Bienvenidos a los cuentos de La Taberna del Escocés.

Hace casi dos años que comenzó a gestarse el proyecto de La Taberna del Escocés, con el que llevo trabajando desde entonces.

Eme Navarro se dirigió a unas cuantas personas que participábamos en un pequeño taller de escritura, y nos preguntó si querríamos escribir una historia. Una historia de perdedores, una historia que pudiera inspirar un blues, una historia que pudiera inspirar un cómic, una historia que se desarrollara dentro de una taberna que sería su nexo de unión y el destino de sus protagonistas, como seres que encarnan el fracaso.

De modo que varias personas nos pusimos manos a la obra, y escribimos doce relatos.

A raíz de los relatos, Eme Navarro formó una banda, seleccionando a los mejores músicos, y compusieron doce temas inspirándose en cada uno de ellos. También contactó con una serie de dibujantes, que se encargaron de hacer la historia gráfica. Por último, otra serie de artistas se ofrecieron a representar en una sola viñeta cada una de las historias, y con ellas ilustraron una camiseta.

Y por fin ha llegado el momento de que todo esto vea la luz. Hoy comenzamos la publicación de esta obra multidisciplinar, con licencia de dominio público, en la que hemos colaborado más de 30 artistas. La publicación durará un año, un mes para cada historia. El primer lunes expondremos  relato, el segundo la canción, el tercero el cómic, y el cuarto la viñeta. Y todo ello estará con total disponibilidad de descarga. El resto de los días enseñaremos el contenido extra, el cómo se hizo, los bocetos, impresiones de los autores, b-sides…

Durante  este tiempo he disfrutado con todo. He disfrutado escribiendo relatos. He disfrutado con los cientos de mails con lecturas y reescrituras que supuso el trabajo de edición -chicos, no imagino un equipo mejor-.  He disfrutado con las reuniones, con las pintas, con las risas y con las discusiones. He disfrutado conociendo a tantas personas, admirando su trabajo y su talento, aprendiendo con ellos, emocionándome con ellos y viendo cómo entre todos, poco a poco, este proyecto tomaba cuerpo.

Y sin duda, admiro la fe inquebrantable de Eme. Que tuvo una idea, y creyó en ella, y no dudó un solo segundo de su potencial, y la convirtió en un sueño, y ha peleado por él con entusiasmo y con pasión, contagiándonos a todos, y haciéndolo cada día más grande. Y hoy, por fin, se hace realidad.

En el momento de comenzar con la publicación de Los Cuentos de La Taberna del Escocés, sólo puedo decir que me siento feliz.

A todos mis compañeros, muchas gracias. A todos los que nos queráis acompañar durante los próximos doce meses para descubrir esas doce historias contadas a través de tantas disciplinas, muchas gracias.

Bienvenidos, y adelante.

La Taberna del Escocés

Los cuentos de La taberna del Escocés
Los cuentos de La taberna del Escocés

We all want something beautiful

We all want something beautiful

I wish I was beautiful

Believe in me
Help me believe in anything
‘Cause I wanna be someone who believes

We all wanna be big stars, but we don’t know why and we don’t know how

When everybody loves me, I’ll never be lonely
I’ll never be lonely

when everybody loves me, I’ll be just’ bout as happy as I could be.

Yo sin embargo creo que la historia no está en que todo el mundo me quiera, sino en querer a todo el mundo. No obstante la canción me parece desgarradora. Porque esa búsqueda y esos deseos ponen de manifiesto las carencias, por lo que en cierto modo uno puede ver reflejado los suyos propios, y porque en el fondo, da la impresión de que todo eso se va a quedar en nada.

(MR Jones, Counting Crows)

Aquí la pego entera:

I was down at the New Amsterdam staring at this yellow-haired girl
Mr. Jones strikes up a conversation with this black-haired flamenco dancer
She dances while his father plays guitar
She’s suddenly beautiful
We all want something beautiful
I wish I was beautiful
So come dance this silence down through the morning
Cut up, Maria! Show me some of them Spanish dances
Pass me a bottle, Mr. Jones
Believe in me
Help me believe in anything
I want to be someone who believes

Mr. Jones and me tell each other fairy tales
Stare at the beautiful women
«She’s looking at you. Ah, no, no, she’s looking at me.»
Smiling in the bright lights
Coming through in stereo
When everybody loves you, you can never be lonely

I will paint my picture
Paint myself in blue and red and black and gray
All of the beautiful colors are very very meaningful
Gray is my favorite color
I felt so symbolic yesterday
If I knew Picasso
I would buy myself a gray guitar and play

Mr. Jones and me look into the future
Stare at the beautiful women
«She’s looking at you.
Uh, I don’t think so. She’s looking at me.»
Standing in the spotlight
I bought myself a gray guitar
When everybody loves me, I will never be lonely

I want to be a lion
Everybody wants to pass as cats
We all want to be big big stars, but we got different reasons for that
Believe in me because I don’t believe in anything
and I want to be someone to believe

Mr. Jones and me stumbling through the barrio
Yeah we stare at the beautiful women
«She’s perfect for you, Man, there’s got to be somebody for me.»
I want to be Bob Dylan
Mr. Jones wishes he was someone just a little more funky
When everybody loves you, son, that’s just about as funky as you can be
Mr. Jones and me staring at the video
when I look at the television, I want to see me staring right back at me
We all want to be big stars, but we don’t know why and we don’t know how
But when everybody loves me, I’m going to be just about as happy as I can be
Mr. Jones and me, we’re gonna be big stars…

Acerca del valor.

Lo que quise explicar con aquello de los rituales es que éstos son una forma de dar valor, lo cual no quiere decir que sea la única. Es una de las carencias más típicas de nuestras vidas. La ausencia de valor. Vivimos en un mundo en el que lo queremos todo, lo queremos ya, y lo queremos sin esfuerzo. Solemos decir que los niños de hoy en día lo tienen todo y no valoran nada.

¿Y nosotros?

Exactamente lo mismo que nos pasa a nosotros. Nuestros padres probablemente piensan eso mismo de nosotros. Pero somos tan miopes que sólo somos capaces sentir pena por ellos, por los niños.

Y yo me pregunto si quizás no sería el momento de una desposesión total, un comenzar de cero. O si quizás no sería una forma absurda de volver a cometer los mismos errores, y de comenzar con una espiral de anhelos que no terminan nunca. Los publicistas bien lo saben, y ya no venden cosméticos, coches, perfumes, juguetes o chocolates. Ahora venden amistad, amor, deseo, placer, estatus social, distinción, belleza, felicidad.

Pero empezar dos veces de cero no es posible. No es posible descartar el conocimiento y la experiencia. Pero sí usarlos en nuestro favor.

La otra tarde me sorprendí  mirando a unos octogenarios tomando un helado. Muchas veces esa especie de ingenuidad de las personas mayores me parece conmovedora. Son capaces de disfrutar de cosas tan pequeñas –¿pequeñas?-. La mayor parte de ellos han vivido una guerra, una posguerra, han pasado apuros económicos serios, se han destrozado el cuerpo trabajando, lo poco que han tenido se lo han dado a sus hijos, para que pudieran ser más que ellos. Y se ríen de cosas sencillas, y se toman un helado y es un acontecimiento. Y me imagino la conversación que tendrán por la noche con sus hijos, cuando les pregunten que qué tal. Pues muy bien, hemos ido a la playa, después hemos dado un paseo y nos hemos tomado un helado, ¿qué más se puede pedir?

¿Qué más se puede pedir?

Quizás esté en nuestra naturaleza, pero nuestra forma de valorar se basa en la comparación. Quizás una primera forma de conciencia del valor es el apreciarlo por contrarios. No valoramos lo bello si no hemos conocido lo feo, no valoramos los bienes materiales si no hemos padecido escasez, no valoramos la felicidad si no hemos conocido el dolor, no valoramos el tiempo libre si no trabajamos, no valoramos el amor y la amistad si no hemos padecido soledad… Como si la vida no fuera más que una moneda, con su cara y su cruz, y fuera imposible el conocerla sin mirar con perspectiva ambas caras.

Pero otra forma de tomar conciencia del valor es el apreciar por deseos. Es una forma para mi gusto perversa, pues dejamos de fijarnos en lo que tenemos para no ver más que lo que deseamos. Lo que deseamos es el futuro. Y el futuro no existe. De modo que nuestro presente es una mierda, es mediocre, porque no coincide exactamente con nuestros sueños y deseos. Pero no pasa nada porque llegará un día en que el futuro será presente, y tendremos todo aquello que ahora no tenemos.  Pero el futuro no existe. Y el presente se convierte siempre en algo mediocre, que deseamos que pase deprisa, sin hacer nada por él, y  que ayudamos a tragar y a sobrevivir gracias a la esperanza.

Y dejamos de mirar a nuestro alrededor. Y nos quedamos esperando a que llegue ese futuro, alimentando esos anhelos que hoy por hoy son frustraciones, degradando nuestro presente, lo que nos rodea, y con ello, a nosotros mismos.

Y ya que es nuestro presente lo que al fin y al cabo importa, es el presente al que hay que dotar de valor. Y el tomarse un tiempo para liar un cigarrillo, o el ser consciente de la paz que se siente nadando a solas, no son más que  unos pequeños ejemplos. Muy pequeños.   Pero el proceso evidentemente no puede quedarse en sacralizar lo banal, o en ritualizar. El proceso incluye el autoconocimiento y el examen crítico. El saber qué actos de nuestras vidas, qué emociones, qué sentimientos, qué personas de las que nos hemos rodeado  nos aportan valor y por qué, y conservarlas, aferrarnos a ellas, cuidarlas,  amarlas. Saber también qué y quiénes  no nos aportan nada y si quizás con algo de esfuerzo podrían hacerlo. Y  también  qué y quiénes lo destruyen y sería mejor eliminar o reducir en lo posible de nuestro día a día.

Y por último me pregunto si esa consciencia de lo valioso que hay en nuestra vida, y ese esfuerzo personal que implica el dotarla de más valor, esa búsqueda y ese trabajo activo por hacer de ella una experiencia  valiosa, sagrada, única e irrepetible  (yo café), no nos encamina a ser, nosotros mismos, creadores de valor.

Experiencias veraniegas: la mala hostia.

Las vacaciones están llenas de momentos.  Muchas veces contradictorios. Antes de venir leí un artículo en el semanal del País en el que alguien decía que él usaba la vacaciones no para desconectar, sino para reconectar.  Esto sin duda puede tener su lógica. Durante el año falta tiempo para pasar con pareja, amigos, hijos, hobbies. Y unos días llenos de tiempo pueden ser la excusa perfecta para caer en la ingenuidad de querer reparar todo lo que uno no ha dado durante un año, en quince días de su tiempo.  Pero en el fondo eso es como querer aprobar una asignatura en septiembre metiéndose un atracón de última hora. Se puede aprobar, es cierto, doy fe, pero supongo que la forma correcta de hacer las cosas no es esa. Y ya me he puesto a divagar, haciendo un símil, sin duda desafortunado, de las relaciones personales con las asignaturas pendientes.

Pero al final lo cierto es que yo comencé las vacaciones con mucho entusiasmo, y muy dispuesta a pegarme el atracón, de forma que procuraba que todo fuera perfecto. Jugar con los niños en la playa, llevar de paseo a la au-pair para que conociera sitios bonitos, cocina sencilla pero buena, casa limpia y ordenada… Pero sin embargo a los dos días algo empezaba a fallar, y empezó a aparecer el ogro que llevo dentro. Y mira que cuido mi alimentación, y tomo mis cereales integrales como recomiendan en el anuncio, que se supone que además de evitar la mala hostia regulan el organismo. Joder con el eufemismo. Es que no entiendo que habiendo tantas palabras en el léxico español haya que ser tan rebuscado, si es que algunos hasta se han permitido el lujo de buscar otro nombre alternativo, como momento all-bran, vamos, no jodas, ¿es que no vale nada de lo que hay: evacuar, ir de vientre, cagar, ir al baño (otro eufemismo pero más aproximado, para mi gusto) o  – ¿por qué no? – jiñar?. Jiñar es genial, es sonora, es ordinaria…  es como el acto en sí mismo! Y además está aceptada con gran criterio por la RAE. Pero bueno, volviendo al tema, sabiendo que mi problema no era ese –ni el otro-, empecé a preguntarme por el motivo de mi mala leche.  Y lo cierto es que el haberme puesto sobre los hombros yo sola el trabajo que supone que todos pasen unas felices vacaciones comenzaba a pesar. (Fin del momento de humor).

Soy mala pidiendo ayuda (considero que no debería ser necesario pedirla), y soy mala marcando normas (considero que no debería ser necesario marcarlas). Supongo que doy por sentado que hay cosas que son de sentido común. Pero es que lo que es de sentido común es completamente distinto de una persona a otra. Y soy mala especialmente cuando falta confianza.  Pero es que no me entra en la cabeza es que venga la au pair con nosotros, que no tenga que encargarse de los niños pues estamos nosotros con ellos todo el día reconectando sin parar, y que no sea capaz de echarme una mano sin que yo tenga que pedírselo, a cosas tan sencillas como ayudar a vaciar el lavaplatos o a recoger la cocina ya que yo he cocinado. La mujer estaba relajada y feliz, disfrutando gracias a mí de unas vacaciones a cuerpo de reina. Que digo yo que eso no será incompatible con colaborar un poco… De modo que ya he pasado a la acción, y muy amablemente le he ido pidiendo ayuda con esas pequeñas cosas.  Y hasta se le ha ocurrido alguna cosa de motu propio.

Lo más terrible de todo es que me siento incómoda cuando lo hace ella en lugar de hacerlo yo. Pero creo que menos que cuando no lo hace. Cuando no lo hace, además de incómoda, me siento una perfecta gilipollas. Y prefiero no ser perfecta en todo. Y menos en eso.

Rituales 2: Fumar

Convertí  mi adicción al tabaco en un ritual el día en que  comencé a fabricar mis propios cigarrillos, en junio del año pasado.

Supongo que básicamente el hecho es el mismo. Calmo con nicotina la ansiedad que ella misma me genera envenenando mi organismo. Objetivamente no parece haber mucha diferencia. Pero sí la hay.

Antes el acto de fumar era un acto de carácter impulsivo. Sin embargo ahora es otra cosa. Ahora no se trata de sacar de la cajetilla un cigarro mientras llega el autobús (o para hacer que llegue), de matar un momento de aburrimiento, de fumar un cigarro tras otro sin ser consciente siquiera de que estoy fumando…

Cuando me apetece fumar un cigarrillo me siento, saco el neceser con todo el material, con un toque muy Pulp Fiction. Pongo sobre la mesa la bolsa de tabaco, y preparo un papel. Cojo la cantidad necesaria de tabaco. Coloco un filtro fino. Lo coloco, y ya con todo listo, lo prenso, lo lío. Y una vez preparado, observo mi obra y lo enciendo con cariño. No se consume solo como los otros:  yo lo consumo, despacio, y el cigarrillo respeta mi ritmo.

Lo cierto es que ese pequeño tiempo y dedicación que le otorgo a un acto tan banal como fumar, le da valor y le quita banalidad.

Con este capítulo cierro los rituales. No porque no tenga más, sino porque creo que con esto ha quedado clara su importancia, o su inutilidad.

Lo cierto es que podemos banalizar absolutamente cualquier aspecto de nuestra vida. Se puede banalizar la amistad, se puede banalizar el amor, se puede banalizar el sexo, se puede banalizar  todo. Hasta una vida entera. Pero también se puede sacralizar cualquier cosa. Hasta un mísero cigarrillo. Se puede hacer de cualquier cosa o de cualquier momento algo especial, o bien algo vulgar. Y  soy yo misma la que puedo dar o quitar valor a cada uno de los momentos y actos de mi vida.