un viernes 13

El viernes por la mañana estoy a vueltas con el tema de la violencia machista para el artículo. Leo estadísticas, últimas noticias, protocolos policiales y judiciales ante denuncias,  y de algún modo caigo en un artículo de Libertad Digital, y aún entendiendo los riesgos, leo parte de los doscientos comentarios de personas en contra de la manifestación de la semana anterior, indignadas ante la reivindicación de que se detengan los asesinatos.  Escribo un artículo de mierda y llego a casa con una crisis de fe, y con la sensación de que el círculo en que me muevo es insignificante, y que el mundo ahí fuera es el planeta de los simios, y sí, me doy cuenta de lo arrogante de la afirmación.  Y estoy conmocionada y me desahogo con mi ex mientras vamos con el niño al médico, y a él, que perdió la fe hace mucho, le sorprende que a mí me sorprenda tomar conciencia de vivir en el planeta de los simios, y me dice que si aún tengo dudas las despejaré tras las próximas elecciones, y el traumatólogo dice que miguel tiene un esguince y que todavía no puede entrenar. Y después volvemos a casa y me desahogo contigo mientras vamos a la compra, aunque no me apetece tener que hacer la compra pero no queda ni leche para desayunar, y salimos a la calle, con un carro, dos niños, dos patinetes, y mi narración de lo que he leído porque sigo conmocionada, y me dices también sorprendido con mi sorpresa lo de las próximas elecciones. Pero yo pienso que son cosas distintas, y que lo que leí en Libertad Digital es otra dimensión. Posiblemente sus lectores, hoy, estén jaleando al obispo de Alcalá de Henares pidiendo la retirada del derecho al voto femenino.  A la vuelta calentamos una pizza precocinada, y me tumbo después en la cama porque estoy muy cansada y me cuesta la verticalidad, y para distraerme me pongo a ver publicaciones de instagram, porque me acabo de hacer una cuenta, y hay gente que publica unos trabajos realmente buenos, y me encuentro con un vídeo de reichel, que está en un concierto, y se la ve tan feliz que me pone feliz, y le miro esos ojos inmensos y le miro sus ideas geniales, su talante optimista y transformador, dentro del círculo, y sonrío un poco, aunque fuera estemos en el planeta de los simios, y me sienta tan decepcionada. Y me quedo dormida sin querer, por la destrucción del cuerpo en un viernes por la noche, y me despiertas a las once y diez, y me levanto de la cama y me voy a recoger a pablo del ensayo, y cuando me ve se alegra, y me da las gracias por haber ido a buscarlo porque está muy cansado, y me cuenta que tienen un bolo en el Lope de Vega dentro de dos lunes, y le cuento que ha cambiado la legislación y que ahora va a poder ir a ver conciertos dentro de bares. Que hasta los dieciséis acompañado de adultos y después sólo enseñando DNI. Y me pregunta que si con adultos me refiero a tutores legales o cualquiera. No lo sé, creo que cualquiera, pero sólo he leído un artículo en prensa y no el texto legal, y me sonrío por sus ganas de darnos esquinazo y poder salir con sus amigos, que por otra parte tienen mi edad, pero son sus amigos. Y llegamos a casa y está el telediario casi a media noche, y me dices que ha habido un atentado en París, explosiones, disparos por la calle, cerca de un estadio, cafeterías, una sala de concierto, rehenes. Putos locos, pienso. Putos locos, dice Pablo. Le hago un pizza, me da las gracias de nuevo, y se coloca los auriculares, que es su forma de encerrarse en el cuarto que no tiene, y yo voy contigo a enterarme. Que hay rehenes en la sala de conciertos, que los que tocaban son colegas de Dave Groll, me cuentas. Cojo el móvil, y veo en twitter que un tipo que se llama Benjamin Cazenoves está escribiendo en facebook desde dentro de la sala Bataclan, y que los están matando uno a uno. Y pienso en reichel, que está en un concierto aquí en madrid y está a salvo, pero pienso en ella, y menos mal que está a salvo, pero cuántos como ella ahí dentro. Y en el muro de Benjamín Cazenoves, que está secuestrado y rodeado de cadáveres, un montón de amigos le dan al like a sus declaraciones, y escriben comentarios, y a mí me resulta muy extraño, pero pablo dice que así suben la publicación y más gente se puede enterar de lo que pasa y que eso es bueno. Cuando sacan a los rehenes ya no podemos más y nos vamos a la cama. Y mientras me estoy durmiendo lo único que puedo pensar es que definitivamente la tierra es el planeta de los simios, siempre ha sido el planeta de los simios, y siempre va a ser el planeta de los simios, y que no hay esperanza.

Cuando abro los ojos al día siguiente mi primer pensamiento es para Benjamín Cazenoves. Abro su facebook y ha dejado un mensaje. Está vivo. Y después busco a mi amiga, que también está viva, y ha salido de su concierto y se ha enterado de todo, y ha publicado en facebook y en instagram lo siguiente:

«Cuando pasan este tipo de desastres contra la humanidad y luego, a la vez, ves que la vida sigue, y está guay pero a la vez me acuerdo de tierras de penumbra y de esa conversación:
-la vida debe continuar
-no sé si debería, pero lo hace.»

Y me quedo con la sensación de que mi círculo es más pequeño que nunca, que está por completo al margen de la realidad, que es naïf e ingenuo, e incluso frívolo, pero también es la resistencia, y mi lugar donde continuar.

Reivindicación de la ausencia en cenas de navidad.

El primer correo electrónico de convocatoria de cena de navidad llegó el 22 de octubre. Me pareció motivo suficiente para no sumarme. Hay más: ese email era para proponer fechas y someterlas a votación, le siguió otro para proponer restaurantes y someterlos a votación. Y uno más para confirmar asistencia y reservar. Todo eso antes de hoy, 11 de noviembre. Eso es previsión. Y democracia. Y también el no contestar ninguno de ellos y leerlos únicamente porque Outlook preabre el correo entrante en la esquina inferior derecha. Podría haber desactivado esa opción, pero como es la cuenta del trabajo considero que leer lo que recibo forma parte de las funciones por las que me pagan.

Podría llegar a parecer que mis compañeros de trabajo no me caen bien, pero no lo es. Me caen bien, dos o tres hasta incluso muy bien. Los conozco a todos, a la mayoría muy por encima, a unos pocos más. Son todos amables, agradables, buena gente. Y yo, en mi trato con ellos, también lo soy. Podrían incluso llegar a pensar que soy simpática y sociable. Hasta que ocurren estas cosas. Como no acudir a una cena de navidad, ni a ninguna otra juerga extra laboral que se les haya ocurrido organizar. O como no mentir cuando se me pregunta.  ¿Vas a ir a la cena? No.  ¿Por qué? Porque es un viernes por la noche y los viernes por la noche son sagrados. ¿Tienes a los niños? Ni lo he mirado, pero si tengo a los niños son sagrados porque estoy con los niños, y si no tengo a los niños son sagrados porque estoy a solas con mi pareja. Ya, pero por un día… No voy a sacrificar un viernes por la noche por una macrocena de gente de trabajo. Ni muerta.              Sólo entonces se terminan las preguntas.

No me caen mal, es sólo que no tenemos nada que ver, y en reuniones multitudinarias se me hace todavía más evidente.  No sé de qué hablar: que no sea ni demasiado personal ni demasiado comprometido ni demasiado denso, algo trivial pero ameno, superficial pero agradable…  Y no me interesa escuchar eso trivial pero ameno, ni superficial y agradable. Me aburro. Pero  no es sólo esa falta de facilidad para la comunicación insustancial. Es sobre todo y también esa sensación de desubicación, tan familiar por otra parte, que en otra época trataba de vencer intentando adaptarme. Como si fuera una cuestión de voluntad. Desubicada en el colegio, desubicada en el otro colegio, desubicada en la universidad, desubicada en mi larga lista de trabajos, desubicada en mi matrimonio, desubicada siempre. Y no, no es una cuestión de voluntad. No es que yo no hiciera suficientes esfuerzos. Si me siento desubicada es porque estoy desubicada. Si siento que no tengo nada que ver es porque no tengo nada ver.  Lo sé ahora que sé cómo y con quién me reconozco.

Proceso de desintoxicación del league of legends

Lo que más odio de tener que reconocer que me he equivocado es haberme equivocado. Porque normalmente no me formo opiniones ni actúo, ni adopto una filosofía de vida al azar. No he tirado una puñetera moneda al aire y esperado al cara o cruz. Si pienso de una determinada forma sobre algo es porque, después de haber analizado y estudiado con mucha profundidad, creo que es la mejor forma de pensar. Hasta que llega el método del prueba y error y me demuestra lo segundo, mi puto error. Y más aún cuando se trataba de una apuesta importante. Como el estilo educativo con un hijo de catorce. Y más aún cuando lo que yo quería que fuese la realidad era algo bonito, y había coleccionado cientos de discursos, tan bonitos como mi fé, de grandes pedagogos, psicólogos, sociólogos, filósofos, y adoptado sus argumentos y sus nubes rosas. Y me he empapado de un discurso victimista acerca de lo mucho que sufren los niños de hoy en día, que si un sistema educativo desmotivador, que si una metodología mediocre, que si no se tiene en cuenta sus sentimientos, bla bla bla. Que si la empatía, el diálogo, y el consenso. Y he empatizado, hablado, comprendido, respetado, argumentado, ayudado, motivado, dialogado, preguntado, criticado, reconvenido, explicado, advertido, argumentado, solicitado opinión, re-advertido, amenazado. Una vez que no queda ya un resquicio de autoengaño al que acudir, ni victimismo con que exculpar, ni confianza que otorgar, queda oficialmente inaugurado el imperio del terror.

empoderarse en un sentido literal

Me manda un mensaje para invitarme a una fiesta de muertos mexicanos, en un ambiente family friendly. Imposible, tengo un fin de semana repleto de actividades, también muy family friendlys, pero a ver si nos vemos. Sí, que además me tiene que contar un proyecto nuevo, un howards en plan humilde. Yo no sé que coño es un howards. La escuela de harry potter (estoy fuera de contexto). Me dice que en estos tiempos necesitamos nuestros poderes, que obtenerlos es una cuestión de metodología, y que está comprobado que funciona. Además, ante mi pregunta de si hace falta algún don especial, como en el Howards de la peli, me dice que no, todos tenemos  poderes, son innatos. Soy poco de método, pero lo de tener poderes me seduce. Le pido que me deje de contar vía mensajes, que prefiero que me lo cuente en persona. No tengo muy a menudo conversaciones que versen sobre la obtención de superpoderes, tampoco muchas oportunidades. Mientras llega el día voy a ir pensándome qué poder pedirme, por si se pudiera elegir. Lo de la teletransportación ya estaba descartado. Estoy entre volar o controlar las mentes (ajenas, claro). Con un adolescente en casa y otro en ciernes me va a venir que ni pintado, para eso y para lo del aumento….

Si me preguntas que cómo lo vi te diría que contento.

Y no contento por estar unos días en Madrid, o no solo, me pareció que era feliz en general… no sé cómo explicarlo,  llevaba una amplia sonrisa, como la de los niños, con esa forma diferente que tienen ellos de sonreír, como si no hubieran estado tristes nunca, con una especie de alegría limpia y total. Y eso que, por lo que contó, en Berlín las cosas no son fáciles. De hecho quiere mudarse a Barcelona…

Le estuve preguntando en qué grupos estaba tocando ahora, y me dijo que en muchos. En muchísimos. En todos los que puede. Que apenas pagan por tocar en ningún sitio. Que el trabajo mejor pagado era el de músico de estudio, pero que siempre llaman a músicos alemanes, y que sólo tenía dos alumnos, como si ahora nadie estuviera interesado en aprender, o en pagar dinero por aprender. Contó que al menos la vivienda era barata, y que podías permitirte el lujo de malvivir como músico en un piso en una buena zona de Berlín. Nos tachó de idealizar la vida en Alemania, pero que allí la realidad era otra, que sufre mucha gente. Contaba esas cosas, se quejaba de lo cerrados que eran los alemanes, de lo difícil de la integración, de lo difícil de sobrevivir de la música, y acto seguido, volvía a sonreír, como si eso en realidad no fuera con él, como si estuviera por encima, como si en cualquier caso y a pesar de todo, estuviera encantado y entusiasmado con la vida….

Pero esto en realidad no es lo que me marcó. Fue la conversación que mantuvimos después, a raíz de que me preguntara que qué tal con la batera. A mí me pareció una pregunta de cortesía… imagina, qué puedo aportarle yo de mis experiencias de autoaprendiza a él que es profesional y toca con profesionales, y convive con profesionales. Pero como preguntó yo contesté, y le dije que bien, que técnicamente era muy mala, pero que me divertía. E igual esperaba que me detuviera ahí, con esa respuesta cortés tras una pregunta cortés, y más teniendo en cuenta que él y yo no habíamos hablado en la vida. Es decir, saludarnos, coincidir alguna vez en algún concierto, o después de un ensayo, eso sí. Pero yo creo que hablar nunca. Sin embargo no me detuve. Le conté lo que cuento siempre, que ya empiezo a aburrirme a mí misma, pero es que es lo que me pasa, y es también lógico que me aburra a mí misma porque yo me estoy oyendo siempre, pero él no, a él hacía muchos años que no lo veía, y además, era la primera conversación de tú a tú que manteníamos. Le solté eso de que yo no sé hacer nada, pero cuando suena la música, cuando la siento, entonces empiezo a moverme y se mueven las baquetas, y empieza a marcarse el ritmo y a pasar cosas. Le conté el ejemplo de las pruebas de sonido. Dios, qué mal lo paso en las pruebas de sonido en el estudio, me siento como una completa estafadora cuando en silencio y yo sola escucho por auriculares “ahora toca la caja, ahora el bombo, ahora el charles, ahora toca todo un poco”, y al otro lado de la pecera están los técnicos mirándome, y mis compañeros, y yo me quedo con cara de imbécil, y pienso y qué toco, si no sé tocar nada. O como cuando tocamos con Víctor, que es pura improvisación, la versión en música del sexo sin compromiso. Simplemente quedamos cada quince días nos desahogamos y nos largamos. No hay un proyecto de banda, no hay temas, no va a haber bolos, apenas nos conocemos y llevamos cuatro o cinco años tocando juntos, justo desde que empecé… hay lo que ocurre en la sala esas dos horas, como un fin en sí mismo.  Él empieza con un riff de guitarra, y lo seguimos. Yo cierro los ojos y lo único que hago es sentir y hacer lo que me pide el cuerpo. No pienso lo que hago, no soy muy consciente de lo que hago, sólo lo siento. Alguna vez me ha parado y me ha dicho, ¿puedes tocar lo que estabas haciendo? Y es como si hubieran encendido la luz, me hubiera despertado y no recordara nada. Y le he tenido que decir, lo siento, no puedo. Y cuando algunas veces tengo que tocar algo diferente de lo que intuitivamente me sale, me bloqueo, me descoordino, y vuelve esa sensación de estafadora.  De hecho, alguna vez me ha pedido que hiciera un ritmo determinado y me ha sentado hasta mal.

Entonces se rió y me dijo que, efectivamente, eso era exactamente igual que el sexo sin compromiso. Si no quieres compromiso no me impongas condiciones.

Exacto (en realidad si lo piensas, las condiciones son regulares también con compromisos, pero ese ya es otro tema, y por suerte reprimí el impulso de analizar y filosofar y desviarme del tema). Porque aún no he llegado al momento para mí más significativo de esa conversación. Que fue cuando le dije que una de las cosas que más me gusta de tocar, a pesar de mis limitaciones técnicas, es que además de esa emoción personal, estaba la magia colectiva. Al principio me parecía increíble, no sé cómo puede ocurrir, pero ocurre. Si yo estoy metida en el tema los demás también lo están, si estoy sintiendo, los demás también sienten. Pero no por mí, sino por todos, es decir, yo no podría sentir si los demás no lo hicieran. En una sala con varios músicos hay una única emoción, es imprescindible que todos y cada uno de los que están ahí dentro participando la sientan. Si estoy desconcentrada, si está siendo un mero ejercicio, si estoy fuera de la música, los demás también están fuera. O estamos todos dentro, o nos quedamos todos fuera. Y a mí, esa energía que se forma en el grupo, incluso aunque no nos miremos y estemos con los ojos cerrados, me parece completamente mágica, y amplifica la emoción.  Y entonces me dijo que estaba de acuerdo, y que esa emoción era el motivo por el cual él había decidido ser músico. Y me dijo otra cosa.  Me dijo que le estaba dando cierta envidia porque echaba de menos esa emoción. ¡¡¡La echaba de menos!!! ¿Te das cuenta de lo trágico de esa declaración? Él, que dedica su vida a la música porque se emocionaba tocando, ¡echa de menos emocionarse tocando!

A partir de ahí anduvimos disertando acerca de los pros y los contras de la profesionalización del arte, de las dificultades del artista que necesita vender su trabajo, de las consecuencias en su sensibilidad, mencionó la palabra prostitución, hablamos de libertad, y de la falta de ella, bueno, una conversación interesante pero algo larga y densa, que interrumpió para pedir más cerveza. Al volver tenía en la cara de nuevo su sonrisa despreocupada y feliz. Como si a pesar de los sacrificios y de lo que ha ido perdiendo por el camino continuara muy seguro de su camino, que es la música, y aún la amara. Incluso si algunas veces se emociona menos, incluso si a veces se le olvida lo importante porque tiene que comer, incluso si la vida es fría en Berlín, incluso. Eso sí, es posible que la próxima vez que nos veamos pase de preguntas de cortesía ahora que sabe que las contesto…