El cuento del topo

Érase una vez un topo sensible que un día abrió una bitácora llamada Memorias Subterráneas. Cada día viajaba en metro para ir a trabajar. Y cada día contaba en sus Memorias la historia que había visto en él. Porque todos los viajes tenían una historia.

Y la gente que las leía le preguntaba, ¿pero cómo puedes ver todo eso en el metro, si yo voy en él cada día y nunca veo nada?

Y él contestaba que para ver hay que saber mirar.

Pero un día, el pequeño topo se cansó, se tomó la jubilación anticipada, y colgó el cartel de «Se cierra» tras bailar un último vals. Siguió yendo a trabajar. Pero dejó de escribir.

Unos meses más tarde, recibí un e-mail. ¿Te apetece tomar una cerveza con un topo? Y yo, que  lo echaba de menos, le dije que sí.

Le pregunté entonces que por qué no había vuelto a escribir, y me contestó que no le encontraba sentido. ¿Para qué? A nadie le importa.

El topo sigue viajando en metro cada día. Pero  no pudo evitar confesarme que ahora ya no ve nada.

El amor difícil

El amor difícil


Quizá tú no me viste,

quizá nadie me viese tan perdido,

tan frío en esta esquina. Pero el viento

pensó que yo era de piedra,

y quiso con mi cuerpo deshacerse.

Si yo pudiera encontrarte,

quizá, si te encontrase, yo sabría

explicarme contigo.

Pero bares abiertos y cerrados,

calles de noche y de día,

estaciones sin público,

barrios enteros con su gente, luces,

teléfonos, pasillos y esta esquina,

nada saben de tí.

Y cuando el viento quiere destruirse

me busca por la puerta de tu casa.

Yo le repito al viento

que si al fin te encontrase,

que si tú aparecieses, yo sabría

explicarme contigo.

Luis García Montero, Habitaciones Separadas.


Y sin duda me quedo con la dedicatoria:

Si alguna vez la vida te maltrata,

acuérdate de mí,

que no puede cansarse de esperar

aquel que no se cansa de mirarte.

En blanco y negro

De pronto me sentí como aquel día, en el Retiro, porque me miraba a los ojos como aquel payaso, que estaba enseñando a la niña a hacer pompas de jabón inmensas, y  yo  era una de esas muchas personas en blanco y negro que, a lo lejos, aprovechando las ventajas del zoom, quería sacar una foto a la niña con la pompa de jabón, y sin saber por qué, el objetivo fue tras aquel payaso, y me miró de pronto fijamente, a mí, aún estando tan lejos. E hice click.

Pero esta tarde estaba en la sala de formación, con otros muchos compañeros. Enfrente el retroproyector pasando las mismas  diapositivas que tenía en papel sobre la mesa. El nuevo Plan General Contable, artículo 11. Artículo 12… El tratamiento de las operaciones vinculadas. Obligatoriedad de documentación… El tratamiento del leasing como una compra a plazos. Las restricciones a la hora de provisionar… Manos levantadas, y preguntas. Y más preguntas. Pero yo estaba en blanco y negro, sin dudas, sin anotaciones, sin interés, siendo el único motivo para vencer el sueño un único pensamiento en la cabeza: en qué momento de mi vida me habría equivocado tanto como para haber acabado aquí, sin interés.

Entonces noté la mirada fija, la de la responsabilidad, porque de nada sirve utilizar las circunstancias y adaptarlas para justificar el dejar de luchar por los propios deseos.

Y ya deja de mirarme así, aunque sea dulcemente, le dije.  Si ya lo sé, ya, si ya lo he dicho.  No sé en qué momento, pero me he equivocado.  Click.

payaso

Enlatados

Hoy he cogido el metro en Nuevos Ministerios. Nada más pasar el billete por el torniquete, he visto un banco con una vaca sentada en un extremo, de piernas cruzadas. ¡Anda! ¡De la  Cowparade!

Foto del Metronauta.
Foto del Metronauta.

Sobre el banco ,un cartel que decía algo así como «No podrá hablar contigo, pero es la única vaca que sabe leer. Siéntate a su lado, abre tu periódico, y hazte una foto con ella». Entonces me hice la imagen mental: efectivamente, la vaca de piernas cruzadas estaba diseñada para que pareciera estar leyendo un periódico ajeno, haciéndose la encontradiza.

Pero ¿y ese cartel a modo de manual de instrucciones?  ¿Tan poco humanos somos que nos tienen que poner por escrito las instrucciones de dónde y cómo debemos hacernos las fotos? Ya hace tiempo que en las telecomedias nos dicen cuándo debemos reír con una guía de risas enlatadas, no sé por qué me extraño. ¿De verdad somos tan tarugos que no merecemos que se nos permita reír cuando algo nos haga gracia o elegir la instantánea que mejor nos parezca? ¿Es que necesitamos instrucciones para todo? ¿Necesitamos que nos digan dónde está la belleza? ¿Necesitamos que nos digan qué es el arte? ¿ O dónde está el humor? ¿ O cómo debemos reaccionar ante los estímulos?

¿Tan faltos de sensibilidad y criterio que nos hace falta que nos expliquen cuándo y cómo debemos sentir?

Siempre

Mamá, quiero ser tu amigo. Es lo que dice cuando quiere que le de la mano, que le abrace, cuando me quiere acompañar a vaciar el lavaplatos, o a cambiarme de ropa.

Hay conexión muchas veces. Se esconde entre las cosas cotidianas. Y vacío el lavaplatos, y me mira sin decir nada, pero le brillan los ojos, y da saltos, y esta contento. Y está cerca. Y me dan ganas de soltar los vasos, y que se rompan, y espachurrarlo. Yo soy tu amigo, mamá.

Pero de pronto un día sucede. Y la conexión no se esconde en ninguna parte. Te quiero mamá.  Ya no hay vasos que se rompen. Sólo su cabeza buscando mi regazo. Y me coge la mano, y mete sus deditos entre los míos. Y yo los aprieto, y le acaricio la cabecita.  Y es como si nadie hubiera cortado nunca el cordón, y volviera a estar dentro de mi cuerpo, que lo reconoce.

Después se separa, y él vuelve a ser sólo él. Y yo vuelvo a ser sólo yo.Y soy consciente de que siempre ha estado el cordón. Siempre está. Aunque nadie diga nada.