Sin libro propio

Acabo uno y empiezo otro. Compulsivamente. Llego a la última página y me entra el desasosiego.

Y ahora qué…

El autor termina su obra y a mí me deja solo. A quién voy a tener yo en la cabeza. A qué princesas, a qué amantes, a qué verdugo, a qué víctima, qué guerra, qué viaje, qué ensayo, qué vida.

Llego a la última línea y cierro la tapa con los ojos bien cerrados. A mi lado está el siguiente, preparado. Y sólo vuelvo a abrirlos para comenzar con su primera página:

Todo esfuerzo es poco si consigo seguir ignorando que en mi vida apenas hay escritas unas líneas. Y que ni siguiera en ellas soy yo el protagonista.

Mi reflejo en el plato.

Mi futuro marido me ha dejado instalada en esta mesa. Le he pedido una botella de cava, porque me pienso emborrachar. Y le he dejado dicho que ni quiero carta, ni quiero que nadie me bombardee con sugerencias. Tráeme tú lo que consideres oportuno, y no te molestes en explicarme lo que es, pues no pienso entenderlo. Pero sobre todo, no olvides el cava.

Trago el primer sorbo mirando mi reflejo en un plato de cuatro esquinas. Apenas distingo el rojo de los labios. Levanto la cabeza y comienzo a mirar a mi alrededor. Al principio me he sentido incómoda en este lugar. Como si todo el mundo me estuviera mirando. Como si todo el mundo se estuviera riendo. Como si todo el mundo supiera que yo no he estado en un restaurante así en mi vida, ni muy probablemente vaya a volver. Como si a pesar de mi vestido negro ceñido, largo hasta las rodillas, las medias de cristal y los zapatos de salón, fuera destilando una vulgaridad que azotara a los aquí presentes.

Pero con la segunda copa ya estoy cómodamente apoyada en mi silla, como si del salón de mi casa se tratara. Ahora soy yo la que mira. Miro a toda esa gente. ¡¡Mira a toda esa gente!! Probablemente habrán reservado su mesa con varios meses de antelación, y se habrán encargado de que todo su círculo lo sepa. Para llegar después y pasar la noche hablando de cotizaciones bursátiles y de política exterior. Míralos con esas cabezas sin pelo, esas tripas tan grandes, esas tetas tan operadas, y esos labios siliconados. Con sus BMW en la puerta, sus despachos llenos de títulos, sus currículum llenos de ascensos. Míralos, gastando alegremente trescientos euros por cubierto, poniendo cara de orgasmo cuando de una sola pinchada vacían el plato, y se meten en la boca algo que no tiene aspecto de alimento, aroma de alimento, ni sabor de alimento, pero les encanta. Porque cuesta trescientos euros.

Y mira el chef, explicando por las mesas en qué consisten sus platos, que no son platos, son obras de arte, sugiriendo las exquisiteces de las texturas en la lengua, en el paladar, en la boca. Míralo, cómo gesticula excéntrico, cómo abre los ojos, cómo los cierra, cómo se contonea hacia delante, hacia atrás, cómo articula los brazos, cómo todo ese movimiento le hace perder el equilibrio a su flequillo, que se desmorona sobre la frente, y le da ese aspecto de sufrir algún trastorno serio. Es que lo vive, está sintiéndose tan maestro, que le parece increíble cómo puede poner al servicio del mundo una genialidad tan grande por un precio, proporcionalmente, tan pequeño. De verdad que he empezado a reírme sola, y no soy capaz de parar. Y no tiene nada que ver con el cava. ¿A eso le llama él creatividad? Creatividad es abrir la nevera de mi casa, y ser capaz de preparar una cena con media lechuga rancia y un huevo. Eso es creatividad, grandísimo estafador. Que yo no sabré en qué consiste la reacción de Maillard, pero cuando las he pasado putas, siempre he tenido una idea genial con la que seguir sobreviviendo. Y si no, mírame ahora. ¿Esto es o no es jodida creatividad?

Mira, por aquí viene Walter con el chef.

  • Señor, ésta es Cristina Fernández, mi futura esposa.

  • Walter, qué ceremonioso eres. Es usted el genio, verdad?

  • Encantado de conocerte, Cristina, es un placer haberte invitado esta noche,  aprecio mucho a Walter, y qué menos que conozcas el sitio donde trabaja tantas horas. Es un gran profesional. Por cierto, Walter, qué guapa es, ¿cómo la has engañado? (risas por compromiso) Cristina, te cuento lo que he pensado para ti.

  • Oh, no, por favor, me pongo enteramente en tus manos.

  • Perfecto, aunque me gusta explicar mis creaciones, creo que el conocimiento es fundamental para que la degustación adquiera todas sus dimensiones.

  • A mí me gustan las sorpresas.

  • Como quieras. Espero que disfrutes de la velada. Siento no poder dejarte a Walter, pero me resulta imprescindible.

  • El cava está siendo un compañero extraordinario. Muchas gracias.

Ya se van los dos. El chef con grandes y alegres zancadas, menando su flequillo y su arte. Walter le sigue, como un perrillo. Sumiso y fiel. Tan pequeño, tan indio. Sin duda debe ser bueno. Debe destacar de alguna manera, aunque así a simple vista me cueste trabajo creerlo. No he podido evitar que el paso del tiempo me haya convertido en una escéptica. No hay ningún título de hostelería que remunerar, ni experiencia previa, ni siquiera seguridad social. Eso sí, lo ha moldeado a su imagen y semejanza, como cualquier dios haría. Y Walter se siente afortunado. Tanto, que no le ha importado endeudarse para poder pagar el contrato que le va a permitir seguir trabajando tranquilo. Pobre Walter.

Claro, que las deudas de Walter son las que me van a permitir salir adelante durante un par de años. Por ahí viene sonriente con un plato sobre el que hay un vaso de los de chupito. Sorbete de mar, con esencia de berberecho y tamiz floral. Gracias Cristina. No me des las gracias, has pagado por ello.

Me pregunto si las veces que nos queden por hacer el paripé serán tan sencillas como disfrazarme de elegancia, sonreír sin ganas y emborracharme con un cava prohibitivo. Sólo siento tener que probar la guarrería esa de berberecho. Lo haré por Walter, que su jefe no diga que su futura mujer es una rancia. Y que cuando nos separemos no le diga “te lo dije”. Pobre Walter. Voy a brindar por él, y por la noche de bodas, que igual hasta se la regalo; hoy me siento generosa. Alzo la copa y vuelvo a buscar mi reflejo en el plato. Pero apenas veo el rojo de los labios.

Relato: Puesto 87

Todo está relacionado. Me pongo el colirio en el ojo, y minutos más tarde puedo sentir su amargura en la garganta. Después, parte de esa gota caminará hacia el estómago, donde parte de esa parte se irá como deshecho, y quizá algo se pueda aprovechar para que recorra mi flujo sanguíneo. Y así, todo forma parte de todo y tiene un sentido.

En quince años de profesión nunca me había ocurrido lo de aquella mañana. Ese mes ocupaba en el ranking el puesto 87 de los 115 que somos. Otros meses soy el 81, otros, desciendo hasta el 90. Más o menos esa es mi franja. Con el puerta a puerta era algo mejor, desde el tele marketing ya me he estancado en un definitivo nivel de mediocridad. No soy el peor, pero sí de los peores. Quizás mi fidelidad más absoluta explique que con estos resultados siga trabajando para la misma compañía. Mis compañeros son todos jóvenes con un futuro por delante. Este trabajo es para ellos algo temporal, una transición. Para mí ha sido un destino. Hubo un día en que también fui joven, me reía con mis compañeros, era uno de ellos, y pensé que me iría con ellos. Ahora soy el maduro hosco que llega puntual cada mañana, se coloca sus auriculares, se levanta para tomar café a las 11, y no vuelve a quitarse los auriculares hasta la hora en que termina mi turno. Ya me he cansado de hacer amistades efímeras. De amigos temporales. De despedidas. Me hacen sentir más solo. Estoy a gusto como estoy.
Aquella mañana hacía llamadas, como de costumbre.

– Buenos días, ¿es usted doña Catalina Mateu?
– Sí, dígame.
– Le llamo para ofrecerle nuestra aspiradora Kirby. Pero no quiero comentarle por teléfono sus características, lo que me gustaría es poder concertar con usted una demostración en su domicilio sin ningún compromiso. Y que con una limpieza de alfombras usted pudiera comprobar en vivo la calidad del producto y la diferencia con los aspiradores tradicionales. ¿Qué le parece?
– ¿Me van a enseñar una aspiradora y a limpiar mis alfombras?
– Es usted muy joven ¿verdad?

No sé en qué momento se cruzó un cable en mi cabeza y dije aquella estupidez fuera de guión. Pero tenía una voz dulce y joven, y no conseguía imaginarla como ama de casa experimentada. De haberlo sido, probablemente me habría cortado el discurso antes de presentarme. Sólo intenté ser amable. Pero desde fuera me recordaba a mí mismo a Ramón Martínez de las Eras, aquel chavalín zalamero que ocupaba los primeros puestos del ranking, y que después de pocos meses de tele vendedor fue fichado por una multinacional como encargado de uno de sus departamentos comerciales. Durante mucho tiempo me habría gustado ser como él. Aunque sus piropos embusteros me resultaran nauseabundos. A ellas debía encantarles. Pues todos contentos. Pero yo no era así. Y me horrorizó pensar que así pudiera parecer.

– Es por la voz, ¿verdad? Todo el mundo me lo dice. Fíjese usted que cuado me oigo la voz alguna vez en una cinta de video me recuerdo a Gracita Morales y me enfado conmigo misma. Pero mi familia me dice que son cosas mías, que qué cosas tengo.
– Pues ellos tienen razón, porque nada que ver con ella….
– Bueno, que me desvío enseguida del tema, disculpe que le esté entreteniendo, no sé por qué me resulta tan fácil ponerme a hablar de mí como si a alguien le interesara… Que sí.
– ¿Qué sí qué?
– Que sí a la demostración, me parece bien.
– Y a mí lo que me estaba contando. Llega un momento en que uno se aburre de hablar de aspiradores, y agradece un cambio de discurso, se lo agradezco.
– De hecho, usted cobrará a comisión… si quiere el día que venga puedo llamar a mi cuñada y a mi vecina Celia. Y quizás a alguien más. Así tiene más posibilidades. Yo no le prometo nada, me ha dicho que sin compromiso…
– ¿Por qué hace eso?
– Anda, porque es usted tan simpático…
– ¿Yo?
– Claro. Podría venir a hacer la demostración, y después tomarnos un café…

Esa mañana pudo haber sido la que me hubiera hecho subir veinte puestos en el ránking, conocer a una mujer de voz dulce y conversación aún más dulce, y haberme convertido en un ser simpático. Hasta triunfador.

Pero todo está relacionado. A punto estuve de cambiarlo todo. Pero todo mi pasado no habría tenido ningún sentido si aquella tarde hubiera concertado esa cita. No puedo haber estado toda la vida equivocado. Todos y cada uno de mis fracasos, cada minuto de mi pasado, se justifican con el no de aquella mañana. Con el mío. Por una vez con el mío.

El cuento del topo

Érase una vez un topo sensible que un día abrió una bitácora llamada Memorias Subterráneas. Cada día viajaba en metro para ir a trabajar. Y cada día contaba en sus Memorias la historia que había visto en él. Porque todos los viajes tenían una historia.

Y la gente que las leía le preguntaba, ¿pero cómo puedes ver todo eso en el metro, si yo voy en él cada día y nunca veo nada?

Y él contestaba que para ver hay que saber mirar.

Pero un día, el pequeño topo se cansó, se tomó la jubilación anticipada, y colgó el cartel de «Se cierra» tras bailar un último vals. Siguió yendo a trabajar. Pero dejó de escribir.

Unos meses más tarde, recibí un e-mail. ¿Te apetece tomar una cerveza con un topo? Y yo, que  lo echaba de menos, le dije que sí.

Le pregunté entonces que por qué no había vuelto a escribir, y me contestó que no le encontraba sentido. ¿Para qué? A nadie le importa.

El topo sigue viajando en metro cada día. Pero  no pudo evitar confesarme que ahora ya no ve nada.

Relato: Calabaza

CALABAZA

Era una noche húmeda. Llovía a ratos. Lucía prefería estar en un bar que bebiendo en la calle. Pero odiaba los rizos. No se puede tener todo. Lucía entró en el bar con sus amigos. Todos estaban solos pero sólo Lucía era consciente. Se nace solo, se vive solo y se muere solo. Los demás están al lado. Pero Lucía veía con nitidez esa línea que la separaba de los demás.

A Lucía le gustaban los bares donde había música. Porque con música no tenía que hacer tanto teatro para hacer que estaba. El teatro cansa. Lucía no era capaz de hablar del tiempo, de las clases, de política o de sueños, cuando veía tan cerca el abismo que separa a un individuo de otro, ni cuando se sentía tan sola por ser la única que parecía percibirlo. Tenía vértigo.

A Lucía esa noche un tipo le dijo “Hola, me llamo Fernando”. Lucía había pedido una copa, y después otra copa. Y que la línea se volviera más fina.
Lucía le dijo a Fernando que le regalaba un sí fácil y sin esfuerzos con una condición:”Después abrázame como si me quisieras”. Lucía quería intentarlo. Inconsciente y feliz. Teatro para todos.

A las doce sonaron las campanadas. La calabaza se convirtió en calabaza sin haber sido carroza.

Salieron todos juntos del local. Todos estaban solos pero sólo Lucía era consciente. Lucía lo había intentado y había perdido. La inconsciencia. Que la quisieran. Querer. La felicidad. Que desapareciera el abismo. A Lucía le habría gustado. Aunque durase lo que dura un abrazo. Eso y que no le hubieran salido los rizos. Se nace solo, se vive solo y se muere solo.

Llegó a su casa y dejó de tener que hacer que estaba, y de tener que hacer que era. Lucía descansó. Y lloró pensando en mañana.