Y sueltas toda esa ropa de cualquier manera, porque lo de tender o doblar la ropa en realidad nos da lo mismo, y y me das mi masaje, y te desnudas, y, espera, no hay prisa, ahora vamos a fumar, y voy a hacer yo los cigarros,  y hago dos cigarros, y te pongo un disco de Ella y Amstrong, y jugamos al juego de escribir el guión, y después jugamos al juego del cigarro simultáneo con reglas que me invento sobre la marcha. Y cuando ya nos hemos cansado de reír follamos contentos. Cuando nos queremos dar cuenta son las diez y veinte de la noche. Y preguntas qué vamos a cenar? Y yo contesto ¿y esa cerveza que me debes? Quieres salir fuera?  Sí! Y entonces nos duchamos y enciendes el transistor, y es el primer momento en varias horas en el que vuelvo a ser consciente de que hay un mundo ahí fuera, detrás de la puerta de nuestra habitación. La semifinal del eurobasket. Sé tan poco de basket que tengo que comprobar en google cómo demonios se escribe. Sólo faltan los últimos cinco minutos. Y te vistes sin dejar de prestar atención al partido pero yo no me muevo. No pretenderás irte ahora que falta lo más emocionante, te digo, además, estoy jugando a mandar, y ahora vamos a ver cómo acaba. Y entonces juego a ser la persona que más vibra con el basket (se escriba como se escriba) del mundo. Y me pongo muy nerviosa y muy tensa, y grito, aunque no tanto como tú, porque aunque no me interese el basket, voy a jugar a que me encanta durante ese rato, y tengo suerte, porque para que pueda perfeccionar mi técnica la cosa se alarga y hay una prórroga de infarto. Y ganamos. Y cuando se acaba la prórroga salimos, y bebemos una cerveza al aire libre, comemos algo al aire libre y volvemos a casa. Sabes, podría llegar a acostumbrarme a esto. Y yo. 

la normalidad es una mierda

Miguelito tiene que llevar uniforme para ir al colegio. A Miguel le gustan algunos uniformes. Le gusta el chándal de educación física, le gusta el uniforme de entrenamiento, le gusta la primera equipación de los partidos de los sábados, y le gusta también la segunda. Pero el uniforme del colegio, el de pantalón gris, polo blanco y jersey azul marino y mocasines, no. ¿Por qué unos uniformes le gustan y otros no? me pregunto. A juzgar por los que sí y los que no, deduzco que los que son cómodos para el juego, que es lo que a él le divierte, le parecen bien, y los que no, no. Me pregunto por qué diseñarán uniformes escolares que son tan poco compatibles con el juego, cuando todo el mundo sabe que si hay algo que hacen los niños, muy a pesar de las clases, es jugar.

Y como no lo entiendo, y además me parece una tontería, llevo dos o tres años haciendo trampas con el uniforme antijuego. Concretamente, con el calzado. Descubrí que hay una marca que hace zapatillas deportivas más o menos camufladas de azul marino y negro, muy duras y resistentes, con las que se juega mucho mejor que con mocasines, y que además duran todo el año. Todo son ventajas.

Alguna vez la profe le ha dicho que esos no eran zapatos escolares. Y yo le he dicho que le diga que si hay algún problema con sus zapatos que lo hablen conmigo: al fin y al cabo, yo soy la que los compra, la responsable de la supuesta infracción y la que puede explicar los por qués de la misma. Pero nunca lo han hecho.

Antes de comprar los zapatos de este año quise confirmar con Miguel que los quería del mismo tipo que los años anteriores, convencida de ir a obtener un sí como respuesta. Pero la respuesta fue ¿y no me puedes comprar unos mocasines como llevan los demás?

¿y por qué quieres unos mocasines?

porque quiero ser NORMAL!!!!!

¿que quieres ser normal?

sí, lo contrario de normal es anormal, y ser anormal es una mierda.

bueno, depende de la palabra que escojas, si dices que eres anormal suena mal, pero si utilizas “especial” suena mejor, no? eso se llama marketing… en fin, vamos a lo importante: qué es lo que más feliz te hace en el mundo?

jugar al fútbol.

¿y vas a jugar cómodo en el recreo con mocasines?

Miguel no contesta.

bueno, entonces qué hago, ¿quieres mocasines o deportivos?

pues …  cómprame unos zapatos que parezcan normales y que también sean un poco deportivos… pero menos que el año pasado.

Otro camino

Esta mañana he tomado otro camino. Tenía que entregar unos papeles en un organismo oficial. Ningún trabajo de altura, pero me ha permitido tomar otro camino.

Aparcar media hora en la calle me ha costado 1 euro y cuarenta y cinco céntimos, y tras pagarlos con una aplicación del teléfono que me permite no tener que estar pensando en llevar monedas, ni buscar parquímetro, ni tener que recordar la matrícula del coche, y que además te permite pagar sin que tengas la sensación de haber pagado, aunque por supuesto lo hayas hecho, busqué el organismo oficial en cuestión. Estaba muy cerca del coche, tanto, que ha habido pocas oportunidades de encontrar nada que mereciera el protagonismo de la foto del día. Eso es algo que me ha dejado un tanto decepcionada, porque el hecho de tomar otro camino distinto del que tomo todos los días es en sí mismo, motivo suficiente para ser el motivo de la foto del día.

El organismo oficial estaba escondido dentro de un centro de salud. Un señor del samur social me pidió ayuda para abrir la puerta porque llevaba en una silla de ruedas a un paciente, y las primeras puertas no eran de apertura automática. Las segundas sí, pero como puede suponerse gracias a los ordinales, para atravesar cómodamente con una silla de ruedas por las segundas puertas de entrada primero hay que atravesar las primeras. Y para abrir las primeras hay que accionar un picaporte. Y además, como son estrechas como para que las atraviese la silla de ruedas, también hay que abrir las contiguas quitando unos bloqueos arriba y abajo. Y la verdad es que no entiendo cómo en un centro de salud, lugar susceptible de ser utilizado por personas que necesitan sillas de ruedas, o bastones, o camillas, han dejado unas primeras puertas de entrada tan difíciles para ellos. Escalones, eso sí, no había.

Un tanto desconcertada en la sala de espera del centro de salud, recurrí al papel para averiguar por dónde buscar al organismo oficial. Quinta planta. En el ascensor vuelvo a coincidir con el del samur social y el señor que lleva en silla de ruedas. Me fijo en que no tiene calcetines y lleva los pies al aire, con unas sandalias de esas de casa que se atan con velcros y que son de rizo, como los albornoces y las toallas.  Ellos se bajan en la segunda.

En la quinta veo un cartel que pone registro, y me dirijo allí, que eso ya va teniendo más pinta de organismo oficial. No hay nadie esperando y me atienden nada más llegar. La señora que me atiende no me pone pegas a la hora de compulsarme los documentos, y continúa alegremente con la conversación que mantiene con sus compañeros de trabajo. Yo procuro no viajar en Iberia. Es que ya no te dan ni cacahuetes. Vamos, que casi puedes dar gracias si no te tiran por la borda a mitad de camino, y te llevan a destino con vida. Bueno, tal y como están las cosas, eso ya es de agradecer…. Eso lo digo yo, en voz alta, sin poder reprimir el comentario, como si fuera partícipe de la conversación y no sólo una mera espectadora. Ella contesta que ya no sabe si llevar a su hija a Londres o cancelar el viaje. Otro compañero se queja de que viajar en avión últimamente es espantoso. Que en la sala de embarque primero llaman a los que tienen billete business (lo pronuncia así: bú-si-nes), después a los discapacitados, después a los que tienen niños con sillitas…. ¿y a mí dónde me van a meter, dice, en la cola? Y es que –dice-  cuando no viaja uno en un su jet privado las cosas son diferentes. La señora que me atiende me da mi justificante de haber presentado la documentación, demostrando -ya sin lugar a dudas- que estoy en efecto en un organismo oficial por muy camuflado que esté en la quinta planta de un centro de salud, mientras sigue hablando acerca de las incomodidades del avión para el común de los mortales, así que no sé muy bien si me puedo ir o si me tiene que decir o dar algo más. Pero siguen de charla y a mí ya me resulta incómodo el papel de espectadora, así que directamente le pregunto que si ya me puedo ir, aún a sabiendas de que estoy interrumpiendo, y me dice que sí, así que me voy.

Como sólo tardo cinco minutos y tenía pagada media hora de aparcamiento en la calle, decido que hoy me voy a tomar mi café por allí en lugar de donde siempre en la oficina, puestos a tomar caminos nuevos, y me meto en una cafetería que se llama Los Torreznos. Entro y el interior no sorprende,  en la vitrina de la barra hay bandejas de boquerones en vinagre, morcilla, filetes de cinta de lomo crudos y ensaladilla rusa. Detrás de la barra el escaparate de botellas de alcohol de rancio abolengo en una estantería de madera, a la derecha dos máquinas tragaperras y una tele con una tertulia matutina. La camarera es muy delgada, morena, con coleta y flequillo, los ojos tristes, los hombros caídos,  y un aire demacrado y frágil,  pero cuando se dirige a mí para preguntarme me sonríe, y es una sonrisa luminosa. Me da la impresión de que contrasta, y que le habría pegado más hablarme seria y malhumorada, pero sin embargo es amable y sonríe, a pesar de las ojeras y del aire ceniciento. Yo pongo mucho esmero en sonreír también.

Al otro lado de la barra un señor jubilado un tanto rancio y hortera, con el pelo engominado y altanero, apura una Mahou. Con esos prejuicios que me caracterizan pensé que le pegaba ser socio del Madrid. Y detrás, en una mesa, un señor mayor que no es hortera se come una ración de churros, mojándolos con gusto en el café, supongo que de la misma forma que se los come en la intimidad de su cocina, compartiendo esa familiaridad de las puertas para adentro del hogar en el salón de la cafetería Los Torreznos. Me resulta tierno. Ayer mismo, en mi cafetería de siempre, un señor tenía metida una barrita entera en su vaso de leche, no la tenía sujeta con las manos, la tenía ahí, metida en el vaso, en remojo, supongo que para que estuviera bien blandita… también me pareció tierno.

Cruzo unos correos con mi amiga Ana, la aplicación del estacionamiento regulado me avisa de que va a caducar mi ticket, pago sonriendo mucho, y vuelvo al coche. Antes de meterme vuelvo a mirar a un lado y a otro. Igual hay algo especial y yo no he sido capaz de verlo por no haberme parado a mirar. Nada, no veo nada. Ni rastro de la foto del día.

Arranco y cojo la Castellana bajando por Raimundo Fernández Villaverde. Cuando me acerco a la Torre de Madrid  se me agita algo. Un momento, ya lo entiendo. Haber recorrido un camino tan poco habitual para que al final la foto escogiera precisamente ese lugar que en tiempos fue mi rutina diaria. A esta hora seguro que estás tomando café, aunque ya no donde siempre. Cojo el móvil y selecciono cámara. El semáforo se pone en rojo, cuando una foto escoge motivo busca sus cómplices. La primera, apresurada, me sale completamente torcida. Las dos siguientes derechas y encuadradas.

Cuando llego al trabajo, aparco y miro las tres fotos. Sin duda me quedo con la torcida. Le paso un filtro que se llama nostalgia, pero termino escogiendo el sepia, porque aunque se llame sepia y no nostalgia, a mí me parece que representa mejor los colores que yo veo con ese órgano que no es la vista. Selecciono la opción compartir. Escribo esa dirección que, por habitual, con sólo pulsar la primera letra del nombre, mi teléfono la predice. Enviar. Salgo del coche, ahora ya sí donde siempre, y me dirijo a ese edificio donde ponerme a hacer lo de siempre el resto de la jornada.

Patria

Esta noche he soñado que estaba con algunos amigos en un piso. No consigo identificar sus rostros, posiblemente no tengan un reflejo real en mi consciencia. El caso es que aunque fuera un piso en el centro de Madrid hablábamos de él como casa rural, distorsiones oníricas, supongo. El piso estaba en la calle San Marcos, y al asomarme a la ventana del balcón y reconocer la calle se me retorció el estómago. Me giré hacia esos amigos de rostro desconocido ahora que estoy despierta, y les cuento que en la calle San Marcos había vivido mi abuela. Y uno de ellos me replica “de hecho, esta era la casa de tu abuela”, señalando el fondo del salón, donde estaba una Singer. La suya.  No estaban sus muebles, ni la pintura de la casa, ni  el eco, ni la altura de los techos, ni su mesa, ni el gabinete, ni mis abuelos. Sólo la Singer. De hecho, ni siquiera eso, porque aún en el sueño, yo sabía muy bien que su Singer sigue con ella.

Era su casa, estaba en la que había sido su casa pero que ya no era su casa. Y me puse a llorar en el sueño, y las lágrimas mojaron la almohada. Y es que la línea que separa sueño y vigilia es a veces difusa.

Cuando me he levantado ya estaban los niños jugando en el salón. Les he preguntado si querían churros para desayunar. Ayer habían ido a comprar y quedaban muchos. Mientras se los calentaba en el horno, en un acto de piedad materna por evitarles el mal trago de comer churros fríos y revenidos del día anterior,  me vino ese olor a aceitazo que es capaz por sí mismo de producir ardor de estómago, y me dije a mí misma que si alguien me quisiera llevar al infierno, sólo tendría que ponerme  a freir churros. Me vino con él  a la cabeza uno de esos puestos de churros en ferias, o en la calle en Navidad, donde de hecho ayer compraron los que tenía en el horno. Y me llegó todo ese humo de la fritura, y ese olor del que reniego, y las bolsas calientes, y los churros grasientos, y las digestiones de mil días. Y aún así, con todo ese empacho encima, malditas evocaciones,  aún sin probarlos, aún protestando cuando Miguel me pasa sus manos llenas de aceite por la ropa, aún así, hay algo en ellos que me sujeta a un desayuno en casa de mi abuela, en la calle San Marcos, o con un día 1 de enero en el que ya hay luz, pero no hay taxis, y un frío de muerte, y un dolor de piés que le lanza un pulso a ese frío, y al fondo a lo lejos, como un oasis, una churrería, con churros grasientos y un vaso de plástico de chocolate, jodido maná del nuevo año al olor de chimenea. Como mientras camino desde la estación de tren hasta la casa de mis padres, que era la mía, y al respirar sale humo blanco de la boca sin necesidad de un cigarro, y de las chimeneas sale humo que huele a leña, como ayer desde su sótano, del de mis padres, por primera vez en este invierno. Y mi abuela quiso verla, aunque le costara un mundo bajar cada peldaño. Y cuando mi madre se la llevó a su casa me quedé pensando en lo frágil que se la ve desde que el cuerpo ha empezado a fallarle. Nos miramos mi padre y yo y estuve a punto de decirle eso, qué frágiles nos sentimos cuando empieza a fallarnos el cuerpo, verdad papá? Pero no se lo dije. Sólo nos miramos.

Y mientras doy salida a todo lo que me viene a la cabeza recordando el sueño,  me viene a la cabeza una cita de Susana Fortes que leí el otro día, “La patria no existe. Es un invento. … Lo que existe es el lugar en el que alguna vez fuimos felices”

Y me doy cuenta también de que ese lugar, esa patria, no es un lugar físico. Es un lugar  adimensional al que no se puede volver, al que no es necesario volver, al que no tiene sentido querer volver, porque está, porque es. Es en realidad -y todo el tiempo- una parte de mí y de lo que soy.