El de después de comer

Los espacios para fumadores son cada vez más escasos. Y me refiero a los privados. En mi casa tengo reservado el tendedero y la cocina. A fin de cuentas, y muy a mi pesar, siempre los he tenido reservados casi en exclusiva para mí. Fumando o sin fumar. Mujer tenía que ser.

Tanto en casa de mis padres como en la de mis suegros, directamente me voy a la calle. Así que hoy, después de comer en casa de los segundos, y a pesar de la lluvia intensa, he cogido unas llaves y me he ido a fumar conmigo misma. Otra cosa no tendrá la calle, pero espacio para un momento a solas…

Cuando terminé, abrí de nuevo la pesada puerta del portal, y vi que salía del ascensor un viejecito. Así que me quedé sujetando la puerta para facilitarle la salida. Cuando llegó hasta mí, me miró con gran extrañeza, y me dijo: «¿Cómo supiste que yo iba a salir?»

¿Qué?

-Señor, yo no lo sabía, coincidió que yo entraba en ese mismo momento.

– No, no, ¿cómo es posible? ¿Cómo podías saber que yo iba a salir?

Estaba claro que aquel señor no se iba a conformar hasta que yo le diera una explicación racional al encuentro casual que para él no lo era. Sin duda, yo sabía que él saldría, y estuve esperando para poder sujetarle la puerta. Las coincidencias no existen. Y él no se iba a marchar sin que yo le aclarase el misterio. Así que no tuve más remedio que hacerlo:

– Intuición femenina…

Al señor se le iluminó la cara, abrió los ojos, arqueó las cejas, sonrió y entendió. Entonces abrió el paraguas, salió a la calle y dijo como para sí, pero en voz alta: «claro, era eso…»

Relato: Sin que nadie se de cuenta

Acudió a la cita como cerdo al matadero. Podría haber intentado caer en la ingenuidad de tratar de camuflar la inseguridad bajo maquillaje, escote y tacones. Pero ya era mayor como para no darse cuenta de lo inútil de la estrategia. De modo que se puso maquillaje, escote y tacones, pero como uniforme de guerra.

Salió de casa. En el portal la esperaba Roberto. Nadie se dio cuenta, decidida como caminaba, de que arrastraba los pies. Recorrió en silencio los diez minutos que tardaron en llegar al punto de encuentro. Roberto hizo chistes que él mismo rió para matarlo. Alicia le apretó la mano antes de entrar.
Allí estaba, junto con el resto de los amigos. La había imaginado más guapa. La imaginación es así de cabrona. La mujer que más había querido Roberto. La que le había partido el corazón meses antes. Antes de que Alicia apareciera.
Se abrazaron y besaron como si estuvieran encantadas de conocerse. Pidieron unas copas. Después otras. Se notaba en el ambiente el esfuerzo de simpatía y normalidad. Tanto, que nadie se dio cuenta de la familiaridad sobreactuada de la ex cuando se aproximaba de tanto en cuando a Roberto, que más que un manifiesto de intimidad pasada, era el meado de un perro en su dominio.
Alicia sonreía y bailaba. Como segura. Como por encima de aquello. Como indiferente. Con un como tan cristalino y ensayado, que nadie se dio cuenta de que rastreaba agónica la mirada de Roberto, para poder martirizarse si en algún momento la encontraba posada sobre la ex obscena y cínica. Otra copa. Y otra más.

De pronto la chica morena deja de mear sobre Roberto y se acerca a Alicia, le pone la mano en el hombro, y se la lleva apartada.


– ¿Eres feliz con Roberto?
– Sí.
– Pues a ver si contigo se espabila, porque es un puto vago. No tiene ni puta idea de mujeres.
(…)

Alicia queda muda. Y nadie se da cuenta de lo inútil que es su uniforme de guerra.

La noche termina. Salen Roberto y Alicia abrazados. La acompaña a casa, le dice que la quiere, qué tal lo ha pasado. Bien, muy bien. Pero se ha dado cuenta de que hubo dos mujeres en petit comité.

– ¿Qué cuchicheabais las dos?

– Nada especial.

Entonces, Roberto saca a relucir poderes adivinatorios propios de iniciados:

– No hace falta que me lo digas. Te ha dicho que nos desea mucha suerte, y que me cuides mucho, y todas esas cosas que decís las mujeres, ¿verdad?

Alicia queda impresionada, pero nadie se da cuenta. Lo mira triste, con ternura. Piensa durante un segundo. Respira hondo, y contesta:

– Sí, algo así.

Relato: Adiós

Juan tuvo una pitón. De mascota. Juan tuvo una pitón, y ratones vivos para alimentarla. La compró pequeña. Pero todo crece. Y la sacaba de la urna, y la dejaba libre por la habitación. Y la cogía, y la acariciaba. Pero un día dejó de comer. Pasaron varias semanas y la pitón no probaba bocado. Así que acudió al veterinario preocupado por ella. El veterinario le dijo que el animal estaba sano. Que si había dejado de comer era para hacer hambre, porque tenía en mente una presa más grande. ¿Qué otros animales tienes en casa? Le preguntó. Juan no vivía con nadie más. La pitón fue sacrificada.

Abro la puerta despacio a pesar de los timbrazos impacientes. Coque entra. Hola tío. Va hasta la nevera y coge una lata, enciende un cigarro y comienza a hablar. Que ha conseguido una nueva sala, que en un mes tocamos, que por qué no fui ayer al ensayo, que los temas de Álvaro están casi listos, que el mío lo está retocando Juan. Vuelve a la sala. Que es cojonuda. Van a cobrar entrada. Nos van a pagar. Poco. Que la web sigue creciendo. Que si he visto las estadísticas. Que si he visto las descargas. Que por qué no fui ayer al ensayo.


Coque, lo dejo.

Coque no entiende. Yo se lo explico, pero él no lo entiende. Que qué coño le estoy contando de perderme en el camino, de coger aire, de otra vida. Me dice que el grupo es mi vida. Me dice que deje las drogas, que levante el culo y vaya a ensayar. Me dice que soy un artista. Coque sabe muchas cosas, como el sentido de mi vida. Pero no entiende lo que le digo. Porque Coque no quiere entender. Yo antes tampoco quería.
Coque se da cuenta de que no voy a cambiar. Y me dice que soy un mierda y un cobarde.
Pero yo sé lo que soy. No soy un artista. No soy un mierda. Soy lo que soy.

Se va. Y escucho el puñetazo que pega en la puerta metálica del ascensor. Me siento aliviado. Ya se lo he dicho. Intento respirar. Y pensar en mi nueva vida. Pero no veo nada. Está en blanco. Pienso en la antigua, en la que está escrita. Pienso en Coque, en Álvaro, en Juan. Escucho nuestras canciones en la cabeza. Pienso en ellos, pero no puedo verlos. Sólo veo a la pitón. Recién sacrificada.

Relato: De primero será pisto

El restaurante tenía decoración moderna y mesas muy juntitas. Así los clientes, sin girar la cabeza, pueden ver la pinta de los platos que ya han pedido sus vecinos, cosas de la visión periférica. Y también compartir conversaciones.


A mi derecha se sienta una mujer sola. Espera un rato, entre cinco y siete minutos. Y se sienta pasado este tiempo un hombre enfrente. Ella comienza un soliloquio. Que yo no quería oír, pero lo oigo.


. ¿Para qué me dices una hora? ¿Eh? ¡¡¡Si después vas a llegar cuando te sale de los CO-JO-NES!!! Que tú tienes tus horarios y yo los míos. Te recuerdo que yo estoy en mi periodo de prueba. ¿Qué quieres? ¿Eh? ¿Qué no lo pase? ¿Eh? ¿Qué me vaya a la puta calle? ¿Tal y como están las cosas? ¿Tú es que no te has enterado o qué? ¿Eh? Que se está cayendo todo. ¡¡¡TODO!!!. ¡Todo se va a la mierda! De verdad que estoy intentando que no me jodas la comida pero no puedo. Es que no voy a ser capaz de comer. Definitivamente no voy a poder.


Sigue durante un rato más, y mientras va gritando, empuña un hacha y le va cortando en pequeños pedacitos iguales, que junto con la sangre que cae en la mesa a mí me recuerda al plato de pisto que ha pedido el señor de mi izquierda.


Cuando termina, el señor adquiere de nuevo su forma original, como el Coyote cuando, después de haberse metido accidentalmente el explosivo dirigido al Correcaminos por el culo, vuelve segundos más tarde a perseguirlo alegremente.

Y con voz templada y sin despeinarse, le pregunta a la mujer:

“¿Te pasa algo?”.


El camarero les toma nota. Ella pide pisto.

Debí suponerlo.


Cuando se lo sirvieron me pregunté si sería una mujer de palabra. A priori había varios puntos en contra: ya por su aspecto físico, no parecía tener facilidad para que se le cerrara el estómago, ni siquiera ante un retraso de entre cinco y siete minutos. Y podría llegar a pensar que el ayunar para hacer sentir culpable a su pareja por aquellos entre cinco y siete minutos sería demasiado, después de haberlo descuartizado públicamente. Aunque todo el mundo sabe que si no se cumplen las amenazas no tienen ningún efecto pedagógico. Y, mientras la veo ahora comerse el pisto a dos carrillos con mi -en ese momento desafortunada- visión periférica, y sin clarificar si la culpable fue su naturaleza o su magnanimidad, sé que no es, no, una mujer de palabra.


Miro a mi acompañante. Arquea las cejas. Yo sonrío de lado. Y no hace falta decir nada. Y en ese restaurante de decoración moderna y mesas juntitas, nadie sabe, nadie más que nosotros, que el Correcaminos nos cae gordo, y un poquito hijo de puta.

Algo

Supongo que hoy es uno de esos días en los que uno se pregunta si hay algo que dure siempre, con la necesidad de encontrar un sí entre todo lo que cambia, que es todo. Incluso yo.

Con la necesidad de encontrar algo que, entre el cambio constante, esté quieto. Que esté quieto ahora, que vaya a estar quieto siempre. Signifique siempre lo que signifique. La eternidad, o mi vida.

Y con la necesidad de poder asirlo. Porque si por un momento pudiera hacerlo, desparecería el miedo.

Supongo que hoy es uno de esos días en los que uno se pregunta si hay algo que dure siempre con la necesidad de encontrarlo. Aún teniendo la certeza de que no existe.