en boca de otros: Natalia Castro

Tengo ganas de reproducir aquí sus palabras desde que las leí a principios de mes. Jean Tarrou es Natalia Castro, una jovencísima escritora que, de momento, ha publicado un libro de poesía: «La intermitencia de los faros«, ahora vive en Brooklin, y está haciendo una tesis y escribiendo una novela. Mientras la publica leo su diario, y muchos días termino de leer y pienso: coño, si tuviera su talento lo podría haber escrito yo, porque así siento, sólo que ahora con sus palabras me parece sentir con más belleza, y termino de leer y pienso, gracias! gracias!

Todo el mundo desea felicidad estos días, y a mi no se me ha ocurrido una forma más hermosa -ni más retorcida tampoco-, que hacerlo con estas palabras de Natalia, a principios de diciembre:

«Voy aprendiendo que el estado de plenitud es una quimera, al menos acostumbrándome a la idea de que lo va a ser para mí. Y que la satisfacción no es sinónimo de felicidad, ni siquiera es sinónimo de satisfacción porque no supone el fin de una búsqueda desesperada de lo siguiente, sino que solo consiste en una escueta certidumbre de que se están dando los pasos en la dirección adecuada. El camino es recto, pero los pensamientos merodean, tropiezan, se esconden en algún rincón a descansar llenos de miedo a la noche y a los sonidos desconocidos. Por eso, aunque el camino se dibuje en una ilusión de rectitud, no puedo quitarme esta sensación  de andar dibujando meandros.

La emancipación, ese momento en que cruzando el control del aeropuerto pensé que el paso estaba dado, ha resultado ser una vasta explanada emocional que parece no querer agotarse. Dónde están los asideros, ese lugar acabado que yo misma me prometía en alguna parte no demasiado lejos: allí. Aquí todavía no es. Pero debe andar cerca. Olfateo mis horizontes, leo para saber más pero olvido a cada línea la línea anterior. Hay algo importante que no consigo retener. El libro que estoy a punto de publicar parece cosa muy lejana, la novela sin terminar un objetivo que corre más deprisa que yo. Es una sensación como de monstruo incontinente que devora todo lo que se le pone delante pero, con todo, no engorda un gramo, o engorda muy despacio, al ritmo que crecen los árboles, y se desespera porque él está entrenando para monstruo. No hay ninguna sensación en este mundo que me angustie tanto como la de olvidar, sentir que todo lo que he encontrado y querido atesorar es humo. Dónde están esas cosas que sentía, qué pensamiento me atormentaba en esta misma noche pero hace un año, en qué libro de quién gastaba mi tiempo y para qué.

Podría renunciar, renunciar a todo, «A veces me encantaría tumbarme y morirme.» Nada demasiado sórdido ni exuberante, tumbarse y apagarse un rato, ni siquiera para siempre.

Y, frente a eso, en contra de todas las teorías, de todas las destrezas de la inteligencia, de todas las razones para desfallecer o para luchar una batalla que más bien es una venganza contra este mundo que promete y no cumple, y promete y no cumple, y promete para volver a fallar. Solo el amor. Ninguna retórica, ningún sofisticado mecanismo de supervivencia, ninguna retórica del cinismo. Solo el amor. Qué perogrullada, el amor. Qué imbécil el ser humano que teje palabras para acolcharlo, encerrarlo en una jaula de palabras, porque hay algo en el amor que le duele y seguramente sea su sencillez, que con su sola presencia desmadeja los planes y las armaduras. Qué difícil el amor y qué fácil y qué vestidos estamos para invitarlo a dormir en nuestra cama

Natalia Castro

Mejor versión

Estoy agobiada.

¿Es conmigo?

Es con todo. Pero creo que se me pasa. Necesito salir a la calle, necesito andar, que me dé el aire.

Aún faltan casi cuatro horas para ver la exposición de Münch.  Salimos, nos tomamos dos cervezas y empezamos a andar, nunca en línea recta, estamos a punto de llegar tarde.

Münch funciona de manera obsesiva. Repite una misma escena una y otra vez, incluso a lo largo de varios años, exactamente la misma. En tinta china, en xilografía,  en óleo sobre lienzo, en óleo sobre lienzo otra vez. Exactamente la misma escena. Las imágenes, a las que, por el mero hecho de ser imágenes se les presupone estatismo, me convulsionan. Me entra un necesidad urgente e inaplazable de pintar. Necesito pintar. Necesito expresarme con tinta china, con xilografía, con óleo sobre lienzo. Necesito saber qué se siente. Necesito poder hacerlo. Necesito saber hacerlo. Sólo necesito materiales y tiempo. Voy a pintar. En ese momento solo sé que voy a pintar.

Al momento siguiente, en la sala dedicada al amor, hay unos diez cuadros. La mitad, al lado izquierdo de la sala con la escena del beso, la otra mitad, al derecho, la escena de la mujer vampiro. El beso en tinta china, el beso en xilografía, el beso sobre óleo. La mujer vampiro sobre óleo, sobre óleo, sobre óleo. En la mujer vampiro, hombre y mujer en un bosque, o en lugar oscuro. Él está sentado y encogido, ella lo rodea, con sus brazos, con su pelo que se extiende a ambos lados, lo besa en el cuello, mortalmente, mientras él está agazapado, indefenso, con la cabeza baja, sin poder no dejarse matar.

En el beso hay un abrazo mutuo entre él y ella. Ambos, en pie, vestidos, o desnudos  se funden en una sola cara sin rasgos, en un abrazo que culmina en un beso que no se ve, se imagina.

Me pregunto si yo soy mujer vampiro o mujer beso. Me lo pregunto con un poco de miedo, porque sé que la respuesta es las dos. Como mínimo. Las respuestas a ese tipo de preguntas esenciales no suele ser una, ni dos, sino múltiple y contradictoria. Y a la vez única y sencilla.

Cuando salimos, la navidad ha multiplicado los viandantes en nuestra ausencia y caminar es prácticamente imposible, así que vamos buscando calles secundarias, sin alumbrado de navidad, ni carteles de neón, ni escaparates, ni gente, calles secundarias que tienen ese aire de puerta de atrás. Estoy contenta, me he puesto a cantar jingle bells y leo en un toldo de mi calle oscura y sin neones «la vida es bella», y siento ganas de caminar a brincos. En Plaza de España nos encontramos de lleno con las hordas, y, maravillada ante el espectáculo de tantos miles de personas juntas, y antes de darlas esquinazo,  me meto entre los coches para sacar una foto a los miles de seres que cruzan en sentidos opuestos sin miedo a la muerte.

Después seguimos calle abajo hacia casa, dejo de cantar y retomo el tema del agobio matutino para decirte que se me ha pasado. Y empiezo a buscar explicaciones en voz alta, no sólo para ti, sino para mi. Mi humor inestable, apenas tengo tiempo para estar sola y me ahogo. Voy a llegar a las vacaciones insoportable. Creo que necesito buscarme un par de días para mi. Pero después de escucharme mis explicaciones, me doy cuenta, en voz alta también, que aunque intente racionalizar los motivos, siempre habrá motivos, porque mi estado de ánimo es cambiante y de curvas pronunciadas. Recuerdo que ya hace tiempo habías dicho que ya tenías asumido que éramos así, frágiles.

Me hablas de tus días oscuros y de tu insoportabilidad. En realidad no somos tan insoportables. Desde fuera nadie lo notaría, o no en tal grado. Si nos sentimos tan oscuros y nos percibimos insoportables es sólo porque sabemos cómo somos en nuestra mejor versión, y la mejor versión es tan buena, tan pura, tan enérgica, tan poderosa…  la mejor versión es una droga, todo lo que no es ella es oscuro, insoportable, inasumible. Sólo son silencios, falta de energía, frialdad, desidia, lejanía, encierro, tristeza. Pero conociendo la mejor versión son insoportables. Y es bueno no soportar, no asumir, porque esta resistencia a la oscuridad es la que empuja a sacarla, a expresarla mediante lo que sea, palabras, música, movimientos, óleo sobre lienzo o tinta china, y a convertirla en en otra cosa, y esa transformación conjura  una nueva venida de la mejor versión. Leía el otro día en un cubo de basura «poeta es quien hace un árbol con la leña caída«, de @neorrabioso. Pues eso. Y si he escrito todo esto ha sido para poder terminar este párrafo, porque el otro día no pude. Después de «en realidad no somos tan insoportables» solo me dio tiempo a añadir, creo, un «ni lanzamos platos contra las paredes, ni gritamos, ni insultamos»,  antes de que usaras tu boca para cerrar la mía, en medio de la calle oscura, sin neones ni escaparates, tan lejos de mi mejor versión, protagonizando un beso.

puntualizaciones al camino de vuelta

Lo que pasa cuando escribo en horas de trabajo, cuando he terminado deprisa para poder robarle un rato al lugar donde estoy sola y a veces tranquila, es que no me da tiempo a pensar lo suficiente ni a veces siquiera a releer, y mientras iba de camino al cole a recoger a miguel para llevarlo al entreno me di cuenta de que no lo había contado todo, y que además lo que había contado lo había contado mal.

Lo voy a intentar ahora, antes de que se me olvide, porque esto además de un refugio es un protector de memoria, aunque en casa ni estoy sola ni tranquila, y en estos cinco minutos miguel, que al final no ha ido a entrenar porque le dolía la tripa, ya me ha llamado dos veces para ayudarle con la ficha de lectura, y dentro de media hora llegas tú, y después yoga, y la cena, y…. déjalo ya, calabaza.

Pues eso, que de camino al cole me acordé de que también iba pensando en que quizás debería haber sido más prudente a la hora de expresar mis críticas, porque tampoco soy ninguna experta, y si estoy empezando a ir a conciertos es ahora. También pensé que me gustan más los conciertos que los festivales. A los conciertos va una mayor proporción de gente interesada en la música que van a escuchar, pero a los pocos festivales a los que he ido, hay mucha más gente que va por la fiesta, para la que la música es secundaria,  y dan por saco. A mí al menos me distraen, me enfadan. Joder, si la música no les interesa les saldría más barato ir a emborracharse y a ponerse de coca hasta las cejas, a bailar dando golpes y, lo peor, a hablar a voces, a una discoteca, o a su puta casa (¿lo ves? me enfadan). La única ventaja que tiene para mí un festival frente a un concierto, es que me da la oportunidad de descubrir música que no conocía. Es posible que esto sí lo compartiera contigo, pero no lo siguiente. Lo siguiente que pensé es que quizás pienso así porque tengo treinta y siete años y no veinte, y la edad se va haciendo notar por muy joven que me siga creyendo. Y yo, en mi veintena, no fui a festivales ni a conciertos, porque mi casa olía a leche y a cereales, y en mis noches de viernes y sábado y en todas las demás, contaba cuentos, y preparaba biberones, y me acordé del tacto caliente de la piel recién estrenada en mi pecho y en mis manos, y aunque quizás en ese momento no tuviera perspectiva para valorarlo lo suficiente, en el coche de pronto me llegó esa sensación caliente e intensa, tan intensa que casi no cabe en la tripa, que casi tienes que gritar ah, porque no cabe, y pensé en la suerte que tuve de que llegaran en ese momento, tan pronto y sin avisar, y que no cambiaría esas noches por nada. Ni los días. Ni a ellos. Hay pocas experiencias tan intensas y tan absolutas. Son un absoluto, y mira que hay pocos. Ahora tenemos la oportunidad de irnos descubriendo los tres, y de ir probando el mundo los tres. Los cuatro. Los cinco. Los dos. Algo de ventaja les llevamos. Pero tampoco tanta.

Y también, que cuando escribí antes acerca de las causalidades, no me refería a haber puesto Sil fono, esa es una causalidad pequeña. Me refiero, por ejemplo, a las causalidades como que nos enamoráramos, a que no paremos de probar y de descubrir nuestras posibilidades, a la curiosidad, a ese probar a vivir de una forma con la que por fin nos identificamos, aunque a ojos ajenos estemos un poco locos, a sentirnos un poco más ubicados, al menos a ratos, o a esos pocos amigos, tan poco al uso pero en los que nos reconocemos tanto, y que han aparecido entre todos los millones de personas que pueblan el planeta tierra, y no nos hemos ido encontrado por casualidad sino porque nos buscábamos. No ha sido una conjunción de astros, sino el resultado de la búsqueda de unos mínimos seres que no son más que una chispa imperceptible en el tiempo cósmico, que con su búsqueda han conseguido que fuera el universo el que se alineara para que se produjera el encuentro, porque si no nos hubiéramos buscado, incluso sin saberlo, no nos habríamos encontrado. Jamás. Y por eso el otro día, cuando veía a pablo tan aburrido y le pregunté que qué más cosas le gustaría hacer además de jugar, y me dijo que tocar más música, le dije que por qué no buscaba algún grupo que necesitara batería, alguno con gente joven, además ahora ya podía entrar en salas de conciertos si surgía, y me contestó que no, que le daba vergüenza, que le gustaría que a sus compañeros les gustase y montar un grupo con ellos, ya, como los beatles, o como u2, pero no todo el mundo tiene a su gente al lado. Yo conocí a eme en internet, y a chema, y a víctor y a ana, y a carmen. No esperes a que sea la suerte la que coloque a alguien como tú a tu lado, no lo dejes todo al azar. Busca, dirige los pasos, sal ahí fuera, y si no es a la primera será a la segunda, y si no a la tercera, y si no a la quinta, pero no dejes de buscar, porque no estás solo, tampoco querías probar con el grupo de batucada y ahora tocas seis horas con ellos a la semana, y de lo que haces, es lo que más te apasiona…

Y creo que más o menos, eso era. Contado a trompicones y sin releer. Pero ya no se me olvida.

el camino de vuelta

En el camino de vuelta estuve más callada todavía. Intenté mantenerme activa, y en lugar de dejar la música en aleatorio -como suelo- puse Ser brigada como canción de despedida, y como una de esas declaraciones de intenciones que parece que van a durar siempre hasta que llegan los lunes y las obligaciones que van en contra de mi ser caótico, y me arrastran al suelo, del que intento despegar y al que trato de sujetarme a partes iguales.

Después dejé Valiente, porque saltó antes de poder cambiar de disco y odio cambiar un tema cuando está a medias, salvo que el odio hacia el tema sea mayor que el odio a dejarlo a medias, y te puse Sil Fono, que era el tema que estabas deseando que tocaran la noche anterior y no tocaron aunque hubiéramos ido hasta Granada para oírlo, y que probablemente tocarían ayer, mucho mejor, y al lado de casa, pero no pudimos estar. Es una cosa que nos pasa bastante. Lo difícil se nos da mejor que lo sencillo. Además fue una forma de decirte que, aunque discutiéramos ayer porque a mí me pareció que el grupo tuvo fallos, y sí, califiqué su puesta en escena inicial como pretenciosa, y a ti te sentó como si te hubiera tildado de pretencioso a ti mismo,  te sigo queriendo y te escucho cuando hablas, y también me sigue gustando Sil Fono aunque piense que ayer la puesta en escena fuera pretenciosa en el contexto de ayer.  Y cuando la oíste me preguntaste que si tenía puesto el modo aleatorio. No. Por supuesto que no. Aleatoriamente es prácticamente imposible que hubiera comenzado con Ser Brigada, después por Valiente y por último Sil Fono. Si hubiera ocurrido por casualidad habría resultado muy mágico, desde luego. Entonces me puse a pensar que las cosas que no suceden por casualidad, también puedes ser muy mágicas. Incluso a veces hasta más. Porque cuando algo ocurre como consecuencia de uno mismo, ese darse cuenta de que los propios deseos, convertidos en acciones, pueden dar lugar a resultados bonitos, es tremendamente mágico. Se trata de esos momentos en los que uno piensa, sólo soy una gota en el océano, una pequeña e insignificante chispa de vida que apenas dura unos segundos, pero he tenido el poder de que ocurriera algo maravilloso, he influido y contribuido a que ocurriera. A veces lo hacemos de forma consciente y voluntaria, pero otras veces ocurren cosas que parecen casuales y no lo son, las hemos provocado nosotros, sólo por ser lo que somos, y sólo nos damos cuenta después. Y me parece que es bastante más sorprendente eso a que un día se alineen los astros y manden señales, o hagan que el reproductor elija justo la canción adecuada para el momento preciso de manera aleatoria. Los astros, la suerte, las leyes físicas y el universo en su conjunto son mucho más poderosos que una persona, es natural que sean capaces de hacer magia y poesía.

Empecé a pensar en eso casi sin darme cuenta, y casi sin darme cuenta pasé a un estado de semi-inconsciencia. Dormida del todo no estuve porque recuerdo tener un recuerdo claro de cada canción que iba sonando, ya sí, en orden aleatorio. Pero en mi cabeza sólo estaba la música, nada más, sólo sentía la música. Y no fue intencionado, nunca lo es, pero no volví a pronunciar una palabra hasta tres horas más tarde. Qué solo me dejas. Me dices. Para compensar te lío un cigarro, uno bonito. Y te miro un rato, disfruto del hechizo, consciente de que le queda poco. Es domingo. En unas horas volveremos a ser calabazas.

ser hoja

– Sabes, en el viaje estuve pensando una tontería, pero no te la conté.

– Ya, nunca me cuentas nada de viaje. Eres una compañera de lo más silenciosa.

-Porque me abstraigo, pero lo voy a compartir ahora. Es una cosa muy simple. ¿Te has fijado que las hojas son bonitas desde que nacen hasta que están a punto de morir? Mira el otoño, es abrumador. Con todas las hojas viejas, da igual lo viejas que sean, si sólo están un poco rojas o si ya son completamente marrones y están a punto de caer. Da igual, resultan bellas. No sólo bellas, abrumadoramente bellas. La belleza del ocaso, de la decadencia. La decadencia no tiene una connotación negativa en una hoja. Existe una cierta tristeza, una nostalgia, pero bella. Incluso voy más allá, hasta las hojas ya muertas, las que están en el suelo, los cadáveres de hoja, marrones y secos, muertos, son bonitos. Vamos pisando hojas muertas y son bonitas. Las percibimos como bonitas. Los niños las recogen del suelo para hacer trabajos en el cole, y decorar las paredes de clase. Las hojas son bonitas siempre. Desde que son brotes tiernos hasta que mueren. Siempre. ¿Verdad?

– Sí.

– Sin embargo las flores no. Las flores son bonitas justo hasta su madurez. Después se abren demasiado, se empiezan a poner mustias, marrones, se ajan, y ya medio muertas no le gustan a nadie. Cuando alguien las corta siempre lo hace cuando aún son jóvenes, y trata por todos los medios de alargar esa juventud en la medida de lo posible, con trucos absurdos como la aspirina en el agua, o en su forma más ingenua y despiadada, secándolas. La de la flor seca sí es una belleza decadente. ¿Verdad?

-Sí.

-Pues eso, que es una pena ser flor. Y nosotros somos flores.

– Bueno, hay personas que siguen siendo bonitas en su vejez.

-Pero me estás hablando de excepciones, de personas sueltas, de tu percepción particular… sin embargo, sobre el color del otoño, y la belleza de las hojas moribundas hay un amplio consenso. Para nosotros la vejez no es percibida como bonita, no abruma, no nos da un vuelco en las tripas. Más bien es fea, decadente. La máxima ambición es la juventud, ese es el mensaje que se bombardea. La eterna juventud. No somos capaces de ver belleza más allá. No nos emocionamos con la estética de la vejez. No la encontramos. Podríamos resultar hojas naranjas, pero nos vemos flores pochas. Podría ser una cuestión cultural. Pero también es posible que simplemente se trate de algo esencial. Es decir, que el ser humano sea flor y no hoja…

….pero ojalá fuera hoja.