Me gustas cuando…

En cuanto escuché el sha na ná del principio lo reconocí. És argentino, ¿verdad? No lo puedo evitar, aunque la letra sea tontorrona, y no digamos si por algún casual a alguien le pueda hacer recordar a Neruda, y la música  facilona, pero optimista. Pero es que todo aquello que huele a argentino puede conmigo: Coti, Calamaro, Ariel Roth,  El mismo amor la misma lluvia, el tango, el dulce de leche, la palabra Buenos Aires, el acento porteño. Es una debilidad, como el chocolate, como tantas otras.

También supe que duraría poco, que sería una de esas bandas sonoras efímeras, en el momento en el que terminó. Exactamente en el momento en el que escuché una voz de pequeñito que decía «ponla otra vez».

Esto es algo que quien no tenga hijos en su más tierna infancia no podrá entender. Bueno, para todos aquellos que necesiten aclaración, daré una pista: este fin de semana la he escuchado y bailado unas 57 veces en el coche, y otras 73 en casa. No obstante, las ansias de mis hijos aún no han  transformado el amor en odio. Así que aquí dejo constancia de mi persistente banda sonora de los últimos tres días.

Sin cigarro ni café.

El pasado viernes no hizo frío. Cuando salí de casa y vi el pavimento mojado me alegré profundamente. Porque cuando llueve suben las temperaturas. Y estoy cansada de pasar frío. Odio el frío. Pero el viernes el pavimento estaba mojado, y yo me alegré, porque la teoría se hizo práctica, y anduve hacia el metro fumando contenta, sin tener que esconder las manos ateridas en los bolsillos, y sin refugiar mi nariz del viento mirando al suelo.

Delante del Banesto había dos hombres, en la calle. Uno debajo de unos cartones, durmiendo todavía. Otro sentado a su lado. El que estaba despierto me llamó. Por favor, ¿no tendrás un cigarro? Claro, hombre.

Me acerqué, y mientras rebuscaba en el bolso la cajetilla me dijo ¿Sabes? Es que hasta que no me fumo un cigarro y me tomo un café por las mañanas no soy persona. Como yo, pensé…. ¿Pero dónde vas a estas horas? Pues ¡a trabajar! ¿Ahora? Claro, entro a las ocho, y ya llego tarde, porque..¿qué hora es? Las ocho menos diez. Lo sabía, qué tarde.

¿Fuego no tendrás? Y le di el mechero. Que tengas un buen día. Gracias, mientras no sea como el de ayer…. Y me habría apetecido que no hubieran sido las ocho menos diez, y haber salido de casa por una vez con tiempo, y que me hubiera contado cómo fue el día de ayer. Tomando un café. Así, junto con el cigarro, él habría terminado de ser persona. Y yo también.

El reto

A mí siempre me han gustado los retos. Y me pongo muchos en mi día a día. Por lo general suelen ser bastante estándares, porque aunque una tiene sus cosas, si jugáramos a hacer estadísticas, creo que me podría encuadrar en el inmenso margen de aquello que se llama normalidad, que es lo que asociamos siempre a la media.

Pero tengo un reto que me ha tenido frustrada durante meses, ese reto que parecía pequeñito y tontorrón, y que probablemente no quedará registrado como estándar. Fíate tú de un reto, te lo marcas y nunca sabes por dónde te va a salir:  yo me había propuesto hacer sonreír a la panadera.

Porque no hay derecho a que una le sea fiel, compre el pan siempre en el mismo sitio, sea atendida siempre por la misma persona, pida siempre el mismo tipo de pan para no complicarle la vida, y la mujer haga su trabajo como una autómata. Sin mirar, sin mirarme, y sin expresar el más mínimo asomo de expresión que la convirtiera en humana. Eso es algo que le pasa a mucha gente cuando trabaja, el dejar de parecer humana. Y no es que yo pretenda que me cuente su vida o sea mi mejor amiga, pero sí me gustaría que mi panadera dejara de parecer un androide, y se viera por algún resquicio, que es de carne y hueso, y siente, y padece.

Lo fácil sería pasar, o incluso, para los más sensibles, cambiar de panadería. Pero yo sólo veía un reto, con mi vocecilla interior espetándole.: “¿Así que con que esas tenemos? Pues no sabes con quién has dado, que te voy a robar una sonrisa, me cueste lo que me cueste”.

Desde ese día, cuando llego al mostrador, así esté contenta, triste, cansada, exhausta, con ánimos o sin ellos, dibujo la mejor de mis sonrisas, y la amabilidad se personifica en mí.

Pero nada. Derrota estrepitosa un día tras otro. Como si ni me viera ni me oyera. No baja la guardia la tía, ni su escudo antisonrisas. Y tras tanto intento infructuoso, un día mi ánimo decayó. Volvía con Pablo, al que había ido a recoger de un cumple. Y cuando llegué al mostrador se me olvidó el reto, y pedí el pan casi sin mirarla, tan centrada estaba en la conversación que mantenía con el niño:

– Pablo, ¡no puedes ir preguntando a la gente cuánto gana!

– ¿Pero por qué?

– Porque es indiscreto

– Pues no lo entiendo

– Su pan

– Gracias

Entonces la miré… ¡¡¡Y sonreía!!! Y por dentro le dije “¿Ves cómo eras humana?”. Sólo era cuestión de tiempo. Y de que un niño me echara un cable. O me pusiera en un aprieto. Será cabrona….

Pato

Al abrir el baño, me las apaño para que la puerta me rebote en el pie y después en la ceja. El ímpetu. O la torpeza.

Duele. Me miro en el espejo y tengo la marca. No me la he partido. Se hincha. Comienza a competir con la mancha de café que llevo en el vestido. A ver quién llama más la atención. Menos mal que la sopa se me cayó en el suelo y no entra en carrera.

Salgo del baño, Eva me está esperando para volver a casa juntas.

Patri, qué te has hecho?

Me he incrustado la puerta en la ceja.

Anda, que vaya día llevas. Tienes blanco el punto del golpe, y rojo todo alrededor. Y se te está hinchando. Anda, que vaya día llevas.

Mi trabajo ni me entusiasma, ni me realiza. Me entretiene y me da de comer. Punto. Pero lo cierto es que hay días en los que me alegro enormemente de emplear mi tiempo haciendo contabilidades, análisis financieros, y liquidando impuestos, y no en trabajos que requieran una gran precisión de movimientos. Como pueda ser un trabajo de camarera, o de francotiradora….

Relato: Calabaza

CALABAZA

Era una noche húmeda. Llovía a ratos. Lucía prefería estar en un bar que bebiendo en la calle. Pero odiaba los rizos. No se puede tener todo. Lucía entró en el bar con sus amigos. Todos estaban solos pero sólo Lucía era consciente. Se nace solo, se vive solo y se muere solo. Los demás están al lado. Pero Lucía veía con nitidez esa línea que la separaba de los demás.

A Lucía le gustaban los bares donde había música. Porque con música no tenía que hacer tanto teatro para hacer que estaba. El teatro cansa. Lucía no era capaz de hablar del tiempo, de las clases, de política o de sueños, cuando veía tan cerca el abismo que separa a un individuo de otro, ni cuando se sentía tan sola por ser la única que parecía percibirlo. Tenía vértigo.

A Lucía esa noche un tipo le dijo “Hola, me llamo Fernando”. Lucía había pedido una copa, y después otra copa. Y que la línea se volviera más fina.
Lucía le dijo a Fernando que le regalaba un sí fácil y sin esfuerzos con una condición:”Después abrázame como si me quisieras”. Lucía quería intentarlo. Inconsciente y feliz. Teatro para todos.

A las doce sonaron las campanadas. La calabaza se convirtió en calabaza sin haber sido carroza.

Salieron todos juntos del local. Todos estaban solos pero sólo Lucía era consciente. Lucía lo había intentado y había perdido. La inconsciencia. Que la quisieran. Querer. La felicidad. Que desapareciera el abismo. A Lucía le habría gustado. Aunque durase lo que dura un abrazo. Eso y que no le hubieran salido los rizos. Se nace solo, se vive solo y se muere solo.

Llegó a su casa y dejó de tener que hacer que estaba, y de tener que hacer que era. Lucía descansó. Y lloró pensando en mañana.