Invierno

Feb 2008.

Ayer cogí el metro el metro para ir al concierto. En el ramal a veces pasa. El tren tarda un rasto en cerrar sus puertas para iniciar su recorrido entre dos únicas estaciones.

Frente a mí se sentó una chica rubia muy joven. De ojos ojos. Bueno, azules. Bueno azules y rojos. Se sujetaba la cabeza con una mano, y miraba al techo. Y así, además de tener la cabeza apoyada, dejaba su mano estratégicamente colocada para atrapar las lágrimas cuando se escapaban de su sitio. Yo la miraba y le preguntaba ¿Estás bien? ¿Qué te pasa? Pero no lo oía salir de mis labios. Ella también me miraba al sentirse mirada. Y otra vez al techo. Y después buscó en el bolso un móvil, y se puso a teclear. Y se le escaparon unas lágrimas más, que atrapaba con las manos. Y me enfadé con mi boca por olvidar hablar.

Yo no podía dejar de mirar. Porque la tenía delante y porque lloraba. Busqué un pañuelo, pero no hubo suerte. Nunca están cuando se les necesita. Quizás no sea grave. Quizás es un desahogo. Quizás sea una pena hoy grande que después será pequeña. Quizás un día sesible. Quizás lo necesite. Quizás lo agradece. Quizás quiera estar sola. Quizás.

Cuántos quizás últimamente. Llevo unos días viendo a personas llorar. Por la calle, solas, o al otro lado de un teléfono. Ahora también en el metro. Últimamente veo pocas sonrisas. Quizás sea invierno. Quizás.

Y de Los tres cerditos, yo me quedo con…

Cuando consideré que Miguel era lo suficientemente maduro como para aguantarme cuentos, comencé con uno al azar, Los Tres Cerditos. No sé por qué tomé esta decisión tan a la ligera, porque todo el mundo sabe que a los niños les encantan las repeticiones. Y cuanto más de memoria se saben algo más les gusta. Así que estuvimos contando el cuento de Los tres cerditos cada noche durante… yo calculo… los siguientes seis meses.

Básicamente el cuento trata de tres cerditos que deciden emanciparse, y para ello se construyen sus respectivas casas. El más vago se la hace de paja, el que es un poco menos vago de madera, y el más trabajador de ladrillo. Esto significa que cuanto más vago era el cerdo, antes terminaba la casa y antes se podía poner a jugar y a retozar en el barro. Y lo mejor de todo, a reírse del hermano currante y pringado que seguía ahí con el cemento y los ladrillos, y esperando que fraguara el hormigón.

En esto que llega un lobo con hambre, y a soplido limpio se carga las casas de paja y madera. Así que los cerdos vagos van corriendo a refugiarse a la casa del que se hizo el chalé. El lobo no consigue derribarla, y cuando intenta entrar en la casa para el ansiado festín colándose por la chimenea, se encuentra con la sorpresa de que los muy cerdos la tienen encendida, así que se le quema el culo y se le quita el hambre.

Casi todos lo cuentos vienen con moralina. La más clara de este cuento: que hay que ser trabajador y bla, bla, bla, …. Pero es esta moraleja ya aburre, que lo mismo cuenta el de La cigarra y la Hormiga y cuántos otros.

A mí lo que me encanta de este cuento y concretamente del cerdito del chalé no es su responsabilidad. Lo más grande es que cuando llegan los dos cerdos que previamente se han reído de él, que han retozado en el lodo, cantando y bailando mientras él trabajaba (y quien dice cerdo dice cualquier otro animal de la diversa fauna que puebla nuestro planeta), no les hace un corte de mangas, no les manda a tomar por culo, ni siquiera les reprocha, ni se le oye un “os lo dije”. Abre la puerta de su casa. Les deja entrar. Sin más. Y comparte con ellos la travesura de chamuscarle la cola al lobo. Es un cerdo sin rencor. Yo me quedo con eso.

Sonrisas al revés

Una sonrisa al revés no fotografiada por mi.
Una sonrisa al revés no fotografiada por mí.

Es curioso lo que hace el paso del tiempo. Hasta ahora me había pasado desapercibido. Pero el otro día, me fijé en el rostro de una persona. No debía ser excesivamente mayor, no tenía demasiadas arrugas, y sí alguna cana. Lo que delataba su edad era algo mucho más triste que eso. El tiempo le había dibujado una sonrisa, y por un error de trazo, lo había hecho al revés. Busqué con la mirada otros rostros. Y me horrorizó lo que ví. El tiempo no se había equivocado con el trazo. Siempre las hacía así. ¿Y por qué?

Giré la cabeza ante sus ojos atónitos, para mirar desde abajo, y que la sonrisa fuera sonrisa. Pero además de marearme, lo cierto es que aunque sí pude verla derecha, no dejaba de resulta extraño un rostro que comenzara por la barbilla, siguiera con la boca, después llegara la nariz, y a duras penas le viera ya los ojos, ahí abajo. No siempre comprendo el arte moderno. Y eso que no llegaba a ser una abstracción.

Cuando volví a poner la cabeza en su sitio, aquella sonrisa mal dibujada había cambiado. De pronto había ocurrido un milagro, y sus extremos apuntaban al cielo, como tiene que ser, y todo el rostro se levantaba con ella, y los ojos chispeaban. Y me miraba divertido. Y se hizo la luz. Si hacer el ridículo causa esos efectos, prometo hacerlo más a menudo.

Cuando llegué a casa corrí al espejo, y me miré bien seria. Menos mal, el tiempo no se había puesto a garabatear con mi boca. Eso sí, conocer al enemigo ayuda. Ya sé lo que va a hacer conmigo. Pero también sé que no es irreversible. Y no me refiero al botox. Con un poquito de esfuerzo, la sonrisa que está al revés, se puede volver a poner derecha. Sólo hay que sonreír. Habrá que hacerlo todo el tiempo.

Una tara al despertar

Hoy me he levantado con una tara. Con mis dos piernas, mis dos brazos, mi cabeza, y todo lo demás… salvo la seguridad en mi misma. Esa se ha debido quedar en la cama, y con ella me tendría que haber quedado yo.

Así que ha sido el típico día de mierda en el que me he mirado en el espejo y me ha devuelto una imagen de mierda, he intentado tocar y no ha salido música sino mierda, he intentado cantar y se me ha hecho un nudo de mierda, y me he pasado el día con un humor de mierda.

Y hay gente que para desear suerte desea mierda, como si la mierda diese suerte. O sea que siguiendo el silogismo será que voy a tener suerte. Pero da la casualidad de que soy de las que no creen en la suerte. O más bien, de las que no cree que haya que esperarla sentado. Que la suerte hay que salir a buscarla. Y también la confianza, porque sin ella de pronto una se vuelve minusválida, y no le responden las piernas, y no se acuerda de cómo se anda, y llegan las dudas, y el miedo que paraliza. Y resulta imposible conectar con el mundo que hay ahí afuera, y dejarse llevar, y brincar con él, y bailar, y llenarlo de risas.

La semana pasada había un castillo hinchable para niños y se montaron Miguel y Pablo. Era de esos en los que hay unas escaleras hinchables a un lado, con un tobogán hinchable al otro. Pablo subía con soltura. Pero Miguel se tambaleaba sobre aquellos escalones raros que se hundían bajo sus pies. Que digo yo, con lo bien que se lo pasa brincando sobre la cama y ahora llega aquí y le entran los escrúpulos. Pues sí. Y el pobre Miguelito no pasaba del primer escalón, y bloqueaba el paso, y el resto de los niños le pasaban por encima y le hacían caer cuando por fin había trepado algún peldaño más. Hasta que venciendo el miedo y con ayuda de Pablo, consiguió subir hasta arriba. Y bajar por el tobogán como premio. Entonces empezó a subir como si lo hubiera hecho miles de veces, y ningún niño le pasaba por encima de nuevo, ni le hacía caer. Lo que son el miedo y la inseguridad, lo que paralizan, lo que inutilizan. No puedes si crees que no puedes. Aunque a veces crees que puedes y no puedes, pero ese ya es otro tema.

Así que, querida seguridad, te digo como alguna vez le dije a la suerte, no me voy a quedar sentada esperando a que vuelvas. De hecho, buscando y buscando he encontrado algunos trozos. Y mañana cuando me levante espero que hayas vuelto a casa y te levantes conmigo, que ambas sabemos que esto es un enfado pasajero. Porque si no lo haces saldré a buscarte. Que yo con toda esta mierda no estoy a gusto.

 

(Enero 2008)

La espada de Yerman

Los días siempre empiezan igual. No hay nada que avise de que algo va a ser diferente. Para pillarte a traición. Sin darte tiempo a digerir.

Seis y veinte. Suena el despertador. Ducha. Toca pelo. Café. Metro. Oficina. Enciendo el ordenador. Abro el correo. Bla blá bla blá. Lo de siempre. Diez y media. Levanto la cabeza. Busco a Eva, a Manu y a Yerman. Consigo captar la mirada de alguno de ellos. Es la señal. Nos levantamos y vamos a la cafetería. Bla blá bla blá.

Nos sentamos alrededor de una mesa redonda. Manu va a pedir los cafés porque es un caballero. Yerman se acerca a la barra para ayudarle a llevarlos a la mesa porque es un caballero. Yo voy a buscar un taburete que falta y se lo ofrezco a quien le falta porque soy un caballero. Eva cuida la mesa porque es un caballero. Y todos los días cambiamos los roles porque somos caballeros.

Cuatro cafés. Uno en vaso templado, dos en taza templados. El mío caliente, para abrasarme. Bla blá, bla blá.

Yerman pide la palabra. Le cuesta, pero nos callamos. Me han buscado un trabajo en otra empresa, o lo acepto o en noviembre me echan. Me quedan cinco días.

No. Espera. Esto no es lo de siempre. Has roto la cadena. A traición. Y me pregunto cómo se comporta uno como siempre cuando como siempre cambia, así, sin avisar. Manu dice qué asco. Manu dice que cada vez queda menos gente afín. Yerman pregunta ¿qué? Y es que no puede pensar. Manu contesta que cada vez quedan menos personas con las que se lleva bien. Somos cuatro gatos. Bueno, a partir de la semana que viene sólo tres, puntualizo. Eva dice que le da mucha pena. Yo miro a Yerman, que está triste. Y tengo ganas de abrazarle, pero no lo hago, porque aún no he obtenido respuesta al cómo comportarme cuando como siempre deja de ser como siempre. Removemos el café. Y fumamos. Y miramos al suelo. Y respiramos hondo. Y nos hacemos más duros mientras aún no hemos asimilado que dentro de cinco días ya nadie pedirá el café en vaso.

Los días empiezan siempre igual. Aunque no lo vayan a ser. Incluso aunque sepamos que no lo van a ser. Seis y veinte. Suena el despertador. Bla blá, bla blá. Es el último día que está Yerman. Hoy va a ser igual pero mañana no. Así que tampoco hoy va a ser igual. Porque un último día no puede ser igual que los demás.

Ducha. Toca pelo. Café. Metro. Oficina. En mi mesa encuentro una espada de espuma. Reluce y brilla. Hay otra en la de Manu. Y otra en la de Eva. Germán se acerca. Las vais a necesitar, nos dice. Sólo quedáis tres, y tenéis que resistir.

Diez y media. Después de  encontrarse nuestras miradas nos dirigimos los cuatro al café. Cuatro cafés. Uno en vaso templado, dos en taza templados, uno en taza caliente para abrasarme. Todos sobre la mesa redonda. Os voy a echar de menos, dice Yerman. Yo aprieto los dientes, vuelvo a tener ganas de abrazarlo y vuelvo a contenerlas, me ayda a hacerlo tocar la empuñadura de mi espada. Miro la mesa redonda. Y por mucho que diga que las pilló en el chino, yo sé bien que las sacó de una piedra. Y sé que tengo que ser valiente porque soy un caballero. Y con espada en la mano me siento más segura ante el futuro y los días diferentes que queden por llegar. Aunque me pregunto si también servirá para llenar el vacío que a partir de mañana habrá tras un café con leche en vaso.