El comedor especial

Al comedor especial van los residentes que necesitan ayuda. Comen en el primer turno, cerca de las doce. A los que pueden hablar les dan a elegir entre dos o tres primeros y dos o tres segundos. ¿Qué prefiere, doña Ascensión, sopa, macarrones o crema de calabacín?

Doña Ascensión pide macarrones. Es la única que ha pedido macarrones. Los demás tienen puré.

Tres señoras vestidas de blanco van dando de comer a los residentes. Cuando llega el turno de doña Ascensión no quiere los macarrones, y mastica mucho más de las treinta veces recomendadas en tragar cada bocado. La señora vestida de blanco coge el plato y lo trae de vuelta con macarrones y puré, todo mezclado. Así se lo come mejor, verdad  doña Ascensión? Doña Ascensión no contesta, pero ahora abre la boca cada vez que el tenedor se para delante.

Al fondo una señora grita no. Le está dando el puré la rubia. ¿Cómo que no? A comer. Noooooooo. Sólo dice no. Grita no. Como si no fuera el último resquicio de voluntad propia que le hubiera dejado el tiempo, y se resistiera a dejar de usarlo. No. Un manotazo descoordinado estuvo a punto de hacer caer la cuchara que la rubia le llevaba a la boca. La rubia se enfadó. Si no come después no vienen sus hijos a verla. Así que a comer, ¿no quiere que venga su hijo? Pues eso. Y le mete una cucharada tras otra el puré, con una actitud de irritación evidente.

A la rubia le tocan las rebeldes, y ya se le está agotando la paciencia. Así que se niega a perdonarle el melón a Pruden, que no ha rechistado esta vez para todo lo demás. Pero ahora también dice no, y a pesar del no se encuentra con un trozo de melón en la boca, así que es imposible comprender lo que farfulla, pero, posiblemente, y dado que con la edad se perdona la impertinencia e incluso la vulgaridad, esté mandando a tomar por culo a la zorra esa que le hace tragar.

Gisela está sentada en la última mesa. Al lado de María Luisa. Gisela tiene una piel transparente que enseña sus venas. Y el pelo blanco, algodonoso, peinado con mimo en un moño. Está vestida con pulcritud, y mientras espera su turno para comer mira al infinito y se frota una mano contra otra, como si se las estuviera lavando. Se puede frotar las manos pero o no puede o no quiere coger el cubierto y comer por sí misma. En el comedor especial están los residentes que necesitan ayuda. No pueden o no quieren comer. Ninguno parece tener hambre allí. Y sólo a las tres señoras de blanco parece preocuparles que no se debiliten.

Se vuelve a escuchar el grito desde el fondo. No!!!!

Entonces, Gisela, levanta la cabeza, sin dejar de mirar al infinito, y clama papá, donde estás?

Desde el fondo la señora que sólo grita no, grita ahora mamá.

Una señora vestida de blanco se acerca corriendo y regaña a Gisela con condescendencia por no haber comenzado a comer. En realidad está tratando de distraerla para evitar más preguntas de esas que hacen llorar al comedor especial.

El alzador del extraterrestre

A veces llevábamos también a Pepe y a Gonzalo. Como yo era el más bajo usaba el alzador, pero ellos no lo necesitaban. Bueno, a mí tampoco me debía faltar tanto, uno o dos centímetros, y si alguna vez me subía a un coche que no llevara alzador no lo usaba, pero en el coche de mi madre sí. Pepe y Gonzalo podrían sentarse ya delante, en el asiento del copiloto, pero preferíamos ir los tres detrás. Éramos flacos. Los tres. Pepe me gustaba cuando le gastaba bromas a Gonzalo. Como Gonzalo era el último al que recogíamos, las iba perpetrando por el camino, y me decía: ¿te has terminado las pipas? Pues cuando llegue Gonzalo le dices que si quiere y cuando vaya a meter la mano en la bolsa y vea que no quedan nos reímos. También se le ocurrían bromas como bajar las ventanillas en los semáforos en rojo y ponerse a hacerles preguntas a los conductores detenidos en paralelo, como de qué equipo eran, o cuál era su color preferido. Nos reíamos. Y después volvía con las bromas a Gonzalo. Gon era mi mejor amigo, y cuando yo participaba en las bromas de Pepe no le gustaba mucho. A veces seguía las gracias, supongo que para sentir que nos reíamos con él. Pero un día en que yo debí ponerme especialmente pesado me dijo tú no eres así, te conozco muy bien. En ese momento no lo entendí pero paré. Y me sentí mal, pero no supe ponerle nombre.

Otras veces, cuando estábamos los dos solos, Pepe se ponía a fanfarronear acerca de cuántas niñas le iban detrás. Y me preguntaba, y a mí no me gusta hablar de eso, y menos aún con mi madre delante, pero tenía que contestar que sí había niñas que me iban detrás aunque no hablara de eso porque no me gustaba hablar de eso, para que Pepe no me mirara como si fuera un extraterrestre, como me miraba cuando me preguntaba a qué curso iba mi hermano y yo le contestaba que a segundo de secundaria, y entonces me preguntaba ¡¡¡¡¿en serio?!!!!! Y seguía, pues no lo parece, parece que va a primaria, no es normal que sea tan bajo. Y me miraba como a un extraterrestre, como si yo, por ser el hermano del niño de estatura anormal fuera también anormal. Y yo le contestaba que lo que le pasaba es que tenía dos años de retraso en el crecimiento, y era verdad, porque yo había acompañado a mi madre y a mi hermano al médico, y el médico había dicho, mirando la radiografía, que él iba a crecer hasta dos años más que los niños que tienen un crecimiento normal. Y que no iba a ser muy alto pero que alcanzaría una talla normal, como un metro setenta o un metro setenta y dos. Y ellos salieron de la consulta contentos, porque mi hermano iba a ser normal. Pero Pepe seguía con las preguntas, ¿y por eso tú también eres bajo? Pero como a mí el médico no me había dicho nada ni me había mirado ninguna radiografía, no tenía ningún argumento para explicarle mi anormalidad, así que le dije, no lo sé, a lo mejor mi madre me lleva al médico y me lo dice, cuando tenga doce años, o doce años y cuatro meses. Y entonces ya dejaba de mirarme como a un extraterrestre, o como si hubiera decidido aceptarme a pesar de ser un poco extraterrestre, y una vez aceptada mi procedencia interestelar hubiera dejado de producirle extrañeza. A mí no me gustaba que me mirara raro. Hubiera dado cualquier cosa para que mi hermano midiera diez centímetros más, y yo cinco, o cuatro y medio, con tal de que mi amigo Pepe no me hiciera esas preguntas con cara de asombro. Pepe era muy alto y sus padre no, y eso tampoco es normal. A lo mejor él tenía un adelanto en el crecimiento y dejaba de crecer dos años antes que el resto de los niños, y terminaba siendo tan anormal en su crecimiento como mi hermano o como yo. Pero, incluso en la anormalidad, suena mejor adelanto que retraso. Y a mí, o al menos a mi hermano, nos había tocado retraso.

Tampoco me gustaba cuando estaba en casa de mi padre, porque eso a Pepe también le producía curiosidad. ¿Por qué dices que hoy vas a casa de tu padre? Porque esta semana me toca con mi padre. ¿Es que tenéis dos casas? Si, una donde vive mi madre y otra donde vive mi padre, pero las dos están muy cerca, casi al lado. ¿Y por qué tenéis dos casas? Porque mis padres no viven juntos. ¡¡¡¡¿No?!!!! Otra vez me mira como a un extraterrestre. Y otra vez yo tampoco sé darle una respuesta que le saque de su asombro, así que sigue con su batería de preguntas. ¿Y tú tienes un cuarto en las dos? Sí, y una semana duermo en casa de mi madre y otra duermo en casa de mi padre. A mí me parecía de lo más normal, nunca hablaba de eso, igual que los niños que viven con su padre y con su madre no cuentan que viven con su padre y con su madre, pero la sorpresa de Pepe no me gustó. También tengo la casa de mis abuelos, seguí, y a veces me quedo a dormir el fin de semana. Y yo también tengo la casa de mis abuelos, y me quedo a dormir, y los amigos de allí me llaman chiquilín. Pero si eres alto. Sí, pero allí me llaman chiquilín, y a uno lo llamamos tripas, allí a todos los llamamos de otra forma. Y como los dos teníamos una casa de los abuelos, y a veces dormíamos allí, seguimos hablando de eso, y ese día ya no hubo más miradas extrañas. Pero a partir de entonces, procuraba evitar sacar el tema de que yo tenía dos casas, o que mi hermano tuviera trece años aunque aparentara tener once, u once y dos meses, pues aprendí que eran dos temas anormales que podía llevarle a la sorpresa, y a mirarme como si yo fuera un ser de otro planeta, o casi.

Otro camino

Esta mañana he tomado otro camino. Tenía que entregar unos papeles en un organismo oficial. Ningún trabajo de altura, pero me ha permitido tomar otro camino.

Aparcar media hora en la calle me ha costado 1 euro y cuarenta y cinco céntimos, y tras pagarlos con una aplicación del teléfono que me permite no tener que estar pensando en llevar monedas, ni buscar parquímetro, ni tener que recordar la matrícula del coche, y que además te permite pagar sin que tengas la sensación de haber pagado, aunque por supuesto lo hayas hecho, busqué el organismo oficial en cuestión. Estaba muy cerca del coche, tanto, que ha habido pocas oportunidades de encontrar nada que mereciera el protagonismo de la foto del día. Eso es algo que me ha dejado un tanto decepcionada, porque el hecho de tomar otro camino distinto del que tomo todos los días es en sí mismo, motivo suficiente para ser el motivo de la foto del día.

El organismo oficial estaba escondido dentro de un centro de salud. Un señor del samur social me pidió ayuda para abrir la puerta porque llevaba en una silla de ruedas a un paciente, y las primeras puertas no eran de apertura automática. Las segundas sí, pero como puede suponerse gracias a los ordinales, para atravesar cómodamente con una silla de ruedas por las segundas puertas de entrada primero hay que atravesar las primeras. Y para abrir las primeras hay que accionar un picaporte. Y además, como son estrechas como para que las atraviese la silla de ruedas, también hay que abrir las contiguas quitando unos bloqueos arriba y abajo. Y la verdad es que no entiendo cómo en un centro de salud, lugar susceptible de ser utilizado por personas que necesitan sillas de ruedas, o bastones, o camillas, han dejado unas primeras puertas de entrada tan difíciles para ellos. Escalones, eso sí, no había.

Un tanto desconcertada en la sala de espera del centro de salud, recurrí al papel para averiguar por dónde buscar al organismo oficial. Quinta planta. En el ascensor vuelvo a coincidir con el del samur social y el señor que lleva en silla de ruedas. Me fijo en que no tiene calcetines y lleva los pies al aire, con unas sandalias de esas de casa que se atan con velcros y que son de rizo, como los albornoces y las toallas.  Ellos se bajan en la segunda.

En la quinta veo un cartel que pone registro, y me dirijo allí, que eso ya va teniendo más pinta de organismo oficial. No hay nadie esperando y me atienden nada más llegar. La señora que me atiende no me pone pegas a la hora de compulsarme los documentos, y continúa alegremente con la conversación que mantiene con sus compañeros de trabajo. Yo procuro no viajar en Iberia. Es que ya no te dan ni cacahuetes. Vamos, que casi puedes dar gracias si no te tiran por la borda a mitad de camino, y te llevan a destino con vida. Bueno, tal y como están las cosas, eso ya es de agradecer…. Eso lo digo yo, en voz alta, sin poder reprimir el comentario, como si fuera partícipe de la conversación y no sólo una mera espectadora. Ella contesta que ya no sabe si llevar a su hija a Londres o cancelar el viaje. Otro compañero se queja de que viajar en avión últimamente es espantoso. Que en la sala de embarque primero llaman a los que tienen billete business (lo pronuncia así: bú-si-nes), después a los discapacitados, después a los que tienen niños con sillitas…. ¿y a mí dónde me van a meter, dice, en la cola? Y es que –dice-  cuando no viaja uno en un su jet privado las cosas son diferentes. La señora que me atiende me da mi justificante de haber presentado la documentación, demostrando -ya sin lugar a dudas- que estoy en efecto en un organismo oficial por muy camuflado que esté en la quinta planta de un centro de salud, mientras sigue hablando acerca de las incomodidades del avión para el común de los mortales, así que no sé muy bien si me puedo ir o si me tiene que decir o dar algo más. Pero siguen de charla y a mí ya me resulta incómodo el papel de espectadora, así que directamente le pregunto que si ya me puedo ir, aún a sabiendas de que estoy interrumpiendo, y me dice que sí, así que me voy.

Como sólo tardo cinco minutos y tenía pagada media hora de aparcamiento en la calle, decido que hoy me voy a tomar mi café por allí en lugar de donde siempre en la oficina, puestos a tomar caminos nuevos, y me meto en una cafetería que se llama Los Torreznos. Entro y el interior no sorprende,  en la vitrina de la barra hay bandejas de boquerones en vinagre, morcilla, filetes de cinta de lomo crudos y ensaladilla rusa. Detrás de la barra el escaparate de botellas de alcohol de rancio abolengo en una estantería de madera, a la derecha dos máquinas tragaperras y una tele con una tertulia matutina. La camarera es muy delgada, morena, con coleta y flequillo, los ojos tristes, los hombros caídos,  y un aire demacrado y frágil,  pero cuando se dirige a mí para preguntarme me sonríe, y es una sonrisa luminosa. Me da la impresión de que contrasta, y que le habría pegado más hablarme seria y malhumorada, pero sin embargo es amable y sonríe, a pesar de las ojeras y del aire ceniciento. Yo pongo mucho esmero en sonreír también.

Al otro lado de la barra un señor jubilado un tanto rancio y hortera, con el pelo engominado y altanero, apura una Mahou. Con esos prejuicios que me caracterizan pensé que le pegaba ser socio del Madrid. Y detrás, en una mesa, un señor mayor que no es hortera se come una ración de churros, mojándolos con gusto en el café, supongo que de la misma forma que se los come en la intimidad de su cocina, compartiendo esa familiaridad de las puertas para adentro del hogar en el salón de la cafetería Los Torreznos. Me resulta tierno. Ayer mismo, en mi cafetería de siempre, un señor tenía metida una barrita entera en su vaso de leche, no la tenía sujeta con las manos, la tenía ahí, metida en el vaso, en remojo, supongo que para que estuviera bien blandita… también me pareció tierno.

Cruzo unos correos con mi amiga Ana, la aplicación del estacionamiento regulado me avisa de que va a caducar mi ticket, pago sonriendo mucho, y vuelvo al coche. Antes de meterme vuelvo a mirar a un lado y a otro. Igual hay algo especial y yo no he sido capaz de verlo por no haberme parado a mirar. Nada, no veo nada. Ni rastro de la foto del día.

Arranco y cojo la Castellana bajando por Raimundo Fernández Villaverde. Cuando me acerco a la Torre de Madrid  se me agita algo. Un momento, ya lo entiendo. Haber recorrido un camino tan poco habitual para que al final la foto escogiera precisamente ese lugar que en tiempos fue mi rutina diaria. A esta hora seguro que estás tomando café, aunque ya no donde siempre. Cojo el móvil y selecciono cámara. El semáforo se pone en rojo, cuando una foto escoge motivo busca sus cómplices. La primera, apresurada, me sale completamente torcida. Las dos siguientes derechas y encuadradas.

Cuando llego al trabajo, aparco y miro las tres fotos. Sin duda me quedo con la torcida. Le paso un filtro que se llama nostalgia, pero termino escogiendo el sepia, porque aunque se llame sepia y no nostalgia, a mí me parece que representa mejor los colores que yo veo con ese órgano que no es la vista. Selecciono la opción compartir. Escribo esa dirección que, por habitual, con sólo pulsar la primera letra del nombre, mi teléfono la predice. Enviar. Salgo del coche, ahora ya sí donde siempre, y me dirijo a ese edificio donde ponerme a hacer lo de siempre el resto de la jornada.

extracto de estudio acerca del desconcertante universo femenino.

Lo que bien podría haber parecido una amistad entre colegas no era otra cosa que un interés común por avanzar en la investigación acerca de la naturaleza femenina. El legislador y el cuestionador gozaban de la complementariedad necesaria para para poder desarrollar con éxito esa misión de marcado carácter científico que ya habían emprendido, aún sin saberlo, desde el mismo día que nacieron. El destino fue el responsable de que un día sus caminos se cruzaran en el mismo departamento de una empresa de consultoría informática que prestaba servicios a grandes bancos como el Banco Rojo y el Banco Azul. Allí, juntos, comenzaron a elaborar teorías, compatibilizando el estudio de la mujer con la consultoría. Y ellos que, ingenuos, habían pensado que esa era su profesión, única y exclusivamente por el hecho de ser retribuidos, descubrieron juntos su vocación científica por el estudio del desconcertante universo femenino en laboratorios con gin tónics.

La última vez que quedaron para hacer ciencia fue el pasado lunes, después del reciente despido del legislador, cuyo motivo según él mismo explicó, se hallaba en su esmerado cuidado del cliente –en su caso el Banco Azul-, su pro actividad, su dedicación y su profesionalidad. Si se hubiera dedicado en mayor medida a sus estudios científicos en detrimento de su trabajo remunerado, aún continuaría con financiación a fin de mes. Ese día, y aunque ya había comenzado Septiembre, y a pesar de tratarse de la gran ciudad, la soledad y el desierto de las calles en pleno centro histórico, recordaban a los de un pueblo castellano un domingo de agosto a la hora de la siesta, o uno americano del lejano oeste, polvoriento. Sólo faltarían los remolinos de paja invadiendo las calles.

Quizás por eso, y a pesar de que la calle del Nuncio es bonita, a pesar del moderno sistema de vapor de agua instalado en esa terraza-laboratorio, a pesar del turismo, a pesar de que ya había comenzado el horario comercial, sólo estaban ellos. Y quizás porque sólo estaban ellos, y porque el resto de la ciudad pareciera haber sido abandonada, dejaron de lado las normas básicas de buen gusto y discreción a la hora de poner en común sus avances, y lo hicieron como si sólo estuvieran ellos.

– Ninguna mujer, ninguna, se hace cincuenta kilómetros en coche para tomarse un café con un tío si no es porque le quiere comer el rabo –sentenció el legislador como resultado de sus muestreos.
– ¿Tú crees? –espetó el cuestionador.
– Seguro
– Pues yo me he hecho unos cuantos kilómetros en coche para tomarme un café contigo y no te quiero comer el rabo.
– Yo a ti tampoco te quiero comer el rabo. Pero es que tú eres un tío, y yo también. Tú hazme caso, eso es así, tú ni preguntes. Si ella está dispuesta a tomar café contigo y recorrer para ello cincuenta kilómetros es que te lo quiere comer. Además, con las mujeres es imposible hablar.
– Ya. Las relaciones son muy complicadas.
– Complicadísimas. Y ya cuando tienes suegra mucho más. Las mujeres te enredan y te ves en situaciones inexplicables en las que pierdes siempre. Así que tú, de momento, disfruta. Mira, por ejemplo, las mujeres suegras, la mía. El otro día voy a comer a su casa. ¿Cómo está la tortilla, hijo? Muy buena, gracias. ¿No crees que admite un poco más de sal? Bueno, es posible que un poco más de sal admita, sí. Ay!, otra vez, si es que siempre me hace un feo, siempre poniéndole pegas a todo lo que hago en lugar de agradecérmelo, hija, podías decirle algo a tu marido…. Y yo mira que he intentado hacerle ver a mi mujer lo absurdo de la situación, pero es que a ella le parece normal. Está acostumbrada. ¿Ves?
En ese momento suena el móvil del legislador. Sí, cariño. No, vuelvo en seguida, no, sí, sí, sí, te quiero.
– ¿Ves? Llamada de control. Que dónde estoy, que si voy a volver pronto, que a qué hora… Las mujeres son controladoras. Ya te lo digo yo, aprovecha ahora….

Exhausto después de enunciar la tercera ley sobre el género femenino, y para celebrar lo fructífera que estaba resultando la tarde, el legislador llamó a la camarera y le pidió otros dos gin tónics. El resto del tiempo del que disponían se lo concedieron de recreo, y lo agotaron conversando acerca del bosón de higgs.

mercenario sideral

Te pusiste a contarme su historia una mañana en la terraza, en uno de esos momentos a solas. Me gusta que aún te queden recuerdos que contar, especialmente de cuando eras niño y vivías en otro mundo, porque parece que, de entre los mundos de los que narras recuerdos, parece el más tuyo. al menos yo, que me fijo, te veo muy tú. De hecho, me fijo más en ti mientras cuentas que en lo que cuentas, así que disculpa si no me quedé del todo bien con la historia de esa peli serie b que te gustaba.

Si no me enteré mal, creo que me contaste que el protagonista era un mercenario del espacio, no sabías si era precursor o secuela de Han Solo, pero tú no tenías duda de que uno había influido en el otro, o viceversa…. Y también había una chica, y la secuestraban los malos. Y el mercenario terminaba siendo héroe y no paraba hasta rescatarla. Y de eso iba la película. Deduje del relato que, al final, además de rescatarla, se enamoraba de ella y acababan juntos. Yo no sé si he visto películas serie b. Es posible que sí, pero sin saber que tenían esa etiqueta. También es posible que no. El caso es que al ser una etiqueta desconocida, por mucho que parezca indicar un ordinal peor que las pelis que no son serie b – porque supongo que serán serie a, es decir, mejores-, para mí está rodeada de un halo de misterio. Oh, una peli serie b…. qué será eso. La curiosidad que produce lo desconocido. A veces la ignorancia es maravillosa. Pero aun sabiéndolo, me empeño en tratar de analizarlo y entenderlo y descubrirlo todo, y destruyo ese misterio y esa magia que tienen consigo las cosas desconocidas. Bueno, la caso es que presté a tu relato la atención mínima imprescindible, porque estaba atenta a tu cara de nueve años.

No sé qué noche, unos días después y por sorpresa, volvió a mi vida el mercenario espacial. Estábamos ya en la cama y había silencio, así que pude escuchar la vocecilla esa de mi cabeza (tú no te enteraste de nada, mi voz y yo hablamos en privado). ¿Y después qué pasó? -pregunta. ¿Y después qué pasó con qué? Pues con el mercenario, con quién va a ser. Perdona, no caía, no sabía que andabas a vueltas con ese tema, llevo un tiempo desconectada y sin oírte.

Entonces ella chasquea la lengua con fastidio de forma que yo pueda darme cuenta de su enfado, y empieza a hablarme perdonándome a duras penas la vida.

Me refiero al mercenario espacial… A ver, recapitulemos. Es mercenario espacial, vive un montón de aventuras, la mayor de todas sin duda aquella en la que rescata a la chica de la que se enamora, y ¿después qué? ¿qué pasa con su vida después de eso?

Es que yo creo que la película acaba justo ahí, no hay un después.

Ya, así que es de esa clase de películas que acaban en ese momento. Pero eso no significa que no haya un después. Las que sin embargo empiezan en ese momento suelen ser de corte independiente, y de origen europeo. A mí me irrita que el the end sea en realidad el principio de otra historia que es omitida con deliberación, porque también es necesaria. Nos dejan ver al mercenario justo hasta su momento de clímax de felicidad vital. Ha liberado adrenalina con el riesgo, endorfina con el triunfo, y dopamina con el amor. Con semejante dosis de drogas autogeneradas de liberación lenta es imposible que el mercenario no desarrollara una adicción. Es imposible que no sufriera después, sí, después de ese the end feliz, un síndrome de abstinencia brutal, cuando al cabo de los días y los meses le bajaran los niveles en sangre y desaparecieran sus efectos. Dime, sinceramente, ¿tú crees que el mercenario, emparejado con la chica, continuó ganándose la vida como mercenario? ¡Ni de coña! Su amada le diría que el espacio sideral es peligroso, que le puede conseguir  trabajo en una oficina para que él no tenga que viajar ni ella morir de preocupación, que así no tendrían que separase, que tendrían hijos, que serían felices, que… y los dos, bajo los efectos de las drogas, verían en su cabeza su vida en un chalet adosado con nubes rosas que en los días de tormenta todo lo más que descarga son corazones sobre el tejado… es una posibilidad, no? ¿Tú no crees que pasado el efecto químico el mercenario se moriría al verse en el espejo con corbata? O a lo mejor resulta que la ex sexuestrada era una famosa actriz y él se hace su manager. ¿Qué crees? ¿Y lo de convertirse en manager y que la heroína sea ella, cómo lo llevaría? Puede que incluso les tocara un euromillones interestelar, y que tras la euforia les sobreviniera un hastío existencial. ¿Podrían con ello?

Así que mi pregunta es: ¿cómo conseguiría preservar la felicidad el mercenario? Porque es un señor que está acostumbrado a tener que defender y salvar lo que él quiere de seres malvados, con una forma y una maldad muy concreta, sabe contra qué lucha, y tiene armas para ese objetivo concreto, puntería, inteligencia, coraje, y hasta sentido del humor…. Pero, ¿cómo salva aquello que quiere de intangibles? ¿cómo lo salva cuando desconoce de qué? ¿cómo lo hace cuando incluso podría tener que salvarlo de sí mismo? ¿cómo? ¿con qué? Y no me vengas con el cine europeo, porque normalmente el cine europeo e independiente sólo cuenta esas historias cuando su final definitivo es una derrota. Y lo único que aporta es tristeza, que es lo que están deseosos de consumir los espectadores. Quizás podría haber un cine serie a ó b que tratara de este tipo de historias sin ese imperativo de sufrimiento.

Tuve que volver a desconectarme de ella durmiéndome. Antes de perder del todo la conciencia me pareció escuchar de su boca unos cuantos reproches,  incluso la palabra abandono. Está dolida, y cuando está dolida distorsiona y se pone un tanto neurótica. Yo también la echo de menos, sin mi vocecilla no soy yo. A veces aún menciona al mercenario, sabes? Al final le estoy cogiendo cariño a ese hombre. Estoy a punto de pedirte que me pongas la peli, me está pudiendo la curiosidad, pero me lo estoy pensando por mantener vivo el misterio. Lo último que se le ha ocurrido es pedirme que escriba su historia, pero a lo grande, un retorno al intento de novela nimás ni menos. Jamás se me ocurriría escribir sobre algo así. Claro, que tampoco se me habría ocurrido ponerme a pensar en el principio después del final de la vida de un mercenario espacial de cine serie b, y me he descubierto haciéndolo…

… y sí, sigue siendo mercenario.