De soñar con volar o ser invisible

El otro día estuve viendo una peli en casa: La habitación de Fermat. Está escrita y dirigida por dos personas, siendo una de ellas Luis Piedrahita, que es un tío con un sentido del humor que me ha arrancado unas cuantas carcajadas. Así que de entrada me llamó la atención, aún a sabiendas de que la película en cuestión no era una comedia. La verdad es que mi impresión final es de “peli-de-suspense-entretenida-para-matar-una-noche-de-domingo». Sin más.

Pero bueno, el caso es que yo no quería hablar de la película sino de algo que plantean en ella. En un momento dado, uno de los protagonistas, encarnado por Federico Luppi, expone que los dos sueños más frecuentes del ser humano son dos: volar y ser invisible. Y pregunta al resto de los personajes cuál de las dos cualidades preferirían tener.

Cuando uno de los personajes dice que preferiría ser invisible, le contesta que quien quiere ser invisible es para cometer alguna maldad. Quiero ser invisible para mirar a la vecina mientras se ducha, lo que guarda en la cartera el compañero de trabajo… Porque quien hace algo bien no tiene problemas en ser visto. Bueno, quizás sea así en algunos casos, salvo en el de algún que otro modesto patológico. En ese y en de los superhéroes, que si bien no son todos invisibles, tienen en común el mantener a salvo su verdadera identidad, de modo que nadie pueda saber realmente quién es la persona que está salvando el mundo. (O a los Estados Unidos de América, que viene a ser lo mismo.)

Yo de pequeña tenía pesadillas recurrentes. Pero afortunadamente también sueños recurrentes. Y mi sueño recurrente siempre fue volar. ¿Y por qué volar? ¿Qué tiene de bueno? Para mí tenía de bueno la sensación, el cosquilleo en el estómago, la velocidad, el viento, el vértigo, y… rebuscando en el baúl del por qué de los deseos, también el ser capaz de algo fantástico, algo especial, algo que hacía que el resto de los mortales quedaran enmudecidos, y pequeñitos. Y no sólo por el efecto óptico de estar yo arriba.

Pero el volar también tiene una connotación de huida. Volar sería genial, porque el poder desaparecer se convertiría en algo posible en cuestión de segundos. Porque a veces, hay situaciones cuyo desenlace no dependen de uno, y que producen ahogo y asfixia. Y la sensación de que el mundo entero se ríe de uno funcionando como si nada, con ese mecanismo cruel que no se detiene por muy grande que sea el dolor de uno, por muy pequeño que sea ese uno que lo siente. Y uno sólo quiere desaparecer, por no tener que continuar con una rutina a la que se ve obligado, pero que ha perdido todo su sentido.

El caso es que pensando un poco en los por qués y los para qués de estos dos dones imposibles, que según la peli son los más deseados, me queda claro el por qué tan sabiamente nos han sido negados.

Porque es de agradecer que, si queremos hacer daño, no nos den facilidades como ser invisible. (Si sólo se trata de ver a la vecina mientras se ducha, mejor ser honesto e intentar ligarla primero.)

Si en cambio el deseo de ser invisible fuera para hacer el bien, pero por modestia no se necesitan agradecimientos ni honores, siempre queda el ponerse unos calzoncillos (o tanguita) sobre unos pantalones de lycra, una máscara curiosa, e ir por ahí salvando al mundo.

Si el sueño de volar surgiera por la necesidad de sentir velocidad y vértigo, existe el puenting, si es por ver el mundo desde arriba, el Google Earth. Pero si es por una necesidad de hacer algo que deje al resto de la humanidad admirada, siempre se puede conseguir por méritos propios. Que eso a nadie se le ha negado. Y si es por desaparecer… pudiendo desaparecer cuando el dolor ahoga, nunca se sabría que uno puede ser más grande todavía que el dolor. Porque para eso, hay que enfrentarse a él. Y creo que el quedarse sin ese saber, es mucho peor que el no poder ser invisible, o el no saber volar.

Algo que merezca ser contado

Ayer, cuando conté el cuento, no fue una decisión al azar. Lo cierto es que quise hacerlo a modo de metáfora.

Cuando alguien toma la decisión de ponerse a escribir en un lugar público, que es una de las ventajas que ofrece Internet, llega un momento en que se pregunta cuáles son sus razones últimas para hacerlo. A mí me maravilla que haya personas que escriban tutoriales, y dediquen su tiempo a enseñar gratuitamente sus conocimientos sobre ciertas cosas. Desconozco cuál es su por qué, pero no le encuentro otro que no sea el compartir ese conocimiento. (Salvo en algunas excepciones, en las que los motivos tienen más que ver con un ego que sobrepasa el intelecto del autor, que con el altruismo.)

Cuando empecé a escribir encontré mi por qué. Pero los por qués no se mantienen inalterables con el paso del tiempo. Y mis por qués han cambiado  conmigo. Por eso, de vez en cuando, no viene mal reformularse las preguntas, y poder reencontrarse con las respuestas, y con uno mismo.

Y hace ya tiempo que tengo un propósito. Encontrar en cada uno de mis días algo que lo haga especial y diferente a los demás. Algo que merezca la pena ser contado. Porque todos los días tienen algo especial, sólo hay que saber verlo. Todos los días pasa algo que, de una forma o de otra, se queda en mi cabeza y me deja una cierta marca que me hace sentir. A veces no sé muy bien por qué. Y podría dejarlo, no volver sobre ello, normalizarlo y obviarlo. Pero la vida es demasiado valiosa como para no estar atenta, como para no querer ver aquello que la hace ser valiosa, y dejar a un lado la consciencia de aquello que hace sentir y emociona. O peor todavía, la consciencia de sentir o emocionarse.

Al final, es lo que buscamos en todo, en el día a día.  Pero también buscamos las emociones en el cine, en la música, en el arte, en las historias cotidianas, en la literatura… risa, llanto, terror, asombro, nostalgia, melancolía, energía, paz, tensión… Y las encontramos en tantos lugares porque las emociones son universales, y se contagian, y nos permiten emocionarnos con historias ajenas, que, de alguna manera, terminamos haciendo propias.

De modo que por un lado, al igual que hay informáticos que deciden compartir sus conocimientos en la red, yo he decidido compartir los relatos que de una forma o de otra me han hecho sentir, y también, de una forma o de otra, aquellos momentos cotidianos que hacen que cada día sea único e irrepetible. Si a mí me han emocionado, puede que a otras personas también.

Por otro lado, el haberme impuesto el compromiso de escribirlos, me ha generado el hábito de buscarlos. Y me aterra la posibilidad de que pudiera llegar un día en el que viviera un día, tras otro, tras otro, sin ser capaz de encontrar en cada uno de ellos algo, una sola cosa al menos, que mereciera la pena ser contada. Y es que dejar de sentir, y dejar de emocionarse, es como dejar de estar vivo.

El cuento del topo

Érase una vez un topo sensible que un día abrió una bitácora llamada Memorias Subterráneas. Cada día viajaba en metro para ir a trabajar. Y cada día contaba en sus Memorias la historia que había visto en él. Porque todos los viajes tenían una historia.

Y la gente que las leía le preguntaba, ¿pero cómo puedes ver todo eso en el metro, si yo voy en él cada día y nunca veo nada?

Y él contestaba que para ver hay que saber mirar.

Pero un día, el pequeño topo se cansó, se tomó la jubilación anticipada, y colgó el cartel de «Se cierra» tras bailar un último vals. Siguió yendo a trabajar. Pero dejó de escribir.

Unos meses más tarde, recibí un e-mail. ¿Te apetece tomar una cerveza con un topo? Y yo, que  lo echaba de menos, le dije que sí.

Le pregunté entonces que por qué no había vuelto a escribir, y me contestó que no le encontraba sentido. ¿Para qué? A nadie le importa.

El topo sigue viajando en metro cada día. Pero  no pudo evitar confesarme que ahora ya no ve nada.

En blanco y negro

De pronto me sentí como aquel día, en el Retiro, porque me miraba a los ojos como aquel payaso, que estaba enseñando a la niña a hacer pompas de jabón inmensas, y  yo  era una de esas muchas personas en blanco y negro que, a lo lejos, aprovechando las ventajas del zoom, quería sacar una foto a la niña con la pompa de jabón, y sin saber por qué, el objetivo fue tras aquel payaso, y me miró de pronto fijamente, a mí, aún estando tan lejos. E hice click.

Pero esta tarde estaba en la sala de formación, con otros muchos compañeros. Enfrente el retroproyector pasando las mismas  diapositivas que tenía en papel sobre la mesa. El nuevo Plan General Contable, artículo 11. Artículo 12… El tratamiento de las operaciones vinculadas. Obligatoriedad de documentación… El tratamiento del leasing como una compra a plazos. Las restricciones a la hora de provisionar… Manos levantadas, y preguntas. Y más preguntas. Pero yo estaba en blanco y negro, sin dudas, sin anotaciones, sin interés, siendo el único motivo para vencer el sueño un único pensamiento en la cabeza: en qué momento de mi vida me habría equivocado tanto como para haber acabado aquí, sin interés.

Entonces noté la mirada fija, la de la responsabilidad, porque de nada sirve utilizar las circunstancias y adaptarlas para justificar el dejar de luchar por los propios deseos.

Y ya deja de mirarme así, aunque sea dulcemente, le dije.  Si ya lo sé, ya, si ya lo he dicho.  No sé en qué momento, pero me he equivocado.  Click.

payaso

Enlatados

Hoy he cogido el metro en Nuevos Ministerios. Nada más pasar el billete por el torniquete, he visto un banco con una vaca sentada en un extremo, de piernas cruzadas. ¡Anda! ¡De la  Cowparade!

Foto del Metronauta.
Foto del Metronauta.

Sobre el banco ,un cartel que decía algo así como «No podrá hablar contigo, pero es la única vaca que sabe leer. Siéntate a su lado, abre tu periódico, y hazte una foto con ella». Entonces me hice la imagen mental: efectivamente, la vaca de piernas cruzadas estaba diseñada para que pareciera estar leyendo un periódico ajeno, haciéndose la encontradiza.

Pero ¿y ese cartel a modo de manual de instrucciones?  ¿Tan poco humanos somos que nos tienen que poner por escrito las instrucciones de dónde y cómo debemos hacernos las fotos? Ya hace tiempo que en las telecomedias nos dicen cuándo debemos reír con una guía de risas enlatadas, no sé por qué me extraño. ¿De verdad somos tan tarugos que no merecemos que se nos permita reír cuando algo nos haga gracia o elegir la instantánea que mejor nos parezca? ¿Es que necesitamos instrucciones para todo? ¿Necesitamos que nos digan dónde está la belleza? ¿Necesitamos que nos digan qué es el arte? ¿ O dónde está el humor? ¿ O cómo debemos reaccionar ante los estímulos?

¿Tan faltos de sensibilidad y criterio que nos hace falta que nos expliquen cuándo y cómo debemos sentir?