No vuelvas a atormentarme así (que mira qué cosas se me ocurren)

La mujer daba vueltas en la cama. Quería dormirse pero no podía. Se había jurado dormir pero no podía. Estaba casi segura de que iba a perder los nervios. Entonces empezarían los picores, tendría que levantarse y podía dar la noche definitivamente por perdida.

Estaba casi convencida de que había hecho bien dando permiso al hijo. No te preocupes, Jesús no va a beber. Casi.

De todas formas en algún momento tenía que haber una primera vez para correr el riesgo de volver a casa de madrugada en un coche. Se preguntaba si hacía falta haber empezado a correrlo esa misma noche.

Es que quiero ir a un concierto de Mägo de Oz. No me jodas, pensó la mujer. ¿Mägo de Oz?Pensó. ¿Pero es que esa gente no lo va a dejar nunca? Pensó. Pero había dicho sí, y ya no tenía remedio. Empezó a picarle la cadera. Se rascó y miró la hora en el teléfono. Las doce y media y un mensaje. «Han terminado los teloneros. Sigo vivo.» Le picó el hombro. Se rascó. Pensó que necesitaba dormirse para dejar de ser consciente de la espera y del riesgo. Le picó la pantorrilla derecha. Pensó que necesitaba que amaneciera, y saber si el hijo estaba vivo o muerto.

Al final, de eso se trataba, de ser capaz de manejar la incertidumbre. O de respetar los motivos que para cada quién tiene el poner la vida en riesgo. La mujer lo estaba intentando, pero no terminaba de conseguirlo. ¡¡¡Mägo de Oz!!!!. Es que no me jodas.

Mientras la mujer se rascaba el cuello decidió enfrentarse palabra por palabra a eso que le estaba recorriendo informe el pensamiento, y palabra por palabra pronunció para sí misma:

«Lo peor que puede ocurrir es que mi hijo muera esta noche en un accidente de tráfico por haber ido a un concierto de Mägo de Oz.»

Una vez hubo pronunciado esas palabras, una detrás de otra, vocalizando bien despacio, el siguiente paso era evaluar sus alternativas para continuar viviendo si se daba el peor desenlace de los que planteaba la noche. La mujer, como asistiendo a una revelación, pensó que si su hijo había muerto por poder ver a Mägo de Oz, quizás Mägo de Oz sí debía ser un grupo merecedor de culto. Y que, una vez muerto el hijo, ella solo podría dar sentido a su existencia ofreciéndola a ese culto.

Definitivamente la idea comenzó a cobrar sentido, y decidió que si esa noche sonaba el teléfono y algún amable policía le comunicaba con consternación el fallecimiento de su hijo, a ella no le quedaría más remedio que entregarse a la mitomanía y consagrar lo que le quedara de vida al culto a Mägo de Oz. Pensó que tendría que renovar su vestuario, comprarse ropa gótica, comenzar a darle al cuero sintético, a las botas con metales y cadenas, a las levitas, al negro riguroso. Decidió también que optaría por algún tinte verde o azul para el cabello. Por último se puso a buscar en su memoria algún rastro de canción que no hubiese conseguido olvidar, y se encontró de pronto canturreando «Ponte en pie alza el puño y ven a la fiesta pagana», y «En Satania estás, es el fin del camino».

Todas estas decisiones le fueron otorgando a la mujer la paz que necesitaba para poder conciliar el sueño. Aunque antes de dormirse aún pensó alguna que otra vez «más te vale volver a salvo dentro de un rato. Mägo de Oz…. Es que no me jodas.»

 

El argumento de la normalidad reinante

En las últimas dos semanas he tenido dos pesadillas. En la primera soñé que nuestra casera decidía rescindir unilateralmente el contrato de arrendamiento y nos forzaba a dejar la casa. No era la propia casera quien venía a comunicarlo, sino que había enviado como emisaria a una vecina. Esta vecina era un personaje ficticio fruto de la imaginación onírica. La vecina inventada era una señora mayor, con ese aspecto inconfundible que tienen las monjas que no llevan hábito, pero que de alguna forma consiguen -aún sin él-que se las distinga. Según argumentaba la vecina monja, en las juntas de vecinos se había denunciado el rechazo generalizado hacia nosotros, porque fumamos dentro de la casa y porque a veces nos paseamos desnudos delante de las ventanas sin cortinas. En suma, el tribunal de vecinos nos había declarado culpables, y de manera irrevocable teníamos que buscarnos otra casa.

En la segunda llegaba a mi trabajo, pero no era el que tengo, o al menos el lugar y mis compañeros eran diferentes, haciendo gala de nuevo de una desbordante creatividad onírica, que inventa argumentos, escenarios, decorados y personajes de la nada, pero que sin embargo en el sueño admito como verdad. En esa oficina y junto a esos compañeros, llegaba de pronto un jefe -también inventado- y nos decía que otros jefes aún más elevados habían decidido cambiar nuestras funciones, y que a partir de ahora íbamos a manufacturar y envasar cremas faciales en cadena. El resto de mis compañeros lo asumía como normal, y tomaban con naturalidad una especie de kit que iban repartiendo, en el que se nos proporcionaba todo lo necesario para la fabricación. Otros hombres comenzaron a retirar los ordenadores y pantallas (nos permitieron conservar las sillas de despacho), y mientras mis compañeros abrían las cajitas y comenzaban a trabajar entregados, el jefe hablaba de las nuestras nuevas condiciones laborales: el horario sería de mañana y tarde, y nos pagarían seis euros. Yo me preguntaba, ¿seis euros por tarro de facial? imposible, con ese coste de manufactura -sin contar envase y producto-, la crema tendría un precio disparatado. La pregunta debí hacerla en voz alta, porque el señor de las órdenes me aclaró se refería a 6 euros al día. Yo protestaba argumentando que no se podían modificar de esa forma las funciones ni los salarios, y que además yo no sabía hacer cremas faciales, ni tampoco envasarlas (en el sueño me preocupaba más este aspecto que el hecho de ir a cobrar 6 euros al día).

La dos pesadillas son completamente distintas. De hecho, a excepción de alguna pesadilla recurrente que me asedió en mi infancia, todas mis pesadillas lo han sido. Sin embargo, lo que tienen en común es que parecen tan reales que cuando despierto me atenaza la angustia de tener que buscar una nueva casa, o dedicarme a fabricar y envasar cremas faciales a cambio de seis euros diarios en medio de entregados compañeros. Lo más curioso de todo es que el argumento que invariablemente empleo para convencerme de que nada de eso es real, que es fruto de una pesadilla, no son los trucos imaginativos e inverosímiles de mi cabeza. No pienso en que jamás he visto a esa vecina-monja, o que mi oficina no se parece en nada al lugar donde llegó el negrero. Lo que me sujeta a la realidad, hace que respire aliviada, y sea consciente de que todo es fruto de un mal sueño, es precisamente la realidad. No es posible que algo tan terrible haya ocurrido cuando por la ventana entra la luz, y que huela a pan recién tostado, que en la calle el cielo esté azul,  el quiosquero esté colocando la prensa, y el semáforo pite en verde para los ciegos. Todo a mi alrededor está tan igual que ayer, que es imposible que todos esos sucesos nebulosos y extraños hayan ocurrido. Vale, es cierto que a veces no me fío del todo del argumento de la normalidad reinante y entonces te digo ¿sabes? hoy he soñado que nos echaban del piso y teníamos que buscar otra casa. Y te lo digo para contártelo, pero también y de una forma poco confesable aunque lo esté confesando ahora, para que me confirmes que no es verdad, para escuchar de tu boca algo así como ¿y por qué nos echaban? y poder contestarte -ya con total tranquilidad- que por fumar en casa y andar desnudos.

El problema del argumento de la normalidad reinante, es que a veces sí que ocurren cosas terribles. Cosas tan terribles e inesperadas, tan inconcebibles o tan injustas, que no termino de creérmelas, y me atenaza la angustia de lo horrible que ha ocurrido, pero sin embargo entra la luz por la ventana cuando suena el despertador, y huele a pan tostado, y el quiosquero está colocando la prensa, y el semáforo hace piú piú cuando cambia a verde, el cielo está completamente azul, y el sistema aleatorio de música en el coche decide ponerme la versión de Fly Me to the Moon de June Cristy, y después A lo Cubano de los Orishas. Me atenaza la angustia de lo horrible pero me aferro al argumento de la normalidad reinante, me aferro tanto que hasta canto, y entro contenta a la oficina, que, joder, es como todos los días, y no tengo que elaborar ni envasar cremas faciales, entro y está todo igual, como si no pasara nada. Y es que en un día tan normal no es posible que haya pasado nada, y menos eso que es de verdad horrible, más que tener que dejar mi casa, más incluso que el hecho de que te paguen seis putos euros por una jornada de cuarenta horas semanales. En medio del argumento de la normalidad reinante, cada vez que se me cruza por la cabeza la angustia tengo sensación de irrealidad. Ha tenido que ser una pesadilla, no es posible que haya pasado. Pero sí.

Lo que sé gracias a Mendel

Le pregunté que si quería un huevo o dos, y sin dejar de mirar la pantalla, con los auriculares puestos, me dijo que dos.

Cuando entro en su cuarto siempre está frente al ordenador, mirando a la pantalla con los auriculares puestos, incluso si no está escuchando nada. Supongo que los lleva porque escucha cosas con frecuencia y debe ser bastante tedioso tener que estar poniéndose y quitándose los auriculares constantemente. Así que como cuando entro en su cuarto está con auriculares mirando a la pantalla y no sé si me escucha, pruebo a hablarle. Si me oye me contesta -casi siempre-. Si no me contesta me acerco a él y le muevo un solo auricular de forma que le dejo libre una de sus orejas, pero la otra puede continuar con lo que estaba. Y entonces le repito lo que sea que le hubiera preguntado, y ya sí contesta. Pero esa noche no hizo falta. No solo me dijo que quería dos huevos, también que veía mal, que veía unas lucecitas por algunos sitios en la pantalla y que no conseguía enfocar.

Después de haber preguntado al resto me fui a freír los huevos. No tardé demasiado. Es una cena rápida, aunque no me gusta porque casi siempre se me rompe algún huevo y tengo que decidir a quién darle el roto. Mi madre y mi abuela se quedaban siempre con los huevos que se rompían.  En general se quedaban con lo que menos nos gustaba al resto. Se lo servían y reservaban con tanta naturalidad, con tanto gusto, que yo de verdad pensaba que ellas preferían los huevos con la yema rota, las cabezas del pescado, y los empieces del redondo de ternera. Yo alguna vez sí que me he comido los empieces del redondo de ternera, pero las cabezas de pescado las tiro, no fastidies. Alguna vez también me he puesto un huevo que se me ha roto, pero pocas, porque no me gusta mucho el huevo frito, y casi nunca lo como. En cualquier caso, creo que cuando yo me quedo con la comida fea, con la que no quiere nadie, no me sale tan natural como les salía a ellas, a mi madre y a mi abuela.

Otra razón por la que no me gusta hacer huevos fritos, a pesar de que sea tan rápido, es que, además de que no me gustan y a veces se me rompen, es que el aceite salta. Siempre me salta en la cara. Me están empezando a salir manchas marrones en la cara. Yo no me lo noto tanto, creo que porque me las veo a diario y tengo costumbre. Pero deben empezar a ser evidentes porque tanto mi madre como mi hermana me regalaron protección 50 para el rostro. Así que me pongo protección 50 a diario, incluso en invierno cuando el cielo está gris y en los partes meteorológicos no dicen nada acerca de los niveles de radiación, como si no existiesen,  para evitar el sol y las manchas que me están empezando a salir. De modo que se puede comprender que tras tanto esmero y cuidado me irrite profundamente ir a freír un huevo y quemarme la cara con el aceite.  El aceite es democrático al saltar y no solo lo hace en mi cara, también por toda la cocina. Pero eso a mí me irrita bastante menos. Esa es la parte de freír huevos que le disgusta a mi compañero, que es quien recoge.   A mi compañero no le gusta que le llame compañero, porque le parece un término demasiado tibio para la relación que nos une. Un compañero, como uno de trabajo, como uno de piso, como uno de facultad… Reconozco que puede ofrecer connotaciones insuficientemente vinculantes hoy en día, pero me hace gracia la acepción nostálgica de la época republicana que por otra parte ni siquiera viví. Supongo que será nostalgia de la literatura y la cinematografía. En cualquier caso, cualquier término quedaría impreciso, y nosotros sabemos lo que somos.

Tardé mucho menos en hacer la cena esa noche que en relatarlo. Pablo no se presentó en la cocina para ayudar a poner la mesa. Normalmente doy la señal a modo de grito desde la cocina. «Chicos, la mesa». Pero en el caso de Pablo no siempre funciona (y eso que grito bastante alto cuando me lo propongo), por el asunto de los auriculares. Antes de ir a buscarlo yo misma vino su hermano a decirme que se había acostado. Fui a verlo y estaba en la cama, con los brazos protegiéndose la cara, gimiendo. Me dijo que le dolía mucho la cabeza. Me dijo que se había tomado un ibuprofeno. Pensé en los destellos. Yo he padecido migrañas toda mi vida. Tenía pinta de ser la primera de las suyas. Bajé las persianas, apagué su ordenador, sus auriculares, su teclado y su ratón, y le llevé una bolsa fría para su cabeza.

Los demás estuvimos cenando mientras el Madrid ganaba la liga. La mitad de los comensales daba gritos y saltos de alegría, la otra mitad no. El plato de Pablo se quedó entero con las yemas intactas.

Fui a su habitación esperando encontrarlo dormido, pero seguía gimiendo. No se podía dormir y el dolor era muy fuerte. Le temblaban las piernas. Era una migraña de libro. Necesitaba poder dormirse.

Esperé una hora más. Pablo estaba perdiendo los nervios. Seguía temblando. Tenía náuseas. Quería ir al médico. Por un lado pensé en lo innecesario. Por otro se me pasó por la cabeza el pensamiento trágico. El pensamiento trágico es ese que de vez en cuando asoma para hacerme vislumbrar posibilidades remotas pero terroríficas. Pensé en la historia del hermano de mi abuela, ese que con diecisiete años se encontraron muerto una mañana en su cama después de una embolia cerebral. Fue después de carnavales, mi abuela contaba que la tarde anterior había salido disfrazado de pierrot. Me hacía gracia que utilizara la palabra pierrot y no payaso. Pero ella siempre que contaba la historia la contaba empleando las mismas palabras.

El caso es que le dije que se vistiera y me fui a buscar el coche. Mi compañero lo acompañó hasta el portal, caminaba regular, estaba blanco como la cera. En el habitáculo de mi coche había botellas de agua a medio llenar, algún carmín, un par de mecheros sin gas, El siglo de las luces de Alejo Carpentier, y una bolsa de papel. Le di la bolsa por si quería vomitar. Pablo fue con ella todo el camino. Y consiguió dormirse. Llegamos a urgencias y no había nadie más enfermo. La mitad de Madrid debía estar en Cibeles. La otra mitad en su casa. Le atendieron enseguida. Tras exponer los hechos la doctora me miró y me preguntó que si era su madre. Sí. ¿Tiene usted migrañas? Sí. Esto es una migraña. Lo imaginaba. La doctora volvió a interpelar a Pablo. ¿Te cojo una vía y te pongo un medicamento en vena para aliviarte? Pablo suplicó que sí.

Nos dejaron en un box a oscuras. Pablo en la camilla tumbado con una vía de la que pendía un medicamento que iba cayendo gota a gota. Le estuve dando la mano toda la noche, hasta ese momento, para dejarle dormir. Lo consiguió poco antes de que vinieran a preguntarle si estaba mejor. Un poco.  Antes de prepararnos para volver a casa me acerqué a él, le di un beso, y aprovechando que estaba sin auriculares le acaricié la cara y le dije que vaya herencia le había dejado, refiriéndome a las migrañas, en clave de humor. Entonces él me dijo mamá, te quiero. Yo lo interpreté como sarcasmo, así que repliqué, bueno hombre, alguna cosa buena también te habré legado. Y él me miró fijo, y me dijo muy serio, no es sarcasmo, me da igual lo de las migrañas, que te quiero, te quiero mucho.

En el camino de vuelta estuvo mejor. No podía echar la cabeza hacia atrás porque la tenía dolorida, pero estuvo pinchando su música, así que di por hecho que no podía dolerle tanto. Volví a dejarlo en la puerta, y cuando llegué a casa después de aparcar dormía profundamente. Estuvo durmiendo hasta casi la hora de comer del día siguiente. Entonces, ya como nuevo, se levantó y se puso sus auriculares para celebrarlo.

Unos días más tarde me llamó mi madre. Hablo con mi madre una vez a la semana. No es mucho, pero el día que hablamos la conversación se alarga un buen rato. Casi siempre le cuento cosas que pasan con mis hijos. Esa tarde me llamó mientras conducía, y estuve hablando con ella con el manos libres, casi no me oía, pero yo seguía hablando. Le estuve contando las novedades en el proceso de admisión del instituto de Miguel, y que no le habían puesto los puntos por tener un hermano estudiando en el centro, así que había tenido que poner una reclamación. Y le conté la primera migraña de Pablo. Mi madre se quedó muy disgustada, porque ella también las tiene, y siempre se ha sentido responsable de mis migrañas, y ahora de las de su nieto.  Se había podido comer las yemas rotas y los empieces del redondo de ternera, pero no había sido capaz de controlar su genética. Entonces me hubiera gustado cortarla en su discurso, y decirle te quiero, mucho, a pesar de las migrañas, a pesar de cualquier cosa. Pero no lo hice. Tanto escribir y tanto hablar, y mi hijo, con sus auriculares puestos, sabe decir las cosas a tiempo bastante mejor que yo.

 

Zonas grises

Cuando entré en su habitación ya conocía toda la historia. Primero porque me lo había contado mi madre, y, segundo, porque me lo había contado ella misma por teléfono. Aún así, hablamos de ello una vez más aunque ya estuviera hablado, de qué si no.

Me dijo que cuando se dio cuenta de que había roto la bolsa, de vacaciones en aquel pueblecito de costa, y fue al hospital, y entró diciendo que era un embarazo monocorial biamniótico con posible síndrome de transfusión feto-fetal y rotura de bolsa de veintidós semanas de gestación, la atendieron con suma urgencia, como cabría esperar que atendieran a un tráfico, o a un accidente vascular.

En el hospital del pueblecito de costa eran especialistas en picaduras de medusa, traumatismos y golpes de calor, pero en embarazos monocoriales biamnióticos no, y la residente que atendió el caso puso cara de angustia y dijo que ella no podía hacer nada. La bolsa de una de las gemelas se había fisurado y había perdido líquido, aunque no todo, y las niñas estaban bien, por el momento. Pero existía el riesgo de que se desencadenara el parto y entonces necesitaría asistencia médica para dar a luz a dos niñas que nacerían muertas.

Ella llamó a su ginecólogo, el que sí era especialista, y le confirmó que tras una rotura en la bolsa tenía que esperar cuarenta y ocho horas en el hospital por si se desencadenaba el parto. Pero que si tras ese tiempo seguía estable, que pidiera el alta voluntaria y volviera cuanto antes a su ciudad directa a su hospital de referencia. Allí sí sabían qué hacer.

Aguantó esa cuarenta y ocho horas estable y pidió el alta voluntaria. Me contó que en el viaje de vuelta llevaban anotados los hospitales que había en el camino, la ruta y la distancia a cada uno de ellos, por si acaso ocurría algo, pero que no obstante su marido condujo tan deprisa llevado por el pánico (en ese momento imagino que él no conducía un coche aunque pareciera un coche, sino una ambulancia no medicalizada), que ella me contaba que por un momento pensó que si no moría desangrada por complicaciones durante el camino, lo haría en un accidente de tráfico.

Sin embargo llegaron a salvo al gran hospital de referencia, y volvió a entrar presentándose como embarazo monocorial biamniótico con fisura en una bolsa de veintidós semanas de gestación, volvieron a darle prioridad frente al resto de los pacientes que esperaban en urgencias, y la ingresaron. Ella se quedó allí y su marido se fue a casa con la otra hija de ambos, de dos años.

Entonces empezó a llegar la información. Las niñas estaban bien, ella no tenía ninguna señal de ir a ponerse de parto y le estaban suministrando antibióticos de forma preventiva para evitar una posible infección de los fetos a través de la fisura. Pero que, no obstante, no se podía descartar la posibilidad de que ese parto prematuro se desencadenara en cualquier momento. Pero que ese cualquier momento ocurriera tendría unas consecuencias muy distintas según el estado de gestación. En ese hospital, dados sus sofisticados medios, eran capaces de poder intentar sacar adelante fetos nacidos a partir de la semana veintitrés. Pero las estadísticas en cuanto a supervivencia eran poco alentadoras, y, en caso de sobrevivir, el riesgo de que las niñas quedaran con secuelas se elevaba al 70%. ¿Qué tipo de secuelas? Preguntaron. Secuelas que pueden ir desde una sordera hasta una parálisis cerebral. Y todas ellas, las leves y las graves, entraban dentro del mismo porcentaje.

Los médicos les informaron de que entre la semana veintitrés y la semana veinticinco era la llamada zona gris. Eso quiere decir que sin ayuda médica las niñas morirían al nacer, pero si las reanimaban podrían intentar sacarlas adelante con esas perspectivas que les habían contado. Y que eran los padres quienes debían decidir, y dejar por escrito qué querían que hicieran los médicos si el parto se producía en ese cualquier momento, en el de la zona gris. Intentar salvarlas o dejarlas morir. Después, entre la semana veinticinco hasta la veintiocho o la veintinueve, ya no había elección para los padres. Los porcentajes de supervivencia aumentaban y los riesgos de secuelas disminuían hasta un 50%. Y si conseguía aguantar y que nacieran después de la semana veintinueve, ya no serían grandes prematuros sino prematuros de engorde, y el pronóstico sería muy bueno.

Ella me estuvo hablando del sufrimiento que les había supuesto esa decisión, y del conflicto moral al que se habían enfrentado. Y que decidieron que si el parto se producía en esa llamada zona gris, negarse a la intervención médica. Me dijo que, en general, sus familiares y amigos habían sido comprensivos con la decisión que habían tomado, aunque sí que habían recibido algún reproche por parte de alguna persona puntual.

Entonces intervine, y le planteé la cuestión que a mí me surgió ante todo aquello que me estaba contando. ¿Y por qué le habéis contado a todo el mundo este dilema y la decisión que habéis tomado? ¿Qué necesidad tenéis de someteros a un juicio público?

Entonces ella me contestó que por dos motivos. El primero de ellos era que necesitaban desahogarse y compartir esa situación que estaban viviendo. Y que el segundo, que aunque estas disyuntivas morales no se daban muy a menudo, ocurrían, pero que nadie lo cuenta, así que nadie lo sabe, así que entonces es como si no existieran. Pero existen. Y entonces un día te ocurre a ti, y te parece que estás solo. Que eres la única persona en el mundo que tiene que tomar una decisión así de terrible, y les parecía importante que ciertas cosas también se supieran, que se supiera que ocurren, que se creara sensibilidad, y que se generara respeto. Y que, además, aunque sonara horrible, la zona gris, aquella zona en la que habían podido elegir, aunque esta decisión hubiera sido tan difícil, les había dado una cierta tranquilidad. En esos momentos, cuando yo estaba con ella, ya había salido de esa zona. En esos momentos ya no podía decidir, si se ponía de parto los médicos intentarían sacar a sus hijas adelante, con un riesgo de secuela de un 50%. Me decía que los médicos le hablaban de que ya se encontraban ante un riesgo bajo y asumible. Pero supongo que ella pensaba en la posibilidad del 50% de tener dos hijas con parálisis cerebral, y, desde su perspectiva, el porcentaje no era ni tan bajo ni tan asumible. Así que por delante le esperaban tres semanas de gestación críticas, sin moverse apenas en aquella cama de hospital, separada de su marido y su hija, para intentar que sus hijas se desarrollaran lo suficiente como para tener casi las mismas oportunidades de cualquier bebé nacido a término, de nacer sanas, y poder llevar una vida normal.

Después, creo que hablamos de personal sanitario, de educación, de adolescentes, de un peligroso juego suicida en redes, y de lo mucho que hablamos las mujeres de mi familia. La llevé una botella de agua, dejé puesta la televisión tal y como me pidió, para estar un poco distraída, dijo, y salí. Los pasillos del pabellón de maternidad ya estaban oscuros. Solo se oía el llanto de algún recién nacido.

 

Ático en Doña Urraca

Que le gustaría tener más información… creo que se lo he contado todo. Se refiere a… nadie pregunta jamás por eso… yo… no suelo dar este tipo de detalles. Para hacerlo tendría que hablarle de ella, le aviso que es una historia larga. Hacía tiempo que … La he buscado algunas veces. No sé, solo por saludar. Solo por saber cómo le iba la vida, si era feliz, por saber que está bien. Puede que incluso por oír su voz. A otras personas saber esas cosas les retuerce el estómago, pero a mí sin embargo me tranquiliza.

En esa época ya era agente inmobiliario. Usted pensará que no hay mucho que saber acerca del oficio. Enseñar pisos, ya sabe, para venderlos, para alquilarlos. Eso. Antes de enseñar los pisos hay que visitarlos primero, para estudiar sus virtudes, y tratar de encontrar remedio a sus defectos. Hasta aquí nada diferente de lo que usted concibe de un profesional de este ramo, imagino. Pero un piso, una casa, un lugar donde alguien ha vivido, no es solo un escenario. Es parte de esas vivencias. Quedan rastros. Nadie que no esté atento a ellos podría darse cuenta. Especialmente con una mano de pintura, un barniz, cortinas nuevas, o unos muebles. Pero para mí, ciertos detalles no pasan desapercibidos. Me refiero a detalles que no se pueden apreciar a través de los sentidos, pero que de alguna forma yo sentía. Imagino que su pregunta va por ahí… Quiere que continúe?

Bien, estos detalles que se referían a vivencias anteriores no eran algo que yo después contara a mis clientes. Por varios motivos. El primero de ellos es que normalmente nadie más siente esas cosas, y el ser humano es escéptico. Y no solo escéptico, sino que tendemos a pensar que quien es diferente o ve cosas diferentes, o percibe cosas diferentes, lo hace como consecuencia de algún tipo de trastorno mental. Y una vez que un cliente me hubiera catalogado como loco, cualquier otra cosa que yo pudiera decirle con respecto al piso habría sido puesta en cuestión. Nadie le alquila el piso a un loco. Nadie firma un contrato con un loco. Nadie habla con un loco. Nadie se relaciona con un loco. Nadie excepto ella.

La conocí enseñándole el ático. Por aquel entonces el edificio estaba recién rehabilitado. Pintura nueva, ascensor nuevo, parquet recién barnizado, y lo demás igual, el dormitorio y el salón con la cocina integrada, las vigas de madera en el techo abuhardillado, las mismas vistas a la catedral. Orientación este. Muy luminoso. Una pequeña joya para alguien con pocas necesidades de espacio.

No pasaron inadvertidos para mí dos detalles desde la primera vez que visité ese apartamento. El primero de ellos fue el fragmento de poema de Alberti en forma de vinilo cuando salía de la estación de metro. Decía así:

«Gira más deprisa el aire.
El mundo, con ser el mundo,
en la mano de una niña
cabe.
¡Campanas!
Una carta del cielo bajó un ángel.»

Normalmente tengo problemas para memorizar, pero de estos me acuerdo. Claro que como después enseñé muchos pisos por esta zona, y los leo cada vez que paso, tampoco es de extrañar. Creerá que me estoy desviando, pero, de alguna forma, determinaron mi primera impresión sobre aquel apartamento.

Sin embargo el segundo de ellos, el que sí era una huella del apartamento, fue aquel olor. Apenas era perceptible por el de barniz y pintura. Pero además había otra cosa. Tardé un par de visitas en identificarlo. Me di cuenta la tarde que vino ella, mientras le explicaba que desde el balcón se veía amanecer. Entonces por fin lo supe. Era olor a tristeza, a opresión, a cárcel. Era un olor que aunque resultara imperceptible se metía hacia dentro hasta calar. Y lo dije en voz alta. Estaba tan entusiasmado por haberle puesto nombre a aquello que lo dije en voz alta. Lo sé porque ella me miró con extrañeza, y me sinceré, pero a medias. Le dije que en aquel apartamento me olía a tristeza y a opresión, sí, le dije que tenía esa habilidad, que lo sentía, o que me parecía sentirlo. Pero para aliviar, para hacerlo más llevadero, me inventé que mi instinto me decía que se trataba de una tristeza animal, como si en esa casa hubiera estado un pajarillo en una jaula, o un ratón. Un ratón de esos que se llaman de campo, pero que nacen en cautiverio y mueren en cautiverio, que nunca sufren ni hambre ni sed, y cuya vida transcurre plácida corriendo en una rueda. Entonces la miré y estaba llorando. Era la tristeza que había allí dentro, que cuanto más tiempo permanecíamos más nos invadía, nos oprimía. Eso solo podía significar una cosa. Que yo no estaba loco, que mis percepciones eran reales porque no eran solo mías. Tuve el impulso de abrazarla. Ya no solo por un tema de consuelo, sino porque imagínese lo que fue para mí que una persona sintiera esas cosas que pensé que solo yo sentía. Imagínese, en ese momento me di cuenta de que no estaba loco, y sobre todo, que no estaba solo. Estábamos allí invadidos por una tristeza que no era nuestra, pero que de alguna forma compartíamos. Y yo creo que nos habríamos abrazado. Pero no lo hicimos.  Entonces dije una estupidez. Algo parecido a Con usted habría sido feliz. ¿Qué? El ratón, digo, que con usted habría sido feliz. Estoy seguro.

No creo que alquilara el piso por ese motivo, ya le he contado los otros muchos que había, de mayor envergadura, sin duda, que esa absurda idea compensatoria mía. Pero lo cierto es que lo alquiló. A partir de entonces empezamos a vernos.

Cuando estaba por la zona la llamaba. La primera vez lo hice por preocupación, sabe, no sabía cómo le estaría afectando la tristeza. Pero ella parecía bien, se alegró de verme. Me contó que estaba a gusto, que las vistas eran de una belleza conmovedora. Pero que por las noches hacía mucho frío y había tenido que comprar una estufa. Le pregunté por la tristeza, en voz baja, casi sin vocalizar. Ella me dijo que todavía tenía que trabajar en ella. Que tenía sus días.

La siguiente vez que tuve que volver por la zona volví a llamarla. Con esa llamada senté definitivamente un precedente.

Ella solía estar en casa porque trabajaba allí. Era traductora de francés. A veces traducía novelas. Mientras iba traduciendo subrayaba en lápiz algunos párrafos que después me leía. Otras veces traducía tesis doctorales, o manuales de instrucciones. Entonces me contaba sus descubrimientos, como el de la lavadora que tenía un programa de autolimpieza, o como que en nuestro código genético existía un polimorfismo que tenía que ver con la longevidad. Le gustaba hablar, pero a veces, después de leerme un texto, o de explicarme algo que le hubiera sorprendido, se quedaba un rato callada, sin mirarme, como si estuviera concentrada en alguna reflexión de calado, o como si quisiera darme unos momentos para reflexionar a mí. Esta segunda posibilidad me ponía bastante nervioso, porque en ese caso se me tendría que ocurrir algo que decir. Algo a la altura. Algo con un mínimo de inteligencia o de interés. Y eso hacía que de forma inmediata se detuviera mi cerebro. Yo soy un agente inmobiliario sensible, y una discusión acerca del determinismo genético no era mi fuerte. De todos modos no solía durar demasiado, porque a ella le gustaba hablar, como le he dicho. Y cuando estaba contenta en seguida retomaba el tema, o buscaba otro. Los días en los que trabajaba contra la tristeza hablaba poco y se mostraba taciturna.

También le gustaban las historias de mis pisos, me las pedía, háblame de tus casas,  y le contaba las historias de las que estaba enseñando en ese momento, pero no las que contaba a quienes lo visitaban. A ella no le importaba lo más mínimo si la orientación era norte o sur, o el número de baños, ella quería escuchar lo otro, lo que yo no le contaba a nadie más. Y le gustaban. Sé que le gustaban porque, como le he dicho, me las pedía. A veces también le contaba mis maldades. Normalmente, trataba de convencer para el alquiler o la venta a las personas que me parecían más adecuadas para la casa, o quizás fuera más exacto al revés. Aún lo sigo haciendo. Le gustó mucho la historia de esa casa que tenía un indio pintado en una pared. Era un indio imponente, de los americanos, sabe? Con plumas y con una mirada de dignidad que no se corresponde con aquello que ocurrió, sino con lo que debería haber ocurrido, la victoria de un pueblo que no creía que la tierra, el aire, el calor o el cielo pudieran comprarse, y consideraba sagrado aquello que era conforme a su propia esencia. Esa casa estaba llena de esa dignidad y de valor para intentar esa búsqueda, ese camino difícil. El piso lo visitó mucha gente, y mucha gente lo quería, pero ponían como condición pintar esa pared para cubrir el mural. Entonces yo les hablaba de la orientación norte, de la escasa luz en invierno y del frío, para disuadir. Hasta que llegó aquella pareja de investigadores, que no tenían coche y se desplazaban en bici y en metro, que les gustaba la vida de barrio y compraban en pequeño comercio, que eran humildes y honestos, que tenían un bebé al que no atiborraban de juguetes y que sonreía constantemente. Ellos querían el piso, y lo querían con el indio. Y a ellos se lo alquilé.

Por contra, otras veces la justicia la empleaba de forma inversa. Como aquel otro piso, tan bonito y luminoso, repleto de muebles de diseño, baños de mármol, mirador, conserje veinticuatro horas, e infidelidad. Pero esto último solo lo notaba yo, sabe? Vino a verlo mucha gente, aunque era caro. Un hombre de negocios trasladado, una pareja encantadora que tenía un hijo con dificultades respiratorias, una pareja joven perfecta. Me decidí por estos últimos. A pesar de su juventud, tenían dos coches, el de él debía costar casi tanto como el piso. Parecían felices. Parecían quererse. Con un amor de esos que se sustentan sobre el éxito, no sé si me explico. Uno de esos amores que se sustenta en frecuentar restaurantes de moda,  en viajes exóticos, en renovar vestuario cada temporada, en la  juventud y la belleza, en desear para el futuro unos hijos, el mayor niño y la pequeña niña, él sería ingeniero, ella médico. Ambos tocarán el piano, él además practica tenis y ella ballet, y hablan tres idiomas. Esa clase de amor que se tambalea cuando ocurre algo que se sale del idilio previsto, y que deja de poder corregirse con dinero. Sí, se lo quedaron ellos. Usted ahora aprovechará para dudar de mi buena fe, pero yo creo que en ese piso tendrán la oportunidad de descubrir que existe otro tipo de amor. Ella lo entendió así cuando se lo conté, y estuvo muy de acuerdo con mi criterio.

Y, por si se lo pregunta ahora, si le alquilé este apartamento a ella fue porque estaba convencido de que ella podría cambiarlo. Además, ella lo supo. Fue la primera persona a la que le conté con total sinceridad qué tristeza había en ese piso. Y la lloramos juntos.

No hubo nada más. No hubo sexo, no hubo pasión, no hubo nada más que una amistad. Pero nunca había tenido otra igual. Para mí redefinió el término. Como si hablando con ella yo fuera más… yo, me entiende? Le ha pasado alguna vez? Imagino que ella tendría a alguien. Imagino que por eso nunca me invitó a subir a su casa. No lo imagino, porque de hecho una vez la vi entrar en el portal con un hombre que llevaba unas camisas en la mano y una pequeña maleta. Ese día, aunque estaba por la zona no me atreví a llamar.

Y un día se fue. Sin más. Sin avisar. Sin dar el preaviso de un mes, sin reclamar el importe de la fianza. Solo se fue. Debe de ser su forma habitual de actuar. Sabes, quien no está acostumbrado a hacer algo, quien tiene problemas para cambiar de casa, o no lo hace con frecuencia, por hablar del caso que nos ocupa, se pasa el día hablando de ello. No sé qué decisión tomar, no sé qué hacer, inconvenientes por aquí, ventajas por allá…. desde que comienza en su cabeza la idea de una mudanza hasta que por fin la lleva a cabo ha dado tiempo a que toda su red de amigos y conocidos tenga conocimiento y opinión acerca de ello. Solo quien está acostumbrado a actuar sin más sin dar explicaciones, sin preguntar, sin pedir opinión o sin contarlo siquiera, puede hacerlo. Claro, que tal vez sí lo contara a sus amigos y conocidos, pero hubiera querido contármelo a mí, a pesar de ser agente inmobiliario. Al fin y al cabo tampoco me contaba otras cosas. Nosotros hablábamos de lo que hablábamos.

Cuando ella se fue me lo volvieron a asignar para su alquiler. No había vuelto a subir al ático desde que ella había empezado a vivir allí. Cuando entré un año después, reparé enseguida en los cambios. Había algo distinto. Estuve rastreando por toda la casa. No, definitivamente nada de aquello de la primera vez. En el piso no había asomo de tristeza. Yo sí, yo sí estaba triste, pero esa tristeza había entrado conmigo, y se debía a echar de menos, a haber perdido a una amiga en su acepción más hermosa. Pero en la casa no. Ni tampoco opresión. Ni tan siquiera un poco de angustia. Había macetas por todas partes que había dejado allí, y marcas de chinchetas en las paredes. Solo dejó una chincheta puesta, sujetaba una poesía de Bolaño, que no formaba parte de sus traducciones, y que no leyó nunca para mí, pero sin embargo, si la dejó allí colgada creo que es porque quería que la leyera, que dejó aquello a modo de regalo, de carta o despedida.

Los perros románticos

 En aquel tiempo yo tenía veinte años 

y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el espacio de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
Y aquí me voy a quedar.

 

Quizás lo hizo porque no confiaba del todo en mi talento para percibir lo que ha quedado en una casa. En esta casa ahora está ella, sus sueños, su amor. Ya no queda nada de aquello que hubo y hacía daño. Han pasado ya mucho años, pero ella sigue aquí en este pequeño ático. Y… creo que esto es todo lo que le puedo contar sobre ella. Disculpe que me haya extendido, ya le digo que normalmente no suelo hablar de estas cosas. Solo añadir que en esta casa será usted muy feliz, estoy seguro. No… no puedo contarle nada más.