Otro camino

Esta mañana he tomado otro camino. Tenía que entregar unos papeles en un organismo oficial. Ningún trabajo de altura, pero me ha permitido tomar otro camino.

Aparcar media hora en la calle me ha costado 1 euro y cuarenta y cinco céntimos, y tras pagarlos con una aplicación del teléfono que me permite no tener que estar pensando en llevar monedas, ni buscar parquímetro, ni tener que recordar la matrícula del coche, y que además te permite pagar sin que tengas la sensación de haber pagado, aunque por supuesto lo hayas hecho, busqué el organismo oficial en cuestión. Estaba muy cerca del coche, tanto, que ha habido pocas oportunidades de encontrar nada que mereciera el protagonismo de la foto del día. Eso es algo que me ha dejado un tanto decepcionada, porque el hecho de tomar otro camino distinto del que tomo todos los días es en sí mismo, motivo suficiente para ser el motivo de la foto del día.

El organismo oficial estaba escondido dentro de un centro de salud. Un señor del samur social me pidió ayuda para abrir la puerta porque llevaba en una silla de ruedas a un paciente, y las primeras puertas no eran de apertura automática. Las segundas sí, pero como puede suponerse gracias a los ordinales, para atravesar cómodamente con una silla de ruedas por las segundas puertas de entrada primero hay que atravesar las primeras. Y para abrir las primeras hay que accionar un picaporte. Y además, como son estrechas como para que las atraviese la silla de ruedas, también hay que abrir las contiguas quitando unos bloqueos arriba y abajo. Y la verdad es que no entiendo cómo en un centro de salud, lugar susceptible de ser utilizado por personas que necesitan sillas de ruedas, o bastones, o camillas, han dejado unas primeras puertas de entrada tan difíciles para ellos. Escalones, eso sí, no había.

Un tanto desconcertada en la sala de espera del centro de salud, recurrí al papel para averiguar por dónde buscar al organismo oficial. Quinta planta. En el ascensor vuelvo a coincidir con el del samur social y el señor que lleva en silla de ruedas. Me fijo en que no tiene calcetines y lleva los pies al aire, con unas sandalias de esas de casa que se atan con velcros y que son de rizo, como los albornoces y las toallas.  Ellos se bajan en la segunda.

En la quinta veo un cartel que pone registro, y me dirijo allí, que eso ya va teniendo más pinta de organismo oficial. No hay nadie esperando y me atienden nada más llegar. La señora que me atiende no me pone pegas a la hora de compulsarme los documentos, y continúa alegremente con la conversación que mantiene con sus compañeros de trabajo. Yo procuro no viajar en Iberia. Es que ya no te dan ni cacahuetes. Vamos, que casi puedes dar gracias si no te tiran por la borda a mitad de camino, y te llevan a destino con vida. Bueno, tal y como están las cosas, eso ya es de agradecer…. Eso lo digo yo, en voz alta, sin poder reprimir el comentario, como si fuera partícipe de la conversación y no sólo una mera espectadora. Ella contesta que ya no sabe si llevar a su hija a Londres o cancelar el viaje. Otro compañero se queja de que viajar en avión últimamente es espantoso. Que en la sala de embarque primero llaman a los que tienen billete business (lo pronuncia así: bú-si-nes), después a los discapacitados, después a los que tienen niños con sillitas…. ¿y a mí dónde me van a meter, dice, en la cola? Y es que –dice-  cuando no viaja uno en un su jet privado las cosas son diferentes. La señora que me atiende me da mi justificante de haber presentado la documentación, demostrando -ya sin lugar a dudas- que estoy en efecto en un organismo oficial por muy camuflado que esté en la quinta planta de un centro de salud, mientras sigue hablando acerca de las incomodidades del avión para el común de los mortales, así que no sé muy bien si me puedo ir o si me tiene que decir o dar algo más. Pero siguen de charla y a mí ya me resulta incómodo el papel de espectadora, así que directamente le pregunto que si ya me puedo ir, aún a sabiendas de que estoy interrumpiendo, y me dice que sí, así que me voy.

Como sólo tardo cinco minutos y tenía pagada media hora de aparcamiento en la calle, decido que hoy me voy a tomar mi café por allí en lugar de donde siempre en la oficina, puestos a tomar caminos nuevos, y me meto en una cafetería que se llama Los Torreznos. Entro y el interior no sorprende,  en la vitrina de la barra hay bandejas de boquerones en vinagre, morcilla, filetes de cinta de lomo crudos y ensaladilla rusa. Detrás de la barra el escaparate de botellas de alcohol de rancio abolengo en una estantería de madera, a la derecha dos máquinas tragaperras y una tele con una tertulia matutina. La camarera es muy delgada, morena, con coleta y flequillo, los ojos tristes, los hombros caídos,  y un aire demacrado y frágil,  pero cuando se dirige a mí para preguntarme me sonríe, y es una sonrisa luminosa. Me da la impresión de que contrasta, y que le habría pegado más hablarme seria y malhumorada, pero sin embargo es amable y sonríe, a pesar de las ojeras y del aire ceniciento. Yo pongo mucho esmero en sonreír también.

Al otro lado de la barra un señor jubilado un tanto rancio y hortera, con el pelo engominado y altanero, apura una Mahou. Con esos prejuicios que me caracterizan pensé que le pegaba ser socio del Madrid. Y detrás, en una mesa, un señor mayor que no es hortera se come una ración de churros, mojándolos con gusto en el café, supongo que de la misma forma que se los come en la intimidad de su cocina, compartiendo esa familiaridad de las puertas para adentro del hogar en el salón de la cafetería Los Torreznos. Me resulta tierno. Ayer mismo, en mi cafetería de siempre, un señor tenía metida una barrita entera en su vaso de leche, no la tenía sujeta con las manos, la tenía ahí, metida en el vaso, en remojo, supongo que para que estuviera bien blandita… también me pareció tierno.

Cruzo unos correos con mi amiga Ana, la aplicación del estacionamiento regulado me avisa de que va a caducar mi ticket, pago sonriendo mucho, y vuelvo al coche. Antes de meterme vuelvo a mirar a un lado y a otro. Igual hay algo especial y yo no he sido capaz de verlo por no haberme parado a mirar. Nada, no veo nada. Ni rastro de la foto del día.

Arranco y cojo la Castellana bajando por Raimundo Fernández Villaverde. Cuando me acerco a la Torre de Madrid  se me agita algo. Un momento, ya lo entiendo. Haber recorrido un camino tan poco habitual para que al final la foto escogiera precisamente ese lugar que en tiempos fue mi rutina diaria. A esta hora seguro que estás tomando café, aunque ya no donde siempre. Cojo el móvil y selecciono cámara. El semáforo se pone en rojo, cuando una foto escoge motivo busca sus cómplices. La primera, apresurada, me sale completamente torcida. Las dos siguientes derechas y encuadradas.

Cuando llego al trabajo, aparco y miro las tres fotos. Sin duda me quedo con la torcida. Le paso un filtro que se llama nostalgia, pero termino escogiendo el sepia, porque aunque se llame sepia y no nostalgia, a mí me parece que representa mejor los colores que yo veo con ese órgano que no es la vista. Selecciono la opción compartir. Escribo esa dirección que, por habitual, con sólo pulsar la primera letra del nombre, mi teléfono la predice. Enviar. Salgo del coche, ahora ya sí donde siempre, y me dirijo a ese edificio donde ponerme a hacer lo de siempre el resto de la jornada.

Patria

Esta noche he soñado que estaba con algunos amigos en un piso. No consigo identificar sus rostros, posiblemente no tengan un reflejo real en mi consciencia. El caso es que aunque fuera un piso en el centro de Madrid hablábamos de él como casa rural, distorsiones oníricas, supongo. El piso estaba en la calle San Marcos, y al asomarme a la ventana del balcón y reconocer la calle se me retorció el estómago. Me giré hacia esos amigos de rostro desconocido ahora que estoy despierta, y les cuento que en la calle San Marcos había vivido mi abuela. Y uno de ellos me replica «de hecho, esta era la casa de tu abuela», señalando el fondo del salón, donde estaba una Singer. La suya.  No estaban sus muebles, ni la pintura de la casa, ni  el eco, ni la altura de los techos, ni su mesa, ni el gabinete, ni mis abuelos. Sólo la Singer. De hecho, ni siquiera eso, porque aún en el sueño, yo sabía muy bien que su Singer sigue con ella.

Era su casa, estaba en la que había sido su casa pero que ya no era su casa. Y me puse a llorar en el sueño, y las lágrimas mojaron la almohada. Y es que la línea que separa sueño y vigilia es a veces difusa.

Cuando me he levantado ya estaban los niños jugando en el salón. Les he preguntado si querían churros para desayunar. Ayer habían ido a comprar y quedaban muchos. Mientras se los calentaba en el horno, en un acto de piedad materna por evitarles el mal trago de comer churros fríos y revenidos del día anterior,  me vino ese olor a aceitazo que es capaz por sí mismo de producir ardor de estómago, y me dije a mí misma que si alguien me quisiera llevar al infierno, sólo tendría que ponerme  a freir churros. Me vino con él  a la cabeza uno de esos puestos de churros en ferias, o en la calle en Navidad, donde de hecho ayer compraron los que tenía en el horno. Y me llegó todo ese humo de la fritura, y ese olor del que reniego, y las bolsas calientes, y los churros grasientos, y las digestiones de mil días. Y aún así, con todo ese empacho encima, malditas evocaciones,  aún sin probarlos, aún protestando cuando Miguel me pasa sus manos llenas de aceite por la ropa, aún así, hay algo en ellos que me sujeta a un desayuno en casa de mi abuela, en la calle San Marcos, o con un día 1 de enero en el que ya hay luz, pero no hay taxis, y un frío de muerte, y un dolor de piés que le lanza un pulso a ese frío, y al fondo a lo lejos, como un oasis, una churrería, con churros grasientos y un vaso de plástico de chocolate, jodido maná del nuevo año al olor de chimenea. Como mientras camino desde la estación de tren hasta la casa de mis padres, que era la mía, y al respirar sale humo blanco de la boca sin necesidad de un cigarro, y de las chimeneas sale humo que huele a leña, como ayer desde su sótano, del de mis padres, por primera vez en este invierno. Y mi abuela quiso verla, aunque le costara un mundo bajar cada peldaño. Y cuando mi madre se la llevó a su casa me quedé pensando en lo frágil que se la ve desde que el cuerpo ha empezado a fallarle. Nos miramos mi padre y yo y estuve a punto de decirle eso, qué frágiles nos sentimos cuando empieza a fallarnos el cuerpo, verdad papá? Pero no se lo dije. Sólo nos miramos.

Y mientras doy salida a todo lo que me viene a la cabeza recordando el sueño,  me viene a la cabeza una cita de Susana Fortes que leí el otro día, «La patria no existe. Es un invento. … Lo que existe es el lugar en el que alguna vez fuimos felices»

Y me doy cuenta también de que ese lugar, esa patria, no es un lugar físico. Es un lugar  adimensional al que no se puede volver, al que no es necesario volver, al que no tiene sentido querer volver, porque está, porque es. Es en realidad -y todo el tiempo- una parte de mí y de lo que soy.